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NOTA INTRODUCTORIA
El libro de los Hechos no pretende narrar lo que hizo cada uno de los apóstoles, sino que toma, como lo hicieron los evangelistas, los hechos principales que el Espíritu Santo ha sugerido al autor para alimento de nuestra fe (cf. Lc. 1, 4; Jn. 20, 31). Dios nos muestra aquí, con un interés histórico y dramático incomparable, lo que fue la vida y el apostolado de la Iglesia en los Primeros decenios (años 30-63 del nacimiento de Cristo), y el papel que en ellos desempeñaron los Príncipes de los Apóstoles, San Pedro (cap. 1-12) y San Pablo (cap. 13-28). La parte más extensa se dedica, pues, a los viajes, trabajos y triunfos de este Apóstol de los gentiles, hasta su primer cautiverio en Roma. Con esto se detiene el autor casi inopinadamente, dando la impresión de que pensaba escribir más adelante otro tratado.
No hay duda de que ese autor es la misma persona que escribió el tercer Evangelio. Terminado este, San Lucas retoma el hilo de la narración y compone el libro de los Hechos (véase 1, 1), que dedica al mismo Teófilo (Lc. 1, 1 ss.). Los santos Padres, principalmente S. Policarpo, S. Clemente Romano, S. Ignacio Mártir, S. Ireneo, S. Justino, etc., como también la crítica moderna, atestiguan y reconocen unánimemente que se trata de una obra de Lucas, nativo sirio antioqueno, médico, compañero y colaborador de S. Pablo, con quien se presenta él mismo en muchos pasajes de su relato (16, 10-17; 20, 5-15; 21,1-18; 27, 1- 28, 16). Escribió, en griego, el idioma corriente entonces, de cuyo original procede la presente versión; pero su lenguaje contiene también aramaísmos que denuncian la nacionalidad del autor.
La composición data de Roma hacia el año 63, poco antes del fin de la primera prisión romana de S. Pablo, es decir, cinco años antes de su muerte y también antes de la terrible destrucción de Jerusalén (70 d. C.), o sea, cuando la vida y el culto de Israel continuaban normalmente.
El objeto de S. Lucas de este escrito es, como en su Evangelio. (Lc. 1, 4), confirmarnos en la fe y enseñar la universalidad de la salud traída por Cristo, la cual se manifiesta primero entre los judíos de Jerusalén, después de Palestina y por fin entre los gentiles.
El cristiano de hoy, a menudo ignorante en esta materia, comprende así mucho mejor, gracias a este Libro, el verdadero carácter de la Iglesia y su íntima vinculación con el Antiguo Testamento y con el pueblo escogido de Israel, al ver que, como observa Fillion, antes de llegar a Roma con los apóstoles, la Iglesia tuvo su primer estadio en Jerusalén, donde había nacido (1, 1-8, 3); en su segundo estadio se extendió de Jerusalén a Judea y Samaria (8, 4-11, 18); tuvo un tercer estadio en Oriente con sede en Antioquía de Siria (11, 19-13, 35), y finalmente se estableció en el mundo pagano y en su capital Roma (13, 1-28, 31), cumpliéndose así las palabras de Jesús a los apóstoles, cuando éstos reunidos lo interrogaron creyendo que iba a restituir inmediatamente el reino a Israel: “No os corresponde a vosotros saber los tiempos ni momentos que ha fijado el Padre con su potestad. Pero cuando descienda sobre vosotros el Espíritu Santo recibiréis virtud y me seréis testigos en Jerusalén y en toda la Judea y Samaria y hasta los extremos de la tierra” (1, 7 s.). Este testimonio del Espíritu Santo y de los apóstoles lo había anunciado Jesús (Jn. 15, 26 s.) y lo ratifica S. Pedro (1, 22; 2, 32; 5, 32, etc.).
El admirable Libro, cuya perfecta unidad reconoce aún la crítica más adversa, podría llamarse también de los “Hechos de Cristo Resucitado”. “Sin él, fuera de algunos rasgos esparcidos en las Epístolas de S. Pablo, en las Epístolas Católicas y en los raros fragmentos que nos restan de los primeros escritores eclesiásticos, no conoceríamos nada del origen de la Iglesia” (Fillion).
S. Jerónimo resume, en la carta al presbítero Paulino, su juicio sobre este divino Libro en las siguientes palabras: “El Libro de los Hechos de los Apóstoles parece contar una sencilla historia, y tejer la infancia de la Iglesia naciente. Mas, sabiendo que su autor es Lucas, el médico, “cuya alabanza está en el Evangelio” (2 Co. 8, 18), echaremos de ver que todas sus palabras son, a la vez que historia, medicina para el alma enferma”.
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HECHOS 1
1. El primer libro, esto es, el tercer Evangelio, poco antes compuesto por el mismo autor (Lc. 1, 1 ss.). Este capítulo es, pues, como una continuación del cap. 24 del Evangelio de S. Lucas, que termina con la Ascensión del Señor (cf. v. siguiente).
3. Cuarenta días: Sólo Lucas nos comunica este dato que fija la fecha de la Ascensión y que tiene gran valor, pues según Lc. 24, 44-53 ésta parecería haberse producido el mismo día de la Resurrección. “La obra de Jesús sobre la tierra se encierra entre dos cuarentenas. Apenas salido del desierto Jesús había anunciado el reino de Dios. De él vuelve a hablar en sus últimos coloquios” (Boudou). Cf. 19, 8 y nota. Siendo visto de ellos: para que fuesen testigos de su Resurrección (1, 22; 2, 32), pero no estaba ya con ellos ordinariamente, como antes, sino que se les apareció en las ocasiones que refieren los Evangelistas. Del reino de Dios: expresión que S. Mateo llama Reino de los cielos, señalando su trascendencia universal (Mt. 3, 7), y que “designa el reino que debía fundar el Mesías... No es usada en el Ant. Testamento, aunque la idea que ella expresa sea a menudo señalada. Véase Is. 42, 1 y 49, 8; Jr. 3, 13 ss., y 23, 2 ss.; Ez. 11, 16 ss.; 34, 12 ss.; Os. 2, 12 ss.; Am. 9, 1 ss.; Mi. 2, 12-13; 3, 12 ss.; etc. Sobre todo, Dn. 2, 44; 7, 13-14” (Fillion). Esto explica la pregunta del v. 6.
4. La promesa del Padre, o sea, la venida del Espíritu Santo, anunciada por Jesús como don del Divino Padre. Cf. Mt. 3, 11; Mc. 1, 8; Lc. 3, 16; 24, 49; Jn. 1, 26; 14, 26.
5. El Precursor había anunciado este bautismo distinto del suyo (Mt. 3, 11; Mc. 1, 8; Lc. 3, 16). Cf. 11, 16; Jn. 3, 5 y nota.
6 s. Habiéndose reunido: Lucas destaca con esto la solemnidad de la pregunta que iban a hacer. Como observa Crampon, la reunión debió ser al aire libre, pues inmediatamente después tuvo lugar la Ascensión del Señor. Los apóstoles pensaban en las profecías sobre la restauración de Israel, que ellos, según se ve en su pregunta, tomaban en sentido literal, como aquellos que glorificaron al Señor en el día de Ramos (Mt. 21, 9; Mc. 11, 10; Lc. 19, 38; Jn. 12, 13). Cristo no les da contestación directa, sino que los remite a los secretos que el Padre tiene reservados a su poder (Mt. 24, 36; Mc. 13, 32; Jn. 14, 28). El Espíritu Santo no tardaría en revelarles, después de Pentecostés, el misterio de la Iglesia, previsto de toda eternidad, pero oculto hasta entonces en el plan divino; y sin el cual no podrían cumplirse las promesas de los profetas, como lo explicó Santiago en el Concilio de Jerusalén (15, 14-18; Hb. 11, 39 s.; Rm. 11, 25 s.; etc.). Cf. Ef. 3, 9; Col. 1, 26.
8. Los extremos de la tierra: Es de notar que hasta la muerte de S. Esteban los apóstoles no predicaban fuera de Jerusalén y Judea; más tarde el diácono Felipe y después S. Pedro y S. Juan fueron a evangelizar la Samaria (cf. 8, 5 ss.), aquella provincia ya madura para la cosecha (Jn. 4, 35); finalmente, y poco a poco, osaron predicar a los gentiles. Cf. 28, 28 y nota.
9. Entre este v. y el anterior, Jesús los había sacado de Jerusalén donde estaban (v. 4), hacia Betania, cosa que el mismo Lucas había dicho ya en su Evangelio (Lc. 24, 50). Desde allí se volvieron (v. 12). El Evangelio hace notar también —¡por única vez! — que los discípulos adoraron al Señor (Lc. 24, 52), aunque no consta que Él apareciese en esta ocasión con el brillo de su gloria, tal como se mostró en la Transfiguración, que era como un anticipo de su Parusía triunfante (3, 21). Cf. Mc. 9, 1 y nota.
10. Dos varones: dos ángeles, Cf. Jn. 20, 12.
11. Varones de Galilea: Se señala aquí cómo los once apóstoles que le quedaron fieles, eran todos galileos. Sólo Judas era de Judá. Vendrá de la mismo manera, es decir, sobre las nubes, según Él mismo lo anunció. Véase Mt. 24, 30; Lc. 21, 27; Judas 14; Ap. 1, 7; 1 Ts. 4, 16 s.; cf. también Ap. 19, 11 ss. Consoladora promesa que explica, dice Fillion, la gran alegría con que ellos se quedaron (Lc. 24, 52). Y en adelante perseveraban en la “bienaventurada esperanza” (Tit. 2, 13) de la venida de Cristo (1 Co. 7, 29; Fil. 4, 5; St. 5, 7 ss.; 1 Pe. 4, 7; Ap. 22, 12).
12. La distancia que era lícito recorrer en sábado, equivalía a poco más de un kilómetro.
13. Cenáculo se llamaba la parte superior de la casa, el primer piso, solamente accesible por afuera mediante una escalera. En el cenáculo se albergaban los huéspedes y se celebraban los convites. De ahí su nombre. El texto griego dice: el Cenáculo, lo que sólo puede referirse a un cenáculo conocido, esto es, aquel en que los apóstoles solían reunirse y donde Jesucristo había instituido la Eucaristía. Se cree que se hallaba en la casa de María, madre de Marcos (véase 12, 12). El local se señala aún en Jerusalén, como uno de los santuarios más ilustres de la cristiandad, si bien está en poder de los musulmanes.
14. Hermanos se llamaban entre los judíos también los parientes (Mt. 12, 45 y nota). Los parientes de Jesús, que antes no creían en Él (Jn. 7, 5) parecen haberse convertido a raíz de su gloriosa Resurrección. Todo el grupo sumaba unas ciento veinte personas.
18. Pedro evoca la espantosa muerte del traidor, a fin de llenarnos de horror ante tan abominable pecado. Cf. Mt. 27, 5.
20 s. Cf. Sal. 68, 26; 108, 8; Jn. 15, 27.
21. Entonces, como ahora, la condición por excelencia del sacerdote había de ser su íntimo conocimiento del Evangelio, es decir, de Cristo en todo cuanto dijo e hizo. Los apóstoles, dice S. Bernardo, tienen que tocar la trompeta de la verdad.
22. Nótese que Pedro dirige la elección del nuevo apóstol, lo que es una prueba evidente de su primado.
26. Este modo de interrogar la voluntad divina, por el sorteo acompañado de oración, en los asuntos de suma importancia, es frecuente en la Escritura. Cf. Jos. 7, 14; 1 Sam. 10, 24. Batiffol hace notar que Matías no recibe imposición de manos, porque se considera que es nombrado por el mismo Cristo.
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HECHOS 2
1. La fiesta de Pentecostés se celebraba 50 días después de la Pascua, en memoria de la entrega hecha por Dios a Moisés, en el monte Sinaí, de las tablas de la Ley, así como en acción de gracias por la cosecha. La venida del Espíritu Santo en ese día produjo una cosecha espiritual de tres mil hombres (v. 41). Todos juntos: no solamente los apóstoles, sino también todos los discípulos y fieles. En el mismo lugar: véase 1, 13 y nota.
2. Viento es sinónimo de espíritu, es decir, algo que sopla desde afuera y es capaz de animar lo inanimado. Como el viento levanta y anima a una hoja seca e inerte, así el divino Espíritu vivifica a nuestras almas, de suyo incapaces de la virtud (Mt. 26, 41; Jn. 15, 5; Flp. 2, 13, etc.). Llenó toda la casa: El espíritu es difusivo. Por eso se dice que el cristiano es cristífero: doquiera va, lleva consigo a Cristo y lo difunde. También Jesús dice que la luz ha de ponerse sobre el candelero para que alumbre toda la casa. Cf. Mt. 5, 15; Lc. 8, 16 y nota.
3. Por el fuego del Espíritu Santo se consuma la iluminación y ese renacimiento espiritual que Jesús había anunciado a Nicodemo (Jn. 3, 5; 7, 39), por lo cual S. Crisóstomo llama al Espíritu Santo reparador de nuestra imagen. Las lenguas simbolizan el don de la palabra que los presentes recibieron inmediatamente, y su eficacia para predicar “las maravillas de Dios (v. 11). El Espíritu se comunicó en esta ocasión con un carácter de universalidad; por eso se considera a Pentecostés como el día natal de la Iglesia, y por eso ésta se llama católica, es decir, universal, abierta a todos los pueblos e individuos; si bien con una jerarquía instituida por el mismo Jesús con el cargo de difundir el conocimiento del Evangelio (lo cual presupone la ignorancia de muchos) y con la advertencia de que muchos serán los llamados y pocos los escogidos (22, 14), lo cual presupone la libertad que Dios respeta en cada uno para aceptar o rechazar el Mensaje de Cristo.
4. “¡Qué artista es el Espíritu Santo!, exclama S. Gregorio: instruye en un instante, y enseña todo lo que quiere. Desde que está en contacto con la inteligencia, ilumina; su solo contacto es la ciencia misma. Y desde que ilumina, cambia el corazón”.
8. Cada uno en nuestra propia lengua: En los vv. 4, 6 y 11 se insiste en destacar esta maravilla del don de lenguas que el Espíritu Santo concedía para el apostolado, y el gozo de cada uno al poder entender. Confirmase aquí una lección que se nos da en ambos Testamentos sobre el carácter abierto de la Religión de Cristo y la suma conveniencia de transmitirla en forma que todos puedan entender cuanto a ella se refiere. Cf. Mt. 10, 27; Mc. 4, 33; 16, 15; Jn. 18, 21; 1 Co. 14, 19; Bar. 1, 5; Ne. 8, 12 y notas.
11. Prosélitos se llamaban los gentiles incorporados al judaísmo. Había dos clases: prosélitos de la puerta, o sea, los creyentes que no recibían la circuncisión, y prosélitos de la justicia, que la recibían.
17 ss. Sobre toda carne: sobre todos los hombres. Esta profecía (Jl. 2, 28-32; cf. Is. 44, 3), además de su cumplimiento en Pentecostés, tiene un sentido escatológico, como se ve en los v. 19 s. referentes a los fenómenos cósmicos que están anunciados para los últimos tiempos (cf. Mt. 24, 29; Ap. 6, 12), o sea para “el día del Señor” (v. 20), cuya venida los primeros cristianos esperaban “de hora en hora”, como dice San Clemente Romano. Cf. 1, 6; 1 Co. 1, 8; 7, 29; Fil. 4, 5; 1 Ts. 5, 2; Hb. 10, 25 y 37; St. 5, 8; 2 Pe. 3, 9; etc. “Téngase presente que en los Evangelios y en todo el Nuevo Testamento se habla muchas veces de la primera venida de Jesucristo y luego se pasa a hablar de la segunda” (Biblia de El Paso). De ahí las palabras después de esto con que empieza el citado texto de Jl. (2, 28, que en el hebreo es 3, 1). Véase allí la nota de Crampon. La misma expresión después de esto usa Santiago, en 15, 16.
22. Que Dios hizo por medio de Él: S. Pedro y todos las apóstoles cuidan de mantener esta profunda verdad que el mismo Jesús no se cansaba de repetir y que no es sino la absoluta y total humillación del Hijo ante el Padre (Fil. 2, 6-8). Pudiendo el Verbo obrar por su propia virtud divina, que recibe del Padre eternamente, nunca hizo obra alguna, ni aun la propia Resurrección (v. 24), sino por su Padre a fin de que toda la gloria fuese para el Padre (Hb. 5, 4 ss.). No hay cosa más sublime que sorprender así en el seno mismo de la divina Familia, el espectáculo de esa fidelidad del Hijo por una parte, y por la otra el amor infinito con que el Padre elogia a Jesús (véase p. ej. Sal. 44, 3 ss.) y le da “un Nombre que es sobre todo nombre” (Flp. 2, 9).
24 ss. Sobre este notable anuncio de la Resurrección de Jesús en el Antiguo Testamento, cf. 3, 22 y nota.
25 ss. Véase Sal. 15, 8-11 y notas. David no habla por su propia persona, sino en representación y como figura de Jesucristo. Véase la explicación que S. Pedro da en los v. 29 ss. Está a mi derecha para que yo no vacile: Esa asistencia constante que el Padre prestó a su Hijo amadísimo (v. 22 y nota; Jn. 8, 29), para sostenerle en su Pasión (Sal. 68, 21 y nota), es una gran luz para comprender que el abandono de que habla Cristo en la Cruz (Mt. 27, 46; Mc. 15, 34; Sal. 21, 2) no significa que el Padre retirase de Él su sostén (eso habría sido desoír la oración de Cristo), sino, como bien observa Santo Tomás, que lo abandonaba “en manos de los hombres” (Mt. 17, 22), en vez de mandar contra ellos ¡“más de doce legiones de ángeles”! (Mt. 26, 53).
30. Véase en 2 Sam. 7, 8 ss. esta promesa, que fue recordada por el Salmo de Salomón (Sal. 131, 11), por el de Etán (Sal. 88, 20-38) y ratificada por el ángel a María (Lc. 1, 32). S. Pablo la reitera en Antioquía de Pisidia (13, 32 ss.).
31. Habló de la resurrección de Cristo: Véase la profecía de Moisés invocada en igual sentido por el Apóstol (3, 22 y nota).
33. La promesa del Espíritu Santo: por donde se ve que fue con su Pasión cómo Cristo conquistó para nosotros el Espíritu Santo, según lo confirma S. Juan (7, 39). Sobre el valor infinito de este don, cf. Jn. 14, 26; 15, 26; 16, 7 y notas.
34 ss. Véase Sal. 109 y nota. El mismo Jesús explicó esta profecía en Mt. 22, 41-46 como prueba de su divinidad. Pedro la usa aquí (v. 36), lo misma que S. Pablo (Hb. 1, 8-13; 1 Co. 15, 25), como anuncio del futuro triunfo de Cristo.
36. Ha constituido: Cf. Sal. 109, 4 y nota.
41. Aquellos que aceptaron sus palabras: Porque sin tener fe no podían ser bautizados. Véase 8, 36 ss.; Mc. 16, 16; Col. 2, 12 y notas. “La primera función ministerial es la de la palabra. que engendra la fe. A la profesión de fe sigue el Bautismo, en nombre de la Santísima Trinidad, que es el rito de introducción al reino de Jesucristo” (Card. Gomá). Cf. 4, 4; 8, 37 y notas.
42. En la doctrina de los apóstoles: en griego: Didajé toon Apostóloon. Con este mismo nombre se ha conservado un documento escrito, del siglo primero, que es de lo más antiguo y por tanto venerable que poseemos como tradición apostólica después de las Escrituras, y que todos debieran conocer. Fracción del pan se llamaba la celebración de la Eucaristía (cf. v. 46) ya en los primeros días, inmediatamente después de la Ascensión del Señor. La continuidad de esta tradición apostólica de la Iglesia judío-cristiana ha sido luego atestiguada por S. Ireneo y S. Justino. La Vulgata traduce: “la comunión de la fracción del pan”. El griego distingue ambas palabras, como observa Fillion pues la primera se refiere a esa vida de fraternal unión en la caridad. Cf. v. 44 y nota. Así también el Credo habla de la comunión de los santos.
44. Todo lo tenían en común. etc. Se ayudaban mutuamente con plena caridad fraterna y vendían sus propiedades si eran necesarias para poder socorrer a los pobres (4, 37). Esta comunidad voluntaria nada tiene que ver con lo que hoy se llama comunismo. Era un fruto libérrimo del fraternal amor que unía a los discípulos de Cristo en “un solo corazón y una sola alma” (4, 32 ss.) según las ansias que el divino Maestro había expresado a su Padre (Jn. 17, 11) y a ellos mismos (Jn. 13, 34 s.), ya que, como observa admirablemente S. Agustín, únicamente la caridad distingue a los hijos de Dios de los hijos del diablo. Todo el valor sobrenatural y toda la eficacia social de aquella vida le venía de esa espontaneidad, como se ve en el episodio de Ananías y Safira (véase 5, 1 ss.). El P. Murillo S. J. comprueba, en un célebre estudio histórico-teológico, el triste enfriamiento que han ido sufriendo la fe y la caridad desde los tiempos apostólicos. En cuanto a las perspectivas futuras, véase lo que dice Jesús en Mt. 24, 12 y Lc. 18, 8.
46: En el Templo: es decir en el templo judío de Jerusalén. La ruptura con el culto antiguo no se realizó hasta más tarde (cf. 5, 29 y nota; 15, 1 ss.; 16, 3; Flp. 3, 3: Hb. 8, 4 y nota). Pero desde un principio los cristianos tenían la Eucaristía o fracción del pan (v. 42) y el hogar era santuario, como se ve en las palabras por las casas, pues también predicaban en ellas (5, 42) y en ellas se reunían (Rm. 16, 5; Col. 4, 15). Tomaban el alimento con alegría: Trazo que completa este admirable cuadro de santidad colectiva, propia de los tiempos apostólicos y que no volvió más. Sobre la santificación del alimento existe una preciosa oración, sin duda muy antigua, hecha toda con textos de S. Pablo y que traducida dice así: “Padre Santo, que todo lo provees con abundancia (1 Tm. 6, 17) y santificas nuestro alimento con tu palabra (1 Tm. 4, 5), bendícenos junto con estos dones, para que los tomemos a gloria tuya (1 Co. 10, 31) en Cristo y por Cristo y con Cristo, tu Hijo y Señor nuestro, que vive contigo en la unidad del Espíritu Santo y cuyo reino no tendrá fin. Amén”. La acción de gracias, para después, empieza diciendo: “Gracias, Padre, por todo el bien que de tu mano recibimos (St. 1, 17)” y termina con el mismo final de la anterior: “en Cristo, etc.”, que parece inspirado en Ef. 5, 20, donde San Pablo enseña que el agradecimiento por todas las cosas ha de darse siempre a Dios Padre y en nombre de Nuestro Señor Jesucristo.
47. Añadía el Señor: como observa Fillion, el narrador tiene buen cuidado de anotar que esto no era obra de los hombres, sino de Dios “que da el crecimiento” (1 Co. 3, 6 s.).
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HECHOS 3
1. Hora de nona: las quince, hora de la oración y del sacrificio vespertino. Cf. Sal. 140, 2 y nota.
2. La Puerta Hermosa: probablemente aquella que separaba el atrio de los gentiles del atrio de las mujeres.
6. “Los apóstoles eran, pues, tan pobres como su Maestro. El dinero que se les llevaba (cf. 2, 45; 4, 35; etc.) era distribuido por ellos a los cristianos pobres” (Fillion). Dante alude a esto en el “Paraíso” por boca de S. Pedro Damián, presentando a los apóstoles “magros y descalzos” (canto 21, *21), y en el célebre discurso de S. Benito (canto 22, 82-88). Véase el caso análogo de Eliseo en 2 R. 6, 5 y nota.
11. En este mismo pórtico de Salomón pronunció Jesús sus discursos en la fiesta de la Dedicación del Templo. Véase Jn. 10, 23 ss.
13. Nótese cómo los apóstoles, al hablar de Dios, distinguen siempre con perfecta propiedad las divinas Personas. San Pedro llama Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob al divino Padre, esto es, a la primera Persona, pues añade que “glorificó a su Hijo Jesús”, y sería una monstruosidad decir que Cristo es Hijo de la Trinidad o de una Esencia divina impersonal, como lo hizo el herético P. Berruyer, a quien refuta admirablemente San Alfonso de Ligorio. Tal error, en el cual quizás incurre hoy sin darse cuenta más de un cristiano, es lo que el IV Concilio Lateranense llama “la cuaternidad” (Denz. 431).
16. Por la fe en su nombre: La fe excede, pues, infinitamente todo poder humano. Y si el mundo no le da tanta importancia es porque, como dice S. Ambrosio, “el corazón estrecho de los impíos no puede contener la grandeza de la fe”. Véase Mt. 9, 22; Mc. 5, 34; Lc. 7, 50; 8, 48; 17, 19; 18, 42; etc.
17. Véase en Mt. 27, 18 y nota la seducción del pueblo por los sacerdotes de Israel.
20. Los tiempos del refrigerio: Según Buzy, S. Pedro usaba con aquellos judíos esta expresión como “metáfora de los tiempos mesiánicos”. Cf. Rm. 11, 25 ss. Para vosotros: cf. v. 22 y nota.
21. Restauración de todas las cosas: “En su segundo advenimiento el Mesías operará la restauración de todas las cosas según el orden fijado por Dios” (Crampon). Cf. 1, 11 y nota; Ef. 1, 10; 2 Pe. 3, 12-13; Mt. 19, 28; Ap. 21, 1. Se entiende por esto “la época en que el universo entero será restaurado, transformado, regenerado con todo lo que contiene. En efecto, según la doctrina bíblica, si la tierra, que participó en cierto modo en los pecados de la humanidad, fue condenada con ella, será también transfigurada con ella al fin de los tiempos. Sobre esta enseñanza, cf. Rm. 8, 19 ss.; 2 Pe. 3, 10-13; Ap. 21, 5, etc.” (Fillion).
22. Os suscitará un profeta: Este notable pasaje puede traducirse también: Os resucitará un profeta. Según esta interpretación, el célebre vaticinio de Moisés sobre el Mesías (Dt. 18, 15) anunciaría que tales profecías habían de cumplirse en Él después de muerto y resucitado. Lucas al narrar, y Pedro al hablar aquí, usan en griego el verbo anastesei (lo mismo que el texto de Moisés en los LXX, que es la versión citada por S. Pedro), cuyo sentido principal es resucitará, y repiten el mismo verbo en el v. 26, donde tal sentido es evidente y exclusivo de todo otro: levantar de entre los muertos. Esta versión tiene en su favor circunstancias importantes, puesto que Pedro está hablando de la Resurrección de Jesús, y su intención expresa es aquí (como en 2, 24 ss., donde usa el mismo verbo), mostrar precisamente que esa resurrección estaba anunciada desde Moisés, como lo estaba por David (véase 2, 25 ss., cita del Sal. 15, 8 ss., y 2, 30, cita del Sal. 131). Igual testimonio que éstos de Pedro, da Pablo en 13, 33 ss., con idénticos argumentos y usando el mismo verbo. Por lo demás, Jesús ya lo había dicho a los discípulos de Emaús (uno de los cuales era tal vez el mismo Lucas) llamándolos “necios y tardas de corazón” en comprender que su rechazo por Israel, sus dolores, muerte y resurrección estaban previstos, para lo cual “comenzando por Moisés” les hizo interpretación de las profecías (Lc. 24, 25-27). Y el mismo Lucas relata luego que, a fin de hacerles comprender esos anuncios, el divino Maestro “les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras” y les dijo que estaba escrito “en Moisés, en los Profetas y en los Salmos” que el Cristo sufriese “y resucitase de entre los muertos al tercer día” (Lc. 24, 44-46). Cf. 26, 23. Como a mí: Sobre el sentido de estas palabras, véase 7, 37 y nota. Cf. 17, 18 y nota.
24. Todos los profetas: Cf. Rm. 15, 8; Hb. 13, 20; Ez. 34, 25 y nota.
25. Véase Gn. 12, 3; 18, 18; 28, 18. Tu descendencia: Jesucristo.
26. En primer lugar: no dice exclusivamente (cf. cap. 10). El final del v. se habría cumplido si Israel hubiese escuchado esta predicación apostólica. Cf. Rm. 11, 26; Is. 59, 20.
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HECHOS 4
1. Los saduceos, los epicúreos y poderosos del pueblo, difundidos en la clase sacerdotal (cf. 23, 6 ss. y nota) negaban la resurrección de los muertos, aparentemente para no ser estorbados en su vida cómoda (cf. Mt. 22, 23). Empezamos a ver aquí cómo la Sinagoga, la misma que había perseguido a Jesús hasta la muerte, rechazó también a los apóstoles que, iluminados en Pentecostés, daban testimonio de su Resurrección como prueba de que Él, redivivo, cumpliría aún las promesas de los profetas sobre el Mesías glorioso. Cf. igual persecución en 7, 52; 23, 6 ss.; 24, 15-21; 26, 7; 1 Ts. 2, 16, etc., lo mismo que el rechazo en el Areópago de Atenas, también por predicar la resurrección (17, 32). Sobre la resurrección de entre los muertos, cf. también Flp. 3, 11; 1 Co. 15, 23 y 52; 1 Ts. 4, 14 ss.; Ap. 20, 4 ss.; Lc. 14, 14; 20, 35, etc.
4. Aquí, como en 2, 41, creyeron, gracias a la Palabra, es decir aceptaron, al conocerlo, el misterio infinitamente bondadoso de un Cristo que, en vez de anunciarles el castigo de Dios por haber matado a su Hijo (v. 2), les brindaba, en ese mismo Hijo resucitado, el camino de la gracia mediante la fe en Él. Así fue Pedro el Apóstol por excelencia de los judíos, mientras Pablo lo sería de los gentiles (cf. Ga. 2, 8). “En ambos encontramos, no ya al moralista que clama contra los vicios del pueblo y de los sacerdotes –como hacían los antiguos profetas– sino al expositor de la Buena Nueva, que despierta las almas rectas al amor de las promesas evangélicas”.
11. Véase Sal. 117, 22; Is. 28, 16 y notas; Mt. 21, 42; Mc. 12, 10; etc.
12. No hay salvación en ningún otro: Inolvidable enseñanza que nos libra de todo humanismo, y qué S. Pablo inculcaba sin cesar para que nadie siguiese a él ni a otros caudillos por simpatía o admiración personal, sino por adhesión al único Salvador, Jesús (1 Co. 1, 12; 3, 4 ss.), y mostrándose él como simple consiervo (14, 9-14), como lo son los mismos ángeles (Ap. 19, 10). Es éste un punto capital porque afecta al honor de Dios, siendo muy de notar que la figura del Anticristo no es presentada como la de un criminal o vicioso, sino como la del que roba a Dios la gloria (2 Ts. 2, 3 ss.). Sobre la extrema severidad del divino Maestro en esta materia véase Jn. 5, 30 y 43 ss.; 7, 18; Mt. 23, 6-12; etc.
13. La admiración del tribunal supremo nos muestra que en Pedro habló el Espíritu Santo, “el alma de nuestra alma” (Sto. Tomás), cumpliéndose la promesa del Señor en Mt. 10, 19 s. Esta santa audacia para predicar la divina Palabra sin disminuirla, es la gracia que más anhelaban los apóstoles. Cf. v. 29; 28, 31; Ef. 6, 19; Col. 4, 3; 2 Ts. 3, 1.
16 ss. Ejemplo clásico del espíritu farisaico que peca contra la luz (Jn. 9, 30): no pueden negar la verdad del milagro, pero entonces, en vez de admitirla, tratan de ocultarla. Véase el caso notable del ciego de nacimiento en Jn. 9. Esto muestra, además, que, como enseñó Jesús, no es el milagro lo que engendra la fe (Lc. 16, 31 y nota), sino la Palabra sembrada en el corazón que la entiende (Mt. 13, 23 y nota).
19. Cf. un caso análogo en 5, 29. Admirable respuesta, preciosa luz y estímulo. No somos autómatas para dejarnos llevar ciegamente (1 Co. 12, 2). Sabemos que Dios no se contradice, por lo cual no puede haber oposición entre la obediencia a los que en Su nombre mandan y la voluntad divina. En caso de conflicto como éste, Él mismo nos da la conciencia que ha de ser quien decida (cf. 17, 11; Rm. 14, 23; 1 Ts. 5, 21; St. 4, 17, etc.).
20. En esta bellísima confesión, que más parece un desahogo del alma apostólica, vemos la fuerza incontenible del Evangelio, “vino nuevo que rompe los cueros viejos” (Mt. 9, 17; cf. Jb. 32, 19). Es la embriaguez del Espíritu, que los hacía pasar por borrachos ante el mundo (2, 13 y 15), como Cristo pasaba por loco ante sus parientes (Mc. 3, 21).
24. Tú eres el que hiciste, etc.: Modelo de oración frecuente en la Biblia (cf. Sal. 88, 12). Es un acto de fe viva que proclama las maravillas de Dios y lo alaba por ellas. Lo mismo hace María en Lc. 1, 47 ss.
25. Cita del Sal. 2, 1s. Es que los primeros cristianos usaban los Salmos para glorificar a Dios para agradecerle y para cualquier clase de oración. El Salterio era el devocionario cristiano, y siguió siéndolo durante los siglos de mayor fe. Algo nos dice que empieza a reanudarse esta costumbre. La S. Congregación de Seminarios por deseo de Pío XII, ha ordenado en todos los seminarios de Italia un curso especial de dos años, dedicado a conocer los Salmos como objeto de oración. También en América van aumentando las familias que cada día, después de leer un capítulo del Evangelio, rezan Salmos en forma dialogada.
29 s. Es tal su anhelo de libertad para predicar el Evangelio, que no vacilan en pedir milagros. Y Dios les muestra que accede (v. 31).
32. Sobre el “comunismo” de la Iglesia de Jerusalén véase 2, 44 y nota. Aquel comunismo era fruto de la caridad fraterna, mientras el moderno trae su origen del odio de las clases y la injusticia social. Cf. Mt. 6, 33, donde Jesús enseña el único modo de que se restablezca el orden económico, no ciertamente por obra del hombre, como lo pretende con incorregibles fracasos la suficiencia humana, sino por obra de la activa Providencia divina, como promesa de Dios a la fidelidad con que lo busquemos primero a Él.
33. Gracia abundante: He aquí la raíz de la vida ejemplar de los cristianos de Jerusalén. Por la gracia nos convertimos en miembros vivientes de Cristo. Dice el Concilio de Trento: “Cristo derrama continuamente su virtud en los justos, como la cabeza lo hace con los miembros y la vid con los sarmientos. Dicha virtud precede siempre a sus buenas obras las acompaña y las sigue, dándoles un valor sin el cual en modo alguno podrían resultar del agrado de Dios, ni meritorias” (Ses. VI, c. 16).
35. A los pies de los apóstoles: cf. 3, 6 y nota. “¿De qué sirve revestir los muros con piedras preciosas, si Cristo se muere de hambre en la persona del pobre?” (S. Jerónimo). Es un concepto muy propio de la tradición de la Iglesia que los bienes de la misma pertenecen a los pobres. La Didascalia dice a los obispos: “Gobernad, pues, debidamente todo lo que es dado y lo que entra en la Iglesia, como buenos ecónomos de Dios, según el orden, para los huérfanos y las viudas, para los que tienen necesidad, y para los extranjeros, sabiendo que Dios que os ha dado este cargo de ecónomo, pedirá de ello cuenta a vuestras manos”. Cf. Dante, Paraíso, 22, 82 ss.
36. Bernabé es presentado aquí prestigiosamente a causa del papel importante que desempeñará después (9, 27; 13, 1, etc.). Fillion hace notar que el sobrenombre que le había sido dado por los apóstoles parece puesto aquí en el sentido de buen predicador (cf. 11, 13; 13, 1; 1 Co. 14, 3). Esto se confirma en el oficio de su fiesta (11 de junio), donde se dice que al hallarse por el emperador Zenón su cuerpo martirizado en la isla de Chipre, tenía en su pecho el Evangelio de San Mateo copiado por la mano del mismo Bernabé.
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HECHOS 5
1 ss. Este extraordinario episodio nos muestra que, aún entre la pureza de aquella era apostólica, tan parecida en eso a la edad de oro anunciada por los profetas, Satanás (v. 3) seducía sin embargo algunas almas, como que no tardó en seducir a muchas (Flp. 2, 21; 2 Tm. 4, 9 y 14 ss.; 1 Jn. 2, 18 s.; 3 Jn. 9 s.; Judas 4 ss., etc.). Con elocuencia insuperable, S. Pedro nos descubre la obra diabólica que deforma el corazón de aquel infeliz matrimonio, empeñándolo en realzar una obra que no era obligatoria, e impidiéndole poner en ella el amor que es lo único que valoriza las obras (1 Co. 13, 1 ss.; 2 Co. 9, 7; Flm. 14; Hb. 13, 17; Si. 35, 11. etc.). Por donde la obra, lejos de valerle, fue su ruina; porque Dios no necesita de nuestros favores (Jb. 13, 7 s. y notas), pero sí exige la rectitud del corazón (Jn. 1, 47 y nota). S. Pablo revela cómo se quemarán tristemente tales obras (1 Co. 3, 12 ss.).
10. Pedro no ejerce aquí un poder de quitar la vida, sino que obra como profeta, declarando el castigo que enviaba Dios (cf. el caso de Eliseo en el camino de Betel; 2 R. 2, 23 ss.). S. Agustín supone que de esta muerte corporal se sirvió la divina misericordia para evitarles la muerte eterna. Así enseña también S. Pablo que la Eucaristía mal recibida es causa de que mueran muchos corporalmente (1 Co. 11, 30).
11. Sobre este castigo, que fue ejemplar para todos, dice el Crisóstomo: “Tú podías guardar lo que era tuyo. Entonces ¿por qué consagrarlo si lo habías de tomar de nuevo? Tu conducta muestra un soberano desprecio. No merece, perdón”.
12 ss. Cf. 8, 12 y nota; 19, 12; cap. 28, etc. Estos milagros servían, como los de Jesús, para dar testimonio de que Dios los enviaba (Jn. 3, 2; 7, 31; 9, 33; Mc. 16, 20; Hch. 8, 6; 14, 3; etc.). Pero las conversiones a la fe se operaban esencialmente por la predicación de la Palabra evangélica (cf. 2, 41; 4, 4 y nota). Jesús hace notar muchas veces que los milagros no convierten verdaderamente (Jn. 6, 26; 11, 47; 12, 37; Lc. 11, 31 y nota; cf. Nm. 14, 11, etc.), y cuando algunos aparecen creyendo en Él por los milagros, el Evangelista nos advierte que Jesús no se fiaba de ellos (Jn. 2, 23 ss.). Es que esa impresión pronto se desvanece, como muere la plantita nacida en el pedregal (Mc. 4, 5 y nota). El mismo Dios nos anuncia de varios modos que los falsos profetas y el Anticristo obrarán también grandes prodigios (Mt. 24, 24; 2 Ts. 2, 9; Ap. 13, 13 s.; 16, 14; 19, 20).
15 s. Así lo había anunciado Jesús (Mc. 16, 17 s.) y aún prometió cosas “mayores” (Jn. 14, 12). Eran sanados todos: es decir, muchísimos que no se detallan (cf. Lc. 6, 19).
20. Id al Templo: El Ángel confirma, de parte de Dios, la actitud de los apóstoles que seguían yendo al Templo de Jerusalén, centro del culto judío (v. 29 y nota). Las palabras de esta vida: es decir, haced conocer, por las palabras del Mesías esta nueva y maravillosa vida que se brinda a todos en la gracia de Cristo. Él, que es la vida, porque el Padre le ha dado tenerla en Sí mismo (Jn. 5, 26), es también el camino hacia la vida nuestra, mediante la verdad de su doctrina (Jn. 1, 4; 14, 6) y la comunicación de su propia gracia (Jn. 1, 16 s.) que Él nos consiguió lavándonos con su Sangre preciosa para hacernos hermanos suyos, hijos de Dios como Él.
28. Nótese la contradicción con lo que ellos mismos, al frente del populacho, habían clamado en Mt. 27, 25.
29. Respuestas como ésta y las de 4, 19 s., 23, 3 ss., etc., son tanto más notables cuanto que los apóstoles concurrían a las sinagogas y al Templo de Jerusalén (cf. v. 20; 2, 46; Hb. 8, 4 y notas), al menos hasta que los judíos se retiraron definitivamente de S. Pablo y él anunció que la salud pasaba a los gentiles. Véase 28, 23-28 y notas.
30. Vosotros, esto es, ese mismo tribunal (4, 6). Los apóstoles distinguen entre la pérfida sinagoga y el pueblo judío (v. 26), que muchas veces había seguido a Jesús y a sus discípulos. Véase Lc. 13, 34 y nota.
32. A los que le obedecen (cf. v. 29). Vemos así cómo podemos asegurarnos la asistencia del Espíritu Santo que “por la gracia permanece realmente en nosotros de un modo inefable” (Sto. Tomás), con tal que pidamos al Padre que Él nos lo envíe (Lc. 11, 13 y nota).
34 ss. Gamaliel, doctor celebérrimo de la Ley, fue maestro de San Pablo (cf. 22, 3). La leyenda le hace morir cristiano, lo que no parece inverosímil, puesto que Dios da la gracia a los que Él quiere, y Gamaliel mostró tener buena voluntad. Si habrá recompensa para aquel que diere un vaso de agua a un discípulo (Mt. 10, 42); ¿cuánto más para aquel que salvó la vida a tan grandes amigos de Jesucristo? La sabiduría de este consejo de Gamaliel, que es la misma del Sal. 36, debe servirnos de lección para no temer ante el aparente triunfo de los enemigos de Dios.
40 s. ¡Y azotarlos! Es exactamente lo que hizo Pilato con Jesús: admiten su inocencia, pero los azotan (Jn. 19, 1 y nota). De ahí el gozo de los discípulos por imitar en algo al querido Maestro, “El Cristianismo ha sido el primero en ofrecer al mundo el ejemplo de un dolor alegre y jubiloso” (Mons. Keppler). Jesús nos llama “dichosos” cuando nos maldijeren a causa de Él (Mt. 5, 11).
42. Por las casas: Véase 2, 46 y nota; 20, 20; Jn. 4, 23. Imitando a Jesús, que sembraba su Palabra de salvación por todas partes y que mandó repetirla “desde las azoteas” (Mt. 10, 27), los apóstoles nos dejaron un alto ejemplo y una enseñanza de que el apostolado no tiene límites. El cristiano tiene así, en cada reunión o visita, ocasión de hablar de la doctrina evangélica, como hablaría de cualquier tema literario, sin aire de sermón, y dejar así la preciosa siembra, si es que ama la Palabra. Porque el mismo Jesús enseñó que la boca habla de lo que nos desborda del corazón (Mt. 12, 34 y nota).
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HECHOS 6
1. Por hebreos se entiende aquí los cristianos palestinos o nacidos en el país, mientras que los griegos, o cristianos de lengua griega eran los extranjeros y, por ende, más necesitados, porque no tenían casa en Jerusalén. Como observa el P. Boudou en sus comentarios a los Hechos (Verbum Salutis), este rasgo de disensión es uno de los que nos prohíben idealizar indiscretamente la vida de la Iglesia en sus comienzos, como si ya se hubiera realizado sobre la tierra la plenitud del reinado cristiano (cfr. 2 Tm. 4, 11); la cizaña, anunciada por Jesús, estará mezclada con el trigo hasta “la consumación del siglo” (Mt. 13, 39). Cf. 5, 1 y nota.
2. Nótese la importancia primordial que ya los apóstoles atribuyen al ministerio de la predicación evangélica (cfr. 1 Tm. 5, 17), aún por encima de la atención de los pobres que, como lo vimos en 4, 35 y nota, es también obligación de la comunidad cristiana. Recordemos la célebre exclamación de S. Pablo: “¡Ay de mí si no predicare el Evangelio!” (1 Co. 9, 16). Cf. 1 Co. 1, 17.
4. La oración: Se cree que alude a la pública y litúrgica. Pero algunos sostienen que se trataba del culto del Templo israelita (cf. 5, 20), y otros que habla de un culto propio de la comunidad cristiana. El ministerio de la palabra, o sea la predicación es, como dice Pío XI, un derecho inalienable y a la vez un deber imprescindible, impuesto a los sacerdotes por el mismo Jesucristo (Encíclica “Ad Catholici Sacerdotii”). Cf. 20, 9 y nota.
5. Todos los siete parecen pertenecer a los griegos, a juzgar por sus nombres, con lo cual los apóstoles habrían mostrado su caridad satisfaciendo ampliamente el reclamo de los helenistas (v. 1). De entre esos diáconos veremos la gran actuación de Esteban el protomártir (cap. 7) y la de Felipe (8, 5 ss.; 21, 8 ss.). Nicolás es mirado, según algunos (Ireneo, Epifanio, Agustín), como el autor de la “doctrina” y “hechos” de los nicolaítas aunque no lo admite así Clemente Alejandrino ni muchas opiniones modernas. Véase Ap. 2, 6 y 15 y notas.
6. Les impusieron las manos. Tal acto puede ser una bendición (Gn. 48, 14 ss.; Lv. 9, 22; Mt. 19, 13 y 15; Lc. 24, 50) o una consagración a Dios (Ex. 29, 10 y 15; Lv. 1, 4), o un modo de transmitir poderes espirituales (Nm. 27, 18 y 23, etc.) como aquí en que va unido a la oración litúrgica (véase 13, 3; 1 Tm. 4, 14; 5, 22; 2 Tm. 1, 6). S. Crisógono la llama “kirotonia”, nombre dado a la ordenación pero luego duda de que estos “siete” fuesen verdadero diáconos. Como observa Boudou, y también Fillion, Knabenbauer, etc., según S. Clemente Romano los apóstoles instituyeron obispos y diáconos (cfr. 20, 17 y 28 y notas), y S. Ireneo resuelve claramente la cuestión al decir que Nicolás era “uno de los siete que fueron los primeros ordenados al diaconado por los apóstoles”. Cf. 8, 17 y nota.
10. No podían resistir: Admirable cumplimiento de las promesas de Jesús (Lc. 21, 15; Mt. 10, 19 s). “El Espíritu Santo da la fuerza... y lo imposible a la naturaleza, se hace posible y fácil por su gracia” (S. Bernardo).
14. Mudará las costumbres, etc.: Jesús no había dicho tal cosa, sino al contrario, que no destruiría ni a Moisés ni a los Profetas, y que ni un ápice de ellos quedaría sin cumplirse hasta que pasasen el cielo y la tierra (Mt. 5, 17 s.). La Sinagoga infiel no defendía, pues, la Ley de Moisés, cuya violación les había echado en cara el mismo Jesús (Lc. 16, 31; Jn. 5, 45-47; 7, 19), sino las costumbres de ellos, que el Divino Maestro llamaba “tradición de los hombres” (Mc. 7, 8 ss.; Mt. 15, 9), y por culpa de las cuales los acusaba de haber abandonado las palabras de Dios (Mt. 5, 1-6). Así, pues, esta acusación contra Esteban era tan calumniosa (cf. v. 11 ss.) como las que levantaron contra Jesús (cf. Mt. 26, 59 ss.; etc.).
15. “Lo que llenaba su corazón, se traslució en la faz; y el esplendor radiante de su alma inundó su rostro de belleza” (S. Hilarlo).
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HECHOS 7
2 ss. El discurso de San Esteban, que debe estudiarse como una luminosa síntesis doctrinal de todo el Ant. Testamento, tiene por fin mostrar cómo el pueblo israelita resistió a la gracia hasta que finalmente rechazó al Mesías. Es al mismo tiempo un verdadero compendio de la historia sagrada, como vimos en los Salmos 77 [*] 104-107; Ne. 9, 6 ss., etc. Haran, o Caran, ciudad de Mesopotamia, donde se detuvo Abrahán antes de trasladarse a Canaán. Cf. Gn. 12, 1.
5. San Pablo, escribiendo a los Hebreos les llama igualmente la atención sobre ese hecho de que Abrahán y los patriarcas no hubiesen visto el cumplimiento de las promesas. Véase Hb. 11, 8 ss. y notas.
6. En tierra extraña: en Egipto (Gn. 15, 13 ss.; Ex. 2, 22; 12, 40).
8. Cf. Gn. 17, 10; 21, 2 y 4; 25, 25; 29, 32; 35, 22.
9 ss. Acerca de la historia de José, cf. Gn. caps. 37 ss.
11 ss. Repite respecto de Jacob el argumento hecho sobre Abrahán en el v. 5. S. Ireneo recuerda a este respecto la bendición que recibió el patriarca (Gn. 27, 28 s.) y la pone en contraste con esa pobreza (Gn. 42, 2) y emigración a Egipto (Gn. 46, 1), para mostrar que tales promesas sólo se cumplirán mediante Jesucristo.
13. Véase Gn. 45, 3. “José es una impresionante figura de Jesús. Ambos son víctimas, y ambos son salvadores; sucumben a la envidia de sus hermanos, y luego los salvan por allí mismo donde éstos creían perderlos. La conciencia de tanta bondad, frente a tanta ingratitud, excita en el alma de Esteban un hondo dolor que pronto va a desbordar en gritos de indignación” (Boudou).
14. Setenta y cinco: Según Gn. 46, 27, solamente setenta. Esteban sigue la versión griega la cual incluye a algunos otros, descendientes de la familia de José, y llega así a setenta y cinco.
15. Cf. Gn. 46, 5; 49, 32.
16. Cf. Gn. 23, 16; 50, 13; Jos. 24, 32. Parece haber en este pasaje una confusión de nombres que seguramente no proviene del autor sagrado: en cuanto al sepulcro, no se alude aquí a la gruta de Mambre (Gn. 23, 1-20), ni a la compra de Jacob) en Siquem (Gn. 33, 19 s.), pudiendo referirse. según suponen varios autores, a otro hecho que Esteban conociese por tradición.
17 ss. Cf. los primeros caps. del Éxodo.
20. Cf. Hb. 11, 23.
22. Fue instruido, etc.: Este detalle puramente humano, al cual se ha dado excesiva importancia, ni siquiera figura en el Éxodo, y Esteban lo conocía sin duda por tradición (cfr. v. 16 y nota). Dios da sabiduría a los pequeños (Lc. 10, 21) y hace elocuente la lengua de los niños (Sb. 10, 21) por su Espíritu Santo, como acabamos de verlo en Esteban (6, 10 y nota). Y aquí mismo vemos que Él hizo a Moisés “poderoso en palabras” a pesar de que era tartamudo (Ex. 4, 10 ss.). Como vimos en Ex. 3, 11 y nota, todos los profetas se sintieron defectuosos e inútiles, y sin duda por eso los eligió el Dios que “harta a los hambrientos y deja vacíos a los ricos” (Lc. 1, 53; 1 Sam. 2, 5).
25. Creía, etc.: El historiador judío Josefo dice que Dios había revelado a Amrán, padre de Moisés, la misión libertadora que tendría su hijo. He aquí otro dato que Esteban parece haber tomado de la tradición. Por su medio Dios les daba libertad: Según S. Agustín, estas palabras demuestran que Moisés mató al egipcio por un movimiento del Espíritu Santo, es decir, con la más legítima y santa autoridad.
30. Sina (Sinaí) u Horeb son como sinónimos en el Pentateuco; el primero es más bien un monte; el otro una cordillera. Un ángel: el mismo Yahvé (cf. v. 31 s.; Ex. 3, 2 y 14; Dt. 33, 16). “¿Y dónde se aparece Dios? ¿Acaso en un templo? No: en el desierto. Bien ves cuántos prodigios se realizan, y sin embargo no hay templo ni sacrificio en ninguna parte... Lo que santifica este lugar es la aparición (S. Crisóstomo). Cf. 5, 42 y nota; Jn. 4, 23.
32. Esta fórmula, usada muchas veces por el mismo Padre celestial es recordada por el Señor Jesús en Lc. 20, 37.
33. De aquí la costumbre oriental de quitarse d calzado al entrar en lugar santo.
36 ss. Véase Ex. 7, 3 y 10; 14, 21; Nm. 14, 33; Dt. 18, 15; Ex. 19, 3; Dt. 9, 10; Nm. 14, 3; Ex. 32, 1. Os suscitará: Véase 3, 22 y nota. Como a mí: algunos traducen semejante a mí, pero el contexto muestra claramente que el pensamiento de Esteban, como lo dice Fillion, es hacer un paralelo de Moisés con Cristo, no en cuanto a su persona, sino por cuanto este otro Príncipe y Redentor, bien superior a Moisés, no obstante haber sido muy manifiestamente acreditado por Dios, fue sin embargo rechazado por los judíos como lo fuera Moisés (v. 35), y luego resucitó de entre los muertos para cumplir su obra después de ese rechazo. Tal es el claro sentido de las palabras de Jesús en Jn. 12, 24; Lc. 24, 26 y 46 s., etc.
38. Pueblo congregado: literalmente Iglesia, que significa la asamblea o congregación de los sacados afuera. Así llama Esteban en pleno desierto al conjunto de los hijos de Israel sacados de Egipto, Jesús se propuso congregar en uno a todos los hijos de Dios que estaban dispersos (Jn. 11, 52), y, después de su rechazo por Israel, “Dios visitó a los gentiles para escoger de entre ellos un pueblo para su nombre” (15, 14). Los cristianos, según lo dice Cristo muchas veces, no son ya del mundo, porque Él los ha sacado fuera del mundo (cf. Jn. 15, 19; 17, 14-16; etc.). Paro dároslas: otros traen dárnoslas. Recibir las Palabras del Padre para dárnoslas, es la misión que se atribuye el mismo Jesús (Jn. 17, 8; Hb. 1, 2). Notemos que aun al mensaje de Moisés se llama aquí palabras de vida. ¡Cuánto más no lo serán las del Evangelio! Cfr. Jn. 6, 36; 12, 49 s.; 15, 15, etc.
42. s. La milicia del cielo: los astros, cuyo culto estaba muy difundido entre los pueblos de Oriente. El libro de los Profetas: Esteban, como los Evangelistas (cf. Lc. 24, 27) y el mismo Jesús (Mt. 5, 17; Lc. 24, 44), sigue considerando a la Biblia dividida en tres partes según el sistema judío: la Ley (Torah), los Profetas (Nebiyim) y los Hagiógrafos (Ketubim). La cita es de Amos 5, 25-27, que dice Damasco en vez de Babilonia (v. 43); el sentido es el mismo, y eso es lo que interesa a los autores sagrados que a veces lo citan libremente. Moloc: el dios principal de los ammonitas. Refan (o Remfán, o Romfa, etc.): el planeta Saturno,
44 ss. Cf. Ex. 25, 40; Jos. 3, 14; 1 Sam. 16, 13; 1 R. 6, 1.
45. Con Jesús: es decir, con Josué.
46. Sobre David cfr. 13, 22; Sal. 131, 5.
49 s. Cf. Is. 66, 1 s. S. Esteban se defiende en este párrafo contra el cargo de haber blasfemado del Templo (6, 13-14).
51. La acusación es dura pero justa. Si el corazón no está dispuesto para la verdad, la circuncisión de nada sirve, y sois peores que los gentiles (cf. Flp. 3, 3). Aplicadas a nuestros tiempos, estas palabras quieren decir que la sola partida de Bautismo, sin la fe viva, no da ningún derecho al Reino de Dios. Véase Mc. 16, 16 y nota.
52. ¿Quién no recuerda aquí las invectivas de Jesús? (Mt. 23, 13 ss). Una cosa muy digna de meditación, y la que tal vez más sorprenderá al lector novel, es que S. Pablo y los suyos, los legítimos pastores, los que estaban en la verdad, no fuesen aquí los que ejercían la autoridad sino que al contrario obraban como “una especie de francotiradores rebeldes, trashumantes y perseguidos por la autoridad constituida” como Jesús (cf. 22, 14; Jn. 11, 47 ss.), como Juan (3 Jn. 9), como todos los verdaderos discípulos (Jn. 16, 1-3). Cf. 4, 1; 11, 23; 17, 6; Rm. 10, 2 y notas.
54. El crujir los dientes por odio es, según nos enseña la Biblia, la actitud propia del pecador ante el justo (cf. Sal. 36, 12 y nota). Es muy importante, para el discípulo de Cristo. compenetrarse de este misterio, a primera vista inexplicable, pues el justo no trata de hacer daño al pecador, sino bien, como lo dice S. Pablo a los Gálatas (Ga. 4, 16). Es el caso de los cerdos, que no sólo pisotean perlas, sino que nos devoran (Mt. 7, 6). Es que “para el insensato, cada palabra es un azote” (Pr. 10, 8; 18, 2), y la sola presencia del justo es un testimonio que les reprocha su maldad (Jn. 7, 7). Sólo meditando esto podremos tener conciencia de que no somos del mundo, sino que estamos en él “como corderos entre lobos” (Mt. 10, 16 y nota; Jn. 15, 19; 17, 14 ss.; etc. y “como basura” (1 Co. 4, 13), lo cual nos sirve de testimonio de que nuestra vocación no es mundana, como sería si fuéramos aplaudidos por los hombres (Lc. 6, 26; Jn. 5, 44 y nota).
58 ss. Tanto en el proceso como en la muerte de Esteban vemos nuevas semejanzas con el divino Maestro. Ambos son acusados de quebrantar la Ley, ambos enrostran a los poderosos su falsa religiosidad, y ambos mueren “fuera de la ciudad”, perdonando y orando por sus verdugos. “Si Esteban no hubiese orado, dice S. Agustín, la Iglesia no habría tenido un Pablo”, salvo, claro está, el libre e impenetrable designio de Dios, que había segregado a Pablo “desde el vientre de su madre” (Ga. 1, 15). Saulo, era, en efecto, el que pronto había de ser Pablo. Su discípulo Lucas no vacila en transmitirnos aquí (y en el comienzo de 8, 1 que algunos incorporan al v. 60) esta negra nota anterior a la conversión del gran Apóstol, que él mismo confiesa en 24, 10.
60. Se durmió: la Vulgata añade en el Señor, expresión que aún suele usarse para anunciar el fallecimiento de los cristianos.
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HECHOS 8
1. La muerte de Esteban fue la señal de una persecución general, mas el mismo fanatismo de los enemigos sirvió para propagar la Iglesia por todo el país y más allá de Palestina, sacando Dios bien del mal, como sólo si sabe hacerlo. Cf. 12, 23 y nota.
3. Recordemos lo que fue después Pablo, y admiremos aquí la obra de Dios que tan milagrosamente lo transformó. Ello nos enseña a no desesperar nunca de un alma (1 Jn. 5, 16 y nota), porque no podemos juzgar los designios que Dios tiene sobre ella. Quizás Él espera a tener que perdonarle más para que ame más (Lc. 7, 47; cf. Rm. 11, 32 ss). El mismo Pablo confirma detalladamente, en muchas ocasiones, sus culpas contra la Iglesia; véase 7, 58 y 60; 9, 1, 13 y 21; 22, 4 y 19; 26, 10 s.; 1 Co. 15, 9; Ga. 1, 13; Fil. 3. 6; 1 Tm. 13.
5. No se trata del apóstol Felipe, pues estaba todavía en Jerusalén (v. 1), sino de uno de los siete diáconos (cf. 6, 5).
9. S. Ireneo nos ha conservado de él las siguientes palabras, demostrativas de que se presentaba como el Mesías, cumpliendo así lo anunciado por Jesús (Mc. 13, 6): “Yo soy la palabra de Dios, yo soy el hermoso, yo el Paráclito, yo el omnipotente, yo el todo de Dios”.
14 ss. En este pasaje, que forma la Epístola de la Misa votiva del Espíritu Santo, vemos cómo los despreciados samaritanos recibían la Palabra de Dios con buena voluntad, dando una nueva prueba de lo que tantas veces había dicho Jesús en favor de ellos y de otros paganos, como el Centurión y la Cananea, cuya fe podía servir de ejemplo a los mismos israelitas (cf. 10, 2 ss.; Is. 9, 1 ss. y nota). Vemos también la caridad y la sencillez de la Iglesia naciente, en que los apóstoles, todos judíos, no vacilan en mandar al mismo Papa Pedro y al Discípulo amado, a que visiten y evangelicen a aquellos samaritanos, confirmándolos en la fe con ayuda del Sacramento de la Confirmación (v. 17). Cf. 10, 23 y nota.
16. Esto es: con el Bautismo que los discípulos, a ejemplo del Bautista, habían administrado copiosamente ya desde que Jesús predicaba (Jn. 3, 22; 4, 1 s.), o sea cuando “aun no había Espíritu por cuanto Jesús no había sido todavía glorificado” (Jn. 7, 39). Hoy disfrutamos del gran misterio de la gracia, que pocos aprovechan, porque no lo conocen: El cristiano recibe del Padre no sólo el perdón de los pecados por los méritos de Cristo, sino que también recibe la fuerza para no pecar más mediante la gracia y los dones del Espíritu Santo (cf. Rm. 6): pues Él nos hace hijos de Dios (Ga. 4, 6), y “el que ha nacido de Dios no peca” (1 Jn. 3, 9). Tal es el Bautismo que iba a dar Jesús con su sangre: el Bautismo “en Espíritu Santo y fuego” según las palabras con que lo preanunciaba el Bautista (Mt. 3, 11; Mc. 1, 8; Lc. 3, 16; Jn. 1, 26). Cf. 1, 5; 11, 16 y 19, 2-6, donde el Bautismo en nombre del Señor Jesús va igualmente seguido de la imposición de las manos. Véase 19, 4.
17. Se trata aquí no ya del Orden (6, 6 y nota) sino de la Confirmación (sobre el sacerdocio de los fieles véase 1 Pe. 2, 2-9). San Crisóstomo observa que Felipe no había podido administrarla porque estaba reservada a los Doce, y él era simple diácono, “uno de los siete”. Habían recibido ya al Espíritu Santo en el Bautismo, pero no en esa plenitud con que se manifestó en Pentecostés sobre los discípulos reunidos (2, 1 ss.) y que trascendió aquí también en carismas visibles y don de milagros, como lo nota el ambicioso Simón Mago (v. 18). Cf. 19, 6.
18 ss. De aquí el nombre de simonía dado a la venta de dignidades eclesiásticas o bienes espirituales. San Pedro señala con gran elocuencia (v. 20) la contradicción de querer comprar lo que es un don, es decir, lo que es dado y no vendido (cfr. Ct. 8, 7 y nota). Recordaba la palabra terminante de Jesús a los Doce: “Gratis recibisteis, dad gratuitamente” (Mt. 10, 8).
24. Esta otra conversión de Simón Mago tampoco parece haber sido duradera (cf. v. 13). La tradición dice que volvió a sus malas costumbres de hechicero, perjudicando mucho a los cristianos. La Historia eclesiástica le llama “padre de los herejes”.
27. Eunuco: aquí título que correspondía a los ministros y altos funcionarios de la corte. Cf. Gn. 39, 1; 2 R. 25, 19. Para adorar: Era, pues, un “prosélito” de la religión de Israel, y no un simple gentil. De entre éstos el primer bautizado fue Cornelio (10, 1 ss.).
30 s. La contestación del etíope es una refutación elocuente a los que creen que la Sagrada Escritura es siempre clara, y que cualquiera puede interpretarla sin guía. Por eso el Señor envía a Felipe, como advierte S. Jerónimo, para que descubra al eunuco a Jesús que se le ocultaba bajo el velo de la letra. “Los cristianos, dice S. Ireneo, deben escuchar la explicación de la Sagrada Escritura que les da la Iglesia, la que recibió de los apóstoles el patrimonio de la verdad” (1 Tm. 6, 20 y nota). Cf. los decretos del Concilio Trid. (Ench. Bibl. 47 y 50). De ahí también necesidad de notas explicativas en las ediciones bíblicas.
32 s. Véase Is. 53, 7-8. El profeta habla del Mesías. La cita es según los LXX.
34. Pregunta de gran interés exegético, pues cierta interpretación israelita, que no reconoce a Jesús como el Mesías, quisiera acomodar todo aquel admirable pasaje de Isaías para aplicarlo al mismo pueblo de Israel. Cf. Is. 52, 14 y nota.
35. Le anunció la Buena Nueva: Preciosa expresión y no menos precioso ejemplo de catequesis bíblico. Así lo hizo también el mismo Jesús (Lc. 24, 27, 32 y 44 ss.) partiendo de un texto de la Sagrada Escritura (cf. Lc. 4, 16 ss.).
37. Merk, cuyo texto traducimos, omite este versículo. Otros, como Brandscheid, lo traen idéntico a la Vulgata, que dice: “Y Felipe dijo: si crees de todo corazón, lícito es. Él repuso: Creo que Jesucristo es el Elijo de Dios”. Fillion observa que “su autenticidad está suficientemente garantida por otros testigos excelentes”. También el contexto parece requerirlo como respuesta a la pregunta del v. 36, la cual sin él quedaría trunca, y entonces no se explicaría que el eunuco hiciese parar el carro (v. 38) como pretendiendo recibir el bautismo sin conocer la conformidad de Felipe. En cuanto a la doctrina de este texto, según la cual “Felipe exigió del neófito una profesión exterior de fe antes de bautizarlo” (Fillion), es la misma de otros pasajes (cfr. 2, 41 y nota). Es un caso más en que la fe se muestra vinculada al conocimiento de h Palabra de Dios (v. 35), según lo enseña S. Pablo (Rm. 10, 17).
40. Azoto, ciudad filistea situada entre Gaza y Joppe.
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HECHOS 9
1 ss. Sobre el mismo episodio véase 22, 6 ss.; 26, 9 ss.; 1 Co. 15, 8; 2 Co. 12, 2. ¡Qué comienzo éste para las hazañas del más grande Apóstol! La saña de Saulo era sin duda tan apasionada como lo fue luego su caridad, que lo convirtió en “todo para todos”. Sin límites en su empeño, no vacila aquí en hacer a caballo los 250 kms. que separan Damasco de Jerusalén. Esa sinceridad que lo llevaba a entregarse todo a lo que él creía verdad, fue sin duda lo que más agradó a Jesús en él (cf. Jn. 1, 47 y nota), porque Dios “vomita de su boca” a los indiferentes (Ap. 3, 16), a los cuales el Dante señala una de las penas más viles del infierno (Canto 3, 34-51).
2. Enseñanza elocuente sobre el espíritu de libertad –no ya sólo de caridad– que trajo Jesús. Saulo, celoso fariseo (23, 6; Flp. 3, 5 s), quiere la cárcel y aún la muerte para los que no piensan como él (cf. 7, 58; 26, 10). Pablo, celoso cristiano, respetará con suma delicadeza la conciencia de cada hombre, no sintiéndose autorizado a condenarlo (cf. 2 Co. 1, 23; 4, 5; 1 Pe. 5, 2 s.; Mt. 23, 8; Ct. 3, 5 y notas). Nos muestra así que, según el plan de Dios, la certeza de estar en la verdad religiosa no obliga ni autoriza a imponerla a otros, ni aún teniendo, como el Apóstol tuvo, las más excepcionales revelaciones sobre la doctrina que él predicaba (cf. 26, 16 y nota).
4. Me persigues: Jesús, que recibe como hecho a Él minino el bien que hagamos a sus hermanos los pequeños (Mt. 25, 40), manifiesta aquí lo mismo respecto de la persecución de los que creen en Él.
5. Cf. 26, 14 y nota.
7. Cf. 22, 9 y 26, 14. Los hombres oían la voz como un sonido pero no como articulación de palabras. En Jn. 12, 28 ss., Jesús oye la voz del Padre celestial y los circunstantes creen que ha sido un trueno, el cual en la Biblia es llamado muchas veces la voz de Dios. No viendo a nadie: De aquí se deduce, como observa Fillion, que Saulo conoció entonces a Jesús, viendo su divino Rostro glorificado, como en la Transfiguración lo vieron los tres apóstoles “con la gloria propia del Unigénito del Padre” (Jn. 1, 14).
8. La ceguera confirma que hubo aparición y no sólo visión interior de Pablo.
12. Este v. es generalmente admitido como un paréntesis del narrador para advertir que Saulo tuvo esa visión de lo que iba a acontecerle con Ananías. Así vemos en el cap. 10 la visión de Cornelio unida a la de Pedro.
13. La Sagrada Escritura, y principalmente S. Pablo, designa con el nombre de santos a los cristianos, para mostrar que todos somos llamados a la santidad (1 Ts. 4, 3 y 7). ¡Qué poco meditamos en este don magnífico que nos tiene preparado el Espíritu Santo! Cf. Jn. 17, 23 y nota.
15. Véase 26, 1 y nota.
16. Véase 26, 17 y nota.
17. Le impuso las manos: es de notar que Pablo, no obstante su llamado directo y extraordinario sin ser de los Doce (Ga. 1, 15 ss.), recibe de la Iglesia dos imposiciones de manos. Ésta, para efusión del Espíritu Santo (confirmación), y la de 13, 3 para “separarlo” destinándolo a un apostolado especial. Cf. 11, 46 y nota [Nota: ¿no será Hch. 11, 16?].
20. Pablo, sin duda instruido por Dios aun antes de retirarse a estudiar (v. 23 y nota), pone especialmente el acento en la divinidad de Jesús, en tanto que Pedro, sin perjuicio de lo mismo, acentúa más bien, ante los judíos, la mesianidad del Hijo de David (2, 25 ss.).
21. El que por Jesús fue escogido para Apóstol de los gentiles, no tarda en mostrar la misma valentía que antes había puesto al servicio de los enemigos de Cristo. La conversión y transformación de Pablo no proviene de sus propios esfuerzos, sino que es, como enseñan los Padres, un milagro de la gracia divina, y muestra cómo Dios tiene recursos para mover con eficacia aun a las más rebeldes de sus almas elegidas, según el mismo Cristo dijo a Ananías (cf. Rm. 9, 15; Jn. 6, 44). Es lo que pedimos en la preciosa “secreta” del Domingo IV después de Pentecostés.
23. Bastantes días más tarde: transcurridos tres años. Después de su conversión San Pablo estuvo en el desierto de Arabia (Ga. 1, 17), preparándose para su futura misión y recibiendo las revelaciones del Señor. De Arabia volvió a Damasco, donde reanudó su predicación y fue obligado a huir de nuevo (x, 24 s. y 30). Sobre estos lapsos, discutidos para fijar la fecha del Concilio (cap. 15) y de la Epístola a los Gálatas, cf. 12, 25; Ga. 2, 1 y nota.
24. Cf. 2 Co. 11, 32. Véase igual aventura corrida por David (1 Sam. 19, 12) y por los exploradores de Josué (Jos. 2, 15). S. Gregorio Magno cita este caso como ejemplo de que la valentía en el servicio de Dios no consiste en desafiar la muerte sin necesidad. Cf. Flp. 1, 23 s.
27. Bernabé (cf. 4, 36 y nota) aparece aquí como guía de Pablo, y lo mismo en 11, 25 s. Más adelante se destaca la primacía del gran Apóstol, no obstante lo cual ambos conservaban su libertad de espíritu, como se ve en el episodio de su separación (15, 16 ss.).
29. Con los griegos, es decir con los judíos helenistas, los mismos con quienes él había colaborado en la muerte de Esteban, que también disputó con ellos (6, 9 ss.). De ahí que ahora quisiesen igualmente matar a Pablo.
31. Gozaba de paz: Contrasta con la persecución de pocos años antes (cf. 8, 1). Estamos alrededor del año 37, durante el imperio de Calígula que trataba de erigir su estatua en el Templo de Jerusalén, por lo cual los judíos tenían otras preocupaciones que la de perseguir a los cristianos. La persecución de Heredes Agripa I, que hizo matar a Santiago, fue hacia el año 42 (cf. 12, 1 ss.).
32. Lidda: hoy Lud, ciudad situada entre Jerusalén y Joppe (Jafa). Nótese que Pedro visita las iglesias en calidad de jefe supremo. Las primeras comunidades cristianas no eran sectas, como opinan algunos modernistas, sino miembros del mismo Cuerpo Místico, que es la Iglesia, sin perjuicio de la unidad de cada “pequeña grey” o iglesia local, como vemos en las cartas a las siete Iglesias (Ap. 1, 20; 3, 22). San Pablo llama iglesia al grupo de fieles que se reúne en casa de uno de ellos (Col. 4, 15; cf. Hch. 2, 46 y nota), Y en igual sentido habla Jesús al tratar de la corrección fraterna (Mt. 18, 17). En tal sentido es que muchas versiones griegas del v. 31 usan el plural “las iglesias... gozaban, etc.”, si bien las más acreditadas de entre ellas confirman el singular de la Vulgata (Fillion, Boudou, etc.). El Crisóstomo comenta la visita pastoral de Pedro diciendo: “Como un general en jefe, recorría las filas para ver cuál estaba unida, cuál bien armada, cuál necesitaba de su presencia”. Cf. 10, 35 y nota.
39. Tabita es un modelo de mujer cristiana, cuya fe obra por la caridad (Ga. 5, 6). El llanto de los pobres sobre la tumba de la bienhechora es su mejor testimonio. La caridad de Pedro, siempre dispuesto a servir a todos, recuerda aquí la actitud de Jesús con el Centurión: “Yo iré y lo sanaré” (Mt. 8, 7). Sobre esta característica de Pedro y la encantadora llaneza de sus relaciones con los fieles y con los paganos, véase 8, 14; 10, 5, 23 y 26; 1 Pe. 5, 1-3, etc. Por su parte Dios bendecía sus pasos, al extremo inaudito de que hasta la sombra de su cuerpo curaba a los enfermes, como lo vimos en 5, 15.
42. “Es notable este ejemplo de sencillez y humildad apostólica. El Príncipe de los apóstoles elige para su morada la casa de un curtidor, enseñando con su ejemplo a los ministros de Jesucristo. que sólo deben mirar a Dios en los negocios que son de Dios, quitando todo motivo a los grandes de ensoberbecerse, y a los pobres de avergonzarse del estado en que la Providencia los ha puesto” (Scio).
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HECHOS 10
1. Cesarea, en la costa del mar Mediterráneo, entre Joppe y Haifa, era sede del Procurador romano. Había allí cinco cohortes, de 500 a 600 soldados cada una.
2 ss. Dios nos pone a la vista el caso de este pagano, a quien llama “piadoso”, a fin de enseñarnos que Él se reserva salvar a quien quiera (Rm. 9, 15 ss.), y que lejos de despreciar a los de fuera (Rm. 11, 18 ss.), hemos de tener sentimientos de contrición como los que muestra la oración de Daniel (Dn. 9), sabiendo que se pide más cuenta al que mucho se dio (Lc. 12, 48), y que en la red barredera entra toda clase de peces (Mt. 13, 47), como en la sala del banquete que se llenará con “buenos y malos” (Mt. 22, 10), pero que sólo quedan los que tienen “el traje nupcial” (ibid. 11 ss.), siendo “muchos los llamados pero pocos los escogidos” (ibid, 14; Jn. 15, 19). ¿Y cuál es el traje nupcial, sino el de la fe viva, que obra por amor (Ga. 5, 6) y vive de la esperanza? (2 Tm. 4, 8; Tt. 2, 13). Véase la grave advertencia de Jesús de que los publicanos y las rameras precederán a los fariseos en el Reino de Dios (Mt. 21, 31). Cf. v. 28.
4. Admiremos la universal Providencia de Dios que acepta las oraciones y las buenas obras de este pagano. Tal será uno de los motivos que luego decidirá a Pedro a recibirlo sin vacilar en el seno de la Iglesia. Cf. 17, 23 y nota.
15. Pedro todavía no comprende la finalidad de esa visión, que no era más que un hecho simbólico para convencerle de la abolición de las leyes rituales judías y de que en lo sucesivo no habrá para los cristianos manjares puros e impuros, ni tampoco distinción entre pueblo judío y gentil. Todos cuantos creen en Jesucristo son purificados por la fe. Cf. 15, 9. Vemos aquí una vez más ese espíritu de insondable caridad de Dios que sólo en la Biblia se descubre. En vez de ser Dios aquí el preceptivo, el exigente, es Él quien levanta la prohibición, y el hombre es quien se empeña en mantenerla. El Señor le enseña entonces que se cuide de violar algo mucho más grave que el precepto anterior: el respeto debido a su Majestad. Guardémonos de este gran peligro farisaico de querer ser más santos que Dios (cf. Mc. 7, 4 y nota). En ello esconde el diablo la peor especie de soberbia, y consigue así, no sólo quitar todo valor a las obras con que pretendemos obsequiar a Dios contra Su voluntad (Sb. 9, 10 y nota), sino también hacernos caer en el pecado abominable que hizo de Saúl un réprobo después de ser un elegido. Véase 1 Sam. 13, 9; 15, 1 ss.; 30, 13 y notas. Dice a este respecto el P. Gräf: “Ni vayas a creer que tengamos que buscarnos penas y sufrimientos y cruces que cargar sobre nuestros hombros, privaciones, ni sacrificios; nada de esto; porque aun en esto suele haber mucho de nuestro “yo”, es decir, de la causa de donde se originan nuestros más comunes defectos. Solamente estamos obligados a cargar con lo que Dios impone en cada instante, y tanto cuanto Él impone, ni una milésima de gramo más, y nada más que durante el tiempo que Él dispusiere; ni una hora más, ni un segundo más”.
23. Marchó con ellos: Nótese nuevamente la humildad y caridad de Pedro: Siendo él Sumo Pontífice y agobiado por tos ministerios de la Iglesia naciente, no vacila en emprender personalmente un viaje para ponerse al servicio de un simple pagano, Cf. 8, 14 y nota.
26. Véase Lc. 5, 8. Lo mismo hacen Pablo y Bernabé en 14, 14 y el ángel en Ap. 19, 10 y 22, 8 s. En el Antiguo Testamento, Mardoqueo nos da un ejemplo semejante (Est. 3, 2 y nota). Véase también Dn. 2, 18.
28. Comparemos esta actitud con la de Jesús en Mt. 9, 9 ss. y con la de los personajes de la Sinagoga, que temían mancharse entrando en casa de un pagano... mientras procuraban la muerte del Hijo de Dios (Jn. 18, 28). Cf. v. 2 y nota.
35. La salvación no estará en adelante reservada a determinada nación o raza, sino que todos los que temen a Dios y obran bien merecen el agrado del Altísimo. Véase Jn. 4, 23; 9, 31. Como observa un comentarista, Pedro, depositario de las llaves del Reino (Mt. 16, 9), abre también aquí las puertas de la Iglesia a tos gentiles, como en Pentecostés las abrió para los judíos (2, 14 ss.).
38. Haciendo el bien, etc.: “La caridad celestial tiende en primer lugar a comunicar los bienes, celestiales. Pero, así como el Hijo de Dios descendió a la tierra, no sólo para traernos los bienes espirituales, sino también para curar las miserias corporales y temporales de la humanidad –pasó haciendo bien y cada uno de sus pasos está proclamando sus maravillosos portentos benéficos–, así el amor divino que el cristiano profesa a su prójimo, sin renegar de su origen y de su carácter celestiales, se extiende del alma al cuerpo” (Scheeben).
40. Dios le resucitó: ¿Qué significa esta expresión, lo mismo que la del v. 38: Dios estaba con Él? ¿Acaso el mismo Cristo no era Dios? Tal pregunta, que muchos se hacen y que llevó a antiguos y modernos herejes a dudar de la divinidad de Jesús, el Verbo encarnado, viene de no distinguir las divinas Personas e ignorar que en la Sagrada Escritura el nombre de Dios por antonomasia es dado a la Primera Persona, es decir, al divino Padre, porque en Él está la naturaleza divina, como en su Fuente primera, según se expresan los santos Padres, y es Él quien la comunica a su Hijo, al engendrarlo eternamente (cf. Sal. 109, 3 y nota), y es Él quien, con el Hijo, a comunica a la Tercera Persona. De ahí la adoración constante de Cristo al Padre, pues, si bien la Persona del Hijo posee también la divinidad con idéntica plenitud que la Persona del Padre, no olvida que como hombre lo ha recibirlo todo del Padre, que es el que da y no recibe de nadie. He aquí la verdadera llave para comprender el Evangelio sin asombrarse al observar cómo la Persona del Verbo-Hombre se humilla continuamente, como un niñito, ante la Persona de su Padre. Por eso es por lo que Jesús, no obstante poder hacerlo todo por su propia virtud deja constancia de que es el Padre quien todo lo hace en Él y por Él, y asimismo todo lo hace para Él, porque en Él tiene toda su complacencia. De ahí que el divino Hijo, agradecido al divino Padre, no se canse de repetirnos que es el Padre quien lo envía, quien lo asiste en sus obras, quien lo resucita, quien lo eleva en su Ascensión (Mc. 16, 19; Lc. 24, 51), quien lo sienta a su diestra (Sal. 109, 1 y nota), etc., al punto de que, dice San Pablo, ni siquiera se atrevió Jesús a asumir por sí mismo el sacerdocio, sino que esperó que se lo diera Aquel que le dijo: “Tú eres el Sacerdote para siempre, a la manera de Melquisedec” (Hb. 5, 5 s.; Sal. 109, 4 y nota).
42. “Es entonces un hecho, que Cristo es el juez de vivos y muertos, ya sea que entendamos por muertos a los pecadores y por vivos a los que viven rectamente, ya sea que con el nombre de vivos se comprenda a los que entonces vivirán, y con el de muertos a todos los que murieron” (Sto. Tomás). S. Pedro aclara este punto usando esos términos en su sentido propio (1 Pe. 4, 5 s.).
43. Cuantos crean: “Una sola condición es exigida, dice Fillion, pero sin ninguna excepción”. Es decir, que la fe ha de ser viva, real, confiada y animadora de todos nuestros pasos. Esa fe que se dice tener por tradición de familia, etc., “es cosa muerta que no justifica a nadie. La fe, más que ninguna otra virtud, exige un examen de conciencia para saber si la adoptamos en forma plena activa, voluntaria y libérrima, o si la aceptamos pasivamente de los demás, como una costumbre de la convivencia social”.
44 ss. Así como en Abrahán precedió la justicia de la fe a la circuncisión que fue como el sello de esta misma fe que le había justificado, del mismo modo Cornelio fue santificado por la infusión del Espíritu Santo para que recibiese en el Bautismo el Sacramento de la regeneración, que da la santidad (San Agustín). Tan extraordinaria aparece esta nueva Pentecostés de la Palabra (11, 15), que los discípulos venidos con San Pedro (v. 45) quedan pasmados (literalmente “fuera de sí”) al ver que el Espíritu Santo no era, como hasta entonces, privilegio de los cristianos de origen judío, sino que se extendía también a los gentiles, y que el ministerio de la predicación (v. 42) era seguido de semejante efusión de carismas. Esto nos da también a nosotros una idea del valor insospechado de la predicación del Evangelio (véase 6, 2; 1 Co. 1, 17) y no es sino el cumplimiento de lo anunciado en Mc. 16, 15 ss. “Para hacernos vivir de esta gracia del Espíritu Santo fue preciso que se nos instruyera mediante la palabra eterna de la Escritura acerca de los misterios que debíamos creer y de los preceptos que habíamos de observar. La predicación del Evangelio ha de ser espíritu y vida; preciso es, pues, que el apóstol tenga hambre y sed de la justicia de Dios”, y que esté poseído del don de fortaleza para que le sea dado perseverar hasta el fin y arrastrar las almas a su doctrina” (Garrigou-Lagrange). Cf. 11, 16 y nota.
48. Pedro no vacila en administrar el Bautismo al comprobar la venida del Espíritu Santo sobre Cornelio y demás paganos reunidos en su casa. Aun no se había resuelto la cuestión principal que agitaba a loa cristianos de Jerusalén acerca de si la Ley ceremonial judía era obligatoria para los gentiles convertidos.
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HECHOS 11
3. La conversión de Cornelio objeto de discusiones en los ambientes judío-cristianos, que no podían familiarizarse con la idea de que hubiese sido derribado el muro establecido hasta entonces entre ellos y los gentiles (10, 28; Ef. 2, 11). Ello estaba, sin embargo, anunciado desde Moisés. Véase Dt. 32, 21 citado en Rm. 10, 19; Is. 65, 1 en Rm. 10, 20; Os. 2, 4 y 1, 10 en Rm. 9, 25 s., donde S. Pablo extiende en sentido típico a los gentiles lo que Oseas anuncia sobre la conversión de las diez tribus del reino de Israel.
14. ¡Palabras que salvan! Lo mismo dice S. Pablo (Rm. 1, 16) y Santiago (St. 1, 21). “Nunca he conseguido una conversión verdadera sino por alguna palabra de la Santa Escritura. Es la semilla que penetra hasta el fondo cuando hay tierra dispuesta. Y si no la hay, de nada valen los esfuerzos humanos sino para arrancar promesas falaces...” (“Experiencias de un viejo sacerdote”).
16. Entonces me acordé: Vemos cómo se cumple la promesa de Jesús de que el Espíritu Santo les enseñaría cuanto debían hacer (v. 12) y les recordaría las Palabras suyas (Jn. 14, 26). Bautizados en Espíritu santo: Es lo que Jesús les dijo en 1, 5, llamando Bautismo a Pentecostés porque allí fueron “investidos de fuerza desde lo alto” (Lc. 24, 49), operándose en ellos, como dice Boudou, “el beneficio de la regeneración espiritual”, que ahora se extendía a los gentiles “como don igual, concedido con una sola y misma condición: la fe”. Están en el error quienes creen que el Bautismo del Espíritu Santo, que prometió Jesús, es dado desde este momento a todos directamente por el mismo Espíritu mediante la fe en Cristo. No puede negarse que Pedro bautizó con agua aun después de la efusión del Espíritu (10, 44-48), y que los Doce y también Pablo continuaban usando la imposición de las manos, tanto para el desempeño de funciones especiales (13, 3; 1 Tm. 4, 14) como para comunicar el Espíritu Santo (2 Tm. 1, 6). Cf. 6, 6; 8, 17; 9, 17.
17. Hermosa muestra del espíritu sobrenatural de Pedro, que contrasta con el ritualismo de los fariseos, cultores de las fórmulas.
18. El arrepentimiento para la vida: es decir, el perdón, cumpliéndose así textualmente las palabras de Jesús en Lc. 24, 47, donde el Señor lo extiende a todas las naciones después de mandar que comiencen por Jerusalén. Vemos la verdadera unidad espiritual de la Iglesia reflejada en esta alegría de todos (v. 23; 12, 5). “Si el Espíritu único habita en nosotros, el único Padre de todos estará en nosotros, y, como Dios, por su Hijo unirá entre sí y consigo mismo a los que se han hecho participantes del Espíritu Santo” (S. Cirilo de Alejandría). Algunos se preguntan si en esta admisión de los gentiles, prevista ya en el Evangelio y considerada como un injerto en Israel (Rm. 11, 17), hay alguna diferencia con la que S. Pablo anuncia más tarde a los gentiles en Ef. 3, 6, presentándola como un misterio oculto hasta entonces y como un llamado directo.
20. La obra que el Espíritu Santo empezó en Cesarea (cap. 10) iba a manifestarse con más intensidad en Antioquía, entonces capital de Siria y centro de todo el Oriente. Convirtiéronse allí los griegos, es decir, los gentiles, en tan “gran número” (v. 21), que los apóstoles enviaron a Bernabé (v. 22) para que dirigiera ese nuevo movimiento.
26. Fueron llamados cristianos: Los discípulos de nuestro Señor eran objeto de burla como lo fue Él mismo, y mirados como una extraña secta que seguía los pasos de un judío ajusticiado. Los judíos les llamaban despectivamente “nazarenos” (cf. Jn. 1, 46; 7, 52), y los paganos les pusieron el apodo de christiani (desinencia latina del griego xristós); apodo despectivo como vemos por los únicos textos en que aparece (26, 28 y 1 Pe. 4, 16). En este último, S. Pedro nos enseña a llevar ese nombre sin rubor, glorificando a Dios en él. Conviene, pues, usar siempre, añadiéndole el carácter de “católico” que significa universal, este glorioso título de “cristiano”, que parece ir quedando cada vez más para uso de los disidentes, lo mismo que el de “evangélico”, no menos honroso y envidiable para un discípulo de Jesús.
28. Claudio, emperador romano (41-54 d. C.).
30. Los ancianos presbíteros, que aquí se mencionan por primera vez, se llaman así menos por su ancianidad que por la dignidad de su cargo. Sobre presbíteros cf. 15, 2, 4, 6; 1 Tm. 5, 17; Tt. 1, 5. Sobre diáconos cf. 6, 1 ss. Véase 20, 17 y 28 y notas. Los envíos no eran de dinero sino de víveres (trigo de Alejandría, higos de Chipre, etc.), pues –lo mismo que hoy en casos tales– en la carestía casi no había qué comprar allí.
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HECHOS 12
1. Herodes Agripa I, nieto de aquel cruel Herodes el Grande, que mató a los niños de Belén, y sobrino de Herodes Antipas que se burló del Señor (Lc. 23, 8 ss.).
2. Se trata aquí de Santiago el Mayor, cuya decapitación tuvo lugar en Jerusalén el año 42. Sobre Santiago el Menor cf. v. 17. Una tradición traída por Clemente Alejandrino refiere que Santiago murió perdonando al que lo había delatado, el cual también se hizo cristiano. Contra los que pretenden que Juan murió aquí con su hermano (cf. Mc. 10, 39), basta recordar que San Pablo lo encuentra vivo en Jerusalén siete años después (Ga. 2. 9).
3. Los días de los Ázimos: La semana de Pascua.
5. Sin cesar: es el verdadero sentido de la locución griega echemos que Lucas aplica a la oración de Jesús (Lc. 22, 44).
7. ¡Presto! Al decirle esta palabra ya estaba dándole la idea de un milagro, pues Pedro no habría podido moverse con rapidez sin ser aliviado de las cadenas.
12. Se cree comúnmente que este Marcos es el Evangelista del mismo nombre.
15. Su ángel: el Ángel Custodio (cf. Mt. 18, 10). Su existencia se conocía desde el Antiguo Testamento (Dn. 10, 13 y 20 s.), pero es de notar aquí el espíritu de fe de los cristianos, que se apresuran a pensar en las explicaciones de orden sobrenatural, que hoy difícilmente se buscarían no obstante haber pasado tantos siglos de experiencia cristiana.
17. Vemos el ambiente de fraternidad en que vivían los santos comunicándose todo entre ellos, en medio de esa vida aventurera que llevaban, como malhechores que tienen que ocultarse. Lo mismo sucedía en las catacumbas. “¡Cuántas veces, dice un piadoso autor, tenemos que pasar por desobedientes... para obedecer!” A otro lugar: si el autor sagrado no indica el lugar adonde se retiró Pedro después de escapar de Herodes, lo hizo probablemente por razones de seguridad para el Príncipe de los apóstoles. “Para algunos este otro lugar es Roma, adonde Pedro habría partido sin demora. Para otros es Antioquía. Otros, tal vez más prudentes, no alejan demasiado al Apóstol de Jerusalén. Los escritos apostólicos no nos dicen casi nada de los hechos y actitudes de Pedro después de su liberación. S. Pablo se encuentra de nuevo con él en Jerusalén, para el concilio (15, 7), y más tarde en Antioquía (Ga. 2, 11). Entre los bandos que se formaron en la Iglesia de Corinto, menciona uno que se apoya en Pedro: Yo soy de Cefas (1 Co. 1, 13). Quizá es éste un indicio de que Pedro visitó esa ciudad, como parece afirmarlo S. Dionisio de Corinto. Por lo demás, a pesar de las negaciones desesperadas a las cuales los descubrimientos arqueológicos recientes han dado el golpe de gracia, es históricamente cierto que Pedro fue a Roma y murió allí. Pero ¿cuándo fue allá?... En todo caso los datos escriturarios no permiten precisar las idas y venidas ni fijar su cronología; y en cuanto a los de la tradición están lejos de disipar toda incertidumbre” (Boudou). El apóstol Santiago del que aquí se hace mención es Santiago el Menor, hijo de Alfeo y “hermano”, es decir, pariente del Señor. El fue el primer Obispo de Jerusalén. Cf. v. 2 y nota.
19. Parece indudable que los guardias fueron ajusticiados sin culpa, como en el caso de los santos Inocentes. Bien podríamos suponer que Dios salvó sus almas por amor a su siervo Pedro, como en el caso de S. Pablo (16, 25-34).
23. Por no haber dado a Dios la gloria: Dios no cede a nadie el honor que a Él solo es debido (Is. 42, 8; 48, 11; Sal. 148, 13; 1 Tm. 1, 17). Esta horrible muerte de Herodes Agripa I, padre del rey Agripa II (cf. 25, 13) en igual forma que Antíoco Epifanes (2 M. 9, 5 ss.), nos muestra que no se incurre impunemente en esa soberbia, que será la misma del Anticristo (2 Ts. 2, 3 ss.; cf. Ez. 28, 5 y nota). El v. 24 muestra, en notable contraste. cómo la semilla divina germinaba en medio de la persecución (cf. 8, 1 y nota). Las persecuciones son para la Iglesia lo que el fuego para el oro (S. Agustín). Cf. 1 Pe. 1, 7. “La fuerza espiritual de la Iglesia se encuentra como ligada a su debilidad temporal: el poder de Cristo no fue nunca tan arrollador como en la Cruz” (Pio XI).
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HECHOS 13
1. El oficio del profeta cristiano es, según S. Pablo (1 Co. 14, 3), edificar, exhortar y consolar, en tanto que el del doctor es instruir y enseñar. Éste comporta el don de ciencia e inteligencia; aquél el don de sabiduría, que es superior a todos. El Apóstol recomienda desear para sí mismo y también cultivar, el don de profecía (1 Co. 14, 39). La Didajé da normas de cómo tratar a esos profetas y predicadores, cuyo oficio era formar a los ya llegados a la fe, yendo de una comunidad a otra y viviendo de limosnas, sin cobrar nada por su ministerio, Cf. 20, 28; Ef. 4, 11 y notas.
3. La oración con ayunos es llave que abre los tesoros de a gracia (Tob. 12, 8). Los primeros cristianos solían ayunar antes de toda obra importante: y el ayuno no era parcial como el de hoy, sino total (véase 1 Co. 9, 27 y nota). Con él se preparaban para el Bautismo, tanto el que lo administraba como el que lo recibía. Sobre la imposición de las manos cf. 6, 6 y nota.
9. Algunos explican el cambio de nombre de Saulo como un acto de simpatía hacia el procónsul Sergio Pablo (v. 7). Por lo demás, era frecuente el llevar dos nombres uno hebreo y otro griego o latino, como Simón - Pedro, Tomás - Didimo, Juan - Marcos.
10. Hijo del diablo: con esta tremenda palabra llama también Jesús a los fariseos (Jn. 8, 44). Cuidemos, pues, de no confundir con la falta de caridad esta santa indignación de Pablo (cf. 23, 3 y nota).
12. “La ceguera de Elimas abrió los ojos del procónsul”, haciéndole prestar atención a las maravillas de la Palabra que engendra a fe. Cf. 8, 6; 5, 12 y nota.
13. Juan Marcos lo hizo quizás a causa de su juventud, no avezada a las fatigas de un viaje peligrosísimo a través de las montañas Panfilia y Pisidia. Sobre las consecuencias de este episodio véase 15, 36 ss.
15. Exactamente como hizo Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc. 4, 16 ss.; cfr. Mt. 13, 54). El culto judío en las sinagogas consistía principalmente, entonces como hoy, en una doble lectura bíblica primero del Pentateuco (Torah), y luego de los profetas y hagiógrafos (nebiyim y ketubim).
16 Israelitas: Como vemos, la predicación de San Pablo empieza por los judíos. Sólo cuando éstos lo rechacen pasará a los gentiles (cf. v. 45 s.). Los que teméis a Dios, es decir, los prosélitos. Véase 2, 11 y nota.
17. El gran discurso que sigue, semejante al de San Esteban (cap. 7) es una grandiosa síntesis de la historia de Israel, y como un nexo entre ambos Testamentos, que nos muestra a través de ellos el plan de Dios según las profecías mesiánicas.
20. Es decir, unos 450 años esperó Israel hasta entrar en posesión de la tierra prometida (cf. 7, 7): cuatrocientos en Egipto, cuarenta en el desierto, y unos diez en tomar posesión de las tierras de Canaán.
22. Notable elogio del Rey Profeta, a quien la Escritura alaba con gran frecuencia como no de los mayores amigos de Dios, no obstante su caída. Véase 7, 46: 1 Sam. 13, 14; 16, 13; 1 R. 11, 32 y 34; Sal. 88, 21; Si. 47, 9.
26. A vosotros: Pablo va a anunciar a los judíos, exactamente como Pedro en sus grandes discursos 2, 22 ss. y 3, 12 ss. el gran misterio de cómo las promesas de los profetas, que parecían truncadas para siempre por el rechazo y la crucifixión del Mesías, se cumplirán en Jesús resucitado (v. 32 ss.). La palabra de esta salvación: Texto adoptado como lema para la moderna colección “Verbum Salutis” que publica en París la casa Beauchesne, con estudios sobre el Nuevo Testamento.
27. ¡Al desconocer las profecías les dieron cumplimiento! Observación de profunda sagacidad, porque, si es cierto que del Mesías estaban anunciadas muchas cosas gloriosas, también es cierto que estaba anunciada, no solamente la Pasión y Muerte del Redentor (3, 22 y nota: cf. Sal. 21; Is. 53; Lc. 24, 44 ss.) sino, igualmente, su misión depuradora de la propia Sinagoga (Mal. 3. 3; Za. 13, 9; Is. 1, 25 ss.), que haría justicia a los pobres y confundiría a los opresores y a los soberbios (Sal. 71, 2 ss.; Is. 11, 4: Lc. 1, 51 ss.), etc., cosas todas que el último profeta, san Juan Bautista, anunciaba como inminentes al predicar que el hacha estaba ya puesta a la raíz de los árboles para limpiar la era (Mt. 3, 10). No podían, pues, los altivos fariseos pensar de buena fe que el Mesías debía venir solamente para dar a Israel un triunfo y prosperidad según la carne, sino también ante todo una purificación, para la cual el Bautismo de arrepentimiento que ofrecía Juan, debía “preparar el camino” (Mc. 1, 2-5). Pero estaba escrito que “mientras el buey reconoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo, Israel no me reconoce y no entiende mi voz” (Is. 1, 3), y así, al “desconocer el tiempo de su visita” (Lc. 19, 41 ss.; 13, 34 ss ), ellos cumplieron sin quererlo, como les dice aquí Pablo, esas profecías tantas veces recordadas en el Evangelio, de que tendrían ojos para no ver y oídos para no oír a causa del embotamiento de su corazón (Is. 6, 9; Mt. 13, 14; Mc. 4, 12; Lc. 8, 10; Jn. 12, 40; Rm. 11, 8). Y esto mismo había de repetirles Pablo hasta el fin (28, 23-27) cuando les anunció definitivamente que la salud era trasmitida a los gentiles (ibid. 28 s.).
32. Idéntico lenguaje usa Pedro en 2, 24-36 y 3, 18 ss. En Rm. 15, 8 ss. Pablo expone igualmente la misión mesiánica de Cristo en favor de Israel, y explica luego su extensión a los gentiles. Cf. Hb. 13, 20; Ez. 34, 23.
33 s. Resucitando: Observa aquí Fillion que el verbo anastésas no puede tener la significación de suscitando o enviando, como si pudiera referirse a la venida de Jesús en su Encarnación pues el contexto exige el sentido de resucitando, ya que todo el pasaje (vs. 26-37) trata del milagro de la Resurrección del Señor. Confirma así lo que expusimos en la nota a 3, 22. Tú eres mi Hijo, etc.: Cita de Sal. 2, 7-9: compárese allí lo relativo a Israel y a las naciones. Cf. 2, 27 ss.; Is. 55, 3; Sal. 15, 10.
39. Todo aquel que tiene fe: “Nada podemos hacer sin la fe; viene a ser la primera piedra sobre la que se apoyan todos los otros actos saludables: es la raíz viva y sólida de la que brota y recibe su fuerza cuanto es preciso para adquirir la gracia” (Scheeben). Bajo la Ley de la gracia el hombre es justificado gratis por la fe, la cual es como dice el Tridentino “el fundamento y la raíz de toda justificación”. Cf. Rm. 1, 17 y nota. Esto es lo que el Apóstol predica con tanta elocuencia a los “insensatos Gálatas” judaizantes (Ga. 3, 1 ss.) que buscaban justificare como antes, por sus propias obras legales, despreciando la salvación que viene de Jesús, e inutilizando su muerte redentora (Ga. 2, 21; cf. Rm. 3, 20; 10, 3; Flp. 3, 9 y notas).
41. Cf. Hab. 1, 5. El Apóstol aplica este pasaje en sentido figurado a la vocación de los gentiles, la cual encerraba según S. Pablo maravillas ocultas hasta entonces en los arcanos de Dios (Ef. 3, 8 ss.; Col. 1, 26), si bien tal amenaza existía para Israel desde Moisés (Rm. 10, 19 s., citando a Dt. 32, 21 e Is. 65, 1 s.). Véase los vv. 27 y 46 s. y notas.
45. Para la sinagoga incrédula, admitir la resurrección que les predicaba Pablo (vs. 32-37), significaba renovar el problema de la fe en Cristo como el Mesías Rey, que ellos habían rechazado, pues los apóstoles predicaban que en el Señor resucitado se cumplirán todas las promesas de los antiguos profetas no obstante su rechazo por parte del pueblo de Israel (cf. 2, 30; 3, 22; Rm. 15, 8; Hb. 13, 20; Lc. 16, 16 y notas). Los pretendidos privilegios de raza, impidieron a estos judíos en la diáspora, como a los de Jerusalén, aceptar la Buena Nueva de la Redención.
46. Esto, como 18, 6, son preludios del acontecimiento transcendental de 28, 28, que traería el paso de la Iglesia a los gentiles (cf. Lc. 21, 24; Rm. 11, 25; Ap. 11, 2) y el cumplimiento de los terribles anuncios de Jesús contra Jerusalén (Mt. 24). Cf. Mt. 10, 6; Lc. 24, 47.
47. Cita de Is. 49, 6 sobre el Mesías, que debía ser no sólo “gloria de Israel” sino también “luz de las naciones” paganas. Véase Is. 42, 6; Lc. 1, 32; 2, 30 ss.
48. Ordenados: La Vulgata dice preordinados. De la Torre traduce destinados (cf. 15, 7; Rm. 8, 28 ss.). Por donde vemos que el creer a las palabras del Evangelio nos llena de gozo y es una feliz señal de predestinación, pues “el Evangelio es una fuerza divina” de salvación que se encarga de transformar las almas de los que creen en él (Rm. 1, 16; Jn. 12, 36 y 48 y notas). Porque, como hace notar S. Agustín, “Dios ha colocado la justificación, no en la Ley, sino en la fe de Jesucristo...; ha prometido a la justicia de la fe, esto es, a sus justos según la fe la salvación y la vida eterna”. Vemos también que no hemos de inquietarnos si no todos creen a nuestra predicación. Así le ocurrió al mismo Señor Jesús y así lo mostró Él en la gran parábola del Sembrador (Mt. 13). Véase Rm. 10, 16; Mc. 1, 15; 2 Ts. 1, 8; Pe. 4, 17.
50. Las mujeres devotas de distinción: La Vulgata dice religiosas y honestas. Como observa Fillion, la partícula “y” no está en los mejores manuscritos, de modo que el sentido se refiere a las devotas de alto rango, como eran los fariseos entre los hombres.
52. ¡Gozosos no obstante la partida de ellos! Es que no eran “de Pablo o de Apolo o de Cefas”, sino de Cristo (1 Co. 1, 12 ss.).
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HECHOS 14
1. Sucedió como antes en Antioquía (13, 48).
4. Esta apasionada división de opiniones se observó también con Jesús (Jn. 7, 12). Pero los enemigos fueron, como aquí, más encarnizados que los amigos, porque de éstos había pocos que fuesen fieles y que lo confesasen (Jn. 7, 13; 12, 42 ss.), y también porque Jesús no se defendió con espíritu combativo (Mt. 26, 53; 27, 14), sino que, al contrario, nos enseñó a no resistir al malo (Mt. 5, 39; 10, 14 ss.). La palabra divina es semilla: no podemos forzar la tierra a que la reciba. Cf. 13, 48; Ct. 3, 5 y notas.
5. Cf. v. 19. En 2 Tm. 3, 11 el Apóstol recuerda estas persecuciones.
11 s. En la mitología antigua Júpiter era el jefe de los dioses y Mercurio el dios de la elocuencia. Como el que hablaba era Pablo, le identificaron con Mercurio, mientras que a Bernabé, de estatura majestuosa, le compararon con Júpiter. Pablo, según una leyenda (cf. “Actos de Pablo y de Tecla”) era pequeño y calvo.
15. Cf. 10, 26 y nota.
16. Sobre los gentiles de antes de Cristo, cf. 17, 30; Ef. 2, 11 ss.
17. No dejó de dar testimonio de Sí mismo, de modo que pudiesen conocerle por la naturaleza en su existencia y aun en ciertos atributos (Rm. 1, 20; cf. 17, 24 ss.), si bien no se les había revelado por su palabra como hizo con Israel (Rm. 9, 4; Sal. 147, 8 s. y notas).
19. Sobre esta elocuente muestra de lo que vale la adhesión de los hombres, tan parecida al paso del Domingo de Ramos al Viernes Santo, véase la nota en Mt. 26, 56. En Listra la predicación y los sufrimientos del campeón de Cristo no quedaron sin fruto. Allí ganó para la fe al que más tarde sería su discípulo predilecto: San Timoteo.
22. Fortaleciendo los ánimos: Véase 15, 41. Es la técnica apostólica de Pablo: “La primera vez les daba el conocimiento del Dios Amor, para conquistar los corazones con sus maravillas. La segunda los prevenía de la inevitable persecución anunciada por Cristo para evitar pedregales” (esto es, los que se escandalizan a causa de la persecución que la Palabra de Dios provoca: véase Mc. 4, 5 y nota). Para aquellos neófitos, perseverar en la fe significaba entregársele totalmente. “La justicia de nada sirve a quien se detiene en el camino” (S. Jerónimo).
23. Presbíteros: Boudou traduce literalmente ancianos, explicando que se conservó el nombre griego de presbítero (anciano) en vez de hierens (sacerdote), porque lo entendían a un tiempo les judíos, “en cuyo sanhedrín junto a sacerdotes y escribas había ancianos”, y los griegos a los cuales recordaba los nombres de ciertos funcionarios (cf. 20, 17 y nota). En cuanto a la institución, añade que, cualquiera fuese su forma, bien se ve que ella se efectuó en una ceremonia religiosa bajo la autoridad apostólica (cf. 13, 3) y que si bien no consta aquí la imposición de manos, como en el caso de Timoteo (cf. 2 Tm. 1, 6 s.), debe suponérselo por analogía. Cf. 11, 16 y nota; 1 Tm. 5, 22; Tit. 1, 5 ss.
25. Este primer viaje lo hizo San Pablo en los años 46-49. El camino recorrido per él y Bernabé es de unos 2.500 kms. (distancia de Buenos Aires al Perú). El fruto respondió al celo, fundándose Iglesias en una vasta zona del Asia Menor.
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HECHOS 15
1. Como se deduce del v. 5, algunos fariseos que habían abrazado a fe inquietaban a los paganos convertidos. diciendo que éstos no podían ser bautizados si antes no se hacían judíos por medio de la circuncisión. Es de notar que los perturbadores no tenían ninguna autoridad por parte de los apóstoles (v. 24) y que negaban virtualmente la salvación por la fe en Jesucristo.
2. De entre ellos: La Vulgata dice: de entre los otros. Es una confusión (aliis por illis), pues se refiere a los hermanos fieles y no a aquellos judaizantes del v. 1, o fariseos del v. 5, a quienes San Pablo alude en Ga. 2, 4, llamándolos falsos hermanos. Cf. Ga. 2, 12; 5, 2 s.
3. Despedidos tiene aquí el sentido de acompañados hasta cierta distancia, lo que muestra la importancia del viaje y el interés de todos por la doctrina, como también la caridad que había entre ellos, y no mera cortesía formal. Cf. Ga. 2, 1.
4. Por la Iglesia y los apóstoles, etc.: La Iglesia en el sentido de comunidad de los fieles. Con ellos: es decir, lo que Dios había obrado, siendo ellos los instrumentos (cf. v. 12; 14, 27; 21, 19). En igual sentido dice María: “En mí obró grandezas el Poderoso” (Lc. 1, 49).
7 ss. Como observan Scio, Crampon y otros, alude S. Pedro a la conversión del centurión Cornelio (10, 9 ss.).
8. Del mismo modo que a nosotros: véase esa nueva Pentecostés en 10, 44 y nota.
9. No ha hecho diferencia: S. Pablo explica dramáticamente en Ef. 2 este llamado de los que, no siendo del pueblo judío escogido, aun estaríamos sumidos en la noche de la depravación pagana, si la divina obra de Jesús no hubiese “derribado el muro” de separación. Purificado sus corazones por la fe: Preciosa noticia que el mismo San Pedro amplía (en 1 Pe. 1, 22), enseñándonos que esa purificación que viene de la “obediencia a la verdad” (cf. 2 Co. 10, 5) es lo que nos prepara para la caridad fraterna. Igual concepto expone S. Pablo en Ga. 6, 6, precisamente para declarar que nada significa ya la circuncisión para el que se atiene a la gracia. Cf. Hb. 8, 4 y nota.
10. Es lo que San Pablo expresó en Ga. 2, 14.
11. Véase Ga. 2, 21 y nota.
12. Toda la asamblea: Así traduce Boudou (Vulg.: multitudo), citando los vv. 4 y 22 para mostrar que en el v. 7 Pedro habla en presencia de toda la Iglesia. Aquí se ve también el perfecto acuerdo de él y de Santiago con Pablo en materia de justificación (cf. Ga. 2; St. 2). Refirieron, etc.: “¡Hechos! Siempre van a los hechos. Ningún prejuicio doctrinal, ningún espíritu de casta, ningún nacionalismo estrecho subsistirá contra éstos. Vano sería oponerse a la voluntad divina”.
13. Santiago: el Menor, que habla con su autoridad de obispo de Jerusalén, no obstante lo cual vemos que prima la autoridad de San Pedro (v. 7).
14. Simeón: forma hebraica de Simón (Pedro). Primero: no sólo por primera vez (en el caso a que alude antes Pedro en v. 7), sino también antes de ejecutar lo anunciado por el profeta. Para escoger de entre ellos: esto es, no ya colectivamente a las naciones, como lo hizo con todo Israel (cf. Ez. 18, 4 y nota), sino por elección individual de los escogidos para ser hijos de Dios (Rm. 8, 28 ss.; Jn. 11, 52), que son “los que creen en su Nombre” (Jn. 1, 12), o sea no todos los peces “buenos y malos” de la red (Mt. 13, 47 ss.); no todos los entrados al banquete, sino los que tienen el traje nupcial (Mt. 22, 12), siendo muchos los llamados y pocos los escogidos (ibíd. 22, 14). Grave revelación para los que pensaren que basta ser bautizado, sin preocuparse de avivar la fe. Cf. 2, 41; Mc. 16, 16; Ef. 2, 8.
16. Cita libre de Am. 9, 11 s., según los Setenta. El tabernáculo de David: Boudou traduce: la casa de David. Después de eso: o sea, después del tiempo antes referido (v. 14). Santiago añade esas palabras, que no están en los LXX ni en el hebreo, para precisar mejor su interpretación. Cf. Hb. 12, 26 ss. y nota.
17. Sobre este texto observa Boudou: “Según la profecía de Amós. Dios realzará la tienda de David; reconstruirá el reino davídico en su integridad y le devolverá su antiguo esplendor. Entonces Judá e Israel conquistarán y poseerán el resto de Edom, tipo de los enemigos de Dios, y todo el resto de las naciones extranjeras sobre quienes el nombre de Dios ha sido pronunciado. La principal diferencia entre el texto hebreo de Amós y la cita de los Hechos, reside en que, allí donde el hebreo dice: “Ellos poseerán el resto de Edom y todas las naciones..., el griego (y Santiago) ha leído: los hombres (Adam, en lugar de Edom), y sustituido el verbo buscar al verbo poseer: El resto de los hombres y todas las naciones buscarán al Señor. En el hebreo nada corresponde a este último término, el cual falta también en varios testigos de la versión griega. En el hebreo predomina la idea de conquista, de compulsión por la fuerza; en el griego y en Santiago, la de un deseo, de parte de los pueblos, de hallar al Señor y convertirse a Él”. Sobre la confusión entre Edom y Adam cf. Sal. 75, 11 y nota.
18. Santiago reproduce palabras de Is. 45, 21. El texto antioqueno dice más ampliamente: “Conocidas por Dios desde la eternidad son todas sus obras”.
19. Los gentiles que se convierten: Dice esto porque hasta entonces la primitiva Iglesia Cristiana sólo estaba formada de judíos, como lo eran los apóstoles.
20 s. Como observa muy bien Santo Tomás, estas disposiciones, que han sido tan discutidas, se fundaban simplemente en un propósito de caridad, a fin de no escandalizar a los judíos cristianos que formaban la Iglesia primitiva (v. 19) y que al ver a los paganos convertidos conservar esas costumbres, podían creer que perseveraban en la idolatría, tanto más cuanto que en las sinagogas, a donde aquéllos seguían concurriendo (cf. 13, 15), se hablaba siempre de la Ley mosaica. De las cuatro cláusulas (cf. Gn. 9, 4; Lv. 3, 17; 5, 2; 17, 10-16), la primera se refiere al comer carne de las víctimas ofrecidas a los ídolos; la tercera y cuarta al comer carne de animales sofocados y la sangre de animales. Estas tres cláusulas tenían valor transitorio (1 Co. 8). La segunda vale para siempre. Sobre el v. 21 cf. Hb. 8, 4 y nota.
22 ss. Con toda a Iglesia: Cf. 2 Co. 8, 19. Como observa Boudou, los fieles reunidos prestaron su concurso en la elección de los delegados y “aprobaban la decisión doctrinal, lo que era una preciosa ventaja”, si bien la fuerza de aquélla le venía de los apóstoles y presbíteros (v. 23). Esta posición que en la Iglesia primitiva tenían todos los creyentes bautizados y que habían recibido el Espíritu Santo con la imposición de las manos o confirmación (8, 17; 11, 16; cf. 2 Tm. 2, 2) es singularmente apoyada por S. Pedro que reconoce también un sacerdocio de laicos (1 Pe. 2, 4-9), y ha sido recordada por Pío XI al declarar que en el apostolado del clero corresponde a los laicos una participación activa. Ésta, no pudiendo consistir en la celebración de la Misa ni en la administración de los Sacramentos, ha de ser en la difusión de la Palabra de Dios (cf. 20, 9; 21, 8 y notas). A este respecto el P. Garrigou Lagrange, de gran autoridad teológica, refiere con singular complacencia cómo su vocación religiosa se despertó al leer las palabras, llenas de ardiente fe, de Ernest Hello, el laico autor de “Palabras de Dios”, meditaciones sobre algunos textos de la Sagrada Escritura.
23. Los presbíteros hermanos: Algunos códices dicen: los presbíteros y los hermanos, lo que cuadra mejor con el v. anterior. Así leen también S. Crisóstomo y las versiones siríacas (Peschitto y la Heraclense) y la etíope.
28. No imponeros otra carga: Es como un eco del reproche dirigido por Jesús a los fariseos en Mt. 23, 4. En realidad, bajo esta simple fórmula se encierra una instrucción de enorme trascendencia, que implica el tránsito del Antiguo Testamento al Evangelio. Es como decirles con S. Pablo: “Ya no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Rm. 6, 14).
29. Adiós: literalmente: quedad robustos, o sanos. Algunos textos, como el Codex Bezae (D y d), San Ireneo, San Cipriano, etc., omiten la prohibición de comer carne de animales sofocados, y añaden en cambio la regla de oro de la caridad en forma negativa: “Y lo que no queréis que os sea hecho no lo hagáis a otro” (véase Mt. 7, 12). Algunos suponen que de la sangre significa: del homicidio. Cf. v. 20; Sal. 50, 16 y nota. Este Concilio de los apóstoles fue celebrado en Jerusalén, hacia el año 51, y es el modelo de todos los que se han celebrado en la Iglesia asistidos por el Espíritu Santo (v. 28).
32. Eran profetas: es decir, tenían el don de edificar, exhortar y consolar. Cf. 1 Co. 14, 3.
34. Versículo discutido. Merk lo suprime, pero Fillion lo sostiene, y está confirmado por el v. 40. Silas, que se queda en Antioquía, será más tarde compañero de San Pablo en sus viajes apostólicos (15, 40; 18, 5; 2 Co. 1, 19; 1 Ts. 1, 1; etc.).
36. Este segundo viaje fue por los años 51-53.
39. Pirot hace notar que el incidente fue vivo (el griego dice paroxismo). Pero, como sucede entre hombres de espíritu, el desacuerdo no disminuyó su unión en la caridad y en el apostolado, pues más tarde cita Pablo a Bernabé como modelo de celo apostólico. Su separación contribuyó, como observa S. Jerónimo, a la propagación del Evangelio en otras regiones. En cuanto a S. Marcos, había de compartir con el Apóstol las fatigas de la prisión (1 Co. 9, 6; Col. 4, 10 s.; 2 Tm. 4, 11). Ambos casos son para nosotros ejemplos de santa libertad de espíritu (véase el caso de S. Pedro y S. Pablo en Ga. 2, 11 ss.). “Algunos antiguos se afligen por esta discusión. Se encarnizan por demostrar que la conducta de cada uno de los actores de este pequeño drama fue rigurosamente conforme a las más exquisitas exigencias de la perfecta santidad. El genial buen sentido de Crisóstomo, al contrario, se alegra de que San Lucas, como verídico historiador, haya así puesto de relieve lo que quedaba de humano en los apóstoles. Nuestra debilidad encuentra en ello un estímulo para no desanimarse” (Boudou).
41. La Vulgata y algunos testigos del griego (texto occidental) añaden aquí: “prescribiéndoles que guardaran los preceptos de los apóstoles y de los presbíteros”. De todos modos, igual expresión está en 16, 4 y es un testimonio del aprecio en que se tenía esa tradición oral de los tiempos apostólicos, aunque Fillion la refiere allí limitadamente a las decisiones del Concilio de Jerusalén.
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HECHOS 16
3. Admiremos la Providencia que aquí ofrece a Pablo un colaborador en remplazo de Bernabé (cf. 15, 39). La circuncisión de Timoteo se efectuó únicamente por razones prácticas, es decir, para que pudiera predicar ante los judíos, los que nunca habrían querido escuchar a un incircunciso.
5. “¡Raro incremento, a la vez en grado y en número!”
6 s. Asia: el “Asia Proconsular”, provincia del Asia Menor, con Éfeso por capital. Les prohibió el Espíritu Santo predicar: San Crisóstomo y otros Padres creen que Dios reservaba esta región a San Juan (cf. 20, 28 y nota), que habitó por allí y en efecto allí estaban “las siete Iglesias” del Apocalipsis. Así también Dios reservó a Salomón la construcción del Templo que David deseaba emprender (cf. Sal. 131, 1 ss. y nota). Los apóstoles sólo iban adonde Dios los llamaba (cf. v. 10) y no salían por el mundo como Quijotes que se ofrecen para remediar todos los males. Hay en esto una grandísima lección de fe, que S. Vicente de Paúl expresaba en su lema: “No anticiparse a la Providencia”: “En las cosas de Dios, que no necesita de nuestros favores, hemos de temer más que nada la actividad indiscreta con pretensiones de apostolado, pensando que esto le desagravia a Él más que cualquier inacción, y que tales obras se quemarán tristemente, como enseña S. Pablo cuando venga Jesús ‘a juzgar el mundo por el fuego’” (1 Co. 3, 13-15; cf. Is. 30, 15). El Espíritu de Jesús es el mismo Espíritu Santo “que procede del Padre y del Hijo”, como dice el Credo.
10. Procuramos: nótese desde este v. el cambio de la tercera persona por la primera. Es porque desde este momento. Lucas, el autor de este libro acompaña al Apóstol (cf. 27, 1 y nota). Como observamos en la nota 3, la Providencia sigue aquí guiando los pasos de estos fieles siervos deseosos de obedecerle (cf. v. 6 y nota), y nos muestra cuán prontos hemos de estar, tanto para quedarnos quietos si Dios no nos llama (Jn. 11, 20), como para acudir apenas oigamos su voz (Jn. 11, 29). “Sólo el que con gusto se esconde, puede luego aparecer”, dice el Kempis.
11. Neápolis: ciudad de Macedonia y puerto de Filipos. Pera evitar confusiones conviene seguir los viajes de S. Pablo a través del mapa especial agregado al fin de este libro.
12. Filipos: la primera ciudad europea en que predicó Pablo, era un centro importante de Macedonia, célebre por la batalla del año 42 a. C. en la que venció el emperador Augusto. Fue destruida en el siglo XIV por los turcos. Los modernos observan que Filipos no fue la primera en importancia ni en orden de tiempo, y se inclinan a traducir más bien “ciudad del primer distrito de Macedonia” (Turner, Blass, Boudon).
13 ss. Encantadora simplicidad, y ejemplo de cómo todos los lugares y momentos de la vida ordinaria son aptos para hablar del Evangelio (2 Tm. 4, 2).
14. Aquí, como en Lc. 24, 45, vemos que es el Espíritu de Dios quien nos da, sin excluir a las mujeres, la inteligencia de la Buena Nueva. ¡Roguémosle que ilumine a cuantos hoy también quieren estar atentos a lo que escribió Pablo! Para ello contamos seguros con la oración del mismo Jesús (Jn. 17, 20).
16. Espíritu pitónico: literalmente son dos sustantivos: un espíritu, un pitón: éste era un demonio. Su nombre se deriva de Apolo Pitio (así llamado por haber dado muerte a la serpiente Pitón), porque este dios tenía un oráculo en Delfos. S. Agustín le llama ventrílocua, es decir que fingía voces distintas y engañosas. Los demonios pueden hacerse pasar por adivinos pero nunca predecir cosas futuras –si no es por especial disposición divina, como en el caso de la pitonisa que consultó Saúl (1 Sam. 2, 8)– pues Dios nos enseña que Él solo se reserva el predecir lo porvenir. Cf. Is. 44, 7; 45, 21. etc.
17. El plural nosotros desaparece, aquí hasta 20, 5 en que Pablo vuelve a Filipos, lo que hace pensar que Lucas se quedó allí. Es notable la confesión que se ven obligados a hacer los demonios lo mismo que hacían con Jesús (Mc. 1, 24; Lc. 4, 41 y nota). Como el divino Maestro, S. Pablo no acepta ni quiere aprovechar un testimonio que viene del “padre de la mentira” (Jn. 8, 44) y le duele ver que los demonios admitan la verdad más que los hombres. Cf. Lc. 8, 28; St. 2, 19.
19. Nótese la ironía con que se repite el mismo verbo partir del v. 18. Es éste uno de los raros episodios bíblicos que ofrecen un aspecto humorístico, si bien contiene una gran enseñanza psicológica que encierra la explicación de muchas actitudes revestidas de celo religioso. Véase el caso de los plateros de Éfeso en 19, 24 ss.
20. Véase igual acusación en 17, 6. Jesús fue muchas veces acusado de lo mismo, e igualmente lo fueron los profetas (cf. 1 R. 18, 17; Jr. 38, 4; Am. 7, 10).
24. El cepo era, como los que hoy se ven en los museos, una tabla con dos orificios en los que se introducía los pies del preso. Le impedía todo movimiento, lo que causaba dolores atroces.
32. Le enseñaron la palabra: Hermosa expresión que señala el valor pedagógico de las palabras divinas. Cf. Rm. 1, 16; 10, 17; 1 Co. 2, 4; 2 Tm. 3, 16.
34. De haber creído a Dios: No olvidemos esta fórmula, para poder regocijarnos. ¿Quién se arrepintió jamás de haberle creído? En cambio, ¿no es cierto que cada día tenemos que dolernos de haber creído al hombre, y sin embargo seguimos creyéndole? (véase Jn. 2, 24; 1 Ts. 2, 13 y notas).
37. La viril conducta del humildísimo Pablo nos enseña que la humildad cristiana no consiste en someterse a los caprichos de los poderosos del mundo.
38. Porque no era lícito azotar a un ciudadano romano. Cf. 22, 25.
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HECHOS 17
1 s. Tesalónica, hoy Salónica, era la capital de la provincia romana de Macedonia, al norte de Grecia. Es de notar cómo, no obstante su apartamiento de los judíos en Antioquía de Pisidia (véase 13, 14-46), Pablo continuó buscando ante todo a “las ovejas de la casa de Israel”, que aquí habían de perseguirlo implacablemente (v. 5 y nota). Véase el mismo caso repetido en Corinto (18, 4-6), hasta terminar en Roma (28, 23 ss.).
3. La preocupación constante de Pablo como la de Pedro, era mostrar a los judíos que la muerte del Mesías no había alterado las grandes promesas de los profetas, pues Cristo había nacido israelita para confirmarla, según la veracidad de Dios (Rm. 15, 8), el cual lo había resucitado ante todo para ellos (3, 26), como lo había confirmado el mismo Cristo en Lc. 24, 44-46, declarando que el Mesías había de sufrir antes de ser glorificado, Véase 2, 23-35; 3, 15-21; Mc. 16, 11 y nota; Is. 52, 13 ss.; 53, 9 ss.; cf. Hb. 13, 20 y Ez. 34, 17 ss.
4. Aquí, y en el v. 12, la actitud de la aristocracia contrasta con la que vimos en Antioquía (13, 50 y nota). A esta piadosa Iglesia de Tesalónica había de escribir S. Pablo sus dos admirables cartas (1 y 2 Ts.) donde alude a la doctrina que les había predicado, especialmente rica en materia de profecía (cf. 1 Ts. 4, 13 ss.; 5, 1 ss.; 2 Ts. 1, 6 ss.; 2, 11 ss.).
5. Empezamos a ver la hostilidad de los judíos de Tesalónica, que combatirán a Pablo hasta en Berea (v. 13 y nota). Ahora ya no se valen de las damas influyentes (13, 50), sino de los ociosos del populacho,
6. Los que han trastornado al mundo: Jesús habría aceptado contento, para sus discípulos, esta definición de revolucionarios, que todo lo trastornan con la visión sobrenatural (cf. Lc. 7, 23 y citas) de manera que el mundo no puede transigir con ellos (Jn. 7, 7; 14, 30; 17, 14; Ga. 1, 4 y notas; etc.). Toda la tierra de entonces aparece conmovida según esta acusación, lo cual es un precioso testimonio de la rapidez e intensidad con que la humilde predicación de los apóstoles penetraba el mundo con la Palabra de Cristo: “¡ese mundo que hoy, dice el Papa Benedicto XV, al cabo de casi veinte siglos, había de estar más lejos de Dios que nunca! Cf. v. 19; 19, 23; 24, 14 y notas.
7. Rey Jesús: Notemos que idéntico crimen reprocharon los jerarcas judíos a nuestro Señor ante el tribunal de Pilato (Lc. 23, 2; Jn. 18, 33-37; 19, 12 y 15), y más tarde los paganos a los cristianos del Imperio Romano (cf. las Apologías de S. Justino y Tertuliano). El misterio del Reino Mesiánico que San Pablo les predicaba en Cristo resucitado (cf. 19, 8; 23, 6; 24, 21; 26, 22 s.; 28, 21-23 y 31; etc.), los exaspera al extremo grotesco de recurrir tan luego “a aquel populacho para que se muestre celoso amigo del César”, cf. v. 31 y nota.
10. Lejos de defenderse, huyen una vez más, como lo había enseñado Jesús en Mt. 10, 23 (cf. v. 14; 14, 6). La caridad de S. Pablo no habría querido jamás comprometer a Jasón por haberío hospedado.
11. Eran de mejor índole, porque no eran tan orgullosos, y creían lo que la Escritura decía sobre Cristo. Los fieles de Berea nos muestran con qué espíritu debemos leer la Sagrada Biblia, esa “carta de Dios a los hombres” (Gregorio Magno), y son un ejemplo de cómo las Sagradas Letras del Antiguo Testamento eran tenidas en máxima veneración como fuente de doctrina (véase 16, 32 y 34 y notas). “Investigad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de Mí”, dice Jesús (Jn. 5, 39). Bien se explica, pues, esta precaución de los habitantes de Berea: es la prudencia sobrenatural del que, por encima de todo, busca la verdad (cf. 1 Ts. 5, 21; 1 Jn. 4, 1), para poder guardarse de los falsos profetas que siempre se presentan con piel de oveja (Mt. 7, 15), y de los falsos apóstoles que se disfrazan de Cristo como el misma Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Co. 11, 13). La indiferencia que a veces notamos, en esta materia tan grave, no es sino esa falta de amor a la verdad, que es lo que hará caer en las seducciones poderosas de la mentira, según revela S. Pablo al hablar del Anticristo, (2 Ts. 2, 10 ss.).
13. Escribiendo a los de Salónica, el Apóstol recuerda esta encarnizada persecución “hasta fuera”, y habla con gran severidad contra aquellos orgullosos judíos que perseguían a sus propios compatriotas cristianos (1 Ts. 2, 14 ss.). “No condena al pueblo judío en general, ni para siempre, ya que él mismo y las «columnas» de la Iglesia son de origen judío. Quien medita en Rm. 11, especialmente los vv. 12 y 15, notará cuán lejos está S. Pablo del antisemitismo”.
16 ss. S. Pablo se queda solo, ¡y en Atenas! Es como decir: Cristo ante la filosofía; el pensamiento y el Verbo del Dios Amor, entregado al Juicio de la “cultura clásica”; la locura de la Cruz, propuesta a la sensatez de los sabios, en aquella academia que era todavía, a pesar de su decadencia, la más alta del mundo antiguo, ¿Cuál será el resultado? Quien haya leído los primeros capítulos de 1 Co., podrá adivinarlo fácilmente, pues allí aprendemos que Jesús, es decir la Vida que vino en forma de Luz (Jn. 1, 4), después de ser escándalo para los judíos, sería para los gentiles (greco-romanos) tontería y necedad. Lo primero, lo vimos cumplirse en vida de Él mismo; lo segundo lo veremos en este capítulo que es de un interés insuperable, porque lo mismo sigue repitiéndose cada día, en medio de esto que aun llamamos civilización cristiana. Se consumía: El griego da la idea de paroxismo. “El celo de tu casa me devora”, se había dicho de Cristo (Sal. 68, 10; Jn. 2, 17). ¿Qué ansias no sentiría el humilde discípulo al verse, con las manos llenas de verdades, frente a hombres tan calificados para lo intelectual ... y tan ciegos, tan indigentes, tan miserables en lo espiritual? Veámoslo lanzarse, como un león suelto, a la disputa con los maestros, tanto de Israel como de Grecia (v. 17 y 18) en aquella “Ciudad-Luz” de la antigüedad. Ya veremos después cómo lo escuchan (v. 32 ss.). Cubierta de ídolos: “La Acrópolis es algo así como un templo todo cubierto de santuarios dedicados a Diónisos, a Esculapio, a Afrodita, a la Tierra, a Ceres, a la Victoria Antera, etc.”.
18. Epicúreos y estoicos: Las dos antípodas más alejadas del espíritu evangélico: aquéllos, materialistas y sensuales; éstos, a la inversa, llenos de soberbia como los fariseos, persuadidos de sus virtudes propias. San Justino, que más tarde recorrió todas las escuelas filosóficas, incluso la platónica, pitagórica y aristotélicas atestigua la vulgaridad interesada de unos, la sofística doblez de otros, la vana y ociosa vaciedad de todos, que San Lucas retrata elocuentemente en el v. 21. Siembra-palabras: No es raro que tales pensadores obsequiaran a Pablo con este mote despectivo, sin sospechar que le hacían el elogio más glorioso. ¿Acaso no había enseñado Jesús que la predicación de sus Palabras es verdadera siembra? (Mt. 13, 4 ss.). Un día podrán llamarlo también “sembrador de sangre”, porque había de dar su cabeza por sostener la verdad de aquellas palabras que antes sembró.
Jesús y la resurrección: Es decir, un dios y una diosa (Anástasis). Así imaginaban aquellos hombres superficiales (según interpretaba ya S. Crisóstomo, como hoy Prat y otros modernos), ante la insistencia con que el Apóstol predicaba “en Cristo la resurrección de entre los muertos”. Cf. 3, 22; Flp. 3, 11 y notas.
19 s. La extraordinaria curiosidad despertada por San Pablo se deduce de esta invitación a exponer sus ideas ante el Areópago (Colina de Marte), que era el Senado de los atenienses y decidía en los asuntos más importantes.
22. Extremadamente religiosos: Literalmente: los que más temen a los demonios (genios o espíritus). No hemos de ver en esto ironía, puesto que el santo Apóstol trata de conquistarlos amablemente lejos de querer burlarse ni imputar a aquellos paganos su ignorancia. De ahí que no empezase invocando directamente las divinas Escrituras, y que, aun al hablar de Cristo, lo presente como “un hombre” constituido por Dios, cuyo título para regir el universo le viene de que Dios lo acreditó visiblemente al resucitarlo (v. 31).
23. ¡Profundísima enseñanza! El que busca al Dios desconocido, ya lo ha encontrado, pues busca “al Dios que es”, sea quien sea ese Dios, y precisamente así se definió Dios: Yahvé significa “El que es”, o sea “el verdadero”; los otros son “los que no son” (cf. Sal. 95, 3). Vemos, pues, que los que elevaron ese altar al Dios desconocido, no fueron ciertamente estos que aquí rechazan a S. Pablo (v. 32) sino las almas rectas que, entre la tiniebla del paganismo, tenían el instinto sobrenatural de Dios como el centurión Cornelio (10, 2 ss.). Cf. Jn. 7, 17 y nota.
24. Vemos ya aquí la revelación altamente espiritual que Jesús hizo a la samaritana sobre el culto que a Dios agrada (Jn. 4, 22-24). Si esta visión resultaba insoportable para el ritualismo farisaico judío, no podía menos de chocar también con aquel materialismo mitológico que había sembrado la ciudad de imágenes (v. 16 y 29). Salomón expresaba ya un concepto análogo, que Santa Teresita recogió con respecto a la Eucaristía (1 R. 8, 27 y nota).
25. Cf. Sal. 15, 2; 39, 7; 49, 7-13; Is. 1, 11, etc.
26. “Maravillosa visión que nos hace contemplar el género humano en la unidad de su origen común en Dios” (Pío XII). Cf. Ef. 4, 6. De uno solo: La revelación destruía así la legendaria pretensión de los griegos que se creían autóctonos, es decir, nacidos de su propia tierra como raza superior que podía despreciar a los “bárbaros”. Hay en este v. toda una síntesis de filosofía de la historia, mostrando que Dios separa a los hombres y fija los límites de los pueblos (Dt. 32, 8); cambia los tiempos y quita y pone los reyes (Dn. 2, 21); ensancha las naciones y las aniquila (Jb. 12, 23). Daniel nos muestra más aún: el orden histórico de los imperios del mundo (Dn. 2 y notas).
28. Algunos de vuestros poetas: Arato, Cleantes, Píndaro, Cf. Gn. 1, 27; Is. 40, 18; Hch. 19, 26. S. Pablo aprovecha hábilmente la cita de autores paganos, así como antes aprovechó el altar del Dios desconocido (v. 23), para deducir la trascendencia sobrenatural de aquellos conceptos.
29. Siendo así linaje de Dios: ¡Cosa infinitamente admirable! Lo que había soñado la fantasía de aquellos poetas griegos, se hizo realidad. “En el principio era el Verbo”, un solo Hijo divino, y ahora seremos muchos. Él era el único engendrado, y los hombres éramos creados. Ahora, Él será “el Primogénito de muchos hermanos” (Rm. 8, 29), porque nosotros también, gracias a Él, hemos sido engendrados de Dios (Jn. 1, 12-13) por el Espíritu Santo (Ga. 4, 4-7) lo mismo que Jesús (Lc. 1, 35; Ef. 1, 5-6), siendo desde entonces verdaderos hijos divinos (1 Jn. 3, 1), renacidos de lo alto (Jn. 3, 3) por el nuevo Adán, y destinados, como verdaderos miembros del Cuerpo de Cristo (1 Co. 12, 27), a vivir de su misma vida divina y eterna, como Él vive del Padre (Jn. 6, 57), y a ser consumados en la unidad de Ambos por el amor (Jn. 17, 21-23).
30. Los tiempos de la ignorancia: “Pablo no insiste en esto, pero, para quien ha leído y meditado el cap. 1 de su carta a los Romanos, tal expresión basta para mostrar lo que él piensa de los filósofos” (Boudou). Véase Rm. 1, 19 ss.; Col. 2, 8; Ga. 1, 11; 1 Co. 2, 4, etc.
31. Juzgar en justicia: Merk indica la concordancia de este pasaje con Sal. 9, 8; 95, 13; 97, 9.
32. He aquí pintado magistralmente el espíritu del mundo. Los sabios de la Grecia admiraron el genio del Apóstol, mientras su discurso se mantuvo en el terreno de la especulación. Pero, en cuanto llegó a su verdadera razón de ser, esto es, a la verdad divinamente revelada, lo despidieron con amables palabras, dejando eso “para otro día”, que nunca había de llegar. Véase 24, 25 y nota.
33. El evangelista subraya este hecho, con su expresión lapidaria que parece decirnos: así como era necesario que el Maestro fuese reprobado por la más alta jerarquía sacerdotal y civil, y por los fariseos que eran los sabios y santos de Israel (Mc. 8, 31; Lc. 9, 22; 17, 25), así también su doctrina, que el Padre revela a los pequeños (Lc. 10, 21), fue aquí despreciada por el supremo tribunal de la filosofía y de la sabiduría humana, cumpliéndose lo que había anunciado tantas veces sobre su absoluto divorcio con el mundo y sus valores (Lc. 16, 15). “Lección de inmensa trascendencia actual, ella nos previene contra todo humanismo, que tiende a hacernos olvidar la realidad sobrenatural” (cf. v. 30 y nota). Garrigou-Lagrange dice agudamente a este respecto que S. Tomás tiene muchos admiradores pero pocos devotos, aludiendo a que en él ha de buscarse ante todo la doctrina sobrenatural de la gracia, y no mirarlo como un simple filósofo discípulo del pagano Aristóteles.
34. Bossuet hace notar que no obstante este aparente fracaso “en la Grecia pulida, madre de los filósofos y de los oradores, S. Pablo estableció allí más iglesias que discípulos ganó Platón con su elocuencia creída divina”. Dionisio el Areopagita, llegó a ser, según Eusebio, el primer obispo de Atenas. En cuanto a los famosos escritos publicados baja su nombre, hoy es unánime la opinión de considerarlos como obra de un autor del siglo V.
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HECHOS 18
2. Véase vv. 18 y 26; Rm. 16, 3; 1 Co. 16, 19; 2 Tim, 4, 19. En Aquila y Priscila encontramos un matrimonio que tanto se esforzó por la causa de Cristo, que S. Pablo pide a todas las iglesias gratitud para ellos (Rm. 16, 4). Privados de hijos, según parece, llenaban intensamente su vida con las luchas y los incomparables goces del apostolado. Son el ejemplo clásico para los cónyuges a quienes no ha sido concedida descendencia.
3. En su juventud Pablo había aprendido el oficio de tejedor, de manera que podía vivir del trabajo de sus manos y no necesitaba molestar a nadie. Esto era su gloria: deberlo todo a Dios y nada a los hombres. Véase 20, 33 ss.; 1 Co. 4, 12; 1 Ts. 2, 9; 2 Ts. 3, 7. Notemos que, muy lejos del necio prejuicio pagano “el trabajo manual era tenido por los judíos en tan eran estima, que los rabinos más célebres se gloriaban de practicar un oficio durante las horas que no consagraban al estudio” (Fillion). Aún bajo el punto de vista higiénico, es indispensable alternar el trabajo intelectual con el físico, según lo prescriben sabiamente las reglas monásticas de los órdenes contemplativas. La falta de esos derivativos ha traído hoy la necesidad de los deportes.
6. Es decir, no es culpa mía si os abandono a vuestro terrible destino, pues que rechazáis al Salvador. Como hemos visto otras veces, no se decidía a un abandono definitivo, y el amor de Pablo por Israel a quien llama su pueblo (Rm. 9, 3; 11, 14), no obstante tener la preciada ciudadanía romana, no tardará en llevarlo de nuevo a “disputar sobre el reino de Dios” en la sinagoga de Éfeso (v. 19 y 19, 8), hasta que llega el episodio final de Roma (28, 28).
8 ss. Este detalle consolador, después del aparente rechazo general, nos recuerda el caso de Atenas (17, 34), y tantos otros en que nuestro amable Padre celestial nos estimula en medio de las persecuciones, para hacernos comprobar que nunca es vano lo que se hace por sembrar la Palabra divina. Es lo que Jesús en persona se digna revelar a Pablo esa noche (v. 9 s.).
10. Un pueblo numeroso: Corinto había de ser en efecto el hogar del cristianismo en toda la península helénica. A él dirigió el Apóstol dos de sus más célebres Epístolas (1 y 2 Co.).
11. Desde aquí escribió Pablo sus dos cartas más antiguas: 1 y 2 Tesalonicenses.
14 ss. Galión, personaje célebre, sobrino del poeta Lucano, y hermano mayor de Séneca, participa sin duda de la opinión despectiva que su hermano había expresado sobre los judíos. Sus palabras “Vedlo vosotros” (v. 15) recuerdan las de Pilato (Jn. 18, 31). De ahí su actitud indiferente, quizá no exenta de complacencia, ante la azotaina del v. 17.
17. Los griegos: Estas palabras faltan en el texto oriental, por lo cual S. Crisóstomo suponía que fuesen los judíos, indignados por el fracaso de su jefe. Como se ve, el arcesinagogo, probablemente sucesor del convertido Crispo (v. 8), fue por lana y salió trasquilado. En este suceso es fácil admirar la protección prometida a Pablo por el Señor (v. 10). Podría ser que este corintio Sóstenes se hubiese lego convertido también, y fuese el mismo quo más tarde, desde Éfeso, saluda a los corintios (1 Co. 1, 1).
18. El voto, aunque se ha creído fuese el de los nazareos, que por cierto tiempo o por toda la vida se consagraban a Dios, renunciando, entre otras cosas, a las bebidas alcohólicas y dejando de cortarse los cabellos, parece más bien haber sido el acostumbrado según Josefo (Bell. Jud. II, 15,11): treinta días de oración, con la cabeza rapada. Véase 21, 23 ss. S. Jerónimo refiere este voto a Aquila, pero no hay duda de que e1 texto se refiere a Pablo, como lo muestran S. Crisóstomo y los modernos.
19. Pablo visitó con preferencia las grandes ciudades, para dar a la Palabra de Dios la más intensa repercusión. Después de Corinto, la ciudad más grande de Grecia, se encamina a Éfeso, la capital de Asia menor.
21. Si Dios quiere: Expresión frecuente en S. Pablo (cf. Rm. 1, 10; 1 Co. 4, 19; 16, 7), que se ha perpetuado hasta hoy en su forma latina Deo volente (o abreviada D. v.). Santiago recomienda expresamente su uso, burlándose de los que creen tener segura esta vida que es “como un humo que se disipa” (St. 4, 13 ss.).
22. A la Iglesia: claro testimonio de que la de Jerusalén era todavía el centro de todas las Iglesias. Que se trata de Jerusalén, y no de Cesarea, se ve por las expresiones subió y bajó a Antioquía, y consta de un manuscrito de la Cadena Armenia (Jacquier).
23. El tercer viaje apostólico comienza hacia el año 54 y termina hacia el año 58.
26. Estos cónyuges ejemplares (v. 2 s. y nota) y predilectos de S. Pablo, por cuyo apostolado se jugaron la vida (Rm. 16, 3 s.), realizan aquí una de sus hazañas, en la cual la esposa Priscila –diminutivo de Prisca (2 Tm. 4, 19)– tuvo sin duda la iniciativa puesto que aquí la nombran a ella primero. Su honda visión sobrenatural, adquirida junto al gran Apóstol, no tarda en advertir la conveniencia de completar la formación del fogoso Apolo, y sin vacilar le brindan, junto con la hospitalidad del propio hogar, el ambiente edificante, saturado de fe y sabiduría de aquella casa que Pablo llama Iglesia (cf. 1 Co. 16, 19).
28. Por la Escritura, es decir, per el A. T. pues se trata de judíos como en 28, 23. Cf. 17, 11 y nota.
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HECHOS 19
1. Las regiones superiores: Galacia y Frigia, en el centro del Asia Menor, llamadas así por su altura. Éfeso, la gran capital del Asia y su primer puerto, ya no existe. Junto a sus ruinas hay un mísero caserío: Ayasoluk, nombre que los turcos deformaron del griego “ho hagios theólogos” (el santo teólogo), conservado en recuerdo de San Juan que allí vivió, y a quien se llamó así por su conocimiento sobrenatural de Dios.
2. Si hay Espíritu Santo: es decir, no sabemos que haya tal cosa. Otra variante traduce: “Ni siquiera hemos oído que se recibe (otros: que se da) el Espíritu Santo”. Notemos al pasar cuántos podrían decir esto mismo hoy, en que al cabo de veinte siglos vemos tantos, llamados cristianos, que no saben de Dios sino las cosas esquemáticas que recuerdan del catecismo de su infancia, en tanto que Pio XII llama a todos al conocimiento de las Escrituras, en su notable Encíclica “Divino Afflante Spiritu” (cf. v. 6 y nota). Recordamos el caso de un niño de cinco años el cual, habiendo oído una explicación sobre las palabras de Jesús relativas al Espíritu Santo, dijo días más tarde: “El Espíritu Santo es la fuerza para ser bueno. Y hay que pedirlo a Dios porque si no, no podemos ser buenos”. Imposible sintetizar con mayor profundidad y sencillez la más alta doctrina de la vida espiritual. El divino Padre lo hizo comprender a ese pequeño, mientras lo esconde como dijo Jesús, a muchos tenidos por sabios y prudentes.
4. Como observan Scio, Fillion, etc., el bautismo de Juan sólo tenía por objeto preparar al pueblo judío, por medio del arrepentimiento, a recibir al Mesías Rey. No tenía, pues, ya razón de ser después que Jesús había establecido el bautismo cristiano. Véase 8, 16 y nota; 13, 24; 18, 25; Mt. 3, 6 y nota.
6. Según se ve, los carismas visibles acompañaban siempre al Espíritu Santo: sea en Pentecostés (2, 4), como en el primer discurso de Pedro a los gentiles (10, 44 ss.), etc. Véase 8, 17; 1 Co. 12, 1 y notas. Esto explica la pregunta concreta de San Pablo en el v. 2. En cuanto a la imposición de las manos hecha aquí por el Apóstol, con posterioridad a la nueva Pentecostés de los gentiles (10, 44s.; 15, 8 y notas), muestra que, ello no obstante, continuó la administración de los sacramentos en esos gentiles “ingeridos” (Rm. 11, 17 ss.), aunque lo nieguen algunos disidentes. Claro está que el divino Espíritu no se ha atado las manos para manifestarse a las almas según Su soberana libertad, como lo hizo con Cornelio (10, 2-4). Mas de ello no se infiere, como vemos, la supresión de los sacramentos, puesto que San Pablo continúa administrándolos. Cf. 11, 16 y nota.
8. Persuadiendo acerca del reino de Dios: Véase **** expresión usada respecto de Jesús en 1, 3 y nota.
9. No obstante el pedido anterior (18, **) había, como siempre, empedernidos. Pablo nos enseña una vez más a no insistir (Mt. 10, 23) ni “dar perlas a los cerdos” (Mt. 7, 6), y se contenta con hablar en un local profano (cf. 5, 42 y nota; 20, 20). “Ved, exclama S. Gregorio... no reconocen a Jesucristo a pesar de las profecías que leen cada día”.
12. Cf. 5, 12 y nota.
16. Episodio de los más pintorescos, en que Dios confunde a los que invocan, sin verdadera fe, el sagrado Nombre de Jesús (cf. v. 17). El Señor alude en Mt. 12, 27 a esta clase de exorcistas que pretendían obrar en nombre de Dios y no eran sino supersticiosos. El fruto de este ejemplar castigo se ve en v. 18 s.
19. Es decir, unos 50.000 pesos argentinos. Si los cristianos de hoy imitaran este “grande escrutinio” –que fue totalmente espontáneo– con los libros de mala doctrina que tienen “apariencias de piedad” (2 Tim, 3, 5), habría combustible y calefacción para mucho tiempo.
20. Boudou vierte también así. Nos parece evidentemente más exacto que traducir: “la palabra del Señor crecía poderosamente”. Otra variante dice la fe, en vez de la palabra: son conceptos equivalentes, pues según la Escritura, la fe viene por la Palabra de Dios. Véase 5, 12 y nota; Rm. 10, 17.
21. El Señor había de confirmarle en este designio: Cf. 23, 11 y nota.
22. Se detenía: Quería quedarse en Éfeso (Asia menor) hasta Pentecostés (1 Co. 16, 8 ss.) del año 57, contando quizá con la abundante ocasión de predicar el Evangelio a tantos peregrinos que en honor de Diana se agolpaban allí en el mes de Artemision (Abril-Mayo). Pronto habían de surgir los adversarios, que esta vez no serán los judíos.
23. El Camino es el Evangelio, que a todos aparecía revolucionario y destructor de las tradiciones humanas. Cf. 17, 6 y nota.
24. La diosa Artemis o Diana, a la que pretende defender el platero, era muy venerada en Éfeso, donde le estaba consagrado uno de los santuarios paganos más frecuentados le aquel tiempo, pues se la miraba, dice San Jerónimo, no ya como la Cazadora, sino como la diosa madre de la fecundidad y abundancia, representándola llena de pechos (multimammia), y sus incontables devotos le pedían favores y bienes materiales, en tanto que otros. como Demetrio y sus colegas, negociaban “piadosamente” con esa devoción. De aquí que su templo era una de las siete maravillas del mundo. De allí también la fina lección que a todos nos da San Lucas en este memorable episodio. No debe confundirse a este Demetrio con el que San Juan cita con tanta estimación en 3 Jn. 12.
24 ss. El platero Demetrio es uno de los muchos que cubren sus intereses materiales con la máscara de la religiosidad. Lo que le movió a hacer el alboroto, no fue la piedad, sino el temor de perder la clientela; y los medios que emplea son los más viles: odio y fanatismo.
27. Este histórico pasaje ha quedado como un ejemplo clásico de ese espíritu del mundo que explota lo sagrado con apariencias de piedad. El mismo S. Pablo que aquí fue perseguido, lo anuncia igualmente para los últimos tiempos (2 Tm. 3, 5).
31. Los principales de Asia, llamados asiarcas, eran los jefes de la provincia, elegidos por término de un año y encargados de presidir la asamblea provincial, los sacrificios y las fiestas.
32. En su mayoría no sabían por qué ¡Cuán aguda y verdadera es esta observación para la psicología de las masas! Nada más fácil que llevar al pueblo a cometer desatinos en ese estado de inconsciencia. De ahí la sabia conducta de Pablo al seguir el consejo de amigos y magistrados (v. 30 s.). En el momento del furor fanático, sin duda le habrían quitado la vida. Poco después, todo quedó en nada.
33. El judío Alejandro y sus amigos juzgaban oportuno el momento para descargar el odio contra los cristianos, pero fracasaron, porque la multitud no quería escuchar a un judío. Por ello y por la actitud prudente del secretario de la ciudad se evitó la persecución de los cristianos. Cf. 26, 17 y nota.
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HECHOS 20
2 s. En Grecia: Allí se detuvo el Apóstol en Corinto, donde escribió la Epístola a los Romanos en el invierno del año 57-58.
7. El primer día de la semana: Valioso testimonio de que ya en tiempo de los apóstoles se celebraban los sagrados misterios el domingo y no ya el sábado de los judíos. Cf. Jn. 20, 1 y nota; 1 Co. 16, 2. Para partir el pan: para celebrar la cena Eucarística. Véase 2, 42 y nota,
9 ss. Notamos aquí cómo Pablo, consecuente con su opinión sobre la máxima importancia del ministerio de la Palabra, se detenía largas horas (v. 1 y 2), hasta media noche (v. 7) y hasta el alba (v. 11), exponiendo ante los oídos maravillados de jóvenes y ancianos las inagotables riquezas de Cristo, que habían estado escondidas por todos los siglos (Ef. 3, 8-11), y amonestando “día y noche, con lágrimas” a los que tenían cura de almas (20, 31). Véase 6, 2-4 y notas. Es muy de recordar este ejemplo, para no confundir esa abundancia de predicación y riqueza de doctrina divina, con el mucho hablar a lo humano, en lo cual “no faltará pecado” (Pr. 10, 19 y nota). Véase lo que Pablo aconseja y previene al Obispo Timoteo en 2 Tm. 4, 2 ss. Cf. 1 Co. 14, 19.
14 ss. Conviene seguir este itinerario teniendo a la vista el mapa de los viajes de S. Pablo: maravillosa peregrinación espiritual a través de toda esa costa e islas de incomparable belleza natural, hoy como entonces. No lejos de la isla de Samos, famosa por su dulce vino, hacia el centro del Mar Egeo, tan legendario en los poetas clásicos, está Patmos, donde Juan recibió y escribió la más alta de las profecías: el Apocalipsis.
17. Los presbíteros: Cf. 14, 23 y nota. La Vulgata dice “los mayores de edad”. Otros traducen “los ancianos” (Fillion, Boudou, etc.). Son los que San Pablo en el v. 28 llama episcopoi u obispos. El P. Boudou hace notar que para el Apóstol, como para el autor de los Hechos, los términos presbítero y obispo son estrictamente sinónimos. El P. Prat observa que los jefes de la Iglesia de Éfeso “no eran evidentemente obispos, pues que Pablo deberá más tarde dejar a Timoteo en Éfeso para ejercer allí el cargo episcopal”.
22. Por el Espíritu; otros: en espíritu (véase 21, 4 y nota). Sin saber, etc.: Vemos que el don de profecía, que S. Pablo posee en grado eminentísimo, no significa que supiese por sí mismo lo que iba a sucederle, sino cuando Dios se lo revela especialmente (cf. v. 25; 2 Tm. 4, 6; 2 Pe. 1, 14).
24. El ministerio: la Vulgata dice el ministerio de la palabra. Nótese la preciosa expresión el Evangelio de la gracia. En el v. 32 lo llama la palabra de su gracia, siempre empeñado en mostrar el carácter esencialmente misericordioso del mensaje de Cristo, que El mismo llamó “la Buena Nueva”.
27. El designio entero: Es lo que Jesús había ordenado en Mt. 28, 20 (cf. 2 Co. 4, 2; Ga. 1, 10; 2 Tm. 2, 15). Bien sabía el Apóstol que pronto vendrían falsos pastores (v. 29 ss.). Véase en Ap. 22, 18 s., las maldiciones de los que disminuyen o aumentan las Palabras de Dios.
28. Por vosotros mismos: “Los pastores de la Iglesia de Éfeso debían poner en el primer lugar de sus preocupaciones el cuidado de su santificación personal” (Fillion). Obispos: El P. Boudou traduce supervigilantes (“surveillants”) y observa con el P. Prat: “En vida del Apóstol no hubo obispos en las comunidades cristianas fundadas por él; no hubo sino visitadores o delegados temporarios semejantes a los periodeutes de los tiempos posteriores, revestidos tal vez de carácter episcopal pero revocables a discreción y sin autoridad autónoma ni situación fija. Tito y Timoteo son obispos misioneros que le sirven de coadjutores (cf. 13, 1 y nota). Las iglesias de Asia, fundadas por Pablo, pasaron finalmente bajo la influencia del Apóstol Juan, y de éste recibieron su organización definitiva con el episcopado sedentario que Pablo no había establecido en ellas” (16, 6 y nota). Cf. 3 Jn. 5; S. Jerónimo, Coment. Epist. a Tt. 1, 5.
29 ss. Alude a la advertencia de Jesús en Mt. 7, 15 ss. sobre los “lobos con piel de oveja”, es decir, que están dentro del rebaño (v. 30) y se disfrazan de Cristo (2 Co. 11, 12 ss.), “teniendo apariencia de piedad” (2 Tm. 3, 5). Lo mismo dice S. Juan de los anticristos (1 Jn. 2, 19). Su característica es el éxito personal y el buscar la propia gloria, que es, como dice S. Jerónimo la capa del anticristo (v. 30; Lc. 6, 26; Jn. 5, 43; 7, 18; 10, 12; 21, 15 y nota).
31. Véase 1 Co. 12, 26; 2 Co. 2, 12; Hb. 4, 15; Si. 7, 38.
32. Herencia: el reino de Dios. Cf. Ef. 1, 18; Col. 1, 12.
33 s. Se revela aquí el corazón y la conciencia de Pablo. Trabajaba con sus manos para no ser molesto a su grey. Véase 18, 3 y nota: 2 Co. 11, 9.
35. Confirma la precedente lección de desinterés dada, en los vv. 33-34, a sus compañeros en el sacerdocio (v. 17). La preciosa sentencia de Jesús que aquí nos comunica San Pablo, no está en el Evangelio, si bien recuerda lo que el divino Maestro dijo a sus apóstoles “Recibisteis gratuitamente, dad gratuitamente. No tengáis ni oro ni plata”, etc. (Mt. 10, 8 ss.). “Muchas veces parece caridad lo que es carnalidad. Porque la inclinación de la carne, la propia voluntad, la esperanza de galardón, la afección del provecho pocas veces nos dejan” (Imit. de Cristo III, 5).
36 ss. Vemos cómo la suavidad de Dios consuela íntimamente nuestro débil corazón de carne, brindando al Apóstol, en medio de tantas desilusiones y persecuciones por el Evangelio, esa profunda adhesión de los creyentes. No es ésta el aplauso y la admiración personal que recogen los falsos apóstoles (cf. v. 29 ss. y nota) sino el amor espiritual, puro y filial de esas almas que Pablo “había engendrado en Cristo por el Evangelio” (1 Co. 4, 15).
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HECHOS 21
1. Arrancándonos: Elocuente expresión de cómo el espíritu hubo de sobreponerse a todo afecto puramente humano. En el v. 5 s. vemos para imitarlo cuando nos llegue el caso, un modelo de despedida cristiana: orando en común antes de partir. Pátara: el Codex Bezae añade y Mira.
2. Sin duda el barco anterior no iba más allá, y Pablo tenía urgencia por llegar a Jerusalén para Pentecostés.
4. Encontramos: Sin duda tuvieron que buscarlos, pues los discípulos de Tiro no serían muchos. La persecución (¡siempre favorable al crecimiento de la Iglesia!) había dispersado, después del martirio de Esteban (cap. 7), a algunos creyentes que sembraron el Evangelio en Fenicia. Pablo los había visitado antes, de paso para el Concilio de Jerusalén (15, 3). Por el Espíritu: porque presentían la persecución que esperaba al querido Apóstol (20, 22 ss.). Pero, como muy bien observa Boudon, “de ellos y no del Espíritu Santo vienen esa opinión y esos ruegos. El Apóstol sabe adónde va y por qué. El Espíritu Santo le ha revelado lo que le espera, pero no lo detiene como cuando él quería seguir por Asia o por Bitinia (cf. 16, 6); al contrario lo empuja adelante. He aquí por qué él está decidido a tomar la dirección de Jerusalén. Ningún asalto de la ternura de los fieles podrá desviarlo” (cf. v. 10 ss.). Véase el sublime ejemplo de Jesús en Mc. 10, 32 ss ; Lc. 9, 51; 13, 33 y nota; 18, 31; 19, 28. etc. Algunos sostienen, a la inversa, que en 20, 22 se trata del espíritu o deseo de Pablo, movido por el amor a los judíos, y que aquí se trata del Espíritu Santo, que inspira a los discípulos esa oposición al viaje de Pablo. No parece aceptable que el Apóstol, tan dócil a la divina voluntad, la desoyese en tal caso. Cf. v. 26, 27 y 32 y notas.
5. Cf. v. 1 y nota. Vemos aquí, como en 7, 60; 20, 36, etc., la costumbre de arrodillarse para orar.
7. Ptolemaida, la antigua Aco, hoy Aca, llamada por los cruzados San Juan de Acre, es el puerto más septentrional de Palestina, célebre por innumerables asedios y hechos de armas a través de la historia.
8 s. Felipe, el celoso diácono misionero (8, 5-40) fue según parece, la cabeza de los fieles de Cesarea. Sus cuatro hijas, vírgenes y profetisas como Ana (Lc. 2, 36), son el primer testimonio de que, ya en el cristianismo primitivo, había vírgenes voluntarias (cf. 1 Co. 7, 8 y 25 ss.), lo que el judaísmo consideraba como un estado poco honroso (cf. Jc. 11, 35 y nota). Evangelistas (Ef. 4, 11) eran, según Eusebio, los que, sin carácter episcopal como los apóstoles distribuían sus bienes a los pobres y, emigrando “a los que aún no habían oído nada de las palabras de la fe, iban a predicarles y transmitirles los escritos de los divinos Evangelios” (Cf. 15, 22 y nota).
11. Atóse: En acto simbólico, Cf. 1 R. 22, 11; Is. 20, 3; Jr. 13, 5; 19, 10 s., etc.
13. Véase v. 4 y nota. Adviértase que en esta manifestación de S. Pablo no hay nada de la presuntuosa declaración de Pedro, que Jesús confundió (Mt. 26, 35: Mc. 14, 29; Lc. 22, 33: Jn. 13, 37). Lleno del Espíritu Santo, Pablo está ya todo entregado a Cristo: halla “en Él su vida, y la muerte le es ganancia” (Flp. 1, 19 ss.). Confía plenamente en la fuerza del Espíritu Santo, prometido por nuestro Señor a sus apóstoles, y en ellos a todos nosotros con las palabras: “Seréis revestidos de la fortaleza de lo alto” (Lc. 24, 49). S. Crisóstomo llama a esta gracia muro inexpugnable, y muestra que tiene virtud para allanar todas las dificultades y hacer llevaderas todas las cargas.
16. Nos condujeron a casa de Mnason: Así traduce Nácar-Colunga de acuerdo con los más autorizados códices, lo que aclara la confusión de pensar que (a la inversa) Mnason fue traído a Pablo. Esto implicaría el doble absurdo de una etapa directa a Jerusalén sin pasar por Chipre y de suponer que en Jerusalén centro de la cristiandad, no tuviese Pablo dónde alojarse.
18. Santiago: el Menor, entonces Obispo de Jerusalén (cf. 12, 17; 15, 13). Con esta ocasión San Pablo, entregó el resultado de la colecta hecha en Asia Menor y Grecia para los hermanos de Jerusalén (24, 17). Todos los presbíteros (cf. 20, 17 y 28): prueba de que la visita de Pablo era un acontecimiento para la Iglesia madre.
20. Estos millares son los judíos-cristianos que siguen aún la Ley de Moisés y miran con cierta preocupación judaizante (Ga. 2, 4) el modo libérrimo de S. Pablo en la conversión de los gentiles. Allanándose a veces a los antiguos usos, para no escandalizar a los pusilánimes, el Apóstol predica abiertamente su inutilidad frente a la Ley de gracia que viene de la fe en Cristo. Véase el cap. 15 y sus notas.
24. El consejo del Apóstol Santiago tiene por objeto evitar una persecución en Jerusalén. Por eso propone a Pablo documentar públicamente su adhesión a la costumbre de los padres, agregándose a los cuatro hombres que en aquellos días cumplían el voto de nazareato (cf. 18, 18 y nota). El papel de Pablo sería acompañar a los cuatro y pagar por ellos las costas del sacrificio, que consistía en un cordero, una oveja y un cabrito (Nm. 6, 14 ss.).
25. Es decir, habían cumplido lo dispuesto por el Concilio, que los liberaba de las prescripciones judías, salvo estas excepciones (15, 23 ss.).
26. “Pablo, fiel a su principio de hacerse todo para todos (1 Co. 9, 22) cuando no estaba en juego la verdad doctrinal, accede al consejo que le daban los jefes de la comunidad” (Boudou). No sabemos si tuvo éxito entre los judaizantes, pues la persecución que le sobrevino (v. 27 ss.) fue de los judíos. Cf. 26, 17 y nota.
28. A los paganos les estaba prohibido, bajo pena de muerte, el ingreso a los atrios interiores del Templo. Cf. 6, 13; 24, 6.
30. Sirviendo el Templo de asilo para los perseguidos, cerraron las puertas para que Pablo no pudiera refugiarse en él.
34. A la fortaleza Antonia, situada en la parte norte del Templo.
37. El tribuno romano Claudio Lisias, cuya lengua era el griego, se sorprende al oír la corrección con que Pablo se expresa en ese idioma.
38. Alude a un impostor llamado el Egipcio, revoltoso contra Roma, de que habla el historiador Josefo. Sicarios viene del latín sicca: puñal.
39. El humilde Pablo, que no obstante despreciarlo todo y afrontar por Cristo cualquier ignominia (2 Co. 11, 23-28), sabe defenderse cuando es para gloria de su Señor.
40. En hebreo: es decir, en el hebreo vulgar, o mejor dicho, en lengua aramea, que en aquel entonces era la corriente entre los judíos.
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HECHOS 22
1. Llama respetuosamente padres a sus ancianos compatriotas, los sanhedrinitas.
3. Pablo, discípulo de Gamaliel (5, 34 y nota), confiesa primero su adhesión a la Ley y a la secta de los fariseos. Con esta táctica gana, por algunos momentos, la atención de los oyentes. Lo que sigue es la narración auténtica de su conversión, que corresponde a lo dicho en el cap. 9.
4. Esta doctrina: en griego este camino, o sea la nueva religión cristiana. Cf. 19, 23 y nota.
9. Véase 9, 7 y nota.
14. Al Justo, esto es, a Cristo (cf. 3, 14), a quien Pablo ha visto cara a cara (v. 18). Oigas la voz de su boca: Como se ve, aunque S. Pablo no conoció personalmente a Jesús, ni pudo escucharlo en vida de Él, como los Doce (1 Jn. 1, 1 ss.), recibió el extraordinario privilegio de una instrucción directa de Cristo que confiere a sus palabras el valor de un Evangelio. Cf. 18, 9; 26, 16; 27, 23; Ga. 1, 1, etc.
20. Véase 8, 1 (Vulgata 7, 60).
22. Hasta esta palabra, es decir, hasta que les habló de pasar a los paganos. Por eso fue encarcelado (25, 24), y así pudo escribir a los gentiles de Éfeso que era “prisionero de Cristo por amor de ellos” (Ef. 1, 1). Los judíos, orgullosos de sus privilegios que los habían hecho superiores a todos los pueblos paganos, no quieren ni oír hablar de la vocación de los gentiles. No comprenden, en su ceguera, que son ellos los que desconociendo al Mesías, hicieron derramarse sobre todas las naciones la misericordia de la Redención (Rm. 11, 15) que debía venir a través de ellos (28, 28; Lc. 1, 32; 2, 32; Ef. 3, 6).
23 s. Era esto señal de suma indignación. El tribuno creía todavía que se trataba de un delincuente común que merecía el castigo.
25. Estaba prohibido azotar a un ciudadano romano. Para reparar su error, el tribuno muestra en adelante la mayor deferencia posible.
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HECHOS 23
5. Nótese la reverencia que Pablo muestra para con las autoridades de Israel (cf. 4, 19; 5, 29; Hb. 8, 4 y notas). A pesar del trato injusto y cruel que le dan, se excusa por haber proferido una palabra de indignación, en cuanto descubre la jerarquía del indigno Sacerdote (cf. 13, 10 y nota). Ananías murió en efecto, no mucho después, apuñalado por los sicarios como amigo de Roma. Véase Lv. 19, 15; Mt. 23, 27.
6 ss. La esperanza y la resurrección en la gloriosa venida de Cristo (28, 20; Tit. 2, 13; 2 Tm. 4, 8). Boudou vierte: la esperanza de Israel. Pablo vuelve sobre semejante tema en sus discursos ante Félix (24, 15-21) y ante Agripa (26, 6 ss.), hablando de las promesas hechas a las doce tribus, o sea, de las referentes al Mesías y su reino según los profetas (26, 22). Admiremos de paso esta nueva prueba del ingenio apostólico: explota hábilmente la disensión entre los dos partidos del tribunal, uno de los cuales, el de los saduceos, negaba la resurrección (cf. 4, 1 s. y nota). Así encuentra ayuda de parte de los fariseos y hasta creen que lo inspira un ángel, que no era sino el Espíritu “autor de la prudencia” (S. Crisóstomo), Cf. Mt. 10, 16 ss.
11. “El Señor entrado en agonía fue confortado por un ángel. Aquí es Él en persona quien lo consuela y anima al Apóstol... Oye Pablo la misma voz que sobre el lago tranquilizaba a los discípulos asustados en su barca, o que los fortalecía en el cenáculo contra los asaltos del mundo, diciéndoles que Él lo había vencido. Después de Jerusalén Roma. Así va precisándose el plan divino” (Boudou). Sobre el cumplimiento de esta promesa véase 28, 23 y 31.
23. Por la numerosa comitiva de 470 soldados se puede deducir la importancia que el tribuno atribuía al asunto. Nunca tuvo un apóstol mayor asistencia militar.
30. La carta del tribuno es un modelo de astucia diplomática: pasa por alto las propias faltas y subraya los méritos que se atribuía con respecto a un ciudadano romano.
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HECHOS 24
2 ss. El Sumo Sacerdote se sirvió de un abogado romano experto en adulación.
10 ss. En contraste con su acusador, Pablo habla con claridad, refutando punto por punto las falsas imputaciones.
11 ss. Doce días desde que llegaron a Jerusalén (21, 17), o sea: los siete días de la purificación (21, 27) más los cinco de que habla el v. 1.
14. Un elocuente escritor comenta así esta actitud magnifica del Apóstol: “Orgulloso se anticipa a confesar que quiere ser “hereje” con Jesucristo. ¡Cuántos santos después de Pablo habían de seguir ese camino para “confesar delante de los hombres” a Aquel que fue “reprobado por los ancianos, escribas y sacerdotes”, “contado entre los criminales”, “gusano y no hombre”! Esta es la bienaventuranza de los que “no se escandalizan de Él ni de sus palabras”, porque Él los confesará delante de su Padre celestial”. Véase 7, 52; 17, 6 y notas.
15. Pablo acentúa una vez más. que la esperanza cristiana, que él llama “la dichosa esperanza” (Tt. 2, 13), reside en la resurrección de nuestros cuerpos (cf. 4, 1 s. y nota), o sea cuando Cristo retorne para “transformar nuestro vil cuerpo haciéndole semejante al suyo glorioso” (Fil. 3, 20 s.). No hemos, pues, de limitar nuestra visión a la hora de nuestra muerte, sino extenderla a esos misterios cuya expectación nos llena de gozo “si los creemos” (1 Pe. 1, 7-8), y que Jesús puede realizar en cualquier momento (2 Pe. 3, 10) tanto con los vivos como con los muertos (1 Pe. 4, 5-6; 1 Ts. 4, 13-17; 1 Co. 15, 51 ss. texto griego. Cf. Lc. 21, 28; Rm. 8, 23; etc.). Como ellos mismos la aguardan: Notable luz sobre la fusión del cristianismo con el Antiguo Testamento, que Jesús “no vino a abrogar sino a cumplir” (Mt. 5, 17; Rm. 15, 8; etc.). Después de confesar que él conserva la fe en la Ley y los Profetas (v. 14), el Apóstol hace notar que una misma esperanza nos es común con Israel, ofreciéndonos así una enseñanza que puede ser preciosa para el apostolado entre los judíos que aun creen en el Mesías personal, pues nosotros sabemos que ese Mesías anunciado por los profetas, ora humillado, ora glorioso, no es otro que Jesús, a quien nosotros esperamos por segunda vez y ellos por la primera.
16. También S. Juan expresa, y más concretamente aún, el valor de esa virtud de Esperanza para el progreso de nuestra vida espiritual, diciendo: “Sabemos, sí, que cuando Él se manifestare claramente seremos semejantes a Él porque le veremos tal como Él es. Entretanto, quien tiene en Él esta esperanza, se santifica a sí mismo así como Él es santo” (1 Jn. 3, 2 s.). La esperanza es, pues, “la vida de nuestra vida” (S. Agustín). Cf. 2 Co. 3, 18; Hb. 4, 11; 6, 11; 10, 25; 2 Pe. 1, 19; 3, 12 y 14; etc.
17. Sobre estas limosnas cf. Rm. 15, 25 ss.; 1 Co. 16, 1 ss.; 2 Co. 8, 1 ss.; 9, 1 s.; Ga. 2, 10.
22. El gobernador Félix estaba informado sobre esta doctrina cristiana, probablemente por medio de su mujer Drusila, judía e hija de Herodes Agripa I.
23. Los suyos: Había en Cesarea una comunidad cristiana, fundada por S. Pedro (cap. 10) y atendida por el diácono Felipe (21, 8).
25. Véase 17, 32; 26, 24 y notas. Los escritores romanos admiten que Félix, además de venal (v. 26), era cruel, codicioso e inmoral, por lo cual no es de extrañar que no pudiese escuchar las palabras del Apóstol sobe justicia y caridad. Tanto más cuanto que para Pablo la justicia no era, como para él, la simple honradez pagana de “dar a cada uno lo suyo” según el principio del Derecho Romano, sino el cumplimiento de la voluntad manifestada por Dios, cuya Ley se resume en la caridad obligatoria (cf. Sal. 4, 6; Mt. 5, 44 ss.; 7, 2 y notas). En el nuevo Testamento según explica el mismo San Pablo se entiende también por justicia la justificación, mas no la propia, como la pretendía el fariseo del Templo (Lc. 18, 9 ss.), sino la santidad que viene de Dios y que nos es dada con Cristo, en Cristo y por Cristo, Cf. Mt. 6, 33 y nota.
27. Los dos años de prisión y aplazamiento del proceso, son pruebas elocuentes del carácter de Félix. Retenía al Apóstol sólo por motivos personales sea por miedo a los judíos, como dice expresamente S. Lucas, sea por codicia, esperando sacar dinero de ambos lados (cf. v. 26).
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HECHOS 25
2 ss. Es decir que el odio de la Sinagoga contra Pablo no había disminuido en los dos años pasados que él llevaba en la prisión (véase 24, 27). Vemos también (v. 3) que la emboscada antes propuesta contra él por algunos conjurados (2, 12-15) había merecido plena aceptación de los jefes del clero judío, y que éstos no vacilaban en trasladarse inmediatamente a Cesarea (v. 6-7) para proseguir su encarnizamiento calumnioso contra el fiel amigo del Jesús.
9. A Jerusalén: recuérdese la emboscada del v. 3.
12. Como ciudadano romano Pablo tenía derecho de ser juzgado por el César. Era el último recurso que le quedaba para salvar su vida (cf. 28, 19) y al mismo tiempo se le ofrecía así la tan deseada ocasión de ir a Roma, centro del mundo pagano (cf. 19, 21; 23, 11; Rm. 1, 10-15), donde mucho habría de trabajar aunque preso (28, 16-31).
13. Agripa II, hijo de Herodes Agripa I (12, 23), había recibido del emperador Claudio las tetrarquías de sus tíos Felipe y Lisanias (cf. Lc. 3, 1) y las ciudades de Tiberíades, Julias y Tariquea. En su actitud con Pablo, lo mismo que en la del gobernador Festo, hallamos un eco de la conducta del romano Pilato con Jesús. Berenice, hermana de Agripa con la que éste vivía incestuosamente, y cuñada del gobernador Félix, por sus muchos escándalos mereció el nombre de “Cleopatra de la familia de los Herodes”.
16. El romano proclama orgullosamente la vocación jurídica de Roma, ante aquellos perversos personajes que, escudados en su farisaica dignidad (v. 15), pretenden, ardiendo de odio, una condena sin proceso, como hicieron con Cristo (Jn. 18, 30).
18. Festo declara la inocencia de Pablo, exactamente como Pilato hizo con el Maestro (Jn. 18, 38, etc.). Pero, lo mismo que aquél, se muestra perplejo (v. 20) porque no quiere disgustar a los dignatarios judíos (v. 9). Por donde vemos cuán poco vale la aparente rectitud que él ostenta en el v. 16. ¡Y hacía más de dos años (v. 2 y notas) que el acusado estaba preso esperando sentencia! Observemos de paso (v. 19), la superficialidad grotesca con que habla del “difunto Jesús”.
21. Augusto: título de los Cesares. El César reinante era Nerón.
23 ss. La escena que aquí se presenta, no es un proceso, sino una audiencia entre Agripa y su comitiva para preparar la redacción de los informes sobre Pablo.
24. ¡No debe seguir viviendo! (cf. 22, 22). Así, como una peste que infectase al mundo con su aliento, es tratado Pablo, ¿Acaso no hicieron lo mismo con su Maestro en el “tolle, tolle”? (Jn. 19, 15; Lc. 23, 18). No es el discípulo más que el maestro... a quien le llamaron “Beelzebul” (Mt. 10, 24 s.). El mismo Pablo enumera los odios que se atrajeron, por su fe, tantos otros; “de quienes el mundo no era digno” (Hb. 11, 36-38). En cuanto a nosotros, véase Jn. 15, 18-25; 16, 1-4 y notas.
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HECHOS 26
1. Aquí se cumple la palabra de Cristo de que Pablo predicaría el Evangelio delante de reyes. Cf. 9, 15; Sal. 118, 46 y nota.
2. Pablo, hablando al estilo de los oradores antiguos, y reconociendo los amplios conocimientos del rey, trata primeramente de ganarse su favor, y luego comienza la defensa aclarando su posición respecto al judaísmo y al cristianismo, y su actividad como Apóstol.
4. Todos conocen: Saulo había sido un hombre público descollante en el judaísmo. Cf. v. 12; Ga. 1, 14, etc.
6 s. La esperanza: Véase v. 22; 23, 6 y nota.
9 ss. Véase 9, 1-20; 22, 3-21 y las notas correspondientes. Es la tercera vez que en los Hechos se narra la conversión del Apóstol.
14. Dar coces contra el aguijón: proverbio antiguo que se halla también en los autores clásicos y que expresa muy bien lo que es contraproducente, pues cuanto más damos contra la punta, más se nos introduce ella en las carnes. Sobre esta “persecución implacable” que Dios hace a los escogidos hasta que los rinde a su amor, véase el magnífico poema de Thompson “El lebrel del cielo” en el apéndice a nuestro volumen sobre Job, “El libro del consuelo”.
16. Semejantes instrucciones directas de Jesús invoca Pablo en Ga. 1, 1 y 11 s.; 1 Co. 11, 23; 15, 3; 2 Co. 12, 2 ss.; Ef. 3, 3 y 8. Cf. 18, 9; 22, 14; 23, 11; 27, 23; 2 Tm. 4, 17, etc.
17. Librándote del pueblo (judío) y de los gentiles: ¡Admirable Providencia! Desde el cap. 13 hemos visto, y seguimos viéndolo, cuánto persiguieron ambos enemigos al Apóstol que por ellos se desvivía de caridad. Cumplíanse así los anuncios de 9, 16 y 21, 11 (cf. 25, 24 y nota). Ello no obstante, lo mismo que Pedro (cf. 12, 11), Pablo fue también liberado, aun milagrosamente, de innumerables persecuciones y peligros (16, 25 ss.; 19, 30; 27, 33 ss.; 28, 3 ss.; 2 Co. 1, 10; 11, 26; etc.), por mano de “Aquel que cuida de nosotros” (1 Pe. 5, 7), y no por las iniciativas tomadas en su favor (cf. v. 32; 21, 24-27 y notas).
18. He aquí sintetizada por el mismo Jesús la misión del Apóstol de los gentiles. Fórmula y programa ideal para todo apostolado moderno en tiempos de fe claudicante, porque la potestad de Satanás no sólo se ejercitaba en el paganismo antiguo, sino también en todo lo que Jesús llama el mundo, el cual “todo entero yace en el Maligno” (1 Jn. 5, 19; cf. Jn. 14, 30 y nota; 15, 18 ss.; Ga. 1, 4, etc.). En este traslado “de las tinieblas a la luz” sintetizará Pablo la obra redentora del Padre y del Hijo (Col. 1, 12-14).
22. Estoy firme, etc.: “Pablo, dice el Crisóstomo, lleno de caridad, consideraba a los tiranos y al mismo cruel Nerón como mosquitos; miraba como un juego de niños la muerte y los tormentos y los mil suplicios”.
24. Estás loco: ¡“Locura para los gentiles”! Es lo que escribió Pablo en 1 Co. 1, 23. Lo mismo decían de Jesús (Mc. 3, 21). Como siempre, cuando falta la rectitud interior, los oyentes no logran convencerse de la verdad (Jn. 3, 19 ss.; 7, 17 y nota). Festo y Agripa, espíritus materialistas, se burlan del predicador. Por eso enseñó Jesús a no dar lo santo a los perros, ni echar las divinas perlas ante los puercos (Mt. 7, 6).
25. Cordura: el griego dice sofrosyne, que significa sabiduría y serenidad, o sea lo contrario de la locura que le atribuye el gobernador, a quien S. Pablo da, no sin ironía, el trato oficial de Excelentísimo, contrastando con el agravio que Festo le infiere públicamente.
26. En algún rincón: la vida entera y milagrosa de Jesús, desde su nacimiento en que “se conmovió toda Jerusalén” (Mt. 2, 3) hasta su aclamación como Rey de Israel (Mc. 11, 10; Jn. 19, 19), su ruidosa crucifixión (Lc. 24, 8 ss.) y su Resurrección, no podían ser ignorados por Agripa.
32. La apelación al Augusto no podía retractarse. Con todo la impresión de las palabras del Apóstol fue tan grande, que influyó sin duda en los informes que el gobernador tenía que enviar sobre él al César, y dio favorables expectativas a su viaje, hecho “bajo la égida de la justicia de Roma”. Allí había de ser finamente absuelto, aunque no sin prolongarse su cautiverio por otros dos años. Estos fueron sin embargo de incesante apostolado (cf. 28, 23-31 y notas).
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HECHOS 27
1. Navegásemos: Este plural (cf. 16, 10 y nota) nos revela que vuelve a incluirse en la acción, acompañando a Pablo en su azaroso viaje (cf. v. 32 y nota), el fiel narrador S. Lucas, de quien nada oíamos desde 21, 17 s. El santo “médico carísimo” (Col. 4, 14), “cuya celebridad por el Evangelio se oye por todas las Iglesias” (2 Co. 8, 18), fue el único que estuvo con S. Pablo en tiempos de apostasía, cuando todos lo abandonaban próximo a su martirio (2 Tm. 4, 11). Bien merece, pues, por su larga e íntima unión de espíritu con el Apóstol, que su Evangelio haya sido llamado el Evangelio según S. Pablo.
2. El viaje comenzó en la segunda mitad del año 60. Adramitena: es decir, de un puerto situado al fondo del “sinus Adramyttenus” (un golfo de la Misia). La Vulgata parece referirse al puerto de Adrumeto, hoy Susa, situado en Túnez. Sobre Aristarco cf. 19, 29; 20, 4; Flm. 24, y Col. 4, 10, donde S. Pablo lo cita como compañero de cautividad en Roma. Su vida estuvo en peligro en el tumulto de los plateros de Éfeso (cap. 19).
3. Humanamente: el griego dice con filantropía. Lo mismo en 28, 2. Es el modo de expresar la benevolencia que no puede llamarse caridad porque no se funda en el amor de Dios.
4. Por ser contrarios los vientos: Cf. v. 12 y nota. Todo este capítulo ha sido siempre “el gozo y la admiración de los marinos”, y los técnicos declaran que ningún experto habría podido superar la destreza de las maniobras efectuadas durante la tempestad (P. Ricard). La navegación hacia el O. era mucho más difícil que la inversa, especialmente en la estación poco favorable y en época en que no existía la brújula. El Almirante Nelson releyó este pasaje antes de la batalla de Copenhague, y declara que en él se inspiró la maniobra que le dio la victoria.
5. Mira: la Vulgata, sin duda por error de copista, dice Listra la cual no estaba en Licia sino en el interior de Licaonia (cf. 2 Tm. 3, 11).
8. Buenos Puertos (o Bellos Puertos); así se llama todavía. Lasca: otros, Alasa. La Vulgata dice Talase.
9. Se refiere a la fiesta del día de la Expiación o Yom Kippur (Lv. 16, 29; 23, 27 ss.) que se celebraba con un gran ayuno en el mes de Tischri, correspondiente a Septiembre-Octubre. Después de este término la navegación era suspendida hasta el mes de Marzo, a causa de las tormentas.
12. Sureste y Noreste: Llamados entonces el Abrego (o Áfrico) y el Cauro.
13. Viento sur: llamado entonces Austro, el cual solía ser tan temible en el Mediterráneo que Dios lo usa como figura de Nabucodonosor en Ez. 27, 26. Muy cerca de tierra: La Vulgata, tomando esto por nombre de la ciudad, vierte Asón, situada cerca de Tróade (Asia Menor).
16. Esquife: el pequeño bote que iba a remolque.
17. La Sirte: banco de arena en la costa de Libia (hoy golfo de Sidra), célebre en los poetas clásicos (cf. Virgilio, Eneida 1, 11; Horacio, Oda I, 22, 5, etc.).
21 ss. El magnánimo “prisionero” sostenido milagrosamente por Dios, empieza a dar aquí continuos ejemplos de virilidad, caridad y fe confiada, con una autoridad que nadie puede resistir. Cf. v. 35; 28, 15 y notas.
23. Recordemos esta preciosa expresión de amor filial: ¡el Dios de quien soy!
24. Por amor de su siervo Pablo, Dios salvará aquellas vidas cuya pérdida era segura. Muchas veces hizo lo mismo “por amor de su siervo David” (1 R. 11, 13; 2 R. 19, 34; 20, 6; Sal. 131, 10; Is. 37, 35, etc.), y por Abrahán, a quien llama su amigo, y por Isaac y Jacob (cf. St. 2, 23; 2 Cro. 2, 20 [Nota: ¿será 2Cro. 20:7?]; Is. 41, 8; Dn. 3, 34, etc.). Así son las delicadezas del divino Padre, que también nos enseñó a no desesperar de la salvación de los que amamos, como lo muestra San Juan (1 Jn. 5, 16 y nota).
27. El Adria: no el actual mar Adriático, sino él Jónico, entre Italia, Grecia y África.
32. La descripción de los más minuciosos detalles del viaje y del subsiguiente naufragio de Pablo, no puede ser sino el relato de un testigo ocular, lo cual confirma que el autor, Lucas acompañó al Apóstol durante el viaje. Cf. v. 1 y nota.
35. Comiendo él mismo, Pablo da ejemplo de buen ánimo, y también de piedad al bendecir el alimento mediante la acción de gracias, como hacía Jesús (véase 2, 46 y nota). En este caso la fracción del pan no era la cena eucarística sino una simple comida (cf. Lc. 24, 30 y nota).
HECHOS 28
1. Melita: hoy Malta. El lugar de la isla donde el Apóstol naufragó se llama aún Bahía de S. Pablo,
2. Bárbaros no en el sentido moderno de la palabra sino según el uso que le daban los griegos y romanos, quiere decir que los habitantes de la isla no hablaban el latín ni el griego.
4. Dike: la diosa de la justicia. La Vulgata dice: la Venganza.
6 ss. Se cumple aquí en S. Pablo lo que anunció Jesús en Mc. 16, 18: “Tomarán las serpientes; y si beben algo mortífero no les hará daño alguno; sobre los enfermos pondrán sus manos y sanarán”. Acerca de esto último véase el v. 8 s. y nota. Bien podemos, pues, invocar a San Pablo como intercesor en casos tales. Un dios: cf. el caso de Listra en 14, 12.
11. Dióscuros: Los mellizos Cástor y Póllux, hijos de Júpiter y Leda, que eran tenidos por protectores de los navíos. S. Pablo no repara en embarcarse, haciendo caso omiso de esa superstición,
13. De Siracusa, en Sicilia, pasan a Reggio de Calabria, y de allí a Pozzuoli, cerca de Nápoles.
15. Cobró buen ánimo: ¡Cuán consolador es, para los que somos tan débiles, el ver que S. Pablo, el gran animador de los demás (cf. 27, 21 ss. y nota), también necesitaba confortarse! Véase Lc. 22, 43.
16. Como particular, en su casa, es decir, que su prisión no era dura, y en ella podía, como veremos, continuar su incesante apostolado, no obstante conservar sus cadenas (cf. v. 20; Flp. 1, 17; Flm. 1), come las tuvo también en su segunda prisión, cuando escribió la última carta a Timoteo (2 Tm. 2, 9).
17. El Apóstol, que bien conoce la mentalidad de sus paisanos, quiere evitar falsos rumores, por lo cual informa personalmente a los principales sobre su apelación al César.
19. Me vi obligado: (25, 12 y nota). Es de observar la caridad y delicadeza con que habla aquí de los judíos, que tanto lo habían perseguido.
20. Cf. 23, 6; 26, 6 s.
22. Halla contradicción en todas partes: valioso testimonio, en boca de los judíos de Roma, sobre esta característica de los discípulos que había sido la del Maestro. Pablo era de ello un ejemplo viviente.
23. San Pablo se alza aquí por última vez, a lo que parece, en un extremo esfuerzo, por conseguir que Israel y principalmente Judá, acepte a Cristo tal como Él se había presentado en el Evangelio, es decir, como el Profeta anunciado por Moisés (cf. Hch. 3, 22 y nota; Jn. 1, 21 y 45; Lc. 24, 27 y 44) que no viene a cambiar la Ley sino a cumplirla (Mt. 5, 17 ss.); que “no es enviado sino a las ovejas perdidas de Israel” (Mt. 15, 24), y a Israel envía también primero sus discípulos (Mt. 10, 6). Por eso se dirige Pablo en este último discurso de los Hechos a los judíos principales de Roma, aclarándoles que en nada se ha apartado de la tradición judía (v. 17) antes bien que está preso por defender la esperanza de Israel (v. 20), y les predica según su costumbre, a Cristo y el Reino de Dios con arreglo a la Ley de Moisés y a los Profetas, como lo hace en la Carta a los Hebreos (cf. Hb. 8, 8 ss.) y como “siempre que predicaba a los judíos” (Fillion). Pero ellos se apartaron de él todos (v. 25 y 29), sin quedarse siquiera los que antes le creyeron (v. 24). Es el rechazo definitivo, pues Pablo, preso por dos años más (v. 30), no puede ya seguir buscándolos en otras ciudades (véase Hch. 13, 46; 18, 6 y notas; cf. Mt. 10, 23 y nota). Termina así este tiempo de los Hechos, concedido a Israel como una prórroga del Evangelio (cf. la parábola de higuera estéril: Lc. 13, 8 s.) para que reconociese y disfrutase al Mesías resucitado, a quien antes desconoció y que les mantuvo las promesas hechas a Abrahán (cf. 3, 25 s.). San Pablo escribe entonces desde Roma, con Timoteo, a los gentiles de Éfeso y de Colosas la revelación del “Misterio” del Cuerpo Místico, escondido desde el principio (Ef. 1, 1 ss. y notas).
26. Texto de Isaías 6, 9 s. Con la misma cita había reprochado Jesús la incredulidad de Israel (véase Mt. 13, 14; Mc. 4, 12; Lc. 8, 10; Jn. 12, 40; Rm. 11, 8). Cf. 4, 16; 13, 47 y notas.
28. Véase v. 23 y nota.
29. Este v. falta en algunos manuscritos antiguos y los críticos modernos lo suprimen aún de la Vulgata. Creemos, como Fillion, que aun podría ser auténtico, pues esta discusión parece explicable por la disidencia del v. 24, que recuerda las provocadas por el mismo Jesús (Jn. 7, 40 ss.), si bien se ve que el retiro de los judíos fue total (v. 25), pues dio lugar al solemne anuncio de Pablo (v. 28), que ya no parece de carácter personal, como los anteriores de 13, 46 y 18, 6, sino de parte de Dios. Cf. Col. 4, 11.
31. El autor de los Hechos concluyó su Libro antes del fin del proceso de San Pablo. Por eso no menciona el resultado. No cabe duda de que el Apóstol fue absuelto y puesto en libertad hacia el año 63. Hemos de bendecir a la Providencia por esta demora de S. Pablo en Roma. En esta época escribió el Apóstol de los Gentiles, después del retiro de Israel, las Epístolas “de la cautividad” (Ef. Col. Flp. Filem.), joyas insuperables, las tres primeras, de divina ciencia cristológica, donde se nos revela o se nos confirma, junto con la vocación indistinta de los gentiles con Israel (Ef. 3, 6; cf. Rm. 11, 17), los altísimos misterios del amor de Cristo, “ocultos hasta entonces desde todos los siglos” (Ef. 3, 9; Col. 1, 26), hasta la dicha que nos espera cuando Él venga a “transformar nuestro vil cuerpo para hacerlo semejante al Suyo glorioso” (Flp. 3, 20 s.). El Libro de los Hechos señala así, como la Carta a los Hebreos, un nexo de transición entre “lo nuevo y lo viejo” (Mt. 13, 52), en cuya interpretación, a la luz de las últimas Epístolas paulinas, nos queda aún quizá no poco que ahondar.