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LAS CARTAS DE SAN PABLO
NOTA INTRODUCTORIA
Saulo, que después de convertido se llamó Pablo –esto es, “pequeño”–, nació en Tarso de Cilicia, tal vez en el mismo año que Jesús, aunque no lo conoció mientras vivía el Señor. Sus padres, judíos de la tribu de Benjamín (Rm. 11, 1; Fil. 3, 5), le educaron en la afición a la Ley, entregándolo a uno de los más célebres doctores, Gamaliel, en cuya escuela el fervoroso discípulo se compenetró de las doctrinas de los escribas y fariseos, cuyos ideales defendió con sincera pasión mientras ignoraba el misterio de Cristo. No contento con su formación en las disciplinas de la Ley, aprendió también el oficio de tejedor, para ganarse la vida con sus propias manos. El Libro de los “Hechos” relata cómo, durante sus viajes apostólicos, trabajaba en eso “de día y de noche”, según él mismo lo proclama varias veces como ejemplo y constancia de que no era una carga para las iglesias (véase Hch. 18, 3 y nota).
Las tradiciones humanas de su casa y su escuela, y el celo farisaico por la Ley, hicieron de Pablo un apasionado sectario, que se creía obligado a entregarse en persona a perseguir a los discípulos de Jesús. No sólo presenció activamente la lapidación de San Esteban, sino que, ardiendo de fanatismo, se encaminó a Damasco, para organizar allí la persecución contra el nombre cristiano. Mas en el camino de Damasco lo esperaba la gracia divina para convertirlo en el más fiel campeón y doctor de esa gracia que de tal modo había obrado en él. Fue Jesús mismo, el Perseguido, quien –mostrándole que era más fuerte que él– domó su celo desenfrenado y lo transformó en un instrumento sin igual para la predicación del Evangelio y la propagación del Reino de Dios como “Luz revelada a los gentiles”.
Desde Damasco fue Pablo al desierto de Arabia (Ga. 1, 17) a fin de prepararse, en la soledad, para esa misión apostólica. Volvió a Damasco, y después de haber tomado contacto en Jerusalén con el Príncipe de los Apóstoles, regresó a su patria hasta que su compañero Bernabé le condujo a Antioquía, donde tuvo oportunidad para mostrar su fervor en la causa de los gentiles y la doctrina de la Nueva Ley “del Espíritu de vida” que trajo Jesucristo para librarnos de la esclavitud de la antigua Ley. Hizo en adelante tres grandes viajes apostólicos, que su discípulo San Lucas refiere en los “Hechos” y que sirvieron de base para la conquista de todo un mundo.
Terminado el tercer viaje, fue preso y conducido a Roma, donde sin duda recobró la libertad hacia el año 63, aunque desde entonces los últimos cuatro años de su vida están en la penumbra. Según parece, viajó a España (Rm. 15, 24 y 28) e hizo otro viaje a Oriente. Murió en Roma, decapitado por los verdugos de Nerón, el año 67, en el mismo día del martirio de San Pedro. Sus restos descansan en la basílica de San Pablo en Roma.
Los escritos paulinos son exclusivamente cartas, pero de tanto valor doctrinal y tanta profundidad sobrenatural como un Evangelio. Las enseñanzas de las Epístolas a los Romanos, a los Corintios, a los Efesios, y otras, constituyen, como dice San Juan Crisóstomo, una mina inagotable de oro, a la cual hemos de acudir en todas las circunstancias de la vida, debiendo frecuentarlas mucho hasta familiarizarnos con su lenguaje, porque su lectura –como dice San Jerónimo– nos recuerda más bien el trueno que el sonido de palabras.
San Pablo nos da a través de sus cartas un inmenso conocimiento de Cristo. No un conocimiento sistemático, sino un conocimiento espiritual que es lo que importa. Él es ante todo el Doctor de la Gracia, el que trata los temas siempre actuales del pecado y la justificación, del Cuerpo Místico, de la Ley y de la libertad, de la fe y de las obras, de la carne y del espíritu, de la predestinación y de la reprobación, del Reino de Cristo y su segunda Venida. Los escritores racionalistas o judíos como Klausner, que de buena fe encuentran diferencia entre el Mensaje del Maestro y la interpretación del apóstol, no han visto bien la inmensa trascendencia del rechazo que la sinagoga hizo de Cristo, enviado ante todo “a las ovejas perdidas de Israel” (Mt. 15, 24), en el tiempo del Evangelio, y del nuevo rechazo que el pueblo judío de la dispersión hizo de la predicación apostólica que les renovaba en Cristo resucitado las promesas de los antiguos Profetas; rechazo que trajo la ruptura con Israel y acarreó el paso de la salud a la gentilidad, seguido muy pronto por la tremenda destrucción del Templo, tal como lo había anunciado el Señor (Mt. 24).
No hemos de olvidar, pues, que San Pablo fue elegido por Dios para Apóstol de los gentiles (Hch. 13, 2 y 47; 26, 17 s.; Rm. 1, 5), es decir, de nosotros, hijos de paganos, antes “separados de la sociedad de Israel, extraños a las alianzas, sin esperanza en la promesa y sin Dios en este mundo” (Ef. 2, 12), y que entramos en la salvación a causa de la incredulidad de Israel (véase Rm. 11, 11 ss.; cf. Hch. 28, 23 ss. y notas), siendo llamados al nuevo y gran misterio del Cuerpo Místico (Ef. 1, 22 s.; 3, 4-9; Col. 1, 26). De ahí que Pablo resulte también para nosotros, el grande e infalible intérprete de las Escrituras antiguas, principalmente de los Salmos y de los Profetas, citados por él a cada paso. Hay Salmos cuyo discutido significado se fija gracias a las citas que San Pablo hace de ellos; por ejemplo, el Salmo 44, del cual el apóstol nos enseña que es nada menos que el elogio lírico de Cristo triunfante, hecho por boca del divino Padre (véase Hb. 1, 8 s.). Lo mismo puede decirse de Sal. 2, 7; 109, 4, etc.
El canon contiene 14 Epístolas que llevan el nombre del gran apóstol de los gentiles, incluso la destinada a los Hebreos. Algunas otras parecen haberse perdido (1 Co. 5, 9; Col. 4, 16).
La sucesión de las Epístolas paulinas en el canon, no obedece al orden cronológico, sino más bien a la importancia y al prestigio de sus destinatarios. La de los Hebreos, como dice Chaine, si fue agregada al final de Pablo y no entre las “católicas”, fue a causa de su origen, pero ello no implica necesariamente que sea posterior a las otras.
En cuanto a las fechas y lugar de la composición de cada una, remitimos al lector a las indicaciones que damos en las notas iniciales.
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GÁLATAS 1
1. Los habitantes de Galacia, provincia del Asia Menor, fueron ganados al Evangelio por S. Pablo en su segundo y tercer viaje apostólico. Poco después llegaron judíos o judío-cristianos que les enseñaban “otro Evangelio” es decir, un Jesucristo deformado y estéril, exigiendo que se circuncidasen y cumpliesen la Ley mosaica, y pretendiendo que el hombre es capaz de salvarse por sus obras, sin la gracia de Cristo. Además sembraban desconfianza contra el Apóstol, diciendo que él no había sido autorizado por las primeros Apóstoles y que su doctrina no estaba en armonía con la de aquéllos. Para combatir la confusión causada por esos doctores judaizantes; S. Pablo escribió esta carta probablemente desde Éfeso, según sude creerse, entre los años 49 y 55 (cf. 2, 1 y nota). Su doctrina principal es: El cristiano se salva por la fe en Jesucristo, y no por la Ley mosaica.
4. Este siglo malo: Es ésta una de las orientaciones básicas de la espiritualidad que nos enseña la Escritura en oposición al mundo. Jesús nos la hace recordar continuamente al darnos la afanosa petición del Padrenuestro: “venga tu Reino” (Mt. 6, 10), protesta ésta que los cristianos del siglo I parafraseaban diciendo en la Didajé, al rogar por la Iglesia: “reúnela santificada en tu Reino... Pase este mundo. Venga la gracia”. “Este mundo” es pues este siglo malo, con el cual no hemos de estar nunca conformes (Rm. 12, 2), porque en él tiene su reino Satanás (Jn. 14, 30 y nota); en él serán perseguidos los discípulos de Cristo (Jn. 15, 18 y nota) y en él la cizaña estará ahogando el trigo hasta que venga Jesús (Mt. 13, 30) y no encuentre la fe en la tierra (Lc. 18, 8); pues Él no vendrá sin que antes prevalezca la apostasía y se revele el Anticristo (2 Ts. 2, 3 ss.), a quien Jesús destruirá con la manifestación de su Parusía” (ibíd. 8). Nunca podrá, pues, triunfar su Reino mientras no sea quitado el poder de Satanás (Ap. 20, 1 ss.) y Cristo celebre las Bodas con su Iglesia (Ap. 19, 7), libre ya de toda arruga (Ef. 5, 27; Ap. 19, 8), después de la derrota del Anticristo (Ap. 19, 11-20), cuando la cizaña haya sido cortada (Mt. 13, 39-40), los peces malos estén separados de los buenos (Mt. 13, 47 ss.) y sea expulsado del banquete el que no tiene traje nupcial (Mt. 22, 11 ss.). Tal es la dichosa esperanza del cristiano (Tt. 2, 13) sin la cual nada puede satisfacerle ni ilusionarle sobre el triunfo del bien (Ap. 13, 7; 16, 9 y 11). Tal es lo que el Espíritu Santo y la Iglesia novia dicen y anhelan hoy, llamando al Esposo: “El Espíritu y la novia dicen; Ven... Ven Señor Jesús” (Ap. 22, 17 y 20), mientras lo aguardamos con ansia en este siglo malo, llevando, según S. Pedro, las esperanzas proféticas como antorcha que nos alumbra en este “lugar obscuro” (2 Pe. 1, 19). Cf. 1 Tm. 6, 13 y nota.
8. El Evangelio no debe ser acomodado al siglo so pretexto de adaptación. La verdad no es condescendiente sino intransigente. El mismo Señor nos previene contra los falsos Cristos (Mt. 24, 24), los lobos con piel de oveja (Mt. 7, 15, etc.), y también S. Pablo contra los falsos apóstoles de Cristo (2 Co. 11, 13) y los falsos doctores con apariencia de piedad (2 Tm. 3, 1-5). Es de admirar la libertad de espíritu que el Apóstol nos impone al decirnos que ni siquiera un ángel debe movernos de la fe que él enseñó a cada uno con sus palabras inspiradas. Véase 2 Co. 11, 14; 13, 5 y nota. Cf. 2, 4 ss.
10. Es decir, que la mínima parte de gloria que pretendiésemos para nosotros mismos, bastaría para falsear totalmente nuestro apostolado y convertirnos por tanto en instrumento de Satanás. De ahí la gran preocupación que S. Pablo muestra a este respecto. Cf. Jn. 5, 44 y nota.
11. El orador sagrado, agrega aquí S. Jerónimo, está expuesto cada día al grave peligro de convertir, por una interpretación defectuosa, el Evangelio de Cristo en el evangelio del hombre. Cf. Sal. 11, 2; 16, 4; 1 Co. 15, 1; Tt. 1, 10; 3, 9 y notas.
12. S. Pablo va a destacar netamente su vocación excepcional y directa de Jesús. Cf. Ef. 3, 3.
15 ss. Habla de su predestinación al apostolado y a la predicación del Evangelio (Hch. 13, 2; Rm. 1, 1), para lo cual Dios lo tenía escogido y predestinado personalmente.
17. A Arabia: Debe entenderse que los tres años mencionados en el versículos siguiente, fueron los que pasó en Arabia, estudiando las Escrituras y recibiendo las instrucciones del mismo Jesucristo.
18. Para conversar con Cefas: no para instruirse, como observa S. Jerónimo, pues tenía consigo al mismo Autor de la predicación, sino para cambiar ideas con el primero de los Apóstoles. Véase 2, 1 ss.
19. Este Santiago, o Jacabo, Obispo de Jerusalén, era el Apóstol Santiago el Menor, hijo de Alfeo y María, hermana de la Santísima Virgen. Ya por eso se entiende que “hermano” significa aquí “pariente”.
24. Bien vemos por qué el Apóstol prefería gloriarse en sus miserias (2 Co. 11, 30). De ellas resultaba especial gloria para Dios, pues veían todos que lo sucedido en él no podía ser sino un prodigio de la gracia. Cf. Jn. 17, 10; Rm. 8, 28 y nota.
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GÁLATAS 2
1. Catorce años después de su conversión. Se trata tal vez del viaje al cual se refieren los Hechos en 11, 30 y 12, 25. Según ello, las conferencias que celebró entonces con los jefes de la Iglesia de Jerusalén, no deben confundirse con el Concilio de Jerusalén, el cual, según opinan varios exegetas, no tuvo lugar sino después de compuesta la Epístola a los Gálatas. La argumentación que hace S. Pablo exige que no pase inadvertido este segundo viaje efectuado a Jerusalén. De otra suerte no se explicaría que no haga mención alguna en esta Epístola del Concilio de Jerusalén, que resolvía la cuestión debatida, sino porque hasta ese momento no había tenido lugar (Crampon). Otros opinan, a la inversa, que estos catorce años no se contarían desde la conversión de Saulo, sino desde su viaje a Siria (1, 21), y que se trata aquí del viaje que S. Pablo y Bernabé hicieron para asistir al Concilio (Hch. 15, 2). La disidencia sobre este punto se vincula a la cuestión relativa a la fecha de la Epístola a los Gálalas, que varía, según las opiniones, desde el año 49 hasta después de la primera cautividad del Apóstol en Roma.
2. Los más autorizados eran los Apóstoles columnas (versículos 9): Pedro, Santiago y Juan, los cuales se habían convencido de que el Evangelio de Pablo estaba de acuerdo con el suyo. Por no correr: “No es que S. Pablo, instruido directamente por N. S. Jesucristo, sintiese la menor duda acerca de lo que él llama su Evangelio. Pero los judaizantes le discutían su legitimidad, y por eso él quería hacer cortar la cuestión por los apóstoles, a fin de mostrar que no había estado en error, y de no comprometer el fruto de su predicación futura” (Fillion). El resultado no pudo ser más consolador (v. 6-10).
4. Falsos hermanos: a saber, judío-cristianos, que decían que la circuncisión era necesaria para todos los cristianos. La libertad: la derogación de la Ley mosaica para los que creen en Cristo. La servidumbre: la sumisión a la Ley, mediante la cual querían impedir la predicación de S. Pablo (v. 5; 5, 9 notas). Cf. Hch. 15, 1 y 24.
5. Como observa Fillion, el Apóstol se apresura a añadir que mantuvo con vigor los derechos de la verdad, siguiendo el ejemplo de su divino Maestro (2 Co. 7, 8; 1 Ts. 2, 17; Flm. 15).
6. No acepta cara de hombre; es decir, no hace acepción de personas. Cf. St. 2, 1 s. y nota.
8. Era el mismo Cristo quien había instituido a ambos, por diversos modos. ¿Quién podría rectificarlo a Él? Por lo demás, la vocación de Pablo hacia los gentiles (Hch. 9, 15) no le impidió evangelizar también a los judíos, así como Pedro fue el primero en admitir a los gentiles en la Iglesia (Hch. cap. 10).
9. S. Pablo nombra a Santiago antes que a Pedro probablemente porque aquél era el que más se había caracterizado en su celo por la Ley, (v. 12: Hch. 21, 19 ss.). Nótese sin embargo que eso no le impidió su gran actuación en el Concilio de Jerusalén, para resolver precisamente esta cuestión (Hch. 15, 13 ss.).
11. En Antioquía se había levantado una disputa entre Cefas (Pedro) y Pablo, porque aquél se retiró de la mesa de los cristianos gentiles, para no escandalizar a los judío-cristianos. S. Pablo no tardó en censurar tal proceder como inconsecuente y peligroso. A esta escena (que algunos suponen ocurrida en la época señalada en Hch. 15, 35 ss.) se refiere el Apóstol en el siguiente discurso que dirige públicamente a S. Pedro, señalándole la contradicción con su propia conducta, dictada por la idea fundamental de que los preceptos rituales de la Ley mosaica habían perdido su valor para los cristianos, y recordando sin duda la Palabra del Maestro contra toda levadura de doblez (Lc. 12, 1). S. Agustín, comentando este pasaje en una de sus Epístolas, alaba a ambos apóstoles: a Pablo por su franqueza, a Pedro por la humildad con que acepta el reproche del “queridísimo hermano Pablo”, cuya sabiduría celestial alaba en 2 Pe. 3, 15. El mismo Doctor de Nipona reprende a S. Jerónimo que explicaba este encuentro como maniobra táctica convenida de antemano entre los dos apóstoles con el fin de aclarar la verdad, y le dice que Dios no necesita de nuestras ficciones. Digno de reprensión: algunos traducen: criticado (por los fieles).
14. No andaban rectamente: No se trataba de un error de doctrina. Más aún, “todo judío convertido tenía el derecho de observar la Ley. Lo que S. Pablo censura es la duplicidad en la conducta, tratándose del Jefe de la Iglesia, que podía inducir a error a las almas”. Fillión hace notar que el discurso de Pablo a Pedro no termina en este v., sino que continúa basta el v. 21, como se ve en el v. 15, el cual no puede dirigirse a los gálatas, pues ellos no eran judíos sino paganos de nacimiento. “Las palabras ¿cómo obligas a los gentiles a judaizar? podrían repetirse como un refrán al final de cada uno de los versículos que siguen”.
16. Las obras de la Ley no tenían por sí mismas la virtud de salvar al hombre porque el proceso de la justificación es obra de la gracia y de la fe en Jesucristo (3, 1 ss.; Rm. 3, 20 ss.: 4, 1 ss.). Las palabras finales son como un eco del Sal. 142, 2.
17. Es decir: ¿qué te importa que te llamen pecador contra la Ley por seguir a Cristo, si tú sabes que siguiéndolo a Él no puedes pecar? En cambio (v. 18) si tú vuelves a cumplir la Ley que habías abandonado, es como si confesaras que pecaste al abandonarla, lo cual no es verdad.
19 s. Si la misma Ley me dice que no tenía otro objeto más que el de llevarme a Cristo (3, 23 s.), que es el fin de la Ley, está claro que, gracias a la misma Ley estoy ahora libre de ella por la muerte de Cristo. Sus méritos se me aplican por la gracia como si yo estuviese con Él clavado en la Cruz, y muerto con Él a la Ley (cf. 3, 13 s.; Rm. 6, 3 ss.), de modo que si aun vivo (debiendo estar muerto), es el Resucitado quien me hace vivir de su propia vida, es decir, quien vive en mí mediante mi fe en Él (Ef. 3, 17), la cual es la vida del justo (3, 1). Me amó y se entregó por mi (v. 20): Todo entero por mí, y lo habría hecho aunque no hubiese nadie más. También ahora me mira constantemente (Ct. 7, 11 y nota), como si no tuviera a otro a quien amar. Es muy importante para nuestra vida espiritual el saber que “el amor de Cristo no pierde nada de su ternura al abarcar todas las almas, extendiéndose a todas las naciones y a todos los tiempos”. Véase Ct. 4, 1 y nota sobre la elección individual de cada alma. ¿Y por qué se entregó por mí? ¡Para llevarme a su propio lugar! (Jn. 14, 2 s.). La caridad más grande del Corazón de Cristo ha sido, sin duda alguna, el deseo de que su Padre nos amase tanto como a Él (Jn. 17, 26). Lo natural en el hombre es la envidia y el deseo de conservar sus privilegios. Y más aún en materia de amor, en que queremos ser los únicos. Jesús, al contrario de los otros, se empeña en dilapidar el tesoro de la divinidad que trae a manos llenas (Jn. 17, 22) y nos invita a vivir de Él por la fe (Jn. 1, 16; 15, 1 ss.) y por la Eucaristía (Jn. 6, 57), esa plenitud de vida divina, como Él la vive del Padre. Todo está en creerle (Jn. 6, 29), sin escandalizarnos de ese asombroso exceso de caridad (Jn. 6, 60 y nota), que llega hasta entregarse por nosotros a la muerte para poder proporcionarnos sus propios méritos y hacernos así vivir su misma vida divina de Hijo del Padre, como “Primogénito de muchos hermanos” (Rm. 8, 29). Cf. Ef. 1, 5 y nota.
21. No inutilizo la gracia de Dios: ¡Expresión de profunda elocuencia! No seré tan insensato como para desperdiciar semejante don de Dios. No soy tan opulento como para despreciar la salvación que el Hijo de Dios me ofrece a costa de toda su Sangre (1 Tm. 2, 6). Si el Padre quiere aplicarme gratis los méritos de su Hijo, que son infinitos, ¿acaso habría de decirle yo que no se incomode, y que prefiero tratar de ser bueno por mi propio esfuerzo? Tal soberbia, disfrazada de virtud, sería tanto más abominable cuanto que por sí mismo nadie es capaz de ser bueno aunque quiera, y las grandes promesas heroicas acaban siempre si Dios no nos ayuda ... en las tres grandes negaciones de Pedro. Esta es no solamente la espiritualidad de S. Pablo y la doctrina que él enseña (Rm. 3, 20 y 26; 10, 3; Fil. 3, 9), deducida del Evangelio (Mt. 9, 12 s.), sino que es también la espiritualidad de toda la Escritura. David la expresa a cada paso, y Job, además de ser consciente de que nadie puede aparecer justo ante Dios (Jb. 7, 21; 14, 4 y notas), añade que, aun cuando tuviese algo que alegar en su defensa, preferiría implorar la clemencia de su juez, porque “¿quién soy yo para poder contestarle y hablar con Él?” El que no piensa así, no ha entendido el misterio de la Redención y no puede decir que tiene fe en Jesucristo, el cual no vino a buscar a los que ya son justos, sino a los que necesitamos a Él para poder ser buenos (Hb. 7, 11). Gramatica cita aquí los cánones 16 y 21 del II Concilio Araus, del año 529.
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GÁLATAS 3
1. Empieza aquí la Parte dogmática de la carta, que comprende los capítulos 3 y 4. La propia experiencia debe demostrar a los gálatas, que recibieron la justificación sin las obras de la Ley, de lo cual son testimonio los carismas del Espíritu Santo que se derramaron sobre ellos.
3. Acabáis ahora en carne: ¿Cómo el esfuerzo del hombre caído podría ir más lejos que el Don redentor de Dios, de un valor infinito?
5. Una de las cosas más sorprendentes del Cristianismo, para el que lo mirase como una mera regla moral sin espiritualidad, es ver cuántas veces los reprobados por Dios son precisamente los que quieren multiplicar los preceptos, como los fariseos de austera y honorable apariencia. Toda esta Epístola a los gálatas, en que el Apóstol de Cristo parece escandaloso porque lucha por quitar preceptos en vez de ponerlos (2, 4 y 14; 5, 18 ss., etc.), es un ejemplo notable para comprender que lo esencial para el Evangelio está en nuestra espiritualidad, es decir, en la disposición de nuestro corazón para con Dios. Lo que Él quiere, como todo padre, es vernos en un estado de espíritu amistoso y filial para con Él, y de ese estado de confianza y de amor hace depender, como lo dice Jesús (Jn. 6, 29; 14, 23 s.), nuestra capacidad –que sólo de Él nos viene (Jn. 15, 5)– para cumplir la parte preceptiva de nuestra conducta. Desde el Antiguo Testamento, que aun ocultaba bajo el velo de las figuras los insondables misterios de su amor que el Padre había de revelarnos en Cristo (Ef. 3, 2 ss.), descubrimos ya, a cada paso, ese Dios paternal y espiritual cuya contemplación nos llena de gozo y que conquista nuestro corazón con la única fuerza que es capaz de hacernos despreciar al mundo: el amor. Véase, con sus respectivas notas. Jr. 23, 33; Is. 1, 11; 58, 2; 66, 2; Os. 6, 6; Mt. 7, 15; 12, 1 ss.; 23, 2 s. y 13 y 23 ss.; Mc. 7, 3 ss.; Lc. 11, 46; 13, 14; Jn. 4, 23 s.; 5, 10 ss.; 8, 3 ss.; 2 Co. 11, 13 ss.; Col. 2, 16 ss.; 1 Tm. 4, 3; 2 Tm. 3, 5, etc.
6. Véase Gn. 15, 6. Como en la Epístola a los Romanos, S. Pablo toma por ejemplo a Abrahán, a quien dio Dios la promesa para todos los pueblos, y el cual fue justificado no por la circuncisión, sino por la fe. Así como Abrahán recibió la santificación únicamente por la fe, así los verdaderos hijos de Abrahán son los que tienen la fe en Cristo. Cf. 4, 22 s.; Rm. 4, 3 ss., y notas.
8. Cf. Gn. 12, 3; 18, 18; Si. 44, 20; Hch. 3, 25.
10. Cf. Dt. 27, 26; St. 2, 10; Mt. 5, 19.
11. Cf. Hab. 2, 4; Rm. 1, 17; 3, 21 s.; Hb. 10, 38.
12. Cita de Lv. 18, 5. Como en realidad nadie fue capaz de cumplir la Ley, resultó que nadie pudo vivir por ella y todos cayeron en la maldición del versículos 10, salvo los que se justificaron por la fe en Jesucristo.
13. Para librarnos de la maldición se hizo Él maldición (cf. Dt. 21, 23). Esto muestra el abismo que significa la Redención de Cristo. Dios pudo perdonarnos gratis, pero el Hijo quiso devolverle toda la gloria accidental que el pecado le quitaba. Entonces no se limitó a pagar nuestra deuda como un tercero, sino que quiso sustituirse a nosotros de tal modo que Él fuese el pecador, y nosotros los inocentes, lavados por su Sangre. Cf. Ez. 4, 4 y nota.
16. Cf. Gn. 12, 7; 13, 15; 17, 7 s.; 22, 18; 24, 7.
17. Cf. Ex. 12, 40. Las promesas de Dios a Abrahán de santificar en él a todos los pueblos, son anteriores a la Ley. Anularlas por las prescripciones posteriores de ésta, sería contrario a la fidelidad de Dios, sería exigir un precio por lo que había ofrecido gratuitamente (v. 18).
19. Fue añadida. No olvidemos esta revelación que debe estar en la base de nuestra vida espiritual si queremos ser cristianos y no judaizantes: la Ley fue añadida a la promesa hasta que viniera el que había de cumplirla. Desde entonces lo prometido se da por la fe en Jesús (v. 22), es decir a los que, creyendo en Él, se hacen como Él hijos de Dios (4, 6; Jn. 1, 11 s.). Luego nuestra vida no es ya la del siervo que obedece a la Ley (4, 7) sino la del hijo y heredero que sirve por amor (1 Jn. 3, 1). El mediador de la Ley antigua fue Moisés; la promesa, empero, se dio a Abrahán, sin mediador, por Dios es, pues, superior a la Ley de Moisés. No se trata de un contrato bilateral, sino de una promesa espontánea.
22. La Escritura, etc.; Cf. Rm. 11, 32 y nota.
24. Nuestro ayo: nuestro instructor, por cuanto dio testimonio en favor de la fe (2, 19 s.) y no cesó de inculcar la necesidad de la fe. “Repara, dice el Crisóstomo, cuán fuerte y poderoso es el ingenio de Pablo, y con cuánta facilidad prueba lo que quiere. Pues aquí muestra que la fe no sólo no recibe daño ni descrédito alguno de la Ley, sino que ésta le sirve de ayuda, introductora y pedagoga, preparándole el camino”. Recordemos, empero, que en todo esto hay, más que el ingenio de Pablo, la sabiduría del Espíritu Santo.
26. “Nadie es hijo adoptivo de Dios, si no está unido al Hijo natural de Dios” (S. Tomás). Nótese aquí la necesidad de la filiación divina, cuyo sello es la fe. La Ley solamente preparaba para Cristo, pero no supo proporcionar en ningún momento la inserción [el injertarnos] en un tronco divino. El Antiguo Testamento no conocía la grandiosa idea del Cuerpo Místico, porque este misterio, reservado para la revelación de S. Pablo, estaba escondido de toda eternidad, aun para los ángeles. Cf. Ef. 3, 9 ss.; Col. 1, 25 ss. y notas.
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GÁLATAS 4
2 s. Antes de la venida de Jesucristo la humanidad necesitaba de un tutor puesto que todos sin excepción estaban caídos y esclavos del pecado (Sal. 24, 8 y nota). Los judíos tuvieron como ayo la Ley (cf. 3, 24), mas se hicieron esclavos de las fórmulas, y para ellos la Ley fue letra muerta, “letra que mata” (2 Co. 3, 6). También los paganos estaban sujetos a la rudimentaria sabiduría del mundo. Con Cristo nos llegó la libertad de los hijos de Dios (Jn. 8, 36; Mt. 16, 25), por la “Ley del espíritu de vida” (Rm. 8, 2).
4. Este versículo y el siguiente encierran toda la Cristología: la preexistencia eterna de Cristo, su venida en la plenitud del tiempo como Enviado de Dios, su nacimiento de la Virgen y sumisión a la Ley para redimirnos y hacernos partícipes de la filiación divina. Cf. Jn. 11, 51 s.; Rm. 15, 8 y notas.
6. Abba: voz aramaica que significa Padre. Así llamaba Jesús al Padre Celestial. Parece que los primeros cristianos conservaban este nombre como herencia sagrada, y así lo era para el mismo Cristo, que sintetizaba todas sus virtudes en ser un hijo ejemplar de su Padre; por eso vemos aquí que el Espíritu de Jesús es eminentemente un espíritu filial. Y como ese Espíritu de Él, que nos es dado, es el mismo Espíritu Santo (Rm. 5, 5) que nos hace hijos del Padre (Ef. 1, 5), es claro que el amor con que los hijos de Dios lo amamos a Él, no puede nacer en nosotros mismos, “hijos de ira” (Ef. 2, 3), siendo, como es, cosa esencialmente divina (1 Jn. 4, 8). Ese divino espíritu de amor, que se llama Espíritu Santo, es en el Padre, amor paternal, y en Jesús amor filial. El Padre es el gran dador, y sólo a Él está reservado ese amor de índole paterna, de protección, de generosidad, que da y nada recibe. A nosotros se nos da el mismo Espíritu de amor para que podamos corresponder al amor del Padre, y por eso no se nos da, claro está, como amor paternal, sino como amor filial, es decir, de gratitud, de reverencia, de gozo infantil. Así, pues, S. Pablo nos revela expresamente que recibimos de Dios Padre, gracias a la Redención del hijo que Él mismo nos dio (Jn. 3, 16), el Espíritu de ese Hijo que nos lleva a llamarlo Padre nuestro y santificar su Nombre, como Jesús lo llamó su “Padre Santo” (Jn. 17, 11; 20, 17), es decir, que nos permite amarlo como lo amó el mismo Jesús. Y ese amor filial, que fue la suma virtud de Jesús, es la infinita maravilla que Dios, nos da gratis con la sola condición de no despreciarlo (1 Ts. 4, 8 y nota). Bien vemos así cómo es verdad que desde ahora podemos vivir vida divina (2 Pe. 1, 4), que es vida eterna, incorporándonos, por la gracia, a esa misma vida de amor con que se aman entre sí las divinas Personas. Cf. 2 Co. 13, 13 y nota.
8. Sobre esta servidumbre contraria a la libertad cristiana, cf. 1 Co. 12, 2 y nota.
9. Habéis sido conocidos de Dios: Véase 1 Co. 13, 12 y nota.
10. Mantenéis la observancia de los días, etc.: Las fiestas de la Ley de Moisés, las neomenias, el año sabático, etc.
12. El Apóstol comienza a hablar con la ternura de una madre. Las fuertes censuras de los capítulos anteriores no eran más que expresión del amor a sus hijos espirituales, los gálatas.
13. En enfermedad de la carne: la enfermedad de que padecía el Apóstol y que le obligó a permanecer en Galacia (2 Co. 12, 7). Algunos piensan que era una enfermedad de la vista, por lo que dice en el v. 15 y por las grandes letras con que escribe cuando no tiene a quien dictar (6, 11).
16. Hay aquí todo un examen de conciencia sobre el apostolado, tanto para el predicador como para el oyente. Los Libros sapienciales nos muestran reiteradamente cómo el necio aborrece la enseñanza, no obstante la gran necesidad que tiene de ella, en tanto que el sabio, menos necesitado, la desea y la busca apasionadamente. El Apóstol recrimina a los “insensatos gálatas” (3, 1) que rechazan como un acto de enemistad sus esfuerzos henchidos de caridad por revelarles las maravillas de Cristo. Tal es la ingratitud que espera a los verdaderos apóstoles, según lo anunció Jesús. Cf. Sal. 16 y notas.
21 ss. Pasa a ilustrar nuevamente lo imperfecto del Antiguo Testamento, aludiendo a Agar y a Sara, Agar, la esclava, y su hijo Ismael, son los tipos de la Ley, la que no conoce más que la esclavitud. Sara, en cambio, es el tipo de la “Jerusalén de arriba” (v. 26), Esposa del Cordero (Ap. 19, 6-9; 21, 9 ss.; 22, 1 ss.). Esa es nuestra Madre. Su hijo es libre e hijo de la promesa de Dios, pero también objeto de persecución, así como Isaac fue perseguido por Ismael. Notable argumento. Los que pretendan invocar la Ley olvidan que ella misma no pretendía ser un fin sino un ayo para llevarnos a Cristo (3, 24).
25. Un monte en Arabia: La tradición judía localizaba el monte Sinaí más al norte del Sinaí actual, en la región de Farán y Seír, esto es, cerca del golfo de Akaba (Arabia). Allí nació la Ley, que simboliza a la Jerusalén actual. Cf. Ez. 25, 4 y nota.
27. Véase Is. 54, 1 y nota. El Profeta habla de la Jerusalén abandonada que será perdonada y fecunda. Lo mismo dice Os. 2, 1-23 de la Israel adúltera (cf. Mi. 5, 2), refiriéndose especialmente a las diez tribus del Norte. S. Pablo aplica en forma análoga esa expresión al paralelo que viene haciendo entre Agar, fecunda según la carne, y Sara, la que parecía estéril, y cuya fecundidad será grande, sobre todo espiritualmente, entre los hijos de Isaac según la promesa (v. 28), o sea los descendientes de Abrahán por la fe (cf. también Is. 54, 1 ss.). Estos serán hijos de la Jerusalén celestial (v. 26; Hb. 12, 22 s.), o sea de la libre (v. 30 s.), que el Apóstol contrapone a la Jerusalén actual. Es frecuente en la Escritura, como vemos en los textos citados, y especialmente en el Cantar de los Cantares, el misterio de Israel como esposa adúltera y perdonada por Yahvé. y el de la Iglesia como virgen prometida a un solo Esposo (2 Co. 11, 1 s.), el Cordero (Ap. 19, 6 ss.; Jn. 3, 29; Rm. 7, 4; Ef. 5, 23-27). Este misterio, unido sin duda al de los hijos de Dios (3, 26 y nota; Jn. 10, 16; 11, 51 s.; Ef. 1, 5; Ap. 21, 7) y al del pueblo “escogido para su Nombre de entre los gentiles” (Hch. 15, 14), aparece por dos veces descubierto al final del Apocalipsis, donde Juan ve “la ciudad santa, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, preparada como una novia engalanada para su esposo” (Ap. 21, 2), y más adelante el ángel le dice: “Ven y te mostraré la novia, la Esposa del Cordero”, y le muestra, desde un monte grande y elevado, “la ciudad santa de Jerusalén que descendía del cielo y venía de Dios, con la gloria de Dios” (Ap. 21, 9 ss.), de la cual hace entonces S. Juan una maravillosa descripción. Cf. sobre el Israel de Dios, 6, 16 y nota.
30. Cf. Gn. 21, 10. En todo este párrafo Agar representa la Ley antigua, y Sara e Isaac, la Ley de Cristo, el Evangelio.
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GÁLATAS 5
1. Insiste el Apóstol en que no hemos de perder la libertad que nos ganó Cristo con su gracia. Los que se circuncidan, se someten a la Ley, y no tienen parte en Cristo ni en la gracia redentora.
2. Es decir que la rectitud está en aceptar y amar la verdad tal como ella es, sin querer imponerle condiciones. La sabiduría está en descubrir que esa verdad consiste en la aceptación gustosa de nuestra nada propia, para recibir en cambio el todo, gracias a la generosísima Redención de Cristo.
4. La santidad no consiste, pues, en hacer tales o cuales cosas, sino en estar unido a Jesús (Jn. 15, 1 ss.). Estando con Él no podemos sino hacer lo mejor y con la ventaja de que en todo quedará honrado Él, de cuya plenitud todos recibimos (Jn. 1, 16), y no correremos peligro de creer, como el fariseo, que nuestras obras se deben a méritos propios, en cuyo caso sería mucho mejor no haberlas hecho.
6. La fe obra por el amor, esto es: las obras del verdadero amor brotan espontáneamente del verdadero conocimiento. “No sería tan grande la osadía de los malos, ni habría sembrado tantas ruinas, si hubiese estado más firme y arraigada en el pecho de muchos la fe que obra por medio de la caridad, ni habría caído tan generalmente la observancia de las leyes dadas al hombre por Dios” (León XIII, en la Encíclica “Sapientia Christiana”). Cf. 2 Ts. 1, 11; 1 Tm. 5, 8; St. 2, 22; 2 Pe. 1, 5; 1 Jn. 2, 24.
8. Porque Jesucristo no nos llamó para esclavitud sino para libertarnos mediante la verdad (v. 18 y nota; 2, 4). Cf. Jn. 8, 31 s.; 2 Co. 3, 17; 11, 10; St. 1, 25; 2, 12; Rm. 8, 15; 2 Tm. 1, 7, etc.
9. S. Pablo usa siempre la idea de la levadura en el sentido del fermento de corrupción y putrefacción, como lo hace el Ant. Testamento. “La razón principal que hacía proscribir el pan fermentado en la octava de Pascua y en las ofrendas (Ex. 29, 2; Lv. 2, 11; 7, 12; 8, 2; Nm. 6, 15) era que la fermentación es una manera de corrupción” (Vigouroux). Aquí la refiere S. Pablo, lo mismo que Jesús (Lc. 12, 1) a la levadura o hipocresía de los fariseos, que so capa de austeridad querían someter las almas al rigor de la Ley (Lc. 11, 46), para tenerlas en realidad sujetas a ellos mismos (2, 4 s.; 6, 12 s.). Contra ellos lucha S. Pablo denodadamente en toda esta Epístola, como lo hace en Corinto contra los “superapóstoles” (2 Co. 11, 5; 12, 11). Se le desacreditaba queriendo negarle autoridad legítima para predicar por el hecho de que su elección fuese tan extraordinaria, no figurando él entre los doce apóstoles del Evangelio, como si Cristo no tuviera el derecho y la libertad absoluta de elegir a quien quisiere y hacer de este antiguo perseguidor de la Iglesia el encargado de revelar los misterios más ocultos de nuestra fe (Ef. 3, 2-9). En 1 Co. 5, 6 la levadura no es como aquí un punto de falsa doctrina que llega a corromper toda nuestra fe, sino una persona que por su influencia corrompe a los que le rodean.
11. Parece que los adversarios decían que también el Apóstol predicaba la necesidad de la circuncisión, a lo cual éste contesta: Si yo hiciera tal cosa, los judíos no me perseguirían; pero entonces dejaría de ser escandaloso el misterio de la Cruz según él mismo lo había dicho tantas veces (1 Co. 1, 22 s.). La verdad es que S. Pablo circuncidó a Timoteo, por razones meramente prácticas (para que éste pudiese predicar en las sinagogas), y no porque creyese que la circuncisión era necesaria para la salud.
12. Frase sarcástica. El sentido, como anotan S. Justino, S. Jerónimo, S. Agustín, etc., es que se mutilasen del todo tales hombres que tanta importancia daban a esa pequeña operación de la carne.
13. Siervos unos de otros por la caridad: ¡Qué programa social! Vivir amándonos y sirviéndonos libremente por amor de Aquel que nos amó y nos lavó los pies (Jn. 13, 4 ss. y 14 ss.) y declaró que Él era nuestro sirviente (Lc. 22, 27 y nota). He aquí el gran motor, el único, para no servir “al ojo” (Ef. 6, 6 s.; Col. 3, 22), esto es para que esas expresiones que el mundo suele usar por cortesía: “servidor de usted”; “a sus órdenes”; “su seguro servidor”, etc., no sean una mentira, pues todos los mentirosos, dice el Apocalipsis (21, 27), quedarán fuera de la Jerusalén celestial (cf. 4, 27 y nota). Alguien ha hecho notar con acierto que no en vano el verbo “servir”, además del humilde sentido de ser siervo de otro, tiene también el honroso significado de ser eficaz. Porque el hombre que no es capaz de hacer un servicio a otro, es sin duda un hombre que no sirve para nada. Notemos que esta norma de santa servidumbre en materia de caridad la da S. Pablo a los gálatas después de haber insistido tanto por librarlos de toda servidumbre en materia de espíritu. Cf. v. 9 y nota.
14. ¿No bastaría este descubrimiento para inspirarnos la verdadera obsesión de la caridad fraterna? Cf. v. 6; Rm. 13, 8-10 y notas.
16. También el hombre redimido tiene que luchar con los apetitos de la carne, y eso será hasta el fin, pues en vano querríamos vencerla con la misma carne. S. Pablo nos descubre aquí el gran secreto: la venceremos si nos dejamos guiar filialmente por el Espíritu (v. 18; 4, 6; Rm. 8, 14; Lc. 11, 13 y notas). Él producirá en nosotros los frutos del Espíritu (v. 22) que se sobrepondrán a toda concupiscencia enemiga. Cf. Rm. 13, 14; 1 Pe. 2, 11.
18. El Espíritu Santo, que es espíritu de hijo, porque es también el Espíritu de Jesús, nos hace sentirnos, como Jesús, hijos del Padre (4, 6; Rm. 8, 14 s.; Jn. 20, 17) y serlo de verdad, como nacidos de Dios (3, 26; Jn. 1, 12 s.; 1 Jn. 3, 1), permaneciendo en nosotros la semilla de Dios, por la cual, dice resueltamente S. Juan, un tal hombre “no hace pecado” (1 Jn. 3, 9; 5, 18). De ahí que el que escucha la Palabra de Jesús y cree a Aquel que Dios ha enviado, “tiene la vida eterna y no viene a juicio, sino que ha pasado ya de muerte a vida” (Jn. 5, 24; 12, 47). Las leyes son para los delincuentes, dice S. Pablo (3, 19; 1 Tm. 1, 9), y ya lo había dicho David (Sal. 24, 8). Esto es, para el hombre simplemente natural, que no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios (1 Co. 2, 14). Los creyentes “no estamos bajo la Ley sino bajo la Gracia” (Rm. 7, 14 ss.).
22. Donde brotan los frutos del Espíritu, no es menester la Ley, la cual se dirige únicamente contra el pecado (v. 18 y nota). “La Ley amenazaba, no socorría; mandaba, no ayudaba” (S. Agustín). Este pasaje nos revela los frutos del Espíritu Santo, el cual es, como dice S. Crisóstomo, el lazo de nuestra unión con Cristo. El texto original sólo enumera nueve (y no doce como la Vulgata) y los llama en singular: “el fruto”, indicando, como observa Fillión, que todos salen del amor que es el primero.
25 s. Esto es: si tal es nuestra vida interior, tales serán nuestras actividades, mas nos previene el Apóstol que para ello el peor impedimento será el deseo de alabanza, cosa evidente, pues no podrá vivir según el Espíritu quien no se haya persuadido de su propia nada y miseria, detestando por tanto la alabanza. Cf. Jn. 5, 44 y nota.
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GÁLATAS 6
1. Con espíritu de mansedumbre: Pues cuando el pecador, dice S. Jerónimo, conociendo su llaga se entrega al médico para ser curado, entonces no es necesaria la vara, sino el espíritu de dulzura (Jn. 6, 37). Lo que ejecutaréis sin duda, añade S. Agustín, si reflexionáis que sois del mismo barro y que estáis expuestos a las mismas tentaciones y caídas. Véase lo indicado por Jesús en Mt. 18, 15 ss. Cf. 2 Co. 2, 5 y nota.
2. Basta recordar las palabras que Él dijo: “El precepto mío es, que os améis unos a otros, como Yo os he amado a vosotros” (Jn. 15, 12). ¿Y cómo nos amó Él? “Cargará con las iniquidades de ellos... llevaba sobre sí los pecados de todos e intercedía por los pecadores” (Is. 53, 11 s.).
3. Terminante afirmación de que todo hombre es nada. Peor aún, “ningún hombre tiene de propio más que la mentira y el pecado”, dice el segundo Concilio Arausicano (Denz. 195), pues la imagen y semejanza de Dios se perdió por el pecado original, y sólo la recupera en Cristo el hombre que renace de Él por el agua y por el Espíritu (5, 16; Jn. 3, 5), para lo cual es necesario negarse a sí mismo (Mt. 16, 24; Lc. 9, 23). Todo el horrible daño que la fe ha sufrido del orgullo humano le viene del olvido de esta doctrina elemental (Jn. 2, 24 y nota). Por donde quien creyese que el cristiano ha de ser un hombre orgulloso de sus cualidades personales, iría directamente contra la doctrina del santo Apóstol, pues la nada nunca puede estar orgullosa. Y si se trata de lo que hemos recibido por gracia de Cristo, no es sino mayor motivo para humillarnos, como hace la Virgen Santísima en Lc. 1, 48, pues de lo contrario se opondría también al Apóstol que dice: “¿Qué tienes tú que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieses recibido?” (1 Co. 4, 1).
6. Véase Rm. 16, 27; 1 Co. 9, 11; 2 Co. 8, 13 y nota.
10. Si toda verdadera caridad con el prójimo consiste en amarlo por amor de Cristo, es perfectamente comprensible que amemos más a los que son sus amigos. Cf. Si. 12, 1 ss. y notas.
11. Lo que sigue, lo escribió el Apóstol de propio puño y aun hace notar que lo hace en grandes letras como para dar más relieve a ese pasaje que es una recapitulación de toda la carta. Véase 5, 9 y nota.
15. Nueva creatura en Cristo, transformada por la gracia de siervo en hijo (5, 6; 2 Co. 5, 17; Jn. 3, 3). La Palabra tiene en ello, según Jesús, una parte esencial. Véase Jn. 15, 3 y 15; 6, 36; 8, 31 s.; 17, 17. Cf. Rm. 1, 16; St. 1, 21; 1 Pe. 1, 23.
16. El Israel de Dios: Concordante con lo dicho en el v. anterior sobre la nueva creatura, S. Pablo alude aquí a los que circuncidan su corazón y no su carne (Rm. 2, 29) y tienen la fe que tuvo Abrahán aun antes de ser circuncidado (Rm. 4, 12). Son, pues, todos los hijos de la promesa (4, 23), por oposición al Israel según la carne (1 Co. 10, 18; Rm. 9, 6-8); y los que por la fe en Jesús fueron hechos hijos de Dios (Jn. 1, 13). S. Pablo los menciona aquí junto a los gentiles cristianos de Galacia, a quienes escribe, como recordando a éstos que, no obstante cuanto les deja dicho contra los judaizantes, no se refiere a aquella parte fiel que formó el núcleo primitivo de la Iglesia de Dios, el olivo en que se hizo el injerto de los gentiles (Rm. 11, 17 ss.), Cf. Ef. 3, 6.
17. Recuerda, como dice S. Crisóstomo, las señales que dejaron en su cuerpo las heridas y golpes recibidos en las persecuciones. Por lo cual la autenticidad de su misión, tan evidente por su espíritu y por su ciencia de Dios (Ef. 3, 4), resultaba confirmada por esos signos exteriores de la persecución, que es el sello del verdadero apóstol (1 Co. 4, 9 ss.; 2 Co. 4, 11; 2 Tm. 3, 12. etc.). Muchos comentadores creen que S. Pablo llevaba los estigmas de Cristo, como más tarde S. Francisco de Asís, pero no parece ser éste el sentido del texto, y, como bien expresa Fillion, la palabra estigma, o marca de fuego llevada por los esclavos como señal indeleble del amo a que pertenecían, “nada tiene aquí de común con el fenómeno místico y patológico que se designa con tal nombre desde la edad media”.