SALMO 111 (110)

1. En hebreo este Salmo y el siguiente son acrósticos: cada hemistiquio o medio versículo comienza sucesivamente con una letra del alefato (alfabeto hebreo). En griego el epígrafe sobre Ageo y Zacarías que lleva el Salmo 111, figura también agregado en algunos manuscritos de éste, y en general se cree, como San Juan Crisóstomo, que ambos Salmos se corresponden, si bien hay divergencias en la interpretación, pues unos piensan sólo en la historia antigua de Israel; otros toman sus bendiciones como si se dieran por cumplidas al retorno de Babilonia, y otros ven aquí realizadas, en presente profético, las bendiciones mesiánicas. De todos modos, el salmista, hablando en nombre de Israel, pone de relieve los prodigios que Dios hizo en favor de su pueblo. El coro de los justos: Gramática lo compara con Salmos 21, 26; 149, 1.

2. Los que las disfrutan parece más exacto que los que se complacen en ellas, o: los que las aman. Dios no hace sus maravillas para que las olvidemos (versículo 4), pues lo que quiere con ellas es ganarse la libre inclinación de nuestro corazón hacia Él. ¡Es lo único que con ser Dios no posee! Nada más justo, pues, que quienes recibimos de Él tales dones no los olvidemos (véase sobre esto el admirable Salmo 102, 2 ss.), ni los usemos con la indiferencia de quien se cree con derecho a recibirlos como un tributo de un vasallo, sino que nos tomemos el trabajo de pensar en ellos e investigarlos (cf. Salmos 62, 7; 142, 5 y notas).

3. Para siempre: Cf. Salmo 116, 2.

5. El texto de la Vulgata (versículos 4-5), algo distinto del presente, se usa en la bendición de la mesa (véase Hechos 2, 46 y nota). Cf. Salmo 103, 21; I Timoteo 4, 3-5. Da alimento a los que le temen: Sin duda dio también maná en el desierto, pero fue a todos (cf. Éxodo 16; Números 11) y no sólo a los que le temen (véase Mateo 5, 45; Lucas 6, 35). Se trata aquí de mayores promesas y de una alianza ya confirmada para siempre (versículos 2 y 9).

6 ss. También aquí parece tratarse de algo más que de Canaán, del Sinaí (versículo 8) y de la salida de Egipto o de Babilonia (versículo 9). La herencia de las naciones: La tierra de los pueblos gentiles. Cf. 5. 2, 8; 109, 6 y nota; Génesis 13, 14 s.; 15, 18; Jeremías 3, 18 s.; Ezequiel 36, 12; 47, 13 ss.; Daniel 7, 27; Hechos 7, 5; Hebreos 11, 8. Fillion señala en Ezequiel 47, 13 ss. “las fronteras de la comarca que el pueblo de Dios, regenerado y transformado poseerá como una preciosa herencia”. Fieles y justas (versículo 7): Cf. Apocalipsis 15, 3.

9. Redención a su pueblo: Hay aquí un acto definitivo de trascendencia universal, cuyo efecto alcanza a los gentiles, “Las diversas liberaciones del pueblo de Israel eran como el preludio y la garantía de la liberación suprema que había de realizar el Mesías” (Prado). Gramática concuerda esto con las palabras del ángel en Mateo 1, 21 y las del Benedictus en Lucas 1, 68. Su alianza para siempre: Véase Salmo 104, 8 y nota; cf. Jeremías 31, 31 ss. y Hebreos 8, 8 ss. Terrible: Cf. Salmo 75, 13.

10. “El temor es el principio de la sabiduría, mas la caridad es su perfección” (San Agustín). Cf. Proverbios 1, 7; 9, 10; Romanos 4, 15; 13, 10; I Juan 4, 17 s. El santo temor o temor filial es un don del Espíritu Santo (Isaías 11, 3), por el cual, conociendo nuestra miseria, tememos ofender al Padre que tanto nos ama. Lo que más hemos de mirar “con temor y temblor”, como enseña San Pablo, es el olvido de que “Dios es quien obra en nosotros el querer y el ejecutar” (Filipenses 2, 12-13), para no caer en la soberbia presunción de que somos capaces de algo por nosotros mismos (II Corintios 3, 5). En cambio, el otro temor, el miedo, que aparta de Dios porque desconfía de su bondad, ese temor puramente servil, nace de la fe informe, dice Sto. Tomás, porque la fe viva obra por amor (Gálatas 5, 6) y éste excluye el miedo (I Juan 4, 18). Cf. Salmo 111, 1 y nota. Prudentes, etc.: Esto es, la prudencia no está, como enseña el mundo, en confiar en sí mismo (cf. Lucas 10, 21), sino al contrario en buscarlo a Él. Su alabanza: La de su Nombre, que un día cantaremos para siempre. Cf. Salmos 95, 2; 97, 1 s.; 149, 6; 150, 1 ss.

SALMO 112 (111)

1. El epígrafe Del regreso de Ageo y Zacarías que se encuentra aquí —más que en el Salmo anterior—, en el griego, y también en la Vulgata (cf. Salmo 145, 1), probablemente sólo quiere decir que Ageo y Zacarías hicieron uso de él después del regreso del cautiverio. Aunque aparece como gemelo del Salmo 110, el presente tiene más bien carácter didáctico sapiencial y recuerda con frecuencia el Salmo 36. En todo caso puede decirse que el 110 muestra la benignidad de Dios para con su pueblo y la fidelidad en sus grandes promesas, en tanto que el presente muestra al hombre justo, fiel a Dios y misericordioso con su prójimo. Este versículo 1 coincide con Salmo 110, 10 y confirma la interpretación allí señalada. El sumo deleite: Sobre esta insuperable promesa véase Salmos 36, 4; 85, 11; 88, 16 y notas. Todo el Salmo 118 es un solo canto de amor a la Palabra de Dios como el gran secreto de nuestra felicidad (cf. Salmo 1, 1 ss.).

2. Sobre la tierra: Tales son habitualmente las promesas a Israel. Cf. Salmos 24, 13; 36, 9, 26 y 29; 101, 29. 3. Su justicia (cf. 110, 3 b): Bover-Cantera vierte: su munificencia, otrosí su salud o recompensa. Véase Job 31, 24; Salmo 36, 25; Proverbios 3, 16; Eclesiástico 31, 8, etc. Estas bendiciones, aun en bienes materiales, son precisamente para los que no ponen su corazón en ellos (Isaías 58, 3; Lucas 6, 24; Santiago 5, 1 ss.; I Timoteo 6, 7-19).

4. Los rectos, o sea, los sencillos sin doblez, ven la luz aun entre las tinieblas del mundo (Salmo 36, 6; Sabiduría 1, 1; Mateo 5, 8; Lucas 10, 21) hasta que brille del todo como en Salmo 96, 11 (cf. Miqueas 7, 8; II Pedro 1, 19). Esta luz que las tinieblas no podrán ocultar (Juan 1, 5) es el mismo “Yahvé clemente y misericordioso” (Salmo 110, 4 b), que hoy se ha revelado para nosotros (Hebreos 1, 1 ss.) en Aquel que dijo: “Yo soy la luz del mundo” (cf. Juan 1, 9; 3, 19; II Timoteo 1, 10). El Clemente, el Misericordioso, el Justo es el divino Padre y, como Él, su Hijo hecho Hombre, Cristo (Isaías 9, 6; Malaquías 4; 2; Hechos 4, 12). Otros vierten: clemente y misericordioso es el justo, y lo aplican a este mismo hombre recto que se hace imitador de la misericordia del Padre (cf. Salmo 110, 4; Lucas 6, 36) y brilla así como una luz para los otros (Mateo 5, 14 ss.).

5 s. Con discreción: Tal parece ser el verdadero sentido de este versículo Según ello, el buen éxito en los negocios temporales no será del que los maneja con mezquino rigor, sino del liberal y generoso, el cual nunca resbalará (versículo 6). Es lo que expresa el adagio popular: “La codicia rompe el saco.”

7 s. Meditemos en la felicidad que aquí se nos propone: no temer nunca una mala noticia sabiendo que el Padre nos cuida (Salmo 22); y, aun cuando los enemigos parezcan triunfar, esperar tranquilos hasta que caigan, seguros de que caerán (cf. Salmos 29; 34; 36; 108); lo cual no nos impedirá rogar por ellos como quiere nuestro Señor (cf. versículo 4; Mateo 5, 43-48). Dios nos ofrece esto muchas veces (Salmos 3, 7; 26, 1 ss.; 36, 7 ss.; 90, 7; 118, 165; Romanos 8, 31, etc.) y sólo pide que le creamos de veras. Lo que nos traiciona, lo que nos falla es siempre el corazón. ¡Y aquí se nos asegura que no fallará, que estará siempre bien dispuesto! Pero ¿cuántos pueden gloriarse de tener esta confianza? Por tanto, nuestro examen de conciencia ha de empezar siempre por ver si tenemos fe viva, sin la cual “es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11, 6). De ella nos vendrá el amor, que es lo que nos hará piadosos y justos (Salmo 110, 10 y nota). Cf. Juan 14, 23 s. y nota.

9 s. Su justicia, etc.: Repite como estribillo el versículo 3 b. Adviértase el contraste entre las dos clases de hombres: los que cumplen con la limosna alegremente hasta el derroche (II Corintios 9, 7; Filemón 14; Eclesiástico 35, 11; cf. Misa de San Lorenzo y de varios santos) y aquellos otros (versículo 10) que ni lo hacen ni pueden soportar que los primeros sigan la buena doctrina. Esto nos explica cómo los cerdos de que habla Jesús, no sólo pisan las perlas sino que despedazan al que se las da (Mateo 7, 6). Cf. Salmos 34, 16; 36, 12. Este mismo crujir de dientes será su eterno suplicio, mientras los amigos de Dios gozan de su Reino (Lucas 13, 28). Véase el célebre cuadro que se pinta de ambos en Sabiduría 5, 1 ss.

SALMO 113 (112)

1. Los Salmos 112 a 117 forman el Hallel o alabanza (de ahí el Aleluya) que se cantaba, entre otras partes, en la cena pascual; y por eso suele decirse que tal fue el “himno dicho” en la Última Cena (Mateo 26, 30; Marcos 14, 26), si bien algunos creen, como Santo Tomás, que allí se alude a la Oración de Jesús en Juan 17. También vemos un “Hallel” en el Salmo 135 (el “gran Hallel”) y en los Salmos 145-150. Siervos, del hebreo abdé, que los LXX vertieron en griego: país y la Vulgata y otros latinos: puer (niño) de donde el Salmo todavía se aplica a la sepultura de los párvulos y San Agustín hace notar que sólo los niños e inocentes alaban al Señor mientras que los soberbios no saben alabarle (cf. Salmo 8, 3; Mateo 21, 16). Según Fillion “es la raza entera de Israel lo que aquí se designa por el glorioso nombre de servidores del Señor. Cf. 68, 37, etc.”

3 s. Cf. Malaquías 1, 11; 3, 3.

4 ss. Con el cardenal Faulhaber y otros autorizados exégetas (Dom Landersdorfer, Wutz, Calès, etc.) leemos en esta forma el precioso texto que expresa así, en forma perfectamente clara, el prodigio de la llaneza divina. Según el orden literal resultaría que Yahvé se inclina también para mirar en el cielo. Así lo toma la mayoría de los intérpretes. Esta característica de Dios, que desafía toda prudencia humana, sólo se explica por el hecho consolador de que su Corazón es atraído por la miseria de un modo irresistible: Cf. Salmos 85, 1; 91, 6; 102, 13; 113 b, 16 y notas.

7 ss. Estos ejemplos de la preferencia de Dios hacia los pequeños y desvalidos son incontables en la Sagrada Escritura. David fue llamado al trono desde los rebaños (I Reyes 16, 1 ss.); Sara, madre de Isaac; Ana, madre de Samuel; Isabel, madre del Bautista, fueron fecundadas no obstante su esterilidad, la cual era reputada castigo de Dios y exponía al desprecio (I Reyes 2. 5). Por su parte Jesús, espejo perfectísimo del Padre (Hebreos 1, 2 s.), fue llamado “signo de contradicción” (Lucas 2, 34) porque muestra esas mismas características que el Padre, y todo su Evangelio es una constante ostentación de tal conducta que el mundo halla paradojal hasta el extremo y que según San Pablo parecía —y sigue pareciendo— escandalosa a los ritualistas judíos y loca a los racionalistas gentiles. En sólo San Lucas podemos ver, con inmenso provecho de nuestra alma, incontables pruebas que están enumeradas en nuestra nota a Lucas 7, 23.

SALMO 114 (113A)

1. Algunas versiones unen este Salmo al siguiente, y así aparecen aún en la presente numeración que se atiene a la Vulgata. Pero todos reconocen hoy que son distintos. Pueblo bárbaro: El egipcio, de lengua diversa e ininteligible para Israel (cf. 104, 23 y nota). Bárbaro es término onomatopéyico que imita un balbuceo sin sentido: “bar, bar”.

2. Judá e Israel se especifican en la Escritura para designar a todo el pueblo hebreo (cf. Jeremías 3, 18; 31, 31; Hebreos 8, 8 ss., etc.). El privilegio del Templo pertenece a Judá (Salmo 77, 68 s.).

3. El mar: El Mar Rojo que se dividió bajo la vara de Moisés (Éxodo 14, 21). De la misma manera se dividió el “Jordán” (Josías 3, 16).

4 ss. Imágenes dramáticas que ilustran la portentosa historia del pueblo de Dios.

7. Ante la faz: Nácar-Colunga vierte: a la venida, y varios dan trascendencia mesiánica a este pasaje. En realidad el estremecimiento de la tierra está en la Escritura tanto como hecho histórico (Salmo 67, 9) cuanto como anuncio profético (Salmos 95, 9; 98, 1: Isaías 24, 19 s., etc.).

8. Esta milagrosa sorpresa de las aguas en el desierto (Éxodo 17, 5; Números 20, 11) muestra una vez más cómo nos deslumbra Dios en sus obras con el misterio de la contradicción en que lo grandioso resulta despreciable y viceversa, como el sílex, imagen de la sequedad, convertido en manantial. Cuando la Virgen nos revela la misteriosa fisonomía de Dios, no hace más que insistir en este aspecto (Lucas 1, 48 ss.). Mientras no lo comprendamos íntimamente, seguiremos siendo como los judíos que se escandalizaban de Cristo, o los paganos que se reían de Él (cf. I Corintios 1, 23; Hechos 17, 32; Salmo 112, 7 ss. y notas).

SALMO 115 (113B)

1 s. Salmo independiente del anterior (cf. Salmo 113 a, 1 y nota). “En el momento en que este Salmo fue compuesto, Israel se hallaba en un estado de depresión, probablemente algún tiempo después del retorno de Babilonia, en la época de Ageo y de Zacarías (hacia 520 a. C.) o en la de Malaquías (hacia 450). De semejante situación de Israel, las naciones gentiles concluían que Yahvé su Dios abandonaba a su pueblo o era impotente para socorrerlo, y decían (versículo 2) ¿dónde está su Dios y qué hace?” (Calès). Cf. Salmo 78, 10 y nota. De ahí que Israel suplicase por su restauración mesiánica y definitiva, como en la oración de Eclesiástico 36, no para gloria del pueblo mismo, sino para que los profetas resulten fieles en lo que prometieron (Eclesiástico 36, 17-18; Romanos 15, 8), para gloria de Dios. Tal es el sentido del versículo 1: No a nosotros la gloria, sino a Ti. Palabras profundas son éstas que la liturgia recoge y que encierran en todo sentido una enseñanza fundamental: Dios nos lo da todo, pero el honor ha de ser todo para Él (Salmos 105, 8; 148, 13 y notas; Ester 3, 2; 13, 14; I Timoteo 1, 17; Judas 25), y todo el mérito de nuestra salvación, para su Hijo Jesucristo (Apocalipsis 5, 9 y 13). En esta materia hemos de cuidarnos mucho, y más aún cuando la Religión es mirada como un prestigio, porque es muy propio del hombre emprender actos de culto más que por el deseo de alabar a Dios, por el honor o conveniencia humanos, ya sean personales o familiares, políticos, patrióticos, etc. (Mateo 6, 1 ss.; Lucas 6, 22 y 26; Juan 5, 44). La santidad de Dios es demasiado sagrada para ponerla al servicio de cualquier móvil, por bueno que pueda ser humanamente, si no es encaminado a la glorificación de Su Nombre, de la cual Él es sumamente celoso (Isaías 42, 8; 48, 11), y ello se explica, pues de lo contrario Él serviría de pretexto como a los fariseos y escribas a quienes Jesús dijo que buscaban recibir homenajes (Lucas 11, 43; Mateo 23, 5) en los primeros cargos (ibíd. 6), o ser llamados maestros (ibíd. 7-8) y andar con largas vestiduras saludados por todo el pueblo (Lucas 20, 45), o ejercer dominio sobre los demás (Lucas 22, 26; I Pedro 5, 3; III Juan 9). Véase el ejemplo de Cristo en Filipenses 2, 7 s. y nota. Por tu misericordia y tu fidelidad. Dios nos enseña aquí cómo esa gloria suya consiste en la ostentación de su bondad (cf. Efesios 1, 6 y la oración de la Misa del domingo X de Pentecostés). Y es Él mismo quien hace que nuestra dicha consista en alabar esa bondad. Cf. Salmo 91, 2 y nota.

3. Él hace todo cuanto quiere: ¡Qué gran luz para el conocimiento de Dios! Porque no sólo hace cuanto quiere por tener la fuerza omnipotente, sino también por su libertad soberana y omnímoda. Así como nadie podría oponérsele con un ejército, nadie puede tampoco plantearle especiosas razones de orden moral. Todo lo que Él hace está bien por el solo hecho de que es Él quien lo hace. El bien no es regla subsistente por sí misma —como tienden a creer algunos filósofos— y a la cual debemos someternos todos incluso Dios. El bien es bien sólo en cuanto es voluntad de Dios, porque Él es la fuente única de todo bien, de modo que todo cuanto Él manda o pudiese mandar, por más sorprendente que fuese para nuestro modo de ver (cf. Isaías 55, 8 s.) siempre sería santísimo, sólo por ser voluntad suya. Así el sacrificio de Abrahán, el despojo del oro egipcio por Israel, el homicidio de Fineés, la matanza de los amalecitas, el odio de David contra los enemigos de Dios, y tantas otras cosas de la Biblia, sólo escandalizan a las almas de poca fe, porque no han comprendido que el bien está, en que Dios haga cuanto quiere. ¡Ay de quien quiera ponerle reglas a Él! Cf. Salmo 147, 9 y nota y la preciosa observación de San Bernardo en la nota a Mateo 19, 16 siguientes.

4 ss. Célebre descripción sarcástica de los ídolos que no saben nada. Cf. Salmo 105, 19 y nota; Sabiduría 13, 11 ss.; Isaías 44, 9 ss.; Jeremías 10, 3: Bar. capítulo 6; Hababuc 2, 19, etc.

10 ss. Se espera aquí lo que se da por realizado en Salmo 117, 2-4. “La casa de Aarón”: Los sacerdotes (cf. Salmo 109, 4 y nota). En todo este pasaje se pone, como característica de los amigos de Dios, la confianza en Él (cf. Salmo 32, 22 y nota). Y Él responde con mil bendiciones: versículos 12 ss., así como castigó a Israel por no haber confiado en su amor paternal (Sofonías 3, 2).

12 ss. Nos bendecirá, etc.: Como observa Calès, “compuesto para el culto inicial del segundo Templo, para los repatriados de Babilonia que estaban deprimidos por las dificultades de la reinstalación en Palestina, preocupados por ser tan pocos para ello y casi descorazonados al comparar las tristes realidades presentes con los magníficos cuadros del futuro que hacían presentir los profetas, el Salmo levanta los ánimos y hace esperar que las bendiciones están próximas”. Cf. Salmo 84, 1 y nota.

16. El cielo es cielo de Yahvé: Los LXX, la Peschitto y San Jerónimo leyeron “los cielos de los cielos” (son de Yahvé). La Vulgata dice: el cielo del cielo (cf. Salmo 112, 4 ss. y nota). Según la concepción antigua, éste era el cielo superior, llamado empíreo o tercero (II Corintios 12, 2), habitación de Dios, bajo el cual se suponía el cielo etéreo o segundo, en que se mueven los astros, y luego la atmósfera, que era el cielo inferior o aéreo, o firmamento.

17. Los muertos: Véase Salmos 6, 6; 87, 11-13 y notas; Isaías 38, 18 ss.; Baruc 2. 17; Eclesiástico 14, 17, etc. Semejantes a los muertos son los ídolos de que antes ha hablado, porque ni ven, ni oyen, etc., y semejantes a éstos son los que creen en ellos (versículo 8). Es notable que estas mismas expresiones, tomadas de Isaías 6, 9 s., hayan sido aplicadas por el Señor Jesús a la ceguera de los que lo escuchaban sin entender (Mateo 13, 14 s.; Lucas 8, 10; Juan 12, 39 s.) y que San Pablo haga lo propio en Romanos 11, 8 y finalmente en Hechos 28, 26 ss., cuando les anuncia en definitiva el paso de la salud a los gentiles.

SALMO 116, 1-9 (114)

1 s. Con Scío y muchos autores antiguos conservamos la opinión que atribuye a David este Salmo, tan propio de su espíritu. Esta idea no prima entre los modernos; pero los motivos de orden técnico no engendran plena certeza, ni se propone otra explicación que aventaje a la antigua, quedando el precioso Salmo como obra de un autor anónimo posterior a Babilonia y quizá curado de grave enfermedad, lo que ha hecho que algunos pensaran en el rey Exequías (cf. Isaías 38, 10-12). Pero las tribulaciones y peligros que describe el Salmo no parecen de una enfermedad, que es cosa normal en todo hombre. En cambio, leyendo en I Reyes 24 la aventura de David con Saúl en la cueva del desierto de Engaddí, se aprecian los sublimes afectos de este Salmo, que retratan el corazón del profeta, ejemplo singularísimo de esa pobreza de espíritu que arrebata la predilección de Dios (cf. Salmo 85, 1 y nota). “Yo lo amo porque”, etc.: Aunque no sea usual esta construcción hemos vertido literalmente la frase hebrea (aclarándola simplemente con el “lo”), para conservar la intensidad de su expresión desbordante en el alma de David. Escucha, en presente, dice mucho más que un pretérito, pues significa que Él lo escucha siempre. Algunos (Vaccari, Páramo, etc.) mantienen el verbo en presente también en el versículo 2. Esta confianza de ser escuchado es lo que dilata su corazón en el amor (cf. Salmo 118, 32). Son los sentimientos de Jesús en Mateo 26, 53; Juan 11, 41 s., etc.

3. Cf. Salmo 93, 17. La angustia de David puede imaginarse por el peligro mortal en que había caído. Buscado por el rey con tres mil hombres, se esconde en la cueva más apartada y de pronto ve entrar en ella al propio Saúl. Véase versículo 8 y nota. Callan hace notar la particular similitud de este pasaje con Salmo 17, 5-7, cuyo autor indiscutido es David.

4. Lo extremo del peligro no lo lleva a desesperar ni menos a entregarse a impulsos de temeridad. Él sabe bien, ya que tanto nos lo ha enseñado en sus Salmos, que es una complacencia de Dios el salvar cuando todo está perdido (Lucas 19, 10). De su pura fe. acrisolada en la suma angustia, brota este ruego que más tarda en ser pronunciado que en penetrar los oídos de Yahvé (versículo 1). Era lo que Él esperaba para mostrar que es Padre.

6. Yo era miserable: Apenas confiesa su necesidad y su impotencia, Dios da cursó a su misericordia. Cf. Salmo 93, 18. Es el privilegio de los pequeños. David realizó entonces una hazaña de extraordinaria audacia al cortar la orla del manto del rey. Pero vemos cuán lejos está de recordarla aquí. Sólo piensa en el miedo que tuvo y en la mano de Dios que le salvó.

8. Ha arrancado mi vida de la muerte” que parecía inevitable; mis ojos del llanto que me habría costado el derramar la sangre del ungido de Dios (II Reyes 1); y mis pies de la caída, porque no me dejó ceder al deseo de venganza ni a las instancias de los míos que querían matar a Saúl.

9. Caminaré, etc.: Dios no lo quiso muerto sino vivo. ¿Cómo no desear agradarle después de tales pruebas de su amor? Éste era el constante deseo de Jesús respecto a su Padre (Juan 8, 29), ¡Con cuánto mayor motivo que David hemos de decir nosotros con San Pablo: la vida que vivo ahora en esta carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó por mí! (Gálatas 2, 20). Con el presente versículo parecería terminar lógicamente el Salmo, pero según el texto hebreo se prolonga en el siguiente, y la Vulgata, no obstante distinguirlos en el orden numérico (a la inversa del Salmo 113), continúa en ambos la numeración corrida de los versículos.

SALMO 116, 10-19 (115)

1. En hebreo este Salmo es continuación del anterior (cf. Salmo 114, 9 y nota), aunque algunos observan que parece aludir a la revuelta de Absalón y traición de Aquitófel según II Reyes 15 ss. San Pablo cita este versículo con el sentido que tiene en LXX y Vulgata: “Creí, por eso hablé” (cf. II Corintios 4, 13; Romanos 10, 8-10), para expresar que la fe viva nos hace confiar en la palabra oída y nos mueve al apostolado (cf. Hechos 4, 19 s.; 5,29). Aquí, según el concepto del Texto Masorético, parecería más bien que el salmista recordara los peligros pasados (cf. Salmo 114, 3-5) para decir que esa creencia o confianza no lo había abandonado aun cuando su debilidad lo llevase a proferir quejas como Job. Es de notar sin embargo que en el Salmo 114 no aparece expresamente la situación que indican los versículos 1 y 2.

2. Mentira: Así leyó también San Jerónimo, en lugar de mentiroso o engañoso. Forma de intensa elocuencia (cf. II Corintios 5, 21; Gálatas 3, 13), que expresa no sólo la falacia y lo mendaz del hombre caído, sino también la imposibilidad de apoyarse en auxilio humano (cf. Salmo 107, 13; Jeremías 17, 5 ss.). San Pablo cita este pasaje, contraponiéndolo solemnemente a la veracidad de Dios (Romanos 3, 4), junto con el Salmo 50 del mismo David. Cf. Salmo 93, 11 y nota. Según la interpretación histórica aludida en la nota anterior, estas palabras indicarían que David, ante la infidelidad de su hijo y la traición del jefe de su consejo, ya no confía en hombre alguno y sólo se encomienda a Dios (II Reyes 15, 31).

3. Es decir: no puedo retribuirte sino con tus propios dones.

4 s. Páramo pone aquí la siguiente nota: “Tomaré la copa de la salud. En los sacrificios pacíficos o de acción de gracias, una parte de la carne sacrificada se destinaba al que ofrecía el sacrificio, el cual celebraba un convite con su familia, sus amigos y los pobres (cf. Salmo 21, 7). En este convite, el jefe de familia tomaba una copa de vino, la ofrecía al Señor, bebía él primero de ella y después pasaba por todos los comensales. Esta copa se llamaba de la salud. Tal vez sea también una alusión a la copa que se hacía circular en la cena pascual en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto (cf. I Cor, 10, 16; Mateo 26, 27; Lucas 22, 17). Zorell prefiere esta otra explicación: La suerte destinada por Dios a cada uno se presenta en la Escritura bajo la metáfora de una copa que Dios ofrece para beber (cf. Salmos 10, 7; 15, 5; Mateo 26, 30, etc.). Quien recibe de otro una copa de rico vino no puede menos de dar las gracias, aceptar el obsequio, beber y alabar en público la bondad del donante. Eso es lo que desea hacer el salmista con Dios.” El versículo (14) 5, repetición del versículo 9, falta en varias versiones y estaría aquí fuera de lugar, como observan Callan, Ubach, etc.

6. Es cosa grave (así también Calès; otros vierten preciosa)... la muerte de sus fieles (Vulgata: de los santos): Quiere decir, como explican todos los comentadores, que Dios vela con una providencia especial por la vida de sus amigos; que no es para Él cosa indiferente, y no permite, sin grandes motivos, que caigan en poder de los malvados; lo cual explica que el salmista escapase tan maravillosamente del gran peligro que lo amenazaba. Así también defiende Él nuestras vidas (cf. Salmo 71, 14; Lucas 21, 18 y 36; Hechos 26, 17 y nota; II Corintios 11, 32 s.) y toma venganza por la sangre derramada (Salmos 65, 5; 108, 1 y notas).

7. Hijo de tu esclava. Algunos ven aquí un concepto mesiánico (cf. Lucas 1, 38), que extienden a todo el Salmo, al menos en sentido típico, según es frecuente en los Salmos de David, figura de Jesús (cf. Salmo 85, 16). Otros lo ven místicamente por el lado de la Sinagoga en oposición a la Jerusalén celestial y libre “que es nuestra madre” (Gálatas 4, 21-31). Para unos, la rotura de las cadenas significaría típicamente la Redención. Para otros, simplemente la liberación del peligro en que se hallaba el salmista.

8 ss. Nótese la similitud de este pasaje con la expresión de David en Salmo 55, 13, así como la correspondencia del mismo Salmo 55, 14 con Salmo 114, 8-9, lo cual aboga también en pro del origen davídico de estos poemas.

SALMO 117 (116)

1. Es éste el más breve de los Salmos, pero muy importante por su carácter mesiánico, ya que todos los gentiles son invitados por Israel a alabar a Dios junto con él “en cuanto las misericordias divinas para con Israel, ocasión de la alabanza, envuelven espléndidas bendiciones para todas las gentes” (Sánchez Ruiz). Cf. Salmos 65, 8; 95, 3 y notas; Romanos 11, 12 y 15; 15, 10 s.

2. Permanece para siempre: “Ante la mirada profética del salmista, el edificio está ya en pie, completamente acabado. La barrera entre Israel y las naciones ha sido derribada… Poderosamente reina sobre todos su misericordia” (Cardenal Faulhaber). El primer hemistiquio muestra la misericordia y el segundo la fidelidad de Dios a sus promesas, contemplando ambos, como en Salmo 88, 3, establecidas ya sobre la tierra esas dos bendiciones que Él anuncia y ostenta como características Suyas, a través de todos los Salmos. Así celebra también la Virgen “su misericordia de generación en generación” y la acogida de Israel su siervo (Lucas 1, 50 y 54), ignorando aún la incredulidad de Israel ante el Mesías y pensando en esa ansiada unión de judíos y gentiles en un solo rebaño bajo un solo Pastor, que los profetas anunciaron y Jesús confirmó. Cf. Salmos 101, 16 s.; 109, 1 ss.; Isaías 59, 16-21; 60, 1-3; Ezequiel 34, 23 ss.; Zacarías 6, 12 ss.; Lucas 1, 32; 2, 32; Juan 10, 16 y nota. La Misa votiva de la Propagación de la Fe, junto con la oración de Eclesiástico 36 (Epístola) y los Salmos 66, 2ss. (Introito); 95, 7 ss. (Ofertorio) y 99, 1 s. (Aleluya), usa este Salmo (Comunión) como augurio del dichoso día en que Satanás dejará de ser el príncipe de este mundo (Juan 14, 30). “Así como el Salmo 99 es la doxología que cierra la gloriosa serie de Salmos mesiánicos (Salmos 92-99), así el Salmo 116 inicia como áureo eslabón la doxología del Salmo 117 que cierra la serie del Hallel o Salmos de la alabanza (112-117).” San Agustín glosa este Salmo con bellas palabras sobre la alabanza, que hemos transcrito en la nota al Salmo 150, 3 ss.

SALMO 118 (117)

1. Vemos en Esdras 3, 11 que al echarse los cimientos del segundo Templo, después del cautiverio de Babilonia, “se presentaron los sacerdotes vestidos de sus ornamentos, con las trompetas, y los levitas hijos de Asáf con los címbalos, para cantar las alabanzas de Dios con Salmos de David rey de Israel”, repitiendo las palabras con que empieza y termina este himno litúrgico de gratitud. No estando aún construido el Templo, se deduce que las puertas de que hablan los versículos 19 y 20 tienen en boca del salmista un sentido profético más extenso, el cual se confirma en las citas de los versículos 22 s. y 26, hechas por el mismo Jesucristo y los apóstoles. Se trata, como en el Salmo 101, del misterio del Mesías Salvador y gloria de Israel (Lucas 2, 32; Isaías 61, 1-11). Calès señala en esto, más aún que un sentido típico, “un sentido literal implícito y eminente, en tanto que la aplicación del día del Señor (versículo 24) a las alegrías pascuales sólo pertenece indudablemente a la acomodación litúrgica”.

2 ss. Expresiones usadas en el Salmo 113 b, 9-11, denunciando un autor común. Cf. Salmo 106, 2-3 y nota. Diga ahora: Esto es, ahora que el misterio de la misericordia se ha revelado plenamente a Israel (cf. Isaías 59, 20; Romanos 11, 26; Hebreos 8, 8 ss., etc.). La casa de Aarón: Por el cumplimiento de sus promesas a él y a su hijo Eleazar y a sus descendientes (Éxodo 40, 12 s.; Eclesiástico 45, 8 y 19), como Fineés (Números 25, 11-13; Eclesiástico 45, 30; cf. Salmo 105, 30 s.) y Sadoc (Ezequiel 44, 15 y nota). Cf. Jeremías 33, 19-22.

5. Me sacó a la anchura: Así también Desnoyers, Calès, etc. (cf. Salmo 17, 20). Como observa el nuevo Salterio Romano, habla aquí Israel (cf. versículo 10) lo mismo que en Salmo 101, 1 ss. (cf. notas). Esto y la gran derrota de las naciones enemigas (versículos 10 ss.), así como la justificación del pueblo (versículos 15 ss.), muestran que se trata aquí de una prosperidad que nunca existió al retorno de Babilonia (cf. Salmo 84, 1 y nota) y que sólo se ve en los Salmos y profecías mesiánicas. Cf. Salmo 106, 3; Isaías 60, 10 ss.; Jeremías 3, 17 ss.; 30, 3; 31, 31 ss.; Ezequiel 37, 23; 39, 25 ss.; Joel 3, 1 ss.

6 ss. Nueva y preciosa lección de confianza, dada como fruto de la experiencia secular de Israel (cf. Jeremías 17, 5; Romanos 8, 31; Salmos 91, 6; 93, 11; 115, 2 y notas). San Pablo, escribiendo a los judíos, cita el versículo 6 (Hebreos 13, 6).

10 ss. Todas las naciones. Esto, y la gran venganza tomada de ellas en nombre de Dios, muestra que el autor no habla de Babilonia, pues Ciro permitió espontáneamente la salida de los judíos (Esdras 1, 1 ss.); ni menos de los samaritanos que pretendían impedir la reconstrucción del Templo (Esdras capítulos 4-6; Nehemías 6, 16). Las hice pedazos. Otros vierten: las mutilé. El texto dice literalmente: los circuncidé y lo mismo en los versículos 11 y 12. Abejas y fuego de espinas (versículo 12): Vivísimas imágenes del furor de los enemigos de Israel, que Dios desbaratará terriblemente.

13 s. Cf. Isaías 41, 11 ss.; Ezequiel 38, 17-23; Joel 3, 9-21, etc. A punto de caer: Cf. versículo 18; Salmo 65, 9 y 20; Romanos 11, 11. Mi Salvador es Él (versículo 14): Confesión que recuerda Éxodo 15, 2 y se repite en versículo 21 (cf. versículo 26; Oseas 3, 5; Zacarías 12, 8-10; Juan 19, 37). “Es todo Israel quien habla, pues es el Israel todo entero que acaba de beneficiar de la salvación” (Dom Funiet).

15 s. De los justos: Se refiere a los israelitas (Callan). No se trata de la parte de los tabernáculos o tiendas sino que son los justos, amigos de Yahvé, quienes se alegran de su triunfo (Fillion, Desnoyers, etc.) y pronuncian el cántico de los versículos 16 ss., que trae afectos visiblemente inspirados en el Cántico de Moisés.

16 s. Se alzó, como en Éxodo 15, 6 y no: me levantó, como algunos vierten según los LXX. Muy alto: El texto indica exaltación común.

18. Literalmente: Castigando me castigó, repetición que es en hebreo un superlativo de intensidad. “Ahora comprenden los israelitas cómo el propósito divino en sus sufrimientos fue su purificación, no su destrucción” (Callan). Cf. Isaías 40, 2; 61, 7; Jeremías 16, 18; 30, 11. Esta verdad, proclamada por Israel y también aplicable a cada hombre, es lo que el adagio popular expresa diciendo que Dios aprieta pero no ahoga (véase Hebreos 12, 1-8).

19 ss. Este pasaje, que suele presentarse dialogado para indicar su uso litúrgico en Israel, tiene su correspondiente en el himno de agradecimiento que según Isaías se cantará en el día en que Yahvé preparará el gran festín en Sión (Isaías 25, 6 ss.). Entonces, proclamando como aquí a Dios Salvador de Israel, y gozándose y alegrándose en tan gran día como aquí en el versículo 24 (Isaías 25, 9, texto hebreo), se dirá también: “Abrid las puertas y entre el pueblo justo, etc.” (Isaías 26, 2). Las puertas de la justicia que viene de Cristo (Romanos 3, 26; cf. 3, 9), y no de la justicia propia que ellos buscaban según la Ley (Romanos 9, 30-33), serán abiertas entonces a los judíos gozosos y arrepentidos, para los cuales Cristo habrá sido piedra de tropiezo (véase el versículo 22), como lo muestra allí San Pablo (Romanos 9, 33) citando a Isaías (cf. Isaías 8, 14; 28, 16; Lucas 20, 18; Hechos 4, 11; I Pedro 2, 6). Sobre esa puerta y camino santo (nombres que se da el mismo Cristo en Juan 10, 9 y 14. 6), cf. Apocalipsis 21, 27; 22, 14; Isaías 35, 8; 62, 10; Salmo 99, 4.

22 s. Véase la nota precedente. “El pueblo de Israel, rechazado y pisoteado por las grandes naciones, está elegido por Dios para que sea piedra angular del reino mesiánico. En sentido más alto aun, Cristo lo dice de sí mismo (Mateo 21, 42-44; Marcos 12, 10; Lucas 20, 17; cf. Hechos 4, 11; Efesios 2, 20 s.; I Pedro 2, 7)” (Salterio Romano). En esa parábola de los malos viñadores, Jesús recuerda a su propio pueblo este pasaje, como un argumento ad hominem, para anunciarles la vocación de los gentiles a causa de la incredulidad de Israel (Romanos 11, 30; Deuteronomio 9, 5; 32, 21 citado por Romanos 10, 19). San Pablo formula sobre esto una grave advertencia también a nosotros los gentiles en Romanos 11, 17 ss. Cf. Isaías 28, 16 y nota.

24. Este gran día, que en sentido acomodaticio se aplica a la Pascua, como observan los comentadores (cf. versículo 1 y nota), es el día del Señor, glorioso para su pueblo y terrible para sus enemigos (cf. Ezequiel 30, 3 y nota; Isaías 11, 11; 13, 6; Jeremías 46, 10; Sofonías 2, 2 s.; Malaquías 4, 5). Alegrémonos, etc. Es lo que se dice en Isaías 25, 9 (cf. versículo 19 y nota); y en Apocalipsis 19, 7.

25 s. Esta exclamación es en hebreo el Hosanna que el pueblo judío gritó con júbilo el Domingo de Ramos, único día en que fue reconocido el “Cristo Príncipe” (Mateo 21, 9 y nota). Cf. Daniel 9, 25; Jeremías 31, 7. Bendito el que viene (versículo 26): Es la célebre aclamación mesiánica (en hebreo Baruj ha-ba). Véase Juan 11, 25 y nota sobre “El que viene” (en griego “ho erjómenos”). Después de haber recibido Jesús esta aclamación en aquel día, según lo refieren con distintos matices los cuatro Evangelistas (Mateo 21, 9; Marcos 11, 10; Lucas 19, 38; Juan 12, 13), Jesús anunció, al final de su último discurso en el Templo (Mateo 23, 39), que estas mismas palabras serían la señal el día de su triunfo definitivo. Entonces se volverán a Aquel a quien traspasaron, como dice San Juan (19, 37), citando a Zacarías 12, 10 (cf. Deuteronomio 4, 30; Salmo 101, 29 y nota). Comentando el pasaje en que Jesús aplica así este versículo, dice Fillion que con estas palabras “terminaba el ministerio propiamente dicho de nuestro Señor. Él mismo iba a morir y aquellos a quienes se dirigía entonces no debían volver a verlo sino ni fin de los tiempos. En efecto, las palabras “hasta que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor” se refieren, según los mejores intérpretes, al Retorno de Jesucristo al fin del mundo, como juez soberano y a la conversión de los judíos, que tendrá lujar en esa época. Cf. Romanos 11, 25 ss. Reconociendo en Él a su Redentor, lo aclamarán entonces con la aclamación mesiánica: Bendito el que viene… Cf. Salmo 117, 26. Véase Mateo 23, 39 y nota.

27. Nos ha iluminado: “Tras la negra noche de la calamidad, Dios ha mostrado a su pueblo la luz de su favor (Callan). Cf. Salmo 96, 11; II Corintios 3, 14-16 y notas. Hasta los cuernos: Porque el altar de los perfumes tenía un cuerno en cada ángulo. Hasta allí había llegado el pecado de Judá (Jeremías 17, 1), y hasta allí llega ahora con júbilo el fiel cortejo, que recuerda el de Salmo 67, 25 ss.

28 s. Con alabanza semejante a la de Salmo 98, 5 y la repetición del versículo 1 termina solemnemente la serie del Hallel, comenzada con el Salmo 112.

SALMO 119 (118)

1. El Salmo 118 es el más extenso del Salterio. San Ambrosio le dedica 300 columnas in folio y lo atribuye a David, como lo hace también el Catecismo Romano (IV, 15, 15). Se compone en forma acróstica, de 22 estrofas, correspondientes a las letras del alefato hebreo, y en cada cual los ocho versículos comienzan igualmente con esa letra. La Ley de Dios, sus grandezas y excelencias, sus valores espirituales, son el tema único de este inmenso océano de sabiduría, lleno de portentosos secretos de vida sobrenatural, que los superficiales hallan monótono y cuya profundidad colmaba de admiración y deleite a Pascal (cf. versículo 18 y nota). Todos los 176 versículos, menos el 122, mencionan la Palabra de Dios bajo sus distintos aspectos. De ahí que los Santos Padres lo hayan considerado como un manual de perfección cristiana (Páramo). La primera estrofa nos muestra que la Palabra de Dios debe ser estudiada como fuente de felicidad (Mc Clellan). Perfecto: Aunque yo no lo sea —ni lo seré nunca en mí carne— tengo a mi disposición, en medio de este siglo depravado (Gálatas 1, 4), un camino perfecto. ¡Qué dicha incomparable para los que así lo creen de veras! Cf. Salmo 85, 11 y nota.

2. Bienaventuranza que Jesús confirmó en Lucas 11, 28. Es, dice el Crisóstomo, para los que escrutan la Palabra de Dios con interés, buscando en ella la sabiduría “como se buscan las riquezas”, y entraña una promesa; los que escuchan a Dios atentamente, le buscarán luego con todo su corazón, porque quedan sedientos de verdad y amor. Cf. S, 1, 2-3; Eclesiástico 24, 29; Juan 7, 17.

3. No cometen: Así también Vaccari, Crampón, Páramo, etc. Continúa el pensamiento del versículo 2 según el cual las palabras de Dios tienen la virtud de apartarnos del mal (cf. versículo 11), pues nos conceden el privilegio de revelarnos los caminos de Aquel que es el único perfecto (versículo 1). ¡Y lo hacen con la suavidad con que un padre alecciona a su hijo!

4 ss. Sigue desarrollándose el concepto: no se trata de repetir que los mandamientos deben cumplirse. Eso no añadiría ninguna enseñanza. Se trata, según nota Joüon sobre Lucas 11, 28, de custodiarlos, o sea de conocer y conservar empeñosamente las palabras de Dios en la memoria y la meditación, siguiendo el ejemplo de la Virgen (Lucas 2, 19 y 51), Entonces, dice el versículo 6, no temeremos sus mandamientos pues estaremos preparados para cumplirlos. Es lo que enseña Jesús en Marcos 14, 38. Cf. I Timoteo 3, 16.

7. Así también Rembold. La rectitud de corazón es la mejor alabanza a Dios, puesto que es lo que Él más aprecia (cf. Salmo 50, 8; Juan 1, 47). Y el que estudia esos juicios de Dios da muestra de ser recto, pues busca la verdad. Y su rectitud se confirma cada vez en contacto con esos juicios de Dios. Según esto vemos lo que significa, para la oración, el conocer la Palabra divina. El que no conoce a Cristo, dice San Agustín, se forma falsa idea de Él, y entonces no es escuchado cuando pide en su nombre (Juan 16, 23), porque el Padre ve que no está invocando al verdadero Cristo.

8. No es esto una audaz promesa como la de Pedro: “No te negaré”. Muy al contrario, es como decir: contando con tu auxilio me aprovecharé de los recursos de tu gracia. Cf. Juan 15, 5; Gálatas 2, 21; Filipenses 2, 13.

9. He aquí la pedagogía bíblica. Ya el tierno joven, para vencer nuestra naturaleza inclinada al mal, ha de acostumbrarse a leer y recordar la santa Palabra, guía y fortaleza en el sendero de Dios. Y cuando su cabeza, dice San Jerónimo, caiga dormida, que sea sobre la página sagrada que ha estado escrutando hasta el fin. Cf. versículo 55 y nota.

10. Véase aquí el efecto anunciado en el versículo 2. Conseguido ya su resultado, el alma insiste en implorar la fidelidad. Cf. Salmo 50, 13 y nota. Cf. Kempis IV, 11.

11. ¡Estupendo secreto que nos descubre el modo de no ofender a Dios! San Pablo confirma esta virtud de la Palabra que nos salva (Romanos 1, 16), nos prepara para toda obra buena (II Timoteo 3, 16 s.), y por eso debe permanecer en nosotros “opulentamente” (Colosenses 3, 16, texto griego). Cf. versículos 4-6 y nota; versículo 104; Santiago 2, 21.

12. ¡Enséñame! Para eso vino ante todo Jesús: como el Maestro bueno (Mateo 11, 29), que enseña a los pequeños lo que oculta a los sabios. Cf. Mateo 11, 25; 23, 8-10; Juan 6, 45; Hebreos 8, 11.

13. ¡Quién pudiera decir con certeza esta maravilla! Es el supremo mandato de Jesús a sus discípulos: trasmitir todo lo que Él les había enseñado (Mateo 5, 19; 28, 20; Marcos 16, 15; Juan 15, 15; Salmos 16, 4; 39, 10 s.; Sabiduría 7, 13; Daniel 12, 3). Es lo que el mismo Señor declaró y cumplió como su misión por excelencia (Juan 14, 26; 17, 6-8; 18, 37).

14. Si la Biblia costara una fortuna, como los manuscritos antes de la imprenta, quizá la apreciaríamos más que hoy cuando está al alcance de todos y hay tantos que no se interesan por ella. Cf. versículo 112; Sabiduría 7, 8 s.

16. Nótese los distintos aspectos en que se toma la Palabra de Dios en las diversas estrofas: preceptos, palabras, caminos, mandamientos, instituciones, juicios, justificaciones, testimonios, decretos, designios, oráculos, etc. (Cf., versículo 53 y nota). Es decir, que “no es la Ley en el sentido restringido de la legislación mosaica” (Calès) y no se muestra en la Palabra revelada un sentido preceptivo solamente, sino también las enseñanzas, promesas, verdades comunicadas sobre la vida de Dios y los designios admirables y bondadosos del divino Padre, todo lo cual nos adiestra y nos mueve a buscar con amor el cumplimiento de su voluntad, al menos en nosotros mientras la cizaña impida que ello se haga “en la tierra como en el cielo” (cf. Salmo 119, 7 y nota). Y si tanta riqueza tenía la Palabra de Dios en tiempo del salmista que así ponía en ella su deleite ¿qué no será para nosotros que tenemos todo el Nuevo Testamento, además de los Salmos, los Profetas, etc.?

18. Quita el velo: Confesión de que no somos capaces de entender por nosotros mismos (I Corintios 2, 14), sino por el Espíritu Santo, que es quien inspiró la Escritura (II Pedro .1, 20) y nos hace penetrar hasta las profundidades de Dios (I Corintios 2, 10). Esto hizo Jesús con los apóstoles (Lucas 24, 45). Cf. versículos 12 y 34 y notas; Hechos 16, 14; II Corintios 3, 15 s.; I Juan 5. 20. El presente Salmo es un ejemplo de ello, pues mientras hay quienes lo tildan de monótono (versículo 1 y nota), el que lo medita no cesa de encontrarle atractivos nuevos y cada vez más profundos, como Pascal que, al decir de su hermana, “hallaba en él tantas cosas admirables, que sentía siempre un gozo nuevo en rezarlo, y cuando conversaba con sus amigos sobre la belleza de este Salmo quedaba como transportado y los elevaba junto con él”.

19. Peregrino en la oscuridad (Gálatas 1, 4 y nota) y no podría vivir sin la luz (II Pedro 1, 19; Kempis IV, 11) y la consolación de tu Palabra (Romanos 15, 4).

20. Se consume anhelando: San Ambrosio compara el don de la Palabra de Dios, vehículo de la Sabiduría, al beso de la boca divina que ansía la esposa del Cantar (Cantar de los Cantares 1, 1).

21. Esta maldición es el reverso de la bienaventuranza del versículo 2. Infatuados: Así también Desnoyers, con un matiz más ilustrativo que el de la simple soberbia. Se explica que llame infatuados a los que se apartan de la Ley divina (cf. versículo 51 ss.), pues quien no acepta que lo guíe su Creador (Juan 6, 45) se cree capaz de guiarse mejor que Él. Cf. Salmo 11, 5 y nota y la asombrosa declaración de Jesús en Juan 12, 47 s.

22. Oprobio: ¿De parte de Dios (versículo 21) o de los hombres (versículo 23)? Parece más bien de Aquél, porque los príncipes de este mundo persiguen siempre a quienes aman la Ley de Dios (cf. versículos 51 y 86), ya que la conducta del justo es una acusación contra ellos. Cf. II Timoteo 3, 12; Juan 17, 14.

24. Y si Él está conmigo ¿quién contra mí? (Romanos 8, 31).

25. ¿No parece que el salmista hubiese escuchado a Jesús en Juan 6, 63?

26. No te oculté mis miserias (Salmo 31, 5 y nota) ni mi impotencia para remediarlas (Salmo 93, 18). Cf. Salmos 36, 5; 114, 6.

27. Instrúyeme: Véase versículos 12 y 18 y notas.

28. Vierte lágrimas: Rembold traduce: está encorvada. Confórtame: cf. versículo 25.

29. Favoréceme con tu Ley” La Ley es, pues, un favor y no una carga. Es dar la norma de la verdad y del bien a quien vive en la oscuridad. Es abrir los ojos del ciego (versículo 18) y guiar al peregrino (versículo 19) para que su camino sea perfecto (versículo 1). Véase Salmo 24, 8 y nota y compárese Jeremías 7, 23 ss., sobre el móvil paternal de la Ley, con Jeremías 23, 33-38, que muestra la indignación de Dios contra los profetas y sacerdotes que la predicaban como una carga. Cf. Mateo 11, 29-30; 23. 4.

30. Así también Desnoyers, quien interpreta en estos términos: “Estimo que tus juicios ofrecen una perfecta rectitud y que internándose uno en la vía que ellos prescriben no se arriesga a dar pasos en falso.”

31. Nótese el inmenso vigor de estas expresiones, verdaderos gritos de la fe, que comprometen el honor de Dios. Si el que confía en su misericordia no puede quedar confundido (Salmo 32, 22 y nota), ¿cómo podría ser encañado por el “padre de la mentira” el hombre que confesando su nada, se apoya sin vacilar en la palabra de un Dios? (Juan 8, 31 s. y 44). Pero esta confianza en la Palabra es lo que más nos cuesta, porque nosotros queremos vivir de lo que vemos (Juan 20, 25 y 29) y ella nos hace vivir de la fe en lo que no vemos (Romanos 1, 17; Hebreos 11, 1-3). De ahí que ese “crédito” sea el mayor homenaje que el hombre puede hacerle a Dios (Hechos 16, 34 y nota).

32. Esta es una de las grandes perlas de la Sagrada Escritura; que nos hace elevarnos de la pura vía purgativa hacia la unitiva o de amor, mediante la iluminativa o descubrimiento de los inefables atractivos de Dios (cf. 38 ss. y nota). Cuando Él dilata nuestro pequeño corazón revelándonos los misterios de su sabiduría (I Corintios 2, 7) y de su amor y bondad en Cristo, que superan toda ciencia (Efesios 3, 19), entonces la caridad, que es la plenitud de la Ley (Romanos 13, 10), viene a nosotros por el Espíritu Santo (Romanos 5, 5); y entonces ya no caminamos sino corremos por el camino de los mandamientos (Salmo 36, 4).

34. Dame entendimiento: “¡Bien podríamos temer no alcanzarlo nunca para tan altas cosas, si no fuera que Jesús lo promete precisamente a los que nos sentimos pequeños!” Cf. los versículos 12, 73 y 169; Lucas 10, 21; Proverbios 9, 4; Isaías 28, 9; 29, 18; I Corintios 1, 27 s.; II Corintios 4, 3; Santiago 1, 5, etc.

35. Me deleito: o también, como dice la Vulgata: esa es la que deseo: es decir, la que yo elijo en este momento de serena meditación, y tal es mi voluntad auténtica, manifestada con plenitud de conciencia. Bien sé yo que pronto se desvanecerá este delicioso equilibrio y que la voluntad de la carne empezará a gritarme lo contrario (cf. Romanos 7, 14 ss. y notas); y precisamente por eso vengo a pedirte que seas Tú quien me hagas marchar cuando yo falte. Jesús tiene a este respecto seguridades y consuelos inefables que pueden verse en Juan 10, 28-29; Romanos 8, 28-29, etc.

36. Hacia el lucro: Así también Calès, Desnoyers, etcétera. Otros: hacia la avaricia (Prado, Nácar-Colunga). Solamente Dios, que gobierna los corazones (Proverbios 1, 21 y nota; Denz. 177), puede apartar el nuestro de la avaricia, que es una idolatría (Colosenses 3, 5) y de la codicia, raíz de todos los males (I Timoteo 6, 9) y hacer que pongamos nuestra ambición en Él (Mateo 6. 21) y en el estudio de su Palabra (Salmo 1, 3 y nota).

37. Continúa el mismo concepto y lo amplía. Vanidad no sólo es el mundo; somos nosotros mismos con nuestras concupiscencias (San Agustín). El cristiano supera el ideal del oráculo griego “conócete a ti mismo”, pues sabe que “nadie puede añadir un codo a su estatura” (Mateo 6, 27; Denz. 187) y eleva su mirada, de la pura introspección, para “fijarla en Cristo, autor y consumador de la fe” (Hebreos 12, 2). Un filósofo hace notar que esa elevación sobre el puro análisis de nosotros mismos es condición indispensable de la contemplación. Es dejar lo negativo por lo positivo: el no ser por el Ser. Es lo que expresa el Doctor de Hipona: “En mí hallo muerte, mas dónde vivir no hallo sino en Ti.”

38 ss. Nótese el proceso del alma: comienza por el temor inicial, descubre luego la suavidad de Dios en sus palabras y, enamorada de ellas, concluye ansiando la santidad. Son las tres vías de la vida espiritual (cf. versículo 32 y nota). Véase un proceso análogo en Eclesiástico 4, 18 ss. Cf. Salmos 33, 9; 110, 10 y nota; I Juan 5, 3; 4, 8; Mateo 11, 30; I Pedro 2, 3.

41 s. Tu salud: El Mesías. El justo vive de la fe (Hebreos 10, 38), creyendo y esperando a veces, como Abrahán, contra toda apariencia (Romanos 4, 18), confiado en las promesas y vaticinios de Dios en medio de las burlas del mundo (Salmo 41, 4; Isaías 5, 19; Ezequiel 12, 27 s.; Lucas 17, 27; I Tesalonicenses 5, 3; II Pedro 3, 4). Bien se explica, como un suspiro de desahogo, esta ansiosa súplica que recuerda las de Salmos 85, 17 y 108, 27.

43. Porque sólo la Palabra misma tiene la virtud de mantener en la consolación y la paciencia (Romanos 15, 4; Apocalipsis 3, 10).

44 ss. Notemos también aquí el orden de las ideas: conservando en mi boca la Palabra de Dios seré capaz de cumplir su Ley (versículo 11 y nota); cumpliéndola, viviré en anchura de espíritu (cf. Proverbios 4, 10-12). Entonces no temeré ni a los reyes y me gozaré, etc. (versículo 89 y nota).

46. Texto citado en la Misa de las Vírgenes mártires. Cf. la promesa de Jesucristo en Mateo 10, 19 y 20.

48. Alzar las manos es símbolo de oración o de juramento (Salmo 27, 2; I Timoteo 2, 8; Apocalipsis 10, 5). El salmista quiere decir: adoro y deseo tus palabras como a Ti mismo. ¿Acaso Jesús no es la misma Palabra del Padre, el Verbo? Cf. versículo 105 y nota.

49. Aquí, como en los versículos 41, 58, 65, 81, etc. vemos que las palabras de Dios son la medida de sus promesas, por lo Cual nuestra esperanza en estas crece en la proporción en que vamos conociendo esas palabras y creyéndolas (cf. Salmo 32, 22 y nota). Y ningún deseo nuestro puede alcanzar semejante medida, porque ella sobrepuja toda imaginación. Cf. Salmo 50, 3 y nota.

50. San Pablo (Romanos 15, 4) destaca esta virtud propia de las Escrituras divinas: son un don que Dios nos envía para consuelo. Y en vano lo buscaremos igual en ningún libro humano. Cf. versículo 92; Salmo 18, 9; Jeremías 15, 16; I Macabeos 12, 9, etc. Me da vida: Cf. versículo 25.

51. De todas las cosas divinas la más burlada y odiada por el mundo es la Palabra (cf. versículo 22 s.). Cristo lo dice de muchos modos (Mateo 11, 6; Juan 15, 20; 17, 14, etc.) y se explica que ella alarme a Satán más que ninguna otra cosa, porque es el arma de Dios (Hebreos 4, 12) y su instrumento de salvación (Romanos 1, 16). Cf. versículo 74 y nota; 86 s.; I Macabeos 1, 59 s.

52 Consolado: De esas burlas (versículo 51). ¿Qué saben, esos hombres solemnes de las maravillas del Espíritu y del Reino de Dios y de los privilegios que en él están a disposición de los pequeños? (Mateo 18, 3 s.). Así también en Salmo 62, 7 David y en Salmo 76, 12 Asaf, se consolaban con el recuerdo.

53. No le importa al salmista que lo ridiculicen (versículo 51) y de eso se consuela fácilmente (versículo 52). Lo que lo mueve a indignarse (la Vulgata dice dolerse) es que esos malvados que se erigen en maestros (cf. II Pedro capítulo 2) son los que han abandonado la Ley de Dios (cf. versículo 21). Así Jesús, que comía con los pecadores para mostrarles su corazón, se indignaba con la doblez de los fariseos y con los mercaderes del Templo y también desfallecía de dolor por ellos hasta el sudor de sangre. Abandonan tu Ley: Como observa Calès, la palabra Ley (Torah) tiene aquí, como en los Salmos 1 y 18, una acepción más amplia que el solo Pentateuco. Al término Ley y sus sinónimos se puede a menudo sustituir los de revelaciones divinas, promesas proféticas, enseñanzas proféticas, y sobre todo, voluntades de Dios, agrado divino (cf. versículo 16 y nota).

54. Cantos, y no ordenanzas de un tirano. Entre ambos conceptos media todo el abismo de la espiritualidad. De mi destierro, es decir que —como lo muestra elocuentemente el Salmo 136, 3 s. — no se trata de cantos que celebren “el gozo de vivir” (Gálatas 1, 4), sino que se alegran en la misericordia del Dios que perdona (cf. Romanos 3, 24 ss.) y en las promesas que nos dan esperanza (versículo 49).

55 ss. Dice San Ambrosio que David se levantaba cada noche a orar y alabar a Dios (versículo 62), porque el amor a su Palabra le desbordaba del corazón (versículo 56). Fácil es imitarlo con sólo consagrarnos, antes de dormir cada noche, a la lectura y meditación de la Palabra de Dios (versículo 9 y nota; cf. Salmos 1, 2; 62, 7).

57. Mi suerte: Notemos que no habla de obligación sino de ventaja (cf. versículo 29 y nota). Tal es el privilegio de los que creen que Dios es nuestro Padre. Jesús llama “su comida” el hacer la voluntad paterna (Juan 4, 34).

58. Tu rostro, es decir, la visión luminosa de la fe viva, que nos hace sentir interiormente la realidad de Dios, no obstante las tinieblas de nuestra carne (cf. Salmo 26, 81. Al que así lo busca ¿se le esconderá acaso Dios? Véase la respuesta en Juan 6, 37 y 7, 17.

63. Estoy asociado: Forman un cuerpo místico todos los que temen al Señor, unidos en la Iglesia cuya cabeza es Cristo. Cf. versículos 74 v 79: Salmos 24, 21; 100, 6; Eclesiástico 27, 10; Mateo 18, 20. Otros vierten: “Soy amigo de”, etc.

66. Enséñame: Porque creo en Ti como maestro. Cf. versículos 12, 18, 34 y notas. “El juicio recto”: Cf. Juan 7, 24.

68. Es la razón que Jesús da en Mateo 11, 29: Dejaos instruir por Mí porque como Maestro soy manso, y soy humilde de corazón.

69. Los infatuados: Cf. versículos 51-53; Salmo 52, 5 y notas.

70. Esta crasitud significa grosera insensibilidad del corazón, especialmente para lo sobrenatural. Es, en el Nuevo Testamento, la falta de espíritu (I Corintios 2, 14; Judas 19 y notas), que a veces Dios permite como sanción terrible (Hechos 28, 27) en los que “no aceptaron el amor de la verdad” (II Tesalonicenses 2, 10). Cf. Deuteronomio 32, 15; Mateo 13, 15.

71. Maltratado” Así también Desnoyers, refiriéndolo al versículo 69. No sería ya la humillación del versículo 67 sino la triste experiencia de los hombres, que lo llevó a desconfiar de ellos y estudiar a Dios, dispuesto a “arrepentirse y creer al Evangelio” (Marcos 1, 15) como el mensaje del perdón y del amor (Colosenses 1, 28).

72. “La caridad ama ella más la Ley de Dios que la codicia ama al oro y la plata” (San Agustín). Pero esto no es lo propio de nuestra natural inclinación, sino todo lo contrario. Sólo el don de sabiduría nos lleva a ese amor, haciéndonos conocer y saborear el verdadero bien (cf. introducción al Libro de la Sabiduría). Sólo entonces “nacemos de nuevo” (Juan 3, 3) y ponemos el corazón donde está nuestro nuevo tesoro (Lucas 12, 34; Colosenses 3. 1). ¡Ese don se da gratis a todo el que lo pida! (Santiago 1, 5; Sabiduría capítulos 6-9). Así lo hace el salmista en el versículo 73. Cf. versículo 34 y nota.

74. “El perfume de paz, que exhala en torno suyo, recrea y alegra a los demás; es un estímulo y una energía para la santificación de cuantos conocen a Dios” (Manresa). Cf. versículo 63 y nota. Para otros, empero, esa ingenua confianza en lo sobrenatural será “locura o escándalo” (versículo 42 y 51; Salmos 36, 12; 111, 9-10; I Corintios 1, 23; Hechos 17, 32; 7, 54). Dios hace que su Palabra sea así como una piedra de toque de las almas (Lucas 1, 34 s.; Hebreos 4, 12; I Pedro 2, 6 s.; I Juan 4, 6).

75 s. Véase estos conceptos desarrollados intensamente en el Salmo 50.

77. “Vida que lo sea en verdad, no hay más que la vida de Dios, y la vida nuestra está escondida con Cristo en Dios" (San Agustín). Cf. Colosenses 3, 3.

78. Mintiendo me ha deformado: Nácar-Colunga: sin razón me afligen. Pasaje diversamente traducido. “Pero yo”, etc.: Es decir, yo sé dónde está el remedio contra el engañó. Cf. Mateo 7, 15; Hechos 17, 11 y nota.

79. Es la pequeña grey que ansía reunirse para hablar de Dios. Cf. versículo 63 y nota; Salmo 132, 1; Malaquías 3, 16.

80. Según tus leyes, porque sólo ellas, y no las normas de origen humano (Marcos 7, 8; Colosenses 2, 8), contienen para el hombre la verdadera perfección. Cf. versículo 85 y nota; Mateo 19, 16.

81. Con este deseo ardiente y confiado que expresa el ansia de Israel por el Mesías, hemos de vivir hoy suspirando por su venida (Catecismo Romano I, 8, 2). Cf. Apocalipsis 22, 17; Salmo 129, 6 s. y notas.

82. De tanto esperar, etc.: Así también la Vulgata y parece requerirlo el contexto. Según Desnoyers, los ojos desfallecerían “tras de tus sentencias”, quizá buscándolas, quizá de tanto releerlas.

83. El pellejo (de vino) expuesto al humo se arruga y encoge hasta perder su forma. A ese extremo llega el menosprecio de los infatuados (versículo 84 ss.) hacia los discípulos que escuchan la palabra de Cristo. Cf. Lucas 6, 22; Juan 15, 18 ss.; I Corintios 4, 9 ss. y nota.

84. ¿Cuándo juzgarás? Véase la respuesta de Dios en Apocalipsis 6, 10-11; II Pedro 3, 9; Hebreos 11, 40.

85. Cf. versículos 51, 53, 69. La Vulgata trae otra hermosa versión: Los impíos me cuentan fábulas, pero no son como tu Ley, lo cual tiene gran elocuencia para expresar cómo la sabiduría de los hombres, aunque parezca lúcida, no puede nunca satisfacer al alma como la Palabra de Dios. Tal es el sentido de la célebre confesión de San Agustín: “Nos hiciste para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.” Cf. Salmo 93, 11 y nota. La Iglesia eligió este texto para el Introito de la Misa de San Justino (14 de abril), el cual decepcionado de todas las escuelas filosóficas “estudió la palabra del divino Crucificado y se convirtió al cristianismo” (Dom Lefebvre), pues en ella, como dice la oración de dicha misa, “le enseñó Dios maravillosamente la eminente ciencia de Jesucristo (Filipenses 3, 8) por medio de la locura de la Cruz” (I Corintios 1, 23).

86. Sin causa, etc.: Según otros: el que me persigue miente.

87. Del país: Así también Calès. Otros vierten: de la tierra; Bover-Cantera: Me aniquilan por poco en este mundo.

89. Misterio digno de constante meditación: en el cielo permanece eternamente la misma Palabra cuyo don nos anticipa Dios en la Sagrada Escritura. Y aunque pasaran el cielo y la tierra (cf. II Pedro 3, 13; Apocalipsis 20, 11; 21, 1 ss.), la Palabra no pasará (Mateo 24, 35; Marcos 13, 31; Lucas 21, 33). Y esa Palabra, esa sabiduría de Dios que hace la felicidad del cielo, es el mismo Cristo Verbo, es decir, palabra del Padre, hecha hombre: Sabiduría encarnada, por quien y para quien todo fue hecho. Cf. versículos 44, 93, 111; I Pedro 1, 23-25; Apocalipsis 14, 6; Sabiduría 9, 9-11, etc.

90. Véase Salmo 88, 3 y 15, etc., donde Él hace continua ostentación de esa fidelidad.

91. La Palabra creadora es también conservadora. Sin ella nada podría subsistir (Salmo 103, 29 y nota). “A tu servicio”: Más fielmente que los hombres (Desnoyers). Cf. Sabiduría 5, 18-21; Romanos 8, 20 ss.

92. Mis delicias: Así también el nuevo Salterio Romano; otros: mi meditación. Cf. versículo 50 y nota.

94. Soy tuyo: “Sólo puede decirlo aquel cuyos pensamientos y afectos están enteramente puestos en Dios, que desprecia todo otro bien y que dice a Jesús, como los apóstoles: Muéstrame al Padre y ello me basta” (San Ambrosio).

95. Me espían: Jesús lo anunció en Juan 15, 20 (cf. Salmo 55, 7). Pero yo, etc.: En las persecuciones de los enemigos el remedio está en buscar las divinas palabras, fuente de la sabiduría y “río de la gracia” (Benedicto XV). Cf. versículo 92.

96. Todo pasa, menos la Palabra de Dios (versículo 89), que no dejará de cumplirse ni en una jota (Mateo 5, 18; 24, 35). El salmista nos ofrece un vigoroso contraste entre la limitación de todo lo humano y la única inmensidad que puede saciarnos. Cf. versículo 85; Eclesiástico 24, 38 y notas.

97. “Hay hombres que dedican su vida al estudio de los clásicos y esto se considera una noble pasión aun cuando se trata de autores paganos. ¿No ha de ser más fuerte el amor por las páginas que ha escrito el mismo Dios?”(P. de Segor). Tal fue la pasión de hombres como San Agustín, San Bernardo y tantos otros que apenas escribían una frase sin una cita de los libros sagrados. Los privilegiados frutos de este amor se muestran en los versículos que siguen. Cf. Salmo 1, 1 ss. y notas.

98. El israelita, aun oprimido por todos los paganos, no perdió su existencia ni la de su raza, porque conocía los designios de Dios (Salmo 147, 9) y los tenía siempre a su disposición.

99 ss. La paráfrasis que ofrece Scío explica esta notable superioridad del salmista sobre todos los doctores y ancianos, diciendo: “porque por medio de una serie y continua meditación me habéis hecho comprender cuál sea su espíritu verdadero”. Jesús establece esta superioridad del conocimiento espiritual sobre el puramente intelectual (Lucas 10, 21; cf. Salmo 130, 1; Job: 2, 20; Sabiduría 8, 10; I Corintios 2, 10 y 14; II Timoteo 3, 15) y la necesidad del corazón recto para entender a Dios (Mateo 5, 8 y nota).

102. Hermoso acto de amor: los cumplo porque se trata de Ti. De ahí la dulzura que expresa el versículo 103. Cf. Salmo 38, 10.

104. Me hago inteligente: Así también Crampón (Cf. Salmo 18, 8). Sobre la importancia de entender la Palabra véase 16 que dice Jesús en Mateo 13, 19.

105. El Concilio IV de Constantinopla cita este texto y otros concordantes (Salmo 18, 9; Proverbios 6, 23; Isaías 26, 9; LXX) para mostrar que las divinas palabras “se asimilan verdaderamente a la luz”, y dispone que el libro de los santos Evangelios, “en cuyas sílabas encontramos todos la salvación”, debe adorarse lo mismo que la Cruz y la Imagen de nuestro Señor Jesucristo (cf. versículo 89 y nota). Agrega que: si alguien no la adora no la verá “cuando Él venga en la gloria paterna a ser glorificado y glorificar a sus santos” (II Tesalonicenses 1, 10; Denz. 337; cf. versículo 48 y nota).

106. Este comienzo de nuestra conversión —que todos necesitamos como San Pedro (Lucas 22, 32)— sigue como lógica consecuencia cuando de veras nos persuadimos de que las disposiciones de Dios son la sabiduría misma, aunque nos parezcan tan paradójicas como las del Sermón de la montaña (cf. Mateo 5, 38 ss.) o el pago de los obreros de la última hora (Mateo 20, 8 ss.; cf. Mateo 11, 6; Lucas 7, 23 y notas). Lo que cuesta es persuadirse de ello. “Desde que el hombre, dice Mons. von Keppler, en la plenitud del paraíso, creyó a una víbora antes que a su creador y bienhechor, le ha quedado, como tremendo sello de decadencia, la credulidad más insensata a las palabras de los hombres y la más obstinada, aunque secreta, desconfianza a las palabras de Dios.”

107. Abatido, a causa de lo dicho en el versículo 106, pues los decretos divinos son contrarios a la sabiduría del mundo. De ahí que sólo cuente con el auxilio que reclama de Dios, pidiéndole que lo reanime, pero con esa vida que es según su Palabra. Jesús confirma que lo dicho en este versículo es consecuencia del anterior: “Yo les he dado tu palabra y el mundo les ha tomado odio” (Juan 17, 14).

108. La ofrenda de los labios consiste en las oraciones y alabanzas (Salmo 49, 14; Hebreos 13, 15 y notas) aunque no sean materialmente articuladas sino “en espíritu y en verdad” (Juan 4, 23 s.; cf. Mateo 6, 6-8). El suplicante pide a Dios que Él mismo se haga grata esta oración que le está haciendo, pues sabe que el hombre es incapaz de ello. “Siendo desagradables, fuimos amados para ser hechos agradables” (Denz. 198). Cf. versículo 147 s. y nota.

109. Tengo mi vida en la mano (expuesta a caérseme): modismo hebreo que señala el sumo grado de peligro (Job 13, 14). “Cada día muero”, dice San Pablo (I Corintios 15, 31).

110. Los malvados son los mismos que lo persiguen en los versículos 51-53, etc. Este lazo, que existe permanentemente en este “siglo malo” (Gálatas 1, 4), es el escándalo de que habla Jesús, el tropiezo “de los que creen” (Mateo 18, 6), es decir, que se refiere principalmente a la falsa doctrina, como se ve en el 2° hemistiquio. Cf. Mateo 7, 15 y nota.

111. Ha adquirido, como su patrimonio más precioso (cf. versículo 14 y nota), los documentos que contienen las palabras de Dios como un tesoro escondido (cf. Mateo 13, 44) y fuente de alegría. La Sagrada Biblia fue el primer libro publicado por la imprenta y tuvo muchas y espléndidas ediciones, en los tiempos de mayor fe. San Agustín no vacila en equiparar la Palabra al Cuerpo mismo de Cristo. ¿Puede explicarse que alguien tenga otros libros y carezca de éste? ¡Oh, si en cada hogar cristiano se conservase, leyese y meditase la Palabra de Dios! Véase versículo 105 y nota. Porque constituyen la alegría: “Podría escribirse, dice Mons. von Keppler, una teología de la alegría. No faltaría ciertamente material, pero el capítulo más fundamental y más interesante sería el bíblico. Basta tomar un libro de concordancia o índice de la Biblia para ver la importancia que en ella tiene la alegría: los nombres bíblicos que significan alegría se repiten miles y miles de veces. Y ello es muy de considerar en un libro que nunca emplea palabras vanas e innecesarias. Y así la Sagrada Escritura se nos convierte en un paraíso de delicias, “paradisus voluptatis” (Génesis 3, 23) en el que podemos encontrar la alegría cuando la hemos buscado inútilmente en el mundo o cuando la hemos perdido.”

112. Hasta el fin: Véase Mateo 10, 22; Hebreos 3, 6; Apocalipsis 2, 26. Como observa Fillion, la Vulgata expresa otro pensamiento: “por la esperanza del galardón”. Aquí el galardón está ya en la misma posesión y gozo de la Palabra (versículo 111; cf. Salmo 18, 12).

113. Sobre los de corazón doble, cf. Salmo 30, 7; Juan 1, 47; 3, 19; Santiago 1, 7 s.; 4, 8, etc. Sobre el odio santo, véase Salmos 96, 10; 108, 1; 138, 22; Eclesiástico 25, 3, etc.

115. Escrutaré: Así también LXX y Vulgata Es la actitud del que quiere sinceramente conocer a Dios: escapar de los mundanos que le roban el tiempo para estudiarlo (Salmo 6, 9). A este respecto Pío XII señala hoy con precisión los horizontes de grandes progresos teológicos que se presentan al investigador ante los nuevos datos que aporta la moderna intensificación de los estudios bíblicos, el descubrimiento de documentos, códices y papiros y especialmente el estudio del hebreo y el griego, lenguas originales de la Biblia, haciendo notar: a) que de todo ello brota gran luz “para entender mejor y con más plenitud los sagrados libros”; b) que “en la Edad Media, cuando la teología escolástica florecía más que nunca, aun el conocimiento de la lengua griega desde mucho tiempo antes se había disminuido de tal manera entre los occidentales que hasta los supremos doctores de aquellos tiempos, al explicar los divinos libros, solamente se apoyaban en la versión latina llamada Vulgata. Por el contrario, en estos nuestros tiempos no solamente la lengua griega, que desde el renacimiento de las letras humanas en cierto sentido ha sido resucitada a nueva vida, es ya familiar a todos los cultivadores de la antigüedad, sino que aun el conocimiento de la lengua hebrea y de otras lenguas orientales se ha propagado grandemente entre los nombres doctos”; c) que el gran adelanto que “no sin especial consejo de la providencia de Dios ha conseguido ésta nuestra época, invita y aun en cierto modo amonesta a los intérpretes de las Sagradas letras a aprovecharse con denuedo de tanta abundancia de luz para examinar con más profundidad los divinos oráculos”; d) que la extensión de ese campo es inagotable, dado que “no pocas cosas… apenas fueron explicadas por los expositores de los pasados siglos” habiendo “sólo muy pocas cuyo sentido haya sido declarado por la autoridad de la Iglesia y no son muchas más aquéllas en las que sea unánime la sentencia de los Santos Padres” (Encíclica “Divino Afflante Spiritu”).

117. Constantemente, esto es, no sólo para conquistar la unión contigo, sino más aún después de ella y como único modo de conservarla (cf. Mateo 26, 4l; Lucas 10, 42; 11, 22-27). El versículo 118 confirma la doctrina de éste al mostrar cómo los que se apartan de la visión sobrenatural dejan de pensar rectamente.

119. Yo tengo: Así también Wutz y la Vulgata, etc. Es la consecuencia del versículo anterior. Otros leen: “Tú tienes”.

120. Espanto harto justificado para la carne y que pronto se convierte en gozo para los humildes (versículo 111; Salmo 93, 18, etc.). No puede entender nada del Evangelio el que no entiende esa gran revelación fundamental, infinitamente asombrosa, de que Jesús no vino a buscar a los justos ni a los sanos, sino a los enfermos y pecadores (Lucas S, 30 ss.). Y como Él dijo que no hay ninguno sano, ninguno que no necesite arrepentirse (Marcos 1, 15; Lucas 13, 5), quiso decir que “perecerán todos” cuantos no se cuenten entre los enfermos y pecadores necesitados de un Salvador. Cf. versículo 130 y nota; I Juan 1, 8-10.

122. Responde Tú: Hazte garante de mi fidelidad (según otros: de mi bien) para que los infatuados (versículos 51-53) no tengan pretexto de oprimirme. Cf. Salmo 120, 8.

123. La promesa de liberación: Así también Calès. Otros: y por tus oráculos de justicia. Cf. versículo 81.

126 s. Admiremos la elocuencia de este apremiante llamado (cf. Salmo 101, 14). Y el salmista, en una sublime reacción de amor, lejos de escandalizarse por el ambiente de apostasía que lo rodea, “por eso mismo” se adhiere más que nunca al amor de la divina Palabra (versículo 127) y la conserva “como una antorcha que luce en lugar oscuro” (II Pedro 1, 19). Cf. Apocalipsis 3, 8 y 10.

128. He escogido para mí: Hermosa avaricia es esta, propia de María que eligió la parte óptima (Lucas 10, 42); hermosa y tan rara, que por eso no hay peligro, dice Ludolfo el Cartujo, de que esa parte “le sea quitada”, pues nadie se la disputa. Jesús nos escogió, y no nosotros a Él (Juan 15, 16). Ahora es el tiempo de que nosotros lo escojamos, como aquí, “para nosotros”.

129. El célebre predicador Ráulica, en un momento de notable elocuencia, dice: “Si Dios no fuera admirable ¿acaso lo aceptaríamos? Yo no, por cierto. Me buscaría otro mejor.” Hay versiones que, en vez de las observa, dicen: las escruta o, como Fillion, las estudia detenidamente. Sin duda el conocimiento leva a la admiración y ésta a un ansia creciente de penetrar cada vez más esa sabiduría que “el primero que la estudió no acaba de conocerla, ni el último de penetrarla, porque su inteligencia es más vasta que el mar y su consejo más profundo que el abismo” (Eclesiástico 24, 26 s., versión Crampón).

130. Es éste un concepto que aparece en muchos libros de la Sagrada Escritura y que debe llenar de gozo a las almas simples (cf. versículo 105 y nota; Salmo 18, 8 s.: Proverbios 1, 4; Sabiduría 10, 21; Mateo 11, 25, etc.). La explicación de por qué Dios revela a los pequeños lo que oculta a los sabios —cosa en verdad decepcionante para todo intelectual que no tenga espíritu sobrenatural— está en que la inteligencia de esos misterios de Dios sólo se adquiere partiendo de la base de la nada del hombre, de su caída original, de su condición actual anormal y miserable. Y esto es inadmisible para esos sabios que precisamente son tenidos por tales a base de sus conceptos y empeños humanistas que tienden a exaltar lo que el mundo llama altos valores humanos. De suyo todo hombre no es sino flaqueza e inclinación al mal (cf. Juan 15, 5; Lucas 16, 15; Salmo 142, 2), y el que no admite esto como base no puede entender nada del Padre, cuyos misterios son todos de amor y misericordia para con esa humanidad caída. Entonces, quienes nos sentimos así, caídos, reconocemos en Él un Dios como hecho de medida para nosotros. Los demás no se interesan ante este tipo de Dios, pues no tienen conciencia de necesitar la misericordia y encuentran humillante y vergonzoso reconocer la maldad e impotencia de la humanidad. Cf. versículo 120 y nota; Salmo 68, 11 ss. y notas.

131. Y suspiro: Parece más exacto que jadeante. La Vulgata vierte: y atraje el espíritu (cf. Hechos 10, 44; Lucas 1. 41).

133. “Hay un libro que lo explica todo, pero que desgraciadamente muy pocos quieren leer porque nos exige, con autoridad divina, que pensemos como él, y para ello vemos que hemos de dejar no sólo las inclinaciones de nuestra carne sino también innumerables ideas preconcebidas según el criterio mundano, las cuales, como las tenemos por buenas, resultan más difíciles de abandonar que los vicios” (Keppler).

134. Rescátame: ¿Qué es la opresión de los hombres sino el respeto humano? La Palabra de Dios que nos libra de él, es un verdadero rescate, cumpliéndose entonces literalmente la promesa de Jesús en Juan 8, 31-32. Confirmase así lo que dice la nota precedente.

136. Es el concepto de los versículos 139 y 158, el celo que devoraba a Cristo y le arrancó sudor de sangre en Getsemaní: la tristeza de que el Amor no sea conocido ni amado.

138. Benignidad: Así también Rembold (cf. Mateo 11, 30 y nota). Otros: firmeza.

139. Cf. versículo 136 y nota. Los adversarios son los infatuados (versículos 51-53).

140. Acendrada en extremo: Purísima como probada por fuego (Salmo 11, 7).

141. Pequeño: Cf. versículos 98-100; 130, etc.

144. Viviré: Hay un paralelismo entre este misterio de la Palabra que da la vida y lo que se dice en el Prólogo al Evangelio de San Juan sobre el Verbo del Padre (o sea la Palabra) que se encarnó, en el cual estaba “la vida que era la luz de los hombres”. Jesús lo confirma expresamente en Juan 6, 63.

145 s. El salmista nos enseña aquí la actitud normal del alma para con Dios. Querer, desear con todo el corazón obedecer la amable voluntad del Padre, pero, como sabemos que no somos capaces de ello (cf. Juan 13, 37 s.; 15, 5 y notas), pues es un don de Dios el servirlo como a Él le agrada (Colecta de la Domínica XII de Pentecostés; cf. Denz. 182 y 196 ss.), pedirle ante todo ese don: “sálvame Tú” y entonces podré agradarte (cf. versículo 108 y nota). Tal es “el buen espíritu” que Él desea le pidamos y promete darnos infaliblemente (Lucas 11, 13). El que no lo tiene, pues, es porque no lo quiere (Sabiduría 6, 14 s.; Isaías 55, 1; Santiago 1, 5). Y sin pedirlo no lo podemos tener, porque lo propio nuestro no es el buen espíritu, sino todo lo contrario. En cambio los bienes temporales —únicos que solemos pedir— se nos prometen “por añadidura”, pues “bien sabe vuestro Padre que todo esto necesitáis” (Mateo 6, 32 ss.). Por donde vemos que estos versículos constituyen una jaculatoria ideal para el cristiano.

147 s. Me anticipo (así Páramo, Calès, Desnoyers, Vulgata, etc.): Es como un impulso lírico de entusiasmo, de alegría por las promesas que espera, y también de santa impaciencia y ruego por ver si en ese nuevo día se cumplirán (cf. Apocalipsis 22, 17 y nota). Véase análoga actitud en David (Salmos 56, 9 y 107, 3) intentando que a su canto se despierte la misma aurora.

153. Notable enseñanza: El recordar las palabras de Dios antes estudiadas es el argumento para ser escuchado por Él en nuestras tribulaciones y tentaciones. Cf. Juan 14, 26 y nota.

154. Defiende Tú: Otros vierten: Lucha Tú por mi causa. El que quiera defensor infalible contra injustos enemigos, búsquelo en los Salmos 29, 34, 36, 108, etc.

155. Véase lo que enseña San Pablo sobre el fracaso del que quiere hacerse justo por sí mismo sin recurrir a la gracia, suprimiendo así el misterio de la Redención (Romanos 9, 30 ss.; 10, 3 ss.; 3, 24 ss.; Gálatas 2, 21).

156. Esto es, según lo que haya resuelto tu Corazón de Padre (cf. Salmo 50, 3 y nota): no quiero ni menos ni más de lo que tu amorosa bondad ha pensado para mí. El que se sienta muy ambicioso (cf. Isaías 55, 1; 64, 4) lea el primer capítulo de Efesios y el último del Apocalipsis.

158. ¡No hacían caso y predicaban a otros! Se trata, como en los versículos 51 ss.; 136, 139, 161, etc., de los falsos profetas o doctores. Cf. Mateo 23; II Pedro 2.

160. La suma (cf. Juan 17, 17): De ahí la maravillosa armonía entre las palabras de Dios. Puestos en contacto dos o más textos de la Escritura, se iluminan y embellecen recíprocamente, como sucede en la combinación de las notas musicales o de los colores, haciéndonos percibir un esplendor nuevo, por el cual la doctrina penetra más hondo en el espíritu.

161. A tus palabras: Y no a las amenazas de ellos. Es lo que Jesús enseña en Lucas 12, 4 s.

162. Es éste un llamado a que estudiemos la Biblia entera, “cuya conversación no tiene amargura, ni tedio su trato, sino consuelo y alegría” (Sabiduría 8, 16), sin excluir las profecías donde se hallan esas divinas promesas que nos llenan de anticipada felicidad en la esperanza (cf. Proverbios 10, 28 y nota). San Pablo nos exhorta a no despreciar ese estudio (I Tesalonicenses 5, 20), que es propio de los que quieren ser sabios (Eclesiástico 39, 1; cf. Isaías 34, 16; Mateo 13, 52; I Pedro 1, 10 ss.; Apocalipsis 1, 3, etc.). El fruto de esto será infaliblemente el que vemos en el versículo 163. Cf. Salmo 1, 1 ss.

164. Siete es número de perfección y universalidad (San Agustín). Cf. 11, 7; Proverbios 24, 16. De aquí viene la distribución del Breviario en siete horas canónicas además de los Maitines que eran el rezo de la noche.

165. Para ellos no hay piedra de escándalo: No tropezarán en la doctrina ni se escandalizarán de la oposición que hay entre las Palabras divinas y la prudencia del mundo (Mateo 11, 6; Lucas 7, 23 y notas), ni se sorprenderán ante las persecuciones o la apostasía (cf. I Juan 3, 12 s. y nota). Admiremos la inmensidad de esta promesa y ambicionémosla para nosotros (cf. Salmo 111, 7 y nota).

167. Santa Gertrudis refiere que, deseando un día ardientemente una reliquia de la Santa Cruz, Jesús le habló y le dijo que copiara en un papel alguna de sus Siete Palabras y lo llevase consigo como la mejor reliquia de su Pasión. ¿Acaso una carta de una persona amada no es mejor recuerdo que cualquier objeto material? Si muchos no aman el santo Evangelio, es porque lo miran como un conjunto de preceptos o cosas que Dios nos pide, cuando es esencialmente la “Buena Noticia” de las cosas que Él nos da, hasta llegar al supremo don de su amor, revelado en Juan 3, 16.

168. Vemos aquí que todos nuestros problemas están resueltos en las Palabras de Dios. Cf. versículo 133 y notas.

169. Adiéstrame: Véase versículo 34 y nota.

171. He aquí el fruto que te promete infaliblemente, oh lector, el libro que tienes en tu mano (cf. Apocalipsis 1, 3, y nota). “La inteligencia de las Sagradas Escrituras encierra delicias tales que nos hacen olvidarnos del mundo y aun de nosotros mismos” (Sta. Ángela de Foligno).

173. Es el privilegio del que con rectitud se ocupa preferentemente de buscar a Dios: puede contar con que la Providencia se ocupa de todo lo suyo (Mateo 6, 33). “Cuando Hamlet se plantea la duda: «ser o no ser», se pregunta si es más noble soportar los males o luchar contra ellos y ponerles fin. En este fin él no ve sino la muerte, el suicidio, el cual ha de evitarse sólo por miedo del más allá desconocido. Pero Jesús a todas esas dudas tiene respuesta ‘en función del Padre’. Ser o no ser no es ya cuestión de vivir o morir, sino de acción o pasión. Jesús nos salvó por ésta más que por aquélla. Su acción como predicador fue rechazada por su pueblo. Entonces vino su pasión, como un paso más allá de la acción. Por eso nos enseñó a no resistir al que es malo, a perdonar siempre y aun a poner la otra mejilla. Él planteó en otra forma el «ser o no ser» de Hamlet: no ya como vivir o suicidarse, sino que, contrariamente al estoico «sé varón», de Séneca, Él enseñó la gran conveniencia de «renunciarse a sí mismo», de morir en vida, cosa que sería ciertamente absurda si el hombre fuera naturalmente bueno, pero que es lógica y necesaria siendo la humanidad degenerada desde Adán. También sería absurdo ese «morir a sí mismo» si no hubiese Providencia y por eso, si Jesús lo da como solución, ello es solamente ‘en función de Dios’, de un Dios esencialmente activo. Si nos dice que no nos venguemos, no es para que triunfen los malvados, sino porque el Padre se encarga de la venganza; si nos dice que no pensemos en el mañana, no es para que muramos de hambre, sino porque a ello provee el Padre que viste a las flores y alimenta a los pájaros, de tal modo que a ninguno le falte nada. Todo es, pues, cuestión de creer, y no es extraño que así sea, pues Jesús sólo vino a hablarnos de la realidad de su padre. Sin ella no habría tenido nada que prometer, ni siquiera nada que decir.” Un pensamiento semejante revela el testamento de Shakespeare: “Pongo mi alma en las manos de Dios, mi creador, esperando y confiando con certeza que únicamente por los méritos de Jesucristo mi Salvador, seré admitido a la vida eterna.”

174. Es como decir: Quiero ser mendigo y no quiero salvarme por mí mismo sino que seas Tú mi Salvador para que la gloria sea toda tuya. El que dice esto da testimonio de verdadera fe y de la humildad que ella comporta.

175. Sean mi apoyo. Otros: vengan en mi ayuda. Ambos sentidos contienen gran enseñanza. Según el primero, hallamos en las palabras de Dios la mejor fuente en que apoyar nuestros juicios, como la antigua Patrística, que apenas hacía afirmación alguna sin fundarla en un pasaje de la Escritura. En el otro sentido, se invoca además el sostén espiritual que viene de la Palabra de Dios como “río de la gracia” según la llama Benedicto XV, siguiendo a San Jerónimo, en la Encíclica "Spiritus Paraclitus" sobre la lectura y meditación de la Sagrada Biblia.

176. Si me he descarriado: Como observa acertadamente Fillion, el texto hebreo admite muy bien esta forma condicional que da el verdadero sentido, hoy confirmado profundamente por las parábolas de Jesús en Lucas 15 1 ss. y Juan 10, 1 ss. “Si yo tuviera, Señor, la desgracia de extraviarme, dice un místico, estoy seguro de que no me dejarías llegar a perderme, pues bien sabes que, dándome Tú un golpe fuerte, mi mezquino corazón volverla a implorar tu perdón en la prueba, ya que no fue capaz de ser fiel en la prosperidad.”

SALMO 120 (119)

1 s. Cántico gradual: Así se llaman los quince Salmos que siguen (en hebreo: Salmos de la subida). Según algunos se cantaban, de acuerdo a una tradición judía, subiendo las quince gradas del Templo; pero éstas corresponden al gran Templo anunciado por Ezequiel (Ezequiel 40, 22, 31, 37, 49) que nunca existió, y no sabemos si las había en el segundo Templo, más simple y estrecho que el de Salomón (Esdras 3, 12; Zacarías 4, 9-10). Otros se inclinan a pensar que estos cánticos son Salmos conmemorativos de la vuelta del cautiverio. Una tercera opinión dice que se llaman graduales o de ascensión porque dan las normas del progreso espiritual. Lo más cierto parece ser que se cantaban por los peregrinos en la subida Jerusalén, y en varios de ellos es evidente el carácter profético. “Ninguna poesía popular aventajará nunca la asombrosa belleza de estos Salmos, verdaderos modelos en su género para todo tiempo y para todo pueblo. Son un monumento de la verdadera, de la grande, de la sublime idea religiosa que educaba a aquel religioso pueblo como para el advenimiento del cristianismo” (Minocchi), o sea de los misterios mesiánicos, no pudiendo afirmarse que se refieren a la vuelta de Babilonia “ya que algunos presuponen la completa restauración del Templo y de su culto” (Páramo). Este primer Salmo gradual expresa el dolor del salmista y quizá también de Israel como desterrado y escarnecido. Cf. Eclesiástico 51, 1-12 y capítulo 36.

3 s. Texto oscuro que parece ser una imprecación: La lengua astuta que mata como flecha, o espada, o fuego (Jeremías 9, 7; Salmo 56, 6; Santiago 3, 6), será a su vez atravesada por saetas ardientes (la retama como leña parece dar más calor que la de otros arbustos y árboles). Cf. Sabiduría 1, 5 y nota. Como dando este versículo en sentido espiritual, dice San Agustín: “Saetas son las palabras de Dios: hieren y atraviesan los corazones. Mas cuando los corazones son traspasados por las saetas de la Palabra de Dios, se inflama en ellos el amor.” Observación tan teológica (Romanos 5, 5) como humana, pues todo amante conquista a la amada por su palabra. Así el alma se enamora de Dios al oírle hablar. Esto explica que la Sagrada Biblia, como libro de espiritualidad, sea, dice Mons. Chimento, “tan superior a todo otro, cuanto dista lo divino de lo humano, esto es, infinitamente”.

5. Mósoc o Méschek, país inhospitalario al sur del Cáucaso, entre el Mar Negro y el Caspio, hoy Rusia (cf. Génesis 10, 2; Ezequiel 27, 13 y sobre todo Ezequiel 38, 2 y nota). Cedar: Desierto de los árabes de Siria, al este de Palestina. Con ambas metáforas, sinónimo de barbarie, quiere expresar el salmista que se siente desterrado, como lo están, dice San Ignacio de Loyola, “entre brutos animales” (cf. Mateo 10, 16), los discípulos de Cristo. Cf. Jeremías 35, 10; Hechos 2, 40; II Pedro 1, 19, etc.

7. Cf. Salmo 108, 4. ¡Cuánta prudencia y aumento de fe podríamos aprender aquí! Recordemos el ejemplo de las Catacumbas. Cf. Salmos 38, 3; 118, 16 y nota; Malaquías 3, 16; Mateo 7, 6; Lucas 18, 8; Apocalipsis 18, 4. El Salmo siguiente parece querer consolarnos con la esperanza. Cf. Isaías 30, 15.

SALMO 121 (120)

1 s. Salmo de confianza filial, como el Salmo 22, y en cuyas estrofas “lava el corazón sus tristezas y se baña al rocío del bien” (Fr. Luis de León). Muestra una vez más la asombrosa predilección de Dios por su pueblo (versículo 4). Según algunos tiene forma dialogada. “Los montes”: La montaña de Sión en Jerusalén, hacia donde el orante dirigía la mirada (III Reyes 8, 44 y 48; Daniel .6, 11 s.). Otros observan que, dado el interrogante de este versículo, no puede ser el monte Sión (Desnoyers) sino que el peregrino verá de lejos los montes de Judea, consagrados en otros tiempos a ídolos diversos (Ubach). ¿Acaso el auxilio vendría de alguno de ellos y no del único Señor y Creador? (versículo 2).

3. La forma interrogativa (cf. Rembold) aclara el contexto (versículo 4).

5. Tu umbráculo: Así Calès, Desnoyers, etc. Otros vierten: tu custodio. El que te da sombra contra los calores (versículo 6) y tiene la paciencia amorosa de mantenerse siempre a tu lado. Hoy, los que participamos de la herencia de Israel por la fe en Cristo Jesús (Efesios 2, 12 ss.), tenemos aún más: la permanente habitación del mismo Cristo en nuestros corazones mediante la fe, como lo dice San Pablo (Efesios 3, 17); la del Espíritu Santo (Juan 14, 17), y aun la del divino Padre en aquellos que aman a Jesús (Juan 14, 23).

8. Tu salida y tu llegada. Literalmente: Tu salir y tu entrar: expresión bíblica que significa: todos tus pasos (Hechos 1, 21). Para siempre: Palabras que nos colman de esperanza, pues si confiamos en nuestro Padre sabemos que Él mismo se hace garante de que seamos fieles (Salmos 22, 6; 118, 122; I Corintios 1, 8; Judas 24). ¿Creemos esto? ¡Hay que creerlo! Pensemos que cada promesa de Dios es un cheque a nuestra orden contra un banco que no ha fallado nunca. Sólo quiere Él que lo endosemos con la firma de nuestra fe y reclamemos el pago con la oración. En la fecha debida, Dios paga sin falta (Números 23, 19). Él mismo nos enseña en la Escritura a recordarle así sus promesas, que son tantas (Salmos 24, 7; 105, 4; II Paralipómenos 6, 42; II Esdras 1, 8 s.; Judit 9, 18; 13, 7, etc.).

SALMO 122 (121)

1 ss. Salmo de peregrinación a la Ciudad Santa. El hebreo dice expresamente que es de David y lo mismo dicen las versiones de Aquila, Símaco y un códice de los LXX. “La ausencia de esa mención en las otras versiones, dice Fillion, no es razón suficiente para que dudemos de su autenticidad, y por otra parte no puede aportarse ningún argumento concluyente contra la verdad del hecho que ella enuncia: David habrá sin duda compuesto este cántico después de la traslación del Arca al monte Sión.” El santo Rey tuvo su trono en Jerusalén (Salmo 100), pero aquí la contempla con alcance profético y mesiánico (cf. Salmos 92-99), viendo en ella glorificada su casa como en II Reyes 7, 19 y hablando del Templo y de una Jerusalén reedificada y magnífica, como en Ezequiel 40-48, en tanto que a la vuelta de Babilonia la ciudad estaba en ruinas y así quedó por más de ochenta años hasta el año vigésimo de Artajerjes Longimano (Nehemías 1, 3). Cf. Salmo 84, 1 y nota.

3. La ciudad (por antonomasia): Así también Calès, el cual prefiere asimismo seguir a los LXX en lo restante del versículo, refiriéndolo a la comunidad de los habitantes más bien que a la arquitectura de la ciudad. El nuevo Salterio Romano vierte: Toda compacta en sí misma; Nácar-Colunga: bien unida y compacta; Bover-Cantera: construida y bien trabada. Alusión al conjunto armonioso y unido de la ciudad (cf. Tobías 13, 20 s.; Isaías 54, 11 s.; 60, 10 ss., etc.) y a la vez a la solidaridad religiosa y social del pueblo unido bajo un rey poderoso que ejerce la justicia (versículo 5; cf. Jeremías 33, 14-16), expresándose así la plenitud ideal de la vida civil. Cf. Salmo 71, 7 y 16.

4. Allá suben: Se trata aquí no de los peregrinos, sino de todas las tribus de Israel, reunidas ya en la gran ciudad, a la cual tres veces al año todos los israelitas tenían que peregrinar: para las fiestas de Pascua, Pentecostés y Tabernáculos (Éxodo 23, 14 ss.; 34, 23; Deuteronomio 16, 16). Para celebrar: Dom Puniet traduce: para confesar. Cf. Salmos 64, 2; 86, 4 y notas: Jeremías 3, 18; 31, 1 ss.; Ezequiel 37, 15-23, etc.

5. Sobre el alcance mesiánico de la casa de David véase versículo 1 y nota; Salmos 88, 28-38; 131, 11 ss.; Isaías 9, 7; Ezequiel 37, 24 s.; Lucas 1, 32; 22, 29 s.; Hechos 15, .6 citando a Amos 9, 11. s. etc.

6 ss. He aquí los sentimientos que ha de tener el cristiano respecto de Israel. “La Iglesia Católica ha acostumbrado siempre rezar por el pueblo judío, depositario de las promesas divinas... La Silla Apostólica ha protegido a ese pueblo contra injustas vejaciones… Asimismo condena… ese odio que hoy suele llamarse antisemitismo” (Pío XI). Saludad. Así también Wutz. Lo que sigue expresa el contenido de esa salutación: paz y felicidad sobre la Ciudad Santa.

9. A causa del Templo: Cf. Salmo 67, 30 y nota. Te auguro: Así también Vaccari. Otros vierten: anhelo para ti.

SALMO 123 (122)

1. Es la confianza en el Padre la que late en cada palabra de esta oración, como en los Salmos 22 y 120. “El pequeño resto preservado de Israel ha sido repatriado del destierro babilónico. Pero en vez de las grandezas y alegrías, de la prosperidad y de la paz mesiánica que parecían prometerle las profecías, experimentaba la pobreza y la miseria, el desprecio y las vejaciones de sus vecinos y aun de sus propios elementos depravados. Su fe, empero, y su esperanza no desfallecen un instante. Fija sus ojos en el Padre del cielo... buscando la señal de su benevolencia y socorro” (Calès). Cf. Salmo 84, 1 y nota.

2. Imagen de la divina Providencia, digna de ser recordada especialmente en los días de prueba: Los siervos, dice San Agustín, mientras reciben azotes miran la mano del amo hasta que ella hace la señal de gracia. ¿Cuánto más no lo hará el hijo con su Padre? Cf. Hebreos 12, 2-13. “De la misericordia del Señor nunca se espera demasiado” (Don Orione).

 

SALMO 124 (123)

1 ss. Breve y expresivo cantar, que recuerda el modo prodigioso cómo Dios ha protegido a su pueblo contra enemigos feroces (cf. Salmos 62, 7; 76, 12; 118, 62). La gran lección que nos da consiste en el reconocimiento de que la obra de la salvación no viene de la suficiencia de nuestro brazo. Los comentadores observan en este Salmo, como en varios otros, que nadie ha precisado con certeza el acontecimiento a que se refiere, pudiendo aplicársele, en cuanto a su autor y alcance, lo mismo que dijimos del Salmo 121. La liberación de los enemigos (versículo 7) y el reiterado reconocimiento de su carácter providencial lo asemejan al Salmo 117 (cf. notas).

5. Nuestra alma, esto es, nuestra vida (versículo 7).

7. Sobre esta liberación, que parece definitiva, cf. Salmo 117, 10 ss. San Agustín lo aplica también, espiritualmente, al alma librada de sus enemigos y victoriosa sobre ellos por obra de Dios, que “no permite seamos tentados más allá de nuestras fuerzas” (I Corintios 10, 13). Cf. Romanos capítulos 6 y 7.

8. Este versículo tan usado en la Liturgia (cf. Salmo 120, 2) es como una recapitulación de todo el Salmo y nos recuerda que quien confía en Dios no espera una ayuda cualquiera, más o menos relativa como la que podría darle un hombre, sino una solución total, propia de Quien todo lo puede. Cf. Salmo 50, 2 y nota.

SALMO 125 (124)

1. Más inconmovible que el monte Sión es la firmeza con que Dios ampara a Israel y así también a todos los justos (versículo 3 y nota). He aquí el argumento de esta preciosa oración. Cf. Joel 3, 20; Salmos 64, 2; 67, 17, etc. Un moderno articulista dice a este respecto que “el estoico —ese que el mundo llama filósofo práctico— espera con calma los acontecimientos como si todas las dificultades se solucionaran al fin por sí solas en virtud de una especie de ley optimista. El creyente no puede tener ese optimismo con respecto a este mundo, ni tener fe humanista porque Dios le forma una pésima opinión de la humanidad caída y le revela en el Apocalipsis el destino catastrófico de las naciones. Pero el creyente sabe, por muchos Salmos, que Dios es activo e infalible protector de los que esperan en Él. Sólo ese conocimiento le permite seguir la norma que dice: “En la quietud y confianza está vuestra fortaleza” (Isaías 30, 15). En esto su actitud se parecerá a la calma de aquel estoico, pero ambas posiciones espirituales se alejarán diametralmente y los resultados también. El lema estoico ‘Osa y espera’, que no sólo es de los saboyanos sino de muchos moralistas paganos y de muchos sajones como Kipling, etc., lleva sin duda a triunfos más o menos inmediatos, pero toda la historia nos muestra que esa confianza en el hombre, a pesar de su fanática voluntad de vencer, ha producido los fracasos más irreparables. En cambio, la Escritura enseña que si alguien confía en el Señor, es como el Monte Sión, que no será conmovido.”

2. Véase Salmo 126, 1 y nota.

3. Sobre la heredad de los justos: Alude a Israel, que es llamado muchas veces herencia de Dios (cf. Salmo 15, 5) y cuyo territorio no será hollado para siempre, sino solamente hasta que se cumplan “los tiempos de las naciones” (Lucas 21, 24). Cf. Salmo 78, 1; Isaías 63, 9 y 18; Apocalipsis 11, 2. Los acontecimientos históricos en que se reconoce a Judá derechos, aunque parciales, sobre Palestina, vuelven nuestros ojos a esos anuncios bíblicos. Cf. Salmo 125, 6 y nota; Mateo 24, 32. Jesús nos hace a todos una promesa semejante para los últimos tiempos, próximos a su segunda Venida, cuando “se enfriará la caridad de la mayoría” (Mateo 24, 13) y peligrará la fe aun de los elegidos. Entonces, por amor de ellos, se abreviarán esos tiempos (Mateo 24, 22), “no sea que también los justos”, etc. Esta explicación, que nos descubre una vez más el Corazón amante y misericordioso del Padre celestial, confirma el proverbio popular: “Dios aprieta, pero no ahoga” y muestra que la doctrina del Salmo se aplica también a los justos en general (cf. I Pedro 1, 6; 4, 7 ss.; 5, 10, etc.). Cuando veamos al justo oprimido, sepamos, pues, que eso no durará. No permite el Dios fiel que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas (I Corintios 10, 13), y hasta en el caso de Job vimos su fin dichoso aun en esta vida (cf. Santiago 5, 11). Si pues nos parece que se prolonga nuestra prueba, veamos si no hay en nosotros una voluntad soberbia que resiste a la gracia. Cf. Mateo 6, 33.

SALMO 126 (125)

1. El sentido mesiánico de este Salmo fue reconocido por los expositores antiguos y por los mismos rabinos. “La segunda estrofa –dice Calès–, es, en toda hipótesis, estricta y directamente mesiánica. La primera lo es al menos típicamente; pues la restauración después de Babilonia era la figura y como el preludio de la gran restauración de la nueva alianza” (cf. Jeremías 31, 31 ss., citado por Hebreos 8, 8 ss., Isaías 59, 20, citado por Romanos 11, 26). El mismo autor y muchos otros hacen notar que en la exégesis más moderna prima la opinión de que también la primera estrofa es profética, debiendo ponerse los verbos en futuro (como en parte lo hace la Vulgata), o verse en ellos un pasado profético según las palabras de San Agustín: “Las cosas futuras son delante de Dios como si fuesen pasadas.” Esta última opinión parece acordarse más con el contexto (cf. versículo 2; Salmo 84, 3 y notas). Como un sueño: Cf. Génesis 45, 26; Hechos 12, 9. Es decir, que como sucedió a Saulo (Hechos 9, 18), caerá el velo que cubre sus ojos (II Corintios 3, 14 s.; Hechos 5, 11; Romanos 11, 25 s.). Véase Salmo 24, 3 y nota.

2. El nuevo Salterio Romano recuerda a este respecto que cuando los judíos volvieron del exilio babilónico sus condiciones eran aún “harto tristes y duras” y cita al respecto Esdras 3-6; Ageo 1, 6-11; 2, 4 y 15-17. Dijeron: Según los LXX: dirían, y según la Vulgata: dirán. Así también vierten muchos modernos, concordando con Salmo 101, 16 s., etc. En la vuelta de Babilonia vemos que la actitud de los gentiles fue todo lo contrario (cf. Nehemías 4, 2 ss.), y que sólo volvieron dos de las doce tribus (cf. Esdras 1, 2; Jeremías 30, 3 y notas). El verdadero significado de este anuncio hecho a los hebreos “es la vuelta de todo Israel a la verdadera libertad y a la luz del Evangelio, de la cual el profeta ve tales seguridades, que la mira como ya presente” (Ed. Babuty). La frecuencia con que se nos recuerda este misterio en la oración litúrgica debe hacernos meditar cuan ligado está él, para todas las naciones, con el triunfo de Jesucristo.

3. Son exactamente los sentimientos que manifiesta la Virgen en Lucas 1, 46 s. y también en los versículos 54 s., que mencionan este misterio.

4. Cambia nuestro destino: o sea nuestra suerte. Otros: Has volver a nuestros cautivos. En ambos casos se alude a la instauración del Reino mesiánico. Cf. Salmo 13, 7. Como los torrentes en el Négueb: Los arroyos en esa parte meridional de Palestina, que es la más árida, estaban secos en verano y se llenaban de golpe en la época de las lluvias. La cosecha dependía de las aguas que estos torrentes llevaban durante pocos días. De ahí la elocuencia de la figura que usa el salmista (cf. Salmo 142, 6). Isaías 60, 22 también habla de una transformación hecha súbitamente, lo que explica por qué les parecerá un sueño (versículo 1).

6. Como observa Calès, se pide aquí “la prosperidad mesiánica y la reunión completa de los dispersos, conforme a las promesas de los profetas”. Así también fue siembra la predicación del Evangelio (Lucas 8, 11) que Israel rechazó, con gran dolor y llanto de los apóstoles (Romanos 9, 2 ss.; Hechos 13, 46; Mateo 10, 6; Lucas 24, 47). Pero este llanto será consolado (Jeremías 31, 16 ss.), y otros recogerán lo que ellos sembraron, así corno ellos cosecharon con gozo, en los israelitas que fueron fieles, lo que habían sembrado con lágrimas los profetas. Este Salmo nos ayuda así a entender las misteriosas palabras de Jesús en Juan 4, 34-38, y nos enseña una vez más que el trabajo apostólico por excelencia es hacer conocer el Evangelio (cf. Mateo capítulo 13; Hechos 6, 2; 8, 35 y nota; I Corintios 1, 17; I Timoteo 5, 17); que en ello hemos de renunciar a ver el fruto inmediato, y aun ser perseguidos, pero que ese fruto es el más seguro y el más precioso de todos (Mateo 5, 19; Lucas 22, 29 s.; I Corintios 12, 28; Daniel 12, 3, etc.). La triste actitud de los sembradores contrasta con la prontitud gozosa de los que siegan. “¡Qué dicha, cuando seamos restablecidos en nuestra patria, tornada a la prosperidad” (Desnoyers).

SALMO 127 (126)

1. El título de Salomón y el carácter doctrinal de este Salmo han hecho que algunos lo atribuyan al rey sabio, pero más bien parece que David lo escribiese para aquél cuando dejó a su cargo la construcción del Templo y le entregó el modelo que había recibido del cielo pero cuya ejecución le había sido negada no obstante su deseo (I Paralipómenos 28, 11 ss.). De ahí las instrucciones de no adelantarse a los designios de Dios (versículos 1-2) y el elogio de las ventajas de tener hijos en quienes poder confiar (versículos 3-5). La casa: En hebreo se llama así al Templo. La ciudad: Jerusalén, cuya defensa se reservaba Dios mismo (Salmo 124, 2). Cf. sobre esto la bellísima figura de Zacarías 2, 5, que Wagner ha usado en el final de la Valquiria.

2. Porque Él regala, etc.: Nácar-Colunga vierte: Es Yahvé el que a sus elegidos da el pan en sueños; Vaccari: Él da pan y reposo a sus amados... El sentido de todo este pasaje, que parece tan misterioso por ser contrario al estoicismo humano, es simplemente el mismo del Evangelio de la divina Providencia (Mateo 6, 25 ss.). Sólo exige una fe viva en la bondad de Dios y en el amor que nos tiene y que lo mueve a esa continua actividad en favor nuestro. Cf. Gálatas capítulo 3; Salmo 67, 12 y nota; 102, 13; Juan 3, 16, etc.

3 ss. Esta segunda parte se vincula fácilmente con la primera, en boca de David que habla como padre de Salomón (cf. nota versículo 1). Preciosa herencia para el justo son los hijos que, engendrados en los años de vigor, ayudarán a sus padres cuando éstos declinen. Y ese bien, con ser tan precioso, es dado al hombre como un don viviente, fruto de su amor y no de su trabajo. ¡Admirable reflexión para los padres que hoy rechazan este don de Dios! En Ezequiel 23, 37-40 y notas vemos que sólo Él es dueño de ellos.

SALMO 128 (127)

1. Este Salmo litúrgico, que es un eco del anterior, pinta, como el Libro de Tobías, la tranquila felicidad del creyente humilde. que vive del trabajo de sus manos y la dicha de la madre rodeada de sanos y buenos hijos. De ahí que la Liturgia lo use en la misa de esponsales.

5 s. En este final parece que David sigue hablando y aconsejando a su hijo Salomón (cf. Salmo 126, 3 ss. y nota) y le hace entrever proféticamente, como Tobías a su hijo (Tobías 13, 11 ss.; 14, S ss.), la paz futura en el reino mesiánico (cf. Salmo 71, 7 y nota). La prosperidad y la paz de la patria, la felicidad familiar y una larga vida eran los anhelos del piadoso israelita, “ante cuyos ojos no se desplegaban aún, sino en la confusa lejanía de la era mesiánica, las magnificencias del Reino de Dios” (Prado).

SALMO 129 (128)

1. Salmo profético en que el probado Israel, a quien Yahvé ha liberado del yugo de todos sus enemigos (versículo 5), como en los Salmos 117 y 123, etc., canta su agradecimiento al divino Libertador, que también lo librará de todas sus iniquidades, como se ve en Salmo 129, 8. Desde mi mocedad: Desde los tiempos patriarcales, cuando Israel aun no era pueblo (cf. Jeremías 2, 2) le tocó ya la esclavitud de Egipto. ¡Cuántos males no tuvo desde entonces! Cf. Salmos 77; 78; !06; Isaías 27, 12 y 15; Jeremías 3, 25; Oseas 2, 15; 11, 1, etc.

2. Mas no concluyeron conmigo: Impresionante oráculo que señala el milagro del pueblo israelita como testigo de Dios a través de toda la historia. “Por violentos y múltiples que hayan sido los ataques dirigidos contra Israel, jamás han conseguido aniquilarlo” (Fillion). Y no es sólo una supervivencia material, pues el hecho de que estemos estudiando este Salmo hebreo al cabo de tres mil años muestra cómo el espíritu que animó al verdadero Dios a través de Israel vive aún no obstante el trágico paréntesis que se abrió para él en Hechos 28, 28 y que se cerrará en Romanos 11, 25.

4. El hebreo se refiere a las cuerdas que los ataban al yugo de los gentiles (versículo 3). Menos exacto parece el texto de los LXX y la Vulgata: cortó las cabezas.

5. Cf. Salmos 24, 4; 34, 4; 39, 15, 69, 3, etc.

6. Antes de crecer; Vulgata: antes que la arranque. Imprecación que asigna un destino trunco a los enemigos del pueblo de Dios. Cf. Salmo 121, 6; Isaías 41, 11 ss.; Joel capítulo 3 y notas.

8. Alude a la costumbre oriental de que los transeúntes feliciten a los secadores por la copiosa cosecha (cf. Rut 2, 4). No lo harán cuando vieren la miserable cosecha de los enemigos de Israel. Cf. Salmo 117, 25 s. y nota.

SALMO 130 (129)

1. El alma de este Salmo, sexto de los penitenciales, es bien davídica y aunque no consta históricamente su paternidad, bien podemos mirarlo como patrimonio espiritual del gran rey penitente, siendo, por otra parte, como vimos en el Salmo 9, compuesto “a nombre de toda la nación, cuyos sentimientos se asimila el autor de un modo admirable” (Fillion). Cf. Salmo 101, 1 y nota. Como observan los comentaristas, este Salmo, que en la Vulgata difiere del hebreo en varios pasajes, ha sido aplicado a la Liturgia de Difuntos, no porque trate de los muertos, sino a causa de la misericordia y perdón que en él abunda. “En pocas palabras, verdaderamente divinas, encierra toda la religión: la caída del hombre y su miseria; su impotencia para salir de ella si no es por la misericordia de Dios puramente gratuita; la verdadera justificación que comienza por el arrepentimiento y la fe en el Salvador (Marcos 1, 15); la solidez de esa fe apoyada sobre la Palabra divina: la revelación del Salvador prometido y la plena confianza que todos los pecadores han de tener en el precio con que han sido rescatados” (Ed. Babuty).

3. Si tú recordaras: Es decir que Él está dispuesto a olvidarlos. Así se lo pide David en Salmo 50, 11 (cf. Eclesiástico 5, 5 y nota). “¡Ay de la vida del hombre, aunque parezca digna de alabanza, si Tú, oh Señor, la examinas con exactitud dejando de lado tu misericordia!” (San Agustín). Cf. Salmo 142, 2. ¿Quién quedaría en pie? “El salmista no se empeña en alardear de falsa humildad presentándose como más malo que otros. Expone simplemente la humana miseria que Dios bien conoce como propia de todos los hijos de Adán y que es lo que le mueve a la misericordia.” Cf. Génesis 8, 21 y nota. Lo mismo hace David en Salmo 50, 7.

4. A fin de que se te venere: Así también Rembold, Calès, etc. Nácar-Colunga agrega: con temor. Texto distinto de la Vulgata que dice: A causa de tu Ley espero en Ti. La doctrina del perdón que Dios da al arrepentido (Marcos 1, 15; Lucas 15, 20; Juan 8, 11) es tan importante en el plan divino, que la vemos ya nítidamente y sin velos, aun en el Antiguo Testamento, no obstante ser éste más formalista frente al Nuevo que es “en espíritu y en verdad” (Juan 4, 23). Apenas David dice: “pequé contra el Señor” le responde el profeta Natán: “También el Señor te ha perdonado” (II Reyes 12, 13). De ahí que el santo rey nos enseñe este misterio del perdón en el Miserere y añada luego que enseñará a los malos estos caminos de misericordia que usa Dios, para que los impíos se conviertan a Él (Salmo 50, 15). Es la misma enseñanza de este versículo, donde vemos que lo que nos hace mirar a Dios con veneración es, más que su grandeza o su terrible poder, el conocimiento de su Corazón misericordioso. “Ella significa sin duda que Yahvé perdona fácilmente a fin de favorecer la piedad, una veneración verdaderamente filial y no el despreciable miedo de los esclavos” (Calès). En igual sentido anota Desnoyers: “El alma fiel sabe bien que Yahvé perdona; mas, lejos de hallar en esa misericordia divina un motivo para dejarse llevar más libremente al pecado, comprende que si Yahvé la da a conocer es para estimular o despertar la piedad sincera. “Así también admiramos esta pedagogía de Dios en el mismo caso de David, pues en el momento de incriminarle su pecado, y aun antes de que él expresase su contrición, le anuncia nuevos y mayores bienes (II Reyes 12, 8). Cf. Oseas 11, 8 y nota.

5. En su palabra: Es decir, “en la realización de los oráculos que anuncian el advenimiento de una era de justicia y de prosperidad” (Crampón).

6. Figura intensamente expresiva para señalar el ansia de Israel por El que ha de redimirlo de todas sus iniquidades (versículo 8). La larga espera siempre es ansiosa (cf. Daniel 9, 24), y más si es en la triste noche. Sólo la mañana trae la alegría (Salmo 29, 6). También San Pedro nos da la esperanza como antorcha en lugar oscuro para aguardar la venida del Lucero (II Pedro 1, 19), y así “la esperanza cristiana se confunde hoy con la esperanza de Israel en un mismo anhelo por ver glorificado al Mesías”. “La misericordia del Señor se manifestará en el rescate abundante de su pueblo, librándolo de todas sus iniquidades, que son la causa de los desastres y humillaciones que padece” (Prado). Como se notará la numeración de los versículos 6 y 7 es algo defectuosa.

7 s. Cuenta, etc.: Más expresivo que espera. El sentido es bellísimo: aunque la espera es larga (versículo 6) podemos gozar desde ahora “la dichosa esperanza” (Tito 2, 13), pues su cumplimiento es más seguro que, en la noche, la venida de un nuevo día. Con Él copiosa redención: Una redención gratuita y superabundante, hecha a costa de la Sangre inocente ¿puede tener otro móvil que un asombroso amor del Padre para nosotros? Amor del que es Santo y Omnipotente al que es impuro, culpable, incapaz, no puede ser sino un amor esencialmente misericordioso (Mons. Guerry). Cf. Salmo 102, 13 s. y nota. Jesús llama “nuestra redención” al día de su segunda venida (Lucas 21, 28) porque en él recogeremos plenamente el fruto de la primera (Romanos 8, 23; Apocalipsis 22, 12). Redimirá a Israel (versículo 8): Cf. Salmos 101, 16; 118, 81; Isaías 35, 4 5 y notas; Mateo 1, 21; Lucas 1, 32 y 68; 2, 32 y notas.

SALMO 131 (130)

1. Plegaria del alma humilde, que descansa tranquila en Dios y le tributa con esa confianza la gloria debida a su bondad paternal (cf. S- 146, 11). Es el Salmo de la infancia espiritual, muy propio de David, que figura como autor y que, aunque algunos le disputan esta paternidad porque su nombre falta en ciertos manuscritos, nos da en su vida y en su poema tantas pruebas de ese espíritu (cf. I Reyes 17, 38-40; II Reyes 6, 21 s.; 22, 22 s., etc.). Ya no se engríe: El ya parece necesario para acentuar que la humildad no nace con el hombre y que, como han notado muchos expositores, se nos da aquí la voz de la experiencia “contra el orgullo personal y contra las ambiciones nacionales” (Sánchez Ruiz) y se extiende a todo Israel (versículo 3). Vemos así que al renunciar sabiamente a la presunción por las cosas grandiosas o difíciles para la propia capacidad, se refiere a todas esas que Salomón llamó “vanidad de vanidades” y “correr tras el viento” (Eclesiástico 1, 2 y passim) y no al conocimiento de Dios en el cual David sobrepujó a sus maestros (Salmo 118, 99 s.) Esa sabiduría “en la cual consiste la vida eterna” (Juan 17, 3 y 17) se da precisamente a los pequeños (Lucas 10, 21), de modo que no hay presunción en ambicionarla. Cf. Mateo 5, 8 y nota de San Agustín.

2. Es la paz envidiable del humilde. En la Vulgata el sentido es a la inversa, como una imprecación: Si en mi orgullo pretendiese que puedo bastarme a mí mismo y prescindir de Ti, merecería que me abandones como un niño a quien la madre quitase el pecho, para que yo vea que sin Ti no soy más que impotencia.

3. Es como un eco –quizá continuación– del Salmo 129, 6. Se extienden así a todo Israel los sentimientos del salmista, como en los Salmos 101, 105, etc.

SALMO 132 (131)

1. Los primeros versículos de este Salmo, escrito probablemente por Salomón (versículo 8-10 y nota), evocan el celo del rey David por la construcción del Templo (versículos 1-5) y por el traslado del Arca de la Alianza a Jerusalén (versículos 6 ss.), especialmente el voto del santo monarca, que aquí se nos revela por quien debió conocerlo (versículos 2 ss.), de no descansar hasta que se hubiese levantado una habitación para el Señor. Cf. I Paralipómenos 21, 24 s.; 29, 2 ss.; II Reyes 7, 2; 24, 24. En favor de David: de su casa, que Dios había bendecido para siempre (versículos 11 ss.). Solicitud: La Vulgata dice: mansedumbre. Así lo cita p. ej. el Introito de la misa propia de San Vicente de Paul.

6 s. Le oímos: En hebreo no resulta claro a qué o a quién se refiere esto, discutiéndose si es al Arca (versículo 8), al juramento de David (versículos 2-5), que no consta en los Libros históricos, o al mismo Dios. Por eso hemos vertido en forma que deja libertad de interpretación, pensando empero que el contexto favorece la última mencionada, pues que se trata de una habitación para el Señor. Así resulta del texto hebreo que conoció San Jerónimo. “Efrata”: No parece significar aquí Belén, como en Génesis 33, 19; Rut 4, 11; Miqueas 5, 2, sino el país de Efraím, en donde primeramente estuvo el Arca (en Silo). Campos de Yáar (Vulgata: Campos de la selva): Probablemente “Kiryat Yearim” o “Cariatyearim” (ciudad de los bosques), donde estuvo el Arca durante veinte años en la casa de Abinadab (I Reyes 7, 1-2; II Reyes 6, 2). Según algunos hablarían aquí los judíos sobrevivientes del tiempo de David que de Belén iban a Cariatyearim para adorar a Dios (versículo 7) allí donde el Arca —llamada escabel de sus pies (Salmo 98, 5 y nota) — estaba en abandono hasta que fue llevada a Sión.

8 ss. Son palabras de Salomón en la dedicación del Templo (II Paralipómenos 6, 41 ss.). El salmista las pronuncia aquí en sentido profético según se ve en versículos 11 ss. El versículo 9 figura en las oraciones de preparación a la Misa. Véase en I Paralipómenos 23-26 cuánto hizo David por la santidad de los ministros de Dios. En el sentido profético cf. versículo 16; Isaías 11, 5; Apocalipsis 19, 8.

10. Ungido: El rey Salomón, sucesor de David (cf. II Paralipómenos 6, 42) y, como tal, figura de Jesús, Vástago, como Hombre, de la estirpe de David (Jeremías 23, 5 ss.; 33, 15 ss.).

11. Yahvé juró a David (cf. versículo 22 ss.): “El juramento de Yahvé es la promesa dada mediante el profeta Natán en II Reyes 7, 26-27” (Callan). En Lucas 1, 32 el ángel Gabriel hace referencia a esta promesa que a David le fue hecha sin condición alguna, a diferencia de la contenida en el versículo 12. Cf. Salmo 88, 36 s.; Isaías 9, 7; 22, 22; Daniel 7, 14 y 27; Miqueas 4. 7, etc.

12. Cf. II Reyes 7, 12 ss. Es la promesa condicional hecha a Salomón (III Reyes 9, 4 ss.; Salmo 88, 28 ss.). “Si los descendientes de ambos permanecen fieles a la Ley su dinastía durará indefinidamente” (Calès).

13. Cf. Salmo 86, 1 y nota. Por ella despreció los altos montes (Salmo 67, 16 y nota), por ella dejó a Efraím (Salmos 77, 67 ss.; 86, 2).

14. Para siempre: Cf. Salmos 113 b, 16; 138, 8 y notas. Según el Apocalipsis de San Juan, la Jerusalén celestial, sede de Dios y del Cordero (Apocalipsis 21, 2 ss.; 22, 3), descenderá a la tierra (21, 2) y no se alejará más, sino que Dios habitará en ella con los hombres (21, 3). Por tanto, si bien todo el universo es herencia de Cristo (Hebreos 1, 2) y con Él de los justos (Romanos 8, 17; Mateo 25, 34; Salmo 36, 9; Daniel 7, 27), podemos pensar en una misión especial de la tierra, que antes será renovada, según II Pedro 3, 13 (cf. Isaías 65, 17; Apocalipsis 21, 1). Aunque pequeñísima entre los planetas, como Belén entre las ciudades de Israel (Miqueas 5, 2), fue elegida y regada por la Sangre del Cordero divino. Véase también Isaías 9, 7; 60, 21; Jeremías 31, 39 s.; Joel 3, 20; Lucas I, 32 s., etc.

15. Su mesa: “Sus víveres en Sión, es decir, los recursos, los alimentos de que hay que disponer con abundancia para una ciudad inmensa... y aun los pobres, dice el versículo siguiente, serán saciados” (Desnoyers). Cf. Salmo 64, 11 ss.; 71, 16 s.; 110, 5 y notas.

16. Cf. versículo 9 y nota. Es decir, se cumplirá el ruego de II Paralipómenos 6, 41. Cf. versículo 8; Salmo 149, 4 s.

17. “Allí es donde el Mesías —que es llamado «Vástago» (Tsémah) en Jeremías 23, 5; 33, 15, y en Zacarías 3, 8; 6, 12— florecerá para David: será un cuerno, símbolo de poder y de victoria, es decir, un rey vencedor (cf. Daniel 7, 8, 24; 8, 5)” (Calès). La lámpara es símbolo de la permanencia y significa descendencia, posteridad (II Reyes 21, 17; III Reyes 11, 36; 15, 4; IV Reyes 8, 19). De ahí su trascendencia mesiánica en este pasaje.

SALMO 133 (132)

1. En este misterioso Salmo celebra David el amor fraterno de todo el pueblo teocrático, Israel y Judá reunidos bajo su cetro como “carne de su carne” (II Reyes 5, 1 s.). Algunos modernos dudan que sea de David porque su nombre falta en el Targum arameo (así se llama la antigua Paráfrasis caldaica) y en algún códice de los LXX, por lo que lo refieren simplemente, como p. ej. Bover-Cantera, a la reunión de los peregrinos en Jerusalén. De todos modos simboliza la universalidad de los tiempos mesiánicos, abarcando en su plenitud la unión de judíos y gentiles (Efesios 2, 12-22; Romanos 11, 25 ss.; Juan 10, 16; II, 52; Salmo 101, 17) bajo el reinado de Jesucristo Sacerdote y Rey (Salmo 109, 3 ss.).

2. A la unción real de David se une aquí la unción sacerdotal de “Aarón” (Éxodo 30, 23-33), ya revestido de los ornamentos (Levítico 8, 7, 10 y 12), cayendo el ungüento a través del Efod que llevaba el nombre de las doce tribus (Éxodo 28, 7-12) hasta la orla añadida o sea los gentiles (cf. Ezequiel 47, 23 y nota). Así como la gracia desciende de la cabeza que es Jesucristo, quien la recibió sin medida (Juan 3, 34), a los miembros, nosotros, que la recibimos todos de la plenitud de Él (Juan 1, 16), así también en Él se reunirán todas las cosas del cielo y de la tierra (Efesios 1, 10 y nota).

3. Figura semejante a la anterior. “No se quiere decir que sea el rocío que viene del Hermón el que baja sobre el monte Sión” (Prado). Sería tal vez una metáfora que significa abundancia. Sin embargo, como lo han atestiguado varios estudiosos, no obstante la gran distancia (180 kilómetros) se ha comprobado que el rocío del Hermón, sumamente abundante y precioso en esas tierras faltas de lluvia (cf. Salmos 125, 4; 142, 6 y notas), al descender de aquella altura refresca a Jerusalén y sus colinas. Algunos críticos modernos proponen leer, en vez de Sión, Iyón, antigua ciudad del Norte (III Reyes 15, 20; IV Reyes 15, 29). Pero ¿sabemos si no se alteraría con ello algún sentido recóndito que Dios pueda mostrar un día en este Salmo? Cf. nota anterior. Sobre las bendiciones en Sión para siempre, cf. Salmos 67, 16 ss.; 86, 2 s., etc. A la luz de estas profecías mesiánicas, dice Calès, los peregrinos entreveían los beneficios inmensos misteriosamente preparados para el Israel de la nueva Alianza.

SALMO 134 (133)

1. Salmo litúrgico, último de los quince graduales. Parece destinado al relevo de los levitas en el Templo al atardecer. Según otros es un diálogo cantado entre los levitas y el pueblo. Éste, quizás al despedirse para retornar de la peregrinación, exhorta a los levitas a alabar al Señor y ellos responden bendiciendo al pueblo. Hoy se le recita en Completas.

SALMO 135 (134)

1 ss. Empieza la parte más litúrgica del Salterio, destinada sobre todo a la alabanza. Como el Salmo anterior, este himno invita a los sacerdotes y levitas a alabar a Yahvé ante todo por ser Él quien es, por su bondad y suavidad, y su superioridad infinita y exclusiva sobre todos los seres (cf. Romanos 16, 27 y nota), no obstante lo cual se dignó elegir al pueblo como un bien preciado (cf. Juan 10, 29 y nota); luego por las obras prodigiosas de su mano creadora, Y en fin por las maravillas que hizo en favor de su pueblo escogido, cuyos intereses no vacila en sobreponer a los de las naciones (versículo 6 y nota). Cf. Salmo 104, 44, etc.

6. Hace las cosas que quiere, no sólo con omnipotencia sobre la naturaleza (versículos 6-7), sino también con absoluta libertad moral, concediendo al pueblo amado los privilegios (versículos 4, 12, 14, 19 ss.) y destruyendo a otros en favor de aquél (versículos 8 ss.), sin que nadie pueda pretender juzgarlo ni someterlo a ley alguna, puesto que el divino beneplácito es, en sí mismo, el supremo fundamento de toda moral (cf. Salmo 147, 9; Mateo 19, 16 ss. y notas).

7. Es decir, como una ostentación de su omnipotencia (versículo 6), parece que Él con el fuego hiciese agua, pues saca la lluvia de los relámpagos. “Sus depósitos”: Cf. Job 38, 22. La mitología griega tenía un concepto bastante parecido sobre el misterio de la formación de los vientos (cf. Virgilio, La Eneida 1, 55-67).

8. Cf. Éxodo 12, 29.

9. Cf. Éxodo capítulos 7 y 8; 9, 15; 16, 11.

10. Cf. Deuteronomio 4, 38; 7, 1; H, 23; Josías 24, 8 ss.

11. Los reyes Sehón y Og fueron vencidos por los israelitas bajo Moisés (Números 21, 20-34; Deuteronomio 2, 30).

13 s. Como observa Fillion, es esto un eco de Éxodo 3, 14-15, donde Dios se revela con el nombre de Yahvé (El que es, el Eterno) y anuncia que con ese nombre se hará memoria de Él en todas las generaciones (cf. allí nuestra nota). Según esto, también ahora honra a Dios ese sagrado Nombre revelado como propio de Él y por eso aún lo usamos para alabarlo en los Salmos. Yahvé es Aquel a quien Jesús llama a un tiempo Padre suyo y Dios de Israel (Juan 8, 54), titulándolo “Padre Santo” (Juan 17, 6 y 11) y revelándonos que es Padre suyo y nuestro y Dios suyo y nuestro (Juan 20, 17) y que su Nombre debe ser tratado santamente (Lucas 11, 2) porque es un Nombre Santo (Lucas 1, 49). Tiene compasión (versículo 14): Otras versiones leen tendrá, abarcando así las promesas futuras.

15 ss. Como en Salmo 113 b, 4-8, insiste contra esas hechuras que en nada pueden asemejarse a lo divino (Hechos 17, 29) y cuyo culto idolátrico se prohíbe a Israel desde el primer mandamiento del Decálogo (Éxodo 20, 4), dando como razón que Dios tiene celos de ellas (Deuteronomio 4, 15-24). Cf. Salmo 148, 13.

18. “Su nada es el símbolo del fin que tendrán sus autores y sus adoradores” (Calès). Cf. I Corintios 3, 15.

19 s. Como observa Páramo, esta invitación abarca también a los prosélitos: los que adoráis a Yahvé. Se nota así el contraste con los que dan culto a los ídolos (versículos 15 y 18).

21. Desde Sión: “El culto de Jehovah, con Jerusalén por punto de partida y por centro, irá ganando paso a paso al universo todo entero” (Fillion). Cf. Salmos 64, 2; 131, 13 s. y notas.

SALMO 136 (135)

1. Como en el Salmo anterior, el salmista canta aquí las maravillas de Dios, tanto las que se manifiestan en las cosas creadas, como las que se desprenden de la historia de Israel (cf. Salmos 102 106). Porque es bueno: “«Hésed» (bondad), de parte de Dios, es la bondad gratuita, condescendiente, misericordiosa, paternal” (Calès). El pueblo responde a cada alabanza con el estribillo: Porque su misericordia es para siempre, que es el elogio más repetido en toda la Escritura, por donde vemos que ninguna otra alabanza es más grata a Dios que ésta que se refiere a su corazón de Padre (Salmos 102, 13; 129, 7 y nota). Por comenzar el ritornelo con la palabra “Hallel”, este Salmo, que parece emparentado con el anterior, recibió entre los judíos el nombre de “El gran Hallel”, es decir, el gran himno de alabanza, que, quizá para el uso litúrgico, adquirió forma de letanía. De él parecen haberse tomado algunos de los “improperios” del Viernes Santo. Cf. Salmos 49, 14; 91, 2; 113 b, 2 y notas.

9. Termina con este versículo el primer motivo de alabar a Dios: las maravillas de la creación (versículos 4 9). El segundo motivo lo constituyen los prodigios que Dios hizo al libertar a su pueblo y al instalarlo en la tierra prometida (versículos 10-25).

21 ss. En esta restauración ven algunos el regreso de Babilonia. Otros le atribuyen mayor alcance, viendo en el Salmo una síntesis completa de la historia de Israel. Cf. Salmo 84, 1 y nota.

SALMO 137 (136)

1. En la Vulgata y en los LXX lleva los nombres de David (¿como autor?) y Jeremías (¿cómo intérprete?). Al final da como futura la caída de Babilonia (versículo 8 s.), por lo cual no puede atribuírselo a los levitas vueltos del cautiverio, pues el regreso ocurrió después de caída aquélla en manos de Ciro que dio libertad a los cautivos del pueblo judío (Esdras 1, 1 s. y notas), siendo de observar que, según los más modernos estudios, aquella caída no tuvo los caracteres trágicos que anunciaban los profetas, por lo cual esos anuncios deben tener otra perspectiva (cf. Apocalipsis 18, 1 ss. y notas). Es este Salmo una de las más hermosas poesías de todos los tiempos. Los expositores señalan “las singulares bellezas de estos versos, la sencillez del pensamiento, la naturalidad del desarrollo, la precisión de los contornos, el colorido, la sobriedad clásica de sus imágenes y, sobre todo, la solemne y nativa tristeza que exhala toda la oda, desde la primera hasta la última palabra” (Manresa), cosas tanto más admirables en un Salmo profético. Porque no se refiere sólo a un episodio pasado, sino que tiene un sentido escatológico que aumenta su interés para la Iglesia (véase nota de San Agustín al versículo 8). “Como los profetas hacen depender la libertad de los judíos de la caída de Babilonia, así en el Nuevo Testamento la nueva Jerusalén no baja del cielo con todo el esplendor y la belleza de Esposa del Cordero sino después que se anuncia la caída de la gran Babilonia (Apocalipsis 18, 2; 19, 7; 21, 2)” (Ed. Babuty). “Lo que así se pide, dice Fillion, es la ruina del imperio del mal.” Los ríos de Babilonia: Éufrates, Tigris y numerosos canales derivados de ellos como el célebre rio Cobar de Ezequiel 1.

3 s. Los enemigos quieren oír los himnos de júbilo del Templo, lo que no se compagina con la honda melancolía que apesadumbra a los cautivos ni con la santidad de los himnos litúrgicos. Ciertamente que esta peregrinación de los judíos cautivos en Babilonia, y que dura aún entre las naciones como se lo anunció Jesús (Lucas 21, 24), se parece mucho a la vida del cristiano en el mundo (cf. Gálatas 1, 4 y nota), que lo odia y trata de seducirlo en toda forma para apartarlo de su gran esperanza que es el mismo Jesús. Cf. Juan 7, 7; 8, 23; 15, 18; 16, 20; 17, 9-15; Romanos 12, 12; 15, 13; I Corintios 9, 10; Gálatas 6, 14; Colosenses 1, 5; I Timoteo 1, 1; 6, 7; Hebreos 10. 23; 11, 38; Santiago 4, 4; I Juan 2, 15-17; 3, 13; 5, 19.

5. Olvídese de sí: Literalmente: olvide (sin complemento) o, según otros sea olvidada. El sentido parece ser que se atrofie o paralice, como si estuviese olvidada de sí misma, lo cual coincide con el versículo 6.

7. Los hijos de Edom, enemigos hereditarios de Israel, aunque unidos a él por la sangre, ayudaron a los babilonios en la destrucción de la ciudad santa y los profetas se lo recuerdan muchas veces y les anuncian la pena del talión (Isaías 34, 5 ss.; Jeremías 49, 7 ss.; Lam. 4, 21 s.; Ezequiel 25, 12 ss.; 30, 2 ss.; 35, 1-15; Amos 1, 11; 4, 11; Joel 3, 19; Abdías 8 ss.); por eso el salmista clama venganza contra unos y otros con un acento que recuerda las terribles imprecaciones del Salmo 108 y que se entenderá mejor en su carácter sobrenatural y profético si se tiene en cuenta que, como dice Calès, “Jerusalén y la Palestina no eran una patria como cualquier otra: eran la Ciudad y la Tierra Santa... En lo porvenir Sión sería el lugar del futuro reino mesiánico, el centro de la justicia, de la paz, de la santidad, de la salvación. Todas las naciones del universo vendrían allí en peregrinación a buscar la palabra y la ley de Dios (cf. Isaías 2, 2 ss.; Miqueas 4, 1 ss.)”.

8. “La devastada”: Así el hebreo. Los LXX y la Vulgata dicen: “la miserable”. El sentido es futuro, como se ve por lo que sigue, y así Teodoción lee: “a que serás devastada”. El nuevo Salterio Romano vierte: “la devastadora”; Bover-Cantera: “Hija vandálica de Babilonia”; lecciones menos conformes al contexto y que quitan fuerza a la expresión; porque Dios quiere exterminar toda la raza de Babilonia; en sentido espiritual, todos los enemigos del reino de Dios. Añade el Doctor de Hipona: “Arrojad sobre la piedra a esos hijos de Babilonia, la maldita. Llegará el fin del cautiverio y vendrá la dicha; será condenado el supremo enemigo y triunfaremos con el Rey que no muere.” Alude a la gran Babilonia del Apocalipsis (capítulos 17 y 18), capital de la impiedad y de la apostasía. que tiene un notable paralelismo con la- mencionada en los profetas. Cf. Apocalipsis 17, versículos 1, 2 y 6 con Jeremías 51, versículos 13 y 17 e Isaías 21, 4; Apocalipsis 18, versículos 2, 4. 6, 7, 20, 21 y 23 con Jeremías 51, w. 8, 6 y 45; 50, 29; Isaías 47, 8; Jeremías 51, 48 y 62 s. Cf. también: Isaías capítulos 13-14.

SALMO 138 (137)

1. En este Salmo –que lleva el nombre de David como todos los que siguen hasta el Salmo 144– el Rey Profeta bendice al Señor porque ha visto escuchada su oración, quizá cuando todo Israel estuvo reunido bajo su cetro (II Reyes 7, 1 ss.; Salmo 132 y notas). Luego (versículo 4), con acento profético, anuncia la alabanza de Yahvé por todos los reyes de la tierra, que un día oirán su Palabra. Porque oíste, etc.: Algunos consideran añadido aquí este estiquio, cuyo concepto expresan ampliamente los versículos 2 y 3. Reyes” Así vierte la Peschitto. La lección hebrea dice: los Elohim, o sea los dioses como en Salmo 81, 6. Cf. versículo 4, que también se refiere a los reyes. El Salterio Romano traduce: ángeles, lo mismo que la Vulgata, Bover-Cantera y Nácar-Colunga.

2. Tu santo Templo: Otros: tu sagrado palacio: En tiempo de David no existía el Templo de Salomón. ¿Alude al Tabernáculo de Moisés? Otros suponen que fuese el Santuario celestial. Cf. Salmo 5, 8; 50, 1; Ezequiel 40, 5 y notas. Misericordia y fidelidad (a sus promesas): los dos atributos por excelencia que hemos visto exaltados tantas veces en el Padre celestial (Salmos 24, 10; 35, 5; 39, 12; 84, 11; 88, 25; 95, 5 y notas). El hebreo las elogia esta vez de un modo extraordinario en lo que sigue de este versículo que un autor explica diciendo: “Te has mostrado aún más grande que en todos los otros actos por los cuales has glorificado tu nombre.” Y añade: “Está claro que esta promesa es idéntica al célebre oráculo de II Reyes 7, que había predicho a David la perpetuidad de su estirpe y de su reino, gracias al Mesías. Este pasaje es, pues, mesiánico en el texto primitivo.” Sobre todas las cosas, o sobre toda fama (Prado).

3. Texto inseguro. Fuerza está en el sentido de audacia. Según algunos el sentido sería: sobrepujaste cuanto yo podía desear. San Pablo expresa este concepto diciéndonos que el Padre es poderoso para hacer infinitamente más de todo cuanto podemos pedir, y aun pensar (Efesios 3, 20). Con igual espíritu exclama Teresa de Lisieux: “Oh Dios mío, has excedido mi esperanza.”

4. “Un día los reyes de las naciones se convertirán al verdadero Dios al ver qué promesas había hecho Él a Israel por sus profetas y cómo las ha realizado maravillosamente. Ellos cantarán su gloria, su condescendencia con los pequeños (con su pequeño pueblo de Israel en particular) y su juicio severo sobre los orgullosos (los grandes imperios, inflados por sus victorias, por sus riquezas y por su poder)” (Calès). Cf. Salmo 21, 28 ss.; 101, 17 y nota; Isaías 2, 3, etc.

5 s. Grande, etc.: Tal es el himno que cantarán los reyes, mostrándonos una vez más que la gloria de Dios consiste en la ostentación de esa misericordia y fidelidad. Mira como lejos de sí (versículo 6): Esta doctrina de la exaltación del humilde y humillación del soberbio es esencial en ambos Testamentos. En ella se encuentra toda la sustancia del Magníficat. Al soberbio que cree poder prescindir de Dios Él lo deja al antojo de sus manos, que no tardan en mostrarle su impotencia y miseria (Salmo 80, 13; Denz. 193 y 195).

8. “La obra de tus manos”: “No mires, comenta San Agustín, mi obra sino tu obra... porque si algo bueno hay en mí, de Ti viene y por tanto es tuyo más que mío.” Cf. Proverbios 2, 8; 12 y 24; Isaías 26, 12; Filipenses 2, 13; Efesios 2, 14; II Corintios 9, 8; Colosenses 1, 29; II Tesalonicenses 1, 11; 2, 17; 3, 5; Romanos 5, 5; Hechos 15, 12; I Tesalonicenses 2, 13; 5, 23 s.; Hebreos 13, 21, etc.

SALMO 139 (138)

1 ss. Por la belleza de la forma y la nobleza de los afectos, este Salmo es admirado por algunos como el primero del Salterio. Tú me penetras y me conoces: Si miramos a Dios como juez, no puede sorprendernos que nos penetre y conozca mejor que nosotros mismos. Pero si recordamos que es Padre, todo este Salmo nos sumerge en un abismo de suavidad, de gratitud, de alabanza como las que expresó María Santísima al ver que el Omnipotente había pensado en su nada y hacía en ella grandezas (Lucas 1, 46 ss.). Y esto, para los que con fe viva somos miembros de Cristo, no es cosa de ayer sino que “Él mismo (Padre) nos escogió antes de la creación del mundo” (Efesios 1, 4 ss. y notas). ¡Qué dignación la de un Dios que desciende hasta fijarse en nosotros! (Salmo 137, 6). ¡Qué motivo de confianza el saber que Él me conoce tan bien! ¡Y aun sé que el Esposo está todo vuelto hacia mí, corno si no tuviera otro pensamiento (Cantar de los Cantares 7, 10), y que el Padre tiene contado hasta el último de mis cabellos, como no lo haría la madre más amorosa! (Lucas 12, 7; Isaías 66, 12).

4. Tú ya la sabes toda: Y aunque ni siquiera sabemos orar, dice San Pablo, el Espíritu Santo lo hace por nosotros con gemidos inefables (Romanos 8, 26; cf. oración del domingo 11 de Pentecostés).

6. Superior a mi alcance: San Juan de la Cruz ha hecho a este respecto una observación muy útil, diciendo que al ejercitar y aprovechar el conocimiento de Dios que vamos adquiriendo, sea cual fuere su grado, hemos de hacerlo teniendo siempre en cuenta el margen de lo que ignoramos, el cual es ilimitado, es decir, necesariamente mayor y superior a lo que sabemos. Esto nos hará apreciar más cada nueva noción sobre Dios que descubrimos en las Escrituras, pues la miraremos con la suma admiración del que sabe que se quedará corto y con el sumo encanto que siempre nos produce el misterio (cf. Salmo 91, 6; Eclesiástico 24, 29 y 38 y notas). Entonces buscamos ser espirituales para comprender mejor, sabiendo que nada significa para eso la inteligencia del que San Pablo llama “hombre psíquico” (I Corintios 2, 10 y 14; cf. Lucas 10, 21).

7 Su amor me persigue incansablemente, implacablemente, “como un lebrel del cielo” (F. Thompson).

8. Al cielo: Cf. Salmos 113 b, 16; 131, 14 y notas; II Paralipómenos 6, 30; Isaías 63, 15; Jeremías 23, 24; Amós 9, 2; Hechos 17, 27; I Timoteo 6, 16.

9. Las alas de la aurora: Es decir, para volar con la velocidad de la luz: exquisita figura que denota la omnisciencia y omnipresencia de Dios.

11 s. Aunque la noche sea la luz que me rodea, siempre me hallará mi Padre, porque Él es luz sin sombra (I Juan 1, 5) y las tinieblas mías no pueden sofocarla (Juan 1, 5; II Pedro 1, 19). Tal parece ser el sentido más claro de este texto (cf. Vaccari, Wutz).

13 ss. El hebreo dice literalmente: Tú asentaste mis riñones, significando todo el interior del hombre, aun los pensamientos y la mente. Aplicado al Verbo encarnado tiene esto un sentido de incomparable sublimidad. Pero notemos que el Padre no obró así sólo con Jesús, sino también con cada uno de nosotros, pues que el mismo Jesús nos dice que el Padre nos ama como a Él (Juan 17, 23 y 26; 16, 27). El texto de todo este pasaje es discutido y algunos alteran el orden de los hemistiquios y aun de los versículos Hemos procurado evitarlo y aclarar el sentido según lo que aquí observa San Agustín: “Más vale que los gramáticos nos hagan algún reproche y no que seamos ininteligibles para el pueblo.” Cf. Wutz, Calès, Nácar-Colunga.

16. Dulce es para el creyente saber que su Padre celestial conoce de antemano sus actos y sus días, si piensa que Él lo cuida como a la niña de sus ojos (Salmos 22, 1 ss.; 55, 9; 122, 1 s.; 130, 1 s.) y que nada puede sucederle que no sea para su bien (Romanos 8, 28).

17. Cf. Salmo 91, 6. Este versículo según la Vulgata forma el Introito de la misa de los Apóstoles y dice: “Cuan honrados, oh Dios, son a mis ojos tus amigos. Su imperio ha llegado a ser sumamente poderoso.” Cf. Catecismo Romano 1, 13, 11.

18. Mi duración sería como la tuya: Así también Páramo, lo cual da un sentido claro. Otros vierten: aún estoy contigo. La Vulgata dice: Me levanté y me hallo todavía contigo, texto que forma el Introito de Pascua de Resurrección: “Resurrexi et adhuc tecum sum.”

19. Según algunas versiones, este anhelo imprecatorio (cf. Salmo 136, 8 s. y nota) tendría sentido profético: Ciertamente, oh Dios, matarás al impío (cf. Isaías 11, 4; II Tesalonicenses 2, 8; Apocalipsis 19, 15). Sobre el versículo 20, cf. Mateo 26, 63; I Timoteo 4, 1 ss.

21 s. ¿Acaso no debo odiar? Así también Dom Dogliotti. Por lo mismo que amamos y buscamos a los amigos de nuestro Padre celestial (cf. Salmo 118, 63 y nota), también execramos a sus enemigos (Apocalipsis 2, 6). Pero no como odia el mundo, sino al contrario, deseándoles el mayor bien, pues sabemos que eso es lo que nuestro Padre desea. Cf. Salmos 25, 5; 118, 158; Ezequiel 18, 23; Mateo 5, 44 s-; Juan 15, 8. Si bien se ve aquí, pues, un sentimiento distinto de cuando se trata de los enemigos nuestros —en cuyo caso el perdón y el amor se imponen siempre (Mateo 5, 43-48; 18, 21 ss.)— no hemos de sentirnos autorizados a usar de la violencia aun con los enemigos de Dios, pues Él es el único dueño y juez de las almas (Deuteronomio 32, 35; Hebreos 10, 30). David se limita a plantear el caso delante de Dios (versículo 19) para que sea Él quien resuelva, por lo demás, no se trata aquí de simples pecadores —a quienes debemos compadecer pensando que bien podríamos ser nosotros peores que ellos— sino de los que, como Caifás, erguidos contra todas las leyes de Dios, aun pretenden hablar en su Nombre (versículo 20) y condenan por blasfemia a Cristo y a sus discípulos (Mateo 26, 63yss.; Hechos 4, 1 ss.). Cf. Salmo 118, 53 y nota.

23. Nada sosiega más que esta oración en la cual llamamos al Espíritu Santo para que tome las riendas de nuestra vida y nos libre de nosotros mismos, poniendo a prueba no nuestra resistencia al dolor (Lucas 11, 4 y nota), ni nuestras virtudes o sea nuestra justicia, que no puede existir delante de Él (Salmo 142, 2), sino la rectitud de nuestro corazón, de nuestras intenciones, de nuestro camino (cf. Salmo 25, 2; Proverbios 4, 23). Y lo más consolador es el saber que todo el que hace este pedido lo obtiene sin la menor duda, pues no hay cosa que sea de mayor agrado para Dios. Cf. Salmo 142, 10 y nota; Lucas 11, 13; Santiago 1, 5; I Tesalonicenses 4, 3-8, etc. Este último rasgo, bien davídico, es un argumento en favor de su paternidad que tantos modernos le disputan. Fillion la defiende insistiendo en que “la notable belleza de este cántico, su alto lirismo, su majestad y su originalidad convienen perfectamente a dicho príncipe” y añadiendo: “¿quién sabe si sus aramaísmos no existían ya en tiempo de David?”

24. La senda antigua: Otros vierten eterna. Como señala Gramática, se trata de la que muestra Jeremías 6, 16 y 18, 15: el retorno a las primitivas enseñanzas de Dios por oposición a la “vanidad de un culto exterior sin rectitud interna”. Con esta enseñanza, concordante con la de San Pablo acerca de la auténtica tradición (I Timoteo 6, 20 y nota), termina un Salmo que, según el Cardenal Faulhaber, “se eleva a las más altas cumbres de la penetración teológica”.

SALMO 140 (139)

1. David, figura de Cristo, perseguido por sus enemigos deslenguados, sin duda en tiempo de Saúl, pide a Yahvé tome su defensa y aplique el castigo que merecen. Es una oración preciosa en las persecuciones que el discípulo de Cristo ha de sufrir en este siglo malo (Gálatas 1, 4) en que, como otro Saúl, difunde terror Satanás (cf. Juan 14, 30). El ideal pagano diría “Sé hombre” y defiéndete tú contra tus enemigos. El creyente, desde el Antiguo Testamento, recurre a Dios, conociendo la propia debilidad, y Jesús lo confirma enseñando: “No resistáis al malvado” (Mateo 5, 39 ss.; I Corintios 6, 7), porque Dios se encarga de ello (Romanos 12, 19).

4. Imágenes de la virulencia de las calumnias. San Agustín lo aplica a los acusadores de Jesús (Oficio de Semana Santa).

5 s. Recordemos los dos tipos de tentadores: el pecador quiere seducir con los falsos atractivos que engañan al que no conoce a Dios (I Juan 2, 15 s.; 3, 6; 4, 4 ss.; II Tesalonicenses 2, 10 s.); y el falso profeta, con apariencia de verdad o de virtud e invocando el Nombre de Dios, quiere destruir o deformar mi fe con la mala doctrina (Mateo 7, 15-23; Lucas 12, 1 s.; II Corintios 11, 13-15; II Timoteo 3, 1-5; Apocalipsis 13, 11 ss.).

7 s. Entretanto el creyente sabe que su Dios no lo abandonará y que su protección será un casco inexpugnable sobre su cabeza (versículo 8), mientras en la de sus perseguidores cae, junto con su propia maldad, el castigo divino.

10. Caiga sobre ellos, etc.: Quiere decir: “Recaigan sobre ellos los males que urden a sus prójimos” (Bover-Cantera).

11. Carbones encendidos: como en Sodoma. En abismos: los LXX vierten: en el fuego. Según el Nuevo Testamento, el lago de fuego y azufre es el fin reservado a Satanás y a quienes lo siguen. Cf Apocalipsis 19, 20; 20, 9 s. y 14 s; Judas 6 s.; II Pedro 2, 4.

13 s. Sobre la venganza de .los pobres y desvalidos, cf. I Reyes 24, 13; Salmos 9, 20; 65, 5; 71, 2 y notas. “Un día vendrá en que Yahvé socorrerá y hará triunfar a los humildes y los débiles, injustamente perseguidos. Los que hayan sido leales (con Dios y con el prójimo) habitarán desde entonces junto a Yahvé en su tierra santa (en su reino mesiánico aquí abajo y en la felicidad definitiva en el segundo advenimiento de Aquel que ha de venir)” (Calès).

SALMO 141 (140)

1 ss. La misma inspiración del Salmo precedente se manifiesta en esta efusiva plegaria cuyo texto nos llega en mal estado y que algunos, según la versión de la Vulgata, y apoyándose en sus aplicaciones en la Liturgia de Pasión, han mirado como paralelo al capítulo 53 de Isaías, como si David representase aquí a Jesucristo orando por nosotros, sustituyéndose a nosotros, con aquella paciencia humilde que fue capaz de expiar el orgullo de toda la humanidad, y mostrándonos en éste, como en los Salmos 21, 34, 39, 68, etc., el aniquilamiento del Verbo encarnado por nosotros (Filipenses 2, 6-8; Hebreos 2, 9), que pide con tales instancias lo que Él mismo podría disponer, a fin de que la gloria sea para el Padre (cf. Hebreos 5, 5). El texto hebreo contiene empero algunas diferencias que, como veremos, hacen menos viable esa bella interpretación mesiánica y parece presentar más bien al salmista, santamente desconfiado de sí mismo, pidiendo auxilio contra su propia flaqueza y contra toda clase de seducción (cf. Salmo 139, 5 y nota). Socórreme pronto: Literalmente: ¡apresúrate para mí!

2. El incienso se quemaba en el altar mañana y tarde (Éxodo 30, 7-8; cf. Lucas 1, 10) y también mañana y tarde se ofrecía un cordero (Éxodo 29, 30). La elevación de las manos, actitud de oración (Salmos 27, 2; 142, 6, etc.) que San Pablo recomienda aún en el Nuevo Testamento (I Timoteo 2, 8). El sacrificio u oblación (minjah) designa ordinariamente la vegetal, incruenta, de flor de harina con aceite e incienso (Levítico 2, 1 s.). Fillion llama a esta oración la oblación de los labios (cf. Hebreos 13, 15 y nota), que en el Nuevo Testamento es figurada por el incienso (Apocalipsis 5, 8; 8, 3 s.). Según la interpretación mesiánica es Cristo quien habla y se presenta cumpliendo lo que en el culto antiguo estaba figurado. Mi oración, dice Él, es la verdadera oblación de aquel perfume (thymiama) llamado santísimo, cuya receta dio el mismo Dios (Éxodo 30, 34 ss.); y la elevación de mis manos (clavadas en la Cruz) es el verdadero sacrificio del cordero de la tarde (o sea del Nuevo Testamento) que sería llamado sacrificio perpetuo (Éxodo 29, 42) y al cual también se añadía la oblación de harina con aceite y la libación de vino (ibíd. 40-41). Cf. III Reyes 18, 36; Esdras 9, 5 s.; Daniel 9, 21.

3. Defiéndeme de mi lengua (Salmo 38, 2 y nota) puesto que nadie es capaz de defenderse solo (Santiago 3, 2).

4. Para consumar acciones implas: Se trata de hechos y no de palabras. La Vulgata lo liga al versículo 3 y dice en cambio: para pretextar excusas en los pecados, según lo cual se ha visto aquí la actitud del divino Reparador satisfaciendo “sin proferir protesta” (Pérennès), no sólo por el pecado del Antiguo Adán (Romanos 5, 18 s.), sino también por la soberbia con que aquél quiso excusarse en vez de confesar su culpa y pedir perdón (Génesis 3, 9 ss.); por lo cual el nuevo Adán se entregó como un cordero que no abre su boca (Isaías capítulo 53). A este respecto David nos da en el Miserere otro ejemplo de esta perfecta contrición que no se defiende sino que se acusa y por eso mismo obtiene el perdón del Padre celestial (Salmo 50 y notas). En el hebreo parece más difícil la aplicación de este versículo a Jesús, pues se trata de acciones pecaminosas, a menos que veamos en ello el misterio insondable del rebajamiento de Jesús (Filipenses 2, 7; Ezequiel 4, 4 ss. y notas), de la abyección del Redentor “hecho pecado” (II Corintios 5, 21) y “tentado en todo a semejanza nuestra pero sin pecado” (Hebreos 4, 15). Con hombres que obran la iniquidad: Así Páramo, Desnoyers, Calès, etc., coincidiendo con la Vulgata. Fillion hace notar que el texto primitivo designa aquí a hombres influyentes y poderosos y explica: “No permitas, Señor, que yo me deje arrastrar por sus ejemplos, su bienestar y sus seductores ofrecimientos a imitar su conducta impía.” Véase las prevenciones de San Pedro contra estos falsos doctores (II Pedro 2 y notas). Tener parte en sus delicias: en sus manjares escogidos. Bover-Cantera vierte: ni pruebe yo jamás sus golosinas, y agrega en la nota: “Estas golosinas son las seductoras tentaciones con que los malos deslumbran a los buenos.” Los LXX y la Vulgata dicen: unirme con sus escogidos, lo cual parece más conforme con lo que precede Calès se aproxima a este sentido pues traduce: No permitas que yo sea cómplice de actos de impiedad. No me asocie con los artesanos del crimen. Cf. Jeremías 51, 6 y 45; Apocalipsis 18, 4.

5. Texto sumamente deteriorado. Como observa Fillion, las versiones según el hebreo dan un pensamiento “ciertamente poco claro y fluido” y dicen más o menos: “Azóteme el justo: es una gracia; castígueme: es bálsamo sobre mi cabeza. No se apartará mi cabeza (para aliviarlo), mas siempre (mi) plegaria se elevará contra su maldad.” Como en otros casos dudosos, preferible es recurrir a los LXX (y la Vulgata) que dan un sentido más claro y conforme al contexto. Por “el justo” puede entenderse ya un maestro recto o, preferiblemente, el mismo Dios. “Esto es amor”: El Apóstol lo explica en Hebreos 12, 3 13. En cuanto al óleo o bálsamo del pecador cf. nota anterior. Mi oración en sus prosperidades: Es decir, contra ellas o para librarme de ellas (versículo 4). Otros vierten según el hebreo: en sus calamidades: ¿Sería esto caridad con los enemigos como en Lucas 6, 28? Más bien parece concordar con Salmo 138, 21 s., pues no son enemigos propios sino de Dios. En el sentido mesiánico se aplica el texto a lo que Isaías 53, 8 dice de Cristo: el rigor de la justicia caerá sobre Él, a fin de que para nosotros quede la misericordia prefiere la corona de espinas para su cabeza antes que la unción de los impíos y no cesará de rogar por los autores de sus males (Isaías 53, último versículo). Cf. Lucas 23, 34; Romanos 8, 34: Hebreos 7, 25.

6 ss. Muy largo sería explicar las variantes de este texto tan dañado ya desde antes de la versión de los LXX que algunos lo dejan con puntos suspensivos. Sobre esta caída de la roca, cf. II Paralipómenos 25, 11 s. Mis huesos (versículo 7): Así también Páramo, Crampón, Ubach, etc.; se presta más que sus huesos a la aplicación mesiánica que es la siguiente: Los esfuerzos de sus jefes (la Sinagoga, movida por Satanás) son vanos ante la resistencia de la roca (presenté mi rostro como piedra durísima: Isaías 50, 7 ); y oirán de mí palabras dulces (palabras de obediencia y oraciones humildes); por lo cual Satanás, que me tentó para saber si yo era el Hijo de Dios (Lucas 4, 3 ss.), no lo sabrá hasta después de mi muerte redentora que lo venció. Como la tierra que se trabaja rompiéndola (bofetadas, flagelación, carga de la Cruz, crucifixión) mis huesos han sido dislocados (Salmo 21, 15 y 18) y la tumba se ha abierto. No derrames mi vida (versículo 8): No me dejes morir sin fruto, no sea estéril mi sacrificio (Isaías 53, 9-12). Las emboscadas (versículo 9) serían las de que se habla en Sabiduría 2, 12-21; Salmo 21, 9; Mateo 27, 43, que Jesús superó con su silencio y paciencia. Cf. I Pedro 2, 23. Caigan; otros: caerán (versículo 10), porque el silencio guardado por el Padre y por Cristo ante esas asechanzas les hizo creer que no era el Mesías: “Si lo hubiesen conocido no habrían crucificado al Señor de la gloria” (I Corintios 2, 8). Pero merecieron crucificarlo sin conocerlo. Es el misterio de la ceguera farisaica por falta de rectitud: “para que viendo no vean” (Juan 3, 19; 1, 9; 7, 17; Mateo 13, 15; Hechos 28, 26 s.). Al mismo tiempo que yo me salvare. Esto es: quedará cumplida mi misión de salvar al mundo, por los mismos medios de que ellos se sirvieron para impedirla.

SALMO 142 (141)

1. Maskil: Salmo de instrucción (cf. Salmo 31, 1 y nota). En la cueva: Muy probablemente la de Odollam, donde David se escondió huyendo de Saúl (I Reyes 22, 1), así como el Salmo 114 se referiría a la de Engaddí (I Reyes 24). Al entregar su alma al Padre celestial, San Francisco de Asís rezó este Salmo, en el cual vemos una vez más que David, como figura de Cristo, “experimentó en su alma todas las pruebas que podemos encontrar en la vida espiritual” (Dom Puniet), a fin de poder darnos en los Salmos un tratado perfecto. La Liturgia acentúa el carácter mesiánico de esta súplica poniéndola en boca de Cristo en las vísperas del Jueves y Viernes Santos.

3. Nada más expresivo que este desahogo: derramo, es decir, me vuelco en una entrega suprema y confiada.

4. Recurso y lección inolvidable para nuestra oración. Porque nos parece que ante la Majestad de Dios necesitásemos quien nos introdujese y recomendase, temerosos de hablar con Él. David, con esta actitud infantil que siempre tiene ante Dios, nos recuerda que Él es nuestro Creador y Padre y el único que conoce nuestros pensamientos (Salmos 43, 22; 138, 2 ss., etc.). ¿Con quién podríamos tener mayor intimidad? Jesús, nuestro Mediador (Juan 14, 6; Hechos 4, 12; I Timoteo 2, 5), nos confirma mil veces este carácter paternal de Dios y nos dice que para orar privadamente, como “Él ve en lo secreto”, no lo hagamos “en las esquinas de las calles”, sino “al contrario, cuando quieras orar, entra en tu aposento, corre el cerrojo de la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto” (Mateo 6, 5 ss.). Esta devoción al Padre “fue la de Jesús” (Mons. Guerry), y si al principio nos cuesta un esfuerzo de fe es porque, como observa Dom Olphe Galliard y confirma Mons. Landrieux, pocos tienen la ventaja de una formación bíblica recibida desde la infancia. Eres Tú quien conoces, etc.: Es decir, que en vano nos agitaríamos en el momento de la preocupación (cf. Eclesiástico 2, 3). No sabríamos descubrir el camino conveniente, en tanto que nuestro Padre lo conoce muy bien y está deseando enseñárnoslo, esperando sólo que sin reservas, como hijos pequeños, nos confiemos a Él aunque no lo veamos materialmente. En esto está el valor de la fe, como lo enseña Jesús (Juan 20, 29) y el Apóstol de las gentes (Hebreos 11, 1). Cf. Romanos 1, 17 y nota. Un lazo: Las amenazas perversas de Saúl (I Reyes 22, 6 ss.) y las intrigas del infame Doeg (ibíd. 21, 7; 22, 9), que David presentía (ibíd. 22, 2).

5. Que me reconozca (así también la Vulgata). Recuerda el desamparo del Salvador (cf. Salmo 68, 21). En medio de esa indigencia de David, sin más esperanza que Dios (versículo 6), se le allegaron todos aquellos que se hallaban angustiados y oprimidos de deudas y en amargura de corazón, de los cuales se hizo caudillo (I Reyes 22, 2). ¿No vemos aquí a Jesús llamando a todos los afligidos (Mateo 11, 28; Lucas 4, 18 ss.; 7, 22; Juan 7, 37, etc.) y anunciado por los profetas como su futuro defensor? Cf. Salmo 71, 2 y nota.

8. De esta cárcel: De la cueva en que se encontraba rodeado de enemigos. Los justos, etc.: Texto dudoso. Seguimos la traducción de San Jerónimo, que parece dar el sentido más obvio: conmigo triunfarán también los justos. Es quizá lo que históricamente se cumplió en David, cuando, al final del recordado capitulo (I Reyes 22, 23), dice él a Abiatar: “Quédate conmigo, no temas; mi vida y la tuya corren igual suerte; estando en mi compañía tú también te salvarás.” En sentido típico nadie puede aplicarse estas palabras tan plenamente como el Mesías Redentor que nos salvó y nos asoció a su propio destino glorioso y de cuya plenitud todos lo recibimos todo (Juan 1, 16; Romanos 6, 23; Efesios 2, 5).

SALMO 143 (142)

1. Es el séptimo, y último de los llamados Salmos penitenciales y encierra pasajes de los Salmos 24, 26 y 54. Tiene mucha afinidad con el Salmo anterior y se lo recita en Laudes del Viernes Santo como oración de Cristo, sustituido a nosotros. Según los LXX y la Vulgata, fue escrito por David cuando lo perseguía su hijo Absalón (II Reyes 17), y no hallamos motivo para dudar de esto, que procede sin duda de antigua tradición judía (cf. versículos 8 y 10). Óyeme por tu justicia: Por tercera vez insiste en ser oído y lo hace como apremiando ya fuertemente a Dios al recurrir a su justicia, esto es, a su santidad que no podría dejar de cumplir su promesa de escucharnos (cf. versículo 11). Tal es la justicia a que apela él salmista, y no por cierto a una justicia de juez justo, pues ésta no nos convendría según enseña el versículo 2, ya que el hombre caído, hijo de Adán, sólo puede salvarse por misericordia. David puede hacer sin miedo esa apelación a la justicia de Dios por lo mismo que no persigue ninguna justificación propia, sino a la inversa pide que Él le enseñe a cumplir su divina voluntad (versículos 8 y 10).

2. Tiene grandísima importancia la doctrina que aquí se enseña, de que nadie puede hacerse bueno por sus propios recursos, o sea, que todos hemos de aceptar, mediante los méritos de Cristo, la limosna que, sin merecerla, nos ofrece Él de esos méritos suyos, únicos que pueden limpiarnos y abrirnos la casa del Padre. Cf. versículo 10; Salmos 118; 155; 129, 3 y notas. Con tu siervo: Algunos observan que tal vez podría haber aquí un ruego de David no por sí mismo sino por su pérfido hijo Absalón, a quien amaba entrañablemente a pesar de todo (II Reyes 18, 33). Cf. versículo 12 y nota.

5. Medito en todas tus obras: Principalmente las que has hecho conmigo. “Considera quién es el autor de tu vida, la fuente de tus cosas, de tu justicia y de tu salud; porque si lo piensas bien, verás que tu justicia es un regalo de sus manos. De ti y propiamente tuyo no hay sino malas obras. Deja, pues, lo que hay de tuyo y descansa en lo que ha obrado en ti Aquél de cuyas manos saliste” (San Agustín). La Liturgia expresa esta doctrina diciendo al Espíritu Santo: “Sin tu socorro no hay nada en el hombre, nada que no sea malo” (Secuencia de Pentecostés.). Recordar las obras de Dios para admirarlas y crecer en la confianza es lección muy davídica. Cf. Salmo 76, 11 ss. y nota.

6. Como tierra falta de agua: Cf. Salmos 125, 4; 41, 2; 62, 2 y notas; Deuteronomio 11, 10-17. No olvidemos que el tener sed es condición indispensable para recibir. Cf. Salmo 80, 11 y nota.

7. Escúchame pronto: No puede dársenos mayor familiaridad en nuestro trato con Dios. Con razón este Salmo ha sido considerado como “un extracto del bálsamo más precioso de los Salmos de David”; muchas almas hacen de él su oración cotidiana, por su consuelo en todos los trances de la vida y por la seguridad que él nos da de hallar rectamente los caminos de Dios (versículo 8).

8 ss. Muéstrame el camino: A la turbación (versículo 4) y a la urgencia (versículo 7) se une aquí la vacilación (versículo 10), que es una de las mayores torturas para el alma que ha conocido la falacia del hombre y no confía ya en la suficiencia humana. Jesús nos asegura su iluminación en tales casos, cuando nos promete que quien lo siga no andará en tinieblas (Juan 8, 12) y que en su Palabra descubriremos la verdad que nos hará libres (ibíd. 31 s.). Históricamente el origen de este texto está quizá en II Reyes 18, 2 ss., donde vemos la tremenda duda de David sobre sí debía o no salir personalmente al combate contra el hijo rebelde.

10. Enséñame... porque Tú eres mi Dios: Convicción tan sólida como la que señalamos en la invocación a la justicia del versículo 1: Si Tú eres mi Dios ¿cómo no me vas a enseñar a que haga tu voluntad? Lo contrario sería inconcebible y Jesús, el que se llamó Maestro único (Mateo 23, 10) y manso (Mateo 11, 29), lo confirma expresamente en Juan 6, 45. De ahí lo que sigue: Tu Espíritu es bueno y por tanto ha de conducirme por camino llano, pues el Espíritu Santo no se complace en tenernos perplejos, sino que ama a los simples (Salmo 130; Lucas 10, 21). Por lo demás (cf. Nehemías 9, 20), Dios nos muestra aquí el reverso del versículo 2, como un anticipo de la revelación que traería Cristo y sus apóstoles: sin Él no podemos nada (Juan 15, 5), pero en Él lo podemos todo (Filipenses 4, 13). Y ese buen Espíritu se da infaliblemente a todo el que lo pide (Salmo 138, 23 y nota). De ahí que la humildad cristiana, lejos de ser apocamiento y servilismo, como creen muchos, sea por el contrario sinónimo de confianza y fortaleza (Romanos 8, 15; Gálatas 5, 1; Éxodo 13, 14; Salmo 32, 22 y nota), que llega al extremo asombroso afirmado por Jesús en Marcos 9, 23.

12. Por tu gracia: Como en Salmo 135, 10 ss. y en tantos otros, el salmista pide y confía en ser liberado de sus enemigos. El hecho de que deje esto entregado a Dios está mostrando que, como dice Fillion, “no es éste un espíritu ávido de venganza”, y menos si se piensa que entre ellos se hallaba Absalón su amado hijo (cf. notas 2 y 8), sino que está animado por esa privilegiada confianza del que se sabe amigo de Dios frente a enemigos que no lo son. Cf. Salmo 7, 5 y nota.

SALMO 144 (143)

1. Las palabras contra Goliat, aunque faltan en el texto hebreo, figuran en casi todas las versiones y varios indicios nos parecen confirmar que este Salmo triunfal se refiere a aquel episodio (versículos 1 y 10). Claro está que no es el joven pastor de Belén quien lo compuso entonces sino más tarde el rey, agradecido, y hallándose sin duda frente a nuevos adversarios (versículos 5-7). Las palabras: mi piedra (¿la de la honda?) y: adiestra mis manos, etc., bien parecen ser, como el cántico de los versículos 10 ss., un comentario a las que pronunció David frente a Goliat: “y conocerá toda esta multitud que el Señor salva sin espada ni lanza, porque Él es el árbitro de la guerra y Él os entregará en nuestras manos” (I Reyes 17, 47). Hay también importantes ecos del Salmo 17.

2. De acuerdo con lo que sostiene Calès y otros autorizados críticos, hemos traducido como la versión siríaca. Mi alcázar: El hebreo, la Vulgata, el nuevo Salterio y muchos modernos dicen: mi misericordia y mi alcázar; lección que no es segura y que además altera el metro y aun el contexto.

3 s. Cf. Salmos 8, 5; 38, 6; 61, 10; 101, 12; Job 8, 9; 14, 2. Preferimos traducir hijo de hombre, como ocurre muchas veces en Ezequiel (cf. Ezequiel 2, 1 y nota) dejando para el Mesías la expresión Hijo del hombre por antonomasia que, como observan los expositores, Jesús se aplicó siempre a Sí mismo con trascendencia escatológica según Daniel 7, 13. Cf. nota.

5 ss. “Se describe la venida del Señor como una tempestad vehemente” (Páramo). Cf. Salmos 17, 8 ss.; 9, 2 ss.; 28, 1 ss. y notas. Meditemos el contraste entre esta tremenda majestad, que recuerda el Salmo 28, y el humilde silencio con que el Mesías vino a Belén. Cf. Isaías 49, 7; 51, 1 ss.

7. Cf. Salmos 17, 7; 137, 7. La gente extranjera: según lo expuesto sobre la fecha del Salmo, son ante todo los filisteos, que eran advenedizos desde las islas del Mediterráneo (Amos 9, 7; Jeremías 47, 4), y en general todas las naciones de origen pagano (Salmos 46 y 65, etc.).

9. El cántico nuevo es lo que sigue (versículos 10-14), como se ve en el versículo 11, en que da por recibido lo que pide en el versículo 7 s. y pinta la prosperidad mesiánica de Israel, como es frecuente (cf. Salmo 71 y notas), por lo cual no se ve la necesidad de considerar a este fragmento como otro Salmo agregado e inconexo, ni de atenerse a otras versiones (cf. versículo 12 ss. y nota).

10. De la fatal espada de Goliat (I Reyes 17, 51; 21, 9).

12 ss. Nuestros hijos: Así en lo restante y en vez de cuyos hijos que dice la Vulgata. Ya San Jerónimo observó la radical diferencia que se origina de esta versión en primera persona. Todo lo que en los versículos 12-15 se dice allí de los enemigos de Israel, se aplica de este modo a los israelitas. Cf. Salmo 71, 13 y nota.

15 El cántico nuevo parece terminar en el versículo 14, aunque también podría continuarse aquí. De todas maneras y en todas las versiones puede verse en esta doble exclamación un corolario en que el salmista destaca, al modo de Jesús en Lucas 11, 28 (cf. Lucas 10, 20), que ninguna bienaventuranza se iguala a la de ser el pueblo de Dios. Cf. Salmos 32, 18; 145, 5.

SALMO 145 (144)

1. “El reino de Dios, dice el P. Lagrange, está descrito en este Salmo en toda su amplitud universal y sin fin.” El hebreo y las versiones señalan como autor a David y no vemos razones suficientes para negar al gran rey poeta y profeta la paternidad de esta “oda magnífica”, de la cual decían los rabinos que todo el que cada día recitase tres veces tal alabanza estaría seguro de ser salvo. Es en el hebreo un Salmo alfabético y falta el versículo correspondiente a la letra Nun (versículo 13); pero felizmente lo conocemos por las versiones antiguas.

3 ss. Vemos aquí, hasta el versículo 9, la alabanza anunciada en el versículo 2, que el salmista entona en un presente profético (cf. versículo 10).

8. Es el cántico de las generaciones, con una alabanza que es la más agradable a Dios, porque se refiere a su bondad. Cf. Salmos 102, 13; 135, 1 y notas. “Cuando considero aquella vuestra gran misericordia que, según el testimonio de vuestro profeta, va delante de todas vuestras obras, luego un frescor alegre de esperanza recrea y esfuerza mi ánima entristecida” (Fray Luis de Granada).

10. El salmista vuelve a hablar en futuro: “Te alabarán”. Así el hebreo, más exacto según el contexto (cf. versículo 11) que “te alaben” (Vulgata). La Liturgia usa este texto, junto al de Salmo 149, 5, donde tus santos son como aquí en primer lugar los justos del Antiguo Testamento (“hasidim”), a los cuales se dirige el salmista. “Todas tus obras”: Es decir, las hazañas de tu bondad (versículos 4 ss.) y también todas las creaturas, las cuales, hoy sujetas a vanidad (Romanos 8, 19-23; Génesis 3, 17 s.), “esperan con dolores de parto la manifestación de la gloria de los hijos de Dios”, en que ellas lo alabarán con los justos y “Él las armará contra sus enemigos” (Sabiduría 5, 16-24; Isaías 11, 6-9; 65, 25). Ya en la historia de Israel se vieron algunas maravillas de este género en la naturaleza (Sabiduría 16, 17 ss.; 19, 11-20, etc.).

11. Uno de los grandes goces de los justos será pregonar el cumplimiento de las admirables promesas de Dios para que todos lo alaben.

13. A este reino se refiere el P. Lagrange (nota 1). Es el reino de Cristo que no tendrá fin, como dice el Credo, y el reino de Dios cuyo advenimiento pedimos en el Padrenuestro (cf. Apocalipsis 11, 15). Sobre los esplendores. del reino mesiánico, cf. Salmos 67, 31; 71, 1 ss. y notas. Los dos hemistiquios finales, omitidos por el hebreo (cf. nota 1), se hallan en la versión griega de los LXX y en la Peschitto siríaca. “Digno de confianza”: Es decir, fiel, por lo cual merece que nos fiemos de Él.

14. Si creemos esto, que es verdad también en lo espiritual, nada tenemos que temer (I Juan 2, 3 s.), y si hemos caído, nos levantaremos fácilmente, aunque fuese del fondo del abismo (I Juan 2, 1 s.).

15 s. En las fórmulas de bendición de la mesa suelen usarse estas expresivas imágenes de la Providencia divina (cf. Salmos 103, 21-30; 146, 9; Job 38, 41). Dios sabe lo que necesitamos antes de que le pidamos (Mateo 6, 32).

17. Vemos aquí la disposición fundamental del cristiano: pensar bien de Dios (Sabiduría 1, 1), sin lo cual no podemos llegar a amarlo. Nada más ingrato (para Dios que nos ha dado su Hijo) que la protesta o blasfemia tan frecuente, que se atreve a decir ¿qué mal he hecho yo a Dios para que me trate así? Nuestro Padre nos deja que nos quejemos cuanto queramos, como débiles niños, según lo hizo Job (capítulo 6 s.). Pero ¡ay del que pretendiera tener razón contra Dios! Cf. Salmo 50,6 y nota; Job 9, 14 s.; Daniel 9, 4-10; Nehemías 1, 5.

18. Cuántos le invocan de veras: el apóstol Santiago explica esto en su Epístola (1, 6-7; 4, 2 ss. y notas).

19. Como dice Santa Teresa de Ávila, si estudiamos bien la suavidad del Padre celestial, veremos que es Él quien obedece al hombre, según aquí se nos enseña. Cf. Salmo 36, 4; I Juan S, 14. Claro está que, como muestran estos textos, se trata de las almas que aman, es decir, que no son dobles y quieren identificarse con la verdad y el bien, pues la bondad de Dios, siendo perfecta, no puede ser condescendencia sino perdón. La bondad de los hombres si está a menudo en condescender, renunciando a la voluntad propia por ceder a la ajena (Mateo 5, 41). Pero si Dios renunciara a su voluntad —que quiere siempre nuestro verdadero bien con una sabiduría tan infinita como su amor— por condescendencia con los caídos hijos de Adán, sería como reconocer que Él había estado equivocado. ¡Y luego lloraríamos con lágrimas de sangre nuestro horrible triunfo sobre Él! Por dicha nuestra, la voluntad amorosa del Padre se realiza en nosotros tan implacablemente como cuando un padre arranca a su hijo un arma con que iba a lastimarse, y su condescendencia consiste en perdonarnos tantos errores y culpas y sobre todo en darnos su Espíritu (Salmo 50, 13), que nos hace comprender y amar y agradecer, humillados, la suavísima firmeza de esa voluntad divinamente generosa contra la cual se alza siempre, al principio, la mezquina insensatez de nuestra carne. ¿Qué mayor luz y fuerza psicoanalítica para traer al campo de la conciencia lo que nos desconcertaba ocultándose en lo subconsciente? La Biblia, al descubrirnos así los repliegues y las fallas tanto en nuestro hombre corporal ó físico (Gálatas 5, 16-23) cuanto en nuestro hombre psíquico, según lo llama literalmente San Pablo en I Corintios 2, 14, realiza lo que vemos en Hebreos 4, 12 s.: discernir entre el alma natural (psiquis) y el espíritu (pneuma), como en I Tesalonicenses 5, 20, enseñándonos y conduciéndonos a alcanzar al hombre espiritual o “pneumático” (I Corintios 2, 10), para el cual la Ley ha sido sustituida por la gracia (Romanos 6, 14; 8, 2; Gálatas 3, 18; 5, 18 y 23; I Timoteo 1, 9; cf. Salmo 24, 8 y nota), porque su móvil es el amor (ibíd. 22). ¿Puede darse un ideal y un fruto más elevado y positivo de psicoanálisis? Vemos así cosas que nos parecen paradójicas, como esa de que si uno que ha pecado viene arrepentido, Dios le abre los brazos como al hijo pródigo, y si uno que se cree justo viene a pretender que se le apruebe la más leve falta contra el prójimo, será rechazado inexorablemente. ¿Cómo así, puesto que su conducta es mejor que la del otro que ya pecó? Es que para Dios —que juzga según los corazones— no es mejor sino mucho peor porque éste pretende justificarse como el fariseo del Templo, quien agregó a sus pecados uno nuevo, el de la soberbia, mientras que el otro se acusa como el publicano (Lucas 18, 9 ss.).

20 s. Es bien comprensible el plan del Creador sobre sus creaturas, que se sintetiza en este final. Él les ofrece su amor e identificándolas con su Hijo único, que las redimió de una irremediable perdición, las llama a compartir su felicidad infinita y eterna. Se explica, pues, que si alguien rechaza esa oferta asombrosamente generosa, sea suprimido del banquete de la eternidad. Toda carne (cf. Salmo 64, 3): Según Calès es el anuncio del exterminio de todos los pecadores. Cf. Salmos 36, 38; 72, 19 s.; 103, 35; Mateo 13, 39-42.

SALMO 146 (145)

1 ss. El Hallelú Yah (alabad a Yahvé) o Aleluya da comienzo a todos los Salmos restantes. Éste fue compuesto sin duda, como lo indica su título y el de los siguientes según los LXX y la Vulgata, en tiempo de Ageo y Zacarías, o sea, después del cautiverio de Babilonia, para avivar la esperanza de Israel (Hechos 26, 6 s.). “El autor exhorta a sus conciudadanos que tenían mucho que sufrir de la hostilidad de los samaritanos y naciones vecinas, a no poner su confianza en los hombres sino en Dios” (Fillion) Cf. Salmo 84, 1 y nota.

2. Mientras yo viva: Cf. Salmo 103, 33. Dios tiene derecho al homenaje de los que le deben la vida. Si así lo entendía ya el salmista, mirando a Yahvé como autor de la creación y protector de Israel ¿qué no será para los que hemos conocido el beneficio de Cristo Redentor y sabemos que ya no somos nuestros, ya que hemos sido comprados por Él para glorificar al Padre? Cf. I Corintios 6, 20; Gálatas 2, 20.

3. Que no puede salvar: Es decir que nunca podremos llamar a un hombre nuestro salvador, aunque nos haya prestado algún servicio, pues tal título es propio de Dios (cf. nota anterior). A este respecto el P. Bea observa acertadamente que la palabra latina “salvator” usada por el nuevo Salterio Romano en algunos Salmos (cf. Salmo 64, 6) ha reemplazado con ventaja al vocablo “salutaris” que la Vulgata aplica a Dios, pues no se trata simplemente de un Dios saludable o que da salud, sino del único que salva y sin el cual todo hijo de Adán está irremisiblemente perdido para siempre. La desconfianza en los hombres es virtud esencialmente bíblica y sobrenatural, es decir, opuesta a la tendencia humanista y pagana del clasicismo grecorromano. Cf. Salmos 32, 10; 59, 11; 93, 11; 107, 13; 117, 8 s.; Jeremías 17, 5-10; Juan 2, 24 s. y nota; 5, 42 s.; Mateo 10, 17, etc.

4. El soplo de vida que el hombre recibió en las narices (Génesis 2, 7) lo tenemos apenas prestado, por lo cual enseña Dios a dejar de confiar en tal hombre (Isaías 2, 22). Cf. Salmo 103, 29 y nota; Job 27, 3. A los poderosos que confían en sus propias fuerzas la muerte les quita todo su poderío. Hasta los poetas paganos reconocen que “la pálida muerte entra con igual paso en los palacios reales que en las chozas de los pobres.” Cf. Salmo 89, 10; Job 10, 9 ss.; 34, 15; Eclesiastés 12, 7; Sabiduría 16, 14; I Macabeos 2, 63.

6 ss. La primera parte es citada en Hechos 4, 24; 14, M; Apocalipsis 14, 7. Cf. Salmo 88, 12. Conserva su fidelidad (cf. Salmo 88, 3 y nota; 99, 5; 116, 1), es decir, cumplirá cuanto se enumera a continuación. San Pablo revela con admiración cómo esa fidelidad permanece no obstante nuestras fallas, porque Dios “no puede dejar de ser quien es” (Romanos 3, 3-4; II Timoteo 2, 13), “bueno con los desagradecidos y malos” (Lucas 6, 35). Cf. Lucas 5, 31 s. y nota. Según esa fidelidad cumplirá las promesas de libertad para los israelitas cautivos entre las naciones (cf. Salmo 146, 2 y nota; Jeremías 23, 5 s.; Ezequiel 28, 25 s.; 37, 21 ss.; Zacarías 8, 7); justicia y venganza para todos los oprimidos; misericordia para todos los que sufren (Salmos 71, 2-4; 146, 3 y notas).

10. “En fin, Él no desaparecerá como los hombres (versículo 4), siendo el Rey inmortal, el Dios que reinará para siempre en Sión y allí cumplirá las promesas de la salvación" (Calès). Cf. Salmo 64, 2.

SALMO 147 (146-147)

1. Este cántico que el nuevo Salterio Romano titula “Alabanzas de Dios poderoso y sabio restaurador de Israel” es, según el hebreo, un solo Salmo con el siguiente (cf. Salmo 147, 1 y nota). El Salterio Romano mantiene, como las versiones, la separación de dos, pero numerando corridamente los versículos como en un solo poema. “Porque es bueno… porque es amable”: Muchos corrigen el hebreo por razones métricas o prefieren otras versiones que dicen: “porque es bueno cantarle himnos”. Como oración actual preferimos el hebreo (así también el Salterio Romano, y otros) por su coincidencia con Salmo 135, 1 ss. La alabanza de Dios por excedencia es la que se funda en su bondad y amabilidad y equivale al anhelo expresado en el Padrenuestro: Santificado sea tu Nombre (Lucas 11, 2) y en el Magníficat: Santo es su nombre (Lucas 1, 49). Lo que se nos pide es ante todo la alabanza en espíritu y en verdad (Juan 4, 23 s.), como enseña Jesús en Mateo 6, 5 s.; 15, 8, etc., y el canto de los Salmos “en nuestros corazones” (Colosenses 3, 16). Sin embargo debe observarse que la intención del Salmo tiene un carácter triunfal que señalan todos los expositores (cf. versículo 2 y nota) y que parece más propio de los Salmos proféticos (cf. Salmo 147, 2 s.) que de la precaria situación postexílica (cf. Salmo 84, 1 y nota).

2. “Alusión manifiesta a la restauración de Jerusalén y a la vuelta de los israelitas del destierro” (Páramo). Gramática señala el paralelismo con Salmos 50, 20; 101, 17 y con Deuteronomio 30, 3; Isaías 11, 12; 27, 13; 56, 8 y Ezequiel 39, 28. Puede verse asimismo Salmo 68, 36; Ezequiel 36, 28 ss.

3 ss. El salmista alaba en Dios primeramente la bondad (cf. Isaías 61, 1); después (versículo 4 s.) el poder y la sabiduría (cf. Génesis 15, 5; Isaías 40, 26; Bar. 3, 35), y finalmente (versículo 6) la justicia de su juicio (cf. Salmos 71, 2ss.; 145, 7 y nota; Isaías 61, 2ss.; Lucas 1, 51-55).

5. No tiene medida: San Agustín, contra las pretensiones analíticas, harto humanas, de la gnosis que reforma a su medida el misterio de Dios (I Corintios 2, 7), poniéndole y quitándole según parezca razonable con arreglo a nuestra naturaleza (Colosenses 2, 8), exclama: “Callen las voces humanas; sosiegue el humano pensamiento; no sondees lo incomprensible para comprenderlo sino para participar de él.” Es que “ante el misterio de Dios se desvanece, tanto el intelectualismo filosófico de la razón como el sentimentalismo romántico de la fantasía, que son del hombre natural o «psíquico» (I Corintios 2, 14) y sólo sirve el espíritu, que es del orden sobrenatural (I Corintios 2, 10). San Pablo enseña que podemos llegar a saber separar lo que es del «alma» y lo que es del «espíritu» –suma aspiración de todo esfuerzo psicoanalítico– mediante la eficacia de la Palabra de Dios, porque sólo ella, que es «viva y eficaz», penetra en nuestro ser más hondamente «que cualquier espada de dos filos»” (Hebreos 4, 12). Cf. Salmos 91, 6; 147, 9 y notas; Eclesiástico 24, 23 ss.; II Juan 9.

9. Cf. Salmos 83, 4; 103, 27 ss.; 144, 15 s.; Job 38, 41; Mateo 6, 26, etc. Lejos de olvidarse de lo pequeño, como los hombres, Dios parece ostentar la más sorprendente predilección hacia todo lo que es tenido por insignificante (cf. Salmo 112, 6 ss.). Y lo mismo se dice de la sabiduría (Proverbios 9, 4). Es ésta ciertamente una de las cosas que nos hacen a Dios más incomprensible y paradójico a nuestra vista mientras no lleguemos, por un contacto permanente con el Evangelio, a aprender el total menosprecio de los “valores” mundanos. Jesús lo proclama de un modo llamativo en Lucas 16, 15, el texto que ha sido llamado “tumba del humanismo”. Conclusión: que Él es inefablemente bondadoso con nuestras miserias, implacablemente riguroso con la menor suficiencia por parte del hombre. Cf. Salmo 144, 19; Juan 2, 24 y notas. “¡Feliz de usted que es miserable y se siente miserable! Si fuera «virtuoso» o «importante» no sería elegido del Dios de la compasión. La cuestión es aprender a no sorprendernos en nuestro amor propio al encontrarnos miserables. Eso se aprende en la Escritura, pues ella nos enseña que todos lo somos, con la diferencia de que muchos no lo confiesan por soberbia y otros no lo saben por falta de conocimiento de la Revelación” (de una carta de dirección espiritual).

10. Consecuente con lo que dejamos dicho, se nos muestra aquí la misma doctrina aun en materia física, tanto con respecto a las tropas y pertrechos (cf. Salmo 32, 16 s.; Jueces 7, 1 ss.; I Macabeos 3, 18 s., etcétera) cuanto a la fuerza atlética del hombre, que en los tiempos de paganismo se cultiva como un fin más que como un medio, abusando de la gimnasia corporal (cf. I Macabeos 1, 15; II Macabeos 4, 9), cuyo exceso, en vez de prolongar la vida, la ha truncado no pocas veces por accidentes o enfermedades del corazón. San Pablo pone admirablemente en su punto el ejercicio corporal, diciendo que es útil para poco, en tanto que la piedad es útil para todo, pues tiene también la promesa de esta vida además de la eterna (I Timoteo 4, 8). Cf. Mateo 6. 33.

11. Los que le temen… se fían en su bondad: Como en Salmo 129, 4 vemos aquí que, lejos del miedo que aparta del amor (I Juan 4, 18), se trata de esa admirativa opinión sobre la bondad de Dios (Salmo 145, 6 ss. y nota), en lo cual consiste la sabiduría (Sabiduría 1, 1 ss.) En este versículo, que tanto contrasta con lo precedente y que no nos muestra como ideal lo gigantesco, según solemos creer, sino la infancia espiritual (cf. Salmo 130), se nos da una doctrina hondísima y no una vaguedad sentimental (cf. Mateo 18, 3 s.). En toda la divina Escritura, junto con el concepto de que Dios es Padre (Salmo 102, 13s.), el mismo Dios nos revela constantemente la básica importancia que para Él tiene la confianza que ponemos en Él. Sin este conocimiento espiritual de Dios en vano buscaríamos alimentar nuestra fe con especulaciones acerca de una realidad que es eminentemente sobrenatural y está por encima de toda ciencia. Cf. Isaías 55, 8 ss.; Salmo 32, 22 y nota; Marcos 9, 22; Gálatas 1, 1 ss., etc.).

12. Como bien observa Dom Puniet, es este Salmo otro cántico de alabanza que el hebreo pone como continuación del anterior a causa de la analogía, pero que puede ser independiente y completo en sí mismo. En la antigua versión de los LXX lleva como título lo mismo que el anterior: “Alleluia. De Ageo y de Zacarías”, y su objeto primero, de carácter profético, es la nueva Jerusalén, ya preparada para las Bodas del Cordero (Apocalipsis 19, 6-9), atribuyéndole una paz, prosperidad y santidad que nunca tuvo la Jerusalén de Nehemías a la vuelta de Babilonia ni menos después (Salmos 84, 1; 146, 2 y notas; cf. Nehemías 5, 1 ss.; 9, 36s.). “Entonces, dice San Hilario, la alabanza será perfecta.” Calès señala esta tendencia mesiánica del Salmo y agrega: “Yahvé juntará a los dispersos de Israel, sanará los corazones lacerados, multiplicará a sus fieles y los nutrirá con la flor del trigo. Su pueblo tendrá por recinto la paz, Él levantará a los humildes y abatirá a los soberbios” (cf. Salmo 71, 12 ss.; Lucas 1, 51 s.). Según esto, no podría explicarse la opinión de que el Salmo celebrase equivocadamente como seguros los muros de Jerusalén reconstruidos por Nehemías (Nehemías 12, 27-46), ni la ilusoria prosperidad de Israel antes que llegasen “las nuevas desilusiones no comprobadas por la profecía de Malaquías”.

13. Él ha asegurado los cerrojos de tus puertas, para que nunca más pueda entrar el enemigo invasor, que tantas veces devastó la Tierra Santa. Cf. Ezequiel 39, 26 y nota.

14. Sobre la paz de los tiempos mesiánicos cf. Salmo 71, 7 y nota. “La flor del trigo”: Cf. Salmos 80, 17; 140, 2 y nota.

15 ss. Desciende aquí el salmista al universo natural que Dios gobierna desde ahora con su Palabra (Salmo 148, 5 y 8). Desde ahora se manifiesta también la bondad y sabiduría del Creador y Conservador a través de la naturaleza, mediante su Palabra que en el Cosmos es más obedecida que entre los hombres (Salmos 32, 9; 148, 5 y 8; Job 37, 7; capítulos 38 ss.; cf. II Tesalonicenses 3, 1). La nieve (versículo 5) cae suavemente en forma de blanquísimos copos de lana y como tal cubre las sementeras y las protege contra un frío excesivo. La escarcha (Vulgata: niebla) forma un delgado manto que cubre la tierra como ceniza. Y si el granizo (el hielo, versículo 6) no cayera tan desmenuzado ¿quién podría soportar su inclemencia? Así resulta del Texto Masorético. Otros, según la corrección de Derenbourg, Zorell, etc., en vez de esta pregunta leen: ante su frío se congelan las aguas. Bover-Cantera da al versículo 6 esta versión: El que lanza cual migas su hielo, para el agua a su frío helador.

18. Los derrite, es decir, el hielo, el granizo, la nieve (versículos 5 y 6); el viento cálido convierte el hielo en benéficas corrientes de agua. Por eso San Pablo (Romanos 1, 18 ss.) llama inexcusables a los que no descubren la magnificencia de Dios en la creación (cf. Salmo 103 y sus notas; Hechos de los Apóstoles, 14, 17).

19. En contraste con esa ceguera de los paganos, cuya bestialidad muestra el Apóstol (Romanos 1, 21 ss.), Dios se elige un pueblo y le habla no sólo desde Moisés y los Profetas sino desde Abrahán (cf. I Corintios 1, 20 s.; Deuteronomio 4, 32 s., etc.). En Hechos 28, 28 vemos, según lo declara San Pablo, cesar esta privilegiada vocación del incrédulo Israel, por un lapso que según el mismo Apóstol tendrá fin un día (Romanos 11, 25 s.).

20. No hizo tal: Más que otros pueblos, Israel tiene motivos para alabar al Señor, a causa de la Revelación (Salmo 147, 8 s.) y de las promesas (Salmos 104, 9 ss.; 145, 7 y nota; Romanos 9, 4 s.). No les manifestó sus disposiciones: En este pasaje que el apóstol San Pablo ratifica en Romanos 3, 2; 9, 4 s., se nos muestra la trascendencia de la Revelación para el conocimiento de Dios (Juan 1, 18; 6, 46), a fin de que no busquemos sólo “en la idea del Ser infinitamente perfecto lo que está escondido en las voluntades del Ser soberanamente libre” (Ed, Babuty). Cf. 2, 8 y nota.

SALMO 148

1. Este admirable himno, que recuerda el Benedicite de Daniel 3, es una hermosísima invitación a todas las creaturas para que alaben a Dios, como en los tres Salmos precedentes y en los dos que le siguen, por los singulares beneficios y promesas que su bondad ha hecho a su pueblo, especialmente la de restablecerlo de nuevo en su país después de la miseria y dispersión (versículo 13 s.; cf. Salmo 145, 7 y notas). Es un llamado que abarca a un tiempo lo celestial (versículos 1-6) y lo terrenal (versículos 7-14). Cf. Salmos 144,10 y nota; 149, 5 ss.

2. Ejércitos: Son en la Sagrada Escritura los ángeles (III Reyes 22, 19; II Paralipómenos 18, 18) y también los astros (Nehemías 9, 6; Job 38, 7). Aquí ha de preferirse la primera significación, por razones estilísticas (el paralelismo de los hemistiquios según las reglas de la poesía hebrea). Cf. Salmos 102, 20 s.; 103, 4; 67, 18; 90, 11 y notas; 148, 8; Apocalipsis 7, 1; 9, 14.

4. Cielos de los cielos: Fórmula hebrea para designar el cielo superior, que la antigüedad llamaba cielo empíreo, por oposición al cielo inferior o firmamento (cf. Salmos 113 b, 16; 13, 14; 138, 8). Según algunos, considerando la creación que comprende “los cielos y la tierra” (Gen 1, 1) podría distinguirse, en lo que se denomina genéricamente “los cielos” como esfera celestial (excluyendo el cielo atmosférico y el astral), tres clases, a saber: 1° “Los cielos” del Antiguo Testamento, que comprenderían a “El cielo” en el Nuevo Testamento, donde si este singular en sentido específico designa la esfera inmediata a la tierra (Mateo 6, 26; 8, 20; 16, 2; 24, 30; Marcos 13, 25; Hechos 7, 42; Apocalipsis 6, 13); en sentido genérico designa el conjunto de las esferas supraterrenales (Lucas 15, 7 y 10; Mateo 5, 34; 11, 25; 28, 18; Hechos 1, 11; 3, 21; 17, 24; I Corintios 8, 5; I Pedro 3, 22). 2° El medio del cielo, que correspondería quizás al cielo interestelar e interplanetario, pero en el orden espiritual (Apocalipsis 8, 13; 14, 6; 19, 17). 3° “Los cielos de tos cielos”, que aquí vemos, los que en el griego neotestamentario serían siempre llamados “los cielos” (Mateo 5, 12 y 16; 16, 19; 18, 10; Lucas 12, 33; Hechos 7, 56; II Corintios 5, 1; Apocalipsis 12, 12). Por encima de esta triple esfera celestial de la creación estaría la esfera propia de Dios, es decir, increada (cf. Salmos 8, 2; 112, 4-6; Efesios 1, 3 y 20; 3, 10; 4, 10).

5. Porque Él lo mandó y fueron creados: Con frecuencia hace resaltar la Escritura cómo Dios lo hace todo por su Palabra (Génesis 1, 3; Salmos 32, 9; 147, 4, etc.). Esa “Palabra omnipotente” (Sabiduría 18, 15) que Él mandó (Salmos 104, 8; 106, 20) era, según nos revela San Juan, el mismo Verbo que había de encarnarse y por quien fueron hechas todas las cosas (Juan 1, 3 y 14). Jesús es, pues, la Palabra del Padre, siendo de lamentarse la falta de un vocablo masculino para expresarlo en castellano como el Logos en griego. Cf. Juan 4, 26; 10, 37.

6 ss. Es la gran lección de obediencia que Dios nos da en la biblia de la naturaleza, desde los astros (Salmo 146, 4) hasta los seres inferiores, fieles siempre a su instinto. Sólo el hombre, dotado de razón por Dios y adoptado por hijo, se rebeló desde los comienzos del Génesis, y sabemos que lo hará hasta el último día del Apocalipsis (Apocalipsis 20, 7 ss.).

7 ss. Sobre los monstruos, que parecerían una nota discordante en la armonía de este concierto polifónico, dice San Agustín: “Todas estas cosas son mudables, corruptibles y algunas pavorosas. ¿Qué importa? Ocupan su lugar en el mundo, guardan su orden, son eslabones de una cadena y por lo tanto una parte de esa indecible hermosura que contemplada mueve al hombre a alabar a Dios.” En Isaías 11, 6 ss. (cf. nota) hallamos otra explicación que concuerda con la trascendencia mesiánica del Salmo (versículos 13 y 14).

11 s. Este homenaje universal tributado a Dios en su Santuario (Salmos 149, 1; 150, 1) es, descrito con los más vivos colores en el Salmo 67, 25 ss.

13. Sólo su nombre: El que medita esta enseñanza, que concuerda con muchas otras de la Sagrada Escritura, adquirirá una fuerte y saludable aversión a rendir y a recibir los homenajes y alabanzas que tanto se prodigan los hombres entre sí. Cf. Isaías 42, 8; 48, 11; I Timoteo 1, 17; Ester 3, 2; 13, 14; Lucas 6, 22 y 26; Juan 5, 44; 12, 43; Hechos 10, 26; Filipenses 2, 7 s., etc. Domina la tierra y los cielos: cf. los Salmos 95-99. Cf. Efesios 1, 10; Apocalipsis 11, 15.

14. Ha encumbrado el cuerno de su pueblo: Lo ha llevado finalmente a la exaltación prometida. Cf. Salmo 131, 17; Isaías 61, 3 ss.; Lucas 1, 69; 2, 32. Para Él es la alabanza de todos sus santos: Bover-Cantera vierte: Loor es para todos sus devotos. El pueblo familiar: Literalmente, cercano, esto es, íntimo. Cf. Salmo 147, 9 y nota. “Israel sólo aparece al final en este himno maravillosamente universalista, pero en el fondo es él quien invita a todos los pueblos, a todos los hombres, a la creación toda entera de la tierra y del cielo a tributar con él a su Dios alabanza y gratitud” (Calès). Cf. Salmos 95, 7; 96, 1; 101, 1 y 16 s.; 116, 1, etc.

SALMO 149

1. Como hacen notar muchos expositores, este Salmo es de David y originariamente formaba uno solo con el precedente y con el siguiente, clausurando así todo el Salterio con una sublime doxología que reviste carácter profético, porque contempla el cumplimiento de todas las promesas de la Escritura. “Es un himno que se termina en profecía escatológica... Israel debe alabar y agradecer con gozo y exultación a Yahvé, su Creador y su Rey, que en el pasado lo hizo y en el presente lo restaura después de haberlo humillado y purificado por las pruebas del destierro” (Calès). Sobre la reunión de los santos cf. 5. 1, 5; 67, 27; 88, 5-8; 150, 1.

2. Vemos aquí el alcance mesiánico de la profecía: “Cuando Cristo, supremo Juez, dará a los buenos la vida eterna y a los malos el castigo que merecen” (Scío). Cf. versículo 9; Jeremías 23, 5 ss.; 71, 2 ss.; Mateo 25, 31-46.

4. En su pueblo: Cf. Salmo 101, 14; Lucas 1, 54. A los humildes: Cf. S- 9, 9 s.; 17, 28; 57, 11; 101, 21, etc.

5. Salten, etc.: La Vulgata usa el verbo en futuro profético. Cf. nota a Salmo 144, 10. Triclinios: Lechos que servían de asiento en los banquetes. La Liturgia de Todos los Santos (Misa de la vigilia) recuerda este pasaje (Ofertorio) junto con Sabiduría 3, 8 (Introito) que dice: “los santos juzgarán a las naciones y dominarán a los pueblos y reinará su Dios para siempre”. Espadas de dos filos: Cf. versículo 9; Apocalipsis 1, 16; 6, 10; 19, 15; 20, 4. “Es muy de notar este carácter general, social, con que se habla siempre en estos anuncios. No hablan del premio que recibirá el alma de cada uno en la hora de la muerte, sino del triunfo final de Jesús en su segunda Venida, con su Iglesia, después del retorno de Israel.” Cf. versículo 9; Sabiduría 3, 7 y nota; I Corintios 6, 2 y nota; Lucas 19, 17 s.; 22, 29.

7. Así también Páramo. Es “el triunfo de Israel sobre sus enemigos paganos” (Callan). El mismo autor observa que la sentencia escrita del versículo 9 es “el decreto sobre la sujeción de los gentiles, que traerá honor a Israel, el pueblo escogido de Dios”. Fillion, por su parte, recuerda aquí que “a pesar de su presente debilidad, el pueblo judío tenía conciencia del papel que le estaba reservado de traer todos los pueblos a la verdadera religión”. Cf. Salmos 95, 3; 101, 16 s. y notas.

8. El salmista mira al Mesías como vengador futuro, el que someterá todos los pueblos a su cetro. Cf. Salmo 109, 5 s.; Joel 3, 1 ss.; Isaías 41, 11 ss.: Apocalipsis 2, 27. Es el gran triunfo que nos anuncia San Pablo (I Corintios 15, 25; Hebreos 2, 8) y en el cual tenemos nuestra esperanza también los cristianos que por la fe en Jesucristo compartimos las promesas hechas a Israel (Efesios 2, 11 ss.; Romanos 11, 17).

9. La sentencia escrita, es decir, los decretos de la divina justicia (Isaías 10, 2), consignados en los Libros de la Ley y de los Profetas (Deuteronomio 32, 43; Éxodo 23, 22; Isaías 41, 15 ss.; Miqueas 4, 13; Jeremías 25, 15-38). “Es gloria de Israel el ser así ministro de la divina justicia” (Vaccari). Cf. Génesis 27, 29. “Isaías (60, 14) había asistido en espíritu a la restauración de Jerusalén y a la aurora de los tiempos mesiánicos. Su testimonio se une al de nuestro Salmo. Era el anuncio de la victoria de Cristo cantada más tarde por San Juan en los capítulos 12 y 19” (Dom Puniet). Cf. Salmo 95, 3 y nota.

SALMO 150

1. En su Santuario: Cf. Salmo 64, 2 y nota; 67, 18 y 36; 137, 2; Hebreos capítulos 8-10. Calès considera que el salmista se refiere al Santuario terrestre. Mas a las alabanzas que resuenan en la tierra y en el Santuario, hacen coro las de la Jerusalén celestial (Apocalipsis 4, 8 y 11; 14, 3; 19, 5 ss.). Cf. Efesios 1, 10 y nota.

2. Según su inmensa grandeza: Se trata de alabar a Dios no según lo muy limitado de nuestro alcance, sino también como Él lo merece, lo cual conseguimos alabando al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. “Por Él (por Jesús) y con Él y en Él” se tributa al Padre “todo honor y gloria”, pues sabemos que todas las complacencias del Padre están en Él (Mateo 3, 17; 17, 5). Y si desde ahora podemos hacer a Dios, siendo tan pobres, esa ofrenda de valor infinito, es porque Jesús es propiedad nuestra desde que el Padre nos lo dio (Juan 3, 16). Toda la religión, más aún, toda la espiritualidad, consiste en recibirlo y ofrecerlo constantemente “en espíritu y en verdad” (Juan 4, 23), como en un movimiento de aspiración y espiración del alma, uniéndonos, según enseña San Pablo, con toda la Iglesia, al ofrecimiento de Sí mismo que Él hace por nosotros al Padre en el Santuario celestial (Hebreos 7, 24 s.). Cf. Salmo 109, 4 y nota.

3 ss. “Hay que cantar desde ahora, dice San Agustín, porque la alabanza de Dios hará nuestra dicha durante la eternidad, y nadie sería apto para esta ocupación futura si no se ejercitara alabando en las condiciones de la vida presente. Cantamos el Aleluya, diciéndonos unos a otros: «Alabad al Señor; y así preparamos el tiempo de la alabanza que seguirá a la resurrección.»” Recordemos, con todo, el Salmo 136 (cf. Gálatas 1, 4 y nota) y “notemos bien que para poder alabar hay que ser admirador, pues Jesús rechazó los homenajes que no brotaban del corazón” (Mateo 15, 8; Isaías 29, 13). Nada despierta tanto esa admiración de Dios como el estudiar sus palabras (cf. Juan 7, 46), pensando que, como en la reciente edición de la Sagrada Escritura emprendida por el Pontificio Instituto Bíblico en Roma bajo la dirección del P. Vaccari, se dice con arreglo al Concilio Vaticano: “La singular e incomunicable prerrogativa de la Biblia no le viene de la aprobación de la Iglesia, ni —hablando en absoluto— del argumento sacro e inmune de todo error, sino de una acción divina que ayuda y acompaña al autor humano en el escribir de modo que lo escrito resulta también, y en primer lugar, obra de Dios, palabra de Dios… Sabed ante todo, escribe San Pedro en su 2ª Carta (1, 20-21) que ninguna página de la Escritura viene de invención privada porque no por arbitrio humano fue nunca proferida una profecía (aquí en sentido general significando todo discurso del autor inspirado) sino que por el Espíritu Santo fueron movidos a hablar los santos hombres de Dios.” Esto nos trae el pensamiento fundamental con que conviene terminar el comentario de este libro esencialmente bíblico y esencialmente de oración. La fe, como lo reconocen todos los autores y todas las escuelas, no consiste en creer simplemente que hay un Dios, porque el mundo no pudo crearse a sí mismo. Eso, dice Santiago, también lo creen los demonios (Santiago 2, 19). La fe consiste en creer a todo lo que ha dicho ese Dios al hablarnos primero por los profetas de Israel y luego por su propio Hijo (Hebreos 1, 1 ss.). Cf. Romanos 1, 20; Hebreos 11, 1 ss. y notas.

5. Cf. Salmos 32, 3; 88, 16.

6. Todo lo que respira: “Toda creatura, libre ya de la división y de las miserias creadas por el pecado, se une armoniosamente al coro único de hombres y ángeles, convertida en un címbalo para celebrar la gloria de Dios triunfador con el cántico final de la victoria” (San Gregorio Niseno).