LAS CARTAS DE SAN PABLO

NOTA INTRODUCTORIA

Saulo, que después de convertido se llamó Pablo –esto es, “pequeño”–, nació en Tarso de Cilicia, tal vez en el mismo año que Jesús, aunque no lo conoció mientras vivía el Señor. Sus padres, judíos de la tribu de Benjamín (Rm. 11, 1; Fil. 3, 5), le educaron en la afición a la Ley, entregándolo a uno de los más célebres doctores, Gamaliel, en cuya escuela el fervoroso discípulo se compenetró de las doctrinas de los escribas y fariseos, cuyos ideales defendió con sincera pasión mientras ignoraba el misterio de Cristo. No contento con su formación en las disciplinas de la Ley, aprendió también el oficio de tejedor, para ganarse la vida con sus propias manos. El Libro de los “Hechos” relata cómo, durante sus viajes apostólicos, trabajaba en eso “de día y de noche”, según él mismo lo proclama varias veces como ejemplo y constancia de que no era una carga para las iglesias (véase Hch. 18, 3 y nota).

Las tradiciones humanas de su casa y su escuela, y el celo farisaico por la Ley, hicieron de Pablo un apasionado sectario, que se creía obligado a entregarse en persona a perseguir a los discípulos de Jesús. No sólo presenció activamente la lapidación de San Esteban, sino que, ardiendo de fanatismo, se encaminó a Damasco, para organizar allí la persecución contra el nombre cristiano. Mas en el camino de Damasco lo esperaba la gracia divina para convertirlo en el más fiel campeón y doctor de esa gracia que de tal modo había obrado en él. Fue Jesús mismo, el Perseguido, quien –mostrándole que era más fuerte que él– domó su celo desenfrenado y lo transformó en un instrumento sin igual para la predicación del Evangelio y la propagación del Reino de Dios como “Luz revelada a los gentiles”.

Desde Damasco fue Pablo al desierto de Arabia (Ga. 1, 17) a fin de prepararse, en la soledad, para esa misión apostólica. Volvió a Damasco, y después de haber tomado contacto en Jerusalén con el Príncipe de los Apóstoles, regresó a su patria hasta que su compañero Bernabé le condujo a Antioquía, donde tuvo oportunidad para mostrar su fervor en la causa de los gentiles y la doctrina de la Nueva Ley “del Espíritu de vida” que trajo Jesucristo para librarnos de la esclavitud de la antigua Ley. Hizo en adelante tres grandes viajes apostólicos, que su discípulo San Lucas refiere en los “Hechos” y que sirvieron de base para la conquista de todo un mundo.

Terminado el tercer viaje, fue preso y conducido a Roma, donde sin duda recobró la libertad hacia el año 63, aunque desde entonces los últimos cuatro años de su vida están en la penumbra. Según parece, viajó a España (Rm. 15, 24 y 28) e hizo otro viaje a Oriente. Murió en Roma, decapitado por los verdugos de Nerón, el año 67, en el mismo día del martirio de San Pedro. Sus restos descansan en la basílica de San Pablo en Roma.

Los escritos paulinos son exclusivamente cartas, pero de tanto valor doctrinal y tanta profundidad sobrenatural como un Evangelio. Las enseñanzas de las Epístolas a los Romanos, a los Corintios, a los Efesios, y otras, constituyen, como dice San Juan Crisóstomo, una mina inagotable de oro, a la cual hemos de acudir en todas las circunstancias de la vida, debiendo frecuentarlas mucho hasta familiarizarnos con su lenguaje, porque su lectura –como dice San Jerónimo– nos recuerda más bien el trueno que el sonido de palabras.

San Pablo nos da a través de sus cartas un inmenso conocimiento de Cristo. No un conocimiento sistemático, sino un conocimiento espiritual que es lo que importa. Él es ante todo el Doctor de la Gracia, el que trata los temas siempre actuales del pecado y la justificación, del Cuerpo Místico, de la Ley y de la libertad, de la fe y de las obras, de la carne y del espíritu, de la predestinación y de la reprobación, del Reino de Cristo y su segunda Venida. Los escritores racionalistas o judíos como Klausner, que de buena fe encuentran diferencia entre el Mensaje del Maestro y la interpretación del apóstol, no han visto bien la inmensa trascendencia del rechazo que la sinagoga hizo de Cristo, enviado ante todo “a las ovejas perdidas de Israel” (Mt. 15, 24), en el tiempo del Evangelio, y del nuevo rechazo que el pueblo judío de la dispersión hizo de la predicación apostólica que les renovaba en Cristo resucitado las promesas de los antiguos Profetas; rechazo que trajo la ruptura con Israel y acarreó el paso de la salud a la gentilidad, seguido muy pronto por la tremenda destrucción del Templo, tal como lo había anunciado el Señor (Mt. 24).

No hemos de olvidar, pues, que San Pablo fue elegido por Dios para Apóstol de los gentiles (Hch. 13, 2 y 47; 26, 17 s.; Rm. 1, 5), es decir, de nosotros, hijos de paganos, antes “separados de la sociedad de Israel, extraños a las alianzas, sin esperanza en la promesa y sin Dios en este mundo” (Ef. 2, 12), y que entramos en la salvación a causa de la incredulidad de Israel (véase Rm. 11, 11 ss.; cf. Hch. 28, 23 ss. y notas), siendo llamados al nuevo y gran misterio del Cuerpo Místico (Ef. 1, 22 s.; 3, 4-9; Col. 1, 26). De ahí que Pablo resulte también para nosotros, el grande e infalible intérprete de las Escrituras antiguas, principalmente de los Salmos y de los Profetas, citados por él a cada paso. Hay Salmos cuyo discutido significado se fija gracias a las citas que San Pablo hace de ellos; por ejemplo, el Salmo 44, del cual el apóstol nos enseña que es nada menos que el elogio lírico de Cristo triunfante, hecho por boca del divino Padre (véase Hb. 1, 8 s.). Lo mismo puede decirse de Sal. 2, 7; 109, 4, etc.

El canon contiene 14 Epístolas que llevan el nombre del gran apóstol de los gentiles, incluso la destinada a los Hebreos. Algunas otras parecen haberse perdido (1 Co. 5, 9; Col. 4, 16).

La sucesión de las Epístolas paulinas en el canon, no obedece al orden cronológico, sino más bien a la importancia y al prestigio de sus destinatarios. La de los Hebreos, como dice Chaine, si fue agregada al final de Pablo y no entre las “católicas”, fue a causa de su origen, pero ello no implica necesariamente que sea posterior a las otras.

En cuanto a las fechas y lugar de la composición de cada una, remitimos al lector a las indicaciones que damos en las notas iniciales.

EFESIOS 1

1. Toda esta epístola es un insondable abismo de misterios divinos que hemos de conocer porque nos revelan el plan de Dios sobre nuestro destino, e influyen de un modo decisivo en nuestra vida espiritual, situándonos en la verdadera posición, infinitamente feliz, que nos corresponde gracias a la Redención de Cristo. Frente a tales misterios, dice el Card. Newman, “la conducta de la mayoría de los católicos dista muy poco de la que tendrían si creyeran que el cristianismo era una fábula”. Éfeso, capital de Asia Menor, donde más tarde tuvo su sede el Apóstol S. Juan, es la ciudad en la que S. Pablo, en su tercer viaje apostólico, predicó el Evangelio durante casi tres años. La carta, escrita en Roma en el primer cautiverio (61-63), se dirige tal vez no sólo a los efesios sino también a las demás Iglesias, lo que se deduce por la ausencia de noticias personales y por la falta de las palabras “en Éfeso” (v. 1), en los manuscritos más antiguos. Algunos han pensado que tal vez podría ser ésta la enviada a Laodicea según Col. 4, 16.

3. Los versículos que siguen, asombrosamente densos y ricos de doctrina, parecen una catarata incontenible de ideas que desbordan del alma del Apóstol, y deben ser estudiadas, comprendidas y recordadas de memoria por todo cristiano como una síntesis del misterio de Cristo, pasado, presente y futuro. Su tema es la nueva vida, nuestra incorporación al Cuerpo Místico de Cristo. Vuelca su doctrina mística en tres estrofas. El Eterno Padre nos predestinó para ser hijos suyos (v. 3-6), el Hijo llevó a cabo la incorporación mediante la Redención (v. 7-12), el Espíritu Santo la completa (v. 13-14).

5. La palabra griega: Huiothesia que la Vulgata traduce adopción de hijo, significa exactamente filiación, es decir, que somos destinados a ser hijos verdaderos y no sólo adoptivos, como lo dice S. Juan (1 Jn. 3, 1), tal como lo es Jesús mismo. Pero esto sólo tiene lugar por Cristo, y en Él (cf. Jn. 14, 3 y nota). Es decir que “no hay sino un Hijo de Dios, y nosotros somos hijos de Dios por una inserción vital en Jesús. De ahí la bendición del Padre (v. 3), que ve en nosotros al mismo Jesús, porque no tenemos filiación propia sino que estamos sumergidos en su plenitud”. Este es el sublime misterio que estaba figurado en la bendición que Jacob, el menor, recibió de Isaac como si fuera el mayor (Gn. 27, 19 y nota). Pero este nuevo nacimiento (Jn. 1, 12 s.) que Jesús nos obtuvo (Ga. 4, 4-6), debe ser aceptado mediante una fe viva en tal Redención (Jn. 1, 11). Es decir que gustosos hemos de dejar de ser lo que somos (Mt. 16, 24; Rm. 6, 6) para “nacer de nuevo” en Cristo (Jn. 3, 3 ss.) y ser “nueva creatura” (2 Co. 5, 17; Ga. 6, 15). Esta divina maravilla se opera desde ahora en nosotros por la gracia que viene de esa fe (2, 8). Su realidad aparecerá visible el día en que “Él transformará nuestro vil cuerpo haciéndolo semejante al suyo glorioso” (Fil. 3, 20 s.). Véase v. 14; Rm. 8, 23; 1 Ts. 4, 14 ss.; 1 Jn. 3, 2; Lc. 21, 28; 1 Co. 15, 51 ss., etc. ¿Qué otra cosa, sino esto, quiso enseñar Jesús, al decir que Él nos ha dado aquella gloria que para sí mismo recibió del Padre, esto es la gloria de ser Su hijo, para que Él sea en nosotros, y nosotros seamos consumados en la unidad que Él tiene con el Padre, el cual nos ama por Él y en Él? (Jn. 17, 22-26). ¿Qué otra cosa significa su promesa de que, desde ahora, quien comulga vivirá de su misma vida, como Él vive la del Padre? (Jn. 6, 58). Es la verdadera divinización del hombre en Cristo, que S. Agustín expresa diciendo que el Verbo se humanó para que el hombre se divinice. Jesús nos lo confirma literalmente, al citar con ilimitada trascendencia las palabras del Sal. 81: “Sois dioses, hijos todos del Altísimo” (Jn. 10, 34). No hay sueño panteísta que pueda compararse a esta verdadera realidad. Cf. Ga. 2, 20 y nota.

6. Para celebrar la gloria de su gracia. Es éste un versículos llave de toda la espiritualidad cristiana. Nosotros podríamos pensar: ¿Qué le importa a Dios que lo alabemos o no? Ciertamente que Él no puede ganar ni perder nada con ello. Pero ahí está el fondo de la Revelación que Dios nos hace sobre Él mismo: “Mi gloria no la cederé a otro” (Is. 42, 8 y 48, 11). No es ya sólo la alabanza de lo que es Él, maravilla infinita, digna de eterna adoración: es la alabanza de su gracia, de su bondad, de sus beneficios contenidos todos en el Amado, en Cristo, en el cual Él ha puesto toda su complacencia (cf. Hb. 13, 15 y nota). Si un hijo desconoce todo lo que tu padre hace por él, no sólo lo desprecia a él, sino que no se interesará por aprovechar sus favores, y sin ellos perecerá. He aquí por qué Dios, ese Corazón exquisito, quiere ser alabado en su bondad. No por Él: por nosotros, por nuestro bien (Jn. 17, 2 y nota). Ahora bien, está claro que esa alabanza de la gracia que recibimos, es incompatible con la orgullosa complacencia del hombre en sí mismo y con toda suficiencia de su parte. Porque ésta sólo se concibe en un hijo ignorante de que todo lo debe a su padre. En tal caso, no tenemos derecho de decir que creemos en la Redención. Y entonces, al despreciar la Hazaña infinita del Amado, hacemos el agravio más sangriento al Corazón del Padre que, como aquí se dice, nos lo dio según el designio de su eterna misericordia (Jn. 3, 16), dándonos en Él, con Él y por Él, participación de la propia divinidad que nos ofrece a sus hijos, igualándonos al Unigénito (v. 5; Jn. 1, 12; 17, 22; Rm. 8, 29; Fil. 3, 20 s.; 1 Jn. 3, 1 s., etc.).

10. ¡Reunirlo todo en Cristo! (Así el Crisóstomo y muchos modernos). Otros vierten: recapitular o restaurar. Es el mismo verbo que el griego usa en Rm. 13, 9 para decir que todos los mandamientos se resumen en el amor. Así Cristo es, tanto en el mundo cósmico cuanto en el sobrenatural “centro y lazo de unión viviente del universo, principio de armonía y unidad” (D’Alés). Todo lo que estaba separado y disperso por el pecado, “en el mundo sensible y en el mundo de los espíritus”, Dios lo reunirá y lo volverá definitivamente a Sí por Cristo, el cual, como fue por la creación principio de existencia de todas las cosas, es por la Redención en la plenitud de sus frutos (v. 14; Lc. 21, 28; Rm. 8, 23) “principio de reconciliación y de unión para todas las creaturas”. Así Knabenbauer y muchos otros y así puede entenderse, en su sentido final, la palabra de Jesús en Jn. 12, 32: “lo atraeré todo a Mí”, puesto que en Él han de unirse a un tiempo el cielo y la tierra como en el “principio orgánico de una nueva creación”. Pirot nota con Westcott que tal extensión de la Redención a todas las creaturas, materiales y espirituales, “no es expresada con esta claridad y esta fuerza sino en las Epístolas de la cautividad: cf. Fil. 2, 9-10; Col. 1, 20; Ef. 1, 10-21”. En la dispensación de la plenitud de los tiempos (cf. vv. 11 y 14 sobre la herencia y el completo rescate): Es la consumación que nos muestra S. Pedro en Hch. 3, 20 ss. Véase Mt. 19, 28; Rm. 8, 19 ss.; 2 Pe. 3, 13; Ap. 21, 1; Is. 65, 17; 66, 22, etc. Como contraste cf. Ga. 1, 4 y nota sobre este mundo, y Fil. 2, 7 sobre la humillación de Aquel que aquí tendrá tal gloria.

11. Nosotros: los judíos, por oposición a vosotros (v. 13) los gentiles. Herederos: versión preferible a herencia, según el contexto (v. 14). Cf. Rm. 8, 17; Ga. 3, 29; Tt. 3, 7. Conforme al consejo de su voluntad: es decir, procediendo con absoluta libertad según la benevolencia propia de su amor (cf. 2, 4) que se extiende aún “a los desagradecidos y malos” (Lc. 6, 35).

12. Los que primero: esto es, el núcleo de Israel que fue el origen de la Iglesia en Pentecostés (Ga. 6, 16 y nota). A continuación (v. 13) habla de los gentiles.

13 s. Sellados con el Espíritu de la promesa: el valor y el mérito de nuestras acciones se mide, según dice S. Tomás, “no de acuerdo con nuestras fuerzas y nuestra dignidad naturales, sino teniendo en cuenta la fuerza infinita y la dignidad del Espíritu Santo que está en nosotros. He aquí una de las razones por las que el Apóstol llama tan frecuentemente al Espíritu Santo el Espíritu de la promesa, las arras de nuestra herencia y la garantía de nuestra recompensa”. Dios es en hebreo El (el Padre). Jesús es Emmanuel –Dios con nosotros (Is. 14)– es decir, el Hijo humanado “que conversó con los hombres” (Bar. 3, 38), porque es la Sabiduría hecha hombre (Si. 1, 1 y nota). El Espíritu Santo puede llamarse Lanuel (L’anu El), o sea, Dios para nosotros y en nosotros: las arras, es decir, más que una prenda, el principio de cumplimiento de esa divinización que desde ahora se opera invisiblemente por la gracia (Rm. 5, 5) y que se hará visible “el día de la manifestación de la gloria de los hijos de Dios” (Rm. 8, 23; 1 Co. 13, 12). Entre estas arras presentes y aquella realidad futura (v. 10 y nota) está todo el programa de nuestra vida. Para alabanza de su gloria (v. 14), es decir, eternamente, a los que hayan aceptado y celebrado aquí la alabanza de su gracia (v. 6).

15. Los santos: es decir, los cristianos. Cf. 2 Co. 1, 1.

17 s. S. Pablo nos señala y nos desea los bienes que necesitamos para entender y disfrutar de tan grandes misterios. Cf. 3, 7.

22 s. El Apóstol presenta a nuestra admiración el misterio sumo: el del Cuerpo Místico. Aquel que todo lo llena (v. 23) se ha dignado incorporarnos a Sí mismo como el Cuerpo a la Cabeza. Toda nuestra vida adquiere así, en Cristo, un valor de eternidad. Pero Él sigue siendo la Cabeza, el tronco de la vida (Jn. 15, 1 ss.), de manera que nada vale el cuerpo separado de la Cabeza, así como el sarmiento separado de la vid se muere. Cf. Rm. 12, 5; 1 Co. 12, 27; Col. 1, 19. Bover propone otra traducción del versículos 23, a saber: la cual es el cuerpo suyo, la plenitud del que recibe de ella su complemento total y universal; y le da esta explicación: “Cristo recibe su último complemento o consumada plenitud de la Iglesia. Desde el momento que Cristo quiso ser Cabeza de la Iglesia, la Cabeza necesitaba ser completada por los demás miembros para formar el cuerpo íntegro, el organismo completo, el Cristo integral”.

EFESIOS 2

2 s. Príncipe: Así lo llama también Jesús (Jn. 14, 30 y nota) y en toda la Escritura abundan los pasajes como éste, que muestra la importancia y extrema gravedad de la doctrina revelada sobre el misterioso poder diabólico. “No se conoce el mal en su naturaleza profunda y en todas sus consecuencias más que cuando se le considera no como aislado en el mundo moral, como un vacío, una falta en relación al bien, ni siquiera únicamente como el efecto de la corrupción de la naturaleza humana, sino en su inevitable conexión con esta potencia de las tinieblas, de que la revelación nos habla sin cesar, desde el principio del Génesis hasta el fin de Apocalipsis”. Véase 6, 12; Jn. 12, 31; 14, 30; Col. 1, 13.

4. Este versículos contiene la revelación más íntima que poseemos sobre Dios nuestro Padre, al mostrarnos, no sólo el carácter misericordioso del amor que Él nos tiene, sino también que, como hace notar S. Tomás, “Dios no hace misericordia sino por amor”. En vano buscaríamos una noción más precisa para base de nuestra vida espiritual, pues, como expresa S. Agustín según revelación del mismo S. Pablo (Rm. 5, 5), nada nos mueve tan eficazmente a devolver a Dios amor, como el conocimiento que tenemos del amor con que Él nos ama. Véase 1 Jn. 4, 16.

5. Cf. 1, 22 y nota. Como un muerto no puede por sí mismo volver a la vida, así tampoco el pecador es capaz de darse la nueva vida espiritual. Solamente la Redención gratuita de Cristo es causa y garantía de esa vida, que comienza en la justificación y termina en la resurrección y en la felicidad del cielo. El Apóstol rechaza así una vez más la teoría de que el hombre pueda redimirse a sí mismo, tan divulgada no solamente entre los judaizantes de entonces, sino también entre los filósofos modernos.

6. Nos hizo sentar en los cielos: Los miembros comparten la condición de la cabeza. Es lo que Jesús pidió para nosotros en Jn. 17, 24. Ese triunfo suyo es, pues, nuestra esperanza, dice S. Agustín, pero una esperanza anticipada: “El empleo del pretérito es muy significativo; la redención es ya como un hecho cumplido, y sólo de cada uno depende el apropiársela, respondiendo al divino gaje” (Fillion).

8. Gratuitamente salvados: Véase Tt. 2, 14; 3, 5 ss.; Rm. 3, 24; Hch. 15, 11; Jn. 1, 17, etc.

9. Para que ninguno pueda gloriarse: Si el hombre no es el forjador de su salvación eterna, claro está que todo el que se gloría de haberse justificado por sus propios méritos, y no mediante la gracia, usurpa la gloria que sólo corresponde a Dios. Cf. 1 Co. 1, 29; Sal. 148, 13; Ez. 18, 21 y notas.

10 s. De Él somos hechura: esto es, una nueva creación (Ga. 6, 15 y nota). “Cristo se ha formado en nosotros de una manera inefable y no como una creatura en otra, sino como Dios en la naturaleza creada, transformando por el Espíritu Santo la creación, o sea a nosotros mismos, en su imagen, elevándola a una dignidad sobrenatural” (S. Cirilo de Alejandría). Que Dios preparó: Nótese la suavidad de esta doctrina para las almas rectas que en todo momento desean hacer sin equivocarse la voluntad de Dios, y no buscar su propia gloria saliendo a la ventura, como campeones que se sintieran capaces de salvar a toda la humanidad, y suprimir de la tierra el sufrimiento que Dios permite. Véase la aplicación de esta doctrina en 2 Co. 8, 10 y nota. De ahí que “aun el gran mandamiento de la caridad fraternal nos hable ante todo de amar al prójimo, es decir, al que tenemos más cerca, a aquel que en cada momento ha colocado Dios a nuestro alcance como objeto de nuestra caridad. Si siempre velamos por cumplir ese deber máximo, viviremos en estado de caridad y unión con Dios (1 Jn. 4, 16), sin pretender juzgar a Dios por el espectáculo de los males del mundo, ni poner con ello a prueba nuestra fe, ya que no es éste sino un mundo malo y pasajero en el cual la cizaña estará siempre mezclada con el trigo” (Mt. 13, 39 ss.).

11 s. Por su muerte Cristo unió a judíos y gentiles, derribando el muro de la Ley que los separaba (v. 14). En la carne: lo dice para distinguirla de la circuncisión del corazón, propia del Evangelio. Véase Col. 2, 11. En este pasaje insiste S. Pablo sobre la tristísima condición en que estaríamos los que no descendemos del pueblo elegido, sin el favor que nos hizo hijos de Abrahán por la fe. Cf. Rm. 11, 17 ss.

14. El muro que representaba materialmente esta separación era la balaustrada de mármol que en el Templo separaba el atrio de los gentiles, manteniéndoles a gran distancia del altar de los holocaustos.

17 s. Los de lejos, son los paganos; los de cerca, los judíos. Por Jesucristo fueron todos llamados hacia el Padre por medio de la Iglesia, en la cual “no hay ya griego y judío” (Col. 3, 11), sino “la nueva creatura” (Ga. 6, 15).

19. Los extranjeros y los advenedizos (forasteros de paso) no gozaban de los derechos de ciudadanos.

20. Pocas veces meditamos en esta raíz que nuestra religión tiene en los Profetas del Ant. Testamento, y aun hay quien lo mira como un libro judío, ajeno al cristianismo, y prefiere inspirarse en las fuentes del paganismo greco-romano, que dieron lugar a un humanismo anticristiano. Pío XI condena rigurosamente esa ideología en la Encíclica “Mit brennender Sorge”. “¿Se atrevería alguien a negar que el cristianismo tiene mucho más que ver con el Ant. Testamento que con la filosofía griega y el derecho romano? Nadie, sin duda. Pero ¿somos consecuentes con esta verdad?”. “Muchos son, decía un célebre predicador, los que se indignarían si les dijesen que la Biblia no es verdaderamente un Libro divino y defenderían apasionadamente su autenticidad. Y entonces, ¿por qué no la estudian?”. Entre los apóstoles y profetas se comprende tanto los del Ant. Testamento (Lc. 24, 25; Hch. 3, 18 y ss.; 10, 43; Rm. 16, 26, etc.; y especialmente, 2 Pe. 1, 19 y 3, 1) como los del Nuevo (3, 5; 4, 11; Hch. 13, 1; 15, 22 y 32; 1 Co. 12, 10 y 29; 13, 2, etc.). Debe, sin embargo, considerarse la opinión del P. Joüon y otros, según los cuales el Apóstol se refiere aquí a estos últimos como en 3, 5 y 4, 11, pues envuelve en el mismo artículo a apóstoles y profetas y cita después a éstos como para evitar que sean confundidos con los profetas antiguos. Cf. 1 Co. 14, 39; Didajé XI. Piedra angular (Mt. 21, 42; Hch. 4, 11; 1 Co. 10, 4 y nota). Se trata aquí de Jesús como coronamiento de la Revelación (Hb. 1, 1 s.) y cabeza de la Iglesia que es el cuerpo Suyo (1, 22; 4, 16). Véase 1 Pe. 2, 4 ss. S. Jerónimo, recordando sin duda ese pasaje de S. Pedro, dice: “Para ser parte de este edificio has de ser piedra viva, cortada por mano de Cristo”.

21. Todo el edificio... trabado: parece indicar, según observa el Cardenal Faulhaber, que, como la Piedra angular (v. 20) o “llave de bóveda” sustenta la unión de ambos muros en el vértice superior, así en Cristo se juntan los judíos y los gentiles (v. 14 ss.).

22. Es decir, que también con respecto a cada uno, individualmente, es Jesús a un tiempo el coronamiento y el “fundamento único” sobre el cual podemos edificar y arraigar (1 Co. 10, 4 y nota; Col. 2, 7).

EFESIOS 3

1. El prisionero: En su primera cautividad de Roma. Véase Hch. 28, 31 y nota. Por amor de los gentiles: Por sostener su parte en la Redención (v. 6) había incurrido en el odio de sus compatriotas judíos que lo hicieron encarcelar. Cf. versículos 13; Hch. 22, 22; 25; 24 y notas.

2. El Apóstol se ve obligado a decir algunas palabras sobre su ministerio de predicar el Evangelio a los gentiles, especialmente sobre la revelación del misterio de que los gentiles serán herederos del reino de Dios.

4. Si lo leéis podéis entender: Notemos la elocuencia de este insinuante paréntesis. Si no lo leemos ¿cómo podríamos entender? S. Crisóstomo releía íntegramente a S. Pablo cada semana. Y los hombres del mundo, decía, con mayor razón han de hacerlo, pues se confiesan ignorantes.

8. S. Pablo, antes fariseo y defensor de los privilegios de Israel, sin haber pertenecido a los Doce ni haber siquiera conocido a Jesús personalmente, es el elegido por la libérrima voluntad de Dios para cambiar el panorama espiritual del mundo y comunicar a todos los pueblos no sólo el carácter universal de la Redención, que en adelante se extendería a todos los pueblos, sino también los inefables misterios del amor de Cristo y sus riquezas, que nos deparan un destino superior aun a lo previsto en el Ant. Testamento, puesto que estaba escondido de toda eternidad, como lo dice en los vv. 9 y 10. Véase Mt. 13, 35; Rm. 16, 25: Col. 1, 26; 1 Pe. 1, 20; Jn. 12, 32 y nota. De ahí las grandes luchas que tuvo que sufrir el Apóstol de parte de los que desconocían la legitimidad de su misión. Cf. Ga. 2, 2 y nota.

10. Cf. 6, 12 y nota,

12. Acceso: Cf. Jn. 14, 6 y 23. “El que se hace amigo del Príncipe será admitido a la mesa del Rey”. Aquí hay más aún: véase 1, 5; Ga. 2, 20 y notas.

14 ss. S. Pablo ruega a Dios se digne fortalecer a los fieles en la fe, que es la nueva vida con Cristo, y arraigarlos definitivamente en el amor. La súplica, que constituye la cumbre de esta carta, es a la vez un modelo de oración.

15. Toda paternidad procede del Gran Padre (6, 2 y nota), así como toda la familia y todas las cosas le deben el ser (4, 6). El Nombre de Dios es “Padre”, dice Joüon (Jn. 17, 6 y nota). S. Tomás piensa que así se llamaría aun cuando no tuviera un Hijo. Sobre el conocimiento y la devoción al divino Padre –que es la cumbre de todas porque era la de Jesús (Jn. cap. 17 y notas)– recomendamos el precioso libro de Mons. Guérry “Hacia el Padre”, todo hecho con textos bíblicos. Sobre algunas de las maravillas del Padre –cuya Persona, la Primera de las Tres, no ha de confundirse con la Esencia divina o con una vaga Deidad impersonal (Dz. 431)– puede verse 1, 3-5; Mt. 5, 45; 6, 18, 26 y 32; 10, 29; 11, 25; Jn. 4, 23; 5, 26; 6, 32 y 40; 2 Co. 1, 3; Ga. 4, 6; Col. 1, 12 s.; 2 Ts. 2, 16; St. 1, 17; 1 Pe. 1, 3; 1 Jn. 3, 1; 4, 9; 5, 22; Ap. 5, 13, etc.

16. Cf. Rm. 8, 26 y nota.

17. Y Cristo por la fe habite, etc.: “Creer es recibir a Cristo, porque Él habita en nuestros corazones por la fe” (S. Tomás). Véase 2 Co. 13, 5 y nota. Para disfrutarlo, para vivir esa inefable realidad, sólo requiere acordarse de que existe. Tal es exactamente la vida de oración, y así nos la desea aquí S. Pablo, de modo que estemos fijos, arraigados en el amor. La ventaja es que Jesús, nuestro amante, nunca está ausente, sino al contrario, está llamando a nuestra puerta para ofrecernos su intimidad (Ap. 3, 20), y habitar en nuestros corazones, si así lo creemos, junto con el Padre y el Espíritu Santo (Jn. 14, 16 s. y 21-23; 1 Co. 3, 16 s.; 6, 19; 2 Co. 6, 16).

18. Estas cuatro dimensiones las refieren S. Jerónimo y S. Agustín, en sentido alegórico, a la Cruz que también las tiene. S. Crisóstomo lo interpreta del misterio de la vocación y de la predestinación de los gentiles. En el v. 19 muestra el Apóstol que se refiere a la grandeza inconmensurable del amor que Cristo nos tiene (Rm. 8, 35 ss.; 11, 33 y, lo mismo que antes vimos del Padre. Cf. 2, 4 y nota.

19. Conocer el amor... para que seáis colmados de toda la plenitud de Dios: He aquí el más sólido fundamento de la espiritualidad (Jn. 17, 3 y 17; 1 Jn. 4, 16 y nota; 5, 20, etc.) que se alimenta con los misterios que el Espíritu Santo nos revela en la S. Escritura. Porque Dios, a diferencia de nuestro miserable corazón, siempre está dispuesto a hablar de amor, ya que su vida entera es, como su esencia, puro amor, y no tiene nada que lo distraiga de él, como tenemos nosotros en esta vida transitoria. Por eso, cuando estemos con Cristo, el éxtasis será sin fin porque también nosotros seremos capaces de permanecer sin distracciones, en el puro goce del amor (1 Jn. 3, 2; 1 Co. 13, 12). Tal es lo que Él quiere anticiparnos desde ahora cuando nos dice que permanezcamos en su amor (Jn. 15, 9 y nota), es decir, arraigados en Él (v. 17). Todo este admirable pasaje (v. 8-19) forma la Epístola de la Misa del Sagr. Corazón.

20. Cf. Rm. 16, 25; Judas 24; 2 Co. 9, 8. Más de lo que pedimos, etc.: ¡Qué luz para la confianza en la oración! Es lo que la Iglesia ha recogido en la oración (colecta) del Domingo XI después de Pentecostés.

21. Es decir, como explica Fillion, que la Iglesia ha de glorificar al Padre, y debe hacerlo “en Jesucristo”, es decir, unida a Él y con Él. Así se expresa en el Canon de la Misa: “Per Ipsum, etc.”. El Concilio III de Cartago dispuso al efecto que “nadie en las oraciones nombre al Padre en lugar del Hijo o al Hijo en lugar del Padre. Y en el altar diríjase la oración siempre al Padre”. Véase 5, 20 y nota. La edad de las edades: la eternidad, que se nos presenta como una sucesión de edades, que a su vez se componen de generaciones (Fillion).

EFESIOS 4

3. La unidad del Espíritu: Es el misterio que nos explica S. Cirilo Alejandrino diciendo: “Al hablar de la unión espiritual seguiremos el mismo camino y diremos que cuando recibimos al Espíritu Santo, nos unimos entre nosotros y con Dios en una sola unidad. Tomados individualmente, somos numerosos, y Cristo derrama en el corazón de cada cual su Espíritu y el del Padre; pero este Espíritu es indiviso, reúne en una sola unidad a los espíritus separados de los hombres, de modo que todos aparezcan formando como un solo espíritu. De la misma manera que la virtud del Sagrado Cuerpo de Cristo forma un cuerpo de todos aquellos en que ha penetrado, así también el Espíritu de Dios reúne en una sola unión espiritual a todos aquellos en quienes habita”.

4 ss.: “Este texto recuerda a 1 Co. 12, 4-6, en que el orden de las Divinas Personas es el mismo: el Espíritu, el Señor, Dios” (Prat).

7. Las gracias o carismas son particulares del que los recibe, y enriquecen al Cuerpo místico sin afectar su unidad, porque todos son dones del mismo Espíritu. Véase Rm. 12, 3 y 6; 1 Co. 12, 11; 2 Co. 10, 13.

8. Es una cita tomada del Sal. 67, para aplicarla a la Ascensión del Señor. Antes había bajado a los lugares más bajos de la tierra (v. 9), es decir, a los infiernos, al Limbo de los Padres, donde libró a los “cautivos”. Cf. Sal. 67, 19 y nota.

11. Jesucristo es la fuente de todas las energías vitales del Cuerpo Místico. De Él se derivan y dependen todas las capacidades, vocaciones o ministerios que contribuyen a su desenvolvimiento. Cf. v. 16 y nota.

13. Quiere decir: no debe haber estancamiento en la vida espiritual. Todos deben alcanzar la plena madurez “que llegue aún a la ciencia profundizada (epígnosis) de la revelación de Cristo” (Pirot). Y el crecimiento de cada uno debe ser en ese conocimiento de Cristo (3, 19) hasta llegar a la edad perfecta de Cristo, o sea a la plenitud de sus dones. S. Pablo nos muestra así el carácter creciente (v. 15) y orgánico de nuestra fe. Una piedra puede permanecer inmutable, pero un ser vivo no puede estancarse sin morir (Col. 1, 28). Cuán lejos estamos de vivir tal realidad, nos lo recuerda Mons. Landrieux al decir que la formación religiosa de la gran mayoría de los adultos, “tiene siempre la edad de su primera comunión”, por no haber conocido el Evangelio desde niños.

14. San Pablo da extraordinaria importancia a la ilustración de nuestra fe por el conocimiento (v. 22 ss.) para que pueda ser firme contra los embates del engaño, principalmente cuando éste reviste las apariencias de la virtud, según suele hacerlo Satanás (Mt. 7, 15; 2 Co. 11, 14; 2 Tm. 3, 5, etc.). En 2 Ts. 2, 9-12 nos confirma que será precisamente la falta de amor a esa verdad libertadora, lo que hará que tantos sigan al Anticristo, creyendo en él para propia perdición. Cf. 5, 12; 1 Co. 12, 2 y notas.

15 s. Claro está que quien vive en el amor de Dios, anda en la verdad, como que aquél procede de ésta (Ga. 5, 6), y no se podría tener el coronamiento del edificio, que es el amor, sin tener antes el cimiento, que es la verdad revelada, en la cual S. Pablo quiere que estemos firmes contra las seducciones intelectuales o sentimentales de los falsos doctores (v. 14). Pero, como muy bien lo observa el P. Bover en “Estudios Bíblicos” (julio de 1944), aquí se trata de mostrar que el crecimiento es por el amor, según se confirma al fin del v. 16. Hemos, pues, preferido traducir en tal sentido, como lo hace análogamente Buzy. Esto se corrobora en 2 Ts. 2, 10, donde el Apóstol, hablando del Anticristo, nos enseña que los que serán seducidos por error, como aquí se dice en el v. 14, se perderán “porque no recibieron el amor de la verdad”. Tal es el sentido en que hemos tomado el participio aletheuóntes, que suele traducirse de muy diversas maneras. Véase 3, 17 y nota, sobre el arraigo en el amor. Aplicando este pasaje al mundo económico social, dice Pío XI en la Encíclica “Quadragesimo Anno”: “Hay, pues, que echar mano de algo superior y más noble para poder regir con severa integridad ese poder económico de la justicia social y de la caridad social. Por tanto... la caridad social debe ser como el alma de ese orden; la autoridad pública no debe desmayar en la tutela y defensa eficaz del mismo, y no le será difícil lograrlo si arroja de sí las cargas que no le competen”. Cf. Col. 2, 19.

22 ss. Cf. Rm. 8, 13; 12, 2; Col. 3, 9; Ga. 6, 8. Los deseos del error, expresión de enorme elocuencia para mostrarnos la parte principal que en nuestras malas pasiones corresponde a la deformación de nuestra inteligencia. Cf. v. 24; 5, 9 y 14; 1 Ts. 4, 5; 2 Tm. 1, 10, etc.

24. Véase Rm. 8, 13; Col. 3, 9; Ga. 6, 8. Quiere decir: Renovaos interiormente en vuestro espíritu, conformándoos a la imagen de Jesucristo. Así os desnudaréis del hombre viejo (v. 22), que es corrompido y sometido al pecado (Ga. 5, 16). Creado según Dios, “lo cual no es otra cosa sino alumbrarle el entendimiento con lumbre sobrenatural, de manera que de entendimiento humano se haga divino, unido con el divino, y, ni más ni menos, informarle la voluntad con amor divino” (S. Juan de la Cruz). Esto nos coloca en la justicia y santidad de la verdad, que es, como dice Huby, “el ambiente vital y el clima espiritual” propio del hombre nuevo. Vemos así una vez más la importancia básica insustituible que, para la vía unitiva del amor, tiene la vía iluminativa del conocimiento espiritual de Dios. Cf. Jn. 17, 3 y 17.

26. Cf. Sal. 4, 5. No se ponga el sol sobre vuestra ira. Aquí vemos que el acto primero de la cólera es una flaqueza inevitable de nuestra carne “y aun puede haber ocasiones en que una santa ira sea un deber” (Fillion) Véase Mc. 3, 5; Jn. 2, 15. Lo que S. Pablo quiere es que no consintamos en esa mala tendencia de nuestra naturaleza caída. Cf. v. 31; Mt. 5, 22; Ga. 5, 20; 1 Tm. 2, 8; Tit. 1, 7; St. 1, 19, etc.

27. “En donde hay ira, no está el Señor, sino esta pasión amiga de Satanás” (S. Clemente). Cf. St. 1, 20. S. Crisóstomo llama por eso a la ira “demonio de la voluntad”; y S. Basilio dice también que el que se deja dominar de la ira aloja en su interior a un demonio. Sobre esta expresión “dar lugar”, véase Rm. 12, 19 y nota.

30. No contristéis el Espíritu Santo: Él es, dicen S. Agustín y S. Gregorio, el que nos hace desear las cosas celestiales y nos llena con los consuelos de su gracia. ¿Puede haber mayor motivo para mirarlo en nuestra devoción como al Santo por antonomasia? En efecto, la misión que atribuimos más comúnmente a los santos es la de intercesores delante de Dios para que rueguen por nosotros. Y S. Pablo nos enseña que el Espíritu Santo ruega por nosotros, y precisamente cuando no sabemos y para suplicar lo que no sabemos (Rm. 8, 26 s.). Y también cuando sabemos, pues en tal caso es Él mismo quien nos lo está enseñando todo, como luz de los corazones (“Lumen cordium”) (Jn. 14, 26), y nos está animando a orar como a Dios agrada (v. 28; Lc. 11, 3; Rm. 5, 5 y nota), es decir, con la confianza de niños pequeños que le dicen “Padre” (Ga. 4, 6). Jesús nos señala especialmente este papel de intercesor que tiene el Santo Espíritu, cuando lo llama el Paráclito, que quiere decir el intercesor y también el que consuela (Jn. 14, 16), y nos dice que para ello estará siempre con nosotros (ibíd.), y aun dentro de nosotros (Jn. 14, 17), es decir, a nuestra disposición en todo momento para invocarlo como al Santo por excelencia de nuestra devoción, porque Él es, como aquí se dice, el sello de nuestra redención, y la prenda de la misma (2 Co. 1, 22), por ser Él quien, aplicándonos los méritos del Hijo Jesús, nos hace hijos del Padre como es Jesús (1, 5), y por tanto sumamente agradables al Padre, para poder rogarle con confianza. Todo lo cual se comprende muy bien si pensamos que ese Santo Espíritu es precisamente aquel por quien el Padre y el Hijo nos aman a nosotros, el mismo Amor con que se aman entrambas Personas. La maravilla es que este Amor no sea aquí un simple sentimiento, sino también una tercera Persona divina, el Amor Personal, propiamente dicho. De ahí que, siendo una Persona, podamos dirigirnos a Él como a los santos, recordando que, aun aparte de ser infinitamente poderoso como Intercesor, tiene hacia nosotros una benevolencia que ninguno podría igualar, una benevolencia infinita, como que Él es el Amor con que se aman el Padre y el Hijo.

32. Aquí está sintetizado el Evangelio, desde el Sermón de la Montaña (Mt. 5 ss.) hasta el Mandamiento Nuevo de Jesús (Jn. 13, 34).

EFESIOS 5

1. Sobre la imitación de Dios. Cf. Mt. 5, 44-48; Lc. 6, 35 s. y notas.

2. Vivid en amor: Cf. 1 Co. 14, 1 y nota.

4. Ni bufonerías: Gran enseñanza: las bromas no agradan a Dios (1 Tm. 1, 4; 4, 7; 2 Tm. 2, 23; Mt. 12, 36 s.) y menos si son contra la caridad (2R. 2, 24 y nota).

5. Llama la atención que el Apóstol equipare la avaricia a la idolatría. Es que el avaro mira las riquezas como a su Dios: primero, porque en ellas fija toda su esperanza, y luego, porque en vez de servirse de ellas, es él quien las sirve (Mt. 6, 24 y nota). “Aquel que no sabe servirse de oro, es tiranizado por él. Sed dueños del oro, y no sus esclavos; porque Dios, que ha hecho el oro, os ha creado superiores a este metal; ha hecho el oro para uso vuestro, mas a vosotros os ha hecho a imagen Suya y sólo para Él” (S. Agustín). Cf. 1 Tim. 6, 10.

8. Tinieblas. por vosotros mismos. Luz, en Cristo y gracias a Cristo. “La verdadera ciencia del hombre consiste en saber bien que él es la nada y que Dios es el todo” (S. Buenaventura).

9. Admirable revelación que nos muestra cómo la buena conducta procede del conocimiento sobrenatural de la luz de Cristo. Cf. v. 14; 4, 22 y nota; 2 Tm. 3, 16; Hb. 4, 12.

10. He aquí la “experiencia religiosa” que cada uno debe realizar en su propia vida. Investigar lo que agrada a Dios es, según los Libros Sapienciales, el sumo objeto de la Sabiduría (Si. 1, 34; 2, 16; 4, 15 y notas). Examinadlo, dice S. Jerónimo, “a la manera de un prudente cambista, que no sólo echa una mirada a una moneda, sino que la pesa y la hace sonar”.

11. No toméis parte: S. Cipriano observa que Jesucristo es nuestra luz, no sólo porque nos revela los secretos de la salvación, y la eficacia de una vida nueva, sino también porque nos descubre todos los proyectos, la malicia y los fraudes del diablo para preservarnos de ellos.

12. Denunciado el mal hábito públicamente (v. 11), lo que era un peligro, mientras estaba oculto, se convierte en saludable advertencia y luminosa lección para evitarlo (1 Tm. 5, 20). S. Pablo destruye así un concepto equivocado que suele tenerse del escándalo, mostrando que la pública reprobación de los males –como lo hacía Jesús tantas veces– puede ser muy conveniente, porque Satanás es “el padre de la mentira” (Jn. 8, 44), y sus grandes engaños son tanto más peligrosos y difíciles de evitar cuanto más se disimulan por las tinieblas y la ignorancia (4, 14 y nota), en tanto que la verdad liberta a las almas (Jn. 8, 32; 12, 46 y notas). Tal es el sentido del v. 14, y lo confirman las recomendaciones de los vv. 15 y 17.

14. Esta cita parece ser un fragmento de un himno cristiano primitivo. Cf. Is. 26, 19; 60, 1; Rm. 13, 11.

18. Es decir, que en el Espíritu hay también una hartura, y más exquisita que la de cualquier vino (cf. Hch. 2, 4 y 13 ss.; 2 Co. 5, 13 y nota). Pero en vez de llevarnos a la lujuria, nos lleva al amor y sus frutos (Ga. 5, 22). El v. 19 nos muestra cómo se obtiene esta divina embriaguez mediante la palabra de Dios, que ha de habitar en nosotros “con opulencia” (Col. 3, 16 y nota).

20. En el nombre de N. S. Jesucristo: Cf. Hb. 13, 15 y el Canon de la Misa, donde en el momento final y culminante, llamado “pequeña elevación”, de la Hostia y el Cáliz juntamente se dice al Padre que todo honor y gloria le es tributado por Cristo y en Él y con Él (cf. la forma paulina de acción de gracias en Hch. 2, 46 y nota). Mucho importa no pronunciar esas palabras sin sentir la riqueza infinita de su contenido. Gracias y honor al Padre por Cristo, es agradecerle el infinito don que el Padre nos hizo de su Hijo (Jn. 3, 16). Gracias y honor al Padre en Cristo, es identificarnos con Jesús, cuyo Cuerpo Místico formamos, y, tomándolo como el único instrumento infinitamente digno, ofrecérselo al Padre como retribución por todo el bien que recibimos. Y también con Cristo le agradecemos y lo glorificamos solidarizándonos así con Jesús en la gratitud y alabanza que Él mismo –el Hijo agradecido por excelencia– tributa eternamente al Padre (Jn. 14, 28 y nota). Tan agradecido, que por ello se ofreció a encarnarse e inmolarse (Sal. 39, 8 y nota) para dar a su Padre muchos otros hijos que compartiesen la misma gloria que Él recibió. Cf. 1, 5; 3, 21 y notas.

21. Según los mejores autores este v. pertenece al pasaje siguiente, del cual es como un resumen. En efecto, en el v. 22 la palabra sujétense falta en algunos códices griegos.

22. Empiezan aquí las instrucciones para cada estado (cf. 6, 1 y 5): primero para los esposos cristianos, cuya unión es una figura de la de Cristo, como Cabeza, con la Iglesia. Este gran misterio (v. 32) del cual fluye la santificación más alta del matrimonio, muestra su carácter sagrado, y prohíbe considerarlo como un contrato puramente civil, sujeto a la fluctuación de las voluntades. Jesús dice terminantemente: “Lo que Dios ha unido” (Mt. 19, 6; Mc. 10, 9). Por eso la Iglesia no reconoce el enlace civil como matrimonio legitimo. Sobre la sumisión de la mujer, véase 1 Co. 11, 7 y nota.

24. Esta sumisión no implica que la mujer haya de cumplir todos los deseos del marido, aun con detrimento de su conciencia. Léase al respecto la Encíclica “Casti Connubii” de Pío XI.

25 ss. El amor de Cristo a su Iglesia es desinteresado y santo. El divino Esposo se entrega a Sí mismo para lavar a su Esposa con su Sangre y hacerla digna de Él. De la misma manera el marido ha de amar a su mujer, con el fin de protegerla, dignificarla y favorecer su santificación. Tal es el altísimo sentido del matrimonio cristiano. Cf. 1 Co. cap. 7.

27. A fin de presentarla delante de Sí: en las Bodas del Cordero (Ap. 19, 6-9). Este es el misterio que S. Pablo llama “grande” (v. 32) por el cual Dios resuelve formarse de los gentiles un pueblo (Hch. 15, 14), antes separados de Israel (2, 14), a fin de reunir en la Iglesia a todos los hijos de Dios (Jn. 11, 52), incluso los de Israel, bajo un solo Pastor: Jesucristo (Jn. 10, 6), en el cual Dios se propuso recapitular todas las cosas (1, 10). Se llama misterio parque en vano se habría pretendido descubrirlo en el Ant. Testamento, ya que sólo a Pablo le fue dado revelar el designio eterno y oculto (3, 9 s.; Col. 1, 26; Rm. 25), por el cual la benevolencia de Dios nos destinaba a ser sus hijos por obra de Jesucristo (1, 4 s.) e iguales a Él (Rm. 8, 29), un día en nuestro cuerpo glorificado (Fil. 3, 20 s.). Sobre otros “misterios” enseñados por S. Pablo puede verse el misterio de la Sabiduría de Dios (1 Co. 2, 7 ss.); el misterio de iniquidad (2 Ts. 2, 7 ss.); el misterio de la transformación (1 Co. 15, 51 ss.); el misterio de la salvación de Israel (Rm. 11, 25 ss.).

29. Nadie jamás tuvo odio a su propia carne: Y la mujer es la propia carne (v. 31), es decir. que la misma naturaleza coadyuva a esa solidaridad, en tanto que otros amores, como el de los hijos a los padres, requieren ser más espirituales para poder sobreponerse a los impulsos del egoísmo natural. En cuanto a su sentido literal, esta sentencia de S. Pablo nos previene contra el suicidio, el deseo de la muerte ajena a la voluntad de Dios, y el fakirismo o la falsa ascética que perjudica a la salud faltando a la caridad consigo mismo. Cf. 2 Co. cap. 5; Ap. 6, 10; Col. 2, 16-23 y notas.

30 ss. El misterio del Cuerpo Místico (v. 30) se aplica a la unión matrimonial (v. 31; cf. Gn. 2, 24 y nota), y de ahí lo que expresa el v. 32.

32. El misterio aludido, dice el Apóstol, es la unión de Cristo con la Iglesia, de la cual el matrimonio cristiano es figura. “¿Cómo podría ser y decirse símbolo de tal unión el amor conyugal, cuando fuera deliberadamente limitado, condicionado, desatable, cuando fuese una llama solamente de amor temporal?”. “En este bien del sacramento, además de la indisoluble firmeza están contenidas otras utilidades mucho más excelsas y aptísimamente designadas por la misma palabra “sacramento”; pues tal nombre no es para los cristianos vano y vacío, ya que Cristo Nuestro Señor, fundador y perfeccionador de los venerandos sacramentos, elevando el matrimonio de sus fieles a verdadero y propio sacramento de la Nueva Ley, lo hizo signo y fuente de una peculiar gracia interior, por la cual aquel su natural amor se perfeccionase, confirmase su indisoluble unidad y los cónyuges fueran santificados” (Pío XI en la Encíclica “Casti Connubii”).

EFESIOS 6

2. Es notable el paréntesis que S. Pablo introduce aquí en la cita del cuarto Mandamiento (Ex. 20, 12; Dt. 5, 16) para destacar que es el primero (y único) a cuyo amor nos estimula Dios por una promesa de felicidad aun temporal (5, 29 y nota). Sin duda interesa especialmente al divino Padre ver honrada la paternidad que es una imagen de la Suya (3, 15).

5 ss. “Que los amos no se ensoberbezcan por su autoridad en el mando; de lo alto viene toda autoridad. Y por eso la mirada del cristiano se levanta para contemplar en toda autoridad, en todo superior, aun en el amo, un reflejo de la autoridad divina, la imagen de Cristo, que se humilló desde su forma de Dios (Fil. 2, 7 s.), adoptando la forma de siervo nuestro, hermano según la naturaleza humana” (Pío XII, Aloc. del 5 de agosto de 1943 a los recién casados). Para el problema social, que no se resolverá levantando a unos contra otros, sino haciendo que cada uno conozca la voluntad de Dios a su respecto para sembrar la paz (Mt. 5, 9), podría hacerse un juicioso e instructivo estudio consultando textos como los siguientes: sobre el plan de Dios: Si. 11, 14 y 23; Sal. 36, 25; Ap. 3, 19; Jn. 12, 5 y 8; sobre los amos: 1 Tm. 6, 9 s. y 17 ss.; St. 5, 1-6; Lv. 19, 13; Mal. 3, 5; 1 Co. 13, 1 ss.; sobre los servidores: Dt. 32, 35; Rm. 12, 19; St. 5, 7-11; Si. 28, 1-14; Tt. 2, 9 s.; Col. 3, 22-25; 1 Pe. 2, 18-24; 1 Jn. 4, 11; Mt. 6, 33; Lc. 3, 14, etc.

9. Cf. Col. 4, 1. El Apóstol deja el aspecto temporal de la esclavitud como institución existente entonces según el derecho civil romano (Lc. 12, 13 s.; 20, 25; Mt. 22, 21; Mc. 12, 17; Jn. 18, 36), y proporciona, como predicador del Evangelio (Mc. 16, 15), los motivos sobrenaturales para que también los esclavos amen su estado, que los asemeja al Hijo de Dios (Lc. 22, 27; 1 Pe. 2, 18-24). Cf. Fil. 2, 7 s. y nota.

12. Poderes mundanos: “S. Pablo toma este mundo en el sentido moral. Son los hombres hundidos en las tinieblas de la ignorancia religiosa y del pecado. Tal es la tiniebla, sobre la cual reinan los demonios” (Pirot). En lo celestial: Fillion hace notar que, según traducen los antiguos comentadores griegos, esto significa que nuestra lucha es en lo relativo al Reino de los cielos. Cf. 3, 10; Mt. 11, 12; Lc. 16, 16; Rm. 8, 38; Col. 1, 16; 2 Ts. 2, 10.

13. Estar en Pie: sobre esta expresión, véase Sal. 1, 5 y nota.

16. El Apóstol tiene presentes las armas de los soldados romanos y las toma como un símbolo de las espirituales que el cristiano ha de usar en su lucha contra el diablo y el pecado, Entre esas armas había también dardos encendidos que recuerdan al Apóstol los malos apetitos y concupiscencias. Sobre todo este pasaje (v. 13-17) dice S. Crisóstomo: “No hemos de estar preparados para una sola clase de lucha... por lo cual es necesario que quien ha de entrar en la lucha con todos (los enemigos), conozca las maquinaciones y tácticas de todos; que sea a la vez sagitario y hondero y conductor, jefe y soldado de infantería y caballería, marino y agresor de muros”.