CAPÍTULO 1

1. Sobre las cuestiones introductorias véase la Introducción general al Pentateuco.

2. El culto que la humanidad tiene que tributar al Ser supremo, debe manifestarse en actos exteriores, especialmente en forma de sacrificios que el hombre ofrece a Dios. “Es el sacrificio el acto más importante de la religión y se halla en casi todas las religiones. Santo Tomás llega a tenerlo como una manifestación religiosa impuesta por la ley natural, que Dios imprimió en el alma humana. Por el sacrificio rinde el hombre homenaje a Dios, reconociendo su soberano dominio, busca conciliarse su gracia, obtener el perdón de sus ofensas y alcanzar favores del Señor que ejerce su dominio sobre todas las cosas” (Nácar-Colunga). San Pablo nos descubre en Romanos 10, 4, que el fin de toda la Ley antigua, y por ende también de los sacrificios aquí prescritos, es Jesucristo. Todos los sacrificios, sobre todo el holocausto, son figuras del único sacrificio de Cristo, el cual agradó a Dios infinitamente más que todos los sacrificios y ofrendas de la humanidad entera. Para entender el profundo sentido del sacrificio de Cristo hay que leer los capítulos 9 y 10 de la Carta a los Hebreos. Los sacrificios del Antiguo Testamento conferían la justicia legal, limpiando a los israelitas de las impurezas levíticas, eran pruebas de fe, adoración, amor y arrepentimiento, y por eso indispensables para obtener la remisión de los pecados. Por eso dice San Pablo: “Sin efusión de sangre no hay remisión” (Hebreos 9, 22). Mas esa virtud no radicaba en las victimas y ofrendas, pues “es imposible que con sangre de toros y machos cabríos se borren los pecados” (Hebreos 10, 4). Esa virtud radicaba solamente en la fe en el futuro Redentor y en la unión espiritual con el sacrificio mesiánico. Ganado mayor, o sea, vacuno; ganado menor: ovino y caprino.

3 ss. Holocausto significa “quemado enteramente”. Este término se usa de todas las victimas consumidas completamente por el fuego sobre el altar de los holocaustos. El ritual del holocausto consistía en la imposición de las manos, la inmolación y aspersión de la sangre y la combustión de la víctima. La imposición de las manos da a entender que el dueño de la víctima la ofrece a Dios en substitución de su propia persona; el significado de la aspersión de la sangre se explica en Levítico 17, 11: “La vida de la carne está en la sangre”. Con la sangre del animal el oferente entrega a Dios su propia vida. En la combustión de la víctima se expresa el supremo dominio de Dios, porque el fuego que consume la víctima representa a Dios. “El Señor Dios es un fuego devorador” (Deuteronomio 4, 24). y Él mismo se manifiesta como llama de fuego (Éxodo 3, 2; 13, 21; Malaquías 3, 2).

9. De olor grato a Yahvé: No es un simple antropomorfismo, como si Dios necesitara del olor de los sacrificios de combustión; es más bien expresión de la complacencia que el Padre tiene puesta en el Hijo, cuya figura y tipo son todos estos sacrificios.

15. Retorcerle con las uñas la cabeza: Texto diversamente traducido. El sentido es: quebrar el hueso entre el cuerpo y la cabeza sin separar ésta de aquél.

 

 

CAPÍTULO 2

1. Oblación (en hebreo minjah) es el nombre de los sacrificios incruentos, especialmente de las ofrendas vegetales. El aceite es símbolo del Espíritu Santo. Cristo fue ungido por el Espíritu Santo (Juan 1, 32; 6, 27); de ahí su nombre, que significa “el Ungido”. El incienso simboliza las oraciones que suben al cielo como el olor del incienso (Apocalipsis 5, 8; 8, 3 ss.).

2. Para recuerdo: o como memorial. Cf. 24, 7; Salmo 37, 1 y nota.

11. Es de notar que en la Sagrada Escritura levadura equivale a corrupción, porque la fermentación es una manera de putrefacción. Véase en la nota a I Corintios 5, 6 ss. la observación de Vigouroux que confirma que la levadura estaba prohibida en los sacrificios por ser figura de la corrupción. (Sin embargo, en Levítico 23, “17Traeréis de vuestras casas para ofrenda mecida dos panes, hechos con dos décimas de flor de harina, y cocidos con levadura, como primicias a Yahvé”). Cornelio a Lapide expresa que por levadura se entiende la malicia, el vicio, la astucia (cf. Mateo 16, 6; Marcos 8, 15; I Corintios 5, 6 ss.; Gálatas 5, 9). Véase Éxodo 12, 15; 13, 7; Levítico 6, 17; 7, 12; 10, 12, etc. Para Jesucristo la levadura es símbolo de la mala doctrina (Mat, 16, 6), y, sobre todo, la hipocresía farisaica (Lucas 12, 1). Por todo esto se ve que la Sagrada Escritura toma la levadura en sentido malo y hay que estudiar la parábola de la levadura (Mateo 13, 33) también desde este punto de vista, y en combinación con la parábola de la cizaña que simboliza a los enemigos del Reino de Dios. Jesucristo dice que la mujer “escondió” la levadura en la masa, como para indicar que se trataba de una cosa mala. Los que toman la parábola de la levadura en un sentido bueno deben darse cuenta que en todos los demás pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento la levadura simboliza una cosa o acción mala y que los oyentes no podían entenderla de otra manera porque no conocían otro sentido simbólico de la palabra levadura.

13. La sal no podía faltar en ningún banquete, y menos en el banquete que se celebraba después del sacrificio. La expresión sal de la Alianza recuerda la costumbre antigua de comer pan y sal para confirmar la amistad. Aquí se trata de la amistad con Dios con quien el pueblo israelita había hecho alianza. Cf. Marcos 9, 49. La Iglesia usa la sal en el Bautismo como símbolo de la sabiduría, que es, más que un saber, un saborear las cosas de Dios. Cf. Mateo 4, 13.

 

 

CAPÍTULO 3

1. Estos sacrificios, llamados pacíficos, tenían por objeto conservar y confirmar la paz del oferente con Dios. Se ofrecían en acción de gracias por un bien recibido (sacrificios eucarísticos) o para implorar una gracia especial (sacrificios impetratorios), De los sacrificios se quemaban solamente las partes grasas, mientras que el pecho y la pierna derecha pertenecían al sacerdote, y el resto al oferente, que lo consumía en un banquete con los amigos y pobres. Cf. los detalles en 7, 11 ss.; Deuteronomio 12, 7 ss. También los sacrificios pacíficos eran figura y tipo de Cristo, puesto que toda la obra de Jesús tenía por objeto hacer la paz entre Dios y los hombres. Él “es nuestra paz”, porque de ambos hizo uno, derribando el muro de separación que nos separaba de Dios (Efesios 2, 14). Él “evangelizó la paz” (Efesios 2, 17) y por medio de Él reconcilió el Padre consigo todas las cosas, tanto las de la tierra como las del cielo. (Colosenses 1, 20).

9. Estas ovejas eran de una raza cuya cola contiene mucha grasa. De ahí el precepto de quemar la cola.

17. Quien comía de la grasa destinada para ser quemada, era extirpado de en medio del pueblo (7, 25).

 

 

CAPÍTULO 4

2. Los sacrificios de que trata este capítulo tenían por fin purificar al hombre de infracciones impremeditadas que se referían a las leyes rituales y a ciertas impurezas legales. Llamase expiatorios o sacrificios por el pecado, porque por “pecado” se entendían las transgresiones hechas por ignorancia y no por malicia. Los pecados, empero, que perjudican los derechos de otros, sea de Dios, sea de personas, son llamados delitos (5, 15 s.); los pecados de pura malicia, en fin, los premeditados contra la Ley de Dios, se consideraban como pecados “de mano alzada” (Números 15, 30 y nota) y merecían la muerte del pecador, p. ej. la blasfemia, la idolatría, la violación del sábado, y otros. Sobre el valor de estos sacrificios véase la nota a 1, 2.

3 ss. El sacerdote ungido: el Sumo Sacerdote. Hace culpable al pueblo, si comete un pecado que escandaliza al pueblo, o cuyas consecuencias tiene que pagar todo el pueblo. San Crisóstomo hace notar que se ofrece por el sacerdote ungido un sacrificio igual al que está ordenado para expiar los pecados del pueblo entero. “Lo cual es como decir que las faltas del sacerdote requieren mayor auxilio, y tanto cuanto los del pueblo entero; y claro está que no lo requerirían si no fueran más graves. Ahora bien, no son ellas de por si más graves, sino que resultan tales por razón de la dignidad del sacerdote que se atreve a cometerlas... Las mismas hijas de los sacerdotes, que nada tienen que ver con el sacerdocio, por razón de la dignidad de sus padres, son más gravemente castigadas por los mismos pecados que les demás” (De Sacerdotio, lib. VI). Cf. 21, 9.

12. Lo sacará fuera del campamento. San Pablo ve en este rito una figura de Cristo, que padeció “fuera de la puerta” y añade: “Salgamos, pues, hacia Él fuera del campamento, llevando su oprobio” (Hebreos 13, 12 s.). Cf. también 16, 27; Éxodo 29, 14; Números 19. 3.

15. Los ancianos, por ser representantes de todo el pueblo. Por la imposición de las manos transmitían ellos las transgresiones del pueblo a la víctima.

22. Un príncipe, o sea, un jefe o cabeza de una de las tribus de Israel.

28. El pecado cometido, o sea, la transgresión cometida por ignorancia. Todo este capítulo trata de las faltas hechas por ignorancia, las que en la Ley de Moisés se llaman pecados. En general eran errores en materia de ritos y ceremonias. Véase la nota 2.

 

 

CAPÍTULO 5

1. Llevará su iniquidad, quiere decir: es responsable por haber cometido un pecado y está obligado a expiarlo.

8. Véase 1, 15 y 17.

15. Sobre la diferencia entre pecado y delito véase 4, 2 y 28 y notas. En vez de delito se puede traducir culpa, ya que la palabra hebrea admite los dos significados. Se usa este término cuando se trata de alguna injuria cometida contra Dios y sus derechos divinos o contra los derechos del prójimo, lo cual quiere decir que el “delito” es una falta más grave que el “pecado” (capítulo 4), y que por eso rige otra ley para su expiación. El rito era aquí semejante al del sacrificio expiatorio. “La diferencia entre el sacrificio por el pecado y el sacrificio por el delito parece consistir en que este último no se ofrecía sino en el caso especial de haber el oferente contraído una deuda para con Dios o con el prójimo” (Bover-Cantera). Nótese la obligación de restituir lo defraudado y agregar una quinta parte (versículo 16).

19. La Vulgata termina con este versículo el capítulo 5. El hebreo agrega siete versículos del capítulo siguiente.

 

 

CAPÍTULO 6

6. Según tu valuación: Vulgata: Según el juicio y la medida del delito.

9. Sin que el fuego del altar se apague: Vulgata: el fuego ha de ser del mismo altar. Se trata aquí del sacrificio perpetuo, es decir, del sacrificio que se hacía todos los días en nombre del pueblo. Se ofrecía diariamente un cordero a la mañana, y otro a la tarde. El de la tarde tenía que quemarse lentamente, trozo por trozo, de manera que el sacerdote ponía las partes del cordero no a un tiempo, sino sucesivamente. Así duraba el holocausto toda la noche. El cordero que se ofrecía por la mañana podía quemarse de una vez, para dar lugar a otros sacrificios.

13. El fuego era sagrado, puesto que se encendió milagrosamente (9, 24). Algunos ven en este fuego una figura del Espíritu Santo y de la caridad en que arde el alma regenerada en Jesucristo. Cf. la palabra de Jesús en Lucas 12, 49. El fuego era, a la vez, perpetuo. Significaba “la adoración perpetua tributada por la nación teocrática. No se extinguió, dicen los rabinos, sino en el momento de la destrucción del Templo de Jerusalén por Nabucodonosor; mas los santos libros nos relatan que, precisamente en aquel instante, fue preservado milagrosamente. Cf. II Macabeos 1, 19-22” (Fillion).

17. No con levadura: Véase 2, 11 y nota.

18. Quedará santificado: pertenecerá por completo a Dios, y tendrá que cumplir diversas ceremonias para volver a su estado anterior (véase también versículo 27). En este sentido es santo todo lo referente a la Iglesia: “Ella se llama santa por estar consagrada y dedicada a Dios, porque de este modo también las demás cosas, aunque sean corporales, acostumbran llamarse santas, después que ya se destinaron al culto divino” (Catecismo Romano I, 10, 15).

 

 

CAPÍTULO 7

1. Sobre el concepto de delito véase 4, 2 y 28; 5, 15 y notas.

11. Sobre el carácter de los sacrificios pacíficos véase 3, 1 y nota.

13. Pan fermentado: o sea, pan con levadura, que por regla general estaba prohibido en los sacrificios. Sobre esto y el sentido simbólico de la levadura véase 2, 11 y nota. ¿Por qué en este sacrificio pacífico permite Dios lo que Él mismo excluye en el versículo 12? Tal vez porque en el versículo 12 el sacrificio representa a Cristo, quien es místicamente el oferente por ser Él nuestra paz (Efesios 2, 14), mientras que en el vers. 13 se destaca más la actividad del hombre, en el cual hay siempre “levadura de malicia y maldad” (I Corintios 5, 8).

15. En el banquete de los sacrificios pacíficos podían participar también otras personas, p. ej. los levitas, los pobres, y especialmente los familiares. El precepto de comer la carne del sacrificio el día mismo de su ofrenda tiene por objeto evitar su putrefacción, ya que era cosa santa.

20. Será exterminado, por haber cometido un sacrilegio. Véase Génesis 17, 14.

27. La pena de muerte que nos parece dura, se explica por la idea de que la sangre era el asiento de la vida; y ésta sólo pertenece a Dios (17, 11).

30. El pecho para mecerlo como ofrenda mecida ante Yahvé: se refiere al rito de mecer aquellas partes de la víctima que no se quemaban, sino que servían de comida. Véase Éxodo 29, 24 y nota.

34. La pierna alzada, que se elevaba ante el Señor mediante una ceremonia semejante a la de mecer el pecho de la víctima. Véase Éxodo 29, 24, ss. y nota. Además de las porciones de los sacrificios recibían los sacerdotes las primicias de los frutos y los primogénitos de los animales puros, el rescate de los primeros hijos y de otras cosas rescatadas, y el diezmo de los diezmos que recogían los levitas todos los años en el país. Estaban, además, exentos de contribuciones.

37. Hay que tener presente que todos los sacrificios de la Antigua Ley no eran agradables a Dios por si mismos, ni capaces de limpiar al hombre de su pecado, “porque es imposible que la sangre de toros y machos cabríos quite pecados” (Hebreos 10, 4). Recibían su valor y eficacia únicamente del sacrificio de Cristo mediante la fe en la promesa (Salmo 39, 7-8; Romanos 3, 24 y notas). En este sentido se dice que el Cordero fue sacrificado desde el principio del mundo (cf. Apocalipsis 13, 8). Véase 1, 2 y nota.

 

 

CAPÍTULO 8

1 ss. Este capítulo es uno de los más instructivos en lo referente a la tipología del Antiguo Testamento. Aunque el sacerdocio de Cristo es “según el orden de Melquisedec” (Salmo 109, 4), no hay duda de que también Aarón es tipo de Cristo bajo muchos aspectos, especialmente en cuanto a su consagración. El primer acto que Moisés hizo en la consagración de su hermano consistió en lavarlo (versículo 6), así como Cristo comenzó su misión con el acto del bautismo en el Jordán. Después recibió Aarón las vestiduras litúrgicas, el efod, el pectoral y la mitra, que significan las prerrogativas de su dignidad sacerdotal, a semejanza de los sacerdotes de Cristo. Luego fue ungido con óleo, lo cual tiene su antitipo en el descenso del Espíritu Santo sobre Jesús después del bautismo. Todos estos actos precedieron al sacrificio, lo mismo que precedieron al de Cristo. Sobre la vestidura del Sumo Sacerdote véase Éxodo capítulos 28 y 30.

3. Reúne a toda la comunidad: porque se trataba de una cosa importantísima. “La consagración de los sacerdotes reviste gran solemnidad, a fin de recomendar al pueblo la santidad de Yahvé y la de aquellos que debían asistir en su presencia y acercarse a Él. El ministro de esta consagración es Moisés, que hasta el presente desempeñaba el oficio sacerdotal, al que renuncia una vez instituido el nuevo sacerdocio” (Nácar-Colunga).

8. Urim y Tummim. Véase la explicación en Éxodo 28, 30 y nota.

9. La lámina de oro, en que estaba grabado: Santidad a Yahvé. Véase Éxodo 28, 36 y nota. En Sabiduría 18, 24 leemos que las vestiduras de Aarón tenían carácter simbólico y representaban el mundo entero. “Según esto, los colores, el número y el ornato de las vestiduras son imágenes del mundo terreno y celeste; el racional, con los nombres de las doce tribus grabados en otras tantas piedras preciosas, traía a la memoria los prodigios de Dios y las promesas que el Señor hiciera a los patriarcas, la tiara con la inscripción: «Santo del Señor», simbolizaba la condición privilegiada y las obligaciones del Sumo Sacerdote” (Schuster-Holzammer).

13. Acerca de las vestiduras de los simples sacerdotes véase Éxodo 28, 40.

23. El tocar la oreja, el pulgar y el pie de Aarón con sangre, significa que todo su cuerpo está consagrado a Dios, al que debe servir con cuerpo puro y sin mancha del pecado. Cf. Romanos 12, 1.

27. Véase Éxodo 29, 24 y nota.

30 s. Este rito significaba que con la virtud expiatoria de la sangre y la eficacia santificadora del óleo quedaban consagrados para el Señor. A la consagración sigue el banquete (versículo 31) que simboliza la íntima Unión con Dios, del cual eran ministros.

35. El mandato de Yahvé: Scio vierte según la Vulgata: las velas de Yahvé.

 

 

CAPÍTULO 9

7. San Pablo alude a este oficio del Sumo Sacerdocio, según el cual tenía que ofrecer víctimas, primero por sí mismo y después por el pueblo, y hace resaltar que Jesucristo no necesitaba ofrecer sacrificios por sí mismo (Hebreos 7, 27), con lo que demostró su superioridad sobre los sacerdotes de la Antigua Alianza.

21. Los meció Aarón: Véase sobre este rito Éxodo 29, 24 ss. y nota. Cf. 7, 30 y nota.

22. Alzando las manos hacia el pueblo lo bendijo: Bendecir al pueblo y hacer expiación por el mismo (versículo 7), es decir, rogar por la grey, son obligaciones inseparablemente unidas al ministerio del sacerdote. “Lloren los sacerdotes, los ministros del Señor, entre el atrio y el altar, dice el profeta Joel, y exclamen: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo” (Joel 2, 17). Cf. el ejemplo del Sumo Sacerdote Onías en II Macabeos 15, 14. “Son poderosos en obras y palabras los sacerdotes fervorosos y asiduos en la oración” (San Bernardo, Serm. de tribus ordin.).

23. La gloria de Yahvé se apareció a todo el pueblo: No sabemos cómo se realizó esta aparición; se refiere tal vez al fuego que consumió el holocausto (versículo 24).

24. Cf. 1, 3; 6, 9 y notas. Este fuego se conservaba con el mayor cuidado. Cuando Salomón consagró el Templo de Jerusalén, se reiteró el milagro; y después del cautiverio, con motivo de la consagración del segundo Templo, el fuego volvió a bajar del cielo (II Macabeos 1, 18 ss.). En el culto de la Nueva Ley el fuego representa al Espíritu Santo, que en esa forma descendió el día de Pentecostés (Hechos 2, 3).

 

 

CAPÍTULO 10

1 ss. Un fuego extraño: Admiremos en este capitulo cuánto vale ante Dios la santidad del Santuario y el estricto cumplimiento de los deberes sacerdotales. El pecado de Nadab y Abiú, los dos hijos mayores de Aarón, consistió probablemente en emplear fuego común en vez del fuego del altar de los holocaustos (cf. 16, 1). La mayoría de los Padres e intérpretes creen con razón que lo hicieron por olvido o falta de experiencia; otros, en cambio, fundándose en el versículo 9, sospechan que estuvieron embriagados. Véase para ilustración. Colosenses 2, 23 y nota.

3. Aarón enmudecía: “El silencio de Aarón, después que el castigo de Dios hubo alcanzado a sus hijos, es más elocuente de lo que podrían ser las palabras. No pide cuenta del porqué del castigo, ni del de sus hijos, ni del suyo propio, pues castigo que cae sobre los hijos siempre es también castigo para los padres. Como sacerdote podía valorar mejor que cualquier otro lo abominable del proceder de sus hijos. El mismo tampoco se sintió libre de culpa; surgió en su mente su propia traición, el becerro de oro: traición a Dios y traición al pueblo. ¿No resonaba todavía en sus oídos el reproche de Moisés?: “¿Qué te ha hecho este pueblo para que le hayas acarreado tan gran pecado?” (Éxodo 32, 21). No murmuró contra Dios, ni se quejó. Aceptó el castigo, por doloroso que fuese (cf. versículo 19); lo aceptó tal como Dios lo había mandado, sin pedir la vida de sus hijos en cambio de la suya” (Elpis). He de ser santificado; es decir, tratado santamente. Cf. la primera petición del Padrenuestro, donde “santificar” tiene el mismo sentido (Mateo 6, 9 y nota).

9. La prohibición de tomar bebidas alcohólicas se limita al ejercicio del ministerio sacerdotal. Fuera del servicio podían tomarlas.

11. Enseñar a los hijos de Israel: Los levitas y sacerdotes estaban encargados de adoctrinar al pueblo (cf. Deuteronomio 17, 10 s.; Malaquías 2, 7). “El verdadero conocimiento, la verdadera ciencia, dice San Jerónimo, consiste en saber la Ley, comprender los profetas y creer en el Evangelio”. Y San Ambrosio afirma: “La ciencia del sacerdote es la de la Ley de Dios o sea la inteligencia de las Santas Escrituras: éstas son el libro sacerdotal. ¡Desgraciados los tiempos en que este libro sacerdotal fuese el menos estudiado por los sacerdotes!” El Papa Benedicto XV exige a los sacerdotes de la Nueva Alianza que tengan constante contacto con la Sagrada Escritura (Encíclica “Spiritus Paraclitus”).

12. Sin levadura: Véase 2, 11 y nota.

14. Sobre los términos “pecho mecido” y “pierna alzada” véase Éxodo 29, 24 ss.; Levítico 7, 30 y notas.

15. Porción perpetua: Véase 7, 34.

16. Se trata del macho cabrío ofrecido por el pueblo (9, 15). Según el precepto (6, 24) los sacerdotes tenían que comer ciertas partes de las víctimas, que se ofrecían por el pecado, para indicarles que, cargando sobre sí mismos la iniquidad del pecador, rogasen por él ante el Señor.

19. Notemos la suavidad de Dios que siempre tiene presente nuestra debilidad y se compadece de ella –como lo hizo ante las quejas de Job– cuando ve que no hay soberbia. Recuérdese el llanto de Jesús al ver llorar a María por la muerte de su hermano Lázaro (Juan 11, 33).

 

 

CAPÍTULO 11

1. Comienzan aquí las leyes de purificación. “Ninguna clase de leyes influyó sobre la vida del pueblo hebreo en forma tan general como las reglas sobre pureza e impureza y la distinción entre lo puro o legal y lo impuro o ilegal. Por medio de estas reglas la Ley invadió los hogares de los judíos, puso restricciones al hombre en su alimentación y bebida, limitó su actividad y lo hizo responsable aun de las acciones que cometía en sueños” (Steinmueller, Introducción General, p. 355).

2. El que ciertos animales sean llamados impuros, se explica porque algunos tienen especial relación con la muerte y la putrefacción. Otros son prohibidos por ser sucios, como el cerdo, o ser su carne nociva a la salud; otros por emplearse en los sacrificios de los paganos. Observa a este respecto San Agustín, que algunos animales no son inmundos por naturaleza, sino por lo que simbolizan. La Epístola de Bernabé enseña que la aceptación de los rumiantes significa que el israelita debe estar siempre rumiando la Palabra de Dios (cf. Salmo 118,11; Lucas 2, Si y 11, 28), y los de pezuña hendida en dos nos muestran que con un ojo hay que estar siempre contemplando “la esperanza del siglo santo”. En todo caso es falso ver en la clasificación de los anímales puros e impuros una simple medida sanitaria.

6. En realidad, la liebre no rumia, aunque hace con su boca los mismos movimientos que los rumiantes. De ahí la prohibición de comerla. Algunos creen que se trata de otro animal. Es de notar que muchas denominaciones zoológicas de este capítulo son discutibles, por lo cual varían las traducciones, tanto antiguas como modernas.

22. Es muy difícil identificar estas cuatro clases de langostas, porque faltan en nuestra lengua las denominaciones correspondientes. Según Crampón la primera (en hebreo “arbeh”) sería la langosta ordinaria, la segunda (“solam”), una langosta chica, pero devoradora. La tercera y cuarta (“hargol” y “hagab”) no tenían alas. Con tales langostas se alimentaba San Juan Bautista (Mateo 3, 4).

44. La contaminación no sólo se refiere al cuerpo, sino que afecta también el alma. La prohibición de tocar o comer animales impuros recordaba a los israelitas la necesidad de vivir santamente y conservar la pureza del alma. San Pedro cita este pasaje diciendo: “Escrito está: santos seréis porque yo soy santo” (I Pedro 1, 16). En Mateo 5, 48, Jesús nos pone al Padre celestial como ideal de nuestra perfección, y en Lucas 6, 36 nos exhorta a ser misericordiosos como el Padre es misericordioso. La Iglesia recoge esta doctrina en su Liturgia al decir que la manifestación más hermosa de la divina Omnipotencia consiste en perdonar y hacer misericordia (Oración de la Dom. X de Pentecostés). Cf. I Tesalonicenses 4, 7 y nota.

 

 

CAPÍTULO 12

2. El concepto de la impureza legal de la parturienta no era cosa extraña en la antigüedad. “Parece a primera vista extraño que el parto haga a la mujer impura, cuando la fecundidad es mirada en la Ley como una bendición de Dios” (Nacar-Colunga). Claro está que no es consecuencia de una falta moral, pero no es de olvidar que, en esta impureza, como observa ya San Agustín, se manifiesta la mancha del pecado original. Las ceremonias en este capítulo mencionadas las realizó también la Virgen, aunque era santísima, porque quería cumplir con la Ley (Lucas 2, 22 ss.).

3. Véase Lucas 2, 21; Juan 7, 22. Cf. Génesis 17, 10 ss. y nota.

6. Sacrificio por el pecado: Así se llamaba este sacrificio, aunque la impureza no era pecado personal. Cf. 4, 2 y nota.

8. Véase Lucas 2, 24. ¡María Santísima llevó la ofrenda más pobre!

 

 

CAPÍTULO 13

1. Los capítulos 13 y 14 no tratan solamente de la lepra que nosotros conocemos, sino también de otras enfermedades de la piel, semejantes a la lepra, y fenómenos parecidos en vestidos y casas. Son por lo tanto de muchísimo interés para la historia de la medicina.

9. Será llevado al sacerdote: Los sacerdotes hacían antiguamente las veces del médico; pues la medicina era hermana de la religión lo mismo que las otras ciencias. Poco a poco se distanciaron de ella y hoy día apenas se acuerdan de su origen religioso. El sacerdote de la Antigua Ley tenía que determinar el carácter de la enfermedad, si era realmente alguna de las enfermedades que en la Biblia llevan el nombre de lepra, o sólo una enfermedad cutánea no contagiosa. Sin embargo, el precepto de llevar el enfermo al sacerdote obedecía más bien a la idea de que se trataba, en primer lugar, de excluir al enfermo del culto. El leproso es para los santos Padres la imagen del pecador, el cual ha de presentarse al sacerdote en el Sacramento de la Confesión.

11. No lo recluirá, porque su estado no deja lugar a dudas; ha de habitar fuera del campo (versículo 46).

29. Incluido este caso son seis las clases de lepra que en este capítulo aparecen.

31. Aunque no hay en ella pelo negro. En la Vulgata falta la negación.

45. Caminará gritando; para advertir a los transeúntes y evitar que se acerquen a él.

46. Fuera del campamento: Más tarde, después de la ocupación del país prometido, los leprosos vivían en cuevas y sepulcros fuera de la ciudad. Otros, como por ejemplo el rey Ocias (II Paralipómenos 26, 21), tenían su propia casa fuera de la ciudad.

47. No sabemos en qué consistía la lepra de los vestidos. Eran quizás, manchas de humedad o de moho, producidas por falta de aire.

 

 

CAPÍTULO 14

2. Se lo conducirá al sacerdote: Jesús recuerda este precepto y lo manda cumplir en Mateo 8, 4; Marcos 1, 44; Lucas 5, 14; 17, 14. Véase 13, 9.

7. Siete veces: El profeta Eliseo impuso esta obligación a Naamán, el general sirio, enviándole a la ribera del Jordán para que se lavara siete veces (IV Reyes 5, 10). El número siete tenía carácter sagrado y significaba la perfección. Cf. las siete aspersiones en versículo 16 y 27. El rito de la purificación y reintegración del leproso es muy solemne y tiene cierta semejanza con las ceremonias de la consagración sacerdotal, aunque se acentúa más la idea de la expiación. Las ceremonias poseen el más profundo significado simbólico. Las aves puras, el cedro, la púrpura y el hisopo son símbolos de pureza e incorruptibilidad; el rociar al leproso y el dejar en libertad el ave indican que la impureza está borrada. Lo mismo quiere decir el lavado de los vestidos. La incorporación a la comunidad se expresa por la unción de la oreja, del dedo pulgar y del dedo gordo de los pies. Las primeras ceremonias (versículo 3-8) se realizan fuera del campamento, siendo así imagen de la muerte de Jesús que padeció “fuera de la puerta” (Hebreos 13, 12). Si tomamos al leproso como figura del pecador, como lo hacían los Padres, es más evidente aun el significado simbólico de las ceremonias: el sacerdote va al leproso y lo busca, de igual modo que “vino el Hijo del hombre a buscar y salvar lo perdido” (Lucas 19, 10); y así como el leproso no se purifica sin efusión de sangre, tampoco el pecador se salva sin la sangre de Cristo (cf. Hebreos 9, 22).

10. Un log de aceite, esto es, medio litro.

24. Los mecerá: Véase Éxodo 29, 24 ss. y nota.

34. No sabemos con exactitud en qué consistía la lepra de las casas. Se ha pensado frecuentemente en las roeduras del salitre, pero éstas son blanquecinas; o también en formaciones maculosas que aparecen en piedras y muros en descomposición.

 

 

CAPÍTULO 15

1 ss. Las disposiciones de este capítulo que en gran parte se refieren a las funciones sexuales del cuerpo, no quieren decir que éstas sean pecaminosas en sí, si bien en ellas particularmente se manifiesta la concupiscencia derivada del pecado (cf. Salmo 50, 7). Se trata aquí solamente de la impureza legal que obliga al varón y a la mujer a someterse a las purificaciones prescritas. Estas reglas relativas a la impureza corporal, además de procurar la limpieza del cuerpo, recordaban a los israelitas la pureza del alma y mantenían viva en ellos la conciencia del pecado y el deseo de librarse de él.

18. Se refiere al uso del matrimonio entre los casados. Vemos en todos estos preceptos un altísimo amor a la pureza, que preservaba de caer en la licencia y en la bestialidad sexual. ¡Guardémonos, pues, de escandalizarnos por la crudeza del lenguaje bíblico, olvidando cuán lejos se está hoy de aquel alto concepto de responsabilidad por las funciones del cuerpo! El libertinaje sexual que hoy se predica en todas las esquinas y se ha introducido hasta en ambientes que se llaman cristianos, es una de las más grandes llagas de la cultura moderna, el peor síntoma de la apostasía práctica que prescinde de Dios y sus mandamientos y se entrega a “las concupiscencias del corazón” (Romanos 1, 24); apostasía predicha por el mismo Señor en Lucas 18, 8.

24. En 20, 18 se establece la pena de muerte en un caso semejante.

33. El que a la luz de la fe estudia las leyes de pureza levítica contenidas en este capítulo y los cuatro anteriores, encuentra en todas ellas una estrecha relación con el Nuevo Testamento. “Como elpecado destruye la comunión interna con Dios, así la impureza levítica excluía a un hombre de la comunión externa y teocrática con Dios. A la manera que las diversas purificaciones y los sacrificios asociados a ellas reintegraban a la pureza corporal y a la comunión teocrática, así también, pero en mayor grado, la sangre de Jesucristo y los sacramentos instituidos por Él efectúan la purificación del alma del contacto de las obras muertas (Hebreos 9, 13 s.)” (Steinmueller, Introducción, p. 358.)

 

 

CAPÍTULO 16

1. Véase 10, 1 y nota.

2 ss. Cf. Números 29, 7 ss. Tras el velo, donde está el Arca de la Alianza en el Santo de los Santos. El propiciatorio: la cubierta del Arca (cf. Éxodo 25, 17 y nota). Se trata aquí de la institución del día de la Expiación o Penitencia, en que el Sumo Sacerdote tenía que reconciliarse a sí mismo y al pueblo con Dios. Era celebrado en otoño, el diez del mes de Tischri (Septiembre-Octubre), cinco días antes de la fiesta de los Tabernáculos. Para San Pablo, el día de la Expiación es figura de la. reconciliación que Jesucristo realizó con su muerte (Hebreos 9, 8). Más aún, tan sólo por el Sacrificio de Cristo en la Cruz tenían estos ritos del Antiguo Testamento su razón de ser; porque antes de Cristo los pecados estaban solamente “cubiertos” —pues esto significa en hebreo originariamente la palabra “expiar”— hasta que llegase Él que había sido puesto por Dios “como instrumento de propiciación” (Romanos 3, 25). Es ésta una de las más famosas instituciones de Israel y contiene la más íntima relación con el Sacrificio del Cordero Inmaculado. Cf. Juan 1, 29; Romanos 8, 33 s.; Hebreos 9, 26; I Juan 1, 7 y 9.

8. Para Asasel: La Vulgata vierte: para el macho cabrío emisario. Asasel puede ser un nombre simbólico (destrucción), o, como en el libro apócrifo de Henoch, nombre popular del espíritu malo. Mons. Landersdorfer supone que Asasel no pertenece al rito primitivo de la Expiación, sino que fue agregado más tarde. Algunos (por ej. Hummelauer) opinan que el nombre Asasel designaba primero el monte del cual se precipitaba el macho cabrío.

10. Para Asasel: Falta en la Vulgata, cf. versículo 8 y nota.

16. Las impurezas del Santuario consisten en la inobservancia de los ritos y leyes de santidad.

21. Confesará todas las iniquidades: Así se practicaba la confesión en el Antiguo Testamento. Había también confesión particular (Números 5, 7). El desierto simboliza la maldición, algo así como mansión del demonio. La ceremonia significa que el macho cabrío lleva los pecados del pueblo a su autor, el demonio, para no volver nunca jamás. Nuestra víctima de propiciación es Cristo que, llevando nuestras iniquidades, murió fuera de la ciudad, a semejanza del macho cabrío que llevaba los pecados del pueblo. Véase 4, 12 y nota; Hebreos 13, 12. Fray Luis de León comenta este rito, diciendo: “Como en la Ley Vieja sobre la cabeza de aquel animal con que limpiaba sus pecados el pueblo, en nombre de él ponía las manos el sacerdote, y decía que cargaba en ella todo lo que su gente pecaba, así Él, porque era también sacerdote, puso sobre sí mismo las culpas y las personas culpadas, y las ayuntó con su alma... por una manera de unión espiritual e inefable con que Dios suele juntar muchos en uno, de que los hombres espirituales tienen mucha noticia” (Nombres de Cristo).

29. Os mortificaréis, esto es, expiaréis vuestros pecados con ayuno, penitencia y las ceremonias del día de la Expiación. Véase 23, 29; Números 29, 7. Ese día, que aun hoy practican los judíos observantes, se celebraba con ayuno rigurosísimo. Hasta la puesta del sol todos los israelitas, a excepción de los niños y enfermos, tenían que ayunar sin comer ni beber nada. Este es el ayuno de que se habla en Hechos 27, 9. Compárese con tan riguroso ayuno los conceptos modernos, según los cuales el restringir un poco una sola comida ya parece una gran cosa. “¿Qué responderán a la terrible amenaza del Señor tantos cristianos que, por razones muy frívolas, hijas de la concupiscencia, o dejan enteramente de ayunar, o sólo guardan una vana sombra del ayuno?” (Scío).

34. Una vez al año: Cf. Hebreos 9, 7 s. Aun en esto podemos ver una figura del sacrificio de Cristo, que “una vez para siempre” entró en el Santuario, por la virtud de su propia sangre (Hebreos 7, 27; 9, 12) para presentarse delante de Dios a favor nuestro (Hebreos 9, 24), de manera que como hijos de Dios podemos servir a Dios vivo (Hebreos 9, 14). “Lleguémonos, por lo tanto, confiadamente al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia pata ser socorridos en el tiempo oportuno” (Hebreos 4, 16). Cf. Isaías 53, 5 s.

 

 

CAPÍTULO 17

1. Los capítulos que siguen, forman el llamado “Código de santidad”. “Es una miscelánea legal, en la cual se repiten no pocas leyes antes dadas, pero que entran en él en un nuevo aspecto: el de la santidad. Por ser santo Dios, ha de ser santo el pueblo, en medio del cual habita el Santo, que es quien a él le santifica. Santo viene a ser puro, limpio, sin mancha, sin defecto; y es, entre los atributos de Dios consignados en la Escritura, el que más íntimamente ligado está a la religión... Pero esta santidad se nos presenta como algo terrible y mortal para quien a ella se acerca no estando en consonancia con ella (Isaías 6, 5). Y por eso es impuro” (Nácar-Colunga).

3. Durante la permanencia de los israelitas en el desierto, los animales debían ser matados a la puerta del Tabernáculo, para impedir los sacrificios ocultos, que hubieran podido dar lugar a la idolatría (véase versículo 7). Después de la conquista de Canaán esta ley sufrió modificaciones, y los israelitas podían matar reses y comer su carne, pero no la sangre (Deuteronomio 12, 15 y 20-24). Cf. Hechos 15, 29, donde vemos, que también los primeros cristianos, para evitar escándalos, se abstenían de la sangre.

7. Los demonios: Cf. Isaías 13, 21; 34, 14. El texto hebreo dice “Seirim”, nombre de demonios, a los que la imaginación popular representaba como machos cabríos (recuérdense los faunos y sátiros de los griegos y romanos) y a los cuales los paganos ofrecían sacrificios. Fornicar con los demonios es otro término usado en lugar de idolatría. Cf. Jueces 2, 17; 8, 33; Ezequiel 6, 9; Oseas 1, 2, etc.

11. La vida de la carne está en la sangre: Por esto se comprende la prohibición de comer la sangre, pues la vida pertenece a Dios quien la ha creado y dado. Esta mística de la sangre, que nada tiene que ver con las doctrinas racistas y materialistas, da a la sangre de Cristo su inmenso valor, pues la efusión de la sangre de toros y machos cabríos, que en la Ley de Moisés sólo era una sombra y no quitaba pecados, como dice San Pablo en Hebreos 10, 4, se hizo realidad en el altar de la Cruz, donde Jesús se ofreció al Padre, derramando su vida hasta la última gota de su sangre preciosísima. Cf. versículo 14.

 

 

CAPÍTULO 18

1 ss. Este capítulo contiene los impedimentos matrimoniales y fija los grados de parentesco entre los cuales la unión matrimonial está prohibida. La ley mosaica prohíbe terminantemente el matrimonio entre consanguíneos en línea recta, y hasta el segundo grado de la línea colateral (con algunas excepciones). Condena el adulterio, los vicios contra naturaleza y cualquier clase de perversidad sexual. Es admirable con qué franqueza aquí se descubren las monstruosidades de la inmoralidad y la severidad con que Dios protege la santidad del matrimonio y de la familia. Cf. 15, 18 y nota.

5. Vivirá por ellos: Se refiere en primer lugar a la vida temporal; promesa repetida muchas veces en el Antiguo Testamento. Lo que no excluye que los justos podían esperar la vida eterna, por la fe y esperanza en el Mesías (San Tomás). Así lo muestra Jesús en Mateo 19, 16-17. San Pablo cita este pasaje en Romanos 10, 5 y Gálatas 3, 12, mostrando que la verdadera vida viene de la fe en Jesucristo.

21. Moloc, dios de los amonitas, al cual los devotos de este ídolo ofrecían niños, entregándolos al fuego (Jeremías 32, 35; Ezequiel 20, 26). En tiempos de los reyes este culto atroz cundió tanto en el reino de Israel como en el de Judá (IV Reyes 16, 3; 17, 17; 21, 6; 23, 10; Isaías 57, 5; Jeremías 7, 30-32; 19,1-13, etc.

22. Cf. Romanos 1, 24 ss.

24. ¡He aquí una explicación de la crudeza con que el Señor Dios de toda santidad habla de estas cosas! Como el buen padre abre los ojos del hijo inexperto que corre peligro en un mal ambiente, así previene Él a su pueblo escogido.

 

 

CAPÍTULO 19

2. Sed santos: Este asombroso precepto, que coincide con el de Cristo, que dice: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mateo 5, 48), ha provocado los más diversos comentarios. No podemos imitar a Dios en su poder, en su magnificencia ni en otras perfecciones, dice San Jerónimo, pero podemos imitarle de lejos en su humildad, en su mansedumbre y en su caridad. San Gregorio Nacianceno busca la solución en la definición de la perfección y santidad, preguntándose: “¿Qué es santidad?”, y contesta: “Es contraer el hábito de vivir con Dios”. Santa Catalina de Siena, de acuerdo con Sto. Tomás (I-II, q. 184, a. 1) responde que la perfección consiste especialmente en la caridad, primero en el amor a Dios, y luego en el amor al prójimo (Garrigou-Lagrange. La Providencia y la Confianza en Dios, p. 248). Esta explicación es auténticamente bíblica, pues si Dios es esencialmente amor, como dice San Juan en I Juan 4, 8 y 16. no podemos hacernos semejantes a Él sino imitando su amor, y puesto que Él ama infinitamente a su Hijo Unigénito, su imagen (Colosenses 1, 15) y “la impronta de su substancia” (Hebreos 1, 3), estamos unidos a Él por nuestro amor a su Hijo. Esto nos revela el mismo Jesús cuando dice: “Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y en él haremos morada” (Juan 14, 23). ¿Puede acaso haber en el alma santidad y perfección mayor que esta que es fruto del amor a Jesús? El Apóstol de los Gentiles ve lógicamente en el amor “el vínculo de la perfección” (Colosenses 3, 14), es decir, el lazo de unión vital con el Santo, por excelencia. Este camino de la perfección que se nos ha abierto por Jesucristo, es mucho más corto que el trazado en este capítulo, pues bajo la Ley antigua faltaba ese estrecho lazo de unión, el vínculo de amor personificado entre Dios y los hombres, el Cristo encarnado, nuestro hermano. Por eso, el mejor regalo que San Pablo puede pedir para sus hijos espirituales, es desearles que todos amen con incorruptible amor a nuestro Señor Jesucristo (Efesios 6, 24). Cf. 11, 44 y nota; 20, 7 y 26; 21, 8.

3. Guardad mis sábados: Cf. Génesis 2, 3; Levítico 23, 3; Mateo 12, 1.

9 ss. Las leyes sociales de la Ley de Moisés son incomparables y hasta hoy no superadas; no porque fuesen ideadas por sociólogos, aunque Moisés fue un excelente promotor del bienestar de su pueblo, sino porque están incluidas en el código de santidad y tienen por motivo la santidad de Dios, quien no puede permitir que un miembro de su pueblo, por más pobre que sea, resulte perjudicado. “Las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento son un don del Espíritu de santidad, y, por consiguiente, una escuela del orden moral y social” (Cardenal Faulhaber). Véase 23, 22; Éxodo 22, 26 s.; 23,3 y nota; Deuteronomio 24, 12 ss.; III Reyes capítulo 21; Isaías 5, 8 s., etc.

12. El Señor Jesús recuerda este y otros preceptos en el Sermón de la Montaña (Mateo 5, 33).

13. El que no tiene otros recursos que lo que gana cada día por el trabajo de sus manos, se ve en la necesidad de cobrar diariamente el jornal que le corresponde. Retenerle el salario es, según el apóstol Santiago (5, 4), un crimen que clama al cielo. A este clamor que sube sin cesar hasta el trono del Altísimo se asocian todos los explotados por los modernos sistemas económicos. Cf. Jeremías 22, 13; Tobías 4, 15.

16. Véase Éxodo 23, 1; Salmo 14, 3; 49, 20.

17. Véase I Juan 2, 9-11; 3, 10; Mateo 18, 15 ss.

18. Amarás a tu prójimo como a ti mismo: Pocos saben que este pasaje está ya en el Antiguo Testamento. Sin embargo este gran mandamiento no pudo imponerse en el pueblo israelita porque los judíos entendían por prójimos, no a todos los hombres, y de ninguna manera a los enemigos, sino solamente a los de su nación y los extranjeros que vivían entre ellos. Por lo cual los escribas explicaban la Ley de Moisés en el sentido: Amarás a tu amigo y tendrás odio a tus enemigos, como se colige de Mateo 5, 43. Este precepto es citado nueve veces en el Nuevo Testamento.

19. La prohibición de cruzar razas de animales y mezclar semillas recordaba al pueblo israelita su misión de mantenerse puro y no mezclarse con otros pueblos (Sto. Tomás). Dos clases de hilo: lana y lino.

24. Los primeros frutos de los árboles frutales pertenecían a Yahvé, del mismo modo que los primogénitos de los hombres y de los animales y los primeros granos maduros. Cf. 23, 10; Ezequiel 22, 29; 23, 16.

27. Estas disposiciones, por extrañas que parezcan, revisten gran importancia para la religión de Israel. Todas estas costumbres prohibidas estaban en relación con el paganismo (Deuteronomio 14, 1; Isaías 15, 2; Jeremías 9, 26; 25, 23), especialmente la última. Los gentiles creían honrar a sus dioses con la sangre de heridas e incisiones que hacían en el cuerpo para expresar el duelo. Véase 21, 5; Jeremías 16, 6; 41, 5. Tenían su origen en la idea de ofrecer la propia sangre a los demonios para aplacarlos.

31. Cuanto más afloja la fe, tanto más se extiende la superstición, la magia y el ocultismo. Las grandes ciudades modernas tienen más adivinos, astrólogos y ocultistas que sacerdotes. “Es una suprema injuria que hacemos a Dios.” Nos apoyamos sobre la mentira, “sobre un brazo de carne”, rehusamos la ley de Dios, la única que puede alumbrar nuestro sendero.

36. Cf. Proverbios 11, 1; 16, 11; 20, 23.

 

 

CAPÍTULO 20

2. El pueblo del país es el pueblo de Israel. La pena de muerte se entiende de los que consagraban sus hijos a Moloc. Cf. 18, 21. La consagración se realizaba de una manera bestial, siendo entregado el hijo al fuego. ¡Con qué cariño se queja el Señor de los hijos de su pueblo, víctimas de tal abominación en Jeremías 32, 35!

5. Se prostituyan: o sea, den culto. La Biblia dice “prostitución” y “fornicación” en vez de idolatría, porque las relaciones de Dios con su pueblo son un místico desposorio, siendo Yahvé el Esposo e Israel la Esposa, así como en el Nuevo Testamento Cristo es el Esposo de la Iglesia (Efesios 5, 25; Apocalipsis 19, 7).

7. Sed santos: Véase 11, 44 y nota, y especialmente 19, 2 y nota. Cf. versículo 26; 21, 8.

10. Véase el episodio de la mujer adúltera en Juan 8, 5, y el de Susana en Daniel 13. Cf. Éxodo 20, 14; Deuteronomio 22, 22. Jesucristo explica esta ley en Mateo 5, 27, diciendo: “Quienquiera mire a una mujer codiciándola, ya cometió con ella adulterio en su corazón.”

20. Morirán sin prole. Cf. la misma amenaza en el versículo siguiente. No tener descendencia se consideraba como una pena gravísima en aquel pueblo que aguardaba al Mesías en uno de sus hijos.

27. El hombre... que evoque a los muertos: La evocación de los muertos se prohíbe ya en el versículo 6 y en 19, 31. La Vulgata traduce: El hombre o la mujer en quienes hubiere espíritu pitónico. Entre los pueblos paganos había pitones y pitonisas que practicaban ese arte mágico y otras formas del ocultismo. Véase la pitonisa de Endor (I Reyes 28, 7) y la de Filipos (Hechos 16, 16 ss.). Cf. 19, 31 y nota; Deuteronomio 18, 11.

 

 

CAPÍTULO 21

4 ss. Siendo él un jefe: Para comprender este precepto hay que tener presente que en la Antigua Ley la santidad dependía de los ritos y ceremonias exteriores, mientras que en el Nuevo Testamento vale la ley del espíritu. Es lo que explicó Jesús a la samaritana (Juan 4, 23; véase allí la nota). Si el sacerdote ha de ser santo, es evidente que no puede contaminarse con aquellas cosas que, según este mismo concepto, son impuras y opuestas a la santidad, como p, ej., tocar un cadáver, salvo las pocas excepciones indicadas en los versículos 2 y 3. A la misma regla obedecen también las prohibiciones de los versículos 5 ss. Al sumo Sacerdote que llevaba en su mitra una lámina que señalaba su santidad (Éxodo 28, 36) y que por lo tanto tenía que ser más santo que los demás sacerdotes, se le prohibía tocar aún el cadáver de su padre y de su madre u ostentar otras señales de duelo (versículo 10 s.). ¡Qué dureza!, dirá el mundo; pero es Dios quien lo manda, y Dios no es duro, sino bueno y clemente. Si Él lo prescribe es porque fue necesario para inculcar al pueblo la idea de la santidad.

5. Sobre estas prohibiciones véase 19, 27 y nota,

8. Santo soy Yo: Véase 11, 44; 19, 2 y notas.

9. Véase 4, 3 ss. nota.

10. San Jerónimo aplica estos preceptos al cristiano que aspira a la santidad, “para que el alma, dedicada exclusivamente a los sacrificios de Dios, y toda envuelta en sus misterios, no sea obstaculizada por ningún otro afecto, ¿No prescribe el Evangelio con otras palabras la misma cosa, a saber, que el discípulo renuncie a su casa y que no dé sepultura a su padre difunto?” (Ad Paulam). Cf. Mateo 8, 21 s.; Lucas 9, 59 s.

17. Los sacerdotes que adolecían de anormalidades corporales y no podían ejercer perfectamente su ministerio, hubieran dado lugar a escándalos. Sin embargo, podían comer de los panes de. la proposición y de las oblaciones. Véase el versículo 22. También la Iglesia exige que el sacerdote sea sin defecto corporal.

22. El pan de su Dios: Admiremos esta expresión de cariño paternal. ¡El mismo Dios jubila a los sacerdotes que por defectos corporales no pueden trabajar en el Santuario, y los hace participar en las oblaciones ofrecidas a Él! (Cf. versículo 17 y nota.)

 

 

CAPÍTULO 22

1 ss. Los preceptos de este capítulo se refieren a los sacerdotes, los que como ministros del Santuario tenían el derecho de vivir del mismo, pues “el obrero es acreedor a su salario”, como dice Jesús al dar a los apóstoles la misión de predicar (Mateo 10, 10). San Pablo, que personalmente renunciaba a todos los emolumentos del ministerio apostólico, reconoce ese mismo principio para sus compañeros; pues dice: “¿No sabéis que los que desempeñan funciones sagradas, viven del Templo, y los que sirven al altar, del altar participan? Así también ha ordenado el Señor que los que anuncian el Evangelio, vivan del Evangelio” (I Corintios 9. 13 s.).

9. Para que no mueran en el Santuario como Nadab y Abiú. Cf. capítulo 10.

15. Los cargarían, etc.: ¡Qué verdad tan tremenda! El pueblo participa en la maldad de los sacerdotes de la misma manera que es participe de sus bendiciones. ¿No dice lo mismo el refrán: “Qualis rex, talis grex”? Meditemos en lo que dice Yahvé a los sacerdotes por medio del profeta Malaquías: “Vosotros habéis escandalizado a muchísimos, haciéndoles violar la Ley... por eso también Yo os he hecho despreciables y viles delante de todo el pueblo” (Malaquías 2, 8 s.). El sacerdote que desprecia la Ley de Dios, es objeto del desprecio del pueblo.

27. Nótese la compasión y humanidad con los animales que no son olvidados en esta Ley divina. En muchos otros pasajes de la Sagrada Escritura se dan preceptos en beneficio de ellos, p. ej. Éxodo 23, 11 y 19; Deuteronomio 22, 1, 4, 6. Era para fomentar en el corazón de los hombres la bondad y ternura, porque los que no tienen compasión de los animales tampoco la tienen para con sus hermanos.

 

 

CAPÍTULO 23

1 ss. Este capítulo está dedicado a las fiestas que los israelitas tenían que celebrar año tras año. Primero se inculca la celebración del sábado, que para los israelitas era uno de los mandamientos más santos, como para los cristianos lo es el domingo o día del Señor. Cf. Éxodo 20, 8; 31, 12 ss.; 35, 1 ss. Asamblea santa: en el Santuario, con sacrificios y con oblaciones.

5 ss. La fiesta de Pascua se celebraba el catorce de Nisán (marzo-abril) en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto. En ese día cada padre de familia tenía que reunir a la gente de su casa fara comer el cordero pascual. Sobre el rito véase Éxodo 12, 1 ss. El cordero era figura de Jesucristo (Juan 1, 29), que ese mismo día —el catorce de Nisán— en que los judíos sacrificaron el cordero pascual, fue inmolado en el altar de la Cruz. En el Nuevo Testamento Cristo es representado como el cumplimiento del sentido espiritual de esta fiesta, pues como dice San Pedro, somos redimidos, no con oro o plata, sino “con la sangre preciosa de Cristo como de cordero sin tacha y sin mancha” (I Pedro 1, 19). Cf. I Corintios 5, 7. A la fiesta de Pascua seguía la de los Ácimos que duraba siete días, durante los cuales estaba prohibido comer pan con levadura, porque la levadura es símbolo de corrupción y del pecado. Véase sobre esto la nota a 2, 11. Cf. I Corintios 5, 6ss.; II Corintios 7, 1; Gálatas 5, 7 ss. La fiesta de los Ácimos significaba a Cristo como pan de vida (Juan 6, 48), que no está sometido a la corrupción, sino que, al contrario, es germen de la vida eterna, “pues el que come este pan vivirá eternamente” (Juan 6, 58).

10. Una gavilla como primicias: Se trata de la primera gavilla de cebada. Con la ofrenda del primer manojo empezaba la cosecha y desde esa fecha se podían consumir los primeros frutos. En sentido típico se refiere esta ceremonia a Cristo, el cual es el primero de los resucitados: “la primicia Cristo, luego (resucitarán) los de Cristo en su Parusía” (I Corintios 15, 23). El día siguiente al sábado: También Cristo, la primicia de la resurrección, resucitó ese mismo día, el día siguiente al sábado.

11. Mecerá: Véase Éxodo 29, 24 ss. y nota.

14. ¡Cuán hermoso y saludable y justo es dedicar al Señor, antes de tocarlas nosotros, las primicias de lo que Él mismo nos da! ¿No es éste un modo de cumplir el primer mandamiento: amarlo a Él sobre todas las cosas? Véase en Malaquías 3, 8-12 las bendiciones que Dios promete al que lo cumpla.

15 ss. Esta fiesta se llama en griego y en nuestro idioma Pentecostés, es decir, fiesta de los cincuenta días (contando desde Pascua). Era la fiesta de acción de gracias por la terminación de la siega, por lo cual se llama también Fiesta de la Siega (Éxodo 23, 16). Su antitipo en el Nuevo Testamento es la venida del Espíritu Santo, que se produjo en el Día de la Siega, no por casualidad, sino para completar la obra de Jesús, formando a la Iglesia y uniendo a los dos, los judíos y los gentiles (Efesios 2, 14), de modo que. la cosecha en aquel día fue de tres mil almas (Hechos 2, 41).

22. Bellísimo precepto, cuya aplicación vemos en la encantadora historia del libro de Rut, capítulo 2. Véase el espíritu generoso de instituciones como ésta y el jubileo, etc. ¡Cuán lejos está de la sordidez que algunos creen característica del pueblo escogido del Antiguo Testamento! Cf. 19, 9 y nota.

24. Con toque de trompetas: Esta fiesta del novilunio del mes de Tischri (septiembre-octubre) llevaba también el nombre de fiesta de las trompetas y era a la vez el comienzo del año civil. Los demás novilunios se celebran con menor solemnidad y sin descanso sabático. Los israelitas ajustaban los meses de su calendario a las fases de la luna e intercalaban cada tres años un mes para compensar la diferencia con el año solar. El sentido típico de esta fiesta ha de buscarse en aquellos pasajes que hablan de la “trompeta de Dios”, que será la señal de la venida de Cristo (I Tesalonicenses 4, 16; cf. Isaías 27, 13; Zacarías 9, 14; Éxodo 19, 13 y notas).

27 ss. Sobre el rito del día de la Expiación y su sentido eminentemente típico véase el capítulo 16 y notas.

32. Comenzando por la tarde: Hay que recordar que el día empezaba al caer la tarde (Génesis 1, 5). Por eso la Iglesia celebra las vísperas de las fiestas (Vesperae en latín: tardes).

34 ss. La fiesta de los Tabernáculos revestía carácter de alegría por su coincidencia con la vendimia. Se celebraba en acción de gracias y en memoria de la estadía en el desierto, donde los israelitas vivían en tabernáculos o tiendas. Durante la fiesta se instalaban tiendas de ramas y hojas en los techos de las casas y en las calles. La idea de que hemos de vivir aquí abajo como en tiendas de campaña, sin apegarnos a la tierra, era cultivada también en el pueblo santo. Véase en Jeremías 35 el bello ejemplo de la familia de los Recabitas. Cf. I Corintios 4, 11; Hebreos 11, 9; II Pedro 1, 14.

37. Pascua, Pentecostés y la Fiesta de los Tabernáculos eran las tres fiestas en que todos los israelitas tenían que presentarse ante el Santuario (Éxodo 23, 17; 34, 23; Deuteronomio 16, 16).

39. La fiesta en honor de Yahvé: la fiesta de los Tabernáculos, de la cual se habla en los versículos 33 ss.

 

 

CAPÍTULO 24

1 ss. Véase Éxodo 25, 6; 37, 17 ss.; 39, 36. El candelabro del Tabernáculo es figura de la lámpara del Santísimo de nuestras iglesias. Fuera del velo (versículo 3) que había entre el Santo y el Santísimo. Testimonio (versículo 3): el Santísimo, porque allí se hallaban el Arca de la Alianza con las tablas de la Ley, que se llamaba Testimonio, Cf. Hebreos 9, 3.

5. Dos décimas, o sea, más de 7 kilos. Doce tortas, según el número de las tribus de Israel. Sobre los panes de la proposición véase Éxodo 25, 23-30; Hebreos 9, 2.

11. El nombre de Dios: Yahvé, cuyo nombre para los judíos era tan santo, que ni siquiera se atrevían a pronunciarlo. Véase Éxodo 3, 14 y nota.

14. Sobre la lapidación como castigo de la blasfemia, véase Juan 8, 59; 10, 31; Mateo 26, 65. La ceremonia de poner las manos sobre el delincuente significaba que los que la realizaban eran testigos de la blasfemia. Véase Daniel 13, 34. ¡Cuán enorme delito sea la blasfemia se ve por el hecho de que Dios la hace castigar con la pena de muerte! Y sin embargo, tan arraigado se halla este mal entre los pueblos modernos que hoy se blasfema por costumbre, casi como por diversión.

19 s. Las penas aquí mencionadas se referían a los casos públicos que se llevaban ante los jueces. Sobre la ley del talión véase Éxodo 21, 24; Deuteronomio 19, 21; Mateo 5, 38. La llamada ley del talión estuvo en vigencia entre los israelitas durante todo el periodo del Antiguo Testamento hasta la venida de Jesucristo, el cual la suspendió definitivamente en el Sermón de la Montaña y dio al gran mandamiento del amor (19, 18) su pleno sentido (Mateo 5, 38 ss.).

 

 

CAPÍTULO 25

2 ss. Tan santo era el sábado que hasta la tierra tenía que celebrarlo y santificarlo. La santificación del séptimo día se trasladó al séptimo año, celebrándose éste como tiempo sagrado, en que hombres, animales y campos podían descansar. Más aun, cada siete semanas de años, es decir, después de cada periodo de 49 años celebraba la tierra, además del año sabático, un año jubilar, de modo que descansaba dos años seguidos. Los frutos que durante estos años crecían, eran bien común y pertenecían, ante todo, a los pobres y extranjeros; además se perdonaban las deudas. Para el sustento del pueblo, el Señor prometió tan abundante bendición en el año anterior, que alcanzaría para tres años (versículo 21). Véase Éxodo 23, 11; Deuteronomio 15, 2; 31, 10. Nehemías 10, 31; I Macabeos 6, 49 ss. También la Iglesia celebra cada veinticinco años un Año Santo, pero sin imponer las leyes que acompañaban el año sabático y el año jubilar.

13 ss. Hay que destacar el eminente valor social del año jubilar, durante el cual todos recobraban sus campos, imposibilitando así la formación de un proletariado (cf. Isaías 5, 8 s.). Al mismo fin obedecía la disposición de que los esclavos lograsen la libertad (versículo 39 ss.). Cf. 27, 17; Deuteronomio 15, 12. Según Éxodo 21, 2, los esclavos de raza israelita recobraban la libertad el séptimo año a contar desde el comienzo de la esclavitud. Otra disposición se da en los versículos 40 y 54 de este capítulo. Isaías se refiere a estos versículos anunciando el año de remisión (Isaías 61, 1-3) que se cumplió en Jesucristo (Lucas 4, 19), desde cuya muerte gozamos un perpetuo año de remisión (cf. Hebreos capítulo 9). “El año jubilar es un tipo de la «restauración de todas las cosas» (Hechos 3, 21) al fin del mundo, cuando los hijos de Dios recibirán su herencia entera y la libertad completa” (Steinmueller, Introducción General, p. 366). Cf. Hechos 3, 21 y nota.

23. Mía es la tierra; el suelo no puede venderse a perpetuidad: Hay tres cosas que Dios se ha reservado como exclusiva propiedad suya: la vida, la tierra y los pobres; la vida porque Él es el Padre de todos los que viven; la tierra, por ser Él su Creador y absoluto Dueño; y los pobres porque fuera de Él no tienen otro refugio (Salmo 9 A, 10), a quien clamar en sus angustias; y Él ha prometido oírlos: “Si (el pobre) clamare a Mí, le oiré, porque soy misericordioso” (Éxodo 22, 27). Entre las tres reivindicaciones la más asombrosa es la segunda, que dice: Mía es la tierra; el suelo no puede venderse a perpetuidad. Aunque esta ley vale solamente para la tierra de promisión y el pueblo del Antiguo Testamento, es sin embargo el fundamento del bienestar de todos los pueblos y una norma de estupenda trascendencia social, ya que garantiza a cada familia la herencia de sus padres e impide que el patrio suelo se torne objeto de especulación o sea acumulado en manos de sociedades anónimas que se enriquecen con su compra y venta sin cultivarlo. Únicamente Dios pudo formular esta ley lapidaria. Óiganlo los acaparadores y especuladores de terrenos: ¡Mía es la tierra! Huele a comunismo, dicen. ¡Ojalá se hubiera impuesto este “comunismo” de ley divina, y no el comunismo materialista de hoy! Lo que Dios dice es santo y justo, y quien no escucha su voz es un enemigo de la a sociedad, como lo vemos en las funestas consecuencias de los precios fantásticos de los terrenos suburbanos, que a tanto llegan que las familias pobres no pueden adquirirlos. De aquí que en su desesperación no vean otra salida que un comunismo brutal y materialista. ¡Mía es la tierra! Óiganlo también los legisladores que forjan las leyes sociales y tienen la enorme responsabilidad de proteger a los pobres, cuyo sumo protector y vengador es Dios.

25. Su rescatador; literalmente: su redentor. Véase un ejemplo histórico en el libro de Rut 4, 1 ss. Cf. Isaías 59, 20.

32. Los levitas no podían adquirir campos; vivían casi exclusivamente del Santuario y de los diezmos, por lo cual había que devolverles sus casas a fin de asegurarles la vida.

35 ss. Dios inculca incesantemente este cuidado por el necesitado, especialmente por boca de los profetas (Deuteronomio 15, 7; Nehemías 5, 5; Isaías 1, 17: Jeremías 7, 6; 22, 3; Oseas 5, 6). Sobre los esclavos véase la nota a los versículos 13 ss. de este capítulo. Es de notar que Israel era el único pueblo de la antigüedad que tenía una legislación social en favor de los esclavos y mantenía el principio de la igualdad de todos los hombres.

42. Son mis siervos: ¿No suena esto como una grave acusación contra el capitalismo materialista que mira al obrero como mercadería? Dios recuerda aquí a los israelitas la esclavitud de Egipto y las maravillas que Él hizo para librarlos. Del mismo modo tendrán que mostrar compasión de los que por miseria se ven sujetos a la esclavitud.

53. Con dureza: No tolerarás que le trate con rigor. Es para inculcar la gran fraternidad que debía reinar entre los israelitas. Recuérdese el caso de Moisés en Egipto (Éxodo 2, 11 ss.).

 

 

CAPÍTULO 26

1. Este capítulo ha de leerse juntamente con los capítulos 29 y 30 del Deuteronomio. Es de notar que todas las sanciones de la Ley de Moisés son temporales. “Santo Tomás da como razón de esto la imperfección del pueblo, incapaz de apreciar los bienes y males espirituales (Suma Teológica I-II q. 99, a. 6). Es muy de tener en cuenta esta condescendencia divina a la condición del pueblo, condescendencia que desde la Ley se prolonga en casi todo el Antiguo Testamento, hasta los escritos de los postreros siglos del judaísmo. El Espíritu Santo va poco a poco abriendo los horizontes celestiales al pueblo, que sobre todo después de la vuelta del cautiverio, no gozaba de aquella felicidad que creían les había sido prometida por los profetas” (Nácar-Colunga). Estelas de culto, en hebreo massebah, pequeñas columnas de piedra que representaban a Baal. Cf. Éxodo 34, 13 y nota.

2. Respetad mi Santuario: El P. Páramo hace notar que los hebreos antes de entrar en el templo se quitaban el calzado y dejaban a la entrada el bastón que llevaban en la mano. Nunca atravesaban el Templo para pasar de un lado a otro, y salían de él sin volver jamás las espaldas al Santuario.

3. En Palestina, más que en otros países, las lluvias son un don de Dios. Hay dos cortos periodos de lluvia, de los cuales depende la cosecha. Esto explica expresiones como la del Salmo 142. 6.

5. Descripción gráfica de la fertilidad del país prometido. La mies alcanza la vendimia, y ésta durará basta el tiempo de sembrar.

11 s. Citada en forma libre por San Pablo en II Corintios 6, 16, para mostrar que somos templos de Dios y participamos de las bendiciones dadas a Israel, que, si bien se refieren sólo a bienes materiales (cf. nota 1), son figuras de cosas invisibles de orden sobrenatural, imágenes del Reino de Jesucristo; pues “la ley no es sino una sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas” (Hebreos 10, 1). Cf. Éxodo 29, 4S y nota.

14 ss. Siendo Israel un pueblo de dura cerviz, le da Dios, por razones de educación espiritual, no solamente promesas, sino que lo amenaza también con castigos. Nada más patético que esta insistencia de un Dios celoso, temiendo siempre nuevas infidelidades, que desgraciadamente se cumplieron. La multitud de amenazas y promesas contribuía además a despertar en los mejores el deseo del Mesías y de su reino de gracia y amor. En este sentido la Ley era pedagogo para conducirnos a Cristo (Gálatas 3, 24).

17. Sin que nadie os persiga: Es ésta la característica de la mala conciencia que tiembla ante el castigo que no ha de tardar.

29. Comeréis la carne de vuestros hijos: Cf. IV Reyes 6, 28 s.

30. Lugares altos. Así se llamaban los lugares de culto que los cananeos erigían en colinas y alturas vecinas a las ciudades. Estatuas: Traducción insegura. Según algunos se trataba de imágenes del sol.

33 ss. Cf. Deuteronomio 28, 64-68.

34 s. Sus sábados, esto es, el reposo prescrito por la ley del año sabático, el que los israelitas tantas veces violaron. Cf. 25, 1 ss. Se cumplió esta amenaza en el tiempo del cautiverio, durante el cual el país quedó sin cultivar y pudo descansar por espacio de setenta años.

36. Huirán... y caerán: Y sin embargo, Dios no los aniquilará por completo. La raza judía queda, y se mantiene fuerte y poderosa en la dispersión en que vive desde hace veinte siglos, resistiendo a todas las persecuciones que tuvo que sufrir en la antigüedad, en la Edad Media y en los tiempos modernos.

41. Es como una profecía de la conversión de los judíos, anunciada para el fin de los tiempos por San Pablo (Romanos capítulo 11).

 

 

CAPÍTULO 27

1. Este capítulo trata de los votos y diezmos. Por voto se entiende aquí un acto por el cual uno promete a Dios alguna cosa, reteniendo la facultad de rescatarla. Tocante a personas: La Vulgata traduce: su alma, es decir, su vida, sirviendo a Dios en el Santuario. Sólo los sacerdotes y levitas eran capaces de ejercer el ministerio sagrado. Aquí se trataría de los que querían dedicarse a trabajos serviles en la casa de Dios.

3. El siclo del santuario era de 16,83 gr.; tenía 20 óbolos (hebreo: güera). Véase versículo 25.

16. Un hómer equivale a 364 litros.

17. Desde el año del jubileo: Véase 25, 13 ss. y nota.

26 s. Véase Éxodo 13, 2 y nota.

28 s. Con anatema: El texto hebreo emplea aquí la palabra “jérem”, que significa el acto de entregar a Dios alguna cosa, abdicando la facultad de rescatarla. Los seres vivientes prometidos a Dios bajo anatema, tenían que ser muertos irremisiblemente, aunque fuesen personas. Por eso se entregaba al anatema solamente a los enemigos, p. ej. los habitantes de Jericó y Hai (Josué capítulo 6 y 7) y los amalecitas (I Reyes capítulo 15). Cf. Éxodo 22, 20 y nota; Jueces 1, 17; I Corintios 16, 22.