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NOTA INTRODUCTORIA
El autor del tercer Evangelio, “Lucas, el médico” (Col. 4, 14), era un sirio nacido en Antioquía, de familia pagana. Tuvo la suerte de convertirse a la fe de Jesucristo y encontrarse con San Pablo, cuyo fiel compañero y discípulo fue por muchos años, compartiendo con él hasta la prisión en Roma.
Según su propio testimonio (1, 3) Lucas se informó “de todo exactamente desde su primer origen” y escribió para dejar grabada la tradición oral (1, 4). No cabe duda de que una de sus principales fuentes de información fue el mismo Pablo, y es muy probable que recibiera informes también de la santísima Madre de Jesús, especialmente sobre la infancia del Señor, que Lucas es el único en referirnos con cierto detalle. Por sus noticias sobre el Niño y su Madre, se le llamó el Evangelista de la Virgen. De ahí que la leyenda le atribuya el haber pintado el primer retrato de María.
Lucas es llamado también el Evangelista de la misericordia, por ser el único que nos trae las parábolas del Hijo Pródigo, de la Dracma Perdida, del Buen Samaritano, etc.
Este tercer Evangelio fue escrito en Roma a fines de la primera cautividad de San Pablo, o sea entre los años 62 y 63. Sus destinatarios son los cristianos de las iglesias fundadas por el Apóstol de los Gentiles, así como Mateo se dedicó más especialmente a mostrar a los judíos el cumplimiento de las profecías realizadas en Cristo. Por eso el Evangelio de San Lucas contiene un relato de la vida de Jesús que podemos considerar el más completo de todos y hecho a propósito para nosotros los cristianos de la gentilidad.
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LUCAS 1
2. Desde el comienzo: Tal es la esencia de la tradición, y lo que hace su eficacia: no el que se haya trasmitido por mucho o poco tiempo, sino el que arranque de la fuente originaria y conserve sin ninguna variación el primitivo depósito. Cf. 1 Tm. 6, 20.
3. Teófilo, a quien dedica el Evangelista su libro, es un noble amigo de San Lucas convertido al cristianismo, o un seudónimo que designa a todos los cristianos. Prefieren algunos exégetas esta interpretación no sólo por ser desconocida dicha personalidad en la literatura evangélica, sino también por el nombre que significa: “el que ama a Dios”.
5. De las 24 familias o grupos sacerdotales que se turnaban en el servicio del Templo, la familia de “Abía” era la octava (1 Cro. 24, 10).
6. Mandamientos y justificaciones. No son dos términos sinónimos; de lo contrario, el segundo sería redundante. La Palabra de Dios no contiene exclusivamente preceptos, como un tratado de obligaciones, sino que está llena de revelaciones de amor y secretos de santidad, por lo cual Jesús llama a su Evangelio la Buena Nueva. Sobre el sentido de esas “justificaciones” en el Antiguo Testamento, puede verse especialmente el Sal. 118 y sus notas. En el Nuevo Testamento, S. Pablo enseña que nuestra justificación es la sangre de Cristo y la Resurrección del Redentor, el cual nos dejó como fruto la gracia del Espíritu Santo que se nos da mediante la fe. Cf. Rm. 3, 24 ss.; 4, 25; 5, 16 ss.; 8, 10 s., etc.
7 ss. No tener hijos se consideraba entre los judíos como un castigo de Dios. Por tanto pedía Zacarías que se quitase a él y a su mujer el oprobio de la esterilidad. Véase 1 Sam. 1, 11.
17. Véase Mal. 3, 1; 4, 6; Mt. 11, 11 y nota. Juan tendrá que preparar el camino para la primera venida de Cristo como Elías lo hará cuando se acerque la segunda (Mt. 17, 11 s. y nota).
21. Después del sacrificio el sacerdote tenía que bendecir al pueblo con la fórmula de Nm. 6, 23 ss.
27. De la casa de David: Aquí parece referirse más bien a José, que sin duda lo era (cf. Mt. 1, 6 y 16). Pero lo mismo se deduce de María en v. 32 y 3, 23 ss. (véase allí la nota). La diferencia entre ambos esposos está en que María descendía de David por Natán (línea no real) y José por la línea real de Salomón. Para que se cumpliese el anuncio del v. 32, Jesús debía reunir en Él la sangre de David, que recibió de su Madre, y el derecho a la corona, que recibió de su padre adoptivo. Bien lo sabían los judíos, pues de lo contrario los enemigos de Cristo lo habrían acusado de impostor cuando fué aclamado como “Hijo de David” (Mt. 21, 9-11).
28. He aquí la fórmula original del Ave María, que se completa con las palabras de Isabel en el v. 42. El ángel la saludó sin duda en lenguaje arameo (el hebreo de entonces, con influencias de Siria y Caldea) con la fórmula “Shalom lak”, o sea literalmente: “Paz sobre ti” (10, 6; Mt. 10, 12 y nota). La fórmula griega “jaíre”, usada para ese saludo, significa literalmente “alégrate” y ha sido traducida al latín por la fórmula equivalente de salutación “Ave”. Las lenguas modernas han conservado a veces la palabra latina, como hace también el español al designar la oración Ave María, o la han traducido diciendo simplemente: “Yo te saludo”, o bien usando expresiones semejantes, por ejemplo: “Salve”. La fórmula “Dios te salve”, que es sin duda la más hermosa para saludar al común de los mortales, no puede evidentemente ser entendida en forma literal, como si la Virgen aun tuviera que ser salvada. “Llena de gracia” (en griego kejaritomene) es también sin duda la grecización de una expresión aramea que algunos traducen por: “objeto del favor divino”, según lo que el ángel agrega en el v. 30. De todas maneras hay una admirable lección de humildad en ese elogio que, sin perjuicio de establecer la más alta santidad en María (habiéndose fundado principalmente en ello el dogma de la Inmaculada Concepción), no alaba en la Virgen ninguna cualidad o virtud como propia de Ella, sino la obra de la divina predilección, como ella misma lo había de proclamar en el Magnificat (v. 48 s). Bendita tú entre las mujeres: estas palabras faltan aquí en muchos códices. Son las que Isabel dijo a María en el v. 42, donde se completa la primera parte del Ave María. La segunda parte fué añadida posteriormente.
32 s. Véase 2, 50 y nota; Dn. 7, 14 y 27; Mi. 4, 7; Mt. 1, 18 ss.; Is. 9, 7; 22, 22; etc.
34. Véase Mt. 1, 19 y nota. De derecho María era esposa de San José. Así la sabiduría de Dios lo había dispuesto para guardar la honestidad de la Virgen a los ojos de la gente. De las palabras: “No conozco varón” se deduce que María había hecho voto de guardar la virginidad. En las pocas veces que habla María, su corazón exquisito nos enseña siempre no sólo la más perfecta fidelidad sino también la más plena libertad de espíritu. No pregunta Ella cómo podrá ser esto, sino: cómo será, es decir que desde el primer momento está bien segura de que el anuncio del Mensajero se cumplirá, por asombroso que sea, y de que Ella lo aceptará íntegramente, cualesquiera fuesen las condiciones. Pero no quiere quedarse con una duda de conciencia, por lo cual no vacila en preguntar si su voto será o no un obstáculo al plan de Dios, y no tarda en recibir la respuesta sobre el prodigio portentoso de su Maternidad virginal. La pregunta de María, sin disminuir en nada su docilidad (v. 38), la perfecciona, mostrándonos que nuestra obediencia no ha de ser la de un autómata, sino dada con plena conciencia, es decir, de modo que la voluntad pueda ser movida por el espíritu. De ahí que Cristo se presente como la luz, la cual no quiere que la sigamos ciegamente. Véase Jn. 12, 46; 1 Co. 12, 2 y notas.
38. La respuesta de María manifiesta, más aún que su incomparable humildad y obediencia, la grandeza de su fe que la hace entregarse enteramente a la acción divina, sin pretender penetrar el misterio ni las consecuencias que para Ella pudiera tener.
39. Una ciudad de Judá: Según unos Ain Carim, a una legua y media al oeste de Jerusalén; según otros, una ciudad en la comarca de Hebrón, lo que es más probable.
46 ss. Este himno, el Magnificat, está empapado de textos de la Sagrada Escritura, especialmente del cántico de Ana (1 Sam. 2, 1-10) y de los Salmos, lo que nos enseña hasta qué punto la Virgen se había familiarizado con los Sagrados Libros que meditaba desde su infancia. El Magnificat es el canto lírico por excelencia, y más que nada en su comienzo. Toda su segunda parte lo es también, porque canta la alabanza del Dios asombrosamente paradojal que prefiere a los pequeños y a los vacíos. De ahí que esa segunda parte esté llena de doctrina al mismo tiempo que de poesía. Y otro tanto puede decirse de la tercera o final, donde “aquella niña hebrea” (como la llama el Dante), que había empezado un cántico individual, lo extiende (como el Salmista en el Sal. 101), a todo su pueblo, que Ella esperaba recibiría entonces las bendiciones prometidas por los profetas, porque Ella ignoraba aún el misterio del rechazo de Cristo por Israel. Pero el lirismo del Magnificat desborda sobre todo en sus primeras líneas, no sólo porque empieza cantando y alabando, que es lo propio de la lira y el arpa, como hizo el Rey David poeta y profeta, sino también y esencialmente porque es Ella misma la que se pone en juego toda entera como heroína del poema. Es decir que, además de expresar los sentimientos más íntimos de su ser, se apresura a revelarnos, con el alborozo de la enamorada feliz de sentirse amada, que ese gran Dios puso los ojos en Ella, y que, por esas grandeza que Él hizo en Ella, la felicitarán todas las generaciones. Una mirada superficial podría sorprenderse de este “egoísmo” con que María, la incomparablemente humilde y silenciosa, empieza así hablando de sí misma, cuando pareciera que pudo ser más generoso y más perfecto hablar de los demás, o limitarse a glorificar al Padre como lo hace en la segunda parte. Pero si lo miramos a la luz del amor, comprendemos que nada pudo ser más grato al divino Amante, ni mas comprensivo de parte de la que se sabe amada, que pregonar así el éxtasis de la felicidad que siente al verse elegida, porque esa confesión ingenua de su gozo es lo que más puede agradar y recompensar al magnánimo Corazón de Dios. A nadie se le ocurriría que una novia, al recibir la declaración de amor, debiese pedir que esa elección no recayese en ella Sino en otra. Porque esto, so capa de humildad, le sabría muy mal al enamorado, y no podría concebirse sinceramente sino como indiferencia por parte de ella. Porque el amor es un bien incomparable –como que es Dios mismo (1 Jn. 4, 16)– y no podría, por tanto, concebirse ningún bien mayor que justificase la renuncia al amor. De ahí que ese “egoísmo” lírico de María sea la lección más alta que un alma puede recibir sobre el modo de corresponder al amor de Dios. Y no es otro el sentido del Salmo que nos dice: “Deléitate en el Señor y te dará cuanto desee tu corazón” (Sal. 36, 4). Ojalá tuviésemos un poco de este egoísmo que nos hiciese desear con gula el amor que Él nos prodiga, en vez de volverle la espalda con indiferencia, como solemos hacer a fuerza de mirarlo, con ojos carnales, como a un gendarme con el cual no es posible deleitarse en esta vida.
49 ss. Véase Sal. 110, 9; 102, 13 y 17; 88, 11; 2 Sam. 22, 28. A la confesión de la humildad, sucede la grandiosa alabanza de Dios. Es muy de admirar, y de meditar, el hecho de que toda esta serie de alabanzas, que podrían haber celebrado tantas otras de las divinas grandezas, se refieran insistentemente a un solo punto: la exaltación de los pequeños y la confusión de los grandes, como para mostrarnos que esta paradoja, sobre la cual tanto había de insistir el mismo Jesús, es el más importante de los misterios que el plan divino presenta a nuestra consideración. En efecto, la síntesis del espíritu evangélico se encuentra en esa pequeñez o infancia espiritual que es la gran bienaventuranza de los pobres en espíritu, y según la cual los que se hacen como niños, no sólo san los grandes en el Reino, sino también los únicos que entran en él (Mt. 3, 2 nota).
51 ss. Véase Sal. 146, 6; 33, 11; 106, 9; 97, 3; Jb. 12, 19.
53. Cf. Sal. 11, 6; 80, 11.
54. Acogió a Israel su siervo: otros traducen “su hijo”. El griego “paidós” y el latín “puerum”, admiten ambas traducciones. ¿Alude aquí la Virgen al Mesías, Hijo de Dios, a quien le llegaban los tiempos de su Encarnación, o al pueblo de Israel, a quien Dios acogía enviándole al Mesías prometido? Fillion expone como evidente esta última solución, señalando además el sentido de protección que tiene el término griego “antelábeto” (acogió). Algunos –como Zorell– se inclinan a la primera solución, señalando como fuente de este texto el de Is. 42, 1 ss., en el cual se alude indiscutiblemente al Mesías como lo atestigua S. Mateo (12, 18 ss.). Pero no parece ser ésa la fuente; la Biblia de Gramática ni siquiera la cita entre los lugares paralelos de nuestro texto. En realidad caben ambas interpretaciones del nombre de Israel. Vemos, por ejemplo, que el texto de Is. 41, 8 se refiere evidentemente a Israel y no a Jesús, pues en el v. 16 le anuncia que se glorificará en el Santo de Israel o sea en el Mesías. En el mismo Isaías Dios vuelve a referirse a Israel como siervo, llamándole sordo, con relación a su rechazo del Mesías (42, 19), y también en 44, 21 ss., donde le dice que vuelva a Él porqué ha borrado sus iniquidades. En cambio, en la gran profecía del Redentor humillado y glorioso (Is. 49, 3 ss.), el Padre habla al “Siervo de Yahvé” y le llama “Israel” (si no es interpolación) dirigiéndose claramente al Mesías, pues le dice que será su servidor para conducir hacia Él las tribus de Jacob, y no sólo para esto, sino también para ser luz de las naciones, tal como la profecía de Simeón llama a Cristo en Lc. 2, 32.
55. En favor de Abrahán, etc. Como se ve, este texto, no sólo en el griego sino también en la Vulgata, según lo hace notar Fillion, no dice que Dios se acordó de su misericordia, como lo hubiese anunciado a los patriarcas incluso Abrahán y su descendencia hasta ese momento, sino que Dios, según lo había anunciado a los patriarcas, recordó la misericordia prometida a Abrahán, a quien había dicho que su descendencia duraría para siempre. Lo cual concordaría también con el hecho de que la Virgen ignoraba el misterio del rechazo del Mesías en su primera venida, por parte del pueblo escogido, y creía, como los Reyes Magos (Mt. 2, 2-6), Zacarías (v. 69 ss.), Simeón (2, 32), los apóstoles Hch. 1, 6) y todos los piadosos israelitas que aclamaron a Jesús el Domingo de Ramos, que el Mesías-Rey sería reconocido por su pueblo, según la promesa que María había recibido del ángel con respecto a su Hijo en el v. 32: “el Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará en la casa de Jacob para siempre, y su reinado no tendrá fin”. Véase 2, 35; 2, 50; Mi. 7, 20 y notas.
60. Juan significa “Dios es bondadoso”. Zacarías le da este nombre como se lo había ordenado el ángel en el v. 13.
67. El cántico de Zacarías es el Benedictus de la Liturgia. Así como el Magníficat, es rezado cada día en el Oficio divino, y contiene también, en primer lugar, una acción de gracias al Todopoderoso, y luego una grandiosa profecía de la Redención y del reino de Jesucristo, cuyo precursor será el recién nacido Juan.
72 ss. Véase Sal. 104, 8 s.; 105, 45 s.; Gn. 17, 6 s.; 22, 16-18; 26, 3.
78 s. El Oriente es Jesucristo, la verdadera luz (2, 32; Jn. 1, 4; 3, 19; 8, 12; 12, 35; Ap. 21, 23), que vino al mundo e ilumina a todo hombre (Jn. 1, 9) como “Sol de justicia” (Mal. 4, 2). Cf. Jn. 9, 5; Is. 60, 2 s.; Za. 3, 8.
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LUCAS 2
1. Véase Mi. 5, 2. Sin saberlo, el emperador romano Augusto fué el instrumento por el cual Dios dio cumplimiento a la profecía de Miqueas 5, 1 que el Caudillo de Israel nacería en Belén, aunque María y José vivían lejos de allí, en Nazaret, que dista más de cien kms. de la dudad de Belén.
6. El nacimiento se hizo en forma milagrosa, pues María pudo atender personalmente al Niño adorable, para el cual “no hubo lugar en la hostería”. ¿No es ésta una figura del mundo y de cada corazón. donde los otros “huéspedes” no dejan lugar para Él?
7. Primogénito es un término de la Ley mosaica. Así se llamaba al, primero, aunque fuese hijo única (Ex. 13, 2). Cf. Mt. 1, 23 y nota.
22 ss. La Virgen purísima no tenía que “purificarse”: sin embargo se sometió, como Jesucristo, a la ley judía que prescribía la purificación de la madre en el plazo de 40 días. La ofrenda es la de los pobres (Ex. 13, 2; Lv. 12, 2-8).
29. La oración de Simeón e es el “Nunc dimittis”, que se reza en el Oficio de Completas.
34. Contradicción: Es el gran misterio de todo el Evangelio. Véase cómo actúa este misterio, en Mt. 13, 5-7. Cf. 7, 23 y nota.
35. Por la profecía de Simeón se despierta en el alma de María el presentimiento de un misterio infinitamente doloroso en la vida de su Hijo. Hasta entonces Ella no había escuchado sino las palabras de Gabriel que le anunciaba para Jesús el trono de su padre David (1, 32). Simeón las confirma en el v. 32, pero introduce una espada –el rechazo del Mesías por Israel (v. 34)– cuya inmensa tragedia conocerá María al pie de la Cruz. Cf. Jn. 19, 25 y nota.
43. María pudo creer que el Niño venía en el grupo de hombres.
49. La voluntad del Padre es todo para Jesús. ¿Como podría oponerse a ella el amor de la familia?
50. No comprendieron: Sobre este misterio de la ignorancia de María véase v. 35; 1, 55 y notas. María, pues, no obstante ser quien era, vivió de fe como Abrahán (Rm. 4, 18). De esa fe que es la vida del justo (Rm. 1, 17); de esa fe que Isabel le elogió como su virtud por excelencia (1, 45).
51. Conservaba todas estas palabras, “como rumiándolas y meditándolas diligentísimamente” (S. Beda). Véase v. 19 y cap. 11, 28. Por esta declaración del evangelista se cree que él escuchó de labios de María muchas cosas, especialmente éstas relativas a la infancia de Jesús, que S. Lucas es el único en referir.
52. Crecía en sabiduría: No quiere decir que Jesús la tuviese menor en ningún momento, sino que la iba manifestando, como convenía a cada edad de su vida santísima.
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LUCAS 3
1. A pesar de las múltiples indicaciones no es posible fijar exactamente el año en que el Bautista empezó a predicar y bautizar. Probablemente fue el año 28 de nuestra era.
2. No había más que un solo sumo sacerdote: Caifás. Anás, su suegro, que había sido sumo sacerdote, se menciona aquí, así como en la pasión de Cristo, por el influjo que aun tenía.
4. Véase 1, 17 y nota; Is. 40, 3-5; Mt. 3, 3; Mc. 1, 2-3; Jn. 1, 23. Voz de uno que clama: Juan era todo voz, dice S. Ambrosio: la voz del Espíritu que anunciaba al Verbo.
5. El sentido profético-histórico de estas palabras de Isaías se refería a las naciones gentiles que debían ser humilladas antes del triunfo mesiánico. Cf. Za. 1, 11; Mal. 3, 1.
8. Aquí se condena la idolatría de la sangre. Dios no tiene en cuenta la raza o descendencia natural, sino el arrepentimiento y la sinceridad de conciencia.
12. Los publicanos o recaudadores de impuestos, eran sumamente odiados por sus injustas exacciones.
16. El bautismo de Juan era para dar el arrepentimiento en que Israel debía recibir al Mesías. Véase Hch. 19, 4. Cf. Rm. 6, 1 ss.
21. No puede sorprendernos la humildad de Juan (v. 16) cuando vemos aquí al Verbo encarnado sometiéndose, para dar ejemplo, al bautismo de la penitencia.
23. S. Mateo (1, 1 ss.) presenta a Jesús como hijo de Abrahán y de David, esto es: miembro del pueblo de Israel y heredero de su cetro. Como esta herencia se transmitía por línea masculina, Mateo expone, en forma descendente, la genealogía legal de Jesús, o sea la de San José, quien aparecía legalmente como su padre. S. Lucas, que acaba de mostrar aquí (v. 22) a Jesús como Hijo de Dios, nos da a continuación una genealogía ascendente que llega hasta Dios y cuyos personajes son distintos de los presentados por Mateo, lo cual inclina a pensar desde luego que no se refiere ya al mismo S. José, y tanto más cuanto que, en Mateo, la descendencia de David es por Salomón (línea real) y en Lucas por Natán. Dura cosa sería además aceptar la opinión de que ambos evangelistas hubiesen omitido darnos la verdadera y única genealogía de Jesucristo, que es la de “María su madre”. Una lectura atenta del texto griego muestra que la versión más probable de este texto es la que toma “hos” en el sentido de “mientras”, como se hace en Ga. 6, 10; Jn. 12, 36, etc., y sobre todo como lo hace el mismo Lucas, v. gr. en 24, 32 donde lo usa por dos veces diciendo: “¿No es verdad que nuestro corazón estaba ardiendo entre nosotros mientras nos hablaba en el camino, mientras nos abría las Escrituras?” Resulta así que Jesús, en tanto que se le tenía por hijo de José, lo era en realidad –por la Virgen– de Elí, abreviación de Eliaquim (que significa lo mismo que Joaquín, según una tradición padre de María y abuela del Señor) y, en consecuencia, de todos los ascendientes de Elí hasta Adán, y también del mismo Dios. Creemos que las opiniones que se han apartado de esta interpretación literal, por lo demás ampliamente fundada en la obra de Heer “El árbol genealógico de Jesús” (Friburgo 1910), partieron de los textos latinos que usan –para indicar cada generación– la expresión “qui fuit”, introduciendo un elemento nuevo ausente en el original griego, en el cual se lee simplemente “tu”, que se traduce por “de”, esto es, “hijo de”. Véase 1, 27 y nota.
31. Natán era, como Salomón, hijo de David por Betsabee (1 Cro. 3, 5), la mujer que éste quitó a Urías (2 Sam. 11); por donde vemos la indecible humildad de Jesús que no desdeñó llevar esa sangre. Véase la nota a 1 Tm. 1, 4.
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LUCAS 4
2. Véase Mt. 4, 11; Mc. 1, 12 s. El diablo intentó averiguar quién era Jesús, y por otra parte quiso el Señor experimentar todas las debilidades de la naturaleza humana, aun las tentaciones. El ejemplo de Jesucristo nos enseña así que el ser tentado no es señal de ser rechazado: al contrario, las tentaciones son pruebas, y las pruebas conducen a la perfección (Rm. 5, 3 ss.; 2 Co. 12, 9; St. 1. ss. y notas). “Jesucristo ha sido tentado para que el cristiano no fuese vencido por el tentador, y vencedor Jesucristo, fuésemos nosotros también vencedores” (S. Agustín).
4. Jesús cita aquí (cf. Mt. 4, 4) el texto de Dt. 8, 3 que recuerda a Israel, entre los beneficios de Yahvé su Dios, el maná con que supo milagrosamente alimentarlo en pleno desierto.
6. Podría decirse que Satanás “padre de la mentira” (Jn. 8, 44) habla aquí como impostor al atribuirse frente a Cristo un dominio que precisamente le está reservado a Jesús (Mt. 28, 18; Sal. 2, 8; 71, 8 ss.; Dn. 7, 14, etc.). Debe observarse sin embargo que aquí no se alude ni a ese reino de Jesucristo, que no tendrá fin, ni tampoco al dominio actual sobre la naturaleza, que evidentemente pertenece a Dios (c. Sal. 103 y notas) y del cual nos enseña Jeremías que ni los mismos cielos pueden producir la lluvia sin una orden Suya (Jr. 14, 22); sino que se trata más bien del imperio de la mundanidad, con “sus glorias y sus pompas” a las cuales renunciamos en el Bautismo, es decir, al mundo actual con sus prestigios, cuyo príncipe es Satanás (Jn. 12, 31; 1 Jn. 2, 15; 5, 19) mediante sus agentes (cf. 22, 53 ; Jn. 18, 36). Tal es el mundo que odia necesariamente a Cristo (Jn. 7, 7; 15, 18 s.), aunque a veces haga profesión de estar con Él (véase Mt. 7, 21 s.; 2 Co. 11, 13 s. y nota). Sobre ese mundo adquirió Satanás, con la victoria sobre Adán, un dominio verdadero (cf. Sb. 2, 24 y nota) del cual sólo se libran los que renacen de lo alto (Jn. 3, 3; Col. 1, 13), aplicándose la Redención de Cristo mediante la fe que obra por la caridad (Ga. 5, 6). A éstos llama Jesús, dirigiéndose al Padre, “los que Tú me diste” (Jn. 17, 2) y dice que ellos están apartados del mundo (ibid. 6), y declara expresamente que no ruega por el mundo, sino sólo por aquellos (ibid. 9) que no son del mundo, antes bien son odiados por el mundo (ibid. 14).
8. Véase Dt 6, 13; 10, 20; Mt. 4, 10 y nota.
10. Véase Sal. 90, 11; Mt. 4, 6. El diablo aplica esta promesa a Jesús, pero ella es para todos nosotros porque muestra la asistencia, grandemente consoladora, de los Angeles Custodios.
12. Véase Mt. 4, 7 y nota; Dt. 6, 16.
18 s. Buena Nueva: en griego “euangelion” (Evangelio). Jesús cita aquí Is. 61, 1 s. sólo en la parte relativa a su primera venida. Véase allí la nota.
23 ss. El gusto con que hasta ahora lo han estudiado va a tornarse en furia en cuanto Él, con ejemplos del A. T. (1 R. 17, 9; 2 R. 5, 14), les diga sin contemplaciones la verdad que no agrada al amor propio localista. Ya Jeremías tuvo que padecer como mal patriota por predicar de parte de Dios contra esa forma del orgullo colectivo. Cf. 6, 26; 16, 15.
31. Jesús emigra. La primera vez fué de Belén a Egipto, y ahora es de Nazaret a Cafarnaúm (véase otra emigración en 8, 37). La Virgen lo acompañó, como sin duda lo hizo fidelísimamente en todos los pasos de Él, de cerca o de lejos, si bien los evangelistas parecen tener consigna divina de dejar en silencio cuanto se refiere a Ella. S. José había muerto ya.
38 ss. Véase Mt. 8, 14-16; Mc. 1, 29-34.
41. Jesús no quiere apoyarse en el testimonio de los demonios, que sirven a la mentira, aunque alguna vez digan la verdad, Él, que no recibió testimonio de los hombres y ni siquiera necesitaba el de Juan Bautista porque tenía el de su divino Padre (véase Jn. 5, 34-40 y notas), ¿cómo podía aceptar por apóstoles a los espíritus del mal? Por ahí vemos el honor inmenso que Él nos hace al enviarnos los apóstoles (Jn. 17, 18-21 y notas; 20, 21; Lc. 24, 48). Es de notar que Satanás mismo nunca expresó ese conocimiento que aquí manifiestan los demonios (v. 34 ss.).
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LUCAS 5
1 ss. Véase Mt. 4, 18 ss.; Mc. 1, 16 ss.
3. Simón es el nombre primitivo de Pedro antes de su vocación. Desde esta escena la barca de Pedro es mirada como símbolo de la Iglesia.
6. Se rompían: Nótese el contraste con la segunda pesca milagrosa (Jn. 21, 11), donde se hace constar que las redes no se rompían; por donde parece encerrarse en esto un significado simbólico, que ha sido interpretado de muy diversas maneras, pero que Jesús acentúa en el v. 10. Cf. Mt. 13, 47 y nota.
8. Un día comprenderá Pedro que, precisamente porque somos pecadores, no podemos decirle a Jesús que se aleje, sino que venga como médico. Véase v. 32; Jn. 13, 8 y notas.
10. Pescarás hombres: ¡Maravillosa promesa de eficacia en nuestro apostolado! Así como antes no conseguía ningún pez y ahora tiene tantos por haberse apoyado en la palabra de Jesús para echar la red, así también, aun en medio de este mundo malo, podremos pescar hombres sin número, si usamos para ello las palabras del Evangelio y no las nuestras. Cristo oró por nuestro éxito (Jn. 17, 20) y sigue orando hasta el fin (Hb. 7, 25).
11. Pedro y sus compañeros tenían familia y hogar. En un instante lo dejaron todo para seguir a Jesús, y eso que en aquel momento no creían todavía en su divinidad. Es decir que nadie podía resistirse a la suavidad del trato con Jesús, a menos que tuviera doblez en la conciencia. Cf. Jn. 3, 19.
14. Cf. Mc. 1, 44 y nota.
17 ss. Véase Mt. 9, 1-8; Mc. 2, 1-12.
24. La primera vez que manifiesta Jesús su divinidad es para perdonar (v. 21).
28. Véase Mt. 9, 9 ss.; Mc. 2, 13 ss. Leví cambió no sólo su profesión, sino también su nombre, llamándose en adelante Mateo. Llegó a ser un eminente apóstol y escribió el primer Evangelio. La vocación de un publicano y pecador nos enseña que todos podemos ser escogidos para el apostolado. Pero es Dios quien elige (Jn. 15, 16; Rm. 8, 30; Ga. 1, 16; Col. 1, 12 s.; 2 Ts. 2, 13 s.). Cf. Lc. 2, 14 y nota.
32. Hay aquí, junto a la manifestación del Corazón misericordioso del Redentor, que se inclina sobre los necesitados de perdón, una honda ironía para los fariseos, es decir, para los que se creen justos. Ellos no se dan por redimidos, pues no se sienten necesitados de redención. Y Jesús no los llama a ellos porque sabe que no responderán. Terrible es tado de espíritu que los hará morir en su pecado (Jn. 8, 21). Sobre la dialéctica de Jesús con los fariseos cf. Jn. 9, 39-41. Sobre el privilegio de los que mucho deben cf. 7, 41-49.
34. El “esposo” es Jesucristo, los “compañeros” son los apóstoles, elegidos por Él mismo; el tiempo que Jesús pasa en la tierra es el anuncio de las Bodas eternas del Cordero que se realizarán en su segunda venida (Ap. 19, 6-9).
36. La doctrina del nuevo nacimiento que trae Jesús (Jn. 3, 3 ss.) es una renovación total del hombre; no de a pedazos, como remiendo que sirve de pretexto para continuar en lo demás como antes. Toda ella tiene la unidad de un solo diamante, aunque con innumerables facetas. Es para tomarla tal como es, o dejarla. Veamos en 9, 57 ss.; 14, 25 y nota, la forma asombrosa en que Él reacciona porque no quiere mezclas (Mt. 6, 24; Ap. 3, 15; cf. Dt. 22, 11). Un día oye de Natanael una burla, y lo elogia por su sinceridad (Jn. 1, 46 s.). En cambio, oye de otros alabanzas, y las desprecia porque son de los labios y no del corazón (Mt. 15, 8). Por eso dice que se perdonará la blasfemia contra Él, pero no la que sea contra el Espíritu, el pecado contra la luz (Mt. 12, 31-33).
37 s. Como el cuero viejo no es capaz de resistir la fuerza expansiva del vino nuevo, así las almas apegadas a lo propio, sean intereses, tradiciones o rutinas, no soportan “las paradojas” de Jesús (véase 7, 23 y nota) que son “un escándalo” para los que se creen santos, y “una locura” para los que se creen sabios (1 Co. 1, 23; cf. Lc. 10, 21). Hay aquí una lección semejante a la de Mt. 7, 6 sobre los “cerdos” para que no nos empeñemos indiscretamente en forzar la siembra en una tierra que no quiere abrirse. Cf. Mt. 13, 1 ss.
39. Esta alegoría plantea al vivo el problema del “no conformismo” cristiano. Cristo, “el mayor revolucionario de la historia”, no es aceptado fácilmente por los satisfechos. Si no sentimos en carne viva la miseria de lo que somos nosotros mismos en esta naturaleza caída (cf. Jn. 2, 24 y nota) y de lo que es “este siglo malo” en que vivimos (Ga. 1, 4), no sentiremos la necesidad de un Libertador. Si no nos sentimos enfermos, no creeremos que necesitamos médico (v. 31 s.), ni desearemos que Él venga (Ap. 22, 20), y miraremos su doctrina como perturbadora del plácido sueño de muerte en que nos tiene narcotizados Satanás “el príncipe de este mundo” (Jn. 14, 30). El que está satisfecho con el actual vino, que es el mundo, no querrá otro (cf. Mt. 6, 24 y nota) porque si uno es del mundo no puede tener el Espíritu Santo (Jn. 14, 17), ni puede tener amor (1 Jn. 2, 15), entonces verá pasar la Luz, que es el bien infinito, y la dejará alejarse porque amará más sus propias tinieblas (cf. 18, 22 y nota). Tal es precisamente el tremendo juicio de discernimiento que Jesús vino a hacer (Jn. 3, 19). Y tal es lo que obliga al amor paternal de Dios a enviar pruebas severas a los que quiera salvar de la muerte.
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LUCAS 6
2. Véase Mt. 12, 1 ss.; Mc. 2, 23 ss.; 1 Sam. 21, 6. El sábado es hoy el domingo, día en que resucitó el Señor (cf. Hch. 20, 7; Col. 2, 16; 1 Co. 16, 2). Los fariseos hacían de él un día muerto. Hoy suele serlo de mundanidad.
12. Con su ejemplo enseña Jesús como con su palabra, a orar “en todo tiempo” (Lc. 21, 36), especialmente antes de emprender como aquí cosas de importancia. Sobre la elección de los apóstoles véase Mt. 10, 1-4; Mc. 3, 13-19 y notas.
20. Los vv. que siguen son como un resumen del “Sermón de la Montaña” (Mt. caps. 5-7). Santo Tomás llama a éste el “Sermón del Llano”, haciendo notar que fué pronunciado al bajar del monte, estando de pie y rodeado de gran multitud, en tanto que aquél tuvo lugar sobre el monte y estando el Maestro sentado y rodeado de sus discípulos (Mt. 5, 1).
24. ¡Ya recibisteis! Véase sobre esta grave reflexión 16, 25 y nota; Sant. 5, 1.
26. ¡Y pensar que éste es tal vez el más acariciado deseo de los hombres en general, y que el mundo considera muy legítima, y aun noble, esa sed de gloria! Vemos así cuán opuesto es el criterio del mundo a la luz de Cristo. Véase 16, 15; Jn. 5, 44; Sal. 149, 13; Za. 13, 2 ss.; Flp. 2, 7 y notas.
27. Véase Mt. 5, 44. Como se ve, el amor al enemigo no consiste en el simple hecho de renunciar a la venganza, sino más bien en un acto positivo de perdón y benevolencia. Estas disposiciones han de tenerse en el fondo del corazón e inspirar nuestras obras respecto del prójimo, de modo que Dios vea nuestra intención, aunque el mismo prójimo no lo sepa.
29. Véase Mi. 2, 8 ss. y nota.
31. Véase Mt. 7, 12 y nota. Tob. 4, 16.
35. Estas terminantes expresiones de la voluntad divina muestran cuán por encima está la ley cristiana, de la justicia o equilibrio simplemente jurídico tal como lo conciben los hombres (Mt. 7, 2 y nota). Es de señalar también la diferencia de matiz que existe entre este texto y su paralelo de Mt. 5, 45; allí se muestra cómo la bondad del Padre celestial devuelve bien por mal en el orden físico, dando su sol y su lluvia también a sus enemigos los pecadores. Aquí se alude al orden espiritual mostrando cómo Él es bondadoso con los desagradecidos y los malos.
36. Otro paralelismo de gran importancia para el conocimiento de Dios, señalaremos entre este texto y el correspondiente de Mt. 5, 48. Allí se nos manda ser perfectos y se nos da como modelo la perfección del mismo Padre celestial, lo cual parecería desconcertante para nuestra miseria. Aquí vemos que esa perfección de Dios consiste en la misericordia, y que Él mismo se digna ofrecérsenos como ejemplo, empezando por practicar antes con nosotros mucho más de lo que nos manda hacer con el prójimo, puesto que ha llegado a darnos su Hijo único, y su propio Espíritu, el cual nos presta la fuerza necesaria para corresponder a su amor e imitar con los demás hombres esas maravillas de misericordia que Él ha hecho con nosotros. Véase Mt. 18, 35 y nota.
37. Absolver es más amplio aun que perdonar los agravios. Es disculpar todas las faltas ajenas, es no verlas, como dice el v. 41. Hay aquí una gran luz, que nos libra de ese empeño por corregir a otros (que no están bajo nuestro magisterio), so pretexto de enseñarles o aconsejarles sin que lo pidan. Es un gran alivio sentirse liberado de ese celo indiscreto, de ese comedimiento que, según nos muestra la experiencia, siempre sale mal.
38. Véase sobre este punto primordial Mt. 7, 2 y nota. ¡Medida rebosante! Nótese la suavidad de Jesús que no nos habla de retribución sobreabundante para el mal que hicimos, pero sí para el bien. Cf. Denz. 1014.
41 s. Jesucristo nos muestra aquí que, en cuanto pretendemos juzgar a nuestro prójimo, caemos, no sólo en la falta de caridad, sino también en la ceguera, porque una viga cubre entonces nuestros ojos, impidiéndonos juzgar rectamente. “¿Quién eres tú para juzgar al que es siervo de otro?” (Rm. 14, 4).
45. Es decir que, para hacer el mal, no necesitamos que otro nos lo indique; nos basta con dar de lo propio. En cambio, nada podemos para el bien si no imploramos al Padre que nos dé de su santo Espíritu. Cf. 11, 13; Jn. 15, 5; Mt. 12, 34; Hch. 5, 42 y notas. “Cumplen su voluntad y no la de Dios cuando hacen lo que a Dios desagrada. Mas cuando hacen lo que quieren hacer para servir a la divina voluntad, aunque gustosos hagan lo que hacen, ello es siempre por el querer de Aquél por quien es preparado y ordenado lo que ellos quieren” (Denz. 196).
47 ss. La fe firme que nunca vacila es la que se apoya sobre las palabras de Jesús como sobre una roca que resiste a las tormentas de la duda (Jn. 4, 4 ss.), porque dice: “Sé a quien he creído” (2 Tm. 1, 12). Los que escuchan la Palabra y no la guardan como un tesoro (2, 19 y 51; 11, 28), demuestran no haberla comprendido, según Él enseña en Mt. 13, 19 y 23. Cf. Sal. 118, 11 y nota.
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LUCAS 7
6. Se fue con ellos: como el servidor (22, 27) siempre dispuesto. Cf. Fil. 2, 7 y nota. No soy digno: Las palabras del centurión sirven para recordar antes de la Comunión, que no somos ni seremos nunca, dignos de la unión con Jesús. Pero antes se dice, en el Agnus Dei, que Él es el Cordero divino que lleva sobre Sí los pecados del mundo, como dijo Juan precisamente cuando “lo vió venir hacia él” (Jn. 1, 29). El mismo Jesús se encargó de enseñarnos que no vino a encontrar justos sino pecadores, y que, como figura del Padre celestial, el padre del hijo pródigo corrió al encuentro de éste para abrazarlo, vestirlo y darle un banquete; y que si tenemos mucha deuda para ser perdonada, amaremos más, pues “aquel a quien menos se le perdona, menos ama” (Lc. 7, 47).
8. Cf. Mt. 8, 5 ss. Además de la fe de este pagano (cf. Hch. cap. 10) es de admirar su caridad que le hace sentir la enfermedad de su criado como suya. Bella enseñanza para que amen los patrones a sus servidores, y las dueñas de casa a sus sirvientes. Véase Ef. 6, 5 ss. y nota.
11. Naím, pequeña ciudad situada en la parte sur de Galilea.
19 ss. Aun en la cárcel cumple el Bautista su misión de precursor del Mesías enviándole sus propios discípulos, que tal vez vacilaban entre él y Jesús. Éste les responde mostrándoles sus obras, que atestiguan su divinidad. Véase Mt. 11, 2 s.; Is. 35, 5; 61, 1; Mal. 3, 1. Cf. Jn. 3, 30.
23. ¡Escandalizarse de Jesús! Parecería irónico decir esto de la santidad infinita. Pero es Él mismo quien se anuncia como piedra de escándalo. Y es que Él, al revelar que el omnipotente Creador es un padre lleno de sencillez y de bondad como Él mismo, dejaba, por ese solo hecho, tremendamente condenada y confundida la soberbia de cuantos se creían sabios o virtuosos (Jn. 7, 7). De ahí que fueran éstos, y no el común de los pecadores, quienes lo persiguieron hasta hacerlo morir. Jesús es signo de contradicción (2, 34) y todo su Evangelio es una constante ostentación de ella. En sólo S. Lucas podremos recorrer las siguientes pruebas, con inmenso provecho de nuestra alma: Cap. 1, vv. 31, 36, 52, 53; cap. 2, 7, 12 y 49; cap. 3, 23; cap. 4, 24 y 41; cap. 5, 32; cap. 6, 20 y 29; cap. 7, 9, 22, 28 y 47; cap. 8, 18, 21, 32, 37; cap. 9, 3, 13, 22, 24, 48 y 58; cap. 10, 4, 12, 15, 21, 24, 33 y 41; cap. 11, 23 y 52; cap. 12, 11, 22, 31, 40 y 51; cap. 13, 2, 19, 24 y 30; cap. 14, 8, 13, 24 y 26; cap. 15, 7 y 29; cap. 16, 8, 15 y 22; cap. 17, 6, 18 y 22; cap. 18, 8, 14, 17, 27 y 34; cap. 19, 5, 10, 17, 24 y 40; cap. 20, 8, 17 y 46; cap. 21, 3, 14, 16 y 33; cap. 22, 21, 26 y 27; cap. 23, 9, 12, 18, 28, 38, 43 y 47; cap. 24, 21 y 46.
28. Juan Bautisla es el último y el más grande de los profetas de la Antigua Alianza. Los verdaderos hijos de la Iglesia son superiores a él, siempre que tengan esa fe viva cuya falta tanto reprochaba Jesús a los mismos apóstoles; pues siendo hijos de Dios (Jn. 1, 12) forman el Cuerpo de Cristo (Ef. 1, 22). Son la Esposa, que es “una” con Él como nueva Eva con el nuevo Adán –en tanto que de Juan sólo se dice que es “amigo del Esposo” (Jn. 3, 29)–; se alimentan con su Carne y su Sangre redentora; reciben su Espíritu y esperan la vuelta del Esposo que los hará gloriosos como Él (Flp. 3, 20 s.). Justo es que a estos privilegios corresponda mayor responsabilidad. Cf. Hb. 6, 4 s.; 10, 26 ss.; Rm. 11, 20-22.
32. Alusión a un juego de niños. Jesús desenmascara la mala fe de los fariseos que, censurándolo a Él como falto de austeridad y amigo de pecadores, habían rechazado también al Bautista que predicaba la penitencia. Cf. Mt. 21, 25 ss.
33. Véase Mt. 3, 4; Mc. 1, 6.
35. Por todos sus hijos: La Sabiduría es el mismo Jesús (Sb. 7, 26; Pr. 8, 22 y notas). Los verdaderos hijos de la Sabiduría son movidos por el Espíritu de Dios (Rm. 8, 14) y con su vida recta dan testimonio de ella. En Mt. 11, 19 dice: “por sus obras”. Véase allí la nota.
37 s. Tan grande como el arrepentimiento era el perdón, y el amor que de éste procedía según el v. 47. Como observa. S. Jerónimo y muchos otros intérpretes, esta cena no es la de Betania (Mt. 26, 6 s.; Mc. 14, 3 ss.; Jn. 12, 1 ss.).
46. Cuando se trata de honrar a Dios no debemos ser avaros, y sólo hemos de cuidar que sea según Él quiere (cf. Is. 1, 11 y nota), y que el amor sea el único móvil y no la vanidad o el amor propio. Véase Jn. 12, 1-8.
47. Ama poco: Esta conclusión del Señor muestra que si la pecadora amó mucho es porque se le había perdonado mucho, y no a la inversa, como parecería deducirse de la primera parte del v. La iniciativa no parte del hombre, sino de Dios que obra misericordia (Sal. 58, 11; 78, 8; Denz. 187). S. Agustín confirma esto diciendo que al fatriseo no se le podía perdonar mucho porque él, creyéndose justo, a la inversa de Magdalena, pensaba deber poco. Y entonces, claro está que nunca podría llegar a amar mucho según lo enseñado por Jesús.
50. Véase 8, 48; 17, 19; 18, 42.
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LUCAS 8
2. Sólo Lucas relata esos nombres de las mujeres que acompañaban a Jesús. Saludemos en ellas a las primeras representantes del apostolado de la mujer en la Iglesia.
5 s. Véase Mt. 13, 1 ss. y el comentario que allí hacemos de esta importantísima parábola; Mc. 4, 1 ss.; Is. 6, 9 s.; Jn. 12, 40.
10. Véase Is. 6, 9 s.; Jn. 12, 40; Hch. 28, 26; Rm. 11, 8.
16. Mt. 5, 15. Vemos aquí cuán ociosa es la pregunta sobre si es necesario hacer alguna vez actos de fe. Ella ha de ser la vida del justo, según enseña San Pablo (Rm. 1, 17; Ga. 3, 11; Hb. 10, 38). Cf. Hab. 2, 4.
21. María es precisamente la primera que escucha la palabra de Dios y la guarda en su corazón (1, 45; 2, 19 y 51; 11, 28). Jesús muestra además que la vocación del apóstol está por encima de la voz de la sangre. Cf. 2, 49; Mt. 12, 46 s.; Mc. 3, 31 ss.
23. Véase Mt. 8, 23 ss.; Mc. 4, 35 s. Olvidado siempre de Sí mismo, el Verbo hecho hombre cae rendido de cansancio en la barca (cf. Jn. 4, 6). Con frecuencia pasaba la noche en el mar o al raso, donde no podía reclinar su cabeza. Cf. 9, 58; Mt. 8, 20; Fil. 2, 7.
26. Gergesa: en Mateo (8, 28): Gadara; en la Vulgata Gerasa, situada al Este del Mar de Galilea.
32. He aquí un ruego de demonios. Y Jesús lo escuchó. Era sin duda menos perverso que el que le hicieron los hombres en él v. 37.
33. El ahogarse la piara parece un castigo infligido a los propietarios de los cerdos, para quienes los sucios animales valían más que la presencia del bienhechor que había curado al endemoniado. Cf. Mt. 8, 28 s.; Mc. 5, 1 ss.
37. Es una oración que ruega a Jesús... ¡para que se vaya! Y es todo un pueblo el que así ruega, con tal de no arriesgar sus puercos. Cf. v. 32; 4, 31. Sobre el miedo que aleja de Cristo, véase Jn. 6, 21 y nota.
41. La fe del que era jefe de la sinagoga no es tan grande como la del centurión pagano. Éste creyó que la presencia de Jesús no era necesaria para hacer un milagro, mientras que Jairo insiste en que Jesús se presente personalmente. Cf. Mt. 9, 18 s.; Mc. 5, 22 s. Jesús nos muestra continuamente esas sorpresas para que no nos escandalicemos por nada. Cf. 10, 13-15 y 31-33; Mt. 15, 24-28; 21, 31; Jn. 16, 1-4.
51. Esta medida y la prohibición de hablar de lo sucedido (v. 56) tienen por objeto prevenir la indiscreción de la muchedumbre que habría estorbado la actividad apostólica del Señor y contribuido a aumentar la envidia y provocar inútilmente la persecución antes del tiempo señalado (cf. 4, 30; Jn. 8, 59). Así también a sus discípulos “corderos entre lobos”, les enseña Él la prudencia de la serpiente (Mt. 10, 16) que cuida de no exponer su cabeza a que la aplasten. Recuérdese las catacumbas donde los cristianos, para hacer el bien, tenían que ocultarse como si fuesen malhechores. Cf. 9, 21.
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LUCAS 9
3. En 22, 35 Él les muestra cómo nada les faltó a pesar de esto. Los apóstoles y sus sucesores deben dedicarse exclusivamente a la propagación del reino de Dios. Es la Providencia la que se encarga de sustentarlos (Mt. 6, 23). Cf. Mt. 10, 9 ss.; Mc. 6, 8 s.; 2 Tm. 2, 4 y nota.
4. El sentido es el mismo de 10, 7.
11. Véase Mt. 14, 13-21; Mc. 6, 33-46; Jn. 6, 1-13.
16. La multiplicación de los panes, efecto de la oración y bendición del Señor, es una figura del misterio eucarístico por el cual todos participamos de un mismo pan que es Cristo (1 Co. 10, 17), nuestro pan celestial (11, 3).
18 s. Véase Mt. 16, 13 ss.; Mc. 8, 27 ss. Estaba orando a solas: Basta saber que Jesús cultivaba la soledad, para comprender que es bueno hacer lo mismo, y que en ello se encuentra un tesoro. No solamente en su Cuaresma del desierto (Mt. 4, 1 ss.; Lc. 4, 1 s.), ni solamente antes de elegir sus discípulos, sino de un modo habitual buscaba la soledad del monte (Mt. 14; 23), o de la noche (Lc. 6, 12; Jn. 8, 1 s.), o de Getsemani, para ponerse en oración; y así nos enseña a que lo imitemos, exhortándonos a orar en la soledad, y en el secreto del aposento (Mt. 6, 5 s.). Todas las biografías de hombres de pensamiento nos muestran que amaron la soledad, el silencio, el campo y que allí concibieron sus más grandes ideas. ¿Cuánto más será así cuando no se trata de puros conceptos terrenales o ensueños de poetas, sino de la realidad toda interior que se pasa entre el alma y Dios? Cuando vemos un paisaje, o sentimos una emoción, o se nos ocurre alguna idea, quisiéramos compartirla con los amigos como un desahogo sentimental. El día que nuestra fe llegue a ser bastante viva para recordar que Jesús, junto con el Padre (Jn. 14, 23) y el Espíritu Santo (Jn. 14, 16), habita siempre en los corazones de los que creen (Ef. 3, 17) y que, por tanto, siempre la soledad es estar con Él como Él estaba con el Padre (Jn. 16, 32) pensando con Él (Jn. 8, 16) y viviendo de Él (Jn. 6, 57); entonces amaremos ese trato con Él real y durable, en conversación activísima y permanente; pues si se interrumpe puede reanudarse siempre al instante. Es allí donde Él nos indica las cosas de caridad y apostolado que Él quiere realicemos, sea por escrito o de obra o de palabra, cuando llegue el momento. “Nadie puede sin peligro aparecer, dice el Kempis, sino aquel que prefiera estar escondido”. Cf. Ct. 1, 8 y nota.
20. Cf. Mt. 16, 13 s. y notas. El Ungido o Mesías. Así también Mc. 8, 29. En Mt. 16, 16 se lee “el Hijo” de Dios, aunque algunos han leído como aquí ungido o “santo de Dios”.
21. Cf. 8, 51 y nota.
23. Jesús no dice, como el oráculo griego: “conócete a ti mismo”, sino: “niégate a ti mismo”. La explicación es muy clara. El pagano ignoraba el dogma de la caída original. Entonces decía lógicamente: analízate, a ver qué hay en ti de bueno y qué hay de malo. Jesús nos enseña simplemente a descalificamos a priori, por lo cual ese juicio previo del autoanálisis resulta harto inútil, dada la amplitud inmensa que tuvo y que conserva nuestra caída original. Ella nos corrompió y depravó nuestros instintos de tal manera, que San Pablo nos pudo decir con el Salmista: “Todo hombre es mentiroso” (Rm. 3, 4; Sal. 115, 2). Por lo cual el Profeta nos previene: “Perverso es el corazón de todos e impenetrable: ¿Quién podrá conocerlo?” (Jr. 17, 9). Y también: “Maldito el hombre que confía en el hombre” (ibid. 5). De Jesús sabemos que no se fiaba de los hombres, “porque los conocía a todos” (Jn. 2, 24; Mc. 8, 34 y nota).
24. Cf. Mt. 10, 39 y nota. Bien se explica, después del v. 23, este fracaso del que intenta lo que no es capaz de realizar. Véase 14, 33; Jn. 15, 5 y notas. Su vida se traduce también: su alma.
27. Véase San Mateo, 16, 28 y nota; San Marcos, 8, 39 [Nota: ¿no será Mc. 9,1?].
28 s. Véase Mt. 17, 1-8; Mc. 9, 2 s.
31. El éxodo: su muerte (cf. 2 Pe. 1, 15), como el nacimiento es llamado entrada en Hch. 13, 24 (cf. Sb. 3, 2; 7, 6). Jesús solía hablar de su partida y a veces los judíos pensaban que se iría a los gentiles (Jn. 7, 33-36; 8, 21 s.).
35. Escuchadle: Véase Mt. 17, 5; Mc. 9, 6 y nota. “Como si dijera: Yo no tengo más verdades que revelar, ni más cosas que manifestar. Que si antes hablaba, era prometiendo a Cristo; mas ahora el que me preguntase y quisiese que yo algo le revelase, sería en alguna manera pedirme otra vez a Cristo, y pedirme más verdades, que ya están dadas en Él” (S. Juan de la Cruz).
37 ss. Véase Mt. 18, 1-5; Mc. 9, 33 s.
41. Reprende a los discípulos por su falta de fe que les impidió hacer el milagro. Cf. Mc. 9, 29 y nota.
50. Véase Mc. 9, 39 y nota.
53. Los samaritanos y los judíos se odiaban mutuamente. Jesús, cuya mansedumbre contrasta con la cólera de los discípulos, les muestra en 10, 25 s.; 17, 18 y Jn. 4, 1 s. cómo hay muchos samaritanos mejores que los judíos.
60. Los muertos que entierran a sus muertos son los que absortos en las preocupaciones mundanas no tienen inteligencia del reino de Dios (cf. 1 Co. 2, 14). Ni este aspirante, ni los otros dos llegan a ser discípulos, porque les falta el espíritu de infancia y prefieren su propio criterio al de Jesús. Véase 2 Co. 10, 5.
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LUCAS 10
3. Véase Mt. 10, 16 y nota.
4. Ni saludéis: Los orientales son muy ceremoniosos y para ellos saludar equivale a detenerse y perder tiempo. Véase Mt. 10, 9 s. y nota.
5 s. Hijo de paz es aquel que está dispuesto a aceptar la palabra de Dios. Hermosa fórmula de saludo (v. 5), que debiéramos usar en la vida, como se la usa en la Liturgia. Cf. 1, 28; Mt. 10, 12 y notas.
12. El rechazo de los predicadores del Evangelio es para Jesús el peor de los agravios (Jn. 12, 47 s.).
13. El ¡ay! del Señor se ha cumplido de modo espantoso. Las ruinas de esas ciudades lo denuncian hasta hoy. Cf. 11, 21-23.
16. Véase Mt. 10, 40; Jn. 13, 20.
18. Sobre esta visión profética de Jesús véase Ap. 12, 9; Dn. 12, 1.
20. Están escritos en el cielo, “que, en buena teología, es como decir: Gozaos si están escritos vuestros nombres en el libro de la vida. Donde se entiende que no se debe el hombre gozar sino en ir camino de ella, que es hacer las obras en caridad; porque ¿qué aprovecha y qué vale delante de Dios lo que no es amor de Dios?” (S. Juan de la Cruz). Cf. Ap. 20, 15; 22, 19.
21. He aquí el gran misterio de la infancia espiritual, que difícilmente aceptamos, porque repugna, como incomprensible al orgullo de nuestra inteligencia. Por eso S. Pablo dice que la doctrina del Evangelio es escándalo y locura (1 Co. caps. 1-3). Cf. 11, 34 s. y nota; 18, 17; Mt. 11, 25 y nota; 18, 3 s.; 19, 17; 1 Co. 14, 20; 2 Co. 4, 3.
23 s. Véase Mt. 13, 16 s.
37. El doctor de la ley, orgulloso de su raza, que en el v. 29 parecía dispuesto a no reconocer como prójimos sino a sus compatriotas, se ve obligado a confesar aquí que aquel despreciado samaritano era más prójimo del judío en desgracia que el sacerdote y el levita del pueblo escogido. En ese judío herido se veía representado el doctor, y confesaba humillado que el extranjero a quien él no aceptaba como prójimo le había dado pruebas de serlo al portarse como tal, en contraste con la actitud de los otros dos judíos. Cf. Mt. 22, 34 ss.; Mc. 12, 28 ss. Dt. 6, 5; Lv. 19, 18.
38. La aldea es Betania, a tres Km. de Jerusalén. Jesús solía hospedarse allí en casa de estas hermanas de Lázaro.
42. Es éste otro de los puntos fundamentales de la Revelación cristiana, y harto dificil de comprender para el que no se hace pequeño. Dios no necesita de nosotros ni de nuestras obras, y éstas valen en proporción al amor que las inspira (1 Co. 13). Jesucristo es “el que habla” (Jn. 4, 26; 9, 37), y el primer homenaje que le debemos es escucharlo (Mt. 17, 5; Jn. 6, 29). Sólo así podremos luego servirlo dignamente (2 Tm. 3, 16).
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LUCAS 11
2 ss. Compárese esta versión de la Oración dominical con la de San Mateo, 6, 9-13 y notas. Santificado, etc.: Sobre el nombre de Dios, véase Ex. 3, 14 y nota; Sal. 134, 13; Lc. 1, 49. El P. Garrigou-Lagrange dice muy bien que toda la mística está en el Padrenuestro, por donde se ve que hablar de mística no ha de ser cosa rara ni excepcional entre los cristianos, pues que todos saben y rezan esa oración; a menos que la recitasen sólo con los labios y teniendo su corazón distante. Tal es lo que Jesús imputa a sus peores enemigos, los fariseos (Mt. 15, 8). Cualquier cristiano tiene así a su disposición toda la mística, pues lo más alto de esta vida consiste en ser, respecto a nuestro Padre divino, “todo enseñable”, como los niños pequeños. Este Padrenuestro breve que trae San Lucas, sintetiza en forma sumamente admirable esa actitud filial que, deseando toda la gloria para su Padre (cf. Lv. 22, 32), ansía que llegue su reino (para que en toda la tierra se haga su voluntad, como se dice en San Mateo), y entretanto le pide, para poder vivir en este exilio, el don de Jesús que es la vida (1 Jn. 5, 11 s.), “el pan de Dios que desciende del cielo y da la vida al mundo” (Jn. 6, 33 y 48).
4. Job fué puesto a prueba por Satanás con permiso de Dios, y Él lo sostuvo para que fuese fiel, con lo cual Job salió beneficiado de la prueba. Aquí, en cambio, la infinita delicadeza de Jesús nos enseña a pedir al Padre que nos ahorre esa prueba, y que para ello (como añade en Mt. 6, 13) nos libre del Maligno, a la inversa del caso de Job. Admiremos el amor que Jesús, nuestro Hermano Mayor, deja traslucir en esto, y recojamos la suavísima y enorme enseñanza sobre la estimación que Dios hace de la humildad y pequeñez, al punto que, el pedirle nos libre de las pruebas, confesando nuestra debilidad e incapacidad para sufrirlas, le agrada más que la presunción de querer sufrir como Job. Porque si así no fuese, nos habría enseñado Jesús a pedir pruebas. Compárese esto con el fracaso de Pedro cuando alardea de valiente (Jn. 13, 37 y nota). Inmenso y dichoso descubrimiento es éste de que Dios no se goza en vernos sufrir y de que prefiere vernos pequeños como niños a vernos heroicos y soberbios. Toda la espiritualidad de Santa Teresa de Lisieux está aquí.
5. Hemos fijado el verdadero sentido de esta compleja construcción semítica: el amigo importuno no es, en la parábola, uno de los oyentes de Jesús, que va a pedir a otro amigo, sino que es este otro quien viene a importunarlo a él. Jesús usa muchas veces esa fórmula: ¿Quién de vosotros no haría tal cosa?, lo cual es muy elocuente para que cada oyente se ponga en el caso y se examine en su corazón.
9. Véase el envidiable ejemplo de la cananea (Mc. 7, 28) en su fe que cree aún contra toda apariencia (Rm. 4, 18 ss.).
13. Dará el Espíritu Santo: Admirable revelación, que contiene todo el secreto de la vida espiritual. La diferencia entre nuestra actitud frente a Dios, y la que tenemos frente a todo legislador y juez, consiste en que a este último, o le obedecemos directamente, o incurrimos en el castigo, el cual no se perdona aunque nos arrepintamos. Con Dios, en cambio, no sólo sabemos que perdona al que se arrepiente de corazón, sino que podemos también decirle esta cosa asombrosa: “Padre, no soy capaz de cumplir tu Ley, porque soy malo, pero dame Tú mismo el buen espíritu, tu propio Espíritu, que Jesús nos prometió en tu nombre, y entonces no sólo te obedeceré, sino que el hacerlo me será fácil y alegre”. Tal oración, propia de la fe viva y de la infancia espiritual, es la que más glorifica al divino Padre, porque le da ocasión de desplegar misericordia; y su eficacia es infalible, pues que se funda en la promesa hecha aquí por Jesús.
19. Porque ellos también alardeaban de exorcizar y con tan poca suerte como se ve en Hch. 19, 13 ss.
28. Jesús no repite los elogios tributados a María, pero los confirma, mostrándonos que la grandeza de su madre viene ante todo de escuchar la Palabra de Dios y guardarla en su corazón (2, 19 y 51). “Si María no hubiera escuchado y observado la Palabra de Dios, su maternidad corporal no la habría hecho bienaventurada” (S. Crisóstomo). Cf. Mc. 3, 34 y nota.
29 s. Véase Jonás 2.
31. Alude a la reina de Sabá (Arabia) que visitó a Salomón, para ver su sabiduría (1 R. 10, 1; Mt. 12. 39-42; Mc. 8, 12). Estas referencias que hace Jesús a los que vanamente le piden milagros (cf. Jn. 6, 30; 12, 37), tienen por objeto mostrarles que su divina sabiduría basta y sobra para conquistarle, sin necesidad de milagros, la adhesión de cuantos no sean de corazón doble (Jn. 7, 17 y nota). Esta sabiduría de Jesús es la lámpara de que habla en el v. 33 ss., y que no debe ser soterrada por los indiferentes, ni escondida por los maestros, porque todos tenemos necesidad de ella para nosotros y para los demás.
34 ss. Nuestro ojo verá bien, y servirá para iluminar todo nuestro ser, esto es, para guiar toda nuestra conducta, si él a su vez es iluminado por esa luz de la sabiduría divina, que no está hecha para esconderse (v. 33). Esa sabiduría es la que está contenida en la Palabra de Dios, a la cual la misma Escritura llama antorcha para nuestros pies (Sal. 118, 105 y nota). Entonces, cuando nuestro ojo iluminado ilumine nuestro cuerpo, él alumbrará a los demás (v. 36). Así, pues, el candelero (v. 33) somos nosotros los llamados al apostolado. El v. 35 nos previene que cuidemos no tomar por luz, guía o maestro lo que no sea verdad comprobada: es decir, no entregarnos ciegamente al influjo ajeno. Cf. Mt. 7, 15; 1 Jn. 1, 4 y notas.
39 ss. Sobre la condenación del ritualismo farisaico y de su espíritu doble y falto de verdadera fe, véase el terrible discurso del Templo en Mt. 23, 1-36. Cf. Mc. 12, 38 s.; Lc. 20, 46 s.
40. El contenido: esto es, como observa Pirot, lo que está dentro de las copas y platos. Es una de las grandes luces que da Jesús sobre el valor de la limosna, concordando con 16, 9.
47 s. Pretenden no consentirlos (cf, Mt. 23, 29 ss.), pero lo harán obrando como ellos, según les anuncia en el v. 49.
49. En Mt. 23, 34 se ve que Jesús habla de Él mismo, que es la Sabiduría de Dios, y les vaticina lo que harán con sus discípulos.
51. Véase Mt. 23, 35; Gn. 4, 8; 2 Cro. 24, 20-22.
52. La llave del conocimiento de Dios es la Sagrada Escritura (S. Crisóstomo). Los escribas y fariseos que la interpretaban falsamente, o la reservaban para si mismos, son condenados como seductores de las almas. El pueblo tiene derecho a que se le predique la Palabra de Dios. En cuanto al conocimiento de la Sagrada Biblia por parte del pueblo, dice S. S. Pío XII en la reciente Encíclica “Divino Afflante”: “Favorezcan (los Obispos) y presten su auxilio a todas aquellas pías asociaciones, que tengan por fin editar, y difundir entre los fieles ejemplares impresos de las Sagradas Escrituras, principamente de los Evangelios, y procuren con todo empello que en las familias cristianas se tenga ordenada y santamente cotidiana lectura de ellas”.
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LUCAS 12
1 ss. Miles y miles del pueblo: Jesús no teme el escándalo saludable, y aprovecha esa enorme concurrencia para aleccionar públicamente a sus discípulos contra la hipocresía de los doctores y fariseos que acaba de enrostrar a estos mismos en pleno almuerzo (11, 37-54). Pero aquí hay un sentido especial. Ya no se trata sólo de guardarse contra la doctrina de los fariseos (Mt. 16, 6-12) y del daño que ellos les harán (Mt. 10, 17 s.), sino de guardarse de no caer ellos mismos en la hipocresía, contaminados por la contagiosa levadura de los fariseos (cf. Ga. 2, 13 s. y notas). Es decir, pues, que no sólo hemos de predicar y confesar la verdad en plena luz (8, 17), sino también saber que, aunque pretendiésemos usar de hipocresía, todo será descubierto finalmente (v. 3). No hemos pues de temer el decir la verdad (v. 4 s.) y el confesar a Cristo (v. 8) con todas sus paradojas y humillaciones (cf. 7, 23 y nota), pero sí temblar antes de deformar la doctrina por conveniencias mundanas, porque ésa es la blasfemia contra el Santo Espíritu, que no será perdonada (v. 10; Mt. 12, 32; Mc. 3, 28 s.). Nótese en cambio la asombrosa blandura de Jesús para las ofensas contra Él (v. 10). Véase Mc. 4, 22 y nota.
7. Nos parece éste uno de los pasajes en que más se descubre la ternura del corazón de Cristo para con nosotros. No piensa Él por cierto muy bien de los hombres (cf. Jn. 2, 24 y nota), pero nos ama, y por eso es que valemos para Él y para el Padre más que muchos pajarillos, aunque no lo merezcamos. Contar todos los cabellos de nuestra cabeza es un extremo de amoroso interés a que no llegaría la más cariñosa madre. ¿Dudaremos de estas palabras de Jesús porque son demasiado hermosas? ¿Qué dogma puede haber más digno de fe y más obligatorio que las propias palabras de Jesucristo?
11. Cf. 21, 14 y nota.
14. El Señor no se entromete en cosas temporales. De acuerdo con esta directiva, la Iglesia prohibe que sus ministros se mezclen en tales asuntos (2 Tm. 2, 4 y 1 Tm. 3, 8). “Con razón rehusa ajustar diferencias mundanas Él que había venido a revelar los secretos celestiales' (S. Ambrosio). Véase 20, 25 y nota; Jn. 18, 30. En las palabras Quién me ha constituido hay como un rccuerdo irónico de lo que ocurrió a Moisés cuando se rechazó su autoridad (Ex. 2, 14; Hch. 7, 27). Véase Hch. 3, 22 y nota. “¡Qué ocasión habría tenido aquí Jesús para intervenir como se lo pedían, si hubiera querido ganar influencia e imponer su reino en este mundo!” (cf. Jn. 6, 15; 18, 36; Mt. 11, 12).
21. Jesús condena el atesorar ambiciosamente (1 Tm. 6, 9); no la ordenada economía, como en 9, 17.
33s. Vended aquello que poseéis: no se trata aquí de la pobreza total, como en el caso del joven rico (18, 22). Ello no obstante, vemos que Jesús está hablando a la pequeña grey de sus predilectos que han de compartir su reino (22, 28-30). No es de extrañar, pues, que, sin perjuicio de mantener la situación en que la providencia del Padre ha colocado a cada uno y a su familia, les aconseje desprenderse de lo que pueda ser un tropiezo para la vida espiritual, para no poseer con ahínco ningún bien en que hayamos puesto el corazón (v. 34) y que sea entonces como un pequeño ídolo, rival de Dios.
37. Se pondrá a servirles: Jesús tiene derecho a que le creamos esta promesa inaudita, porque ya nos dijo que Él es nuestro sirviente (22, 27), y que no vino para ser servido, sino para servir (Mt. 20, 28). Por eso nos dice que entre nosotros el primero servirá a los demás (Mt. 20, 26 s.; Lc. 22, 26). En esto estriba sin duda el gran misterio escondido en la Escritura que dice “el mayor servirá al menor” (Gn. 25, 23; Rm. 9, 12). Jesús, aun después de resucitado, sirvió de cocinero a sus discípulos (Jn. 21, 9-12). Él, que desde Isaías se hizo anunciar como “el servidor de Yahvé” (Is. 42, 1 ss.; cf. Ez. 45, 22), quiere también reservarse, como cosa excelente y digna de Él, esa función de servidor nuestro. Y debemos creerle, porque hizo algo mucho más humillante que el servirnos y lavarnos los pies: se dejó escupir por los criados, y colgar desnudo entre criminales, “reputado como uno de ellos” (22, 37; Mc. 15, 28; Is. 53, 12). Vemos, pues, que la inmensidad de las promesas de Cristo, más aún que en la opulencia de darnos su misma realeza y ponernos a su mesa y sentarnos en tronos (Lc 22, 29 s.), está en el amor con que quiere ponerse Él mismo a servirnos. El que no ama no puede comprender semejantes cosas, según enseña S. Juan (1 Jn. 4, 8).
40. El ilustre Cardenal Newman comenta a este respecto: “Sí, el Cristo debe venir algún día tarde o temprano. Los espíritus del mundo se burlan hoy de nuestra falta de discernimiento; mas quien haya carecido de discernimiento triunfará entonces. ¿Y qué piensa el Cristo de la mofa de estos hombres de hoy? Nos pone en guardia expresamente, por su Apóstol, contra los burlones que dirán: “¿Dónde está la promesa de su venida?” (2 Pe. 3, 4). Preferiría ser de aquellos que, por amor a Cristo y faltos de ciencia, toman por señal de su venida algún espectáculo insólito en el cielo, cometa o meteoro, más bien que el hombre que por abundancia de ciencia y falta de amor, se ríe de este error”. Véase 24, 42-44; Mc. 12, 33 s.; 1 Ts. 5, 2; 2 Pe. 3, 10; Ap. 3, 3; 16, 5.
42 ss. Véase Mt. 24, 45-51; 25, 21; 1 Co. 4, 2; 1 Pe. 4, 10.
44. Lo colocará al frente de toda su hacienda. Comp. con el v. 37. Allí habla en plural y se dirige a todos. Aquí habla en singular como en Mt. 24, 47 y se dirige a Pedro, a quien había prometido las llaves del Reino (Mt. 16, 19).
45. “Abusa de su autoridad tanto más fácilmente cuanto que el amo tarda en venir, demora que él supone ha de prolongarse indefinidamente y que interpreta como una señal de que no volverá nunca (cf. 2 Pe. 3, 3-5)” Pirot.
46. “Seria inútil, dice Buzy, tratar de suavizar el castigo, entendiéndolo por ejemplo de una manera metafórica. Se trata aquí de una pena capital”. Es de notar cómo este pasaje, que muestra la tremenda responsabilidad de los que tienen cura de almas (v. 48) prueba al mismo tiempo, contra la opinión de ciertos disidentes, que el plan de Cristo comporta la existencia de pastores hasta que Él vuelva. Cf. Hch. 20, 17 y 18; 1 Tm. 4, 14; Prefacio de Apóstoles.
48. Al mayordomo (v. 41 s.) encarece Él especialmente esa continua espera de su venida (v. 35 ss.). Este recuerdo le librará de abusar como si él fuese el amo (v. 45 s.). Cf. 11, 45 s.; 1 Pe. 5, 1-4.
51 s. Cf. Mt. 10, 34 s. Ésta es la explicación y el consuelo para los que están en inevitable conflicto con familia o amigos por causa del Evangelio. Es necesario, dice S. Pablo, que la división muestre quiénes son aprobados por Dios (1 Co. 11, 19). Cf. 14, 26.
59. Lepte: moneda inferior a un centavo.
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LUCAS 13
1 ss. Como los amigos de Job, tenemos tendencia a pensar que los que reciben a nuestra vista grandes pruebas son los más culpables. Jesús rectifica esta presunción de penetrar los juicios divinos y de ver la paja en el ojo ajeno, mostrando una vez más, como lo bizo desde el principio de su predicación (Mc. 15, 1 y nota), que nadie puede creerse exento de pecado y por consiguiente que a todos es indispensable el arrepentimiento y la actitud de un corazón contrito delante de Dios.
3. El griego metanoeite es algo más que arrepentirse: pensar de otro modo. Equivale al “renunciarse”. Cf. 9, 23 y nota.
6. La higuera estéril es la Sinagoga. Jesús le consiguió del Padre, al cabo de tres años de predicación desoída, el último plazo para arrepentirse (v. 5), que puede identificarse con el llamado tiempo de los Hechos de los Apóstoles, durante el cual, no obstante el deicidio, Dios le renovó, por boca de Pedro y Pablo, todas las promesas antiguas. Desechada también esta predicación apostólica, perdió Israel su elección definitivamente y S. Pablo pudo revelar a los gentiles, con las llamadas Epístolas de la cautividad, la plenitud del Misterio de la Iglesia (Hch. 28, 28 y 31 y notas; Ef. 1, 1 ss. y notas). En sentido más amplio la higuera estéril es figura de todos los hombres que no dan los frutos de la fe, como se ve también en la Parábola de los talentos (Mt. 25, 14 ss.).
18 ss. Dijo entonces: Como observa Pirot, estas palabras (y las análogas del v. 20) vinculan lo que sigue con los vv. 15 ss., en que Jesús está reprochando a los fariseos su hipocresía que en 12, 1 llamó levadura. De ahí que algunos refieren a ellos estas dos parábolas, que Lucas trae aquí sueltas a diferencia de Mt. 13. El grano de mostaza (cf. Mt. 13, 31 s.; Mc. 4, 32) que puede también representar la técnica de la pequeñez, según la cual Dios bendice lo que comienza humildemente como empezaron los apóstoles, se refiere a la planta brassica nigra que, como la cizaña, es una plaga por su crecimiento excesivo. En tal caso los pájaros (v. 19) serían semejantes a los de Mt. 13, 4 y nota. Sobre la levadura cf. Mt. 13, 33 y nota.
24. Como observan algunos exegetas, estas palabras de Jesús ni parecen las mismas de Mt. 7, 13, donde no se habla de esforzarse y se trata más bien de un pasaje que de una puerta. La imagen es sumamente gráfica, pues hace comprender que, así como nos esforzamos por hacernos pequeños para poder pasar por una portezuela en que no caben los grandes, así hemos de luchar por hacernos pequeños para poder entrar en ese reino que está exclusivamente reservado a los que se hacen niños según lo dice Jesús. Cf. 10, 21; Mt. 18, 1-4; Mc. 10, 15.
26. Enseñaste en nuestras Plazas: En el v. 27. Él insiste en decir que no los conoce. Además, escrito está que “nadie oirá su voz en las plazas”, porque Él no será turbulento (cf. Mt. 12, 19 y nota). Si ellos escucharon, pues, fué a otros, como se lo anunció Jesús (Jn. 5, 43 y nota); a otros que no buscaban la gloria del que los envió, sino la propia gloria (Jn. 7, 18 y nota), por lo cual no podían tener fe (Jn. 5, 44 y nota). Ésos no eran por tanto, los verdaderos discípulos a quienes Él dijo: “Quien a vosotros escucha, a Mí me escuda” (Lc. 10, 16), sino los falsos profetas sobre los cuales tanto había prevenido Él. Cf. Mt. 7,15 y nota.
27. Véase Mt. 15, 8, citando a Is. 29, 13. Mt. 7, 23; 25, 41. Condena Jesús anticipadamente a aquellos cristianos que se contentan con el solo nombre de tales y con la vinculación exterior a la Iglesia.
33. Ni los fariseos, ni Herodes logran intimidarlo. Él va a morir libremente cuando haya llegado tu hora. Cuando ésta llega, lo vemos con sublime empeño “adelantarse” hacia Jerusalén, sin que nada ni nadie pueda detenerlo. Véase 9, 5; 18, 31; 19, 28. S. Pablo lo imitará. Cf. Hch. 21, 4.
34. Jesús está hablando en singular con Jerusalén. El plural que usa luego alude sin duda a los jefes de la Sinagoga. Cf. Mt. 23, 37.
35. En Mt. 23, 39 el Señor pronuncia este mismo vaticinio del Sal. 117, 26, al terminar su último gran discurso en el Templo. Véase allí la nota.
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LUCAS 14
7 ss. El humilde huye de los primeros puestos como por instinto, porque sabe que esto agrada al Padre Celestial. “al hombre según el Corazón de Dios, hace siempre lo que Él quiere; une su corazón al Corazón de Dios; une su alma al Espíritu Santo; quiere lo que Dios quiere, y no quiere lo que Él no quiere” (S. Crisóstomo).
10. Véase Pr. 25, 6 s.; Mt. 23, 12; Lc. 1; 52; 18, 14; 1 Pe. 5, 5.
14. La resurrección de los justos: Cf. 20, 35; Jn. 5, 25 ss.; 6, 39 s.; 11, 25 ss.; Ap. 20, 6; 1 Co. 15, 22 s.; 15, 51 ss. (texto griego); 1 Ts. 4, 16; Flp. 3, 11; Hch. 4, 2; 24, 15.
16. En la presente parábola el que convida es el Padre Celestial, la cena es figura del reino de Dios. Los primeros convidados son los hijos de Israel, que, por no aceptar la invitación, son reemplazados por los pueblos paganos. Véase Mt. 22, 2-14.
17. Jesús, siervo de Yahvé (Is. 42, 1 s.), se retrata aquí admirablemente como tal y muestra que venía a la hora del festín, es decir, cuando todo estaba dispuesto para el cumplimiento de las profecías (cf. Rm. 15, 8; Jn. 18, 36 s.). Bien sabía Él que lo iban a rechazar y por eso anuncia (v. 23 s.) la entrada del nuevo pueblo de que habla Santiago en Hch. 15, 13 ss. Cf. Is. 35, 5 y nota.
25. Los proselitistas humanos hallarían muy sorprendente esta política de Jesús: Cuando inmensas multitudes lo siguen (cf. 12, 1) Él, en lugar de atraerlas con promesas, como suele hacerse, pone en el más fuerte aprieto la sinceridad de su adhesión (véase 9, 57 ss.). Con ello nos da una de las grandes muestras de su divina verdad. Cf. 12, 22 y nota.
26. Quiere decir simplemente que en el orden de los valores Jesús ocupa el primer lugar, aun frente a los padres. Nótese que, si bien el honrar padre y madre es un gran mandamiento del mismo Dios, Jesús se declara Él mismo instrumento de discordia en las familias (véase 12, 51 y nota), y nos previene que los enemigos estarán en la propia casa (Mt. 10, 34 s.), donde el ambiente mundano o farisaico se burlará de los discípulos como lo hacían del Maestro sus propios parientes. Cf. Mc. 3, 21; Jn. 7, 3-5 y notas.
27. Cf. 9, 23; Mt. 10, 38; 16, 24; Mc. 8, 34; Ga. 6, 14.
33. Es notable que la conclusión de Jesús no nos habla de aumentar nuestros recursos propios, como parecería deducirse de la parábola. Es para enseñarnos que Satanás será siempre más fuerte que nosotros, si pretendemos combatirlo con las armas nuestras (cf. 9, 24 y nota) y sin el auxilio que el mismo Dios nos da por la gracia (1 Pe. 5, 8 s.). Cf. 9, 24; Mt. 10, 39; Jn. 15, 5 y notas.
34 s. La sal, símbolo de la sabiduría sobrenatural, representa a los que han de difundirla en nombre de Jesús. Si ellos pierden la buena doctrina, se hacen despreciables ante Dios como el estiércol. La corrupción de la grey, dicen S. Jerónimo y S. Ambrosio, será siempre el síntoma de que los ministros del Evangelio se han desvirtuado. Cf. 11, 52 y nota.
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LUCAS 15
4. Empiezan aquí las tres parábolas llamadas de la misericordia, en que Jesús nos muestra, como una característica del Corazón de su Padre, la predilección con que su amor se inclina hacia los más necesitados, contrastando con la mezquindad humana, que busca siempre a los triunfadores.
8. La dracma equivale a un peso argentino.
10. Si para nuestro corazón, tan pobre, es un gozo incomparable presenciar la conversión de un amigo que había perdido la fe, ¿qué será esa alegría de los ángeles, que hallan corta la eternidad para alabar y querer y bendecir y agradecer?
11. La parábola del hijo pródigo es sin duda una de las más bellas y trascendentales revelaciones del Corazón misericordioso del Padre celestial. Todos somos hijos pródigos, pecadores. En la primera parte describe Jesús la separación de Dios por parte del hombre; en la segunda, la vuelta del pecador a Dios; en la tercera, el recibimiento del pecador por parte del Padre. Algunos expositores antiguos y modernos refieren la parábola a la vocación de los gentiles, figurando el hijo menor a éstos, y el mayor, a los judíos. Falta, empero, el elemento esencial, pues ni Israel pudo llamarse fiel como el hijo mayor, ni puede decirse que hubiese en la gentilidad un alejamiento y una vuelta al hogar, pues nunca había estado en él (Ef. 2, 12; cf. Is. 54, 1 y nota). La enseñanza de esta parábola es, pues, eminentemente íntima e individual como en 5, 32 y en la perícopa de Jn. 8, 1-11 (que según Joüon y otros corresponde también a Lucas. Cf. 21, 38 y nota). Véase el comentario al v. 28 y los vv. 1-3, que muestran claramente la ocasión en que Jesús habló y lo que quiso enseñar. Darle un sentido histórico sería desviar la atención de su inmenso significado espiritual, infalible para convertir a cualquier pecador que no esté perdido por la soberbia. Cf. Jn. 6, 37; Sant. 4, 6; 1 Pe. 5, 5.
19. Hazme como uno de tus jornaleros: Notemos que esto se propone decirlo el hijo, y es una prueba de la humildad necesaria en la conversión. Pero cuando está ante el padre, ya no alcanza a decir esas palabras (v. 21), porque éste se lo impide con el estallido de su amor generoso (v. 22). ¡Qué bien predica aquí el “misionero” Jesús, para hacernos comprender lo que es el Corazón de “su Padre y nuestro Padre”! (Jn. 20, 17). Él no impone su santo Espíritu; pero, apenas lo deseamos, nos lo prodiga (Lc. 11, 13 y nota), junto con su perdón y sus favores, como si el beneficiado fuera Él. Quien descubre así lo que es Dios –como lo habrá sentido Abrahán cuando el ángel le detuvo el brazo en el sacrificio de Isaac– ¿qué podrá ya pedir o esperar del mundo?
20. Cuando estaba todavía lejos: Jesús revela aquí los más íntimos sentimientos de su divino Padre que, lejos de rechazarnos y mirarnos con rigor a causa de nuestras miserias y pecados, nos sale a buscar cuando estamos todavía lejos. Notemos que si Adán se escondió después del pecado (Gn. 3, 8 s.) fué porque no creyó que Dios fuese bastante bueno para perdonarlo. Es decir que el disimulo y el miedo vienen de no confiar en Dios como Padre. Por donde vemos que la desconfianza es mucho peor que el pecado mismo, pues a éste lo perdona Dios fácilmente, en tanto que aquélla impide el perdón y, al quitarnos la esperanza de conseguirlo, nos aparta de la contrición, arrastrándonos a nuevos pecados, hasta el sumo e irremediablc pecado de la desesperación, que es el característico de Caín (Gn. 4, 3), de Judas (Mt. 27, 3-5) y del mismo Satanás. También la mentira viene de la desconfianza, pues si creyéramos en la bondad de Dios, que nos perdona lisa y llanamente, total y gratuitamente, no recurriríamos a buscar excusas por nuestros pecados, ni nos sería doloroso, sino al contrario, muy grato, declararnos culpables para sentir la incomparable dulzura del perdón (véase Sal. 50, 10 y nota). El que duda de ser perdonado por sus faltas, ofende a Dios mucho más que con esas faltas porque lo está tratando de falso, ya que ese divino Padre ha prometido mil veces el perdón, haciéndonos saber que “Él es bueno con los desagradecidos y malos” (6, 35). Hay en esto también una enseñanza definitiva dada a los padres de familia, para que imiten más que nadie, en el trato con sus hijos, la misericordia del Padre Celestial (cf. 6, 36 y nota), y sepan que los inducen a la mentira, más que a la contrición, si usan un rigor inexorable que les haga dudar de su perdón.
28. El hijo mayor, que no podía comprender la conducta del padre para con el menor, viene a estar más lejos de Dios que su hermano arrepentido. Él es imagen de quienes, creyéndose usufructuarios exclusivos del reino de Dios, se sienten ofendidos cuando Dios es más misericordioso que ellos. Por eso el hijo “justo” recibe una reconvención, mientras su hermano pecador goza de la dicha de ser acogido festivamente por su padre y, al sentirse perdonado, crece en el amor (véase 7, 47). Nótese que esta parábola fué dirigida a los fariseos, como se ve en los vers. 1-3.
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LUCAS 16
6. El barril corresponde al bat hebreo = 36,4 litros.
7. Cien medidas hebreas son 364 hectólitros.
8. Los hijos de la luz son los hijos del reino de Dios. Jesús no alaba las malas prácticas del administrador, sino la habilidad en salvar su existencia. Como el administrador asegura su porvenir, así nosotros podemos “atesorar riquezas en el cielo” (Mt. 6, 20) y no hemos de ser menos previsores que él. Aun las “riquezas de iniquidad” han de ser utilizadas para tal fin. Es de notar que no se trata de un simple individuo sino de un mayordomo y que las liberalidades con que se salvó no fueron a costa de sus bienes propios sino a costa de su amo, que es rico y bueno. ¿No hay aquí una enseñanza también para los pastores, de predicar la bondad y la misericordia de Dios, que viene de su amor (Ef. 2, 4), guardándose de “colocar pesadas cargas sobre los hombros de los demás?” (Mt. 23, 4). Cf. Jr. 23, 33-40 y nota; Cat. Rm. III 2, 36; IV, 9, 7 ss.
9. Enseñanza concordante con la de 11, 40.
10. En lo muy poco: He aquí una promesa, llena de indecible suavidad, porque todos nos animamos a hacer lo muy poco, si es que queremos. Y Él promete que este poquísimo se convertirá en mucho, como diciendo: No le importa a mi Padre la cantidad de lo que hacéis, sino el espíritu con que obráis (cf. Pr. 4, 23). Si sabéis ser niños, y os contentáis con ser pequeños (cf. Mt. 18, 1 s.), Él se encargará de haceros gigantes, puesto que la santidad es un don de su Espíritu (1 Ts. 4, 8 y nota). De aquí sacó Teresa de Lisieux su técnica de preferir y recomendar las virtudes pequeñas más que las “grandes” en las cuales fácilmente se infiltra, o la falaz presunción, como dice el Kempis, que luego falla como la de Pedro (Jn. 13, 37 s.), o la satisfacción venosa del amor propio, como en el fariseo que Jesús nos presenta (18, 9 ss.), cuya soberbia, notémoslo bien, no consistía en cosas temporales, riquezas o mando, sino en el orden espiritual, en pretender que poseía virtudes.
12. Lo ajeno son los bienes temporales, pues pertenecen a Dios que los creó (Sal. 23, 1 ss.; 49, 12), y los tenemos solamente en préstamo; porque Él, al dárnoslos, no se desprendió de su dominio, y nos los dió para que con ellos nos ganásemos lo nuestro, es decir, los espirituales y eternos (v. 9), únicos que el Padre celestial nos entrega como propios. Para la adquisición de esta fortuna nuestra, influye grandemente, como aquí enseña Jesús, el empleo que hacemos de aquel préstamo ajeno.
15. Abominable. “Tumba del humanismo” ha sido llamada esta sentencia de irreparable divorcio entre Cristo y los valores mundanos. Cf. 1 Co. caps. 1-3.
16. El Mesías-Rey vino a lo propio, “y los suyos no lo recibieron” (Jn. 1, 11). Su realeza fué apenas reconocida por un instante, el día de su entrada triunfal en Jerusalén (véanse las aclamaciones del pueblo en 19, 38; Mt. 21, 9; Mc. 11, 10; Jn. 12, 13). Algunos han interpretado metafóricamente el pasaje paralelo de Mt. 11, 12, en el sentido de que, para conquistar el Reino, hemos de hacer violencia a Dios con la confianza: y otros, que hemos de violentar nuestras malas inclinaciones. El contexto de ambos Evangelios muestra que el Señor no trata aquí de doctrina sino de profecía. Además, si este pasaje tuviera un sentido metafórico, nunca habría dicho que todos hacían violencia para entrar al Reino de los cielos, ya que desgraciadamente sucedía todo lo con trario con el rechazo de Cristo. Cf. 17, 20 ss.; Mt. 17, 10 s.; Is. 35, 5 y notas.
18. El divorcio es, pues, contrario a la ley de Dios, aunque fuera aprobado en un país por la unanimidad de los legisladores. Véase Mt. 5, 32; Mc. 10, 11 s., 1 Co. 7, 10.
21. Después de rico la Vulgata añade: y nadie le daba. Es una inserción proveniente de 15, 16.
25. Recibiste tus bienes: es decir, el que sólo aspira a la felicidad temporal ya tuvo lo que deseaba, como enseña Jesús (6, 24; 18, 22 y nota; Mt. 6, 2; 5, 16), y no puede pretender lo eterno, pues no lo quiso. Véase también Mt. 10, 39; 2 Pe. 2, 13 y notas.
26. Cf. Mc. 9, 43; Is. 66, 24.
31. Solemos pensar que la vista de un milagro sería suficiente para producir una conversión absoluta. Jesús muestra aquí que ésta es una ilusión (cf. Jn. 23 s.) y que la conversión viene de la Palabra de Dios escuchada con rectitud (Mt. 13, 1 ss.). La fe, dice S. Pablo, viene del oír (Rm. 10, 17).
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LUCAS 17
1. Véase Mt. 18, 7; Mc. 9, 41.
4. Siete veces en un día quiere decir: muchísimas veces, siempre. En Mateo (18, 22) dice el Señor: setenta veces siete. Dios nos da el ejemplo en 6, 35 s. Cf. 15, 21; Jn. 8, 1-11.
5 s. Los discípulos piden un aumento como quien ya tiene algo de fe. Jesús los desilusiona sobre eso que creen tener. Véase Mt. 17, 20; 21, 21; Mc. 11, 23.
10. “Entregarse todo entero y considerarse siervo inútil es una cosa preciosa para el hombre espiritual. Porque el que lo ha hecho es el que descubre fácilmente cuán mal sabe hacerlo. Y como desea hacerlo cada vez más, pues ha encontrado en ello su reposo, vive pidiendo al Padre que le enseñe a entregarse, comprendiendo que todo cuanto pueda hacer en ese sentido es también obra de la gratuita misericordia de ese Dios cuyo Hijo vino a buscar pecadores y no justos, y sin el cual nada podemos. De ahí que al hombre espiritual ni siquiera se le ocurre pensar –como lo hace el hombre natural– que es dura e injusta esa palabra de Jesús al decir que nos llamemos siervos inútiles, pues el espiritual se da cuenta de que ser así, inútil, no sólo es una enorme verdad que en vano se pretendería negar, sino que es también lo que más le conviene para su ventaja, pues a los hambrientos Dios lo llena de bienes, en tanto que si él fuera rico espiritualmente (o mejor: si pretendiera serio) sería despedido sin nada, como enseña María (Lc. 1, 53). Vemos, pues, que en esto de ser siervo inútil está, no una censura o reproche de Jesús, sino todo lo contrario: nada menos que la bienaventuranza de los pobres en el espíritu (Mt. 5, 3 y nota). Así es la suavidad inefable del Corazón de Cristo: cuando parece exigirnos algo, en realidad nos está regalando. Y bien se entiende esto, pues a Él ¿qué le importaría que hiciéramos tal cosa o tal otra, si no buscara nuestro bien... hasta con su Sangre? De ahí que la característica del hombre espiritual sea ésta: se sabe amado de Dios y por eso no se le ocurre suponerle intenciones crueles, aunque Él a veces disimule su bondad bajo un tono que nos parece severo, como al niño cuando el padre lo manda a dormir la siesta. Porque Él nos dice que no piensa en obligarnos sino en darnos paz (Jr. 29, 11)”. Sobre la diferencia entre el hombre espiritual y el que no lo es, véase 1 Co. 2, 10 y 14.
18. Gloria a Dios: Una vez más hace resaltar Jesús que la gloria de Dios consiste en el reconocimiento de sus beneficios. La alabanza más repetida en toda la Escritura dice: “Alabad al Señor porque es bueno, porque su misericordia permanece para siempre” (Sal. 135, 1 ss. etc.). Sobre el “extranjero”, véase 9, 53 y nota.
20 s. Jesús se presentó en la humildad para probar la fe de Israel; pero las profecías, como también los milagros, mostraban que era el Mesías. Cf. 16, 16 y nota. Como observan el P. de la Briére y muchos otros, el sentido no puede ser que el reino está dentro de sus almas, pues Jesús está hablando con los fariseos.
24. Ahora Jesús habla con los discípulos y alude a su segunda venida, que será bien notoria como el relámpago (Mt. 24, 23; Mc. 13, 21; Ap. 1, 7). Antes de este acontecimiento se presentarán muchos falsos profetas y será general el descreimiento y la burla como en tiempos de Noé y de Lot (Gn. 7, 7; 19, 25; 2 Pe. 3, 3 ss.). No cabe duda de que nuestros tiempos se parecen en muchos puntos a lo predicho por el Señor. Cf. 18, 8 y nota.
26. Véase Gn. 7, 7; S. Mt. 24, 37.
29. Véase Gn. 19, 15-24.
32. Estas palabras nos muestran que si la mujer de Lot (Gn. 19, 26) se convirtió en estatua (el hebreo dice columna) de sal, no fué por causa de curiosidad, sino de su apego a la ciudad maldita. En vez de mirar contenta hacia el nuevo destino que la bondad de Dios le deparaba y agradecer gozosa el privilegio de huir de Sodoma castigada por sus iniquidades, volvió a ella los ojos con añoranza, mostrando la verdad de la palabra de Jesús. “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt. 6, 21). La mujer deseaba a Sodoma, y Dios le dió lo que deseaba, convirtiéndola en un pedazo de la misma ciudad que se había vuelto un mar de sal: el Mar Muerto. Con el mismo criterio dice Jesús de los que buscan el aplauso: “Ya tuvieron su paga” (Mt. 6, 2, 5 y 16). Y al rico epulón: “Ya tuviste tus bienes” (16, 25). Es decir, tuvieron lo que deseaban y no desearon otra cosa; luego no tienen otra cosa qué esperar, pues Dios da a los que desean, a los hambrientos, según dice María, en tanto que a los hartos deja vacíos (1, 53; cf. Sal. 80, 11 y nota).
33 s. Véase 9, 24; Mt. 10, 39; Mc. 8. 35: Jn. 12, 25; Mt. 24, 40 s.; 1 Ts. 4, 15.
36. Este versículo falta en los mejores códices.
37. Cuerpo y cadáver son dos voces parecidas en griego. Ambas se encuentran en las variantes. Véase Mt. 24, 28, donde el Señor aplica esta expresión a la rapidez y al carácter visible de su segunda venida. Cf. v. 24 y nota.
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LUCAS 18
7. Cf. Sal. 93, 1 s.; Is. 63, 4; Rm. 8, 33; 2 Ts. 1, 6; Ap. 6, 10.
8. ¿Hallará la fe sobre la tierra? Véase 17, 23 s. y nota. Obliga a una detenida meditación este impresionante anuncio que hace Cristo, no obstante haber prometido su asistencia a la Iglesia hasta la consumación del siglo. Es el gran misterio que S. Pablo llama de iniquidad y de apostasía (2 Ts. 2) y que el mismo Señor describe muchas veces, principalmente en su gran discurso escatológico. Cf. Mt. 13, 24, 33, 47 s. y notas.
9 ss. Su propia justicia: Véase Mt. 6, 33 y nota. Para los oyentes el fariseo era modelo de devoción; el publicano, de maldad. Dios mira si halla en el corazón la buena intención, la humildad, el arrepentimiento. Por lo cual el publicano arrepentido fué perdonado, y el fariseo, en cambio, agregó a sus pecados uno nuevo, el de la soberbia, que se atribuye a sí misma el mérito de las buenas obras y se cree mejor que el prójimo. Cf. 17, 10.
14. Bajó justificado: Aquí como en 7, 47 y en 15, 20, enseña Jesús el inmenso valor de la contrición perfecta. Cf. Sal. 50 y notas.
15. Nótese la elocuencia que tiene este pasaje en contraste con el de los fariseos (vv. 9 s.).
17. Véase Mt. 19, 14; Mc. 10, 15. Cf. 10, 21 y nota.
22. Todo el que quiere seguir el camino del reino de Dios (v. 25 y nota) ha de evitar “los abrojos” que impiden aprovechar el mensaje salvador de Jesús (Mt. 13, 22), y, sin dejar, de usar los bienes que el mismo Dios le promete por añadidura (12, 31) y abundantemente (1 Tm. 6, 17; Sal. 127), deberá huir del afán de enriquecimiento (1 Tm. 6, 9 s.), y no poner el corazón en las riquezas (Sal. 61, 11 y nota) so pena de tener en eso “su” recompensa (16, 25 y nota; 12, 15-34). Pero aquí se trata de un llamado particular a dejarlo todo y seguir con Él como los apóstoles, aprovechando sus privilegiadas promesas (v. 28 s.; 22, 28 ss.; Flp. 3, 7-11; 2 Tm. 2, 4). Es una primogenitura a la cual el dignatario prefirió las lentejas (Hb. 12, 16). Véase 5, 39 y nota. Según Mc. 10, 21, “Jesús lo miró con amor”. Pero él, por mirarse a si mismo, no supo mirar a Jesús (Hb. 12, 2). El juicio en cada caso se lo reserva Dios según el v. 27.
24 s. Jesús no quiere decir aquí que Dios no dejará al rico entrar en su Reino, sino que el corazón del rico no se interesará por desearlo, pues estará ocupado por otro amor y entonces no querrá tomar el camino que conduce al Reino. En Si. 31, 8 ss., se dice que hizo una maravilla el rico que, pudiendo pecar, no pecó.
27. Cf. v. 22 y nota; Mt. 19, 16-29; Mc. 10, 17-30 y notas; Rm. 9, 15; 11, 6.
30. Muchas veces: S. Mt. (19, 27 s.) y S. Marcos (10, 30 s.) dicen el céntuplo. Cf. las notas.
32. Será entregado: Este es, como dice Santo Tomás, el significado del Salmo pronunciado por Jesús en la Cruz (cf. Sal. 21, 1 y nota), es decir, el abandono de Jesús en manos de sus verdugos, y no significa que el Padre lo hubiese abandonado espiritualmente, puesto que Jesús nos hizo saber ene el Padre siempre está con Él (Jn. 8, 29). Un ilustre predicador hace notar cómo Jesús recurría a los grandes milagros para confirmar sus palabras cada vez que anunciaba que según las profecías había de morir. Cf. v. 35 ss.
34. No entendieron: Es que todo Israel esperaba al Mesías triunfante tan anunciado por los Profetas, y el misterio de Cristo doliente estaba oculto aun a las almas escogidas (cf. 1, 55 y nota). De ahí el gran escándalo de todos los discípulos ante la Cruz. Fué necesario que el mismo Jesús, ya resucitado, les abriese el entendimiento para que comprendieran las Escrituras, las cuales guardaban escondido en “Moisés, los Profetas y los Salmos” (24, 44 s.) ese anuncio de que el Mesías Rey sería rechazado por su pueblo antes de realizar los vaticinios gloriosos sobre su triunfo. Hoy, gracias a la luz del Nuevo Testamento (cf. Hch. 3, 22 notas), podemos ver con claridad ese doble misterio de Cristo doloroso en su primera venida, triunfante en la segunda, y comprendemos también el significado de las figuras dolorosas del Antiguo Testamento, la inmolación de Abel, de Isaac, del Cordero pascual, cuyo significado permanece aún velado para los judíos (2 Co. 3, 14-16) hasta el día de su conversión (Rm. 11, 25 s.).
38. Cf. Mt. 20, 29-34; Mc. 10, 46-52. Llamando a Jesús “Hijo de David” confiesa el ciego que Jesús es el Mesías. De ahí la respuesta del Señor: “Tu fe te ha salvado” (v. 42). El ciego es una figura del pecador que se convierte pidiendo a Dics la luz de la gracia. “Quienquiera llegue a conocer que le falta la luz de la eternidad, llame con todas sus voces diciendo: Jesús, hijo de David, ten piedad de mí” (San Gregorio). Cf. Sant. 1, 5 ss.
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LUCAS 19
3. Era pequeño: detalle que parece puesto como un símbolo de la humildad y confianza que le valieron a este pecador tan dichosa suerte.
5. Todo el que tiene interés por descubrir la verdad, encuentra, como Zaqueo la higuera que le haga ver a Jesús. Cf. Sb. 6, 14 ss.; Jn. 6, 37.
11. Manifestado en seguida: El evangelista anticipa esta observación para señalar el carácter escatológico de la parábola de las minas. Cf. v. 38; 18, 34 y nota.
13. Una mina, equivale a 750 gramos más o menos.
14. No queremos que ése reine sobre nosotros. Nótese la diferencia entre estas palabras y el grito del Pretorio: “No tenemos otro rey que el César” (Jn. 19, 15), con el cual suele confundirse. Ese grito fué pronunciado por los Pontífices de Israel al rechazar a Cristo en su primera venida, en tanto que esta parábola se refiere a la segunda venida de Cristo.
15. Trátase aquí de la segunda venida de Jesús para el juicio (v. 12). Hay en esta parábola un elemento nuevo, que no figura en la de los talentos (Mt. 25, 14 s.), si bien ambas acentúan la responsabilidad por los dones naturales y sobrenaturales. El siervo que guardaba la mina en un pañuelo, somos nosotros si no hacemos fructificar los dones de Dios.
21 s. Precisamente proque pensaba el siervo que el rey era severo, tenía que trabajar con su don. Jesús recrimina aquí a los que piensan mal de Dios, mostrándonos que éstos nunca podrán servirle, por falta de amor. Véase 17, 32 y nota; Jn. 14, 23 s.
23. Es notable que Jesús no le dijese ¿por qué no lo trabajaste? – sino que le hablase de desprenderse del capital para entregarlo al banco. Él sabe que sin amor y confianza no puede trabajaste con eficacia, y nos señala en cambio la obligación de no retener responsabilidades si no hemos de hacerles frente. Cf. Sb. 6, 6; Sal. 81, 4; Si. 7, 4 y notas.
27. Alude a los del v. 14. Es éste un episodio que distingue la presente parábola de la de los talentos. Otros elementos diferenciales de ambas, están en el objeto del viaje del Señor (vv. 12 y 15) y en el carácter de la retribución (v. 17 s.).
29 s. Véase Mt. 21, 1 ss.; Mc. 11, 1 s.; Jn. 12, 12 ss. Batfagé y Betania: dos pequeñas aldeas a unos dos y tres kms. al este de Jerusalén.
34. El Señor lo necesita: como hace notar un tratadista de vida espiritual, estas palabras no están puestas sin profunda intención. ¡Jesús necesita de un borriquillo! No se dice en cambio que necesitase, de los reyes, ni de los sabios. Felices los que, por ser pequeños, merecen ser elegidos por Él, como María (Lc. 1, 48 s.), para recibir el llamado de la sabiduría (Pr. 9, 4) o la revelación de los secretos de Dios (Lc. 10, 21); para confundir a los sabios y a los fuertes (1 Co. 1, 27); para servir de instrumento a la gloria del Rey, como este borriquillo del Domingo de Ramos; o de instrumento a su caridad apostólica, como aquella escoba que sirvió para barrer la casa y encontrar la dracma perdida (Lc. 15, 8).
36 ss. Con motivo de la fiesta de Pascua se había reunido enorme multitud en Jerusalén y sus alrededores, aprovechando la ocasión de ver a Jesús y aclamarle como Mesías Rey (v. 38).
39. Nótese la perfidia farisaica y el odio. Estos que le llamaron endemoniado, y que le ven hoy triunfante, no vacilan en llamarle ahora Maestro, con tal de conseguir que Él no triunfe. Creían que la humildad de Jesús haría cesar la inmensa aclamación de toda Jerusalén como había hecho tantas otras veces al prohibir que se hablara de sus milagros. Ignoraban que ese triunfo, aunque tan breve, del Rey de Israel anunciado por los profetas, estaba en el plan de Dios para dejar constancia de su público reconocimiento por aquellos que a instancia de la Sinagoga habían de rechazarlo luego. El humilde Jesús responde esta vez lleno de majestad. Algunos consideran que éste es el día en que comenzó a cumplirse la profecía de Daniel (9, 25), porque señaló la grande y única solemnidad en que fué públicamente recibido “el Cristo príncipe”. Cf. Mt. 21, 9 y 15; Mc. 11, 10; Jn. 12, 13.
41. El Señor no tuvo reparo en llorar por el amor que tenía a la Ciudad Santa, y porque veía en espíritu la terrible suerte que vendría sobre ella por obra de sus conductores. Véase 13, 34 s.; 23, 28-31.
44. Véase 21, 6; Mt. 24, 2; Mc. 13, 2.
45 ss. Véase Mt. 21, 12-13; Mc. 11, 15-18; Jn. 11, 14-16; Is. 56, 7; Jr. 7, 11.
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LUCAS 20
1 s. Véase Mt. 21, 23-27 y nota; 11, 27-33.
9 ss. Véase Mt. 21, 34 s. y nota; Mc. 12, 1-12.
17 s. Esta palabra citada del Sal. 117, 22, quiere decir que Cristo, desechado por su pueblo, se convertirá para él en piedra de tropiezo, según lo había anunciado Simeón (2, 34; Is. 8, 14; Rm. 9, 33; Hch. 4, 11; 1 Pe. 2, 7). Nótese que no se dice piedra “fundamental”, que es cosa muy diferente. Cf. 1 Pe. 2, 6.
21. Hacían este elogio de Jesús para fingirse discípulos de Él, como se ve en el v. 20. Jesús, que los conoce bien (v. 23) y los llamó hipócritas (Mt. 22, 18), evita admirablemente el compromiso político en que querían ponerlo (aunque no pudo impedir la calumnia de 23, 2), y lo aprovecha para dejarnos su doctrina al respecto: honradez en el pago de impuestos y prescindencia de lo religioso en lo temporal y viceversa, cosas ambas que Pedro y Pablo confirmaron de palabra y con su vida absolutamente ajena a lo político, no obstante haber vivido bajo persecuciones del poder judío (Hch. 4, 1-3), de Herodes (Hch. 12, 1 ss.) y de Roma, hasta morir bajo el sanguinario Nerón. Pedro, a ejemplo del Maestro, muere como un ciudadano cualquiera, sin resistir al mal (Mt. 5, 39), y Pablo sólo alude al César para someterse a su autoridad (Hch. 25, 10) por mandato del ángel (Hch. 27, 24) y para referirse a los que él convirtió a Cristo en la propia casa del César (Fil. 4;22).
25. Véase Mt. 22, 15-22; Mc. 12, 13-17 y notas.
28. Véase Dt. 25, 5.
33. Esta pregunta capciosa es la última que intentaron los enemigos de Jesús. Agotados ya todos los recursos de astucia y perfidia recurrirán a la violencia. Cf. Jn. 9, 34 y nota.
37. Véase Ex. 3, 6 y 15 s.
44. David (Sal. 109, 1) llama a Jesús “su Señor” en cuanto es Dios; pero, en cuanto Jesús es hombre, desciende de David según la carne. Los enemigos ofuscados no podían contestar, porque no reconocían la divinidad de Jesús. Esperaban que Dios había de enviar al Mesías como un gran Profeta y Rey (Cf. Jn. 1, 21; 6, 14 s. y notas; Ez. 37, 22-28), mas no imaginaban que la magnanimidad de Dios llegase basta mandar a su propio Hijo, Dios como Él. Véase Mt. 22, 41,45; Mc. 12, 35-37.
45. En presencia de todo el pueblo: los evangelistas hacen notar varias veces que el divino Maestro, desafiando las iras de la Sinagoga, elegía las reuniones más numerosas para poner en guardia al pueblo contra sus malos pastores (v. 1 ss.; 12, 1; Mt. 4, 25 y 7, 15; 23, 1).
46 ss. Véase 11, 43; Mt. 23, 1-7; 23, 14; Mc. 12, 38-40.
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LUCAS 21
4. Véase Mc. 12, 43 y nota. Cf. Sant. 2, 5.
5 s. Véase Mt. 24; Mc. 13 y notas. También aquí parecen enlazadas las profecías de la ruina de Jerusalén y del fin del siglo, siendo aquélla la figura de ésta. Véase sin embargo v. 32 y nota.
7. Véase Mt. 24, 3 y nota. Aquí la pregunta se ciñe más a la ruina de Jerusalén. Después de anunciada ésta (v. 20-24), Jesús entra a hablar más de propósito acerca de su venida (v. 25 ss.).
13. Nótese la diferencia con el texto semejante de Mt. 10, 18, que habla de que los discípulos de Cristo perseguidos darán testimonio ante sus perseguidores (Sal. 118, 46). Aquí, en cambio, se trata de que esa persecución será, para los mismos discipulos, un testimonio o prueba de la verdad de estos anuncios del divino Maestro, y un sello confirmatorio de que son verdaderos discípulos.
14 s. Cf. 12, 11; Mt. 10, 19. Promesa terrenal como las de Mt. 6, 25-33, pero ¿quién puede hacerla si no es un Dios? Y si Él no fuera el Hijo ¿podría concebirse tanta falsía en prometer y tanta maldad en Aquel que pasó haciendo el bien (Hch. 31) y desafiando a que lo hallasen en falsedad? (Jn. 8, 46 s.). Esta consideración “ad absurdum” es tan impresionante, que ayuda mucho a consolidar nuestra posición íntima frente a Cristo para creerle de veras todo cuanto Él diga, aunque nos parezca muy paradójico. Cf. 7, 23 y nota.
20 ss. Teniendo presente esta profecía, los cristianos de Jerusalén dejaron la ciudad Santa antes de su ruina, retirándose a Pella al otro lado del Jordán. El tiempo de los gentiles (v. 24) va a cumplirse, esto es, va a terminar con la conversión de Israel (Rm. 11, 24), y el advenimiento del supremo Juez. Cf. Ez. 30, 3; Dn. 2, 29-45; 7, 13 s.; 1 Co. 26; Jn. 19, 37 y notas.
28. Esta recomendación del divino Salvador, añadida a sus insistentes exhortaciones a la vigilancia (cf. Mc. 13, 37), muestra que la prudencia cristiana no está en desentenderse de estos grandes misterios (1 Ts. 5, 20), sino en prestar la debida atención a las señales que Él bondadosamente nos anticipa, tanto más cuanto que el supremo acontecimiento puede sorprendernos en un instante, menos previsible que el momento de la muerte (v. 34). “Vuestra redención”: así llama Jesús al ansiado día de la resurrección corporal, en que se consumará la plenitud de nuestro destino. Cf. Mt. 25, 34; Flp. 3, 20 s.; Ap. 6, 10 s. San Pablo la llama la redención de nuestros cuerpos (Rm. 8, 23). Cf. 2 Co. 5, 1 ss.; Ef. 1, 10 y notas.
29. Véase Mt. 24, 32. Cf. 13, 6 y nota.
32. La generación ésta: Véase Mt. 24, 34 y nota. Un notable estudio sobre este pasaje, publicado en “Estudios Bíblicos”, de Madrid, ha observado que “el Discurso escatológico no tiene sino un solo tema central: el Reino de Dios, o sea, la Parusia en sus relaciones con el Reino de Dios”. Que “la respuesta del Señor (Lc. 21, 8 ss.; Mc. 13, 5 ss.) como en Mt. (24, 4 s.) y el cotejo de su demanda (de los apóstoles) con la del primer Evangelio, nos certifican que, efectivamente, de sólo ella principalmente se trata” y que “la intención primaria de la pregunta era la Parusía soñada”, por lo cual “que el tiempo se refiere directamente a la Parusía es por demás manifiesto” y “en la parábola de la higuera se nos dice que cuando comience a cumplirse todo lo anterior a la Parusía veamos en ello un signo infalible de la cercanía del Triunfo definitivo del Reino”; que la expresión todo esto significa todo lo descrito antes de la Parusía; que el triunfo del Evangelio encontrará “toda clase de obstáculos y persecuciones directas e indirectas” y que a su vez “la generación esta” implica limitación, presencia actual, y “tiene siempre, en labios del Señor, sentido formal cualificativo peyorativo: los opuestos al Evangelio del Reino (como en el Ant. Test. los opuestos a los planes de Yahvé)”. Cita al efecto los siguientes textos, en que Jesús se refiere a escribas, fariseos y saduceos: Mt. 11, 16; Lc. 7, 11; 12, 39; 41, 42, 45; Mc. 8, 12; Lc. 11, 29; 30, 31, 32; Mt. 16, 4; 17, 17; Mc. 9, 19; Lc. 9, 41; 23, 36; Lc. 11, 50, 51; Mc. 8, 38; Lc. 16, 8; 17, 25. Y concluye: “De todo lo cual parece deducirse que la expresión la generación esta es una apelación hecha para designar una colectividad enemiga, opuesta a los planes del Espíritu de Dios, que inicia la guerra al Evangelio ya desde sus comienzos (Mt. 11, 12; Lc. 16, 16; Mt. 23, 13;Jn. 9, 22, 34, 35 y en general a través de todo el Evangelio); el “semen diaboli” (Gn. 3, 15; cf. Jn 8, 41, 44, 38, etc.), en su lucha con el “semen promisum” (Gn. 3, 15 comp. Ga. c. 3, especialmente 16 y 29)”.
34. Lo único que sabemos acerca de la fecha del “último día”, es que vendrá de improviso. (Mt. 24, 39; 1 Ts. 5, 2 y 4; 2 Pe. 3, 10). Por lo cual los cálculos de la ciencia acerca de la catastrofe universal valen tan poco como ciertas profecías particulares. Velad, pues, orando en todo tiempo (v. 36).
38. Algunos manuscritos (grupo Farrar) traen aquí la perícopa Jn. 8, 1-11 (el perdón de la adúltera) que, según observan algunos, por su estilo y por su asunto pertenecería más bien a este Evangelio de la misericordia.
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LUCAS 22
1. La Pascua se llamaba también “fiesta de los Ázimos” porque durante toda la octava se comía panes sin levadura, los que en griego se llaman ázimos. Cf. 13, 21 y nota.
5. Véase Mt. 26, 14 ss.; Mc. 14, 10 s. La suma convenida fué de treinta monedas de plata, precio de un esclavo. El profeta lo llama “el lindo precio en que me estimaron” (Za. 11, 12 s. y nota).
7. Véase Mt. 26, 17 ss.; Mc. 14, 12 ss.; Jn. 13, 1 ss.
8. Las palabras “para que la podamos comer” insinúan tal vez que, si ellos no la comen hoy, mañana será demasiado tarde. Es, pues, natural que tenga Él mismo la iniciativa de los preparativos para esa cena anticipada. Véase Mt. 26, 17; Jn. 18, 28 y nota.
16. Cf. Jn. 21, 19; Hch. 1, 3 y notas.
17. Este cáliz que entrega antes de la Cena (dato exclusivo de Lucas) parece ser como un brindis especial de despedida, pues consta por lo que sigue (v. 20) y por Mt. 26, 27 y Mc. 14, 23, que la consagración del vino se hizo después de la del pan y también después de cenar. Cf. Sal. 115, 13 y nota.
19. Dió gracias: en griego eujaristesas, de donde el nombre de Eucaristía. “Dar gracias tiene un sentido particular de bendición” (Pirot). Este es mi cuerpo. El griego dice: esto es mi cuerpo, y así también Fillion, Buzy, Pirot, etc. Tuto es neutro y se traduce por esto, debiendo observarse sin embargo que cuerpo en griego es también neutro (to soma). Que se da: otros: que es dado (cf. v. 22). “Su cuerpo es dado para ser inmolado, y esto en provecho de los discípulos” (Pirot). Cf. 24, 7; Mt. 16, 21; 17, 12; Jn. 10, 17 s.; Isa. 53, 7.
20. Tres son las instituciones de la doctrina católica que aquí se apoyan: 1º, el sacramento de la Eucaristía; 2º, el sacrificio de la Misa; 3º, el sacerdocio. Véase Mt. 26, 26-29; Mc. 14, 22-25 y nota; 1 Co. 11, 23 ss.; Hb. caps. 5-10 y 13, 10.
24 ss. Véase Mt. 18, 1 s.; 20, 25 ss.; Mc. 10, 42 ss. ¡En el momento más sagrado, están disputando los apóstoles sobre una prioridad tan vanidosa! Sólo con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés van a comprender el carácter de su mislón en “este siglo malo” (Ga. 1, 4), tan distinta de los ministros de un rey actual (v. 25). Cf. Jn. 15, 18 ss.
25. Bienhechores, en griego Evergetes, título de varios reyes de Egipto y Siria.
27. ¡Como el sirvienle! No podemos pasar por alto esta palabra inefable del Hijo de Dios, sin postrarnos con la frente pegada al polvo de la más profunda humillación y suplicarle que nos libre de toda soberbia y de la abominable presunción de ser superiores a nuestros hermanos, o de querer tiranizarlos, abusando de la potestad que sobre ellos hemos recibido del divino Sirviente. Cf. Mt. 23, 11; Fil. 2, 7 s. y nota; 1 Pe. 5, 3; 2 Co. 10, 8; 3 Jn. 9 s.
29 s. Véase v. 16 y 18; Mt. 26, 29; Ap. 2, 27 s.; 3, 21; 20, 4.
32. Una vez convertido: Enseñanza fundamental para todo apostolado: nadie convertirá a otro si no es él mismo un “convertido”, pues nadie puede dar lo que no tiene. Véase las claras palabras de Cristo a Nicodemo, según las cuales el ser Su discípulo implica nada menos que un nuevo nacimiento. Cf Jn. 3, 13 ss. y nota.
33. Jesús acaba de decirle que aún precisa convertirse (cosa que sólo hará el Espíritu en Pentecostés), pero él pretende saber más y se siente ya seguro de si mismo. De ahí la tremenda caída y humillación. Véase la inversa en Mt. 6, 13 y nota.
34. Véase Mt. 26, 33-35; Mc. 14, 29-31; Jn. 13, 38.
36 s. Compre una espada: Jesús está hablando de las persecuciones (v. 37). Ellos no las tuvieron en vida de Él (v. 35) porque Él los guardaba y no perdió ni uno (Jn. 17, 12). Ahora Él será tratado como criminal (v. 37); lo mismo lo serán sus discípulos (Jn. 15, 18 ss.; 16, 1 s.) hasta que Él vuelva en su Reino glorioso (cf. 13, 35; 23, 42), por lo cual necesitan un arma. ¿Cuál es? Pedro tenía una espada y cuando la usó, Él se lo reprochó (v. 51; Mt. 26, 52; Jn. 18, 11); luego no es ésa la buena espada, ni ella lo libró de abandonar a su Maestro en la persecución (Mt. 26, 36 y nota; cf. Mt. 13, 21), y negarlo muchas veces (vv. 54 ss.). San Pablo nos explica que nuestra arma en tales casos es la espada del espíritu: la Palabra de Dios (Ef. 6, 17), la que el mismo Jesús usó en las tentaciones (Mt. 4, 10 y nota). La enseñanza que Él nos da aquí es la misma, como la confirma en Mt. 26, 41 y Jn. 6, 63. No es de acero la espada que Él vino a traer según Mt. 10, 34. El basta (v. 38) no se refiere, pues, a que basten dos espadas. Es un basta ya, acompañado, dice S. Cirilo de Alejandría, con una sonrisa triste al ver que nunca le entendían sino carnalmente. Pirot, citando a Lagrange concordante can esta opinión, agrega al respecto: “Bonifacio VIII en la bula Unam Sanctam interpretó las dos espadas como de la autoridad espiritual y de la autoridad temporal (E. D. 469); es sabido que en las definiciones los considerandos no están garantidos por la infalibilidad”.
38. Sobre el ofrecimiento de espadas véase Mt. 26, 56 y nota.
44. Cf. Mt. 26, 36 s.; Mc. 14, 26 ss. Fué, como dice San Bernardo, un llanto de lágrimas y sangre, que brotaba no solamente de los ojos, sino también de todo el cuerpo del Redentor. Nótese que el dato del sudor de sangre y del ángel es propio de Lucas. Proviene tal vez de una revelación especial hecha a S. Pablo. Puede verse una referencia en las lágrimas de Hb. 5, 7.
47 ss. Véase Mt. 26, 47-57; Mc. 14, 43-53; Jn. 18, 2-13.
55 ss. Véase Mt. 26, 69-75; Mc. 14, 66-72; Jn. 18, 16-18 y 25-27.
62. Sobre la caída de Pedro, cf. v. 33 y nota.
66 s. Véase Mt. 26, 63-69; Mc. 14, 61-64; Jn. 18, 19-21.
71. Los judíos consideraban la respuesta de Jesús como blasfemia, la que según la Ley de Moisés acarreaba la pena capital.
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LUCAS 23
2. Ahora le acusan de sedición, siendo que le habían condenado por blasfemia. A la malicia se agrega la mentira.
4. No halla culpa, porque Jesús le ha dicho (en Jn. 18, 36) que su reino no es de este mundo. De lo contrario, al oírlo así proclamarse rey, Pilato lo habría considerado culpable como opositor al César.
7. Así Pilato creía poder librarse del apuro. Por tener su domicilio en Cafarnaúm. Jesús era súbdito de Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, el cual estaba en Jerusalén para la fiesta de Pascua. Éste era hijo de Herodes el Grande (Mt. 2, 3) y tío de Herodes Agripa I, que hizo matar a Santiago el Mayor (Hch. 12, 1 ss.), y cuyo hijo, el “rey Agripa” (II) escuchó a Pablo en Hch. 25, 13 ss.
9. Jesús no responde palabra al rey adúltero y homicida, que sólo por curiosidad quiere ver un milagro. Lo visten con una ropa resplandecienle para burlarse de Él; según S. Buenaventura, para calificarlo de loco o tonto.
16. Cf. v. 22. Véase Jn. 19, 1 y nota; Hch. 3, 13.
17. Este v. es probablemente una glosa tomada de otro Evangelio. Véase Mt. 27, 15 s.; Mc. 15, 6 ss.; Jn. 18, 39 s.
18 s. Jesús quiso agotar la humillación hasta ser pospuesto a un asesino. Había tomado sobre sí los delitos de todos los hombres (cf. Ez. 4, 4 y nota) y no le bastó ser contado entre los malhechores (22, 37; Is. 53, 12). Fué peor que ellos, “gusano y no hombre” (Sal. 21, 6). Cf. Flp. 2, 7 s. y nota. La idea de nuestra muerte se endulza así indeciblemente al pensar que aceptando de buen grado, como merecido, ese transitorio envilecimiento de nuestro cuerpo comido por los gusanos de la “corrupción” (Hch. 13, 36), Podemos en espíritu “asimilarnos a la muerte de Él” (Flp. 3, 10), que si no vió corrupción en el sueño del sepulcro (Hch. 2, 31; 13, 37), la sufrió vivo en su cuerpo santísimo escupido, desangrado y expuesto desnudo entre dos patibularios, a la irrisión del público que a verlo “meneaba la cabeza” (Sal. 21, 8), no de compasión, sino de asco.
26. Del texto deducen algunos que la ayuda de Cireneo no hacía sino aumentar el peso de la Cruz sobre el hombro del divino Cordero, al levantar detrás de Él la extremidad inferior. Véase Mc. 15, 21 y nota.
28. ¡La última amonestación del Señor! Entre las mujeres que lloraban estaba quizá aquella “Verónica” que, según una antigua tradición, alargó a Jesús un lienzo para limpiar su rostro. La misma tradición narra que también María, la santísima madre de Jesús, acompañada de S. Juan, se encontró con su Hijo en la vía dolorosa.
31. El leño seco arde más (Jn. 15, 6). Si tanto sufre el Inocente por rescatar la culpa de los hombres, ¿qué no merecerán los culpables si desprecian esa Redención? Véase Hb. 6, 4 s.; 10, 26 ss.
33. Véase Mt. 27, 33; Mc. 15, 22; Jn. 19, 17.
40 ss. Milagro de la gracia, que aprovecha este “obrero de la última hora” (Mt. 20, 8 y 15) pasando directamente de la cruz al Paraíso. Lo que valoriza inmensamente la fe del buen ladrón es que su confesión se produce en el momento en que Jesús aparece vencido y deshonrado. Cf. 22, 38 y nota.
42. A esto observa Fillion: “El buen ladrón creía en la inmortalidad del alma y en la resurrección, y reconocía a Jesús como el Mesías-Rey. Por eso le pedía encarecidamente un lugar en su Reino”. Y añade: “El Paraíso representa aquí la parte de la morada de los muertos (los limbos) donde habitaban las almas de los elegidos, antes de la Ascensión de Jesucristo”. Cf. 1 Pe. 3, 19; 4, 6; Col. 1, 20.
46. El Salmo 30, de donde Jesús toma estas palabras, resulta así la oración ideal para estar preparado a bien morir.
47. Si la conversión del ladrón es el primer fruto de la muerte de Jesús, la del centurión romano es el segundo; judío aquél, gentil éste.
49. ¡ A distancia los amigos y conocidos! Véase esto anticipado en Sal. 87, 9.
50 ss. Véase Mt. 27, 57 ss.; Mc. 15, 42 ss.; Jn. 19, 38 ss.
51 ss. José de Arimatea fué miembro del Gran Consejo (Sanhedrín) que condenó a Jesús a la muerte. En v. 52 s. da otra prueba de su intrépida fe en Él. No teme ni el odio de sus colegas ni el terrorismo de los fanáticos. Personalmente va a Pilato para pedir el cuerpo de Jesús; personalmente lo descuelga de la cruz, envolviéndolo en una sábana; personalmente lo coloca en su propio sepulcro, con la ayuda de Nicodemo (Jn. 19, 39). El santo Sudario, que nos ha conservado las facciones del divino Rostro, se venera en Turín. Cf. Jn. 20, 7 y nota.
54. El evangelista quiere expresar que ya estaba por comenzar el sábado, el cual, como es sabido, empezaba al caer la tarde, y no con el día natural (véase Gn. 1, 5, 8, etc.). El griego usa un verbo semejante a alborear, pero cuyo sentido es simplemente comenzar.
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LUCAS 24
1 s. Véase Mt. 28, 1 ss.; Mc. 16, 1 ss.; Jn. 20, 1 y nota. Jesús estuvo en el sepulcro desde la noche del viernes hasta la madrugada del domingo.
9. Los Once: faltaba Judas, que se había suicidado.
13. Ciento sesenta esladios: o sea unos 30 kms., distancia que corresponde a la actual Amwás. En algunos códices se lee “sesenta”, en vez de “ciento sesenta”, lo que dió lugar a buscar, como posible escenario de este episodio, otros lugares en las proximidades de Jerusalén (El Kubeibe y Kaloníe).
23. Gran misterio es ver que Jesús resucitado, lejos de ser aún glorificado sobre la tierra (cf. Hch. 1, 6), sigue luchando con la incredulidad de sus Propios discípulos. Cf. Jn. 21, 9 y nota.
26 s. Les mostró cómo las profecías y figuras se referían también a su primera venida doliente (cf. Is. 53; Salmos 21 y 68, etc.). porque ellos sólo pensaban en la venida del Mesías glorioso. Cf. Hch. 3, 22 y nota.
30. Pirot hace notar que ha sido abandonada la opinión de que esta fracción del pan fuese la Eucaristía.
32. Felicidad que hoy está a nuestro alcance (cf. v. 45 y nota). “La inteligencia de las Escrituras produce tal deleite que el alma se olvida no sólo del mundo, sino también de sí misma” (Santa Angela de Foligno).
36. Véase Mc. 16, 14; Jn. 20, 19.
41. No lo dice por tener hambre, sino para convencerlos de que tenía un cuerpo real. Y lo confirma comiendo ante sus ojos. Cf. Jn. 21, 9 y nota.
45. Vemos aquí que la inteligencia de la Palabra de Dios es obra del Espíritu Santo en nosotros, el cual la da a los humildes y no a los sabios (10, 31). Véase v. 32; Sal. 118, 34 y nota.
46. Véase v. 7; Mt. 26, 25; Is. 35, 5 y notas.
47. Véase Mt. 10, 6 y nota.
49. Esa “Promesa” del Padre es el Espíritu Santo, según lo refiere el mismo Lucas en Hch. 1, 4. Véase 3, 16; Mt. 3, 11; Mc. 1, 8; Jn. 1, 26; 14, 26.
50 s. Esta bendición de despedida de Jesús no es sino un “hasta luego” (Jn. 16, 16 s. y nota), porque Él mismo dijo que iba a prepararnos un lugar en la casa de su Padre, y volvería a tomarnos para estar siempre juntos (Jn. 14, 2 s.). San Lucas continúa este relato de la Ascensión en los Hechos de los Apóstoles, para decirnos que, según anunciaron entonces los ángeles, Jesús volverá de la misma manera que se fué, esto es, en las nubes (Hch. 1, 11 y nota). Entonces terminarán de cumplirse todos esos anuncios de que habla Jesús en el v. 44, para cuyo entendimiento hemos de pedirle que nos abra la inteligencia como hizo aquí con los apóstoles (v. 45).
53. En el Templo: El mismo de Jerusalén (cf. Hch. 3, 1) cuyo culto continuó hasta su destrucción por los romanos el año 70, después del anuncio hecho por San Pablo a Israel en Hch. 28, 25 ss. Cf. Hb. 8, 4 y nota.