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INTRODUCCIÓN
Eclesiastés, en hebreo Kohélet, significa predicador, o sea el que habla en la Iglesia o Asamblea; nombre que corresponde por todos conceptos a su contenido, porque predica en forma de sentencias y consejos, en prosa y verso, la vanidad de las cosas creadas. Los bienes de este mundo son vanos; vanas por tanto todas las ambiciones, vana la ilusión de felicidad terrena fuera del sencillo bienestar; la verdadera felicidad consiste en temer, o sea reverenciar, a Dios nuestro Padre, y observar sus mandamientos para que en ellos hallemos la vida (Proverbios 4, 13 y passim).
El autor del libro habla, desde el título, como hijo de David, por lo cual las tradiciones judía y cristiana, que siempre reconocieron su canonicidad, lo atribuyeron a Salomón. Con todo la crítica y también numerosos exégetas católicos modernos se creyeron obligados a admitir que ciertos pasajes podrían ser de una época posterior a Salomón (p. ej. las referencias sobre la tiranía de los reyes, la corrupción de los magistrados, la opresión de los súbditos). Señalan, además, que el lenguaje y el estilo no son los del tiempo salomónico. Por todo lo cual opinan algunos que el Eclesiastés sufrió posteriormente una transcripción al lenguaje más moderno; otros (entre ellos Condamín, Zapletal y Simón-Prado), piensan que el autor se sirvió del nombre de “hijo de David” sólo con el fin de dar más realce a la obra, y fijan la composición del Eclesiastés entre los años 300-200 a. C. Podemos admitir la posibilidad de esta fecha, puesto que el Libro Sagrado no se presenta como escrito por Salomón, sino por un autor anónimo que nos refiere dichos del sabio rey. No dice, en efecto: yo, el hijo de David, sino que pone como título: Palabras del Eclesiastés (Predicador), hijo de David, rey de Jerusalén (1, 1) y empieza mencionándolo en tercera persona: “Dijo el Eclesiastés” (1, 2), para hacerlo hablar luego en primera persona (1, 12 ss.). Lo mismo hace en el epílogo (12, 8 ss.), donde refiere que el Eclesiastés era sapientísimo, que compuso muchas parábolas, etc., cosas todas que sabemos son exactas respecto de Salomón (III Reyes 4, 30-34; Proverbios 1, 1), a quien el autor se refiere con toda evidencia (1, 12, 16, etc.), del mismo modo como los Evangelios se refieren a Cristo y nos dan sus Palabras, pudiendo la Iglesia decir con toda exactitud: “El Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo”, y afirmar que en él habla el divino Maestro, no obstante saber todos que Él no lo escribió. No hay, pues, pura ficción en el autor de este divino Libro del Eclesiastés, sino que, reconociendo su inspiración sobrenatural, debemos creer que quiere transmitirnos las palabras y sabiduría de Salomón, tal como lo hicieron con Cristo los escritores del Nuevo Testamento, aun aquellos que no lo habían escuchado directamente.
El Eclesiastés no es sistemático. “No le atraen las síntesis, y parece desinteresarse de las conclusiones de sus asertos, aun cuando suenen a discordantes” (Manresa). San Pablo pudo gloriarse de predicar igualmente: “no con palabras persuasivas según la sabiduría humana, sino mostrando la verdad con el Espíritu Santo y la fuerza de Dios” (l Corintios 2, 4). De ahí que estas sentencias, tremendas para la suficiencia humana, hayan escandalizado hasta ser tildadas de epicúreas. En realidad, la irresistible elocuencia de este Libro revulsivo, con su apariencia de pesimismo implacable, es quizá lo más poderoso que existe para quitarnos la venda que oculta, a nuestra inteligencia oscurecida por el pecado congénito, los esplendores de la vida espiritual, y remover así ese gran obstáculo con que “el padre de la mentira” (Juan 8, 44) pretende escondernos las Bienaventuranzas, y que el Sabio llama “la fascinación de la bagatela” (Sabiduría 4, 12).
Los hebreos dividían los libros sagrados en tres grupos: La Torah (Ley); los Nebiyim (Profetas) y los Ketubim (Hagiógrafos). A este tercer grupo pertenece el Eclesiastés, que era contado también entre los cinco Meghillot, o sea libros pequeños que se escribían en rollos aparte, para uso litúrgico.
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ECLESIASTÉS 1
1. Hijo de David: Sobre el autor véase la nota introductoria.
2. Vanidad de vanidades (hebreo: habel habalim), forma hebrea de superlativo, como Cantar de los Cantares y Dios de los dioses. “Si los ricos y los poderosos meditasen en esta sentencia, dice San Crisóstomo, la escribirían en todas las paredes, en sus vestidos, en las plazas públicas, en su casa y en las puertas, porque todas las cosas tienen muchos aspectos, y hay muchas falsas apariencias que engañan a los que no están alerta. Hemos de inclinarnos, pues, diariamente delante de este verso; es menester que en las comidas y en las reuniones cada uno diga al que tenga al lado: Vanidad de vanidades, y todo es vanidad”. (Ad Eutrop.). “Vanidad y mentira me parece lo que yo no veo va guiado al servicio de Dios”, escribe Santa Teresa (Vida XL, 2) y la misma gran Doctora confiesa: “Somos la misma vanidad” (Moradas, I, 2, 5). Decía el Predicador: El autor refiere lo que dijo Salomón: no dice que éste escribió el libro. Véase 12, 8 y nota.
7. Al lugar de donde salen, tornan los ríos para correr de nuevo. El sabio nos muestra la impotencia del hombre frente a las inalterables leyes de la naturaleza. Véase 7,1; 8,17; 11,5.
8. Nunca se hartan: es la ambición insaciable de que habla en Proverbios 30,15. Véase 12, 12 y nota.
9 ss. Las leyes históricas de Vico y de Maquiavelo, y hasta las doctrinas de Nietzsche han señalado ese “perpetuo retorno” de las mismas cosas.
13. Dura tarea, llena de trabajo para investigar, y a menudo sin ningún resultado como se ve en 3,11 y paralelos, lo cual nos sirve para confirmar la vanidad de nuestros ambiciosos proyectos.
14. ¡Qué favor nos hace el sabio al revelarnos su experiencia para ahorrarnos igual desengaño! Pero ¿quién es el que escarmienta en cabeza ajena? Correr tras el viento: es una vivida imagen del esfuerzo inútil.
18. Penoso es el estudio, y cuando más aumentan los conocimientos, tanto más crecen las decepciones. Claro está que se trata aquí de la sabiduría humana, y no de aquella verdadera, que Dios enseña en las Escrituras, y “con la cual nos llegan a un tiempo todos los bienes e innumerables riquezas por medio de ella” (Sabiduría 7,11).
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ECLESIASTÉS 2
1. En este capítulo expone el autor sagrado cómo los deleites y las riquezas a que se entregó al desengañarse del estudio, tampoco son capaces de contentar el alma.
2. Como si dijera: “Cuando se me reían las cosas tuve por error y engaño gozarme en ellas, porque grande error sin duda e insipiencia es la del hombre que se goza de lo que se le muestra alegre y risueño, no sabiendo de cierto que de allí se le siga algún bien eterno” (San Juan de la Cruz).
4 ss. Nótese cómo va recorriendo el sabio todos los atractivos en que los hombres solemos poner el corazón.
8. Muchas mujeres. Otros: vasos y jarros. Entre los israelitas no estaba prohibida la poligamia. Véase Mateo 19,8.
12. Texto del segundo hemistiquio oscuro. Otros traducen, según la Ferrarense: Porque, ¿quién puede saber más que el rey, de cuantas cosas existen?
13 ss. Claro está que se prefiere en principio la situación del hombre culto que la del palurdo. Pero al ver que esa diferencia entre ambos, con ser tan grande humanamente, no impide que ambos lleguen a la misma nada del sepulcro, el hombre pierde todo optimismo y llega a aborrecer la vida, como dice el versículo 17. He aquí el proceso interior, crudamente expuesto por Dios, de todo pensador que observa y medita según las luces simplemente naturales: concluir en la desesperación, como aquel filósofo que a los 90 años se dio la muerte, y aquel otro que murió loco. Tan sólo por la Revelación divina, por el Evangelio de Cristo, conocemos el valor de la vida y los esplendores de nuestro destino eterno, que implica el misterio de la resurrección de los cuerpos. Véase 1 Corintios 15,29.
14. Sus ojos en la cabeza: “La fe son aquellos ojos que están en la cabeza del sabio, los cuales rigen y enderezan los pasos de la vida. La fe es como un adalid que va delante de nosotros, descubriéndonos las celadas del enemigo y guiándonos por caminos seguros” (P. Luis de Granada).
17. No es más que calamidad: Doloroso contraste con la creación primitiva, en la cual “vio Dios que lo hecho era bueno” (Génesis 1,10 y passim). Este cambio es obra del pecado, por el cual entraron todos los males, incluso la muerte: “porque no es Dios quien la hizo” (Sabiduría 1,13).
20. Comencé a desesperar: Saludable desilusión de lo temporal, que nos prepara a buscar lo verdadero.
24. Comer y beber significa los placeres lícitos. Disfrutemos de todos los bienes que vienen de la mano de Dios, reconociendo que son dones de su amor, que se santifican mediante la acción de gracias, como enseña San Pablo (1 Timoteo 4,3-5; Colosenses 2,16-23). Véase 3,22 y nota; 5,17.
25. Si no es por Él. Vulgata: tanto como yo.
26. “En este supuesto, la conclusión final es que lo práctico será disfrutar de los bienes de la vida, que son don de Dios. En esta última frase el Kohélet (Predicador) se levanta por encima del vulgar materialista. Con todo, esto no sacia el corazón ni basta para hacerlo feliz” (Nácar-Colunga).
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ECLESIASTÉS 3
1 ss. Aduce ejemplos para probar que todas las cosas humanas son pasajeras. Dios empezó por señalar la relatividad de nuestra vida alternando en ella el día con la noche (Génesis 1,4 s.), a diferencia de la eternidad en que Él es “sin mudanza ni sombra de variación” (Santiago 1,17). Habla solamente de las cosas corporales, porque las espirituales ni están debajo del cielo, ni sujetas al tiempo (San Jerónimo).
5. Los enemigos devastaban los campos cubriéndolos con piedras (véase 2 Reyes 3,25).
11. Buenas a su tiempo: otros traducen: Buenas y a su tiempo. Y hasta la eternidad la puso en sus corazones: Caben muchísimas versiones de este texto oscuro. Vulgata: y entregó el mundo a la disputa de ellos. Manresa: y el mundo puso en sus manos. Nácar-Colunga: (puso) en el alma la idea de la perduración. Bover-Cantera: puso el mundo (¿futuro?) en el corazón de ellos.
12 s. Llevar una vida regalada. Vulgata: hacer buenas obras. Véase 2,24 y nota. “Da a entender que en todos los casos, por adversos que sean, antes nos habremos de alegrar que turbar” (San Juan de la Cruz).
14. No añadir nada, ni quitar nada, porque Él todo lo hizo admirablemente (Salmos 8,2). Lo mismo dice de sus Palabras (Proverbios 30,6; Apocalipsis 22,18). En eso conocemos nuestra depravación: en la rebeldía que nos lleva a querer perfeccionar al Padre Omnipotente y Misericordioso.
15. Con esa sucesión renueva Dios la faz de la tierra, como lo dice respecto de los animales el Salmos 103,29-30.
16 ss. En este párrafo el sabio vuelve a reparar en que los buenos y los malos, los hombres y las bestias han de sufrir la misma suerte: la muerte. Su mirada abarca solamente el orden de la vida natural. De ahí que sus reflexiones sean harto pesimistas sobre la humanidad (versículos 16; 4,1; 5,7, etc.), y hasta parezcan escépticas (versículos 21 y 22), pues deliberadamente deja de lado la inmortalidad (véase Job 19,25). La solución, sin embargo, se ve en el versículo 17, y también al final del libro: “Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es todo el hombre. Y todo cuanto se hace, lo traerá Dios a juicio, aun las cosas ocultas, sean aquéllas buenas o malas” (12,13-14). Cf. Salmos 43,11-13 y nota.
22. Vuelve al pensamiento de 2,24, no como un ideal epicúreo, sino al contrario, como quien se aleja de esa ambición que tanto desprecia (1,8; 2,18; 4,8, etc.), para buscar la paz de un bienestar moderado que Dios bendice y que nos lleva a alabar su bondad. En hebreo acción de gracias significa lo mismo que alabanza (Joüon).
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ECLESIASTÉS 4
1. Es el gran problema del dolor y de la iniquidad en el mundo que ha impresionado hasta la blasfemia a tantos incrédulos como Schopenhauer (véase 3,16; 5,7; Job 35,9), y cuya solución se busca en vano fuera de la fe.
2 s. Conclusión lógica para la sabiduría humana. De ahí que algunos filósofos predicaran el suicidio… aunque no siempre con el ejemplo, porque es muy fuerte el instinto de conservación.
4. Una de las más dolorosas señales de nuestra caída. La envidia originó el primer homicidio (Génesis 4,3-8). Véase Daniel 6,3 s.
5 s. Digresión que algunos exégetas consideran añadida.
8. Mucho insiste sobre esta insensatez del acumular sin ningún objeto; quizá porque es la más difundida entre muchos que el mundo tiene por sabios. Véase 3,22; Proverbios 28,8; Salmos 38,1 y nota; Eclesiástico 11,20.
14. ¡Cuántos ejemplos nos ofrece la historia, antes y después de la Revolución Francesa!
15. “Siempre el aura popular sigue al que se encumbra; pero dura poco. Una nueva generación habrá olvidado su nombre” (P. Manresa).
17. Precioso punto de meditación, sobre todo a la luz del Evangelio, donde el Padre mismo nos da como precepto el escuchar a Jesús (Mateo 17,5), y donde Él nos enseña a ser como los niños (Mateo 18,3), que antes de hablar escuchan, y nos ofrece las palabras del Padre (Juan 8,26; 14,10; 17,18) como la verdad que santifica (Juan 17,17). Así, antes de afanarnos como Marta por ofrecerle obsequios, elegiremos la mejor parte, como María, que lo escuchaba sentada a sus pies (Lucas 10,38 ss.). En algunas ciudades se practica la Hora Santa Bíblica, que busca, junto a la Presencia silenciosa de Cristo en la Eucaristía, el oírlo hablar, como lo oían sus discípulos (Mateo 13,15-17) mediante la lectura de sus palabras (1 Juan 1,3 s.).
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ECLESIASTÉS 5
1. Continúa el asunto tratado en 4,17. Jesús lo confirma enseñándonos a “no hablar mucho en la oración, como los gentiles que se imaginan haber de ser oídos a fuerza de palabras” (Mateo 6,7).
3 s. El Talmud muestra cómo el judaísmo decadente era tan pródigo en hacer votos como en hallar razones para no cumplirlos. Este farisaísmo que piensa hacer favores a Dios, es un grave peligro para el alma. Véase Proverbios 20,25; Salmos 15,2; 39,7; 49,7-13; Isaías 1,11 e Imitación de Cristo III. 40.
5. Fue inadvertencia: Puede aplicarse a todos los pecados que se cometen mediante la lengua: mentiras, calumnias, etc., pero especialmente se refiere a las excusas para no cumplir los votos y promesas (versículos 1-4; Salmos 140,4). Al que se excusa, Dios lo acusa; al que se acusa, Dios lo excusa. ¡Admirable misericordia! Véase Salmos 50 y notas. Ángel significa en el Antiguo Testamento a los mensajeros de Dios y hasta Dios mismo (Génesis 16,6 ss.); en el Nuevo Testamento también a los ministros y pastores (1 Corintios 11,10). Aquí es sinónimo de enviado, encargado, ministro, sacerdote.
6. El que mucho sueña, no puede realizar lo que sueña, y al fin no hace nada. Puede también referirse a los sueños de los falsos profetas.
7 s. Si ves: No dice que son abusos de aquel momento; habla para todos los tiempos y países (véase 7,16 y nota). No te sorprendan tales cosas: Sabia y dulce norma de paz, que nos da también David (Salmos 36) y Jesús en varios pasajes del Evangelio. Véase Mateo 24,6; Juan 14,1 y 27, etc.
9. Sobre la ambición insaciable véase Proverbios 30,15; Catecismo Romano III, 10, 12; IV, 13, 13. Sobre la pobreza. del avaro, Proverbios 28,8 y 22, etc.
10. Para administrar los muchos bienes hay que emplear muchos obreros, empleados, administradores. Hay que atender, además, a los amigos, huéspedes, mendigos, etc. Todo el final de este capítulo es una elocuentísima meditación sobre la vanidad de la opulencia.
16. El rico que siempre teme por sus riquezas, come casi en secreto, para no excitar la envidia de otros. Así su vida está llena de cuidados y molestias.
17 ss. Véase 2,24 y nota. El rico no avariento es bendecido por Dios (Proverbios 12,9; 12,27; 14,24; Salmos 111,3; Eclesiástico 31,8), y sólo así puede ejercitar la virtud de la magnificencia que recomendaba Pío XI, emprendiendo obras, aunque no le sean indispensables, para que otros hallen trabajo y prosperidad. Lo mismo puede decirse del Estado.
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ECLESIASTÉS 6
1 s. Aquí no se trata del avaro, sino del que por una prematura muerte o por otras circunstancias no puede gozar de los bienes acumulados.
3. Carecer de sepultura equivalía a perder todo honor. Un rico puede correr el peligro de no tener sepultura, sea por no disponer el dinero para este fin, o sea porque sus herederos se lo niegan para castigar su avaricia. Llama la atención la insistencia con que el Sabio quiere inculcarnos esta misma verdad en diversos pasajes; sabía bien cuan difícilmente sería admitida.
5. Véase 2,13 ss. y nota; 4,3; Job 3,16.
8. De ahí la primera bienaventuranza (Mateo 5,3; Lucas 6,20).
9. También la experiencia enseña que es feliz quien se contenta con su estado. El refrán popular lo expresa diciendo: Vale más un pájaro en mano que cien volando.
10. El hombre no puede disputar con Dios, puesto que éste tiene ya decretado nuestro estado desde el primer momento de nuestra vida (véase Job 9,32; 38,3 ss.; Isaías 10,15; 45,9; 1 Corintios 10,22; Romanos 9,21). Lo triste es cuando aceptamos esta verdad como resignándonos a lo inevitable, y no vemos, a la luz del Evangelio, la fisonomía paternal de ese Dios que nos ama con infinita misericordia (Salmo 102,13; Efesios 2,4), que llegó a darnos su Hijo único (Juan 3,16) y que, no pudiendo negarnos nada después de semejante don (Romanos 8,32), nos asegura también lo temporal (Mateo 6,33), y nos llama hijos a los que creemos en su Nombre de Padre (Juan 1,12).
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ECLESIASTÉS 7
1. Este versículo en el texto hebreo es 6,12. Se dirige contra la ciencia presuntuosa y la ambición que pretende influir en la historia, sin comprender que cualquier acontecimiento imprevisto puede cambiar su curso. Véase 3,22; 8,17; 11,5.
2. Sobre la buena reputación, véase Proverbios 22,1 y nota. Sobre el día de la muerte, que la Iglesia mira como el natalicio de los santos, véase 12,7; Eclesiástico 30,17; Jonás 4,3; Apocalipsis 14,13.
3. Todos hemos experimentado cuan elocuente y sugestivo es el espectáculo de una muerte para abrir nuestros ojos a la realidad.
4. Mejor es el pesar que la risa. Se refiere a la hilaridad mundana, y no a la alegría del corazón que es “tesoro de santidad” (véase Eclesiástico 30,23). La única tristeza buena es la contrición (2 Corintios 7,10; Proverbios 25,20).
5. “La alegría vana, dice San Juan de la Cruz, ciega el corazón y no le deja considerar y ponderar las cosas; y la tristeza hace abrir los ojos y mirar el daño y provecho de ellas” (Subida II, 17).
9. Esto es: no sabemos si un negocio es bueno y perfecto, hasta que termina bien. Así también vale más el hombre ya aguerrido, que no el que parece prometer mucho sin que sepamos cómo terminará.
10. “Todo hombre sea pronto para escuchar, pero detenido en hablar, y refrenado en la ira, porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1,19 s.). Cf. Proverbios 12,16 y nota.
11. No es sabiduría, porque la filosofía de la historia no puede juzgar a Dios, único que tiene la llave de los acontecimientos. El hombre tiende a considerar que “cualquier tiempo pasado fue mejor” (Jorge Manrique). Véase versículo 14.
12. Es decir que la riqueza no es mala en sí, y aún puede ser un bien (véase 5,17). Pero esto sucede rara vez (Mateo 19,24) porque es más difícil servir a Dios en la prosperidad, que en el dolor (véase 6,8).
13. Da vida: es decir, enseña a valorar las cosas terrenales, usándolas dignamente.
16. Lo dice muchas veces David, el rey santo. Bien pudo, pues, decirlo Salomón, porque la sabiduría de su gobierno, aunque disminuyó a las iniquidades, no pudo llegar a suprimirlas del todo, en el hombre caído. Véase 5,7 y la introducción.
17. La exageración de una virtud es deformación que redunda en menoscabo de otra. Como dice San Agustín. “No se censura la justicia del sabio, sino la soberbia del presuntuoso; a aquel que quiere ser demasiado justo, la misma demasía le hace injusto”. De ahí el adagio: “Lo mejor es enemigo de lo bueno.” El “caminito” de infancia espiritual que Santa Teresa de Lisieux extrajo del Evangelio, nos hace preferir deliberadamente las virtudes más pequeñas, confiando en la maravillosa promesa de Jesús, según la cual si somos fieles en lo poco (Lucas 16,10), lo seremos también en lo mucho, reconociendo. así a Dios la parte principal en nuestra santificación, que es lo que más lo glorifica. Véase Proverbios 9,4 y nota.
18. Morir antes de tiempo: “La necedad, o sea el vicio, atrae como pena una muerte prematura” (Vaccari). (7,2; 9,12). En el Nuevo Testamento se aduce otro motivo de suprema eficacia para huir del pecado: no ya la muerte, que ordinariamente se anuncia mucho antes, sino la venida del glorioso Juez de vivos y de muertos, que nadie podrá prever porque llegará por sorpresa, “como un ladrón en la noche” (1 Tesalonicenses 5,1-4; 2 Pedro 3,10; Apocalipsis 3,3; 16,15). Es el supremo argumento que Jesús nos da para estar en vela (Mateo 24,42 s.; Marcos 13,32-37; Lucas 12,35-40).
19. El temor de Dios hace que todo se tome en la justa medida. Cf. Romanos 8,28 (Vaccari). Admiremos la plenitud de esta promesa, muchas veces repetida en el Antiguo Testamento y que Jesús concreta en Mateo 6,33. Véase también el contraste en Mateo 6,24 y 12,30.
20. Sobre la fuerza y privilegios de la sabiduría véase Sabiduría capítulo 6 y siguientes.
21. San Agustín, a la luz del Nuevo Testamento, muestra que podría no pecar jamás el hombre que aprovechase plenamente de la gracia ofrecida por Dios, si bien no cree que haya existido tal hombre. Tal parece ser el sentido del presente versículo. Véase 1 Reyes 8,46; 2 Crónicas 6,36; Proverbios 20,9; 1 Juan 1,8 y notas. Cf. Salmos 31,5 y nota.
22. El que esto medita se cura del ansia de aplausos, al ver que es ilusión el querer librarnos de que se hable mal de nosotros. ¿Acaso no lo hemos hecho con los demás? Así aprendemos a despreciar el mundo y adquirimos la felicísima libertad del espíritu (véase Juan 8,32).
27. Habla de la mala mujer, figura de la necedad (véase Proverbios capítulos 6-7). Este versículo y el 29 son una tremenda admonición, tanto para las mujeres, cuyo triste privilegio es ser constantemente un objeto de tentación y pecado para la concupiscencia masculina, cuanto para el varón, a quien Satanás “padre de la mentira”, sabe disfrazarle, con las más atrayentes galas de la belleza y del amor, lo que no es sino un apetito de la carne que va contra el espíritu. Cf. Gálatas 5,17; Marcos 14,38; Juan 3,6; 6,64; 1 Corintios 6,12-20; 7,1-9. Véase como contraste el capítulo sobre la mujer fuerte (Proverbios 31,10-31).
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ECLESIASTÉS 8
3. Léase lo que San Pablo dice sobre la autoridad civil en Romanos 13,1 ss. y nota.
5. Véase la admirable promesa de Jesús en Lucas 12,11 s.; 21,15.
8. Para retenerlo: Para prolongar su vida. ¿Cómo creerse dueño de nada en este mundo, si no podemos dominar siquiera el cuerpo, su salud, su vida, ni aumentar su estatura (Mateo 5,36), ni cambiar el color de un cabello (Mateo 6,27)? De ahí el ejemplo de los Recabitas (Jeremías 35), que vivían como peregrinos en tiendas de campaña.
10. Son olvidados en la ciudad, donde habían obrado rectamente. Los malvados, en cambio, son honrados por los ciudadanos, que les erigen monumentos. De este modo se escribe la historia según la justicia humana.
11 ss. En Sabiduría 11,21-27 se explica esta paciencia de Dios con los pecadores. Véase también Salmos 72 y notas.
16. El trabajo que los hombres hacen, es decir, la preocupación de encontrar la causa de las cosas (ver 7,1; 11,5). El P. Manresa observa aquí: “Si tan pobres son los resultados de la filosofía humana en sus afanes por adueñarse de los misterios de Dios en las cosas, no son gran cosa mejores los del saber teológico. Escalando los varios grados de las cosas, y remontándonos de los efectos a las causas, todavía no nos será dado descifrar a través de la conducta que Dios tiene sobre nosotros, en qué medida somos objeto de amor o de odio”. Cf. 9,1; Salmos 93,11; 115,2 y notas.
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ECLESIASTÉS 9
1. El hombre no sabe, etc.: El sentido, como explica Vaccari, es que los bienes y males de esta vida caen igualmente sobre buenos y malos, por lo cual nadie puede juzgar si la suerte de tal persona es premio o castigo. En cuanto a que Dios nos ama, felizmente lo sabemos por la asombrosa revelación de Jesús en Juan 3,16 y muchos otros pasajes, así como que Él nada aborrece de cuanto ha hecho (Sabiduría 11,25), ni aun a los pecadores (ibíd. 24), porque San Juan dice que Dios es amor (1 Juan 4,16). Y los que deseamos ser sus amigos, sabemos que Jesús, igual al Padre, “no echa fuera” a nadie que va a Él (Juan 6,35), y “el Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Romanos 8,16).
2. Notemos que es Dios mismo quien nos está revelando estas cosas, sin miedo de escandalizarnos. Aprendemos así a no querer conquistar las almas con promesas temporales, no obstante ser tan numerosas las que el Señor hace, sino con las maravillas de la doctrina espiritual que nos lleva a la vida santa mediante el amor que viene del conocimiento. Véase Juan 14,23 s.; Gálatas 5,6; Salmos 118,11 y 32 y notas.
3. Van a morar con los muertos: La Vulgata transcribe: serán llevados al infierno. Véase Salmos 6,8 y nota.
5. Es importante saber que la esperanza de los judíos en nuestro destino eterno se fundaba en el misterio de la resurrección más que en la inmortalidad del alma, siendo la muerte un castigo de la naturaleza caída, que llevaba –según ellos– al hombre con alma y cuerpo al oscuro reino del sepulcro (scheol). Escribe sobre esto Vacant en “Dictionnaire de la Bible”. editado por Vigouroux: “La cuestión de los destinos del individuo se confundía con la de la salvación del género humano y venida del Mesías (véase Job 19,23-27; Tobías 2,17-18; 13,1-2; Daniel 12, 2, 13; 2 Macabeos 7,9; 11,14). Pero sólo en el segundo advenimiento resucitarán los cuerpos, y los elegidos reinarán con Dios en cuerpo y alma. Estas enseñanzas son afirmadas repetidamente en el Evangelio, las Epístolas de los Apóstoles y el Apocalipsis… San Justino, San Ireneo, Tertuliano, San Cirilo de Alejandría, San Hilario, San Ambrosio y el mismo San Agustín pensaron que hasta entonces las almas no poseían sino una felicidad imperfecta, en un lugar que ellos llaman ora infierno (hades), ora paraíso, ora seno de Abraham” (Vacant, articulo “Ame”). El Concilio de Florencia (años 1438-1445) definió como dogma de fe que las almas de los justos entran en posesión del cielo antes de la resurrección de los cuerpos (Denz. 693), de acuerdo con lo declarado por el Concilio II de Lyon en 1274 (Denz. 464) y por Benedicto XII en 1336 (Denz. 530). Cf. versículo 11.
8. Vestidos blancos y perfume en la cabeza son señales de fiesta. Según San Jerónimo, los vestidos blancos simbolizan la pureza de costumbres, y el perfume las obras de misericordia que el hombre debe practicar con su prójimo.
9 s. Preciosa felicitación para una boda cristiana: señala el gozo, y también su brevedad (véase Proverbios 5,15 y 19). San Jerónimo entiende por esposa en sentido alegórico la Sabiduría, lo cual no quita el sentido literal que claramente alude a esa vida de hogar, bendecida por Dios y tan ejemplarmente respetada por los hebreos desde los tiempos patriarcales, como observa Donoso Cortés en su célebre discurso sobre la Biblia. Véase Salmos 127,3; Juan 2; Proverbios 5,18; Malaquías 2,14.
10. Scheol: lugar donde están los muertos. Cf. versículo 5 y nota.
11. Admirable observación del sabio, que pinta a lo vivo y a las mil maravillas el engaño del mundo. ¡Y tan al revés de lo que piensan los hombres! Pues “lo que al hombre le parece casual, no lo es respecto de Dios, que dirige con su altísima providencia al fin que se propuso todos los sucesos, aun los más pequeños e insignificantes para nuestra débil razón” (Páramo).
12. El tiempo aciago: la muerte. Véase 7,18 y nota.
14. Es como una parábola que confirma lo dicho en el versículo 11.
18. Un solo pecador. Otra versión: uno solo que yerra. El pecado es el error más grave y está más en contraste con la sabiduría que cualquier falta inconsiderada.
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ECLESIASTÉS 10
2. La sensibilidad ha de estar sometida a la razón iluminada por la fe. De lo contrario los sentimientos nos engañan llevándonos, según el estado de ánimo, al exceso de generosidad… o de lo contrario.
6. Véase versículos 16 s.; Proverbios 19,10; 28,12; 29,2; 30,22. Norma de sabiduría política como las del Salmo 100. Platón combatía ya la demagogia, en que gobierna “el mayor número de los peores”.
8. Es como la ley del talión que hace recaer sobre el culpable su falta. Véase Proverbios 26,27; Eclesiástico 27,29.
10. El sentido es que la dificultad aguza el ingenio. “La necesidad es la madre del progreso”, dice el refrán.
11. San Jerónimo vierte: El que de otro dice mal en secreto, es como una serpiente que muerde sin ruido; y comenta: “Pero me diréis: «Yo no murmuro; si los otros lo hacen, ¿qué puedo yo hacer? ¿Heles, por ventura, de tapar la boca?» Todas estas excusas inventamos para colorear nuestros pecados. Pues a Cristo no podemos engañarlo con maña ni artificio. Y esto no es mi sentencia, sino la del Apóstol, que dice: «No queráis errar; Dios no se deja burlar». Porque Él ve los corazones y nosotros sólo el semblante” (Ad Rust. 19).
14. Habla mucho, y piensa poco. Es el tipo del hombre moderno. “Los vasos vacíos son muy sonoros; y del mismo modo los que tienen poco talento, son muy habladores” (Laertius, lib. VII).
15. El necio siempre está afanado, porque, como nunca llega a su objeto, de nuevo comienza sin cesar, y no acaba de aprender siquiera las cosas más sencillas.
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ECLESIASTÉS 11
1. No conocemos el futuro. Una cosa que parece perdida, puede terminar con éxito. Al fin es Dios el que dirige todo y recompensa el trabajo. Otros lo aplican a la ilimitada generosidad en dar, que atrae seguras bendiciones tarde o temprano (véase Salmos 111,9; 2 Corintios 9,9; Proverbios 28,27; Lucas 6,38; 11,1, etc.). Otros, a que toda empresa exige riesgos antes de dar fruto (versículo 4), por lo cual el riesgo debería ser repartido (versículo 2). Así Vaccari.
2. Da limosnas, porque no sabes, qué mal robará todos los bienes. Otros traducen: Haz (de ese pan) siete u ocho partes. Equivaldría al adagio: no poner todos los huevos en una sola canasta (para no perderlos todos si ésta se cae).
3. Parece aconsejar una prudente previsión, antes que se consume lo que sería luego irreparable. Muchos expositores aplican esto a la muerte, con la cual se decide la suerte del hombre.
4. Precioso remedio para los que sufren de indecisión. El que emprende algo, apoyado en una palabra de Dios (Lucas 5,5), nunca tendrá que arrepentirse, pues aunque no resultase lo que esperaba, sabrá que obró rectamente.
5. Sólo Dios nos conoce desde el seno materno (Salmos 138,16). Sobre nuestra ignorancia de los secretos de la naturaleza véase 7,1; 8,17.
6. Saludable desconfianza en las propias obras, En cambio, Dios mismo completa los trabajos de los que confían en Él, como Jacob (Sabiduría 10,10).
8. El Evangelio, y toda la Escritura, nos inculcan un espíritu de moderación, que no se aflige mucho por los contratiempos, ni se desenfrena en la alegría, sabiendo que pasarán tanto éstas como aquéllos.
9. No es esto una amenaza irónica, como si a Dios le doliera vernos contentos, sino una bellísima prueba de la paternal bondad, con que Él nos habla y nos mira (véase Salmo 102,13). De Él viene la alegría (versículo 10) y de Él también la sabiduría y el santo temor de ofenderlo con nuestros excesos (Proverbios 1,7 y nota). Sólo ella puede librarnos de seguir nuestra mala inclinación. Sobre el más allá véase 9,5 y nota.
10. Esto es: no te aflijas ni mortifiques inútilmente en esta precaria vida, pues la tristeza es mala (Proverbios 25,20; Eclesiástico 25,17) mientras que la alegría es fuente de sanidad (Eclesiástico 30,22 ss.).
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ECLESIASTÉS 12
1 ss. Esto es; ya no me agrada vivir. Este capítulo final enfoca decididamente la vida futura y confirma todo lo anteriormente dicho acerca de la vanidad de cuanto no sea amar a Dios y obrar sólo por Él. Así Tomás de Kempis (I, 1, 11) sintetiza todo el Eclesiastés desde su primer capítulo hasta el último.
3 s. La vejez es comparada a una casa, en la cual desaparece poco a poco la vida, representando los guardianes de la casa los brazos; los hombres robustos, las piernas; los que muelen, los dientes; los que miran por las ventanas, los ojos; las puertas de la calle, los labios. Las palabras de la lengua y la voz o canto de la garganta se velarán, y los oídos ensordecerán.
5. “Llegada la vejez, los cabellos blanquean (como la flor del almendro), los pies se hinchan, y se enfrían los apetitos” (San Jerónimo).
6. Nuevas imágenes que señalan la rotura de la vida. Son muy diversamente interpretadas.
7. El cuerpo a la tierra (Génesis 3,19), y el soplo, o alma, a Aquel que lo infundió (Génesis 2,7). Véase 3,17; 5,9; Salmos 145,4 y notas; Hebreos 9,26; Filipenses 1,21 ss.
8 ss. El autor vuelve a hablar de Salomón en tercera persona (véase la Introducción y 1, 2).
11. El Pastor único es, en sentir de San Jerónimo, Dios, quien nos ha dado la doctrina mediante las Sagradas Escrituras y por su Hijo Jesucristo. Otros entienden por pastor el mismo Eclesiastés, y aunque así fuese, sabemos que su enseñanza es obra del Espíritu Santo. Véase 1 Reyes 4,29.
12. No tiene fin el componer muchos libros (véase 1,8): No cesan los hombres en su curiosidad de leer libros, ni en su empeñosa suficiencia y anhelo de pasar por maestros (Mateo 23,6 s.; Lucas 20,46) con sus fluctuantes luces. “Un meridiano decide de la justicia: verdad de este lado de los Pirineos, mentira del otro lado” (Pascal). ¿Quién podrá decir lo que significa anclar para siempre en puerto seguro, y descubrir el único libro al que jamás se halla el límite, porque su sabiduría es un mar sin orillas que sobrepuja a toda humana inteligencia? (véase Eclesiástico 24,38 ss.). ¡Tal es, dichoso lector, el volumen divino que tienes en tu mano! Aprovecha, pues el consejo que aquí te da el Sabio; fuera de éste no busques otro, pues no lo hallarás. El prólogo latino a la edición vaticana de la Biblia por Mons. Gramática expresa: “La Iglesia, columna y fundamento de la verdad, acude a esa fuente, de la cual, desde que se abrió, nadie puede alejarse sin detrimento de su fe”.
13. Teme a Dios: Cf. Salmos 33,12 ss.; Proverbios 1,7 y notas. Hay pocas palabras en la Biblia que sean tan difíciles de traducir como el sustantivo “temor” y el verbo “temer”. El equivalente hebreo tiene dos significados: temer y respetar o reverenciar, pero en distinta escala, según la condición de la persona a que el “temor” sea tributado. Si se trata de Dios, como aquí, corresponde en general al temor filial y habría de traducirse por “reverencia”. Tenemos una clásica interpretación del temor en Efesios 5,33: la esposa “tema” a su marido. San Pablo no quiere decir que la esposa tenga miedo a su marido, sino que lo trate con el debido respeto, pues un matrimonio donde los cónyuges se miran mutuamente con miedo, no es matrimonio cristiano, cuyo modelo es la íntima unión de Cristo con la Iglesia. Santa Teresita, que vivía de la espiritualidad bíblica, sufría mucho a causa de la poca claridad de algunas traducciones. En sus “Consejos y Recuerdos” leemos: “Me contrista ver la diferencia de las versiones. Si yo hubiera sido sacerdote, habría aprendido el hebreo y el griego a fin de poder leer la palabra de Dios tal como Él se dignó hablarla en lengua humana”. Su enfermedad y la regla del Convento no le permitían el cumplimiento de sus deseos; sabemos, empero, que Santa Paula estudió el hebreo para leer el Antiguo Testamento en la lengua original.