LAS CARTAS DE SAN PABLO

NOTA INTRODUCTORIA

Saulo, que después de convertido se llamó Pablo –esto es, “pequeño”–, nació en Tarso de Cilicia, tal vez en el mismo año que Jesús, aunque no lo conoció mientras vivía el Señor. Sus padres, judíos de la tribu de Benjamín (Rm. 11, 1; Fil. 3, 5), le educaron en la afición a la Ley, entregándolo a uno de los más célebres doctores, Gamaliel, en cuya escuela el fervoroso discípulo se compenetró de las doctrinas de los escribas y fariseos, cuyos ideales defendió con sincera pasión mientras ignoraba el misterio de Cristo. No contento con su formación en las disciplinas de la Ley, aprendió también el oficio de tejedor, para ganarse la vida con sus propias manos. El Libro de los “Hechos” relata cómo, durante sus viajes apostólicos, trabajaba en eso “de día y de noche”, según él mismo lo proclama varias veces como ejemplo y constancia de que no era una carga para las iglesias (véase Hch. 18, 3 y nota).

Las tradiciones humanas de su casa y su escuela, y el celo farisaico por la Ley, hicieron de Pablo un apasionado sectario, que se creía obligado a entregarse en persona a perseguir a los discípulos de Jesús. No sólo presenció activamente la lapidación de San Esteban, sino que, ardiendo de fanatismo, se encaminó a Damasco, para organizar allí la persecución contra el nombre cristiano. Mas en el camino de Damasco lo esperaba la gracia divina para convertirlo en el más fiel campeón y doctor de esa gracia que de tal modo había obrado en él. Fue Jesús mismo, el Perseguido, quien –mostrándole que era más fuerte que él– domó su celo desenfrenado y lo transformó en un instrumento sin igual para la predicación del Evangelio y la propagación del Reino de Dios como “Luz revelada a los gentiles”.

Desde Damasco fue Pablo al desierto de Arabia (Ga. 1, 17) a fin de prepararse, en la soledad, para esa misión apostólica. Volvió a Damasco, y después de haber tomado contacto en Jerusalén con el Príncipe de los Apóstoles, regresó a su patria hasta que su compañero Bernabé le condujo a Antioquía, donde tuvo oportunidad para mostrar su fervor en la causa de los gentiles y la doctrina de la Nueva Ley “del Espíritu de vida” que trajo Jesucristo para librarnos de la esclavitud de la antigua Ley. Hizo en adelante tres grandes viajes apostólicos, que su discípulo San Lucas refiere en los “Hechos” y que sirvieron de base para la conquista de todo un mundo.

Terminado el tercer viaje, fue preso y conducido a Roma, donde sin duda recobró la libertad hacia el año 63, aunque desde entonces los últimos cuatro años de su vida están en la penumbra. Según parece, viajó a España (Rm. 15, 24 y 28) e hizo otro viaje a Oriente. Murió en Roma, decapitado por los verdugos de Nerón, el año 67, en el mismo día del martirio de San Pedro. Sus restos descansan en la basílica de San Pablo en Roma.

Los escritos paulinos son exclusivamente cartas, pero de tanto valor doctrinal y tanta profundidad sobrenatural como un Evangelio. Las enseñanzas de las Epístolas a los Romanos, a los Corintios, a los Efesios, y otras, constituyen, como dice San Juan Crisóstomo, una mina inagotable de oro, a la cual hemos de acudir en todas las circunstancias de la vida, debiendo frecuentarlas mucho hasta familiarizarnos con su lenguaje, porque su lectura –como dice San Jerónimo– nos recuerda más bien el trueno que el sonido de palabras.

San Pablo nos da a través de sus cartas un inmenso conocimiento de Cristo. No un conocimiento sistemático, sino un conocimiento espiritual que es lo que importa. Él es ante todo el Doctor de la Gracia, el que trata los temas siempre actuales del pecado y la justificación, del Cuerpo Místico, de la Ley y de la libertad, de la fe y de las obras, de la carne y del espíritu, de la predestinación y de la reprobación, del Reino de Cristo y su segunda Venida. Los escritores racionalistas o judíos como Klausner, que de buena fe encuentran diferencia entre el Mensaje del Maestro y la interpretación del apóstol, no han visto bien la inmensa trascendencia del rechazo que la sinagoga hizo de Cristo, enviado ante todo “a las ovejas perdidas de Israel” (Mt. 15, 24), en el tiempo del Evangelio, y del nuevo rechazo que el pueblo judío de la dispersión hizo de la predicación apostólica que les renovaba en Cristo resucitado las promesas de los antiguos Profetas; rechazo que trajo la ruptura con Israel y acarreó el paso de la salud a la gentilidad, seguido muy pronto por la tremenda destrucción del Templo, tal como lo había anunciado el Señor (Mt. 24).

No hemos de olvidar, pues, que San Pablo fue elegido por Dios para Apóstol de los gentiles (Hch. 13, 2 y 47; 26, 17 s.; Rm. 1, 5), es decir, de nosotros, hijos de paganos, antes “separados de la sociedad de Israel, extraños a las alianzas, sin esperanza en la promesa y sin Dios en este mundo” (Ef. 2, 12), y que entramos en la salvación a causa de la incredulidad de Israel (véase Rm. 11, 11 ss.; cf. Hch. 28, 23 ss. y notas), siendo llamados al nuevo y gran misterio del Cuerpo Místico (Ef. 1, 22 s.; 3, 4-9; Col. 1, 26). De ahí que Pablo resulte también para nosotros, el grande e infalible intérprete de las Escrituras antiguas, principalmente de los Salmos y de los Profetas, citados por él a cada paso. Hay Salmos cuyo discutido significado se fija gracias a las citas que San Pablo hace de ellos; por ejemplo, el Salmo 44, del cual el apóstol nos enseña que es nada menos que el elogio lírico de Cristo triunfante, hecho por boca del divino Padre (véase Hb. 1, 8 s.). Lo mismo puede decirse de Sal. 2, 7; 109, 4, etc.

El canon contiene 14 Epístolas que llevan el nombre del gran apóstol de los gentiles, incluso la destinada a los Hebreos. Algunas otras parecen haberse perdido (1 Co. 5, 9; Col. 4, 16).

La sucesión de las Epístolas paulinas en el canon, no obedece al orden cronológico, sino más bien a la importancia y al prestigio de sus destinatarios. La de los Hebreos, como dice Chaine, si fue agregada al final de Pablo y no entre las “católicas”, fue a causa de su origen, pero ello no implica necesariamente que sea posterior a las otras.

En cuanto a las fechas y lugar de la composición de cada una, remitimos al lector a las indicaciones que damos en las notas iniciales.

COLOSENSES 1

1. El Apóstol escribe esta carta desde Roma donde estaba preso, hacia el año 62, con el fin de explayarles, como a los Efesios, aspectos siempre nuevos del Misterio de Cristo, y de paso desenmascarar a los herejes que se habían introducido en la floreciente comunidad cristiana, “con apariencia de piedad” (2 Tm. 3, 5), inquietándola con doctrinas falsas tomadas del judaísmo y paganismo (necesidad de la Ley, de la observancia de los novilunios y de la circuncisión, culto exagerado de ángeles, gnosticismo, falso ascetismo). A este respecto véase, con sus notas, la Epístola a los Gálatas, especialmente el cap. 2.

5. Sobre esta esperanza véase 3, 4; Tt. 2, 13; Hch. 3, 21; Fil. 3, 20 s. y notas.

9. A pesar de no conocer personalmente a la Iglesia de Colosas, fundada por un discípulo suyo (Epafras), el Apóstol no cesa de recordarla en sus oraciones, deseándole los más altos bienes del espíritu, e insistiendo en hacer notar que ellos nos vienen siempre del conocimiento espiritual de Dios (v. 6 y 10). A esto lo llama “el poder de la gloria” (v. 11), que sostiene nuestra conducta y nuestro gozo en la paciencia. Véase igual concepto en 2 Tm. 3, 16 s. “No se debe hablar de las cosas de Dios según nuestro sentir humano. Nosotros debemos leer lo que está escrito, y comprender lo que leemos. Sólo entonces habremos cumplido con nuestra fe” (S. Hilario). Véase 2, 8 y nota.

14. Algunos añaden como en la Vulgata: por su sangre.

15 ss. Los siguientes versículos de esta Epístola, esencialmente cristológica, muestran la singularidad y absoluta majestad de la persona de Jesús. Jesús no es sólo infinitamente superior a los ángeles y otras creaturas sino que Él constituye el principio y fin del universo, por quien Dios lo ha creado todo. Cristo es, por consiguiente, cabeza de todas las cosas y especialmente de la Iglesia. Véase el Prólogo del Evangelio de San Juan (Jn. 1, 1-14). Cf. Hb. 1, 1-15; Ga. 6, 15; 2 Co. 5, 17; Ef. 1, 10 y 22; 5, 23- 32, etc.

16. Según suele entenderse estas expresiones se aplican a distintos órdenes de ángeles (cf. 2, 10 y 15; Rm. 8, 38; Ef. 1, 21) y también de demonios (cf. 2, 15; Ef. 3, 10 y 6, 12).

18. Cf. 2, 19; 1 Co. 15, 20; Ga. 3, 28; Ap. 1, 5. “Si la Iglesia es un cuerpo, necesariamente ha de ser una sola cosa indivisa, según aquello de S. Pablo: “Muchos formamos en Cristo un solo cuerpo” (Rm. 12, 5). Por lo cual se apartan de la verdad divina aquellos que se forjan la Iglesia de tal manera que ... muchas comunidades cristianas, aunque separadas mutuamente en la fe, se juntan, sin embargo, por un lazo invisible” (Encíclica de Pío XII “Cuerpo Místico de Cristo”).

20. Véase Ef. 1, 7 y 10; 2, 13 ss.; 1 Jn. 2, 2; 1 Pe. 3, 19; 4, 6. Reconciliar consigo todas las cosas: “Con cuya expresión fácilmente se desliza un sentido restringido exclusivamente al dominio ético. En realidad no se trata solamente de que sean “renovados” los actos morales del hombre por el cumplimiento de la Ley de Cristo sino más bien que el cosmos total, aun en su existencia y actividad, sea “incluido” en Cristo. Así como al final de un libro todos los capítulos antecedentes toman una forma nueva, concentrada, que los abarca todos, en un capítulo final y son “recapitulados” en él, así también el cosmos completo, el espiritual y el material, ha sido realmente construido de nuevo en el Hombre-Dios, Jesucristo” (P. Pinsk).

23 s. Sobre la esperanza del Evangelio, véase v. 27; Rm. 8, 25; Fil. 3, 20 y nota; Hb. 3, 6; 7, 19; 11, 1, etc. Ha sido predicado... debajo del cielo: Sobre la amplitud de esta expresión, véase Rm. 10, 18 y nota. Ministro: S. Pablo, que poco antes sufría cadenas “por la esperanza de Israel” (Hch. 28, 20), está ahora, desde el rechazo total de los judíos (Hch. 28, 26 ss.), plenamente entregado a la Iglesia cuerpo místico, en que ya no hay judío ni gentil (3, 11), de la cual se llama ministro, en griego diácono. Ahora sus cadenas son “por vosotros, gentiles” (Ef. 3, 1), y por esta Iglesia acepta gozoso (v. 24) lo que en su carne le toque aún, por designio de Dios, padecer con Cristo (Rm. 6, 3 s.; 8, 17 s.; Fil. 3, 10). Lo que en mi carne falta de las tribulaciones de Cristo: “Los sufrimientos de la Iglesia y de cada uno de sus miembros son sufrimientos de Cristo (Hch. 9, 5; Ap. 7, 4)” (Crampon). No quiere decir, pues, que faltase nada en la pasión sobreabundante de Nuestro Señor, “de cuya Sangre habría bastado una gota para redimir a todo el mundo de todo delito” (S. Tomás). Sabido es que “la carne desea contra el espíritu” (Ga. 5, 17); por eso el Apóstol la tiene reducida a servidumbre (1 Co. 9, 27) y acepta con gozo (2 Co. 7, 4), en unión con Jesús (Rm. 8, 17), las tribulaciones que le sobrevienen o puedan sobrevenirle (2 Co. 1, 5), como ministro de la Iglesia (v. 25), y por amor a la misma a ejemplo de Cristo (Ef. 5, 25).

25. Anunciar en su plenitud el divino Mensaje: Otros traducen: Completar la palabra de Dios, es decir revelar el misterio de que habla a continuación, el cual hasta entonces había estado escondido, siendo sin duda una de esas cosas que Jesús no reveló a los Doce porque ellos no estaban preparados para recibirla (Jn. 16, 12). Es muy notable que Dios eligiera para esto a Pablo, que no era de los Doce, “como prototipo de los que después habían de creer en Él” (1 Tm. 1, 16), y que Pablo sólo explayase este misterio en las Epístolas de la cautividad (Ef. cap. 1 y notas), es decir, terminado el periodo de los Hechos de los Apóstoles (Hch. 28, 21 y nota), de modo que la plenitud de su revelación a los gentiles sólo llegó cuando Israel desoyó la predicación apostólica, como había de desoír también la Epístola de los Hebreos. Más tarde el Apóstol hará a Tito una confirmación de lo expuesto aquí. Véase Tt. 1, 2 s.

26. Sobre este misterio escondido, véase Ef. 3, 9 y nota.

COLOSENSES 2

3. Escondidos: Cf. 1, 26; Co. 2, 7 y nota. Por lo cual en vano se pretendería investigarlos fuera del estudio de la divina Revelación (v. 4 y 8), para el cual más bien que la agudeza del dialéctico, se requiere la espiritualidad (1 Co. 2, 3) y la simplicidad propia de los humildes (Lc. 10, 21).

7. Jesucristo es la “piedra” sobre la cual el alma está edificada y elevada por encima de sí misma, de los sentidos, de la naturaleza, por encima de los consuelos y de los dolores, por encima de lo que no es únicamente Él. Y allí, en su plena posesión, ella se domina, se supera a sí misma y sobrepuja de este modo todas las cosas (Sor Isabel de la Sma. Trinidad). Véase Ef. 2, 20-22 y notas. Esto dice el mismo Señor refiriéndose al que edifica sobre sus Palabras (Mt. 7, 24).

8. Fundadas en la tradición de los hombres: Es ésta una de las frases más expresivas de S. Pablo. Pone el dedo en la llaga sobre la prudencia de los hombres, y el espíritu meramente humano, como predicador de una doctrina que no sólo es toda sobrenatural y divina, recibida por él de Cristo y “no de los hombres”, “ni según los hombres”, “ni para agradar a los hombres” (Ga. 1, 1-12), sino que, como tal, es contraria a toda sabiduría humana, y tan despreciada y perseguida por los carnales cuanto por los intelectualistas (1 Co. cap. 1-3) y por los que se jactan de sus “virtudes” (Lc. 10, 21; 18, 9, etc.). Todo esto forma lo que Cristo llama “el mundo”, que es necesariamente su enemigo (Jn. 7; 7). Por el solo hecho de no estar con Él, está contra Él (Lc. 11, 23), y no pudiendo recibir la verdadera sabiduría del Espíritu Santo, porque “no lo ve ni lo conoce” (Jn. 14, 17), considera “altamente estimable lo que para Dios es despreciable” (Lc. 16, 15), y se constituye, a veces so capa de piedad y buen sentido, en el más fuerte opositor de las “paradojas” evangélicas, porque le escandalizan (Lc. 7, 23; Mt. 13, 21 y notas). El gran Apóstol que fue burlado en la mayor academia clásica del mundo (Hch. 17, 32 y nota), nos previene aquí contra el más peligroso de todos los virus porque es el más “honorable”. Al terminar la segunda guerra mundial, se anunció que el campo de la cultura, para orientar a la humanidad, se disputará entre dos tendencias: la humanista por una parte, y por otra la pragmatista, utilitarista y positivista. S. Pablo, que otras veces nos previene contra esta última y contra aquéllos “cuyo dios es el vientre” (Fil. 3, 19), señalándonos la inanidad de esta vida efímera (1 Co. 6, 13; 7, 31; 2 Co. 4, 18; Hb. 11, 1, etc.), nos previene aquí también contra la primera, recordándonos que “todo el que se cree algo se engaña, porque es la nada” (Ga. 6, 3), y que “uno solo es nuestro Maestro”: Jesús de Nazaret (Mt. 23, 8), el cual fue acusado precisamente porque “cambiaba las tradiciones” (Hch. 6, 4). Véase Mc. 7, 4; Mt. 15, 3; Ne. 9, 6 y notas. “Si Babel trata de alzar más y más su torre, decía un Santo, cavemos nosotros más profundo aún nuestro pozo, hasta la nada total, basta el infinito no ser, para compensar en cuanto se pueda el desequilibrio”.

9 ss. S. Pablo defiende contra los falsos doctores tres grandes verdades: 1º) Cristo es superior a los ángeles, porque en Él reside plenamente la naturaleza divina y no en los ángeles; 2º) nuestros pecados son perdonados por Él, en la circuncisión espiritual, el Bautismo (v. 11), y no por los ángeles (v. 11-13); 3º) Cristo puso término al dominio de Satanás (v. 14 s.).

11. Nótese el contraste con Ef. 2, 11.

12. Sepultados con Él: Fillion hace notar que el mejor comentario de este pasaje lo da el mismo S. Pablo en Rm. 6, 3-5, y que el Bautismo era administrado originariamente por inmersión y figuraba así, primero la muerte y sepultura del hombre viejo, y luego la resurrección del hombre nuevo (cf. Const. Apost. 3, 17). Por la fe, etc.; es decir, que esta fe en la resurrección del Hijo hecha por el Padre ha de ser anterior al Bautismo. Así lo dice el Señor en Mc. 16, 16 y lo vemos en Hch. 2, 41; 8, 36 s., etc. Como observa el Cardenal Goma, el Bautismo es posterior a la profesión de fe, y esta fe viene de la palabra, la cual es, como él dice, “la primera función ministerial”. En el bautismo de los párvulos se supone que éstos piden previamente esa fe a la Iglesia, y luego hacen profesión de ella por medio de los padrinos.

13 ss. El argumento de S. Pablo es: Jesús, nuestro divino Campeón humilló hasta la infamia a los espíritus infernales (1, 16 y nota), arrebatándoles la escritura donde constaban nuestras culpas y dejándolos así en descubierto al despojarlos de la prueba en que se fundaban para acusarnos como enemigos nuestros. Manera tan sublime como audaz de presentar todo cuanto debemos a nuestro divino Abogado (1 Jn. 2, 1 s.). Cf. 3, 4; Lc. 21, 28; Jn. 14, 31 y notas; Rm. 8, 23; Ap. 12, 10, etc.

16. Los falsos doctores predicaban muchas prácticas exteriores como indispensables para la salud; ciertos manjares, fiestas, sábado judío, celebración de novilunios, etc. Semejantes cosas no valen más que la sombra en comparación con el sol. Sábados: Aquí se confirma la sustitución del antiguo sábado por el domingo, día de la Resurrección del Señor. Véase 1 Tim. 4, 4 ss. y nota.

18. El culto de los ángeles como otras tantas divinidades menores, semejantes a los “eones” de Valentino que menciona S. Ireneo, era una característica de los gnósticos. Parece que éstos, ya en tiempo de S. Pablo, se infiltraron en las comunidades cristianas del Asia Menor. Cf. Mt. 24, 4.

19. Véase Ef. 4, 16 y nota. “A la manera como en el cuerpo el cerebro es centro de los nervios, los que para él son instrumentos de los sentidos, así también el Cuerpo de la Iglesia recibe del Señor Jesucristo las fuentes de la doctrina y las causas que obran la salud” (Teodoreto).

23. Para la hartura de la carne: Así también el P. Bover. “Las prácticas en cuestión no tienen ningún valor ante Dios, porque provienen del orgullo y carecen de sinceridad; por otra parte, lejos de mortificar y someter a la carne, es decir, la naturaleza caída, le brindan un nuevo pasto, porque ella cree fácilmente que basta infligirse algunas maceraciones para hacer grandes progresos en la virtud” (Fillion). Es de advertir que este versículos ha sido traducido erróneamente por algunos, haciéndole decir, al revés, que en ese falso ascetismo hay algo de verdadera virtud.

COLOSENSES 3

3. He aquí la profunda realidad del Cuerpo Místico: estamos ya muertos al mundo por el Bautismo (2, 12; Rm. 6, 3 ss. y notas). No podemos aún salir del mundo, pero necesitamos librarnos de todas las cosas que se oponen al orden sobrenatural (v. 5), porque ya no somos del mundo. “Preceda el corazón al cuerpo. Hazte sordo para no oír. Los corazones, allá arriba” (S. Agustín). Cf. Jn. 17, 14-16; 1 Jn. 2, 15.

4. “La vida de la gracia está escondida en el fondo del alma: así como nuestros ojos mortales no perciben a Cristo en el seno del Padre, nada tampoco manifiesta exteriormente nuestra unión a Cristo y a su Padre. Pero el día en que Cristo vendrá a inaugurar la fase definitiva de su reino, la gracia florecerá en gloria y nosotros seremos asociados a su triunfo” (Pirot). Cf. 1, 5 y nota; 1 Co. 15, 43; Fil. 3, 20; 1 Jn. 3, 2.

7. También vosotros: los gentiles. Cf. Ef. 2, 11 ss. y notas.

9 s. Debemos cuidar la exactitud de una expresión que suele repetirse, según la cual para el cristianismo todos los hombres son hermanos, como hijos del mismo Padre. Lo son, ciertamente, como creaturas. Pero hijo de Dios, en el sentido sobrenatural, no es sino el que ha “nacido de nuevo” (Jn. 3, 3), es decir, el que vive su fe y su bautismo, convertido totalmente a Cristo, o sea el que ya no es del mundo (v. 3), el que ha renunciado a sí mismo y es un “hombre nuevo” (Ef. 4, 21-24). Quizás nos asombraríamos si pudiéramos ver cuántos son los que realmente viven la ley de gracia que nos hace, no sólo llamarnos hijos de Dios, sino serlo de veras (1 Jn. 3, 1). Estos, dice S. Juan, no pecan más, porque han nacido de Dios y la semilla divina permanece en ellos (1 Jn. 3, 9). Nótese que, según la doctrina central de esta Epístola, nuestro “hombre viejo” se renueva por el conocimiento, el cual no puede ser sustituido por ningún mecanismo, meramente exterior (v. 10; 1, 9 y nota; v. 4, 24, etc.). Es, pues, de trascendental importancia sembrar la Palabra de la cual nace el conocimiento sobrenatural de Dios (Jn. 17, 3 y 17), que es, como dice S. Tomás, una participación al conocimiento que Dios tiene de Sí mismo. Cf. 2 Tm. 2, 19 s. y notas.

12 ss. La caridad es algo más que un uniforme con que estamos vestidos: es la señal de nuestra elección. El mundo debe conocernos por las obras de nuestra caridad. Jesús puso como señal para sus discípulos el mutuo amor y enseñó que este espectáculo es el que puede convertir al mundo (Jn. 13, 34; 15, 12; 17, 21). Por eso dice: el vínculo de la perfección (v. 14), es decir, el lazo de unión que vincula y caracteriza a los perfectos (Fil. 3, 3). “En verdad que la caridad es el vínculo de la perfección, porque une con Dios estrechamente a aquellos entre quienes reina, y hace que los tales reciban de Dios la vida del alma, vivan con Dios, y que dirijan y ordenen a Él todas sus acciones” (León XIII, en la Encíclica “Sapientia Christiana”).

15. Véase Rm. 12, 5; 1 Co. 12, 13.

16. Con opulencia: es decir, que nadie puede pretender que conoce bien la Palabra de Dios si ignora el Evangelio y confía en los pocos recuerdos que puedan quedarle del Catecismo de su infancia (cf. 1 Ts. 2, 13 y nota). Santa Paula cuenta que, todavía en su tiempo, “el labriego conduciendo su arado cantaba el “aleluya”; el segador sudando se recreaba con el canto de los salmos, y el vendimiador, manejando la corva podadora, cantaba algún fragmento de las poesías davídicas”.

18 ss. De la idea principal de la caridad se desprenden los deberes de cada uno, particularmente los de los padres, hijos, esclavos y amos. Hay un paralelismo entre todo este pasaje y el que empieza en Ef. 5, 22. Véase 4, 16 y nota.

21. La autoridad paterna, por lo mismo que es la más elevada como reflejo de la divina Paternidad (Ef. 3, 15 y nota), ha de tomar ejemplo del Padre celestial, que no quiere movernos como autómatas, ni nos ha dado el espíritu de esclavitud (Ga. 5, 8 y nota), sino de hijos como Jesús (Ga. 4, 6 y nota), y lejos de querer abrumarnos (Ga. 3, 5 y nota), se preocupa especialmente de evitar que caigamos en esa desesperación o pusilanimidad que aquí señala S. Pablo. Cfr. Ef. 6, 4; 5, 21 ss.; 1 Co. 7, 20; 1 Pe. 3, 1. De lo contrarío, la obediencia del hijo nunca se haría consciente y voluntaria, y llegado a ser adulto sacudiría el yugo paterno en vez de asimilarse sus enseñanzas. De ahí que la Iglesia nos lleve a renovar, en la edad adulta, las promesas del Bautismo, que no pudimos formular por nosotros mismos cuando párvulos.

22. Véase sobre este importante punto la nota en Ef. 6, 5 ss. y las citas correspondientes.

COLOSENSES 4

1. “Elevemos, pues, los ojos al cielo: es a la luz de este pensamiento cómo amos y siervos han de considerarse iguales ante la faz de su común Amo y Señor” (Pío XII, Alocución del 5-VIII-1943).

3. ¡Una puerta para la Palabra! Es todo lo que ambiciona el Apóstol: poder entrar con la Palabra de Dios donde lo escuchen. Véase 1 Co. 16, 9; Hch. 19, 22 y nota; 2 Co. 2, 12; Ef. 6, 18-20; Rm. 12, 12; 1 Ts. 5, 17; 2 Ts. 3, 1.

5. Los de afuera: los que no son miembros de la Iglesia. Nuestra conducta sea tal que el mundo pueda palpar la verdad de nuestra religión, y decir, como de los primeros cristianos: “¡Mirad cómo se aman!” (cf. 3, 12 ss. y nota; 1 Co. 13). Aprovechad bien el tiempo: Literalmente: “redimiendo el tiempo”, aprovechando intensamente los fugaces días de nuestra vida para hacer el bien y edificar a otros. El que antes no lo hubiese hecho, tiene en Jesús el secreto único para recobrarlo con ventaja, pues Él nos descubrió, no sólo en la Parábola del Hijo Pródigo que el Padre celestial, lejos de rechazar al que se arrepiente, o castigarlo o disminuirlo, lo viste con las mejores galas y le da un banquete (Lc. 15), sino también en la Parábola de los Obreros, que al de la última hora se le pagó antes (Mt. 20, 13 s.), porque amará más aquel a quien más se perdonó (Lc. 7, 41 ss.), y S. Pablo enseña que “todas las cosas cooperan al mayor bien de los que aman” (Rm. 8, 28). Meditemos en esta maravilla qué significa poder entregarnos hoy a Dios como si jamás hubiésemos pecado ni perdido un instante. Dios concedió esta gracia a Santa Gertrudis de un modo expreso, pero le mostró que la misma está al alcance de todos, como acabamos de verlo. Véase Sal. 50 y notas.

6. La sal simboliza la sabiduría cristiana (cf. el rito del Bautismo, en que se administra al bautizando “la sal de la sabiduría”).

9. Onésimo, el mismo de quien trata la carta de San Pablo a Filemón.

10. Cf. 1, 5 y nota; Hb. 10, 37; Lc. 21, 37.

11. ¡Triste experiencia! Marcos y Jesús “el Justo” son los dos únicos israelitas que quedan fieles al Apóstol de los gentiles cuando se produce el retiro de los demás (Hch. 28, 29 y nota). Por otra parte es hermoso ver la fidelidad de Marcos a pesar del vivo incidente de Hch. 15. 39, y no obstante que Marcos era más bien discípulo de Pedro (1 Pe. 5, 13).

14. Lucas, el médico amado: el Evangelista y acompañante del Apóstol en la prisión. Cf. Hch. 27, 1 y nota. Era sirio (de Antioquía) y vemos que Pablo no lo cuenta entre los de la circuncisión (v. 11).

16. La carta a los de Laodicea, de la que habla S. Pablo, se ha perdido, a no ser que se trate de la carta a los Efesios, la cual, tal vez, estaba dirigida también a los de Laodicea (Ef. 1, 1 y nota). Compréndese aquí el empeño de S. Crisóstomo para que los creyentes lean constantemente las Cartas de S. Pablo (cfr. Hch. 28, 31 y nota) puesto que el mismo Apóstol así lo recomienda (1 Co. 5, 9; 1 Ts. 5, 27; 2 Ts. 2, 15; 3, 14).