LAS CARTAS DE SAN PABLO

NOTA INTRODUCTORIA

Saulo, que después de convertido se llamó Pablo –esto es, “pequeño”–, nació en Tarso de Cilicia, tal vez en el mismo año que Jesús, aunque no lo conoció mientras vivía el Señor. Sus padres, judíos de la tribu de Benjamín (Rm. 11, 1; Fil. 3, 5), le educaron en la afición a la Ley, entregándolo a uno de los más célebres doctores, Gamaliel, en cuya escuela el fervoroso discípulo se compenetró de las doctrinas de los escribas y fariseos, cuyos ideales defendió con sincera pasión mientras ignoraba el misterio de Cristo. No contento con su formación en las disciplinas de la Ley, aprendió también el oficio de tejedor, para ganarse la vida con sus propias manos. El Libro de los “Hechos” relata cómo, durante sus viajes apostólicos, trabajaba en eso “de día y de noche”, según él mismo lo proclama varias veces como ejemplo y constancia de que no era una carga para las iglesias (véase Hch. 18, 3 y nota).

Las tradiciones humanas de su casa y su escuela, y el celo farisaico por la Ley, hicieron de Pablo un apasionado sectario, que se creía obligado a entregarse en persona a perseguir a los discípulos de Jesús. No sólo presenció activamente la lapidación de San Esteban, sino que, ardiendo de fanatismo, se encaminó a Damasco, para organizar allí la persecución contra el nombre cristiano. Mas en el camino de Damasco lo esperaba la gracia divina para convertirlo en el más fiel campeón y doctor de esa gracia que de tal modo había obrado en él. Fue Jesús mismo, el Perseguido, quien –mostrándole que era más fuerte que él– domó su celo desenfrenado y lo transformó en un instrumento sin igual para la predicación del Evangelio y la propagación del Reino de Dios como “Luz revelada a los gentiles”.

Desde Damasco fue Pablo al desierto de Arabia (Ga. 1, 17) a fin de prepararse, en la soledad, para esa misión apostólica. Volvió a Damasco, y después de haber tomado contacto en Jerusalén con el Príncipe de los Apóstoles, regresó a su patria hasta que su compañero Bernabé le condujo a Antioquía, donde tuvo oportunidad para mostrar su fervor en la causa de los gentiles y la doctrina de la Nueva Ley “del Espíritu de vida” que trajo Jesucristo para librarnos de la esclavitud de la antigua Ley. Hizo en adelante tres grandes viajes apostólicos, que su discípulo San Lucas refiere en los “Hechos” y que sirvieron de base para la conquista de todo un mundo.

Terminado el tercer viaje, fue preso y conducido a Roma, donde sin duda recobró la libertad hacia el año 63, aunque desde entonces los últimos cuatro años de su vida están en la penumbra. Según parece, viajó a España (Rm. 15, 24 y 28) e hizo otro viaje a Oriente. Murió en Roma, decapitado por los verdugos de Nerón, el año 67, en el mismo día del martirio de San Pedro. Sus restos descansan en la basílica de San Pablo en Roma.

Los escritos paulinos son exclusivamente cartas, pero de tanto valor doctrinal y tanta profundidad sobrenatural como un Evangelio. Las enseñanzas de las Epístolas a los Romanos, a los Corintios, a los Efesios, y otras, constituyen, como dice San Juan Crisóstomo, una mina inagotable de oro, a la cual hemos de acudir en todas las circunstancias de la vida, debiendo frecuentarlas mucho hasta familiarizarnos con su lenguaje, porque su lectura –como dice San Jerónimo– nos recuerda más bien el trueno que el sonido de palabras.

San Pablo nos da a través de sus cartas un inmenso conocimiento de Cristo. No un conocimiento sistemático, sino un conocimiento espiritual que es lo que importa. Él es ante todo el Doctor de la Gracia, el que trata los temas siempre actuales del pecado y la justificación, del Cuerpo Místico, de la Ley y de la libertad, de la fe y de las obras, de la carne y del espíritu, de la predestinación y de la reprobación, del Reino de Cristo y su segunda Venida. Los escritores racionalistas o judíos como Klausner, que de buena fe encuentran diferencia entre el Mensaje del Maestro y la interpretación del apóstol, no han visto bien la inmensa trascendencia del rechazo que la sinagoga hizo de Cristo, enviado ante todo “a las ovejas perdidas de Israel” (Mt. 15, 24), en el tiempo del Evangelio, y del nuevo rechazo que el pueblo judío de la dispersión hizo de la predicación apostólica que les renovaba en Cristo resucitado las promesas de los antiguos Profetas; rechazo que trajo la ruptura con Israel y acarreó el paso de la salud a la gentilidad, seguido muy pronto por la tremenda destrucción del Templo, tal como lo había anunciado el Señor (Mt. 24).

No hemos de olvidar, pues, que San Pablo fue elegido por Dios para Apóstol de los gentiles (Hch. 13, 2 y 47; 26, 17 s.; Rm. 1, 5), es decir, de nosotros, hijos de paganos, antes “separados de la sociedad de Israel, extraños a las alianzas, sin esperanza en la promesa y sin Dios en este mundo” (Ef. 2, 12), y que entramos en la salvación a causa de la incredulidad de Israel (véase Rm. 11, 11 ss.; cf. Hch. 28, 23 ss. y notas), siendo llamados al nuevo y gran misterio del Cuerpo Místico (Ef. 1, 22 s.; 3, 4-9; Col. 1, 26). De ahí que Pablo resulte también para nosotros, el grande e infalible intérprete de las Escrituras antiguas, principalmente de los Salmos y de los Profetas, citados por él a cada paso. Hay Salmos cuyo discutido significado se fija gracias a las citas que San Pablo hace de ellos; por ejemplo, el Salmo 44, del cual el apóstol nos enseña que es nada menos que el elogio lírico de Cristo triunfante, hecho por boca del divino Padre (véase Hb. 1, 8 s.). Lo mismo puede decirse de Sal. 2, 7; 109, 4, etc.

El canon contiene 14 Epístolas que llevan el nombre del gran apóstol de los gentiles, incluso la destinada a los Hebreos. Algunas otras parecen haberse perdido (1 Co. 5, 9; Col. 4, 16).

La sucesión de las Epístolas paulinas en el canon, no obedece al orden cronológico, sino más bien a la importancia y al prestigio de sus destinatarios. La de los Hebreos, como dice Chaine, si fue agregada al final de Pablo y no entre las “católicas”, fue a causa de su origen, pero ello no implica necesariamente que sea posterior a las otras.

En cuanto a las fechas y lugar de la composición de cada una, remitimos al lector a las indicaciones que damos en las notas iniciales.

 

HEBREOS 1

1. ¿Por qué una carta a los Hebreos? Véase la explicación en 8, 4 y nota. Si bien el final de la carta muestra que fue para una colectividad determinada, su doctrina era para los judío-cristianos en general. También Santiago, y S. Pedro se dirigen epistolarmente, y en varios discursos de los Hechos, a todos los Hebreos de la dispersión (St. 1, 1; 1 Pe. 1, 1), muchos de los cuales se hallaban tu peligro de perder la fe y volver al judaísmo, no sólo por las persecuciones a que estaban expuestos, sino más bien por la lentitud de su progreso espiritual (5, 12 y nota) y la atracción que ejercía sobre ellos la magnificencia del Templo y el culto de sus tradiciones. El amor que el Apóstol tiene a sus compatriotas (Rm. 9, 1 ss.) le hace insistir aquí en predicarles una vez más como lo hacía en sus discursos de los Hechos, no obstante su reiterada declaración de pasarse a los gentiles (Hch. 13, 46; 18, 6 y notas). Su fin es inculcarles la preexcelencia de la Nueva Alianza sobre la Antigua y exhortarlos a la perseverancia –pues no los mira aún como maduros en la fe (3, 14 y nota), con la cual tendían a mezclar lo puramente judaico (Hch. 21, 17 ss., etc.)– y a la esperanza en Cristo resucitado (cap. 8 ss.) en quien se cumplirían todas las promesas de los Profetas (Hch. 3, 19-26 y notas). Aun la exégesis no católica, que solía desconocerla por falta del usual encabezamiento y firma, admite hoy la paternidad paulina de esta Epístola, tanto por su espíritu cuanto por indicios, como la mención de Timoteo en 13, 23, y consideran que S. Pedro, al mencionar las Epístolas de S. Pablo (2 Pe. 3, 15 s.), se refiere muy principalmente a esta carta a los Hebreos. El estilo acusa cierta diferencia con el de las demás cartas paulinas, por lo cual algunos exegetas suponen que Pablo pudo haberla escrito en hebreo (cf. Hch. 21, 40) para los hebreos, siendo luego traducida por otro, o bien valerse de un colaborador, hombre espiritual, como por ejemplo Bernabé, que diera forma a sus pensamientos. Fue escrita probablemente en Italia (13, 24), y todos admiten que lo fue antes de la tremenda destrucción del Templo de Jerusalén por los romanos el año 70, atribuyéndosele comúnmente la fecha de 63-66, si bien algunos observan que, por su contenido, es coetánea de la predicación que Pablo hacía aún a los judíos en tiempo de los Hechos de los Apóstoles, es decir, antes de apartarse definitivamente de aquéllos, para dedicarse por entero a su misión de Apóstol de los gentiles (Hch. 28, 23 ss.; 2 Tm. 4, 17 y notas) y explayarles el misterio escondido del Cuerpo Místico, como lo hizo especialmente en las Epístolas que escribió en su primera cautividad en Roma.

2 s. Hizo las edades (cf. 9, 26; 11, 3): es decir, salió de la eternidad pura en que vivía unido con su Verbo en el amor del Espíritu Santo, para realizar en la creación ad extra el plan de las edades (tus aionas) que conduciría a la glorificación de Cristo-Hombre (cf. Mc. 16, 11 y nota). Impronta (literalmente “carácter”) de su sustancia: consustancialmente igual al Padre. Cf. Sb. 7, 26 y nota. Se ha sentado a la diestra: cf. Sal. 109, 1 y nota.

4. Después de consumada su Hazaña redentora (v. 3) Jesús-Hombre fue, en la gloria del Padre, hecho superior a los ángeles, a los cuales parecía inferior por un momento (2, 6) mientras asumió la naturaleza caída del hombre mortal. Más eminente (cf. Fil. 2, 9): es decir, recibió la gloria de Hijo de Dios también para su Humanidad santísima como dice el v. 5. De ahí que Jesús insistiese antes en llamarse “el Hijo del hombre”. Cf. Lc. 1, 32; Jn. 5, 25 y 27 donde Él alude alternativamente al “Hijo de Dios” y al “Hijo del hombre”.

5. En estas palabras del Sal. 2, 7 “la tradición católica constante y unánime desde el tiempo de los apóstoles (Hch. 4, 27; 13, 33; Ap. 2, 27; 19, 15) ve una profecía relativa directamente al Mesías” (Pirot), es decir, al Verbo, no ya en su generación eterna (Jn. 1, 1 ss.) sino en su Humanidad santísima (cf. v. 2 ss.) glorificada a la diestra del Padre (v. 3). Así lo vemos aplicado en esos pasajes citados por Pirot, y lo confirma la cita que añade el Apóstol: “Él será mi Hijo”, tomada de 2 Sam. 7, 14 y Sal. 88, 27. Cf. 5, 5; Rm. 1, 2 ss. y notas.

6. S. Pablo interpreta este v. del Sal. 96, 7 refiriéndose al triunfo de Cristo en la Parusía, cuando el Padre le introduzca de nuevo en este mundo. Cf. 2, 5-8. Como Sal. 44, 3 ss.; 71, 11; 109, 3, etc., es éste uno de los pasajes de más inefable gozo para el espíritu creyente que, colmado por su “dichosa esperanza” (Tt. 2, 13), pone los ojos en Jesús (3, 1; 12, 2) y piensa despacio en lo que significará verlo de veras aclamado y glorificado para siempre –como en vano esperaríamos verlo en “este siglo malo” (Ga. 1, 4 y nota)– a ese Salvador, tan identificado en su primera venida con el dolor (Is. 53, 3) y la humillación (Fil. 2, 7 s.), que nos cuesta concebirlo glorioso. ¡Y lo será tanto más cuanto menos lo fue antes! Véase Fil. 2, 9; Ap. 5, 9; 1 Pe. 1, 11; Sal. 109, 7.

7. Cf. Sal. 103, 4, tomado, como todas las citas que hace S. Pablo, de la versión griega de los LXX.

8 s. Esta cita constituye un valioso testimonio de la realeza de Jesucristo. Está tomada del Sal. 44, 7 s., para cuya interpretación es un documento preciosísimo, pues muestra que quien habla en este S., es el Padre celestial dirigiéndose a Jesús.

10 ss. Cf. Sal. 101, 26-28; Is. 34, 4; Ap. 6, 14; 20, 11; Hb. 2, 8; 10, 13; Mt. 22, 44; Sal. 109, 1; 1 Co. 15, 25; Ef. 1, 22.

14. Cf. Dn. 7, 10; Ap. 5, 11.

 

HEBREOS 2

1. De lo dicho en el cap. 1 el Apóstol brinda, como fruto espiritual, esta recomendación que fluye de la superioridad de los nuevos misterios sobre los antiguos, tema que desarrollará en los capítulos siguientes.

2. La palabra anunciada por ángeles: La Ley del Antiguo Testamento. Cf. Hch. 7, 53; Ga. 3, 19.

5. Cf. v. 8; 1, 6 y nota; 1 Co. 15, 25.

6 ss. Alguien: David, en Sal. 8, 5-8, donde este texto, según el hebreo, presenta otros matices que señalamos en las notas respectivas. S. Pablo lo cita según los LXX y lo aplica a Cristo. Lo rebajaste (así también Pirot y otros); cf. 1, 4; Fil. 2, 7 y notas.

8. S. Pablo explica que la omnímoda potestad que pertenece a Jesús no se ejerce ahora plenamente. Es que Jesús anunció que la cizaña estaría mezclada con el trigo basta el fin del siglo (Mt. 13, 38-43), no obstante hallarse Él desde ahora coronado de gloria a la diestra del Padre, como lo dice en el v. 9. Cf. 1, 5; Sal. 109, 1 y 3; Lc. 20, 25; Jn. 18, 36; Rm. 1, 4; 1 Co. 15, 25.

12 s. Cf. Sal. 21, 23; 2 Sam. 22, 3; Sal. 17, 3; Is. 8, 18.

16. “No solamente asumió Cristo la naturaleza humana, sino que, además, en un cuerpo frágil, pasible y mortal, se ha hecho consanguíneo nuestro. Pues si el Verbo se anonadó a sí mismo tomando la forma de esclavo (Fil. 2, 7), lo hizo para hacer participantes de la naturaleza divina a sus hermanos según la carne, tanto en este destierro terreno por medio de la gracia santificante cuanto en la patria celestial por la eterna bienaventuranza” (Encíclica de Pío XII sobre el Cuerpo Místico de Cristo).

17. Por disposición de Dios el Hijo se humilló, asemejándose a nosotros para hacerse Mediador entre Dios y los hombres. Sólo de esta manera pudo ser el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, es decir, nuestro Redentor.

18. Difícilmente podría darse un motivo y argumento más concreto para confiar en la protección de Jesús, aun en todas las pruebas temporales. Por lo cual nos exhorta S. Crisóstomo: “Quien se deja agobiar por el dolor y pierde el ánimo en las pruebas, no tiene gloria; quien abrumado por la vergüenza se esconde, no tiene confianza”. Cf. 3, 6; 4, 15; 7, 19; Col. 1, 23 y notas. 

 

HEBREOS 3

1-6. Sigue en los v. 1-6 la comparación entre Moisés y Cristo. Ambos son mediadores, mas el Mediador del Nuevo Testamento supera incomparablemente a Moisés, pues el Padre, fundador de la Alianza de Moisés, la hizo, como hace todas las cosas, por Cristo su Hijo, “por quien creó también los siglos” (1, 2; Judas 5).

6. Insiste sobre la confianza (2, 18 y nota), pero esta vez en el sentido sobrenatural (v. 14).

7 ss. Recuerda aquel lugar de contradicción en el desierto, donde los israelitas murmuraban contra Moisés y contra Dios, porque les faltaba el agua. Cf. Nm. 14, 21 ss.; Sal. 94, 8 ss.; Ex. 17, 7; Nm. 20, 25.

14. S. Pablo enseña aquí que la fe viva es como un nuevo ser espiritual en Cristo y nos hace despreciar las cosas de abajo que nos roban este privilegio por el cual somos verdaderamente divinizados en Cristo. Pero a los Hebreos no les da aquí doctrina tan sobrenatural como a los Efesios, Colosenses, etc., por las razones que vimos en 1, 1 y nota. Cf. Jn. 10, 34; Sal. 81, 6; 2 Pe. 1, 4.

19. A causa de su incredulidad: Conclusión semejante a la que expone en Rm. 11, 30-32. Véase Jn. 16, 9, donde Jesús muestra que el pecado por antonomasia está en no creerle a Él como Enviado del Padre porque si fueran rectos le creerían (Jn. 3, 19; 7, 17 y nota) y esto es todo lo que Dios les pide (Mt. 17, 5; Jn. 6, 29, etc.). Cf. 4, 1; 6, 4 ss. y notas.

 

HEBREOS 4

1. En el presente capítulo el Apóstol prueba que la promesa de que los israelitas entrarían en el reposo, no se cumplió en aquel pueblo obstinado. De lo contrario, Dios no la habría repetido por medio de David (3, 7-8). Las palabras tienen, pues, un sentido mesiánico y se cumplirán tan sólo en el Nuevo Testamento, siendo la fe la condición para entrar en el reino de Dios.

3. Véase Sal. 94, 11. Los que hemos creído: Nótese con qué insistencia presenta S. Pablo la fe como la llave del reino de Dios. Cf. v. 6; 3, 19 y nota. A esto dedicará también todo el grandioso cap. 11 (cf. 10, 38 y nota).

8 s. Se refiere a las promesas que aún quedan por cumplirse a favor del pueblo de Dios. Cf. 8, 8 ss.; 10, 16 s.; Sal. 104, 8; Hch. 3, 19 ss. y notas.

11. Así como el reposo prometido al pueblo de Dios consiste en el reino mesiánico, hay también un reposo para cada creyente redimido por Cristo en aquel completo abandono que nada busca sino a Él.

12. He aquí un extraordinario testimonio de la fuerza penetrante de la Sagrada Escritura (2 Tm. 3, 16 s. y nota). Por eso dice S. Gregorio Magno: “Es necesario que quienes se dedican al ministerio de la predicación no se aparten del estudio de la Biblia”; y S. Agustín: “Quien no se aplica a oír en su interior la Palabra de Dios será hallado vacío en su predicación externa”. Es lo que no han cesado de inculcar en sus Encíclicas los unimos Pontífices: León XIII en Providentissimus Deus, Benedicto XV en Spiritus Paraclitus y Humani Generis, Pío XII en Divino Afflante.

14. Nueva incitación a permanecer en la fe. En 6, 4 ss. les expondrá las tremendas consecuencias de abandonarla.

15. Para que nuestra confianza en Él no tuviera límites, Jesús quiso ponerse a nuestro nivel experimentando todas nuestras miserias menos el pecado (2, 18 y nota). “Cuando miro a Jesús “no como a mi Juez sino como a mi Salvador” (según reza la jaculatoria), esto me parece a primera vista una grande insolencia, por la cual Él debería indignarse. ¿Qué diría de eso un juez de los Tribunales? ... Pero luego recuerdo que esa confianza es precisamente lo que a Jesús le agrada y que en eso consiste la divina paradoja de que “la fe es imputada a justicia”, o sea, es tenida por virtud, como nos lo revela S. Pablo. Entonces comprendo que tal paradoja se explica por el amor que Él tiene a los pecadores como yo y que al creer en ese amor –cosa dura para mi orgullo– lejos de incurrir en aquella insolencia culpable, me coloco en la verdadera posición de odio al pecado. Porque lo único capaz de hacerme odiar eso que tanto atrae a mí natural maldad, es el ver que ello me hace olvidar un bien tan inmenso y asombroso como es el de ser amado sin merecerlo”.

16. Al trono de la gracia: es decir, al Santuario celestial (v. 14). “Recuerdas cuánto consuelo has recibido cada vez que has abierto tu corazón, y desahogado en otro corazón amigo tus íntimos deseos y preocupaciones, tus penas y tus culpas. Eso es lo que aquí se nos enseña a hacer en la oración. Nuestra fe será plena si aprendemos a obrar así con el Padre Celestial, invocando a su Hijo Jesucristo como Mediador”. “¿Cuál oración –pregunta Santo Tomás– puede ser más segura que la dictada por Aquel en quien se hallan todos los tesoros de la sabiduría (Col. 2, 3) y que, según lo dice S. Juan, es nuestro abogado delante del Padre?”. “Puesto que es Cristo quien aboga por nosotros ante su Padre ¿qué mejor que implorar nuestro perdón en los términos que nos ha dictado nuestro abogado?” (S. Cipriano).

 

HEBREOS 5

1. Requisitos indispensables en el Sumo Sacerdote deben ser la compasión hacia el prójimo y la vocación de Dios. Cristo es el supremo modelo de ambas. Cf. 1 Tm. 1, 16. Pontífice significa el que hace puente, esto es, el mediador entre Dios y los hombres.

4. Aarón el primer Sumo Sacerdote a quien eligió Dios mismo. Cf. Ex. 28, 1; 2 Cro. 26, 18; Sal. 104, 26.

5. “La idea dominante, dice Pirot, es, junto a la perfección personal, la del poder de salvación que le viene desde entonces en calidad de Pontífice según el orden de Melquisedec, es decir, de Pontífice perfecto” (Sal. 2, 7; 109, 4). Claro está que el término personal sólo ha de referirse aquí a la Humanidad santísima de Jesús, ya que la Persona divina del Verbo no podía perfeccionarse. Así lo añade a continuación el mismo autor refutando a disidentes que ponían en duda la divinidad de la Persona de Jesús: “No en cuanto Dios se instruye y se perfecciona Jesús por el sufrimiento, sino en cuanto hombre, venido para salvar a los hombres”. Cf. 1, 5 y nota.

6. Melquisedec, sacerdote y rey de Jerusalén, tipo de Jesucristo (cap. 7). Cf. Sal. 109, 4.

7. Para salvarle de la muerte: No se trata de oraciones por otros, pues “en este pasaje el Apóstol quiere mostrar que Cristo compartió nuestras debilidades” (Pirot). Cf. Mt. 26, 39 ss.; Mc. 14, 35 s.; Lc. 22, 42 ss.; Sal. 68, 21 y nota. Entonces obtuvo ser librado del temor (así S. Ambrosio y muchos modernos) y se hizo, como Él quería, instrumento de propiciación para que el Padre se demostrase justo no obstante haber “disimulado antes los pecados”. Véase sobre esto la asombrosa revelación de Rm. 3, 21 ss. Así se comprende por qué no fue posible librarlo de la muerte, aunque el Padre le habría mandado, si Jesús hubiese querido, más de doce legiones de ángeles. Cf. Mt. 26, 42; Jn. 14, 31 y notas.

8. “El más amado y el más obediente de los hijos se sometió –por evitárnoslo a nosotros– a ese duro camino del castigo, como si Él lo hubiera merecido por desobediencia, o como si su Padre no lo amase y lo tratase rudamente. No falló, empero, el amor del Padre, ni la obediencia del Hijo: fuimos nosotros los que fallamos, y el Amor misericordioso lo que triunfó”.

9. Perfeccionado: ¿Es posible esto? Tratándose de la Humanidad santísima del Señor, solemos inclinarnos a pensar que su Cuerpo fue como el de Adán antes de la caída. Pero S. Pablo insiste en mostrarnos que no es así. Para poder condolerse de nuestra flaqueza (v. 2 y 4, 15) y ser ahora un Pontífice misericordioso (v. 10; 4, 16; 6, 20; 7, 28) tuvo que tener carne mortal, pues vemos que sólo recibió después de resucitado la inmortalidad que le permitió ser hecho Sacerdote para siempre a diferencia de los demás (7, 23-25) y encumbrado sobre los cielos (7, 26) a la diestra del Padre (Sal. 109, 4). Es decir que Jesús, “hecho de mujer” (Ga. 4, 4) y descendiente de Adán (Lc. 3, 37), fue en todo igual a nosotros salvo en el pecado (4, 15), o sea que sin tener pecado heredó y soportó como nosotros las consecuencias del pecado, esto es, la naturaleza sujeta a la muerte, al hambre (Lc. 4, 2), al cansancio (Jn. 4, 6), a la tristeza (Mt. 26, 38), al llanto (Lc. 19, 41; Jn. 11, 35), al miedo (v. 7) y aun a la tentación de Mt. 4, 1 ss., aunque no al pecado ni a nuestra inclinación al mal; y también a la pérdida de fuerzas físicas, pues que lo hicieron ayudar por el Cireneo (cf. Sal. 68, 21). El poderoso grito que dio al morir (Mt. 27, 50), para mostrar que nadie le quitaba la vida sino que Él la entregaba voluntariamente (Jn. 10, 18; 19, 30), fue sin duda milagroso como fue milagrosa la Transfiguración en que Él mostró anticipadamente la gloria que tendrá el día de su Parusía (Mc. 9, 1). Vemos que, aun resucitado, lo confunde Magdalena con un jardinero (Jn. 20, 14 s.) y que sólo entró en la gloria cuando el Padre lo sentó a su diestra (cf. Mc. 16, 11 y nota), dándole como hombre, es decir también en su Cuerpo, la gloria que tenía como Verbo de Dios igual al Padre (v. 5; 1, 5 y notas; Jn. 17, 5; Sal. 2, 7; 109, 1 y 3 y notas). Esta glorificación es la que Él pidió también para nosotros (Jn. 17, 21-26; cf. Jn. 14, 2 s. y notas) y que nos dará el día que venga a ser glorificado también aquí (2 Ts. 1, 10; Sal. 109, 5 ss.) haciéndonos “semejantes al cuerpo de su gloria” (Fil. 3, 20 s.). Este conocimiento de Cristo en su Humanidad que “vino a ser causa de sempiterna salud” es lo que nos une a Él con fe y amor sin límites, mostrándonos que Él es el Santo por excelencia de nuestra admiración y devoción, sin ocurrírsenos más ese pensamiento, que se oye a veces con apariencias de piedad: “Claro está que Jesús hizo maravillas, pero... era Dios”, como diciendo que los ejemplos del Evangelio no son para imitarlos nosotros.

10. Véase 6, 20.

11. Se os han embotado los oídos: Véase Rm. 11, 10; 2 Co. 3, 14 ss.

12. Reproche análogo a éste de los hebreos hace a los gentiles de Galacia (Ga. 4, 9) y de Corinto (1 Co. 3, 1). Hay aquí una indiferencia y lentitud espiritual que impide al Apóstol darles, como quisiera, la plenitud del misterio de Cristo (Cf. 1, 1; 3, 14 y notas).

13 s. ¡Cuidado con tomar esta ceguera como infancia espiritual! Cf. 1 Co. 3, 1 ss. y nota.

 

HEBREOS 6 

1 s. Recordando la necesidad de la perfección en la enseñanza, el Apóstol, como observa Dom Delatte, se esfuerza aquí, no obstante lo dicho antes (5, 11 s. y notas), por arrastrar consigo a sus compatriotas (véase la confesión que él nos hace en Rm. 11, 14). Notemos que considera como rudimentos la necesidad del arrepentimiento para todos (conversión de las obras muertas) y de la fe (Mc. 1, 15; Hch. 2, 38). Habla de bautismos (v. 2), en plural, tal vez porque se hacían tres inmersiones (cf. Col. 2, 12), o abarcando quizás el bautismo de Juan (Hch. 19, 4 y nota) y las abluciones judaicas. Imposición de las manos es el sacramento de la Confirmación (Hch. 8, 17 s.; 19, 6) y del Orden (Hch. 6, 6; 1 Tm. 4, 14, etc.). Sobre la resurrección y juicio eterno (v. 2) cf. Hch. 17, 31; 1 Co. 15; 1 Ts. 4, 12 ss., etc. Parece que el Apóstol alude así a la catequesis primitiva y a la preparación al Bautismo, sosteniendo que un bautizado no puede contentarse ya con la enseñanza de un catecúmeno. Véase sobre estas cosas la “Didajé”, manual cristiano del primer siglo.

2. Más que del juicio eterno prefiere el Apóstol hablarles de eterna salvación (5, 9); eterna redención (9, 12); eterno espíritu (9, 14); eterna herencia (9, 15); eterna alianza (13, 20). Cf. 7, 19 y nota.

3. Es decir que S. Pablo se confirma en ese propósito de ir mas tejos en la exposición de la doctrina, empezando por mostrarles a continuación la gravedad que entraña la apostasía (v. 4 ss.), luego Iris estimula con paternal confianza (v. 9 ss.) reconociendo su caridad, y en fin les muestra como meta la esperanza en Cristo resucitado. Cf. 7, 19; 10, 23 y notas.

4 ss. El Apóstol muestra aquí a los judíos (y lo confirma en 10, 26 s.) el peligro de la apostasía de la fe, la cual comporta el pecado contra el Espíritu Santo, porque rechaza la luz (3, 19 y nota) y que por tanto los dejaría privados de la gracia que viene de la fe, y entregados sin defensa en manos de Satanás, padre de la mentira. Así lo muestra también S. Pablo, respecto de los gentiles, en 2 Ts. 2, 11 s. De ahí la imposibilidad de levantarse de este pecado, que reniega del Bautismo y del Espíritu Santo y es semejante a un nuevo pecado de Adán, que elige libremente a Satanás antes que a Dios. Tampoco puede borrarse por un nuevo Bautismo, porque éste se da una sola vez. A lo mismo parece aludir también S. Juan cuando habla del que comete pecado de muerte (1 Jn. 5, 16 y nota). Hasta aquí llega lo que puede entender el hombre. Más allá es indudable que subsiste el misterio de la infinita y libérrima misericordia de Dios, que puede siempre aplicarla a quien quiera y como quiera, sin dar cuenta a nadie de su conducta (Rm. 9, 15 s.; St. 4, 12). Algunos ven figurada la actitud de tales hebreos, que así retroceden hallándose al borde de la salvación, en la de aquellos que en Cadesbarne, no obstante haber visto los frutos de la Tierra prometida, no quisieron subir hasta ella por incredulidad a la Palabra de Dios (Dt. 1, 25 ss.).

7. Cf. la Parábola del Sembrador (Mt. 13, 1 ss.).

12. Cf. Ap. 13, 10 y nota.

18. Las dos cosas inmutables son la promesa de Dios y su juramento a Abrahán. El v. 20 aludirá al juramento que también Jesús había recibido en Sal. 109, 4, sobre su Sacerdocio para siempre. Cf. 7, 28.

19 s. El velo es la carne mortal de Jesús (10, 20). El velo que ocultaba al Santo de los Santos en el Templo de Jerusalén (9, 3 s.) simbolizaba esa Carne, es decir, la Humanidad santísima de Jesús (cf. 5, 9 y nota) y por eso se rasgó al momento de su muerte (Mt. 27, 51). Era necesario que Él muriese (Hch. 3, 22 y nota) y fuese glorificado para que se cumpliesen las promesas dadas a los Patriarcas (Rm. 15, 8). Como áncora: de aquí que el ancla sea el signo de la esperanza.

 

HEBREOS 7

1. Sigue la comparación con Melquisedec, rey de Salem (Jerusalén), que es en el Antiguo Testamento tipo de Cristo Sacerdote y Rey (Sal. 109, 3 y 4; Is. 11; Za. 6, 11 ss., etc.). Como aquél, así también Cristo es “rey de paz” y “sin padre”, es decir, sacerdote por vocación de Dios y no por herencia de familia levítica; y así como Melquisedec descuella sobre Abrahán y Leví, así también la Persona de Cristo tiene preeminencia sobre la persona de aquél. Para hacernos comprender su argumentación, el Apóstol aduce los diezmos que Abrahán dio a Melquisedec, mostrando así la superioridad de éste. Cf. Gn. 14, 18 y nota.

3. Sin padre, sin madre, etc.: modelo del sacerdote en general, que no pertenece a ninguna familia sino sólo a Dios. Ni fin de vida: No parece esto afirmar que Melquisedec continúe viviendo (como lo sabemos de Elías y Enoc), sino que su muerte permanece tan ignorada como todas las demás circunstancias de su vida que enumera S. Pablo sobre este misterioso personaje. Algunos lo creían de naturaleza angélica y querían así explicar que “el orden de Melquisedec” se aplicase al sacerdocio de Jesús (5, 6). De todos modos recalca S. Pablo el carácter celestial del divino Pontífice, que fue “nombrado por Dios” (5, 10), que penetró los cielos (4, 14) y dijo a los sacerdotes de Israel: “Vosotros sois de abajo; Yo soy de arriba” (Jn. 8, 23).

8. Aquí: en el sacerdocio de Leví; allí: en el sacerdocio de Melquisedec, donde tenemos un sacerdote inmortal: Cristo.

11. Aarón, el primer Sumo Sacerdote, representa el sacerdocio levítico que no era capaz de ofrecer un don perfecto, cual es hoy el sacrificio eucarístico, memorial de la Nueva Alianza sellada con la sangre de Cristo (1 Co. 11, 25).

13. Porque Cristo, a quien miraban estos vaticinios de David, no fue de la tribu de Leví, de la que eran tomados los sacerdotes, sino de la de Judá, a quien no pertenecía la función sacerdotal. Cf. 8, 4 y 13; Ez. 44, 15 y nota.

16 s. Indestructible (Buzy, traduce: con el privilegio de la inmortalidad): porque Jesús resucitado no es mortal como antes y ya no puede morir (v. 24; Rm. 6, 9). De ahí que sea constituido Sacerdote “para siempre” (vv. 17 y 20). Cf. 5, 6; Sal. 109, 4 y nota.

19. La Ley (dada en Ex. caps. 19 ss.), fue superada por el Evangelio, como doctrina (Mt. 5, 17-48) y como espiritualidad (Ga. 3, 1 ss.). Una esperanza mejor: la Nueva Alianza de los creyentes en Cristo, la Ley de la gracia y las promesas que superan a las esperanzas puramente terrenales de Israel. Véase 11, 10; 12, 18 ss.; 1 Ts. 4, 16 s.; Ga. 4, 24 ss.; Ap. 21, 10. Cf. 8, 8 ss.; 10, 23 ss. Otros traducen en el sentido de que la perfección no vino de la Ley, pero sí vino al introducirse una mejor esperanza (Rm. 5, 2). Junto con esta mejor esperanza Pablo anuncia a los hebreos mejor pacto (8, 6); mejor posesión (10, 34); mejor patria (11, 16); mejor resurrección (11, 35); algo mejor (11, 40); sangre que habla mejor que la de Abel (12, 24). Cf. 6, 2 y nota.

25. ¡Qué consuelo no significa para nosotros el saber que podemos contar permanentemente con la oración todopoderosa de Cristo por nosotros y por nuestro ideal apostólico! Cf. 5, 7 y nota; 10, 4; Jn. 17, 20; Rm. 8, 34. Solemos pensar que a Jesús, por ser Dios, no debemos pedirle que ruegue por nosotros, como si fuera impropia de Él tal cosa. Aquí vemos, con más claridad aún que respecto de los santos y la Santísima Virgen, cómo Jesús no sólo rogó por nosotros en vida (Jn. 17, 9 ss.) y prometió rogar después (Jn. 14, 16) sino que está rogando permanentemente por nosotros, siendo ésta precisamente su misión como Sacerdote (v. 26).

26. Bellísimo retrato sacerdotal de Jesús, a quien S. Pedro llama el Pastor y Obispo de nuestras almas (1 Pe. 2, 25). Cf. 13, 20; Jn. 10, 11.

27. “Este sacrificio único bastó a causa de su valor infinito. Cf. 9; 12, 25-28; 10, 10. En efecto, consistió en la inmolación de Jesucristo mismo. Por primera vez en los escritos del Nuevo Testamento se presenta aquí, abiertamente a Jesús como sacerdote y víctima a un tiempo”. (Fillion).

28. Llegado a la perfección: (así también Pirot). Cf. 5, 9 y nota.

 

HEBREOS 8

1 ss. La preexcelencia del sacerdocio de Cristo se muestra, además, por el lugar donde ejerce sus funciones, es decir, no en la tierra, en el Sancta Sanctorum, sino en el cielo (9, 11 y 24; 10, 19). Esto quiere decir que, allá en lo Alto, Jesucristo presenta perpetuamente a su Padre el mérito de su pasión y de su muerte consumada ya en la cruz (5, 7 y nota), misterio que repetimos cada día en el sacrificio eucarístico. Inmensa novedad para los destinatarios de esta carta. Según el judaísmo talmúdico, dice Klausner, el Mesías sólo libraría a Israel de la sujeción política, haría prosélitos de los gentiles y juzgaría a las naciones con rectitud y equidad.

4. Pues hay: Fillion hace notar que el griego, a diferencia de la Vulgata, usa el presente (cf. 13, 11) “de donde se concluye, con justificada razón –añade– que el culto judío aun subsistía cuando fue compuesta la Epístola y que ella apareció, por consiguiente, antes de la ruina de Jerusalén. El detalle según la Ley –prosigue– es importante: aquí abajo ya se ofrecía a Dios los sacrificios exigidos por Él; era, pues, menester que el nuevo Pontífice ofreciera el suyo en el cielo”. La actitud de S. Pablo frente al culto judío, continuado en el Templo de Jerusalén hasta su destrucción el año 70, así como su conducta en las sinagogas judías donde él mismo predicaba (Hch. 13, 14 y 44; 14, 1; 18, 4, etc.), confirma la verdad, a menudo olvidada de que el rechazo definitivo de Israel fue al fin del tiempo de los Hechos de los Apóstoles (Hch. 28, 28). Este tiempo le fue acordado a Israel, según la Parábola de la higuera infructuosa (Lc. 6, 13 ss.) para que los judíos de la Dispersión reconocieran, mediante la predicación apostólica, al Mesías resucitado a quien los jefes de la nación judía rechazaron mientras Él vivió (Hch. 3, 17-26 y notas). El mismo Jesús había aludido a esto al anunciar la necesidad de su Muerte y Resurrección (Lc. 24, 44 ss.), pues sin ello la semilla no daría fruto (Jn. 12, 24 y 32), ya que antes de eso “aun no había Espíritu” por cuanto Jesús no había sido todavía glorificado (Jn. 7, 39). De ahí, pues, que durante “esos días anunciados por los Profetas” (Hch. 3, 24), los judíos, aun cristianos, frecuentaran el templo y observaran la Ley, continuando sin embargo las señales milagrosas y los carismas visibles del Espíritu Santo. Mas desoída por Israel la predicación de los apóstoles, no sólo en Jerusalén, sino también en Antioquía de Pisidia (Hch. 13, 14-48), en Tesalónica (Hch. 17, 5-9), en Corinto (Hch. 18, 6) y finalmente en Roma, donde Pablo les habla por última vez de Jesús, “según la Ley de Moisés y los Profetas” (Hch. 28, 23), el Apóstol, al verlos apartarse (ibíd. v. 25), les anuncia solemnemente que “esta salud de Dios ha sido transmitida a los gentiles” (ibíd. 28, 28 ss. y notas), a quienes en adelante explayará principalmente el misterio del Cuerpo Místico escondido desde todos los siglos (Ef. 3, 9; Col. 1, 26).

5. Cf. Ex. 25, 40. En 13, 10 vemos el contraste entre estas figuras materiales y la realidad celestial y espiritual (cf. 13, 9; Jn. 4, 23 s.). En el monte: figura del cielo (v. 2) donde está Cristo el eterno Sacerdote. El Apóstol, “después de haber probado, por la naturaleza del Sacerdocio de Jesucristo, que su teatro es el cielo, lo prueba una vez más por la tipología” (Pirot). Cf. Hb. 9, 23; 10, 1; Col. 2, 17. “En las palabras de S. Pablo hay que dar no pequeña parte a la metáfora. Como sería ridículo afirmar que existe en el cielo un “tabernáculo verdadero” que sirviera de modelo al construido por Moisés, así sería irracional pretender deducir de las palabras del Apóstol que Jesucristo solamente en el cielo consumó su sacrificio. Lo único que inculca S. Pablo es que el sacerdocio y el sacrificio de Jesucristo no son terrenos a la manera de los levíticos, ni están vinculados a un santuario material” (Bover).

8. Vemos aquí que Jesucristo es también mediador de las promesas referentes a la salvación de Israel, a quien fue prometido antes que a los gentiles (10, 16; Ez. 34, 25 y nota; 37, 21-28; 2 Co. 3, 15 s.). Es de notar que las profecías mesiánicas de Jr. 31, 31 ss., que aquí reproduce S. Pablo y que corresponden a Israel y a Judá, son paralelas a las de Is. 59, 20 s., que el mismo reproduce en Rm. 11, 25 ss., como anuncio de la conversión final de Israel (cf. Jr. 30, 3 y nota). Lo mismo vemos en otros pasajes del Nuevo Testamento (10, 29; 12, 26 ss.; Hch. 2, 17 s.; 3, 22 ss.; 15, 16 ss.; Rm. 9, 25 ss., etc. y notas). Se admite comúnmente la aplicación de estas promesas al período actual de la gracia, en que no hay “ni judío ni griego” (Ga. 3, 28 s.).

13. El Apóstol se refiere a los sacrificios antiguos (cf. v. 4; 7, 13 y 19 y notas) y no a las divinas Escrituras del Antiguo Testamento. “Los Libros santos del Antiguo Testamento son Palabra de Dios y parte orgánica de su revelación” (Encíclica “Mit brennender Sorge”).

 

HEBREOS 9 

2 s. Describe el Santuario terrestre, es decir, el tabernáculo, que Moisés hizo por orden de Dios en el desierto, y cuya continuación era el Templo de Jerusalén. Cf. Ex. 25 y 26; 36, 8; Lv. 16. Sobre el velo cf. 6, 19 s. y nota.

4. El detalle de la conservación de la vara de Aarón en el Arca nos es dado solamente por S. Pablo. Nótese la suma veneración con que se guardaban las tablas de la Ley. Con el mismo espíritu solíase conservar antiguamente el sagrado Libro del Evangelio al lado de la Eucaristía. Cf. v. 19.

5. Propiciatorio: Así se llamaba la plancha de oro con que estaba cubierta el Arca de la Alianza. Sobre ella se derramaba la sangre de las víctimas en el día de la Expiación. Cf. v. 12 y nota.

11 s. Los bienes venideros: cf. v. 15. Pirot hace notar la lección de S. Efrén: “Pontífice futuro, no de los sacrificios sino de los bienes”. Después de haber obtenido: otra diferencia entre el Sacerdote celestial y los de la Ley: el Sumo Pontífice entraba una vez al año en el santuario (Santo de los Santos) del Tabernáculo (y luego del Templo único) de Jerusalén; y, después de entrar, derramaba sobre el Propiciatorio sangre de animales por los pecados del pueblo y los suyos (Lv. 16, 14 ss.; Nm. 19, 9 y 17). En cambio Jesucristo, antes de entrar, y por única vez, al Santuario celestial (10, 19), constituido Sacerdote para siempre (5, 9; 6, 20; 8, 2; 10, 21), había derramado como Víctima, en este mundo, su Sangre de infinito valor, y así obtenido redención eterna (v. 12), pues el Padre “lo puso como instrumento de propiciación por medio de la fe en su Sangre” (Rm. 3, 25), con esa eficacia definitiva (10, 10) que no tuvo aquel antiguo Propiciatorio. De aquí deducen los sectarios la objeción de que la misa sería una repetición innecesaria del Sacrificio de Cristo ya consumado en el Calvario y ofrecido en el cielo. La verdad es que Jesús mandó hacer en memoria suya lo que Él realizó en la Cena, y el mismo S. Pablo (1 Co. 11, 20 ss.) y S. Lucas (Hch. 2, 42) nos muestran que, en su cumplimiento, los primeros cristianos “perseveraban en la fracción del pan” y “en la Cena del Señor”. S. Justino y S. Ireneo recogen en igual sentido la tradición primitiva de la Iglesia. Y lo mismo hicieron S. Ignacio Mártir y S. Clemente Romano. El cristiano de fe ilustrada sabe que en la misa no se ofrece una víctima distinta de la que fue inmolada en el Calvario (v. 26) y que todos nuestros ruegos, como los del celebrante, han de unirse a los de la divina Víctima Jesús, el Sumo Sacerdote para siempre, que allí en el Santuario celestial, “con su intercesión incesante, con la aplicación de los frutos de la cruz y con la continuada renovación del sacrificio eucarístico, da cierta perpetuidad moral al sacrificio del Calvario” (Bover).

13. La ceniza de la vaca sacrificada y quemada se mezclaba con agua y se la esparcía sobre los que tenían que purificarse.

14. Por su Espíritu eterno: como observa Pirot, más que el Espíritu Santo parece entenderse aquí el Verbo, o sea la naturaleza divina de Jesús que ofrece al Padre su Humanidad como víctima (cf. Rm. 1, 4; 1 Co. 15, 45; 1 Tm. 3, 16). “Este espíritu, siendo poderoso y eterno, comunica a la efusión de la sangre en la Cruz un valor infinito y una eficacia eterna” (10, 10).

17. El testamento, o sea la promesa (en hebreo berith) de la nueva alianza que tendría por Mediador al Mesías (v. 15; 8, 6-13; 10, 15-18), no pudo entrar en vigor sino por su muerte. Cf. Hch. 3, 22 y nota.

23. Véase este contraste en 8, 5 y 13, 10. Cf. 10, 1.

26. En la consumación de las edades: en esta última edad del mundo, pues su muerte borra los pecados de todas las generaciones. Cf. 1 Co. 10, 11; Ga. 4, 4; 1 Jn. 2, 18.

28. Véase v. 12 y nota. “Aparecerá, no ya para ofrecerse en sacrificio por el pecado, sino para dar la salud eterna a todos aquellos que le esperan con amorosa impaciencia, deseando su eterna libertad” (S. Crisóstomo). Cf. Lc. 21, 28; Rm. 8, 23; Fil. 3, 20 s.; 2 Tm. 4, 8; 1 Pe. 3, 18; 2 Jn. 7.

 

HEBREOS 10 

5 ss. Cita del Sal. 39, 7 s. (según los LXX). Véase allí las notas. El Apóstol ve en esta oración la de Cristo que motiva su presencia en la tierra por el deseo de cumplir la voluntad de su Padre (véase Mt. 26, 42; Jn. 14, 31 y notas). Para ello se ofreció Él como víctima y sufrió todo lo que de Él estaba escrito en el rollo del libro, esto es, en la Escritura. En estas palabras ha de admirarse, pues, la primera oración del “Hijo del hombre” “al entrar en el mundo”, o sea en el momento de la Encarnación del Verbo. Es digno de nuestra mayor atención que la primera oración del Dios Hombre sea tomada del Salterio, como también su última: “en tus manos encomiendo mi espíritu” (Sal. 30, 6; Lc. 23, 46). Véase Jn. 4, 34; 10, 17 s.; Is. 53, 7. Comentando estas palabras misteriosas dice el Papa Pío XI: “Aun en la Cruz no quiso Jesús entregar su alma en las manos del Padre antes de haber declarado que estaba ya cumplido todo cuanto las Sagradas Escrituras habían predicho de Él, y así toda la misión que el Padre le había confiado, hasta aquel último tan profundamente misterioso “sed tengo” que pronunció “para que se cumpliese la Escritura” (Jn. 19, 28). (Encíclica “Ad Catholici Sacerdotii”).

13. Aguardando lo que resta: Véase 2, 8; 2 Ts. 2, 6; Sal. 109, 1-4 y notas.

16. Véase 8, 10 y 12; Jr. 31, 33 s. y notas.

19 s. “Las alusiones y atrevidas metáforas de este pasaje reclaman alguna declaración. Ante todo hay una alusión, que pudiéramos llamar fundamental, al segundo velo del Templo, a través del cual penetraba el Pontífice con la sangre de las víctimas en el Lugar Santísimo. Otra segunda alusión recuerda el velo del Templo que se rasgó de alto a bajo al morir el Redentor. Luego, una osada metáfora presenta la carne del Salvador, rasgada con los clavos y principalmente con la lanza, como el velo rasgado, a través del cual entramos en el Santuario celeste”' (Bover).

21. La casa de Dios. Cf. 1 Pe. 2, 5; Judas 20.

23. Nuestra esperanza: es decir, la meta que propuso como perfección (7, 19; Tt. 2, 3 y notas) cuyo objeto supremo, Cristo, señala en el v. 25 Cf. 6, 3; 9, 28 y notas.

25. La común reunión: En griego “episynagogué”, palabra sólo usada aquí y en 2 Ts. 2, 1 para indicar la unión de todos en Cristo el día de su venida. Cf. 1 Ts. 4, 16 s. Esta reunión de los fieles es la Iglesia (Mt. 13, 47 ss. y notas). El día: “El día de la segunda venida de Jesucristo, que los primeros cristianos miraban como próximo. Cf. v. 37” (Crampon). Cf. Sal. 117, 24 y nota. Fillion observa que el griego dice: “Ten hemeran, con el artículo: el día bien conocido. Es cosa cierta que el autor ha querido designar aquí el segundo advenimiento de Jesucristo (cf. 1 Co. 3, 13; 1 Ts. 5, 4; 2 Tm. 1, 12 y 18, etc.)”. El mismo autor hace notar el importante papel que la esperanza ocupa en toda esta Epístola destinada a luchar contra el desaliento, y cita 3, 6; 6, 11 y 18 s.; 7, 19, etc. La esperanza mesiánica sería también hoy el lazo de unión para cristianos y judíos (cf. Hch. 23, 6; 26, 6-8; 28, 20), pues entre éstos “se ha llegado poco a poco a negar la creencia en el advenimiento de un Mesías personal, sustituyéndolo por la idea de la misión mesiánica del pueblo de Israel, que habrá de realizarse en la era mesiánica de la humanidad”. Cf. Am. 8, 12 y nota.

26. Véase 6, 4 y nota.

29. S. Pablo insiste en mostrar a los hebreos que es más grave despreciar los dones de la Nueva Alianza en la sangre de Cristo (9, 17 y nota; Lc. 22, 20), por lo mismo que son más preciosos que los de la Antigua. Véase Ct. 8, 6.

30. Cf. Dt. 32, 35 s.; Sal. 134, 14; Rm. 12, 19.

32. Iluminados por Cristo (6, 4; 2 Co. 4, 4; Ef. 1, 18; 2 Tm. 1, 10). Algunos lo refieren concretamente al Bautismo, el cual, por esto se llama también, especialmente en la Iglesia oriental, Sacramento de la Iluminación. “Los iluminados en la primitiva Iglesia eran los bautizados (entonces adultos) que estaban en “novedad de vida” (Rm. 6, 6) porque se habían revestido de Cristo”. Cf. Jn. 12, 46.

37 s. Cita de Hab. 2, 3 s. Brevísimo tiempo: esta idea, frecuentemente expresada (cf. v. 25 y nota; Rm. 13, 11; 1 Co. 1, 7; 1 Ts. 1, 10; 2 Ts. 1, 7 y 10; 2, 13; St. 5, 8; 1 Pe. 4, 7, etc.) ha hecho suponer a algunos que tal vez la defección de Israel (Lc. 13, 6: Hch. 28, 23 ss.; Rm. 11, 30) retardó en el plan divino el cumplimiento de esa promesa. Cf. 2 Pe. 3, 4 y 9; Rm. 11, 25 3. El que ha de venir: Crampon hace notar que el griego “nombra al Mesías: Ho erjómenos (Dn. 7, 13; Za. 9, 9; Mal. 3, 1; Mt. 11, 3; Lc. 7, 19) y aplica el oráculo a los tiempos mesiánicos”, (cf. Jn. 11, 27 y nota). El justo mío vivirá por la fe (v. 38): El justo vive de la fe por todos conceptos: en cuanto sólo la fe puede hacerlo justo según Dios; en cuanto sólo la confianza que da esa fe puede sostenerlo en medio de las persecuciones anunciadas a los creyentes; y en cuanto esa misma fe es la prenda de la promesa de vida eterna. Por tres veces S. Pablo cita este texto, y –cosa admirable– cada vez saca de él una nueva luz. En Rm. 1, 17 presenta la fe del Evangelio como don universal a judíos y griegos, y muestra en consecuencia la inexcusabilidad de los que no lo aceptan. En Ga. 3, 11 presenta la fe en Cristo por oposición a las obras de la Ley, mostrando que ya nadie se justificará por éstas sino por aquélla. Aquí presenta a los hebreos la fe en el sentido de confiada esperanza, como la actitud que corresponde necesariamente a todo el que vive en un período de expectación y no de realidad actual, es decir, el que va persiguiendo un fin y no se detiene en los accidentes del camino sino que mira y goza anticipadamente aquel deseado objeto, que ya poseemos y disfrutamos “en esperanza” (Rm. 5, 2; 8, 24; 12, 12). Los dos maravillosos capítulos que siguen (11 y 12) no son sino el desarrollo de este concepto, de esta visión, a través de innumerables ejemplos, hasta culminar (12, 26 s.) en la cita de Ag. 2, 6 aplicándola al gran cambio que espera a las cosas transitorias (12, 27).

39. Aquellos que se retiran: Alude a la deserción de la esperanza, que señaló en el v. 25. Alma: puede traducirse también vida. Cf. Lc. 21, 19.

 

HEBREOS 11 

1 s. La seguridad que la fe nos proporciona de las cosas invisibles es incomparablemente mayor que la alcanzada por medio de la ciencia humana. De ahí que la fe viva sea el único fundamento (el griego dice sustancia) sobre el cual se puede apoyar la esperanza de los bienes venideros, para lo cual ha de estar animada por el amor, ya que sin éste no desearíamos esos bienes (3, 6; 7, 19; 8, 6; 10, 23, etc.). Muy necesario es, pues, avivar la fe. Tal es el objeto de todo este admirable capítulo y no es otro el de toda la Epístola y aún el de toda la Sagrada Escritura. El único reproche que Jesús hacía a sus discípulos era la falta de fe (Lc. 17, 5 s. y nota). ¡Son tantas y tan distintas de la lógica humana las maravillas que Él nos propone creer en cada página del Evangelio! (Lc. 17, 23 y nota). Por eso la fe es la vida del justo (10, 38) porque, si no es fingida (1 Tm. 1, 5), nos lleva a obrar por amor (Ga. 5, 6). La prueba de lo que no se ve (cf. vv. 3 y 7), es sinónimo de seguridad y certeza, de confianza total, de crédito ilimitado a la Palabra de Dios, aunque a veces nos parezca un crédito en descubierto; de entrega sin condiciones, como la desposada que se juega toda su vida al dejar el hogar de sus padres para entregarse a un extraño (Gn. 2, 24; Ef. 5, 31; Sal. 44, 11 s.) “¡Dichosos los que no vieron y creyeron!” (Jn. 20, 29). ¿Y nosotros? ¿Es así como hemos creído a Cristo? ¿Quién se atrevería a pretenderlo? Mientras así no sea, estamos en falta de fe y necesitamos crecer en ella cada día, a cada instante. Tenemos, pues, que pedirla, porque es un don de Dios (Mc. 9, 23), y buscarla especialmente en las Sagradas Escrituras, pues la fe viene de la palabra (Rm. 10, 17); y no averiguar otra explicación para nuestras tristezas y nuestras faltas de espíritu o de conducta: todas vienen de que no le creemos a Jesús, pues al le creemos, Él habita en nuestros corazones (Ef. 3, 17) y vivimos de Él como el sarmiento de la vid (Jn. 15, 1 ss.). Sobre esto de creerle a Cristo decía con fuerte ironía un predicador: “Conviene recordar bien de memoria todas y cada una de las palabras de Jesús. A lo mejor resulta que son ciertas y que perdemos lo que en ellas se nos promete por no haberlo sabido o no habernos interesado en recordar lo que escuchamos con frialdad y escepticismo”.

2. Testimonio: cf. 5 y 39.

3. Las edades: cf. 1, 2; 9, 26 y nota.

4. El Apóstol va a mostrar a los hebreos muchos ejemplos de fe, aun desde antes de Israel, comenzando por Abel, quien por su fe habla todavía, y cuya sangre clama a Dios (Gn. 4, 8; Mt. 23, 35). Aquí se nos muestra por qué el sacrificio de Abel, figura del Cordero, fue más grato a Dios que el de Caín (Gn. 4, 4).

5. Sobre Enoc, cf. Gn. 5, 24; Si. 44, 16; 49, 16.

6. Crea su ser: “Al que se ha de ir uniendo a Dios, conviénele que crea su ser. Como si dijera: el que se ha de venir a juntar en una unión con Dios, no ha de ir entendiendo ni arrimándose al gusto, ni al sentido ni a la imaginación, sino creyendo su ser, que no cae en entendimiento, ni apetito, ni imaginación ni otro algún sentido, ni en esta vida se puede saber” (San Juan de la Cruz). Para eso no basta la creencia de que hay una deidad creadora del universo (Rm. 1, 20). Eso lo creen también los demonios, y no se salvan (St. 2, 19). Es necesario mirar a Dios tal como Él se ha revelado, es decir, conocerlo tal como Él quiere ser conocido (Jn. 17, 3) para poder pensar bien de Él (Sb. 1, 1) y tenerle entonces esa fe absolutamente confiada que vimos en el v. 1. Tal es lo que entiende el Apóstol al decir “que Él es remunerador de los que le buscan”, o sea, no un simple juez de justicia sino un Salvador que hace misericordia a cuantos confían en Él. Cf. Sal. 32, 22; Lc. 1, 50; Ef. 2, 4; Jn. 3, 16; 6, 37, etc.

7. Por la fe: Construyendo el arca y creyendo a la Palabra de Dios, condenó la incredulidad de sus contemporáneos (Gn. 6, 8-22; Si. 44, 17; 1 Pe. 3, 20). Jesús pone aquella fe y esta incredulidad como ejemplo de lo que ocurrirá con las señales de su segunda Venida (Lc. 17, 26 s.).

8 ss. Cf. Gn. 12, 1-4; 15, 5; 17, 19; 21, 2; 22, 17; 23, 4; 26, 3; 32, 12; 35, 12 y 27; Si. 44, 20-23; Hch. 7, 2-8; Rm. 4, 16-22.

12. Azarías recuerda a Dios esta promesa en Dn. 3, 36, haciéndole presente la escasez del pueblo durante el cautiverio de Babilonia. Según algunos, las estrellas del cielo serían los descendientes fieles de Abrahán, y las arenas del mar los que sólo descienden de él según la carne (Rm. 9, 6 ss.; Ga. 4, 28).

13. En la tierra de Canaán los patriarcas encontraron sólo una figura de la patria que buscaban (v. 16), y se consideraron peregrinos (Gn. 23, 4; 47, 9; 1 Cro. 29, 15) como todos lo somos en esta vida (Sal. 38, 13). S. Ireneo hace notar que entonces no recibieron cumplimiento de las promesas (Gn. 13, 14 ss.; 15, 18; 27, 23, etc.) y tanto Abrahán (Gn. 12, 10) como Jacob (Gn. 42, 10; 43, 1, etc.) tuvieron que recurrir a Egipto a causa del hambre. Y agrega respecto al primero: “y entonces no recibió su herencia en aquella tierra, ni siquiera un palmo, sino que siempre fue en ella peregrino y extranjero. Y cuando murió Sara su esposa, queriendo voluntariamente los heteos darle lugar para sepultarla, no quiso recibirlo sino que compró un monumento a Efrén hijo de Seor, heteo, entregando cuatrocientos ciclos de plata (Gn. 23, 10), prefiriendo atenerse a la promesa de Dios y no queriendo aparecer como que recibía de los hombres lo que le halda prometido Dios, el cual en otro lugar (ib. 15, 18) le habla dicho: “A tu posteridad daré esta tierra desde el río de Egipto hasta el grande río Éufrates”.

19. “Abrahán era figura del Padre celestial e Isaac la de Jesús (Buzy). Isaac es también figura del Señor resucitado, por cuanto Dios lo devolvió a su padre que estaba a punto de inmolarlo como sacrificio (Gn. cap. 22). En esto consistió el ejemplo admirable de la fe de Abrahán, que creyó esperando contra toda esperanza (Rm. 4, 18 ss.). Así creyó la Virgen María al pie de la Cruz (Jn. 19, 25 y nota).

21. Cf. Gn. 47, 31. S. Pablo sigue la versión de los Setenta, cuyo sentido sería que Jacob acataba el señorío de José y es él, como figura, la realeza de Cristo.

24. Moisés es modelo de los que por la fe desprecian los honores y seducciones del mundo. Así lo hizo el mismo Apóstol, Véase Fil. 3, 8; cf. Nm. 11, 28 s.

26. El oprobio de Cristo: S. Pablo toma como tipo de Jesucristo al pueblo de Israel por los oprobios que sufrió en Egipto.

27. Como si viera ya: He aquí el secreto de la esperanza, que permite evadirse del presente doloroso y vivir en el gozo anticipado de lo que se espera, manteniéndose firme en esa confianza y sabiendo que el Padre está presente aunque no se le vea con los ojos de la carne. Cf. Jn. 14, 23.

28 s. Cf. Ex. 12, 21; 14, 22; Jos. 6, 20; 2, 3.

33. Los vv. 33-39 son un resumen de manifestaciones de fe que los lectores de esta Carta conocían bien; por eso no traen nombres. Hay referencias a Daniel cerrando la boca de los leones (Dn. 6, 22); a Jeremías torturado (Jr. 20, 2); a Elías y Eliseo resucitando muertos (1 R. 17; 2 R. 4); a Zacarías lapidado (2 Cro. 24, 21); a Isaías, aserrado por medio (según es tradición judía), etc.

40. El Mesías trajo la salud también para los justos del A. T. Según algunos, Dios habría querido que esperasen para entrar en el cielo hasta que fuese abierto por la Ascensión del Salvador para que sus almas recibiesen con nosotros esa eterna recompensa. Pero aquí se trata de una perfección o consumación definitiva (cf. Ef. 4, 12 s.) y no del destino del alma solamente (cf. Ap. 6, 10). De ahí que S. Crisóstomo, S. Agustín, Estio y otros antiguos y modernos reconozcan aquí la resurrección corporal, que se efectuaría para los justos del A. T. (Dn. 12, 2) como para los del Nuevo (Lc. 14, 14; 1 Co. 15, 23 y 51 ss.; 1 Ts. 4, 16, etc.), al mismo tiempo, esto es, en el Advenimiento de Cristo al juicio. Tenía provisto algo mejor: Esta mejor provisión podría consistir simplemente en esa espera de los antiguos. Véase sin embargo Mt. 27, 52 s. y nota. Algunos deducen de aquí un destino superior para los cristianos que para los justos de la Antigua Alianza, considerando a éstos como “amigos del Esposo” (Jn. 3, 29 y nota), y a la Iglesia como Esposa del Cordero (Ap. 19, 6 ss.). Con todo, en el v. 16 y en 12, 22 vemos que los patriarcas están llamados a la Jerusalén celestial (Ap. 21, 2 y 10). Cf. 10, 25 y notas; 13, 14. Son éstos puntos de escatología, muy difíciles de precisar, que envuelven el misterio de Israel como Esposa de Yahvé y de la Iglesia como Esposa de Cristo, y que Dios parece haber dejado en el arcano (Ga. 6, 16 y nota) hasta el momento propicio en que se han de entender (Jr. 30, 24; Dn. 12, 4 y 9). Compárese al respecto el misterio de los siete truenos (Ap. 10, 4) que es el único que a S. Juan se le mandó sellar (Ap. 22, 10), por lo cual parecería lógico suponer que en él se encierra la llave para la plena inteligencia del plan de Dios según esa grande y definitiva profecía del Nuevo Testamento. Entretanto, algo parece cierto y es: que si el Cordero que subió a lo más alto de los cielos (Ef. 1, 20) será la lumbrera que ilumine la Jerusalén celestial (Ap. 21, 23), los que estemos incorporados a Él (Jn. 14, 3) como su Cuerpo místico (Ef. 1, 23) asimilados “al cuerpo de su gloria” (Fil. 3, 20 s.), tendremos en Él una bendición superior a toda otra. Cf. Jn. 17, 24 y nota.

 

HEBREOS 12

1 ss. Siguiendo el ejemplo de tan grandes santos que supieron evadirse de sí mismos (11, 27 y nota), pongamos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe. Véase al respecto Sal. 118, 37 y nota y la introducción al Libro de la Sabiduría.

6 s. Todo este pasaje es el más eficaz consuelo en las pruebas de esta vida. “No lleguemos a figuramos, dice S. Crisóstomo, que las aflicciones sean una prueba de que Dios nos ha abandonado y de que nos desprecia, pues son, al contrario, la señal más manifiesta de que Dios se ocupa de nosotros; porque nos purifica de nuestros vicios, y nos facilita los medios de merecer su gracia y protección”. Cf. nuestro estudio sobre “Job, el libro del consuelo”.  

11. Cf. 2 Co. 4, 17 s.; Sb. 3, 5; Jn. 16, 20; 1 Pe. 1, 6; St. 3, 18; Is. 35, 3; Job. 4, 4.

12. Cf. Is. 35, 3 ss., de donde está tomada la cita.

13. Los lectores de la carta andaban claudicando entre judaísmo y cristianismo (1, 1 y nota). Por lo cual les amonesta a marchar directamente hacia el fin, que es la salvación en Jesucristo.

14. Vemos una vez más que, para Pablo, la santidad es en el cristiano el estado normal y necesario. Véase 1 Ts. 4, 8 y nota.

16 s. Cf. Gn. 27, 38. No pudo cambiar (v. 17), esto es: Esaú no pudo mover a su padre Isaac a que se arrepintiese de la bendición dada a Jacob ni volviese sobre sus pasos. El desprecio de la privilegiada elección de Dios que significaba la primogenitura (v. 23), es lo que más ofende al amor (Ct. 8, 6 y nota). Véase en Revista Bíblica Nº 39, pág. 29, un estudio intitulado “Primogenitura”, sobre este caso de Esaú.

18 ss. Recuerda los acontecimientos tremendos que se produjeron cuando la manifestación de Dios en el monte Sinaí. Vemos cuánto más suave o la Ley de gracia y de amor traída por Jesús, y cuánto debemos apreciar las palabras de confianza que se nos dan en el Evangelio. Así también es mayor la responsabilidad del que las conculca (10, 29) o las menosprecia desdeñando escucharlas (Jn. 12, 47-48). Cf. v. 25.

22. “El Apóstol señala sucesivamente el teatro de la Nueva Alianza (v. 22) y las promesas que ella aporta (vv. 22-24)... Sobre las promesas gloriosas vinculadas a Sión y a Jerusalén, cf. Sal. 2, 6; 47, 2; 77, 68 ss.; 124, 1; Is. 52, 1; Mi. 4, 7; Ga. 4, 26; Ap. 21, 2 y 10, etc.” (Fillion). Véase el paso del Sinaí al Sión en Sal. 67, 18 y nota.

23. Primogénitos: cf. v. 16 y nota. Según algunos, los justos del Antiguo Testamento. Según Fillion, todos los fieles, porque “en la familia cristiana todos los hijos son primogénitos; pues participan todos de las mismas ventajas, que son la realeza y el sacerdocio”. Véase 1 Pe. 2, 9; Ap. 1, 6; 5, 10 etc.

24. La sangre de Abel clamaba venganza (11, 4; Gn. 4, 10); la sangre de Cristo, en cambio, pide perdón y misericordia, porque es también sangre de una alianza (9, 18; 13, 11 s.) pero mejor que la antigua. Cf. 8, 6; 13, 20 y nota

25. Vemos que la condenación de aquéllos se funda en que no quisieron oír la Palabra. Gran lección para nosotros. El que no oye la divina Palabra no puede amar a Dios, pues no lo conoce. Y si no lo ama, no puede cumplir sus mandamientos (Jn. 14, 23 s.). Leamos, pues, esa carta (la Sagrada Escritura) que Dios –dice S. Gregorio– escribió al género humano; oigamos atentos el Mensaje que Él nos mandó por medio de su Hijo, para que no se apague nuestro amor. Cf. v. 18 ss. y nota; 1 Sam. 12, 15; Jr. 6, 10; 7, 23; Os. 9, 7 y nota; Jn. 12, 48.

26 s. Cita de Ag. 2, 6, según los Setenta, que, coincide con el texto hebreo. En la Vulgata es Ag. 2, 7 (véase allí la nota). El Apóstol acentúa las palabras “una vez todavía” queriendo mostrar a los hebreos que los bienes definitivos que Israel esperaba del Mesías, a quien luego rechazó (cf. Is. 35, 5 y nota), se cumplirán plenamente en Cristo resucitado (13, 20; Hch. 3, 22 y notas). Para entender bien este pasaje, que es la conclusión de todo lo que precede, véase 8, 4; 10, 38 y nota. Cf. Is. 13, 13; Ez. 21, 27; Jl. 3, 16; Mt. 24, 29; 2 Pe. 3, 10 s. Reino inconmovible (v. 28): De él habla el Credo: “cuyo Reino no tendrá fin”.

28. Tengamos gratitud (así el Crisóstomo). Cf. 13, 15 y nota, donde se habla también del culto agradable a Dios en el sentido de alabanza, fruto de la gratitud. Otros vierten: retengamos la gracia (cf. v. 15).

29. Dios consume como un fuego a sus amigos, para fundirlos consigo; a sus enemigos, para destruirlos. Cf. Dt. 4, 24; 9, 3; Is. 33, 14, etc.

 

HEBREOS 13

2. Alude a Abrahán, Tobías y otros, de los que la Biblia narra que hospedaron a ángeles (Gn. 18, 2 ss.; 19, 1 ss.; etc.). Cf. 1 Pe. 4, 9; Rm. 12, 13; Fil. 2, 14, etc.

3. Consecuencia de la caridad fraterna (v. 1) es acordarse de los que sufren y estar con ellos en espíritu, como hacía S. Pablo (2 Co. 11, 29). Y después de hacer por ellos cuanto el Señor nos muestra (Ef. 2, 10) hemos de saber que no está en nuestra mano el suprimir de la tierra los dolores –sin duda necesarios para prueba de la fe (1 Pe. 1, 6 s.)– y así, sin perder la paz y la alegría, encomendaremos al Padre celestial, según las intenciones de Cristo, a esos hermanos doloridos y desdichados que sufren a ejemplo de Él (1 Pe. 2, 21; 3, 14; 4, 14) y cuya existencia nos consuela a su vez en las pruebas nuestras.

4. Es decir, todos honren el matrimonio respetando el tálamo, sea propio o ajeno, para no ser fornicarios o adúlteros. No puede sostenerse la interpretación de algunos disidentes, según la cual el matrimonio debe ser obligatorio para todos (cf. Tm. 3, 2; Tt. 1, 6). Porque, si bien S. Pablo condena a los que prohíben el matrimonio como si fuese pecado (1 Tm. 4, 3; 1 Co. 7, 25), no es menos cierto que el mismo Apóstol aconseja la virginidad como más conveniente (1 Co. 7, 27 ss.) y el Señor nos enseña que, aunque no todos lo entienden, hay eunucos que se hacen tales a causa del Reino de los cielos (Mt. 19, 12).

5. Cf. Dt. 31, 6; 1 Cro. 28, 20; Jos. 1, 5. Cf. Sal. 33, 4 s.; Fil. 4, 19.

6. Cita del Sal. 117, 6. Este salmo contiene las grandes esperanzas de Israel y Jesús lo cita también en su despedida del Templo (Mt. 23, 39 y nota).

7. Cf. v. 17 y 24. Las expresiones acordaos y fin de su vida muestran que se refiere a los primeros apóstoles, ya mártires entonces, como Esteban (Hch. 7) y Santiago (Hch. 12, 1 s.). El Apóstol destaca una vez más como distintivo y mérito esencial de los pastores el haber transmitido la Palabra de Dios (Hch. 6, 2 y nota). “Mucho se debe a aquellos de quienes se ha recibido la palabra evangélica” (Fillion). Cf. 1 Ts. 5, 12 s.; 1 Pe. 4, 11.

8 s. Si Cristo siempre es el mismo, su Evangelio es invariable, y también las tradiciones apostólicas (1 Tm. 6, 20; Ga. 1, 8 ss. y notas). “Es, pues, falso que se deba modernizar la doctrina de Cristo, y adaptar su mensaje, esencialmente sobrenatural, a una propaganda puramente sociológica o política, como si el Señor fuese un pensador a la manera de tantos otros que se ocuparon de cosas temporales, y no un Profeta divino que nos llamó de parte del Padre a su Reino eterno, prometiendo darnos lo demás por añadidura y dejando al César el reino de este mundo” Cf. Mt. 6, 33; 22, 21; Lc. 12, 14; Jn. 18, 36; 2 Tm. 2, 4, etc.

9. Advertencia semejante a la que hace a los gentiles en 1 Co. 10, 14. Cf. nota.

10. Tenemos un altar: Pirot, refiriéndose a la opinión de los que ven aquí la mesa eucarística, dice: “Es no tener en cuenta la doctrina general de la Epístola, para la cual el sacrificio cristiano es siempre el Sacrificio de la Cruz”. Y añade que los vv. siguientes son la explicación del presente. En efecto, el v. 15 (cf. nota) habla de que ofrezcamos “un continuo sacrificio de alabanza”, y que ello sea por medio de Jesús. Y que sea “fuera del campamento” (v. 13). ¿Cuál es ese campamento? Este mundo, “porque aquí no tenemos ciudad permanente sino que buscamos la futura” (v. 14) es decir, el cielo, donde está desde ahora nuestra habitación (Ef. 2, 6; Fil. 3, 20; Col. 3, 1-3). Así, pues, las Palabras tenemos un altar corresponden a las anteriores: “Tenemos un Pontífice... en los cielos, Ministro del Santuario” (8, 1 s.) al cual Santuario “tenemos libre acceso” por la sangre de Jesús (10, 19), y allí “tenemos un gran Sacerdote sobre la casa de Dios” (10, 21) al cual hemos de llegarnos confiadamente (10, 22). No es otra la opinión de S. Tomás, pues dice: “Este altar, o es la cruz de Cristo en la cual Él se inmoló por nosotros, o es el mismo Cristo en el cual y por el cual ofrecemos nuestras preces”.

12. Fuera de la puerta: el Calvario quedaba entonces fuera del recinto de Jerusalén (Mt. 27, 32; Jn. 19, 17 y 20), esto es, dice Teodoreto, fuera del sistema teocrático.

13. Alusión al “macho cabrío emisario” que simbólicamente llevaba los pecados del pueblo al desierto en el gran día de la Expiación. Salgan así también de su pueblo los hebreos cristianos, disponiéndose a separarse de quienes en Israel no acepten el nuevo sacrificio redentor de Cristo. Este es tal vez el misterioso sentido del Sal. 44, 11 s., cuando dice: Abandona la casa de tu padre, etc. Llevando su oprobio; porque los judíos cristianos eran despreciados por sus compatriotas, como lo fue el Maestro (10, 32 ss.; 11, 26; 12, 11). Cuando recordamos la Pasión de Jesús, sentimos que nada puede ser más deseable para el corazón que ser humillado en compañía del divino Rey escupido, abofeteado y coronado como rey de burlas. Cf. Fil. 2, 7 y nota, Hch. 5, 41.

14. La futura: Alude sin duda a la Jerusalén celestial, como vimos en 11, 40 y nota. Allí está escondida nuestra vida que es Cristo (Col. 3, 4). De allí esperamos que Él venga y en eso ha de consistir nuestra conversación (Fil. 3, 20 s.). Eso hemos de buscar (Col. 3, 1 s.) y saborear anticipadamente en esperanza (Tt. 2, 13). Véase en Jr. 35, 7 ss. el ejemplo de los Recabitas que vivían como peregrinos en la tierra. Cf. 11, 14 y nota.

15. He aquí para todos una gran luz acerca de la oración: El sacrificio de alabanza es lo propio de todo creyente, sacerdote en cierto modo, según enseña San Pedro (1 Pe. 2, 4 ss.); y hemos de ofrecerlo continuadamente y por medio de Él, pues es el Sacerdote del Santuario celestial (5, 9; 6, 20; 7, 24 s.; 8, 2; 9, 11 y 24; 10, 19 s.). Cf. v. 10; Rm. 12, 1 y notas. Dios se digna recibir nuestra alabanza como un obsequio precioso (Sal. 49, 23 y nota; 68, 31 s.). Y no es porque su infinita Majestad divina tenga nada que ganar con que lo alabemos, sino porque ello es, para nosotros y para nuestro bien, el mayor acto de justicia y santidad que podemos hacer: alabar al Único que es digno de alabanza (Sal. 148, 13; Rm. 16, 27 y notas), y tal será el lenguaje de los santos el día de la glorificación final de Cristo (Sal. 149, 6). De ahí que la patente señal del extravío del mundo sea –aunque él naturalmente no lo cree así– haber sustituido la alabanza de Dios por la de los hombres. Tal será el sumo pecado del Anticristo y el misterio de la iniquidad: ocupar el hombre el lugar de Dios como quiso Lucifer (2 Ts. 2, 6 ss.; Is. 14, 12-15 y notas).

17. Como observa Fillion, el v. 7 se refiere a los pastores antiguos, y éste a los de entonces.

19. Esta referencia personal y la mención de Timoteo (v. 23) muestran bien que la Epístola es de S. Pablo aunque no lleve su firma.

20. Alusión a la promesa de Ez. 34, 25 (véase allí la nota). Jesús anunció en Jn. 10, 12 que el buen Pastor pone la vida por sus ovejas y en Lc. 22, 20 enseñó que la Nueva Alianza era en su Sangre derramada. Ahora vemos cómo esa función de “Pastor y Obispo de las almas” (1 Pe. 2, 25), que Cristo resucitado asumirá en la Nueva Alianza (1 Pe. 5, 4), se funda en la sangre que derramó. Fillion hace notar que el epíteto eterna, aplicado a esta alianza, resume lo que el Apóstol ha dicho antes en 8, 8 ss. y 12, 26 s. Merk cita además los siguientes lugares: Is. 63, 11; Za. 9, 11; Is. 55, 3; Jr. 32, 4 y Ez. 37, 26.

21. Es, pues, Dios quien nos hace capaces de cumplir su propia voluntad. Véase Fil. 2, 13; Rm. 5, 5; Judas 24, etc. Hasta entonces los hebreos ignoraban esto, pues no contaban con la Sangre redentora de Cristo (v. 10 ss. y nota). Lo mismo reprocha S. Pablo a los gentiles de Galacia (Ga. 3, 1 ss. y notas), y aun podría reprocharlo a muchos de nosotros cuando piramos a Jesús como un simple moralista, ignorando el misterio de la Redención o inutilizando los méritos que Él nos ganó (Ga. 2, 21), con lo cual, imposibilitados de amar a Cristo porque no tenemos conciencia de lo que le debemos, no pensamos en la amistad con Él y sólo nos preocupamos como el fariseo del Templo (Lc. 18, 9 ss.) de elaborar presuntuosamente virtudes propias como si eso fuera posible sin Él (Jn. 15, 5; cf. Mc. 7; 4 y nota). En la Sagrada Escritura la palabra virtud es aplicada a Dios, pues significa fuerza, y a Él le corresponde plenamente, porque “nadie es bueno sino sólo Dios” (Lc. 18, 19). Cf. Lc. 1, 35; 5, 17; 6, 19; Hch. 8, 10; Rm. 1, 16 y 20; 1 Co. 1, 18; 2 Co. 12, 9, etc.

23. Sabed, etc. Según Santo Tomás, el Apóstol quiere decir a los hebreos que reciban a Timoteo con benevolencia, tanto más cuanto que había sido circuncidado no obstante ser hijo de padre gentil (Hch. 16, 3).

24. Se refiere a los apóstoles aun vivientes (cf. vv. 7 y 17) y a todos los hebreos creyentes. ¿Quiénes serían? Es un punto digno de meditación el que de tantos discípulos directos del Señor incluso los 72 primeros, entre los cuales ha de haber tantas almas escogidas, no nos haya quedado memoria alguna. No anunció Jesús que sus amigos tendrían gloria aquí abajo.