EL APOCALIPSIS DEL APOSTOL SAN JUAN 

NOTA INTRODUCTORIA

Apocalipsis, esto es, Revelación de Jesucristo, se llama este misterioso Libro, porque en él domina la idea de la segunda Venida de Cristo (cf. 1, 1 y 7; 1 Pe. 1, 7 y 13). Es el último de toda la Biblia y su lectura es objeto de una bienaventuranza especial y de ahí la gran veneración en que lo tuvo la Iglesia (cf. 1, 3 y nota), no menos que las tremendas conminaciones que él mismo fulmina contra quien se atreva a deformar la sagrada profecía agregando o quitando a sus propias palabras (cf. 22, 18).

Su autor es Juan, siervo de Dios (1, 2) y desterrado por causa del Evangelio a la isla de Patmos (1, 9). No existe hoy duda alguna de que este Juan es el mismo que nos dejó también el Cuarto Evangelio y las tres Cartas que en el Canon llevan su nombre. “La antigua tradición cristiana (Papías, Justino, Ireneo, Teófilo, Cipriano, Tertuliano, Hipólito, Clemente Alejandrino, Orígenes, etc.) reconoce por autor del Apocalipsis al Apóstol San Juan” (Schuster-Holzammer).

Vigouroux, al refutar a la crítica racionalista, hace notar cómo este reconocimiento del Apocalipsis como obra del discípulo amado fue unánime hasta la mitad del siglo III, y sólo entonces “empezó a hacerse sospechoso” el divino Libro a causa de los escritos de su primer opositor Dionisio de Alejandría, que dedicó todo el capítulo 25 de su obra contra Nepos a sostener su opinión de que el Apocalipsis no era de S. Juan “alegando las diferencias de estilo que señalaba con su sutileza de alejandrino entre los Evangelios y Epístolas por una parte y el Apocalipsis por la otra”. Por entonces “la opinión de Dionisio era tan contraria a la creencia general que no pudo tomar pie ni aún en la Iglesia de Alejandría, y S. Atanasio, en 367, señala la necesidad de incluir entre los Libros santos al Apocalipsis, añadiendo que “allí están las fuentes de la salvación”. Pero la influencia de aquella opinión, apoyada y difundida por el historiador Eusebio, fue grande en lo sucesivo y a ella se debe el que autores de la importancia de Teodoreto, S. Cirilo de Jerusalén y S. Juan Crisóstomo en todas sus obras no hayan tomado en cuenta ni una sola vez el Apocalipsis (véase en la nota a 1, 3 la queja del 4º Concilio de Toledo). La debilidad de esa posición de Dionisio Alejandrino la señala el mismo autor citado mostrando no sólo la “flaca” obra exegética de aquél, que cayó en el alegorismo de Orígenes después de haberlo combatido, sino también que, cuando el cisma de Novaciano abusó de la Epístola a los Hebreos, los obispos de África adoptaron igualmente como solución el rechazar la autenticidad de todo ese Libro y Dionisio estaba entre ellos (cf. Introducción a las Epístolas de S. Juan). “S. Epifanio, dice el P. Durand, había de llamarlos sarcásticamente (a esos impugnadores) los Alogos, para expresar, en una sola palabra, que rechazaban el Logos (razón divina) ellos que estaban privados de razón humana (a-logos)”. Añade el mismo autor que el santo les reprochó también haber atribuido el cuarto Evangelio al hereje Cerinto (como habían hecho con el Apocalipsis), y que más tarde su maniobra fue repetida por el presbítero romano Cayo, “pero el ataque fue pronto rechazado con ventaja por otro presbítero romano mucho más competente, el célebre S. Hipólito mártir”.

S. Juan escribió el Apocalipsis en Patmos, una de las islas del mar Egeo que forman parte del Dodecaneso, durante el destierro que sufrió bajo el emperador Domiciano, probablemente hacia él año 96. Las destinatarias fueron “las siete Iglesias de Asia” (Menor), cuyos nombres se mencionan en 1, 11 (cf. nota) y cuya existencia, dice Gelin, podría explicarse por la irradiación de los judíos cristianos de Pentecostés (Hch. 2, 9), así como Pablo halló en Éfeso algunos discípulos del Bautista (Hch. 19, 2).

El objeto de este Libro, el único profético del Nuevo Testamento, es consolar a los cristianos en las continuas persecuciones que los amenazaban, despertar en ellos “la bienaventurada esperanza” (Tt. 2, 13) y a la vez preservarlos de las doctrinas falsas de varios herejes que se habían introducido en el rebaño de Cristo. En segundo lugar el Apocalipsis tiende a presentar un cuadro de las espantosas catástrofes y luchas que han de conmover al mundo antes del triunfo de Cristo en su Parusía y la derrota definitiva de sus enemigos, que el Padre le pondrá por escabel de sus pies (Hb. 10, 13). Ello no impide que, como en los vaticinios del Antiguo Testamento y aún en los de Jesús (cf. p. ej. Mt. 24 y paralelos), el profeta pueda haber pensado también en acontecimientos contemporáneos suyos y los tome como figuras de lo que ha de venir, si bien nos parece inaceptable la tendencia a ver en estos anuncios, cuya inspiración sobrenatural y alcance profético reconoce la Iglesia, una simple expresión de los anhelos de una lejana época histórica o un eco del odio contra el imperio romano que pudiera haber expresado la literatura apocalíptica judía posterior a la caída de Jerusalén. A este respecto la reciente Biblia de Pirot, en su introducción al Apocalipsis, nos previene acertadamente que “autores católicos lo han presentado como la obra de un genio contrariado... a quien circunstancias exteriores han obligado a librar a la publicidad por decirlo así su borrador” y que en Patmos faltaba a Juan “un secretario cuyo cálamo hubiese corregido las principales incorrecciones que salían de la boca del maestro que dictaba”. ¿No es esto poner aun más a prueba la fe de los creyentes sinceros ante visiones de suyo oscuras y misteriosas por voluntad de Dios y que han sido además objeto de interpretaciones tan diversas, históricas y escatológicas, literales y alegóricas pero cuya lectura es una bienaventuranza (1, 3) y cuyo sentido, no cerrado en lo principal (10, 3 y nota), se aclarará del todo cuando lo quiera el Dios que revela a los pequeños lo que oculta a los sabios? (Lc. 10, 21). Para el alma “cuya fe es también esperanza” (1 Pe. 1, 21), tales dificultades, lejos de ser un motivo de desaliento en el estudio de las profecías bíblicas, muestran al contrario que, como dice Pío XII, deben redoblarse tanto más los esfuerzos cuanto más intrincadas aparezcan las cuestiones y especialmente en tiempos como los actuales, que los Sumos Pontífices han comparado tantas veces con los anuncios apocalípticos (cf. 3, 15 s. y nota) y en que las almas, necesitadas más que nunca de la Palabra de Dios (cf. Am. 8, 11 y nota), sienten el ansia del misterio y buscan como por instinto refugiarse en los consuelos espirituales de las profecías divinas (cf. Si. 39, 1 y nota), a falta de las cuales están expuestas a caer en las fáciles seducciones del espiritismo, de las sectas, la teosofía y toda clase de magia y ocultismo diabólico. “Si no le creemos a Dios, dice S. Ambrosio, ¿a quién le creemos?”

Tres son los sistemas principales para interpretar el Apocalipsis. El primero lo toma como historia contemporánea del autor, expuesta con colores apocalípticos. Esta interpretación quitaría a los anuncios de S. Juan toda su trascendencia profética y en consecuencia su valor espiritual para el creyente. La segunda teoría, llamada de recapitulación, busca en el libro de S. Juan las diversas fases de la historia eclesiástica, pasadas y futuras, o por lo menos de la historia primera de la Iglesia hasta los siglos IV y V, sin excluir el final de los tiempos. La tercera interpretación ve en el Apocalipsis exclusivamente un libro profético escatológico, como lo hicieron sus primeros comentadores e intérpretes, es decir S. Ireneo, S. Hipólito, S. Victorino, S. Gregorio Magno y, entre los posteriores modernos, Ribera, Cornelio a Lápide, Fillion, etc. Este concepto, que no excluye, como antes dijimos, la posibilidad de las alusiones y referencias a los acontecimientos históricos de los primeros tiempos de la Iglesia, se ha impuesto hoy sobre los demás, como que, al decir de Sickenberger, la profecía que Jesús revela a S. Juan “es una explanación de los conceptos principales del discurso escatológico de Jesús, llamado el pequeño Apocalipsis”.

Debemos además tener presente que este sagrado vaticinio significa también una exhortación a estar firmes en la fe y gozosos en la esperanza, aspirando a los misterios de la felicidad prometida para las Bodas del Cordero. Sobre ellos dice S. Jerónimo: “el Apocalipsis de S. Juan contiene tantos misterios como palabras; y digo poco con esto, pues ningún elogio puede alcanzar el valor de este Libro, donde cada palabra de por sí abarca muchos sentidos”. En cuanto a la importancia del estudio de tan alta y definitiva profecía, nos convence ella misma al decirnos, tanto en su prólogo como en su epílogo, que hemos de conservar las cosas escritas en ella porque “el momento está cerca (1, 3; 22, 7). Cf. 1 Ts. 5, 20; Hb. 10, 37 y notas. “No sea que volviendo de improviso os halle dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!” (Mc. 13, 36-37). A “esta vela que espera y a esta esperanza que vela” se ha atribuido la riqueza de la vida sobrenatural de la primitiva cristiandad (cf. St. 5, 8 y nota).

En los 404 versículos del Apocalipsis se encuentran 518 citas del Antiguo Testamento, de las cuales 88 tomadas de Daniel. Ello muestra sobradamente que en la misma Biblia es donde han de buscarse luces para la interpretación de esta divina profecía, y no es fácil entender cómo en visiones que S. Juan recibió transportado al cielo (4, 1 s.) pueda suponerse que nos haya ya dejado, en los 24 ancianos, “una transposición angélica de las 24 divinidades babilónicas de las constelaciones que presidían a las épocas del año”, ni cómo, en las langostas de la 5ª trompeta, podría estar presente “la imaginería de los centauros” etc. Confesamos que, estimando sin restricciones la labor científica y crítica en todo cuanto pueda allegar elementos de interpretación al servicio de la Palabra divina, no entendemos cómo la respetuosa veneración que se le debe pueda ser compatible con los juicios que atribuyen al autor incoherencias, exageraciones, artificios y fallas de estilo y de método, como si la inspiración no le hubiese asistido también en la redacción, si es verdad que, como lo declara el Concilio Vaticano, confirmando el de Trento, la Biblia toda debe atribuirse a Dios como primer autor.

 

APOCALIPSIS 1

1. “Revelación de Jesucristo” ¿por ser recibida de Cristo o porque tiene a Cristo por objeto? Para resolver esta cuestión hay que observar que el término Revelación (en griego Apocalipsis) en el lenguaje del Nuevo Testamento se aplica generalmente a la manifestación de Jesucristo en la Parusía o segunda venida (Rm. 2, 5; 8, 9; 1 Co. 2, 7; 2 Ts. 1, 7; Lc. 17, 30; 1 Pe. 1, 7 y 13; 4, 13). Allo en su comentario admite ambos sentidos: Jesucristo da esta revelación, y Jesucristo es el objeto de la misma. La segunda acepción corresponde más al sentido escatológico y a la idea del inminente juicio de Dios, que prevalece a través de este Libro. Por medio de su ángel: cf. Dn. 9 y 10; Za. 1 y 2, etc., donde también un ángel es intermediario de la divina Revelación.

3. A causa de la bienaventuranza que aquí se expresa, el Apocalipsis era, en tiempos de fe viva, un libro de cabecera de los cristianos, como lo era el Evangelio. Para formarse una idea de la veneración en que era tenido por la Iglesia, bastará saber lo que el IV Concilio de Toledo ordenó en el año 633: “La autoridad de muchos concilios y los decretos sinodales de los santos Pontífices romanos prescriben que el Libro del Apocalipsis es de Juan el Evangelista, y determinaron que debe ser recibido entre los Libros divinos, pero muchos son los que no aceptan su autoridad y tienen a menos predicarlo en la Iglesia de Dios. Si alguno, desde hoy en adelante, o no lo reconociera, o no lo predicara en la iglesia durante el tiempo de las Misas, desde Pascua a Pentecostés, tendrá sentencia de excomunión” (Enchiridion Biblicum Nº 24). El momento está cerca: esto es, el de la segunda Venida de Cristo. Véase 22, 7 y 10; 1 Co. 7, 29; Fil. 4, 5; Hb. 10, 37; St. 5, 8; 1 Jn. 2, 18. Si este momento, cuyo advenimiento todos hemos de desear (2 Tm. 4, 8), estaba cerca en los albores del cristianismo ¿cuánto más hoy, transcurridos veinte siglos? Sobre su demora, véase 2 Pe. 3, 9 y nota.

4. Las destinatarias de las siguientes cartas son las siete comunidades cristianas enumeradas en el v. 11. Los siete espíritus parecerían los mismos de Tob. 12, 5. Llama la atención, sin embargo, que sean mencionados antes que Jesucristo (v. 5). San Victorino, cuyo comentario es el más antiguo de los escritos en latín, ve en estos siete espíritus. como en las siete lámparas (4, 5), los dones del Espíritu Septiforme.

5. Véase 3, 14; 19, 16; Col. 1, 18; 1 Jn. 1, 7; 2, 2, etc.

6. Hizo de nosotros un reino, etc.: cf. 5, 10. Es lo mismo que nos anuncia, desde el Antiguo Testamento, Daniel: “Después recibirán el reino los santos del Altísimo y los obtendrán por siglos y por los siglos de los siglos (Dn. 7, 18). Lo mismo expresa la Didajé (alrededor del año 100 d. C.) cuando dice: “Líbrala (a tu Iglesia) de todo mal, consúmala por tu caridad; y de los cuatro vientos reúne la santificada en tu Reino que para ella preparaste” Cf. Ef. 1, 22 s.

7. Viene con las nubes: Así lo vemos en 14, 14 ss., a diferencia de 19, 11 ss. donde viene en el caballo blanco para el juicio de las naciones. Según algunos, la nube sería la señal de la cosecha y la vendimia final de Israel (Mal. 3, 2 s. y nota; Mt. 3, 10 y nota), por medio de sus ángeles, conforme al anuncio de Mt. 24, 30-31, confirmado a Caifás (Mt. 26, 64), a quien Jesús dijo como aquí que lo verían ellos mismos que le traspasaron. S. Juan trae iguales palabras en Jn. 19, 37, citando a Za. 12, 10 donde se anuncia como aquí que entonces harán duelo por Él. Cf. Ez. 36, 31; Os. 3, 5, etc.

8. Alfa y Omega: primera y última letras del alfabeto griego. Algunos manuscritos añaden: el principio y el fin (cf. v. 17; 22, 13 y nota). Después de Cristo no habrá otro, pues él es el mismo para siempre (Hb. 13, 8). El que es, traducción del nombre de Yahvé (Ex. 3, 14).

9. Observa Allo que las palabras tribulación y reino se pueden tomar en sentido escatológico. La paciencia es el lazo entre ambos. Por medio de paciencia y esperanza pasamos de la tribulación a su Reino glorioso (8, 24).

10. En el día del Señor: el artículo usado en el texto griego nos hace pensar en un día determinado y conocido. De ahí que, aunque muchos vierten simplemente un Domingo, otros lo refieran, como el v. 7, al gran día de juicio que lleva en la Biblia el nombre del Día del Señor (Sal. 117, 24 y nota; Is. 13, 6; Jr. 46, 10; Ez. 30, 3; Sof. 2, 2; Mal. 4, 5; Rm. 2, 5; 1 Co. 5, 5; 1 Ts. 5, 2, etc.), entendiendo que el vidente fue transportado en espíritu a la visión anticipada del gran día. Cf. 4, 1 y nota. La trompeta, en los escritos apocalípticos, tiene significado escatológico. Cf. 8, 6 ss.; 1 Co. 15, 52; 1 Ts. 4, 16.

11. Escríbelo: Pirot hace notar que esta visión corresponde a las visiones inaugurales de los grandes profetas (Is. 6; Jr. 1; Ez. 1-3) y la diferencia está en que aquellos hablan de ser predicadores orales, en tanto que Juan debe escribir (cf. v. 19), lo cual denota la importancia de lo escrito en el Nuevo Testamento (cf. Jn. 5, 47 y nota). Las siete ciudades se hallan todas en la parte occidental del Asia Menor, con Éfeso como centro. No se sabe quién fundó esas iglesias. Algunos suponen que fue S. Pedro (1 Pe. 1, 1), y otros que pudo S. Pablo llegar a fundarlas cuando anduvo por Éfeso y Colosas en esa región. Estaban también en ella otras importantes Iglesias como la de Tróade (Hch. 20, 5 s.; 2 Co. 2, 12) y la de Hierápolis cuyo obispo era a la sazón Papías, discípulo de S. Juan, y que había sido fundada probablemente, como también la de Laodicea, por Epafras, colosense de origen pagano y coadjutor de S. Pablo (Col. 4, 13). ¿Por qué no se menciona aquí estas Iglesias? Fillion responde: “es el secreto de Dios”.

12. Los siete candelabros son las siete Iglesias (v. 20). Desde la antigüedad ven muchos comentaristas en el número siete un símbolo de lo perfecto y universal, de manera que las siete Iglesias representarían una totalidad (S. Crisóstomo, S. Agustín, S. Gregorio, S. Isidoro). Muchos consideran que las siete Iglesias corresponden a otros tantos períodos de la historia de la Iglesia universal (cf. 1, 19 y nota). Su más conocido representante en la patrística es S. Victorino de Pettau, quien en su comentario caracteriza los siete períodos de la siguiente manera: 1) el celo y la paciencia de los primeros cristianos; 2) la constancia de los fieles en las persecuciones; 3) y 4) períodos de relajamiento; 5) peligro por parte de los que son cristianos solamente de nombre; 6) humildad de la Iglesia en el siglo y firme fe en las Escrituras; 7) las riquezas y el afán de saberlo todo cohíbe a muchos para seguir el recto camino. Este sistema, con más o menos variantes, se mantuvo durante la edad media y encontró, en un escrito atribuido a Alberto Magno, la siguiente exposición: Éfeso: el período de los apóstoles, persecución por los judíos; Esmirna: período de los mártires, persecución por los paganos; Pérgamo: período de los herejes; Tiatira: período de los confesores y doctores y herejías ocultas; Sardes: período de los santos sencillos, durante el cual se introducen las riquezas y el escándalo de malos cristianos que aparentan piedad; Filadelfia: abierta maldad de cristianos; Laodicea: período del Anticristo. En la Edad moderna han difundido este modo de interpretación el santo sacerdote Bartolomé Holzhauser, Manuel Viciano Rosell y otros.

13. Nótese que el Hijo del hombre (Jesús) lleva la vestidura de rey y sacerdote. Cf. Dn. 10, 5 ss., donde el profeta narra una visión semejante a ésta. De ahí que algunos exégetas vean en aquel “varón” al Hijo del hombre. Véase Dn. 7, 13; Za. 6, 12 y notas.

14. Ojos como llama (cf. 2, 18). Nada falta en la Biblia para nuestro consuelo. La sobriedad del Evangelio no nos da, si exceptuamos la Transfiguración (Mc. 9, 1 ss. y paralelos), ningún detalle sobre la hermosura de Jesús, pero en cambio lo encontramos suplido con este y otros datos que nos ayudan a imaginar triunfante al hermosísimo entre los hombres (Sal. 44, 3 y nota) que por amor nuestro llegó a perder toda belleza (Is. 52, 14; 53, 2), y nos revelan también nuevas palabras de su boca como las que vemos en este Libro y en los Salmos, etc. Véase nuestra introducción al Salterio.

16. La espada de dos filos es figura del poder de la Palabra de Dios. La misma imagen se encuentra en 19, 15 y Hb. 4, 12. Cf. 2 Ts. 2, 8.

17. El primero y el último: título que indica la divinidad de Jesús. Véase v. 8; 22, 13; cf. Is. 44, 6; 48, 12.

18. El viviente: otro nombre que señala a Cristo (Hb. 7, 16 y 23 ss.). Porque Él murió y resucitó, es el Señor de la muerte y retiene las llaves de la muerte y del infierno.

19. Parece ser éste un texto llave: a) Lo que hayas visto o sea la visión de los vv. 12-18 (que en el v. 11 es llamado lo que vas a ver, y en efecto lo vio desde que se volvió en el v. 12 hasta que se desmayó en el v. 17); b) Lo que es: lo contenido en las siete cartas a las Iglesias (v. 11) que empiezan en el cap. 2; c) Lo que debe suceder después sería el objeto de la nueva visión que empieza en el cap. 4, la que tiene lugar a través de una puerta abierta en el cielo, y en la cual se le muestra la gran revelación escatológica que resulta del libro de los siete sellos. De acuerdo con esto dice Crampon que “las siete cartas que siguen tienen ciertamente relación con la situación de la Iglesia de Asia en el momento en que fueron dictadas a S. Juan, el cual había recibido la orden de escribir “lo que es”, y sólo después de terminar esas cartas fue admitido a conocer “lo que debe suceder después de esto” (4, 1). Ello no obstante, el mismo autor admite con S. Victorino y S. Andrés de Cesarea que, dado el carácter simbólico del número siete y la advertencia general que se repite al fin de cada carta, éstas pueden ser destinadas a todas las épocas. Cada carta tendría así un interés permanente, pues siempre sus enseñanzas hallan aplicación parcial en tal tiempo o tal lugar. Ello explica quizá la insistencia con que se anuncia en cada una de ellas la venida del Señor (2, 1 y nota). En la última (a Laodicea) esa venida se presenta como más inminente: “Estoy a la puerta y golpeo” (3, 20), por lo cual cuanto dejamos dicho no se opone a que cada carta pueda acaso, retratar, como vimos en el v. 12 y nota, sucesivos períodos de la Iglesia en general.

20. Aquí ángeles significa los espíritus representantes de las siete Iglesias. Cf. Si. 5, 5; Mal. 2, 7 s. No puede tratarse de los Ángeles custodios de las Iglesias, pues vemos que más adelante casi todos son reprendidos, lo que no se concibe en los espíritus puros que “cumplen la Palabra de Dios”. Cf. Dn. 10, 13 y nota. Pirot observa que “la tradición latina ha visto en ellos a los obispos, pero en el Apocalipsis un ángel no representa nunca a un ser humano y por otra parte las advertencias tienen en vista a las Iglesias en sí mismas” (cf. 10, 1 y nota). También se ha supuesto que los ángeles fuesen mensajeros enviados a Juan desde esas Iglesias, pero en tal caso el de Éfeso sería el propio Juan y tendría que escribirse a sí mismo.

 

APOCALIPSIS 2

1. Al ángel: palabra de sentido oscuro (1, 20 y nota). En cuanto al estilo de las siete cartas, los expositores hacen notar que todas llevan la misma estructura y la misma distribución de los elementos constitutivos: indicación del destinatario, examen del estado de la Iglesia, exhortación y promesa. Nótese también al comienzo de cada carta la referencia a alguno de los atributos de Cristo mencionados en su descripción de 1, 12-16 y la fórmula cada vez más apremiante en que Jesús anuncia su Venida: Vengo a ti (2, 5); vengo a ti presto (2, 16); hasta que Yo venga (2, 25); vendré como ladrón (3, 3); mira, pronto vengo (3, 11); estoy a la puerta y golpeo (3, 20).

2. Los que se dicen apóstoles y no lo son: Según Battifol, Zahn y otros, se trata de los mismos jefes de los nicolaítas (vv. 6 y 14). S. Pablo ya en su tiempo los caracteriza como disfrazados de apóstoles de Cristo (2 Co. 12, 11) y los llama irónicamente superapóstoles (2 Co. 11, 5 y 13) porque quieren ir más adelante que Él (2 Jn. 9; cf. Col. 2, 8 y 6 y notas). S. Juan enseña a defenderse de ellos en 1 Jn. 4, 1 ss.

5. Quitaré tu candelabro: te expulsaré de entre los santos y daré tu sitio a otro. ¡Cuántas veces no hemos visto análogas remociones! Países enteros que antes se llamaban cristianos son ahora musulmanes. Cf. Sal. 74, 9; Mt. 21, 41.

6. Nicolaítas (cf. v. 15): créese que fuera una secta de falso ascetismo, que prohibía el matrimonio, el vino y el consumo de carne (véase Hch. 6, 5; Col. 2, 16 y notas). S. Ireneo dice que vivían indiscretamente, por lo cual se duda, dice Allo, si su abuso consistía en entregarse a los placeres de la carne, o a la inversa, a una maceración excesiva. Algunos la explican por su etimología, de nikao (conquistar) y laos (pueblo) y piensan que el nicolaísmo era odioso a Dios porque pretendía dominar a las almas so capa de religiosidad, contrariando lo enseñado por Jesús en Mt. 23, 8 (cf. v. 2 y nota). Observa Pirot a este respecto que el sentido de esa palabra en griego equivale al de Balaam en hebreo. Cf. v. 14 y nota.

7. El árbol de la vida: literalmente el leño (xylon) lo mismo que en 22, 2. Así también llaman los LXX al que estaba en el Paraíso (Gn. 2, 9; 3, 22). El árbol de la vida es Cristo, dice S. Beda y de Él se priva el soberbio que, como Adán, pretende poseer la ciencia (la gnosis dicen los LXX) del bien y el mal. Sobre esos gnósticos, cf. 3 Jn. 9 y nota. “La referencia a las imágenes de Gn. 2, 9 (árbol de vida del Paraíso) recuerda uno de los temas favoritos del apocalíptico, el del retorno a los orígenes: habrá al fin de los tiempos una nueva creación (Is. 41, 4; 43, 18 s.; 44, 6), nuevos nombres (Is. 62, 2), una reedición de la paz entre hombres y animales (Ez. 34, 25)” (Pirot).

10. Fiel hasta la muerte: esto es, no sólo hasta el fin (Mt. 10, 22; 24, 13), sino hasta exponer la vida y darla si es necesario como lo hizo Jesús (véase Jn. 10, 11 y nota). Tal es el caso de los mártires, cuya virtud no consiste en desear la muerte (cf. Hch. 9, 24 s.; 2 Co. 5, 3 s. y notas) sino en la fidelidad con que dan testimonio de Cristo. “No padecer ni morir, dice Santa Teresa de Lisieux, sino lo que Dios quiera”. Esa es la espiritualidad evangélica, la verdadera infancia espiritual, que no presume de las propias fuerzas (cf. Jn. 13, 37 s.; 18, 25 ss.), ni pretende, como dice Job, hacer favores a Dios, ni piensa que Él se complace en nuestras dolores (Sal. 102, 13 y nota), antes cree a Jesús cuando nos revela que el primero en el Reino será el que más se parezca a los niños (Mt. 18, 1 ss.), los cuales no son heroicos sino que son confiados y por lo tanto dóciles. Cf. Sal. 130, 1 y nota. Sobre la presunción, véase Kempis L. 3, cap. 7, 2 s.

11. La segunda muerte es el estanque de fuego y azufre (20, 14; 21, 8). En 20, 6 se menciona la misma bienaventuranza prometida aquí.

12. La ciudad de Pérgamo, situada en el norte del Asia Menor, era famosa por el culto de los Césares y por sus esplendidísimos templos, entre ellos el de Asclepio (Esculapio), que atraía, a muchos peregrinos, y un suntuoso y blasfemo altar de Júpiter como salvador (Zeus Soter), levantado en una altura de trescientos metros sobre la ciudad.

13. Donde está el trono de Satanás: Aunque esta iglesia era quizá la que estaba dominada por el obispo Diótrefes que combatía a S. Juan (cf. la introducción a las Epístolas joaneas), esta expresión parece aquí, con mayor amplitud, referirse al espíritu mundano, pues el mismo Juan nos enseña que el mundo todo está asentado sobre el maligno (1 Jn. 5, 19), el cual es su príncipe (Jn. 14, 30). Algunos lo explican refiriéndolo al culto de Júpiter o al de Esculapio (v. 12 y nota) cuyo emblema era una serpiente, suponiendo que ésta podría simbolizar a Satanás (cf. 20, 2). Otros piensan en la persecución que había en Pérgamo.

14 s. Sobre Balaam (Nm. 24, 3; 25, 2; 31, 16), véase Judas 11 y nota. La doctrina de Balaam, muy de acuerdo con la de los Nicolaítas (v. 6; Hch. 6, 5 y notas), es la del que enseñó a los hijos de Israel a fornicar con los extranjeros y está aplicada aquí en sentido religioso (como la Jezabel del v. 20) a la fornicación espiritual, que ya no es con los ídolos como en el antiguo Israel (Os. 14, 4 y nota) sino con los poderosos de la tierra (17, 2; 18, 3), es decir, a la que vive en infiel maridaje con el mundo (St. 4, 4), olvidando su destino celestial y la fugacidad de su tránsito por la Peregrinación de este siglo (Ga. 1, 4 y nota).

16. La espada de mi boca: véase 1, 16 y nota.

17. Maná oculto: cf. Sal. 77, 24 imagen que significa nueva vida espiritual. Piedrecita blanca, señal de elección. En piedras blancas (“albo lapillo”) se escribían para memoria los nombres de los que habían de ser coronados en el certamen. Nombre nuevo: cf. 3, 12; 22, 4; Is. 62, 2; 65, 15. El nombre nuevo en la Biblia es como un nuevo ser: “El nombre escrito, probablemente el del Verbo (19, 13), será gustado por cada uno de los fieles vencedores; su experiencia de Cristo será íntima y personal” (Gelin).

20. Jezabel, nombre de la mujer del rey Acab, la cual hizo idolatrar al pueblo de Israel (1 R. 16, 31). Aquí se da este nombre cómo símbolo, aplicándolo, según Pirot, a “una profetisa que, ocupando sin duda en esa Iglesia una situación oficial, predica el error nicolaíta (vv. 6 y 14 s.)”. Sobre lo sacrificado a los ídolos, cf. v. 24 y nota.

22. Adulteren: en el sentido de idolatría y falsa doctrina. Cf. v. 14 y nota.

24. Las profundidades de Satanás: Los gnósticos pretendían dar una ciencia de los secretos divinos –de ahí su nombre– y en realidad eran impostores y sus llamados misterios y su ciencia secreta eran inventos de Satanás que llenaban a los adeptos de soberbia e impiedad. Véase 22, 10; 2 Jn. 9 y notas. Otra carga: Pirot recuerda aquí la abstención de los sacrificios a los ídolos (v. 20), prohibición judía que se extendió a los gentiles en Hch. 15, 20 y 28 s. S. Pablo les había prevenido que en cuestión de comidas sólo se trataba de evitar el escándalo a otros que juzgan. (Rm. cap. 14; 1 Co. cap. 8). Más tarde en Col. 2, 16 dice caramente: “Nadie, pues, os juzgue, en comida o en bebida”. ¿Qué alcance tenían entonces estas advertencias de S. Juan, hechas muchos años después de Pablo y que parecerían judaizantes? No es fácil explicarlo, Véase también 1 Co. 10, 14-30; Hb. 13, 9. Fillion se inclina a pensar que significa no participar en los castigos que recibirá Jezabel.

26 s. Allo refiere esto al triunfo de Cristo que se cumplirá en la Parusía. Cf. Sal. 2, 8 s.; 109, 5 ss.; 149, 6 ss. y notas.

28. Como yo lo recibí, etc. En lo que Jesús prometió personalmente a los suyos en Lc. 22, 29 s. La estrella matutina (la Vulgata dice Lucifer: el lucero; cf. Sal. 109, 3 y nota) es símbolo de Cristo y de su gloria. Véase 22, 16. Así lo anunció Balaam, como la estrella de Jacob (Nm. 24, 15-19). Es decir, pues, que aquí Cristo se nos promete Él mismo (22, 12 y nota), Pero ¿acaso el árbol de la vida (v. 7), el maná oculto (v. 17) no son también figuras de Él? Porque Él será nuestro verdadero premio. Cf. 3, 4 s.

29. Esta advertencia, que en las tres primeras cartas iba antes de enunciar el premio, en las cuatro últimas va después.

 

APOCALIPSIS 3

3. Cf. 16, 15; 1 Ts. 5, 2; 2 Pe. 3, 10.

4. Sardes era centro de la industria textil. De ahí la imagen tomada de las vestiduras. Andar vestido de blanco significa participar en el triunfo del mismo Cristo (cf. 2, 28 y nota). Nombres: personas.

5. El vencedor: véase 2, 7 y nota; 2, 17; 3, 21. Sobre el libro de la vida, véase 13, 8; 17, 8; 20, 12 y 15; 21, 27; cf. 32, 33; Sal. 68, 29; Dn. 12, 1.

7. El que tiene la llave de David: el poder supremo. Véase 1, 18 y nota. Esta expresión reviste sentido mesiánico (cf. 5, 5; 22, 16). Fillion observa que es “tomada de Is. 22, 22, donde se lee: Yo daré (a Eliacim) la llave de la casa de David. Manera de decir que este personaje será el primer ministro del rey. Jesucristo nos es, pues, presentado aquí ejerciendo las funciones de Primer Ministro en el Reino de Dios”. Que abre y nadie cerrará: Cristo tiene el poder y la autoridad suprema para admitir o excluir a cualquiera de la nueva ciudad de David y de la nueva Jerusalén. En Filadelfia se adoraba al dios de las puertas (Jano), que tenía una llave en sus manos. El Apóstol alude a ese ídolo, diciendo: sólo Cristo tiene la llave para abrir y cerrar la puerta del Reino.

8. Una puerta abierta al apostolado que Dios nos prepara (1 Co. 16, 9; 2 Co. 2, 12; Col. 4, 3). La promesa de que nadie podrá cerrarla es tanto más preciosa cuanto que se trata de un tiempo de apostasía muy avanzada, pues se anuncia ya la gran persecución (v. l0). La debilidad nos muestra la humildad del Apóstol que, como S. Pablo, está reducido a ser “basura de este mundo” (1 Co. 4, 13) y que, sin espíritu de suficiencia propia, cuenta sólo con la gracia, al revés de los de Laodicea que se creían ricos y eran miserables. Cf. 2, 9 y 3, 17.

9. “Palabras tomadas de Is. 60, 14, que anuncian, según la mayoría de los intérpretes, la conversión de los judíos de Filadelfia” (Fillion). Cf. Rm. 11, 25 s.

10. La palabra de la paciencia mía. Así dice el griego literalmente (cf. v. 8). Según Pirot: mi consigna de paciencia (cf. 1, 9; 13, 10; 14, 12); según Holtzmann, la paciente esperanza en la venida de Cristo (Hb. 6, 12; St. 5, 7; 2 Pe. 3, 3-12). Como anota Pirot, “este v. abre las perspectivas de la vasta persecución de que tratará el cap. 13”. En efecto, “si se considera las Iglesias en el orden cronológico (1, 12 y nota), la de Filadelfia precede a la última en la cual se consumaría con el Anticristo el misterio del mal. Por eso algunos suponen (cf. v. 15 y nota) que este período de Filadelfia, es semejante al nuestro y que a éste se refieren las grandes promesas hechas a los que guardan la Palabra de Dios en medio del general olvido de ella.

11. Cf. v. 20; 22, 10 y nota.

12. Columna: Así fueron llamados Pedro, Juan y Santiago en la Iglesia de Dios (Ga. 2, 9; 1 Tm. 3, 15). Pero aquí se trataría no ya de la formación de esa Iglesia (Ef. 2, 20; 1 Pe. 2, 5), ni de la Jerusalén celestial, pues su Templo será Dios mismo (21, 22), sino de sostener la verdadera fe en tiempos de apostasía (cf. Mt. 24, 24; Lc. 18, 8; 2 Ts. 2, 3). Sobre la nueva Jerusalén, véase el cap. 21. El nombre mío nuevo: véase v. 14; 2, 17 y notas. Fillion cita a 19, 12 y dice que “el Cristo lleva un nombre nuevo porque ha entrado en su gloria nueva que durará para siempre”.

15. El Amén: voz hebrea que significa: verdad, en este caso la Verdad misma: Jesucristo. En Is. 65, 6 se dice: “el Dios de Amén”. Véase v. 7, donde Cristo es llamado “el Veraz”, como en 6, 10; y 19, 11, donde se le da el nombre de “Fiel y Veraz”. Cf. Jn. 1, 14; 1 Jn. 5, 7.

15. La primera Encíclica del S. P. Pío XII reproduce este tremendo pasaje y dice: “¿No se le puede aplicar (a nuestra época) esta palabra reveladora del Apocalipsis?”

17. Es lo contrario de la bienaventuranza de los pobres en espíritu (Mt. 5, 3 y nota). Cf. v. 8 y nota; 18, 7.

18. El divino Salvador emplea una imagen bien conocida por la industria cosmética de Laodicea, el colirio. Así también ven algunos en la tibieza una alusión a las tibias aguas de sus termas, las que en tal caso serían imagen de ese estado espiritual falto de amor e ideal en que esa Iglesia “se arrastra en una mediocridad contenta de sí misma” (Pirot) y que según S. Agustín es peligrosísimo para el alma y termina por conducirnos “al abismo de todos los excesos” (S. Jerónimo).

19. Cf. Pr. 3, 12; Hb. 12, 6.

20. Allo señala aquí una referencia especial a la Eucaristía, cosa que otros no consideran verosímil (cf. Fillion) aunque el pasaje se presta a ser comentado espiritualmente como lo hace Bossuet o Ballester Nieto (Cf. Jn. 14, 23). Sales recuerda los movimientos de la gracia y cita oportunamente al Conc. Trid. para recordar que el hombre con sus fuerzas naturales “no puede hacer ningún bien útil para la salvación”. De acuerdo con los paralelos citados por Merk (Mc. 13, 35; St. 5, 9; Lc. 12, 36; 22, 29 s.) lo que aquí se indica es, con mayor apremio, lo mismo que en las cartas precedentes.

21 Pirot, confirmando lo que expresamos en la nota anterior, dice: “Aquí, como en las cartas anteriores, la promesa es escatológica (cf. 20, 4)”. Sobre el trono véase el capítulo siguiente. Los que vencieren en esta iglesia final serán probablemente los mártires del Anticristo (13, 7), y este trono parece ser entonces el de 20, 4.

 

APOCALIPSIS 4

1. Las cosas que han de suceder empezarán en el cap. 6 con la apertura de los sellos, después de esta visión. Igual expresión usa Dn. 2, 29 y 45 y tal parece ser el objeto principal del Apocalipsis en cuanto profecía, según se ve en 1, 1 (cf. 1, 19 y nota). Para los que ven figurado en Laodicea el último período de la Iglesia (cf. 1, 12; 3, 15 y notas), aquí empieza el tiempo de la gran tribulación anunciada para el final. Algunos suponen que la puerta abierta en el cielo y el llamado con voz de trompeta aluden a 1 Ts. 4, 14-17.

2 ss. Me hallé en espíritu, exactamente como en 1,10, lo cual confirmaría lo que allí señalamos. Sobre la visión de Dios, cf. Ez. 1, 22 ss. y nota. Todo este capítulo, lo mismo que el siguiente, se inspira en los Profetas, especialmente Is. 6; Ez. 1; Dn. 7. El rapto de Juan al cielo durará hasta el fin del cap. 9.

3. No puede dudarse que aquí se nos muestra, en su excelsa y serena majestad, la Persona del divino Padre, Cf. 5, 7 y nota.

4 ss. Los veinticuatro ancianos que están sentados alrededor del trono de Dios parecen simbolizar el Antiguo y el Nuevo Testamento: los doce Patriarcas y los doce Apóstoles, que –por su parte– representarían a todos los santos del cielo. En la explicación mística de S. Cirilo Alejandrino significaría el trono elevado, la soberanía de Dios; el jaspe, su paz inmutable; el arco iris, su eternidad; los sitiales de los veinticuatro ancianos, su sabiduría; las siete lámparas, el gobierno universal de su Providencia; los resplandores y el trueno, la omnipotencia de su voluntad; el mar de cristal, su inmensidad; tiene cubiertos el rostro y los pies por las alas de los Serafines para darnos a entender su misteriosa infinitud. “En esta plenitud esplendorosa nada impresiona tanto a los Serafines cubiertos de ojos como su santidad, pues ella los deja suspensos de admiración. Por eso repiten sin cesar el canto jubiloso: Santo, Santo, Santo eres Señor Dios de los Ejércitos. En efecto, Dios es llamado con frecuencia el Santo de Israel, porque este nombre incluye todos los demás. Cuando el Salmista quiere describir el esplendor de la generación eterna del Hijo de Dios, dice únicamente que procede del Padre en el esplendor de la santidad (Sal. 109, 3). Todas las otras perfecciones de Dios reciben de la santidad su brillo más subido, su última consagración”.

5. Relámpagos, voces y truenos son señales del poder de Dios (Ex. 19, 16; Sal. 28, 3 ss.). Las siete lámparas son los siete Espíritus que vimos en 1, 4. En adelante no se habla más de ellos (cf. 5, 11) y se los considera identificados con los siete ojos del Cordero (3, 1; 5, 6). Señalamos aquí, a título de curiosidad, una reciente hipótesis de Greslebin, según la cual este capítulo del Apocalipsis sería lo que se representa en la puerta del templo del sol en Tiahuanaco. Su autor cree haber encontrado veinticuatro coincidencias entre el texto bíblico y las esculturas precolombinas de dicho templo.

8. Los cuatro vivientes aparecen como seres celestiales semejantes a aquellos que vieron los Profetas como Serafines (Is. 6, 2 s.) y Querubines (Ez. 1, 5 ss.). El libro de Enoc (71, 7) añade los Ofanim. Los innumerables ojos (v. 6; Ez. 1, 18) significan su sabiduría; las alas, la prontitud con que cumplen la voluntad de Dios. Más tarde se comenzó a tomar los cuatro animales como símbolos de los cuatro Evangelistas. Su himno es el Trisagion (Is. 6, 3; cf. Enoc 39, 12). Que viene: aquí se trata del Padre (v. 3). Cf. 21, 3.

9 ss. Pirot hace notar que en adelante “el Trono será colocado, según la tradición de Is. 6, 1, en el interior de un Templo celestial (7, 15), prototipo del terrestre (Ex. 25, 40; Hb. 8, 5) con un altar de los holocaustos (6, 9), un altar de los perfumes (8, 3) y sin duda un Santo de los santos con su Arca de la Alianza (11, 19)”. Añade que “esta porción del Templo será sin duda la residencia de la divinidad”.

 

APOCALIPSIS 5

1. Casi todos los intérpretes antiguos entienden por este Libro la Sagrada Escritura, principalmente el Antiguo Testamento, cuyas figuras y profecías referentes a Cristo eran antes difíciles de entender. Así. por ej. Orígenes ve descubiertos en él los acontecimientos predichos en el Antiguo Testamento, los cuales tan sólo después de la Resurrección comenzaron a ser comprendidos. Allo opina más bien que en el Libro se contiene “toda la escatología” (cf. 4, 1 y nota). Los siete sellos que lo cierran señalan su carácter arcano (cf. Is. 29, 11; Ez. 2, 9). El misterioso número siete se repetirá en las siete trompetas (8, 2), las siete copas (15, 1 ss.) y también en los siete truenos (10, 3), etc. Cf. v. 6 y nota.

5. El León de la tribu de Judá: Cristo, como hijo de David de la tribu de Judá. Véase la profecía de Jacob acerca de Judá en Gn. 49, 9 y las notas a Ez. 21, 27 y Am. 3, 4. La raíz de David (cf. 22, 16); título también mesiánico, tomado de Is. 11, 10. Cf. Rm. 15, 12; Ef. 1, 10; Ap. 11, 15; Sal. 95-99.

6. El Cordero inocente y santo de Jn. 1, 29 es aquí el poderoso e irritado. Cf. 6, 16 s. (Lagrange, Pirot). Los siete cuernos representan la plenitud del poder; los siete ojos, la plenitud del saber (cf. 1, 4; 4, 5: Za. 3, 9 y notas), En el cielo conserva aún el Redentor las señales gloriosas de su Muerte (cf. 24, 39; Jn. 20, 27), según lo expresa S. Juan con las palabras Cordero como inmolado (cf. 1 Co. 5, 7, usado en la liturgia de Pascua). Por eso Él es el único que se hizo digno de abrir el Libro (v. 9). Cf. Lc. 24, 26 y 46 s. Un fresco del benedictino chileno Dom Pedro Subercaseaux, reproducido en nuestra edición popular del Evangelio, ha representada, con gran acierto, en un ambiente de transparente luminosidad, esta escena que hoy se vive en el Santuario celestial (Hb. 10, 19 s. y nota), poniendo en los brazos del Padre a Jesús crucificado (el Cordero inmolado) que le ofrece su Sangre para interceder por nosotros (Hb. 7, 24 s.) y que lleva, aunque está vivo, la lanzada que le dieron desoyes de muerto (Jn. 19, 33 s.) con lo cual se indica que se trata del Señor ya en el cielo, glorificado por el Padre después de su Resurrección y Ascensión. Cf. Mc. 16, 11; Sal. 2, 7 y notas.

7. El gran artista Alberto Durero, en una de sus célebres ilustraciones del Apocalipsis, combina este pasaje en que el Cordero recibe el Libro de los Siete Sellos de manos de su Padre Dios, con el pasaje del profeta Daniel (cap. VII), donde el Hijo del hombre recibe del “Anciano de Días” la potestad eterna, en virtud de la cual todos los pueblos le servirán. Es de admirar la fusión que el artista hace de ambas escenas, al punto de que los millares y millones de seres que en Daniel rodean el trono del Anciano de Días, son sustituidos por la misma asamblea de los seres animados y de los veinticuatro ancianos que rodean esta escena del Apocalipsis. Se advierte también, debajo del trono, hacia la izquierda, la figura siniestra de Satanás que sale huyendo, con lo cual el autor muestra una vez más su conocimiento de las Escrituras, al relacionar nuevamente con Daniel (que profetiza el levantamiento del “gran Príncipe San Miguel”, en el capítulo doce) la derrota de la antigua serpiente o dragón, Satanás, y su precipitación a la tierra, que el Apocalipsis anuncia como resultado del triunfo de San Miguel (véase Ap. 12, 7 ss.). Cf. 13, 2 y nota.

9. Un cántico nuevo: ¡Y tan nuevo! Como que celebra no ya sólo la obra de la Redención, como lo hizo el mismo Juan en 1, 5 y 6, sino también, por fin, la plena glorificación del Redentor en la tierra (Hb. 1, 6 y nota) Vanamente esperada desde que Él se fue. Cf. Ap. 14, 3; Sal. 95, 1 y 97, 1 y notas.

10. Reino y sacerdotes. Véase 1, 6; 1 Pe. 2, 9 y notas. Cf. Ex. 19, 6; Is. 61, 6; Rm. 8, 23.

11. Millares de millares: Cf. v. 7 y nota; Dn. 7, 10.

12. Nótese la septiforme alabanza de los ángeles, que nos recuerda que Jesús completa la obra de la creación con los siete dones del Espíritu Santo. Vemos siempre reaparecer los números místicos o sagrados, especialmente 7 y 4 (v. 1 y nota). Aquí los habitantes del cielo dividen el pensamiento en siete miembros y los de la creación natural en cuatro (v. 13).

 

APOCALIPSIS 6

1. Vi cuando el Cordero abrió: Así se dice también en la apertura del sexto sello, a diferencia de los demás (cf. v. 12 y nota). Charles ha mostrado “que a sucesión de los sellos corresponde, a las de las señales del fin en el pequeño apocalipsis sinópico de Mc. 13, Mt. 24, Lc. 21”. ¡Ven! Este llamado, que en el original no está seguido por las palabras: y verás (como en la Vulgata), no se dirige a Juan sino al primero de los cuatro jinetes, como una orden de ponerse en marcha, del mismo modo que en los vv. 3, 5 y 7.

2 ss. Este primer jinete sería, en la opinión antigua, el mismo Cristo. Según Allo, si no es el Verbo mismo, como en 19, 11, es por lo menos el curso victorioso del Evangelio a través del mundo. Así lo vio también Loisy, dice Gelin; pero, si así fuera, ¿cómo conciliar ese triunfo del Evangelio con todo el cuadro catastrófico de la escatología apocalíptica y las palabras de Jesús en Mt. 24, 9 ss., Lc. 18, 8; Jn. 15, 20 s.; 16, 2 s., etc.? Buzy y otros ven aquí al ángel de la guerra, en tanto que Fillion hace notar que, faltando todavía muchas calamidades antes de la Venida de Cristo en el cap. 19 (cf. 2 Ts. 2, 3 ss.), este guerrero cuyo caballo blanco imita al de Jesús en 19, 11, “personifica la ambición y el espíritu de conquista que ocasionan tantos dolores”. Adherimos a esta opinión que hoy parece ser comprobada en lo espiritual y aun en lo temporal por la historia contemporánea, y hacemos notar a nuestra vez, frente a opiniones tan diversas, cuán lejos se está de haber agotado el estudio de la Sagrada Biblia y cuán necesario es por tanto proseguirlo según las exhortaciones de Pio XII en la Encíclica “Divino Afflante”. Los cuatro caballos recuerdan la visión de Za. 1, 8; 6, 1 ss. donde, como bien dice Pirot, simbolizan calamidades contra los enemigos del pueblo de Israel y no es verosímil que en los tres septenarios –sellos, trompetas, copas (cf. 5, 1 nota)– sólo un elemento sea heterogéneo. ¿No hemos de ver, pues, con varios modernos, en este jefe conquistador semejante al de Daniel (Dn. 7, 21 y 25; 9, 26 s., etc.), al mismo Anticristo del cap. 13? Los colores de los caballos señalan, en la terminología de los apocalípticos, los cuatro rumbos o partes del mundo: banco, el oriente; bermejo, el norte; negro el sur; pálido, el oeste; y al mismo tiempo simbolizan los grandes acontecimientos y plagas que provocan sus jinetes. El caballo color de fuego significa la guerra; el negro, el hambre; en el pálido, el nombre de la muerte representaría la peste (Fillion, Buzy, Gelin), mientras el Hades o Scheol, personificado como en 20, 14, sigue detrás para recoger las víctimas.

4. Cf. Is. 34, 5; Mt. 24, 6 s. Otra gran matanza se ve también en la 6ª trompeta (9, 15 ss.), pero es dirigida por ángeles.

6. A un peso (equivalente de un denario), es decir, trece veces más del precio normal (cf. Ez. 4, 16). Pirot hace notar que esta carestía no era desconocida en tiempo de S. Juan por haber sido cada vez más descuidado el cultivo del trigo a causa de que el Estado romano se había hecho comprador y distribuidor del cereal y los pequeños propietarios se dedicaron a plantar viñas, de lo cual resultó un precio ruinoso para el vino, hasta que Domiciano, según Suetonio, prohibió aumentar los viñedos y mandó destruir por lo menos la mitad de lo existente.

9 s. Degollados: es el mismo término empleado para el Cordero en 5, 6. Estas almas, separadas del cuerpo, son representadas descansando en el cielo debajo de un altar semejante al de los holocaustos en el Templo de Jerusalén, lugar que les es dado sin duda por cuanto han sido sacrificadas como víctimas de holocausto. ¿Son éstos cristianos, o también israelitas del A. T.? No lo dice como en otros pasajes (cf. 7, 4 ss.). Una de las grandes llaves para entender el Apocalipsis es esa distinción, a veces difícil y a veces olvidada, considerando el Apocalipsis un Libro exclusivo de los cristianos de la gentilidad, pues desde que S. Pablo anunció a los judíos rebeldes que la salvación pasaba a los gentiles (Hch. 28, 28). Israel como tal desapareció de los escritos neotestamentarios, salvo en la gran carta paulina a los Hebreos, cuya fecha no ha podido fijarse con exactitud y que algunos creen anterior a ese episodio. Como bien observa Pirot, Juan es aquí lo que los judíos llamaban un paitán, es decir, que habla continuamente con palabras de los profetas, al punto de que tiene más citas del A. T. que versículos (cf. introducción). Debe, pues, tenerse en cuenta el carácter especial de este Libro, que es una profecía escatológica en la que Juan –declarado “Apóstol de la circuncisión”, como Pedro y Santiago (Ga. 2, 8-9)– hace actuar ya el misterio de la conversión de Israel, que S. Pablo y el mismo Juan anunciaron para los últimos tiempos (Rm. 11, 25 s.; Jn. 19, 37; Za. 12, 10; Ap. 1, 7) y nos presenta, entre otros misterios, la misión de Elías, que es para Israel (Mal. 4, 5 s. y nota) y del cual dijo Jesús: “Ciertamente Elías vendrá y lo restaurará todo” (Mt. 17, 11). Así, pues, muchos puntos aún oscuros se aclararían sin duda el día en que pudiéramos distinguir netamente los que se refieren y los que no se refieren a Israel (cf. 7, 2 y 8 notas). Sobre el altar celestial, cf. 4, 9 y nota; 8, 3; Hb. 13, 10.

10. Santo y Veraz, es decir, Cristo. Véase 3, 7; 19, 11; Za. 1, 12; Sal. 78, 10 s. Un autor moderno hace notar que esta súplica de los mártires, el primero de los cuales es S. Esteban, que murió pidiendo perdón para sus verdugos, está concebida en la forma de las imprecaciones de los Salmos. Ello se explica porque aquí se trata del tiempo de la justicia, como antes fue el de la misericordia (cf. Is. 61, 1 s. y nota). De ahí también el nuevo aspecto del Cordero (5, 6 y nota). Lo que desean estos santos es la resurrección de sus cuerpos (S. Gregorio Magno) como se verifica en la visión del cap. 20, comprendiendo sin duda a todos los que sufrirán el martirio bajo el Anticristo (20, 4). Entretanto vemos aquí (lo mismo que en IV Esd. 4, 35) cómo las almas, aun de los salvados, suspiran por la plenitud de su destino (cf. Fil. 3, 20 s.). Combinando el presente pasaje con 12, 7-17; 2 Co. 5, 8 y 2 Pe. 3, 9, puede explicarse la causa que demora la Venida de Cristo. Cf. 2. Ts. 2, 6 ss.

11. La túnica blanca (o estola) es como una prenda cierta del triunfo definitivo (cf. 3, 4; 7, 9; 19, 14). Pero estas oraciones de los santos son las mencionadas en 8, 3-5, como causa de las tribulaciones que caerán sobre la tierra en el séptimo sello para apresurar el final (cf. v. 12 ss.; 8, 1 y notas). Esto confirma, a la luz de S. Pablo, lo que hemos dicho más arriba sobre el primer jinete (v. 2 ss.), pues lo que detiene la liberación de estas almas es la necesidad de que primero venga la apostasía –o “el misterio de la iniquidad que ya obra” desde entonces (2 Ts. 2, 7)– y luego se haga manifiesto el Anticristo (ibíd. v. 3); y es necesario que éste se revele abiertamente (ibíd. v. 8), dando lugar para que pueda ser eliminado por la manifestación de la Parusía (ibíd. v. 8; cf. 19, 19 ss.). De ahí que el ven del primer sello (v. 1 s.) sea “el momento esperado y decisivo para la consumación del misterio de Dios” (10, 7) lo mismo que vemos en 13, 1.

12 ss. Algunos consideran que este sello, el 6º en orden de colocación en el libro, no es abierto sino después del 7º (8, 1), porque la gran tribulación (7º sello) es necesariamente anterior a las catástrofes cósmicas que aquí se anuncian y que preceden inmediatamente a la Parusía (v. 17). El Señor dice en efecto que el oscurecimiento del sol, etc., se verificará “inmediatamente después” de la tribulación (Mt. 24, 29; Mc. 13, 24); que la Parusía vendrá a continuación de aquellos fenómenos (Lc. 21, 25); que las persecuciones contra los justos serán “antes de todo eso” (Lc. 21, 11-12). Es de observar que S. Juan, a diferencia de los otros sellos, dice aquí “yo vi cuando él abrió”, lo cual podría ser una visión anticipada del fin. Y parece confirmarlo el hecho de que en 7, 14 (bajo el 6º sello) nos muestra ya a elegidos y a los que vienen de la gran tribulación, como si las calamidades del 7º sello hubiesen ya pasado. Según ello, éstas serían la respuesta de Dios a la oración clamorosa de los santos del 5º sello (6, 9-11), y así lo vemos en 8, 3-5. Quedaría también explicado así el silencio de media hora en el cielo (8, 1), fenómeno que nadie aclara y que consistiría simplemente en que cesaba de oírse aquel clamor de los santos (6, 10). La media hora sería el poco de tiempo de reposo que se les indicó en 6, 11. Gelin, que ha observado este fenómeno (cf. 8, 1 y nota), dice: “Juan utiliza el esquema sinóptico en el cual parece haber querido introducir este orden general: plagas sociales (1º a 5º) y luego las cósmicas (6º). Ha encerrado varias plagas en el 6º sello para poder derivar hacia el 7º, que está vacío, la segunda serie de calamidades”. Pero no se entiende cómo podrían continuar estas pruebas si la Parusía tiene lugar al fin del 6º sello. En todo caso, los acontecimientos escatológicos, de que habla San Pablo (1 Ts. 4, 15 s.) no podrán ser anteriores a la gran tribulación o período del Anticristo, como dice cierta exégesis protestante, sino que se refieren, como está anunciado, únicamente a la Parusía, en la cual los muertos y “los que quedemos”, seremos, cuando Él descenderá del cielo (ibid. v. 16), arrebatados a su encuentro para estar con Él siempre (ibid. v. 17) y no sólo por un período. Esto explicaría, finalmente, la existencia de justos sobre la tierra en tiempos del Anticristo (cf. 13, 7; 20, 4), de modo que la promesa que Jesús hace a sus amigos de escapar a todas las calamidades (Lc. 21, 36), repetida a la Iglesia de Filadelfia (3, 10), ha de explicarse como una especial protección, mediante la cual “no perecerá ni un cabello de nuestra cabeza” (Lc. 21, 18). Véase, p. ej., 12, 6 y 14. En cuanto a los sucesos aquí anunciados, véase los vaticinios de Jesucristo sobre la destrucción de Jerusalén y el fin del siglo en Mt. cap. 24 y en Lc. cap. 21. Cf. Is. 24, 19 ss.; Os. 10, 8; Joel, 2, 30-31; 3, 12-15; Am. 8, 9 s.

16. Sobre la ira del Cordero, véase 5, 6 y nota. En cuanto al gran día del furor, algunos suponen que es contra Israel como en Am. 5, 18, porque en 7, 1-8 se trata de sellar a aquellos de las doce tribus que abrían de librarse de ese día. Sin embargo, en el v. 15 se ve que se trata más bien de reyes de todas las naciones como en Sal. 109, 5 s. ¿Quién puede estar en pie? Cf. Sal. 1, 5 y nota.

 

APOCALIPSIS 7

2 ss. Este sello recuerda la orden de Dios dada en Ez. 9, 4. Cf. también 9, 4; 14, 1; 22, 4; Ex. 12, 23; Is. 44, 7. Las cifras 12.000 y 144.000 pueden ser simbólicas, para significar una gran muchedumbre, si bien no podemos asegurarlo, pues, como dice S. Crisóstomo, “cuando la Escritura alegoriza, nos advierte ella misma que alegoriza”. Cf. 21, 16 y nota. No concuerdan los exégetas en la explicación de este pasaje, aunque todos reconocen que el sello es la señal de elección y salvación. La diferencia consiste en puntualizar cuáles sean los salvados y explicar el carácter de su salvación contra las calamidades de la tierra y del mar (cf. 12, 14 ss.). Orígenes cree que se refiere a todos los cristianos, en tanto que otros ven aquí solamente los salvados del judaísmo, los que con la predicación de Elías se convertirán a la fe (Scío, Nácar-Colunga, etc. Véase v. 8; cf. 6, 9 s. y notas; 12, 1 ss.). Tampoco hay unanimidad sobre si los 144.000 de este capítulo son los mismos que los del cap. 14, 3. En general se cree que no, pues de aquéllos no se dice que sean de Israel y además aparecen sobre el monte Sión, como quitados de la tierra, en tanto que aquí vemos una escena terrestre. Cf. Hb. 12, 22 ss.

4. Aparecen aquí, primera y última, respectivamente, como abrazando a las demás tribus, las de Judá y Benjamín, que antes formaban juntas el Reino meridional de Judá y que en la visión de Ezequiel ocupan la parte central de la Tierra Santa abrazando entre ambas la porción del príncipe (cf. Ez. 48, 22).

5. La tribu de Judá es la primera nombrada por ser la del Mesías.

6. Manases ocupa aquí el sexto lugar que correspondería a la tribu de Dn. Se trata quizá de un error de copia, pues el v. 4 se refiere a todas las tribus de los hijos de Jacob, y sabemos que Manasés no era hijo sino nieto, y no tendría por qué aparecer aquí, pues ya figura su padre José, ni se explicaría en todo caso su mención sin la de su hermano Efraín. No tiene fundamento serio la antigua creencia de que esta ausencia de la tribu de Dan respondía a que de ella hubiese de salir el Anticristo, pues se apoyaban en textos como Gn. 49, 17 y Jr. 8, 16 que nada tienen que ver al respecto.

8. “Todos ellos, dice Jünemann, son israelitas convertidos al fin del mundo y sellados con el martirio y víctimas del Anticristo”. Integrarían así el número de los mártires de 6, 11 y de allí que su elección aquí siga inmediatamente al clamor de aquéllos (6, 9), pues se hace antes de los grandes cataclismos (v. 3; cf. 6, 12 ss. y nota). Según esto, a “las reliquias de Israel” o grupo fiel de los hebreos que formaron la Iglesia en sus comienzos (Rm. 11, 5) correspondería también este otro grupo fiel de los últimos tiempos, convertido aquí “por pura gracia” (Rm. 11, 6), quizás antes de la predicación de los dos testigos (cap. 11) y en todo caso antes de la conversión total de Israel (Rm. 11, 25 ss.).

9. Si los vv. 4-8 se refieren exclusivamente a los salvados del pueblo judío, aquí se alude en cambio a innumerables cristianos que vienen “de todas las naciones”, o sea de la gentilidad, por lo cual los intérpretes refieren a los cristianos todo este capítulo. La Liturgia aplica los vv. 9-12 como Epístola en la Misa de Todos los Santos. Según Tertuliano se trataría de los salvados en tiempos del Anticristo (cf. 12, 6 y 14 y nota a los vv. 2 ss.). Las túnicas blancas y palmas y lo dicho en el v. 19 sobre la tribulación los vincula con los sacrificados de 6, 11, por donde parecería que aquí se ha completado el número que allí se anuncia. No, puede negarse, sin embargo, la concordancia del v. 17 con 21, 4, ni la del v. 15 con 21, 3 y 22, 3 que parecen tener un alcance más general.

14. Cf. 6, 12 ss. y nota. Sobre esta tribulación, véase las palabras de Jesús en su discurso escatológico (Mt. 24, 31). Cf. Dn. 12, 1 y notas.

16 s. Véase 21, 4; Sal. 22, 2; Is. 25, 8; 49, 10; Jr. 2, 13; Ez. 34, 11 ss. “Jesucristo será su pastor que los llenará de bienes, los apartará de todo mal y los conducirá a la misma fuente de la vida que es la visión pura de Dios” (Scío).

 

APOCALIPSIS 8

1. Véase la probable explicación de este silencio en la nota a 6, 12 ss. Según ello, esta escena sería la continuación del 5º sello y el silencio sería el de los santos que allí clamaban y ahora esperan los acontecimientos que se describen de aquí en adelante. Según otros, el silencio sería simplemente la interrupción de las alabanzas de 4, 8 ss., 5, 8 ss., mas no explican el motivo de ella. Pirot reconoce que “aquí esperábamos el desenlace final y sólo vemos un final de acto”, y añade que “la apertura del 7º sello permite la introducción de una nueva serie de catástrofes”, cosa que no parece posible según las expresiones de nuestra citada nota de 6, 12 ss. Cf. v. 3 y nota.

2. En Tob. 12, 15 se habla también de los siete ángeles. El libro de Enoc (20, 2-8) los nombra así: Uriel, Rafael, Raguel, Saraquiel, Gabriel, Remeiel. Las trompetas son señal de Juicio (Is. 27, 13; Jl. 2, 1; Mt. 24, 31; 1 Co. 15, 52; 1 Ts. 4, 16).

3. Véase 5, 8 y nota. Los perfumes que el ángel recoge aquí son las oraciones de los santos que piden la venganza de su sangre en 6, 9 s. Sin ello sería difícil explicarse cómo las oraciones de los santos de la tierra pueden producir tales calamidades sobre ella.

5. Del fuego del altar: de los perfumes (cf. Is. 6, 6). Lo arrojó: cf. Ez. 10, 2. Los truenos, etc., marcan el final de los sellos y también el de las trompetas (11, 19) y el de las copas (16, 18).

6 ss. Las siete trompetas son otras tantas plagas y recuerdan las de Egipto (Ex. caps. 17 ss.). S. Ireneo y Lactancio las interpretan en sentido literal. S. Agustín sólo como metáfora de grandes azotes y castigos.

7. Cf. Ex. 9, 24; Jl. 3, 3.

8 s. Cf. Ex. 7, 20; Sof. 1, 3.

10. La caída de esta estrella, que simboliza a un ángel con nombre de amargura (v. 11; cf. Enoc 86, 1 ss.), hace pensar en a palabra de Jesús que comparó la caída de Satanás con la de una estrella (Lc. 10, 18). Véase 9, 1 y nota. Cf. 12, 9 ss.

11. “En IV Esd. 5, 9 se señala un cambio semejante como signo del fin –«en las aguas dulces se encontrará sal»– así como a la inversa el mismo Mar Muerto se convertirá en sano en los tiempos mesiánicos (Ez. 47, 8). Pirot.

13. Los tres ayes indican que las tres plagas que siguen serán más espantosas que las cuatro que preceden (9, 12; 11, 14; 12, 12; cf. Ez. 9, 8). El águila representa probablemente un ángel, como lo dicen expresamente algunos códices griegos.

 

APOCALIPSIS 9

1. Aunque hay otras opiniones sobre ángeles buenos, parece claro que esta estrella es la que cayó en la tercera trompeta (8, 10 y nota). Aquí Satanás se pone en campaña, abriendo el pozo del abismo, lo cual parece ser lo mismo que desencadenar a los demonios. Cf. Lc. 8, 31. En 20, 1 ss. lo veremos a él encerrado en ese abismo.

3 ss. También en el Antiguo Testamento las langostas son anunciadas como ejecutoras de los juicios de Dios contra los moradores de la tierra. Véase Ex. 10, 12-15; Sb. 16, 9; Jr. 51, 14; Jl. 1, 4 ss.; 2, 2 ss. El encargo que se les da en los vv. siguientes, y su descripción, muestran que son demonios. Ya en la antigua Babilonia, p. ej., en la leyenda de Gilgamesch algunos demonios son representados en forma de hombres-escorpiones.

4 s. Que no tuviesen sello de Dios: cf. 7, 2 ss. y nota; Lc. 21, 36. Por cinco meses: se ha observado que las plagas de langostas suelen extenderse en Asia por espacio de cinco meses.

6. Cf. Is. 2, 19; Os. 10, 8; Lc. 23, 30.

9. El ruido de una manga de langostas es parecido al de los carros de guerra, como dice ya el profeta Joel al describir una plaga de langostas que devastaba a Palestina (Jl. 2, 5). Muchos han creído ves aquí alguna monstruosa arma de guerra ultramoderna. Pero no ha de olvidarse que salieron del pozo del abismo (v. 2).

11. Abaddon, equivalente de infierno, significa en hebreo exterminio o ruina (en griego: apó’eia). Cf. Jb. 26, 6. Así se llama también el jefe del infierno, cuyo oficio consiste en la destrucción de los hombres, porque “los ángeles buenos o malos suelen tomar su nombre de aquel ministerio en que se ocupan” (S. Gregorio Magno).

12. Sobre los tres ayes, cf. 8, 13 y nota.

14. El Eúfrates era el límite oriental del Imperio Romano y del mundo civilizado. Véase 16, 12.

15 s. Puede tratarse muy bien de cuatro ángeles malos, pues están encadenados (cf. Tob. 8, 3). Las innumerables tropas de a caballo que producen tan enormes matanzas parecerían simbolizar las grandes guerras mundiales, que ya nos hemos acostumbrado a ver como características de nuestro tiempo (cf. 6, 2 y nota). Las cifras, como en todo el Apocalipsis, significan la inmensa magnitud de las catástrofes, aun cuando no se las tome en sentido aritmético, si bien ante los pavorosos “progresos” de la humanidad en esa materia, ya no nos sorprenden tales cifras que a los antiguos parecían siempre simbólicas.

20. Ni siquiera con estos castigos en que perece una tercera parte de los hombres (v. 18) se obtiene el arrepentimiento de los malos que quedan con vida. La tremenda comprobación se repite en 18, 9 y 11. Sólo en 11, 13, cuando los dos testigos resucitados suben al cielo a la vista de todos se habla de un arrepentimiento cuyo alcance ignoramos. Dolorosa confirmación de la pertinacia humana, que empezó en el Paraíso y no terminará nunca mientras pueda tomar el partido de Satanás contra Cristo, como se ve en 16, 14; 19, 19 y hasta en 20, 7. Bien lo anunció ya el mismo Jesús (cf. Lc. 18, 8; Am. 4, 8 y nota).

 

APOCALIPSIS 10

1. Juan había sido raptado al cielo en 4, 2. Se considera que desde este momento está de nuevo en la tierra. Vemos que entre la sexta trompeta (9, 13) y la última (11, 15) hay una interrupción en el Libro, como entre el 6º y el 7º sellos (6, 12 ss. y notas). Otro ángel poderoso: como el de 5, 2. Según observa Fillion, su aspecto recuerda el de Jesús transfigurado (1, 16; Mt. 17, 2), por donde se ve que no podría simbolizar a ningún personaje humano, cosa que no sucede nunca ni en el Apocalipsis ni en toda la Biblia (cf. 1, 20 y nota), y que se confirma por toda su actitud en este capítulo (cf. v. 6 s.). El que sea poderoso ha hecho pensar que pudiera tratarse de Gabriel, cuyo nombre significa fuerza de Dios.

3 s. Los truenos, que según la Biblia indican la voz de Dios (Sal. 28, 1 ss.; Jn. 12, 28 s.), suenan como para ratificar la autoridad del ángel, que tal vez se dirigió a ellos, pero además expresan algo inteligible, puesto que Juan se disponía a escribirlo (v. 4), según se le ordenó al principio (1, 11 y 19). La prohibición de hacerlo esta vez –cosa excepcional en todo el Apocalipsis (cf. 1, 3; 22, 10; Dn. 12, 4 y 9)– no le es dada por la misma voz de los truenos, ni por la del ángel, sino por una voz del cielo, la misma del v. 8. “¿Qué misterio encierra esta reserva absoluta, inesperada para los desaprensivos?”

5 s. Alzó su mano: para jurar. No habrá más tiempo: o sea más plazo, pues va a terminar la presente dispensación temporal y a cumplirse los anuncios escatológicos de los profetas (v. 7). Cf. Lc. 21, 24.

7. El misterio de Dios quedará consumado: “Desde ahora se sabe que el momento de la consumación será marcado por la séptima trompeta (3er. ay: 11, 15-19), que introduce todo el período final. Este período verá el advenimiento efectivo y reconocido de la soberanía divina. Satanás y sus agentes los Anticristos serán destruidos (11, 17-18)... Plan grandioso llamado, en razón de su carácter secreto, el misterio de Dios. Se halla en Ef. 1, 9-11 y Col. 2, 2 la misma expresión y concepción: el plan divino comporta la unificación de todas las cosas bajo el Cristo que las reúne (anakefalaiósastai)... La demora para ese final, fuertemente marcada aún en 6, 11 y 7, 1-3, desaparece ya” (Pirot). Sobre esto, que S. Pablo llama por antonomasia el misterio, véase Mt. 24, 14; Rm. 16, 25; Ef. 1, 1 ss.; 3, 1-12; Col. 1, 26; 1 Pe. 1, 10 ss. y las notas respectivas. Cf. Hch. 3, 20 s.; 15, 14 ss. y notas. Sobre la séptima trompeta cf. 11, 15.

8 ss. La voz del cielo: cf. v. 3. El libro en el v. 2 es llamado librito. Comer el libro recuerda a Ez. 2, 8 s.; 3, 1 y simboliza que el Apóstol ha de enterarse por completo de su contenido. Su gusto dulce (cf. Jr. 15, 16) y luego amargo, significa la dulzura de la divina Palabra y el horror del santo Apóstol al contemplar en espíritu, como en 17, 6 Y como Jesús en Getsemaní, los abismos de la apostasía y sus castigos. Scío ve en este libro el Evangelio que hubiese de ser predicado de nuevo (v. 11) con la buena nueva del Reino, precisamente antes de la consumación mencionada en el v. 7 (Mt. 24, 14). Los modernos ven más bien las profecías que siguen desde la séptima trompeta (cf. 11, 15, etc.), lo cual en definitiva es un desarrollo de lo anunciado por Jesús en sus predicaciones escatológicas. Pirot considera, en este sentido. que el librito debe comprender las visiones que siguen y “que tienen el color político de los caps. 11 a 20; en particular los reyes aludidos no pueden ser sino los de 17, 10 y 12”.

11. Es menester que profetices de nuevo: Apoyados en este texto, en Jn. 21, 22 s. y en Mt. 16, 28, creían algunos que S. Juan el Apóstol y Evangelista no había muerto todavía y que vendría personalmente, como los dos testigos del cap. 11, para predicar y morir. Así S. Hilario, S. Ambrosio, S. Gregorio Nacianceno, S. Francisco de Sales, etc. Si bien los teólogos modernos no atribuyen mayor importancia a esta interpretación, algunos autores piensan, como Nácar-Colunga, que: “Esta nueva profecía mira a las naciones y a Israel mismo, que deben sufrir un juicio divino antes de cumplirse el misterio de Dios o sea el misterio del Mesías”. Por su parte González Maeso da por seguro que si San Juan no viene personalmente a cumplir esa predicción, su profecía será entonces leída en todos los pueblos y naciones para dar cumplimiento a la promesa divina”. Véase 14, 6 y nota.

 

APOCALIPSIS 11

1. Fillion inicia el comentario de este capítulo haciendo notar que “es en él donde hallamos indicada la suerte que espera al pueblo judío” y observa que la mención del Templo de Dios (v. 2) nos muestra al Templo de Jerusalén y la operación de medir recuerda la de Ezequiel (cf. Ez. 40, 3 ss.; 41, 13; 42, 16), siendo de notar que no puede tratarse del Templo histórico, pues éste había sido destruido por los Romanos el año 70, es decir, casi treinta años antes que S. Juan escribiera el Apocalipsis. “El Templo de Dios, que hasta ahora era el templo celestial se aplica al templo de Jerusalén (v. 1); esta ciudad es llamada la Ciudad Santa (v. 2), expresión que designa a la Jerusalén celestial en 21, 2 y 10; 22, 19; asimismo se llama a Jerusalén la gran ciudad (v. 8), designación técnica de Roma (16, 19; 17, 18; 18, 10); en fin, los habitantes de la tierra (v. 10) son los Palestinos, en tanto que la expresión se aplica de ordinario al conjunto de los gentiles” (Pirot). Una caña: cf. 21, 15; Za. 2, 2.

2. A los gentiles: Así lo anuncia Jesús en Lc. 21, 24, añadiendo que ello será hasta que el tiempo de los gentiles sea cumplido. Cuarenta y dos meses, espacio que corresponde a los 1.260 días del v. 3 y de 12, 6; a los tres tiempos (años) y medio de 12, 14 y a los cuarenta y dos meses de 13, 5 (cf. v. 6 y nota). Buzy, citando a Dn. 9, 27, hace notar que este hecho pertenece a la última semana de Daniel. Gelin observa igualmente que el texto viene de Dn. 7, 25 y 12, 7. Cf. Dn. 12, 11 y 12.

3. Los intérpretes antiguos ven en los dos testigos a Elías y a Enoc, que habrían de venir para predicar el arrepentimiento (cf. Si. 44, 16; 48, 10; 49, 16 y notas). Hoy se piensa más bien en Moisés y Elías (Simón-Prado), los dos testigos de la Transfiguración (Mc. 9, 1 ss. y notas) que representan “la Ley y los Profetas”; y es evidente la semejanza que por sus actos tienen con aquéllos estos dos testigos (v. 5 s. y notas), siendo de notar que Moisés, según una leyenda judía que trae Josefo, habría sido arrebatado en una nube en el monte de Abar. Por otra parte, y sin perjuicio de lo anterior, Bossuet ve en los dos testigos la autoridad religiosa y la civil y en tal sentido es también evidente la relación que ellos tienen con “los dos olivos” de Zacarías, que son el príncipe Zorobabel y el sacerdote Jesús ben Josedec (véase Za. 4, 3 y 11 s.; Si. 49, 13 ss. y notas). Ello podría coincidir con los muchos vaticinios particulares sobre el “gran monarca” que lucharía contra el Anticristo de consuno con la autoridad espiritual, ya que también las dos Bestias del Apocalipsis presentan ambos aspectos: el político en la Bestia del mar (13, 1 ss.) y el religioso en el falso profeta que se pondrá a su servicio (13, 11 ss.).

4. Los dos olivos: alusión evidente a Za. 4. Véase la nota anterior.

5. Alusión a Elías (2 R. 1, 10 y 12).

6. Alude igualmente a Elías, en cuyo tiempo no hubo lluvia (1 R. 17, 1) y a Moisés que convirtió el agua del Nilo en sangre (Ex. 7, 19). Algunos han pensado sin embargo que Moisés y Elías son más bien las dos alas referidas en 12, 14. Con respecto al primero, dice un autor que la cifra de tres años y medio (los 42 meses del v. 2) “ha tomado la significación alegórica de tiempo de crisis, sentido de tal modo tradicional que St. 5, 17 y Lc. 4, 25 se sirvieron de él para señalar la duración de una sequía que en realidad no duró sino tres años”. Notemos que el texto que narra el fin de aquella sequía en 1 R. 18, 1 se armoniza muy bien con los citados, si se entiende, según la versión más exacta, que Dios ordenó la lluvia “pasados ya muchos días del año tercero” o sea cuando estaban muy excedidos los tres años. Así lo entendieron sin duda tanto Jesús como el Apóstol Santiago al hablar de este episodio en os citados pasajes.

7. La bestia que sube del abismo simboliza al Anticristo y su aparición se anticipa aquí, pues sólo se tratará de ella en el cap. 13. Ello muestra de nuevo que dicho capítulo se vincula cronológicamente al presente.

8. En la plaza: más exacto que en las plazas (Vulgata). Sodoma y Egipto, figuras del mundo enemigo de Dios, son aquí nombres dados a esa Jerusalén pisoteada (v. 2). Véase Is. 1, 10; Jr. 23, 14; Ez. 16, 46.

10. El mundo, adulado por sus falsos profetas, se llena de júbilo creyendo verse libre de aquellos santos cuyos anuncios no podía soportar (cf. Jn. 7, 7; 15, 18 ss.). Pronto se verá su error, como lo demuestran las plagas que siguen.

13. Dieron gloria: cf. 14, 7 y 16, 9. Contraste con 9, 20 s. “Se admite bastante comúnmente que este rasgo anuncia la conversión futura de los judíos, predicha de igual modo por S. Pablo en Rm. 11, 25 ss. En el Nuevo Testamento el título de Dios del cielo no aparece más que aquí y en 16, 11. Cf. Dn. 2, 18 y 44” (Fillion). Véase 7, 2 ss. y nota.

14. Sobre los tres ayes véase 8, 13 y nota. Después de la intercalación que separa como siempre las unidades 6ª y 7ª de cada serie (cf. 10, 1 y nota) sigue aquí el relato interrumpido en 9, 21. Ahora, dice Pirot, “va a realizarse el misterio de Dios (cf. 10, 7), su soberanía efectiva y la del Cristo que de antemano se ha visto como cumplida”.

15. Cf. 9, 13; 10, 7, y nota. Ante el reino de Cristo que llega, los cielos prorrumpen en júbilo. Muchos expositores creen que aquí se trata del triunfo de Jesús sobre el Anticristo (cf. 19, 11-20) a quien Él matará “con el aliento de su boca y con el resplandor de su venida” (2 Ts. 2, 8). Es decir, que este v. es el antípoda de Jn. 14, 30, donde Jesús declaró que el príncipe de este mundo es Satanás (cf. Jn. 18, 36). Entonces, después de la muerte del Anticristo, como comentan algunos SS. PP. e intérpretes, se convertirán los judíos, “no habiendo más obstáculo al establecimiento del reino completo de Dios y de Cristo sobre el mundo” (Fillion). Cf. Dn. 7, 14 y nota. Pirot señala como característica del estilo apocalíptico la falta de esperanza en el “siglo presente” para refugiarse en el “siglo futuro”. Podría extenderse esta característica a todos los escritos del Nuevo Testamento, siendo evidente que tener esperanza significa no estar conforme con lo presente (cf. Ga. 1, 4 y nota), pues quien está satisfecho con lo actual se arraiga aquí abajo (cf. Jr. 35, 10) y no desea que venga Cristo (22, 20). Lo que se teme no se espera, dice S. Pablo (Rm. 8, 24), y de ahí que a los mundanos parezca pesimista el Evangelio no obstante sus maravillosas promesas eternas, como aquellos “que no pueden perdonarle a Cristo que haya anunciado la cizaña hasta el fin (Mt. 13, 30 y 39 ss.) en vez de traer un mensaje de perfección definitiva en esta vida” (cf. Lc. 18, 8). He aquí una piedra de toque para que probemos la realidad de nuestra propia fe (cf. 1 Pe. 1, 7), sin lo cual ella puede degenerar en una simple costumbre, tal vez con apariencia de piedad (2 Tm. 3, 5), pero sin carácter sobrenatural, según lo que reprochó Jesús a Pedro y a los discípulos aun después de su Resurrección (Mt. 16, 23; Lc. 24, 25). La esperanza del Mesías, dice el Conc. Trid., no es menos para nosotros que para el antiguo Israel. Si ahora tuviésemos la plenitud, no viviríamos de esa esperanza. Pasajes como éste, llenos de espíritu de alegría, de esperanza y amor, abundan en el Apocalipsis y nos muestran una vez más (cf. introducción a Isaías) que los libros proféticos no son fríos anuncios de sucesos futuros –lo que ya bastaría para darles extraordinario interés–, sino también precioso alimento de nuestra vida espiritual. Comprendemos entonces que esta lectura sea llamada una bienaventuranza. Cf. 1, 3 y nota.

16. Sobre los ancianos véase 4, 4 ss.

17. La Vulgata añade: Y que has de venir, palabras que el original griego no contiene ni aquí ni en 16, 5, lo cual se explica porque, como observan los comentadores, el advenimiento se da por realizado ya.

18. Habíanse airado las naciones: eco retrospectivo del Sal. 2, 1. Fillion lo compara con Sal. 98, 1, en el cual se ve la ira de los enemigos del pueblo de Dios. Los capítulos que siguen muestran las plagas que caerán sobre ellos.

19. El arca de su alianza, oculta a los ojos de los mortales en el Templo de Jerusalén, se manifestará a todos (15, 5), lo cual significa el triunfo final del Cordero que fue inmolado y que ahora será el León de Judá (5, 5), y los bienes provenientes de este triunfo cuya descripción se hará en los capítulos siguientes. Los terribles cuadros que van desfilando ante nuestros ojos, son otros tantos motivos de fe, amor y esperanza para los que tienen sus ojos fijos en Aquel que está simbolizado en el Arca del Testamento. Sobre ella, véase Ez. 41, 26 y nota. “Ella figuraba, dice Fillion, el trono del Señor en medio de su pueblo. Su aparición súbita, en el momento en que acaba de comenzar el Reino eterno de Dios, es muy significativa: la alianza está consumada para siempre entre el Rey celestial y su pueblo”. Hubo relámpagos, etc., como sucede paralelamente al final de los sellos (8, 5) y de las copas (16, 18).

 

APOCALIPSIS 12

1 ss. “La mujer de las doce estrellas aparece en el cielo como una señal, es decir, una realidad prodigiosa y misteriosa... Esta personificación de la comunidad teocrática era como tradicional (Os. 2, 19-20; Jr. 3, 6-10; Ez. 16, 8) y la imagen de Sión en trance de alumbramiento no era desconocida del judaísmo (Is. 66, 8). La maternidad mesiánica afirmada aquí (vv. 2 y 5) lo es también en 4 Esd. 9, 43 ss.; 10, 44 ss.” (Pirot). Sobre su frecuente aplicación a la Iglesia, dice Sales que en tal caso la palabra Iglesia debe ser tomada en su sentido más lato, de modo que comprenda ya sea el Antiguo, ya el Nuevo Testamento”. Algunos restringen este simbolismo a Israel que se salva según el capÍtulo anterior (11, 1, 13 y 19; cf. 7, 2 ss. y nota), considerando que las doce estrellas son las doce tribus, según Gn. 37, 9. Gelin dice a este respecto que “en cuanto refugiada en el desierto (v. 6 y 14-16) la mujer no puede ser sino la comunidad judío-cristiana”, pero no precisa si es la que se convierte al principio de nuestra era (cf. Rm. 9, 27; Gal. 6, 16) o al fin de ella (Rm. 11, 5 ss.). Cf. Mi. 5, 3 ss. En cuanto a la Iglesia en el sentido de Cuerpo Místico de Cristo, ¿cómo explicar que ella diese a la luz al que es su Cabeza (Col. 1, 18), cuando, a la inversa, se dice nacida del costado del nuevo Adán (Jn. 19, 34; Rm. 5, 14) como Eva del antiguo (Gn. 3, 20)? Ni siquiera podría decirse de ella como se dice de Israel, que convirtiéndose a Cristo podría darlo a luz “espiritualmente” como antes lo dio a luz según la carne (Rm. 9, 5), pues la Iglesia es Cuerpo de Cristo precisamente por la fe con que está unida a Él. Por otra parte, el misterio es más complejo aún si consideramos que empieza como una señal en el cielo (v. 1), o sea, fuera del espacio y también del tiempo (lo cual parece brindar amplio horizonte a la interpretación), mas luego vemos que el dragón, que también estaba en el cielo (vv. 3 y 7), es precipitado a la tierra (vv. s. y 12) y sin embargo aún persigue a la mujer (v. 13) y ella huye al desierto (v. 14), dándose así a entender que también ella estaba entonces en la tierra, y aun que el parto había sido ya aquí, pues que el Hijo es arrebatado hacia Dios (v. 5) y ella había huido al desierto ya en v. 6. La Liturgia y muchos escritores patrísticos emplean este pasaje en relación con la Santísima Virgen, pero es sólo en sentido acomodaticio, pues “la mención de los dolores del parto se opone a que se vea aquí una referencia a la Virgen María”, la cual dio a luz sin detrimento de su virginidad. Puede recordarse también la misteriosa profecía del Protoevangelio (Gn. 3, 15 s.), donde se muestra ya el conflicto de este capítulo entre ambas descendencias (cf. Mt. 3, 7; 13, 38; 8, 44; Mi. 5, 3; Rm. 16, 20; Col. 2, 15; Hb. 2, 14) y se anuncian dolores de parto como aquí (v. 2; Gn. 3, 16), lo cual parecería extender el símbolo de esta mujer a toda la humanidad redimida por Cristo, concepto que algunos aplican también a las Bodas de 19, 6 ss., que interpretan en sentido lato considerando derribado el muro de separación con Israel (Ef. 2, 14). Planteamos estas observaciones como materiales de investigación para que ahonden en ella los estudiosos (cf. Jn. 21, 25 y nota) hasta que el divino Espíritu quiera descubrirnos plenamente este escondido misterio, que es grande pues de él depende quizá la solución de muchos otros. Dice un autor moderno que en nuestro tiempo hay mayores luces bíblicas que en otros. Un tiempo así está anunciado en Dn. 12, 3-4. ¿Será el nuestro? (cf. 3, 8 y nota).

3. El dragón, llamado serpiente en el v. 14, es el mismo Satanás (vv. 17 y 10; 20, 2). ¡Siete diademas! Ellas indican, dice Fillion, su autoridad real. Son las que le corresponden como príncipe de este mundo (Lc. 4, 5 ss.; Jn. 14, 30). Pero muchas más tendrá Jesús el día de su triunfo (19, 12).

4. Estas estrellas ¿son los ángeles malos? No lo parece, pues éstos están aún en el cielo en el v. 7. El dragón, como rival, anhela destruir los planes de Dios desde Gn. 3, 15. Cf. 1 Pe. 5, 8; Mt. 16, 18.

5. Fillion, recordando a Primasio, explica que se trata de un nacimiento espiritual y señala que la mención del cetro de hierro alude a 2, 27; 19, 15; Sal. 2, 9, por lo cual “el recién nacido no es el Cristo en su humillación tal como apareció en Belén, sino el Mesías omnipotente y rey del mundo entero” (11, 15 ss.). Su arrebato “para Dios y para el trono suyo” parece encerrar los misterios que se describen en Sal. 109, 1 ss. y Dn. 7, 13 ss., o sea los de la glorificación de Cristo, tanto a la diestra del Padre cuanto en su triunfo final a la vista de las naciones (cf. 5, 7 y nota; Sal. 44, 71, 95-98, etc.). Los que ven en la mujer a Israel, como esposa repudiada y perdonada de Yahvé (Is. 54, 1 ss.), sostienen que ella dará a luz espiritualmente a Cristo el día de su conversión (cf. 11, 13) después de haberlo dado a luz prematuramente, sin estar preparada para recibirlo, cuando “Él vino a su propia casa y los suyos no lo recibieron” (Jn. 1, 11). Cf. Is. 66, 17, s.; Mi. 5, 2.

6. Véase v. 14 y 11, 2 y 3, donde este mismo tiempo es expresado en días y en meses. Cf. Is. 26, 20; Os. 2, 14.

7. Como dice Mons. Ballester Nieto, “esta batalla no se ha de entender la misma que narra S. Pedro (2 Pe 2, 4) que hubo en el cielo cuando la defección de Lucifer, sino una batalla que habrá en los últimos tiempos”. Entretanto el dragón (cf. v. 10 y nota) espera el momento (Is. 27, 1; Judas 6), Pues “según el principio apocalíptico de retorno a los orígenes (cf. 2, 7 y nota) la lucha primordial se repetirá en los tiempos finales” (Pirot). Cf. Mt. 19, 28; Hch. 3, 21; Ef. 1, 10. A este respecto Iglesias hace notar que “todos los intentos de Satanás serán arruinar a Cristo y su obra. Toda la vida de la Iglesia será sufrir los dolores que necesita sufrir para que los tiempos mesiánicos traigan a los hombres la paz de Cristo en el reino de Cristo”. “Miguel, en hebreo Mi-ka-El (¿quién como Dios?), uno de los principales ángeles, probablemente uno dé los siete que están delante del trono de Dios (cf. 1, 4 y nota); es llamado arcángel en Judas 9; Daniel lo llama “uno de los principales jefes” (Dn. 10, 13) y dice que está especialmente encargado de los intereses del pueblo de Israel (Dn. 10, 21; 12, 1)” (Crampon). Cf. 20, 1; 1 Ts. 4, 16 y notas.

10. Ha llegado la salvación: En el N. T., como en el Antiguo, se entiende por salvación no el día de la muerte de cada uno, sino el día de la glorificación que recibirá Cristo ante las naciones y ante Israel (Lc. 21, 28; Rm. 8, 23). Lo mismo se dice aquí de su poderío (como en 11, 5; 19, 6, etc.) en que se cumplirá la promesa del Sal. 109, 3, pues Él está ahora como Sacerdote del Santuario celestial intercediendo por nosotros (Rm. 8, 34; Hb. 7, 24 s.; 8, 1 ss.) “aguardando lo que resta” para el momento que aquí describe S. Juan (Hb. 10, 12 s.; 2, 8). Acusador: Satán significa, en hebreo, acusador o calumniador. Lo mismo significa en griego la voz diablo. De nuestros hermanos: (Mi. 5, 2; cf. Mt. 25, 40). Fillion hace notar que el ejemplo del indicativo presente en el griego señala un hecho perpetuo. Sobre este hecho véase 1 Cro. 21, 1-2; Jb. 1, 6 ss.; 2, 1 ss.; Za. 3, 1 s., etc.”. Es notable que el espíritu del mal no tenga en ningún idioma nombre sustantivo sino adjetivo, a la inversa de Dios, cuyo nombre es Yahvé, el sustantivo por antonomasia, o sea “El que es” (Ex. 3, 14). Es que el espíritu maligno es “el que no es”; quiere decir que no es un principio del mal que exista por sí mismo y que pueda hacer frente a Dios (como Ahrimán a Ormuzd en la religión persa de Zoroastro), sino una simple creatura rebelde a su creador. Cf. Judas 9; Za. 3, 2; Is. 14: Ez. 28, 11 ss. y notas). El misterio del gran poder de Satanás está en que el hombre se le entregó voluntariamente, prefiriendo pertenecer a él antes que a Dios (cf. Sb. 2, 24 y nota).

11. Notemos las dos armas que dan el triunfo: la Sangre del Cordero y su Palabra. Cf. Mt. 4, 10 y nota.

12. Comienza el tercer ay, Las asechanzas de los poderes infernales crecerán, pues, y este lamento final recuerda la advertencia de 8, 13. La esencia de la historia se sintetiza durante todos los siglos en el combate que el dragón desencadena para destruir la obra de Cristo, pues desde antiguo está obrando el misterio de la iniquidad (2 Ts. 2, 7). Pero ahora es arrojado a la tierra (v. 9) y multiplicará su furor porque queda poco tiempo antes de su encierro (20, 2 s.), preludio de su derrota final también decidida (20, 9). Nos lo muestra el himno triunfal que aquí entonan los moradores del cielo (cf. 4, 8-11), en primer lugar sin duda las almas que allí clamaban en 6, 10. Dedúcese de aquí una verdad que nuestra pobre carne nos hace olvidar cada día: si el incremento del mal en la tierra es condición indispensable y preanuncio de que se acerca la venida del Señor (2 Ts. 2, 3; Mt. 24, 24; Lc. 17, 26-30; 18, 8, etc.), el espíritu, lejos de turbarse y dejarse engañar (Mt. 24, 5-6), debe alegrarse ante la dichosa esperanza que se acerca (Tt. 2, 13).

13 s. Cf. v. 6 y nota. “No se trata de una segunda huida de la mujer al desierto. Los vv. 13 y 14 vuelven a tomar el v. 6 y lo desarrollan” (Buzy). Las dos alas del águila grande: símbolo de la protección divina (cf. Ex. 19, 4; Is. 40, 31). Algunos piensan que las dos alas, que se dan por conocidas, son dos personajes, probablemente Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas. Cf. 11, 3; Os. 11, 11. Al desierto, Cf. Os. 2, 14-20; 3, 5; 6, 1-3. Fundados en estos textos de Oseas, que era un profeta del reino de Israel, algunos dicen que podría haber en esta mujer una alusión especial a esas diez tribus de la diáspora, que no habían conocido a Jesucristo porque cuando Él vino estaban ausentes por su cautiverio en Asiria (2 R. 17, 6). Cf. v. 19; 16, 12; Is. 54, 1; Ez. 37, 19 ss.; Jn. 10, 16; 4 Esd. 13, 39 ss. Por un tiempo, etc. Serían tres años y medio, el mismo lapso que se halla en el v. 6 y en 11, 2 y 13, 5. Fillion observa que la expresión es tomada de Dn. 7, 25 y que su sentido es; “hasta la Parusía de Cristo”. Cf. Dn. 12, 7.

17. Cf. 13, 10; 14, 12, 18, 10. Merk cita aquí Gn. 3, 5 y Fillion ve asimismo una evidente alusión a dicho texto. La persecución se extendería a todos los santos (3, 7).

18. Apostóse: algunas fuentes griegas dicen aposteme.

 

APOCALIPSIS 13

1. Esta primera bestia (cf. 11, 7; 17, 3 y nota) es, según sentencia común, el símbolo de las potencias que luchan contra el Reino de Dios, o la encarnación del Anticristo con sus secuaces. La unión de elementos tan disímiles en la misma bestia significa que las tendencias más opuestas entre sí se unirán (cf. Sal. 2, 2) para destruir la obra del Redentor, engañando a los desprevenidos (2 Ts. 2, 9 s.) con apariencia de piedad (2 Tm. 5, 3) y de paz (1 Ts. 5, 3). La historia de la Iglesia es ya una prueba de ello, porque “el misterio de la iniquidad” obra desde el principio como enseña S. Pablo (2 Ts. 2, 6 s.) y el mismo S. Juan (1 Jn. 4, 3). Pero aquí se trata de la crisis final de este misterio, llevado a su colmo con el endiosamiento del hombre (2 Ts. 2, 4) en forma no ya disimulada como hasta entonces en aquel misterio”, sino abierta, desembozada y triunfante (vv. 4, 12, 15, etc.).

2. Pantera, oso, león: son las tres primeras bestias de la visión de Daniel (7, 3-7). Esta bestia del Apocalipsis recuerda también la cuarta de Daniel por los diez cuernos. Además reúne en sí el total de las siete cabezas de aquellas cuatro bestias. Sobre otros paralelismos con Daniel: cf. 5, 7 y nota.

3. La apostasía general no debe llenarnos de pasmo, pues es anunciada por Jesucristo y por los apóstoles como antecedente del Anticristo y preludio del triunfo de nuestro Redentor (véase 12, 12 y nota). Siempre quedará un pequeño grupo de verdaderos y fieles cristianos. la “pequeña grey” (Lc. 12, 32), aun cuando se haya enfriado a caridad de la gran mayoría (Mt. 24, 12) al extremo de que si fuera posible serían arrastrados aún los escogidos (Mt. 24, 24). Jesús nos enseña que sarán librados sus amigos (Lc. 21, 28 y 36); los que velen guardando sus palabras y profecías “como una lámpara en lugar oscuro hasta que amanezca el día” (2 Pe. 1, 19).

5. Altanerías y blasfemias: Lo mismo se dice del pequeño cuerno en Dn. 7, 8 que, en sentir de muchos autores patrísticos y modernos, es el Anticristo o lo representa. Le fue dada autoridad: Dios permite esta persecución. Sin ella claro está que no se concebiría su momentánea victoria ni la fuerza con que vencerá a los santos (v. 7). Cuarenta y dos meses: véase 11, 2 y nota.

6. Los que habitan en el cielo: Cf. 6, 9 ss.; 7, 14 s. Mas la victoria final será de éstos (11, 15; 19, 20).

8. Escritos desde la fundación del mundo (cf. 17, 8; Ef. 1, 4). En la gran tribulación desencadenada por el Anticristo no perecerán, pues, todos; habrá quien permanezca fiel para la venida de Cristo (20, 4). Sobre el Libro de la vida, cf. 3, 5; 20, 12 y 15; 22, 19. Como observa un autor, para obtener esta gloria y poder del Anticristo sobre todo el mundo, que le serán dados por el dragón precipitado a tierra en 12, 9, el Anticristo habrá hecho sin duda ese acto de adoración del diablo que Jesús negó a éste en Lc. 4, 4-8 y a cambio del cual Satanás le prometía ese mismo poder y gloria que él tiene como príncipe de este mundo (12, 3 y nota).

10. El texto está tomado de Jr. 15, 2 y 43, 11 y no se trata aquí, como bien observa Pirot, de que el que a hierro mata a hierro muere (Gn. 9, 6; Mt. 26, 52), según se deduce de otras versiones, sino de que no hemos de rebelamos contra las persecuciones, “las cuales en el plan divino están destinadas a manifestar y perfeccionar a los santos”. Para un cristiano el lema no es, como para el mundo, fuerza contra fuerza (Mt. 5, 39; Rm. 12, 19; 2 Tm. 2, 24; 1 Pe. 2, 23), sino paciencia y firmeza en la fe. Cf. 14, 12; Hb. 6, 12. De ahí que no sea en el terreno del mundo donde hemos de desafiarlos, pues vemos que en él siempre vencerán ellos. Nuestras armas son las espirituales según nos enseña Dios en la Sagrada Escritura (12, 11; 2 Co. 10, 4; 13, 3 s.; 1 Co. 2, 5; Ef. 6, 11-18; 1 Ts. 5, 8; 1 Tm. 1, 19; 2 Tm. 2, 3-4.

11 s. Esta segunda bestia, que tiene mucha semejanza con el pastor insensato de Za. 11, 15 ss., sirve a la primera, y ambas sirven al dragón (cf. 16, 13; Mt. 24, 23 ss.). Tertuliano y S. Ireneo creen que esta segunda bestia simboliza un gran impostor que aparece con la mansedumbre de un cordero (cf. Mt. 7, 15 y nota), pero engaña por su astucia a los hombres a tal punto que los lleva a adorar a la primera bestia (v. 12). Cf. 11, 18; Sb. 13, 6 y nota; 2 Ts. 2, 9 ss. En 16, 13; 19, 20 y 20, 10 se le da el nombre de falso profeta. Es de notar que el Cordero en el Apocalipsis no tiene dos cuernos como éste sino siete (5, 6) cf. Za. 3, 9 y 4, 10. Pirot recuerda también la advertencia de Jesús sobre los lobos que se vestirán de corderos y, luego de señalar interpretaciones que suponen haberse realizado esto en el siglo III con los sacerdotes del culto imperial romano, concluye expresando que se puede ver en la segunda Bestia “todo un sistema de pensamiento que sustituye al ideal divino un ideal terrestre –estatolatría, culto de la humanidad– para hacerle adorar”.

16 s. Alude al boycot económico por medio del cual serán sometidos los cristianos al sistema del terror, cosa que ya no nos toma de sorpresa en esta época. Según observan los expositores, se trataría de marcas indelebles, es decir, tatuadas en la piel.

18. Cifra de hombre: Algunos como Sacy vierten: cifra de un nombre de hombre, lo que coincide con lo dicho en el v. 17. Cf. 15, 2. Los judíos, y también los griegos, usaban las letras como signos numéricos. No es difícil encontrar nombres cuyas letras tengan el valor de 666, por lo cual se han propuesto muchos. Algunos piensan en Nerón, cuyo nombre y título de César, ambos escritos y leídos como cifras, alcanzan a la suma de 666, pero en idioma hebreo, y S. Juan escribió en griego. En todo caso no podría tratarse de Nerón en persona sino como tipo del Anticristo, siendo de notar que buscar a éste en aquel remoto pasado no sólo sería romper la economía del proceso escatológico que nos presenta el Vidente inspirado, sino también quitar a este gran fenómeno toda su eficacia para las almas y aun todo valor como lección para la historia. He aquí por qué no nos detenemos a exponer y refutar, como algunos modernos, las supuestas fuentes de este divino Libro en los mitos paganos o en las leyendas judaicas extrabíblicas, cosa que nos parece inconducente para el carecimiento sobrenatural en la fe, ya de suyo harto reñida con el orgullo propio de nuestra razón caída (véase la Introducción). Por lo demás no han faltado en griego muchos nombres propuestos, tanto concretos de personas, como abstractos, en el sentido de apostasía y endiosamiento del hombre, que son las características fundamentales del Anticristo, en el doble aspecto religioso y político (cf. 11, 3 y nota). En sentido simbólico, así como sabemos que el número siete significa plenitud y el ocho es, como superabundante, el número de la bienaventuranza eterna, así también el seis sería el número de la imperfección, repetido aquí tres veces para darle su máxima intensidad. Esta explicación es, entre otros. de S. Beda el Venerable y S. Alberto Magno. En tal caso las palabras cifra de hombre significarían un simple hombre, miserable e impotente como tal (cf. 15, 2) cuyo poder le viene de prestado (cf. v. 5 y nota). Y si se leyera: la cifra del nombre del hombre parecería quedar confirmado que el Anticristo será en su esencia la culminación del humanismo que desafía a Dios frente a frente (cf. 2 Ts. 2, 3 ss. y notas). Los mismos paganos tenían una concepción semejante en el mito de Prometeo que, rival de los dioses, se atrevió a arrebatar el fuego del cielo. La rebelión del primer hombre no fue otra cosa que ese mismo instinto primario y monstruoso de disputar al Creador la divinidad –“seréis como dioses” (Gn. 3, 5)– sin ver que ésta es inseparable de su propio Ser. Y todo es obra del dragón, pues él fue, el primero que quiso hacer lo mismo. Ciertos manuscritos como el Codex Laudianus traen la gematría 616 en vez de 666, y algunos modernos han propuesto su aplicación a Diocleciano en forma ingeniosa pero meramente conjetural. No sería fácil entender cómo podría quedar así anticuado, según se arriesgan a decir algunos, un Libro revelado cuyo contexto lo muestra como esencialmente escatológico, destinado a confortar las almas en los tiempos del fin (cf. 22, 10 y nota) y que termina precisamente fulminando sanciones tremendas para quien se atreva a quitarle cualquiera de sus palabras (22, 18 s.). Fillion lo dice bien claro: “La mayoría de esas soluciones nos retrotraen al pasado, pero el Anticristo pertenece al futuro”.

 

APOCALIPSIS 14

1 ss. El Cordero no está ya aquí, como en 5, 6, sino “como un rey glorioso entre su corte resplandeciente” (Fillion). El número perfecto podría indicar una cantidad completa, si bien no parecen ser éstos los mismos 144.000 de que se habla en 7, 4 ss. (cf. notas). Aquí se alude a seres virginales (v. 4) aunque no es fácil limitar a eso su calificación, pues es ampliada en el 5. Según algunos (Crampon, Pirot) se trataría de todos los elegidos, seleccionados de entre los hombres (v. 4), y no de entre los creyentes. Otros, como Fillion, observan acertadamente que, faltando el artículo, no parece hablarse de ellos como de personajes conocidos y que los vv. 3-5 parecen designar a un grupo especial (primicias). En IV Esd. 2, 42-48 hay una escena muy semejante a ésta. Cf. v. 6 y nota.

2 s. Cf. Sal. 67, 26 ss. y nota. Un cántico muevo: así se anuncia en Sal. 95, 1 y 97, 1.

4 “Jesucristo dice de sus servidores que le seguirán adonde quiera que fuere y que estarán en donde Él estuviere. Pero ¿adónde le han de seguir y a qué? A gozarse con Cristo, de Cristo y en Cristo, por Cristo y sin perder a Cristo” (S. Agustín).

6. Los tres ángeles que se presentan en este capítulo serían, según sentir de muchos autores eclesiásticos, tres grandes predicadores, y este primero sería en tal caso Enoc (Si. 44, 16; cf. 11, 3). Pero más tarde se ha visto que nunca los ángeles son figura de hombres (cf. 1, 20; 10, 1). Por medio del cielo: cf. 8, 13. Un Evangelio eterno (cf. 10, 2 y 9): el Sagrado Libro del Evangelio, o tal vez solamente el decreto eterno de Dios que el ángel va a promulgar en el v. 7 como última advertencia antes da juicio de las naciones. Véase Mt. 24, 14. Algunos (cf. Nácar-Colunga) opinan que no se trata del juicio universal, sino del indicado en el v. 8. Pirot en cambio dice que “el ángel anuncia el juicio final”, y así se ve en las penas del v. 10, pero no parece haber oposición, pues aquél es un juicio previo pero también escatológico. Cf. 19, 1-6.

8. Babilonia: nombre simbólico de Roma, como se ve en los caps. 17-18 y en 1 Pe. 5, 13. El nombre de Babilonia simboliza el reino anticristiano, así como el de Sión o Jerusalén el reino de Dios. Cf. 17, 18; 18, 2; Is. 21, 9; Jr. 50, 2; 51, 8.

9 ss. La bestia; el Anticristo (cf. 13, 15), en lo cual se confirma su carácter escatológico que no permite confundirlo con ningún personaje de la historia antigua (cf. 13, 18 y nota). Así lo señalaba ya S. Agustín al presentar como cuatro hechos inseparables “la venida de Elías Tesbita, la conversión de los judíos, la persecución del Anticristo y la Parusía de Cristo”. Por donde vemos que en los misterios apocalípticos la parte de Israel es mayor de lo que solemos pensar (cf. v. 19 y nota) y que la inteligencia de lo que de ellos ha quedado escondido no depende tanto de la información sobre las circunstancias históricas en que fue escrita la profecía cuanto de los designios de Dios que, de ésta como de las demás, nos dice que esas cosas se entenderán a su tiempo (Jr. 30, 24). Así será sin duda con las voces de los siete truenos (10, 4 y nota) como con lo que se dijo a Daniel en Dn. 12, 9-10. Entonces “aumentará” el conocimiento (Dn. 12, 4; cf. nuestra introducción al Cantar de los Cantares). ¿No es esto el mayor móvil para mantener nuestra atención pía y ansiosamente vuelta hacia los misterios de la divina revelación? En la presencia, etc.: Cf. Is. 66, 24 y nota; Si. 7, 19. Es la gehenna de que habló Jesús (cf. Jr. 7, 31 s.; 19, 6 ss.; Enoc 67, 4 ss.).

11. Tomado de Is. 34, 10. Cf. Sb. 10, 7.

12. Cf. 12, 17; 13, 10.

13. Desde ahora: Pirot hace notar que ésta es la segunda de las siete bienaventuranzas del Apocalipsis y señala las otras en 1, 3; 16, 5; 19, 9; 20, 6; 22, 7 y 14 (cf. sobre los otros septenarios v. 20 y nota). La Vulgata pone estas palabras antes de: dice el Espíritu. Cf. Misa cotidiana de difuntos.

14 ss. Una nube blanca: véase 1, 7 y nota. Este Hijo de hombre (sin artículo) parece que no puede ser sino el Mesías (cf. 1, 13), como lo sostienen los más. Su corona atestigua que viene triunfante, como un día lo anticipara (Mt. 16, 27 s.; 17, 1 ss.; Mc. 9, 1 ss. y nota). La intervención de ángeles que aquí vemos coincide con lo que Él anunció (Mt. 24, 30 s.) y no implica necesariamente que este gran Personaje sea uno de ellos según suponen algunos, pues no le vemos descender personalmente como en 19, 11 ss., sino que Él los envía (Mt. 13, 39 y 41) y actúa desde la nube donde “todo ojo lo verá” (1, 7).

15 ss. Buzy opina que esta siega (vv. 15-16) es la de los elegidos (cf. Mt. 9, 37; Mc. 4, 29; Jn. 4, 35 ss.), en tanto que la vendimia (vv. 18-20) es la de los malos. Debe observarse sin embargo que no se habla aquí de mies madura, sino seca. Además, hay otras cosechas que son castigos (Is. 18, 4 s.; Jr. 51, 33) y aun en Mt. 13, 39 vemos que la siega abarcará cizaña junto con trigo. La vendimia es figura sangrienta (v. 20), tanto para Israel (Lm. 1, 15) cuanto para las naciones (19, 15; Is. 63, 2 s.; Jl. 3, 12 s.).

18. Del altar: es decir, siempre como eco de la oración de aquellos que pedían venganza en 6, 9 ss. Cf. 8, 3 y nota.

19. La viña de la tierra: Algunos, considerando que en la Biblia la viña es Israel (Jr. 2, 21; Ez. 15 y 17; Os. 10, etc.) y que por la tierra suele entenderse la Palestina o Tierra Santa, suponen que este juicio desde la nube (v. 14 y nota), previo al de 19, 11 ss., y que ocurre fuera de la ciudad de Jerusalén (v. 20), sería sobre Israel o quizá sobre Judá como prueba definitiva antes de su reconciliación (cf. Mal. 3, 2 s. y nota). Esta idea aclararía tal vez no pocas vacilaciones y desacuerdos de los expositores. Sin perjuicio de esto debe recordarse que de ese mismo lugar (el valle de Josafat, que significa Yahvé juzga) se habla también para el juicio de las naciones (Jl. 3, 2 y nota).

20. El lagar pisado es en la Biblia imagen de la venganza divina (v. 15 ss. y nota). Crampon observa que tanto este septenario de las siete señales (12, 1 y 3; 13, 13 y 14; 15, 1; 16, 14; 19, 20), como el de los siete sellos y el de las siete trompetas, nos conducen igualmente a la consumación del siglo, por lo cual deduce que hay entre todos un “paralelismo real”, aunque cada uno nos revela distintos aspectos del plan de Dios. También son siete, dice Pirot, las menciones de la caída de Babilonia (v. 8; 16, 17-21; 17, 16; 18, 1-3, 4-8, 9-20, 21-24). Fuera de la ciudad: de Jerusalén (cf. nota anterior). ¡Un estadio equivale a 185 metros, por lo cual este lago de sangre humana se extiende a casi trescientos kilómetros!

 

APOCALIPSIS 15

1. Sorprendente (thaumastón): voz no usada hasta ahora y que se repite en el cántico (v. 3). Vemos en el v. 2 que a esta séptima y última señal ha xºprecedido la manifestación plena del Anticristo (cap. 13), pues figuran aquí los que escaparon de él. También este cántico llamado del Cordero parece inspirarse en el que entonó Moisés poco antes de morir (cf. Dt. 32) para celebrar las bondades de Dios con Israel. Véase también Nm. 10, 35 y Sal. 61, 7. Comp. 14, 3 y nota.

3 s. “Así habían hecho los Israelitas cantando el feliz éxito de su salida de Egipto (Ex. 15, 2-19). El nuevo cántico celebra también una liberación; se diría en cierto modo que el mar cristalino es simétrico del mar Rojo así como el libertador Moisés es figura de Cristo” (Pirot). Cf. Hch. 3, 22; 7, 37 y notas.

3 s. Rey de las naciones. Dos expositores señalan aquí un verdadero mosaico bíblico: “El v. 3 se inspira en los Salmos 96, 2; 109, 2; 88, 14; 1 Cro. 16, 9; Za. 14, 9. El v. 4 en Jr. 10, 7; Ex. 9, 16; Mi. 7, 15-17” (Gelin). Cf. 14, 7; Sal. 64, 3; 85, 9. Como observamos en la introducción, el Apocalipsis tiene, en sus 404 versículos, 518 citas del Antiguo Testamento, y llama la atención de los expositores el hecho de que, no obstante la coincidencia de la escatología apocalíptica con la del Evangelio y las Epístolas, y haber escrito Juan 30 años más tarde, no haya referencias expresas al Nuevo Testamento ni a las instituciones eclesiásticas nacidas de él, ni a los presbíteros, obispos o diáconos de la Iglesia, cosa que confirma sin duda su carácter estrictamente escatológico. Se han hecho manifiestos: es decir, ahora son visibles y evidentes.

5. El templo del tabernáculo del testimonio: se abre como en 11, 19. En el Tabernáculo de la Alianza, llamado del testimonio (Nm. 9, 15; cf. Nm. 17, 10), se hallaba el Arca de la Alianza, “ese testimonio inmediato de Dios a su pueblo (véase Ex. 25, 16; 27, 21)” (Crampon). Cf. Ez. 41, 26 y nota.

6. Nueva presentación de los ángeles del v. 1, después del himno intermedio entre ambos. Así ocurre con los ángeles de las trompetas (8, 2 y 6) y la escena intermedia (8, 3-5). Lo mismo parece suceder en el cap. 12 donde el v. 4 es como un anticipo de los vv. 7-12 y el v. 6 como un anticipo de los vv. 13-17.

7. Véase una entrega semejante en Ez. 10, 7. Sobre la copa o cáliz como símbolo de la ira de Dios, cf. 16, 19; Is. 51, 17; Jr. 25, 15 y 17; 49, 12; Ez. 23, 32; Ab. 16, etc.

8. El humo significa la nube en que está Dios (Ex. 40, 32 ss.; 1 R. 8, 10 s.; Is. 6, 4; Ez. 10, 4). El templo lleno de humo para que nadie pueda entrar hasta que las órdenes de Dios se cumplan, indica que sus juicios son ya irrevocables, pues que todo acceso y apelación ante Él quedan cerrados.

 

APOCALIPSIS 16

1 ss. Las plagas de este capítulo, más terribles que las anteriores (cf. 15, 1) y que las que Dios descargó sobre los enemigos de su pueblo en Egipto (Ex. caps. 7-10), conservan mucha semejanza con éstas. Como en las trompetas, empiezan por tierra, mar, ríos y sol; pero la calamidad es total, en tanto que allí era de un tercio, y en los sellos era de un cuarto. Sobre la marca de la Bestia, cf. 14, 11; 15, 2.

5. El Ángel de las aguas: S. Agustín y S. Tomás nos llaman la atención sobre la admirable Providencia de Dios que aun al cuidado de las cosas materiales ha puesto a un ángel. “Las siete copas (como los otros septenarios del Apocalipsis) se dividen en dos grupos de tres y de cuatro, separados por la intervención del ángel de las aguas. Esta división tiene sin duda por objeto acentuar mejor el simbolismo del número siete, haciendo destacar sus dos elementos significativos: 3, número de Dios y 4, número para el mundo” (Crampon). Que eres y que eras: nótese como en 11, 17, que ya no se agrega que has de venir (erjómenos: cf. Hb. 10, 37 s. y nota) sin duda porque ya sus juicios se han hecho manifiestos (15, 4).

7. Oí al altar: es decir, a los mártires que descansan debajo del altar (6, 9), los cuales han visto su clamor satisfecho con creces.

9. ¡No se arrepintieron! (cf. vv. 11 y 20; 9 21 y nota). ¿No es acaso lo que ya estamos viendo? Dios castiga al mundo con terribles azotes y sin embargo la sociedad humana sigue sus propios planes sin preocuparse por saber cuáles son los de Él. Dios Todopoderoso respeta entonces la libertad de sus creaturas (cf. 22, 11) porque, siendo Padre, no exige por la fuerza el amor de sus hijos; pero derramará sobre los hombres la copa de su ira porque éstos preferirán seguir siendo “hijos de ira”, como cuando eran paganos sin redención (cf. Ef. 2, 3 ss.; 5, 6), y quedar sujetos a la potestad de las tinieblas, rehusando trasladarse al reino del Hijo muy amado (Col. 1, 12 s.). La venganza del amor ofendido (cf. Ct. 8, 6 y nota) será tan terrible como acabamos de ver en 14, 20 y como lo veremos en 19, 17 ss. Pirot observa que estas plagas caen sobre todas las naciones de la gentilidad y es de notar que su apostasía contrasta con la conversión de Israel (véase 11, 13 y nota) como ya lo advirtió S. Pablo a los Romanos (cf. Rm. 11, 20 y 31 y notas). Tan claro anuncio hecho por Dios bastaría para argüir de falsos profetas a todos los creyentes en el progreso indefinido de la humanidad, que la halagan (cf. 2 Tm. 4, 13) y la adormecen pronosticándole días mejores. Jesús mostró que así será hasta el fin (Lc. 18, 8; Mt. 24, 24-30). Cuando digan paz y seguridad vendrá la catástrofe (1 Ts. 5, 3). Cf. 11, 15 y nota.

10. De tinieblas: cf. 9, 2; Ex. 10, 22; Sb. 17, 1 ss.

12. El Eúfrates, en la 6ª copa, como en la 6ª trompeta (9, 14 y nota), será secado como lo fue el Mar Rojo (Ex. 14, 21) y el río Jordán (Jos. 3, 13-17). Algunos piensan que puede haber aquí “alusión a la manera como Ciro se apoderó de Babilonia desviando el curso del Eúfrates” (cf. Is. 44, 27; Jr. 50, 38; 51, 36). Y ¿quiénes son éstos del oriente? Algunos, pensando en el pasado, responden: “los Partos, terror de Occidente” (cf. 9, 14-19; 17, 12 s. y 16 s.). Otros, como Fillion, que serán reyes venidos de esa dirección para combatir al Señor, unidos a los de toda la tierra (v. 14) y cuya reunión aprovechará Él “para ejecutar contra ellos sus proyectos de venganza (cf. 19, 19)”. Otros, considerando que los de los vv. 13 s. no se unen con éstos sino contra éstos, ven aquí el cumplimiento de lo anunciado sobre la vuelta, para su conversión (Rm. 11, 25 s.), de las diez tribus de Israel (Efraín) dispersas (cf. Is. 11, 14-16; 49, 12 texto hebreo; Ez. 37, 12-23; 4 Esd. 13, 39-50), las cuales no habrían sido comprendidas en la infidelidad de Judá pues sólo a ésta se refería y sólo a ella se comunicó la profecía de Is. 6, 9 mencionada por S. Pablo en Hch. 28, 25 s.

13 s. Espíritus inmundos: como los que vemos actuar en el Evangelio (Mt. 10, 1; Mc. 1, 23). No sabemos si obrarán por medio de algún poseso. Cf. 1 Tm. 4, 1; Ex. 8, 2. Los reyes de todo el orbe: cf. 17, 4; 19, 19-21; Sal. 2, 2; 47, 5; Ez. caps. 38 y 39. Como Fillion (cf. v. 12 y nota) también Pirot indica que hay en el v. 14 una anticipación de las batallas finales del cap. 19. Sobre el gran día, cf. 6, 17 y nota.

15. Juan parece interrumpir su relato para recordar aquí, como para consuelo frente a esa horrible visión, estas palabras que, como dice Gelin, son de Cristo (Lc. 12, 39 s.) y se refieren a su Parusía (3, 3). Sobre esta reiterada advertencia de Jesús cf. 22, 7, 12 y 20; 1 Ts. 5, 2 y 4; 2 Pe. 3, 10. “Velad, pues, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor” (Mt. 24, 42). “La bienaventuranza de los que velan es una de las siete de nuestro Libro” (Pirot). Cf. 22, 7. Sus vestidos: señal de estar preparado, como Él lo dice en Lc. 12, 35.

16. Harmagedón, en hebreo: Har Megiddo, esto es el monte de Megiddo, situado cerca del Monte Carmelo, donde varias veces se decidió el destino de la Tierra Santa. Era el campo de batalla por excelencia. Véase Jc. 5, 19; 2 R. 9, 27; 23, 29. Figura aquí como lugar de una derrota definitiva, la misma que indica el triunfo de Cristo en 19, 19 ss. Cf. Ez. 38, 17 ss.; 39, 8 y 21; Jl. 2, 1 ss. y notas.

17. Hecho está: lo ordenado en el v. 1.

18. Otros terremotos hay en 6, 12 y 11, 13. Este es el último y el mayor de todos y corresponde al fin de las 7 copas, paralelamente a 8, 5 y 11, 19.

19. La gran ciudad: véase 17, 18 y nota. Cayeron: algunos identifican esto con el final del tiempo indicado en Lc. 21, 24 (cf. Dn. 2, 34 s.). Babilonia: aquí, como en 14, 8, se nos da según Crampon, una transición a este punto dominante de los caps. 17 y 18, antes de llegar a la consumación. Gelin, comparando este sismo con el de Jerusalén en 11, 13, hace notar que allí sólo fue un décimo y aquí es total.

21. De un talento: o sea de 40 kilos, por donde se ve la enorme violencia de las calamidades. Pero, como en 9, 2 s.; 16, 9 y 11, la gentilidad seguirá hasta el fin sin convertirse. Cf. Rm. 11, 25 y nota.

 

APOCALIPSIS 17

1. La gran ramera Babilonia es representante del mundo anticristiano (S. Agustín), en particular de la ciudad de Roma (S. Jerónimo), levantada sobre siete montes (v. 9) como la Bestia sobre la cual se asienta la ramera grande (v. 3). En tiempo de S. Juan ella era la capital del mundo y centro de la corrupción pagana. Varios autores, entre ellos S. Roberto Belarmino, creen que en los últimos tiempos Roma volverá a desempeñar el mismo papel que en los tiempos de los emperadores. Los ángeles que tenían las siete copas acaban de terminar su misión en el cap. 16, pero ello, como observa Pirot, “va a introducir aún no pocos acontecimientos”. Véase 14, 8 s. y notas. También S. Pedro entiende por Babilonia a la ciudad de Roma (1 Pe. 5, 13). Cf. Dante, Divina Comedia. Inf. 19, 106 ss. Comp. vv. 2 y 5; 14, 8 y 18, 9. El profeta Isaías (Is. 1, 21) llama ramera a Jerusalén por su infidelidad. En Is. 23, 15 y Nahum 3, 4 usa igual figura para Tiro y Nínive, tomadas según algunos como símbolos proféticos lo mismo que Asiria (cf. Is. 5, 25 y nota). El ángel que aquí figura es quizá el mismo que en 21, 9 muestra a S. Juan la Jerusalén celestial. Sentada sobre muchas aguas: cf. v. 15 y nota. En el v. 3 aparece sentada sobre una bestia.

2. Véase v. 5 y nota; Is. 23, 17; Jr. 51, 7.

3 s. A un desierto en espíritu: o sea, donde el espíritu estaba ausente o muerto. Como se verá en adelante, no se trata de un desierto material, como el refugio de la mujer del capítulo 12, sino a la inversa de una opulenta metrópoli dominadora de pueblos. Al respecto dice Fillion que “este retrato, vigorosamente trazado, contrasta con el de la madre mística de Cristo” que vimos en 12, 1 s., pues tanto la púrpura del vestido de la mujer (v. 4) como el color bermejo de la bestia significan, “al mismo tiempo que la alta dignidad” (en Roma la púrpura llegó a ser exclusiva de los emperadores), la sangre de los mártires (v. 6) y a soberbia (cf. 1 M. 8, 14; Bar. 6, 71; Lc. 16, 19; Mc. 15, 17 y 20). Entre la bestia y la mujer hay unión estrecha, representando ambas la misma idea. La bestia es sin duda la que vimos en 13, 1 ss. o sea el Anticristo. Abominaciones: en la Sagrada Escritura, término para señalar la idolatría y los vicios que proceden del culto a los ídolos. La abominación específica de Roma era el culto de los Césares. Comentando este v. dice S. Juan de la Cruz: “¿Quién no bebe poco o mucho de este cáliz dorado de la mujer babilónica? Que en sentarse ella sobre aquella gran bestia... da a entender que apenas hay alto ni bajo, ni santo ni pecador, al que no dé a beber de su vino, sujetando en algo su corazón”.

5. Escrito sobre su frente. “No sin duda en la frente misma sino en un lazo elegante que rodeaba su frente. En Roma las mujeres de mala vida solían ostentar así su nombre... Un nombre, un misterio: es decir, un nombre misterioso que debe ser interpretado alegóricamente” (Fillion). Este misterio de una Babilonia alegórica, que asombra grandemente a Juan (v. 6), parece ser la culminación del misterio de la iniquidad revelado por S. Pablo en 2 Ts. 2, 7 ss., refiriéndose tal vez a alguna potestad instalada allí como capital de la mundanidad y quizá con apariencias de piedad como el falso profeta (13, 11; 2 Tm. 3, 5, etc.). Madre de los fornicarios: es decir, de los que como ella fornican con la idolatría y los valores y glorias del mundo (cf. v. 2). La extrema fuerza del lenguaje empleado con esta ramera recuerda las expresiones usadas contra Jerusalén en Ez. 16 (véase allí las notas).

6. Ebria de la sangre: cf. 16, 6. Juan había visto ya la bestia (13, 1), pero no a la mujer. Su grande asombro, según explican los comentaristas, procede de verlas juntas. “Esta visión es hoy todavía llena de oscuridad para nosotros, al punto que este pasaje es la parte más difícil del Libro entero” (Fillion). Esta ebriedad, que no es de la bestia sino de la mujer, es interpretada tanto como la responsabilidad por la sangre cristiana derramada (cf. lo que Jesús increpa a los fariseos en Mt. 23, 34 s.) cuanto como una actitud soberbia que usurpa los méritos de los mártires y santos revistiéndose hipócritamente de ellos.

7 s. De la mujer y de la bestia: En realidad el ángel, quizá a causa del asombro de Juan, habla primero de la bestia (vv. 8 ss.) y sólo en el v. 18 vuelve a la mujer. Va a su perdición: Los cristianos perseguidos por los Césares de todos los tiempos no tienen que temer: la bestia va a la ruina: “Vi al impío sumamente empinado y expandiéndose como un cedro del Líbano; pasé de nuevo, y ya no estaba; lo busqué, y no fue encontrado” (Sal. 36, 35 s.). Hablando de esta bestia, en la que muchos ven a un imperio romano redivivo, dice Pirot: “Era, no es y reaparecerá; lo cual es una parodia del nombre divino dado en 1, 4 y 8; 4, 8; asimismo la herida que lleva (13, 3 y 14) es la réplica de la del Cordero; y su reaparición (parestai) también imita la “parusía” de Cristo”. Del abismo: no parece referirse al abismo de 9, 1; 20, 1 y 7 s., sino al de 13, 1, es decir, al mar, símbolo de las naciones o gentiles (v. 15).

9 ss. Que tiene sabiduría: es decir, que es para que lo entienda el hombre espiritual, sobrenatural (cf. 13, 8 y 18; 1 Co. 2, 10 y 14). Siete montes: alusión a las siete colinas de la ciudad de Roma, con la cual todos los autores clásicos y cristianos la han identificado. “Pero ésta, dice Crampon, no parece personificar la Roma de los Césares, ni exclusivamente ni siquiera principalmente”. Añade que ella es “la ciudad de los hombres, opuesta a la ciudad de Dios”. Fillion ve en ella “la capital mística del imperio del Anticristo en los últimos días del mundo”, y en los siete reyes, “de acuerdo con el cap. 17 de Daniel, las grandes monarquías paganas o animadas del espíritu pagano... y finalmente el conjunto de los reinos europeos actuales, en lo que tienen de perverso y anticristiano”, pues hay que tomar en cuenta que el Apóstol no describe los fenómenos políticos sino en cuanto éstos interesan al aspecto religioso, mostrándonos las consecuencias que de ellos resultan para el orden espiritual. Es de notar la semejanza de este pasaje con Dn. 7, 7-8.

11 ss. Por temor de deformar su sentido, hemos vertido literalmente este v. tal como lo presenta el griego. Se trata del último rey de Roma (v. 10), “simbolizado por la bestia misma, el Anticristo, cuyas son las siete cabezas”. En esta 7ª y última cabeza estarán sin duda, como dice Simón-Prado, los diez cuernos o nuevos reyes (v. 12) que le servirán (v. 13). Sobre los diez cuernos, cf. también Dn. 7, 7 y 24 y notas. Por una hora: Parece esto una parodia de realeza, quizá para imitar lo anunciado en Lc. 22, 29 s. Por eso dice Jesús: “Cuando os digan que el Cristo está aquí o allí, no les creáis”. (Mt. 24, 23 ss.). Con la bestia: S. Hipólito lee estas palabras uniéndolas a las que siguen: con la bestia tienen esos reyes un mismo designio.

14. El Cordero los vencerá: “Este v. anuncia sin duda lo de 19, 11-22 donde Cristo (19, 16) es igualmente declarado soberano de los que imperan; su ejército, opuesto al de la bestia, será victorioso” (Pirot). Cf. 16, 14 y 16. También los suyos: cf. 19, 14; 1 Ts. 4, 14. Llamados y escogidos y fieles: Sobre su escaso número véase Mt. 22, 14. Cf. Rm. 8, 29 s. Este v. relativo al juicio confirma el carácter escatológico del pasaje.

15. Las aguas, etc.: En Is. 17, 12 y, Dn. 7, 3 las aguas del mar simbolizan, como aquí, la gentilidad. De las aguas sale también la gran bestia de las siete cabezas (13, 1). Cf. v. 1 y nota.

16 s. Aborrecerán ellos mismos a la ramera, que había sido objeto de su pasión (v. 2) y cuya caída deplorarán luego (18, 9 s.). Vemos así (v. 17) cuán admirablemente se vale Dios de sus propios enemigos para realizar sus planes y sacar de tantos males un inmenso bien cómo será la caída de la gran Babilonia (cf. 18, 20; 19, 1 ss.). Así esta fortaleza anticristiana en el orden espiritual (18, 8 y nota) perecerá a manos de la otra fuerza anticristiana del orden político, la cual a su vez, con todos los reyes coligados con ella, será destruida finalmente por Cristo en 19, 19 ss. Sorprende que así luchen entre ellos los secuaces de Satanás, cuando sabemos que todos se unirán (v. 13; 16, 14; 19, 19) contra el Señor y contra su Cristo (Sal. 2, 2). “¿Creerán quizá en ese momento que ella encarna el verdadero Dios y la odiarán por eso?” No lo sabemos. Pirot hace notar que esto es tomado del pasaje de Ooliba (Ez. 23, 22-36) donde se anunciaba a Jerusalén un trato semejante de parte de las naciones con las cuales fornicó (cf. Jr. 50, 41 s.; 51 ss.).

18. S. Juan pasa aquí de la bestia a la ramera Babilonia sentada sobre ella (v. 3). El cap. 18 es todo sobre el castigo de esta mujer. Aquella ciudad: cf. 16, 19 y nota. Que tiene imperio, etc.: ejerciendo sin duda cierta potestad supranacional (v. 15; cf. 4 Esd. 5, 1). A este respecto es de recordar que Babilonia o Babel (Bab-ilu: puerta del cielo), sea lo que fuere de las inscripciones de su último rey, según el cual habría sido fundada 3.800 años antes de él, tuvo al menos veinte siglos de opulencia, lo que explica el papel de cabeza de oro, es decir, el primero de todos los imperios universales, que Daniel le atribuye en la gran profecía de la estatua (Dn. 2),. La Babilonia mística aparece aquí en el otro extremo de la profecía, unida a la última bestia de Daniel 7. “Lo que Babilonia fue para Jerusalén, ésta lo es para la Iglesia” (Pannier).

 

APOCALIPSIS 18

1 ss. En su estilo este anuncio se parece a los de los profetas antiguos contra Babilonia (cf. Is. caps. 13 y 14; 21, 9; Jr. caps. 50 y 51). Véase en la nota al Sal. 137, 8 los muchos paralelismos entre ambas Babilonias.

2. Véase 14, 8; Is. 13, 21; 21, 9; 24, 11 ss.; Jr. 50, 39; 51, 8.

3. Véase 17, 2; Jr. 51, 7. Reyes y mercaderes: cf. vv. 9 y 11.

4 s. Salid de ella: la orden recuerda los pasajes que se refieren a la Babilonia histórica en Is. 48, 20; Jr. 50, 8; 51, 6 y 45; Za. 2, 7. Pirot señala un paralelismo con Jerusalén en Mc. 13, 14; Mt. 24, 16. Como observamos al comentar esta expresión en Is. 48, 20, con la caída de Babilonia debía empezar la redención del pueblo judío, que entonces sólo fue imagen de la que había de traer Jesucristo (Lc. 21, 28; cf. Ne. 9, 37 y nota). La salida de los judíos fue pacífica por la merced de Ciro (Esd. 1, 1 ss.), que en la profecía es figura de Cristo y fue anunciado dos siglos antes para ser el restaurador de Israel (Is. 44, 28; 45, 1 ss.; cf. 2 Cro. 36, 23; Jr. 25, 11; 29, 10). En cuanto al alcance de aquel anuncio según el cual Babilonia “será barrida con la escoba de la destrucción” (Is. 14, 23 texto hebreo), observa Schuster-Holzammer que los datos modernos han rectificado la antigua opinión, pues cuando Naboned se rindió al conquistador Ciro éste lo trató con toda suerte de consideraciones, y añade: “Nada dice la Sagrada Escritura de la toma de Babilonia. Efectuóse –contra lo que antes se creía– sin resistencia y sin espada, con sorprendente rapidez, al mando de Ugbaru (Gobryas), gobernador de Gutium. Ciro, que entró en Babilonia tres meses más tarde. perdonó a la ciudad y adoró a los dioses, tomó el título de “rey de Babilonia” y puso de gobernador de ella (¿virrey?) a Ugbaru”. Vemos, pues, la perfecta coincidencia entre S. Juan e Isaías el gran profeta que “consoló a los que lloraban en Sión y anunció las cosas que han de suceder en los últimos tiempos” (Si. 48, 27 s. y nota). Históricamente, dice Vigouroux, “Babilonia hasta quedó como una de las capitales del imperio de los persas” y conservó restos de su civilización y monumentos “más allá aún de la era cristiana”. La Basílica de S. Pedro, dice el profesor H. Mioni, sería casi un pigmeo junto al templo de Baal, que Herodoto asegura tenía en ladrillo 192 metros de altura. Este historiador, que visitó Babilonia en 450 a. C. (un siglo después de Ciro), habla también de sus muros de 200 codos de altura y 50 de espesor, protegidos por 250 torres y 100 puertas de bronce. Pueblo mío: En la ciudad corrompida y en medio de los adoradores de la bestia viven los marcados con el sello del Cordero que, recordando la palabra de Jesús sobre la mujer de Lot (Lc. 17, 32), se guardan de arraigar el corazón en los afectos y respetos humanos. A ellos se dirige esta voz del cielo que, sin duda es la de Jesús, pues Dios Padre es nombrado en tercera persona (vv. 5 y 8). S. Agustín observa que con los pasos de la fe podemos huir de este mundo hacia Dios, nuestro refugio.

6. Cf. Jr. 50, 29.

7. Véase Is. 47, 8, donde Babilonia se jacta de la misma manera. Cf. 3, 17; 17, 6; Bar. 4, 12.

8. Será abrasada en fuego: “En el fondo de su simbolismo Juan encierra la idea principal que causa la ruina de la soberbia Babilonia. La pena del fuego (cf. 17, 16; 19, 3) era el castigo reservado por la Ley para el adulterio o la fornicación de carácter sacrílego (cf. Lv. 21, 9)” (Iglesias).

11 ss. Los lamentos de los mercaderes son el retrato de los hombres del mundo. Lejos de llorar la perversidad de la ciudad caída o siquiera compadecer su trágica suerte como hacen los reyes (v. 9), deploran ante todo sus propias pérdidas, porque nadie comprará ya sus mercaderías (v. 11). Su egoísmo no repara en la iniquidad tremendamente castigada por Dios, sino en que ello le trae un lucro cesante. Cf. Ez. 27, 12 ss.

13. Cuerpos y almas: Tremendo tráfico que recuerda el de Tiro con los esclavos (Ez. 27, 13), pero al que se añade aquí el de las almas.

17 ss. Cf. Ez. 27, 29 ss. El humo (la Vulgata dice el lugar). Cf. v. 9.

20. Los santos y los apóstoles: (Vulg.: santos apóstoles). Esta invitación al júbilo tiene un eco deslumbrante en 19, 1-7.

21. Significa la sorprendente rapidez (cf. v. 8) y el carácter irreparable con que será destruida la fortaleza del mundo anticristiano. Véase igual acto en Jr. 51, 63 s., a propósito de Babilonia.

22 s. Recuerda ante todo, como dice Pirot, el duro anuncio de Jeremías a Jerusalén (Jr. 25, 10; 7, 34; 16, 9). Cf. Is. 24, 1-13; 47, 9; 23, 8; Ez. 26, 13.

24. Sangre de santos: cf. 6, 10; 16, 6; 17, 6; 19, 2; Mt. 23, 35 ss.; Jr. 51, 49.

 

APOCALIPSIS 19

1 s. Véase 4, 11; 16, 7; Sal. 18, 10; 118, 137. Muchos observan aquí cuán dramático es el contraste entre el mundo, que se lamenta por la caída de Babilonia (18, 9 y 11), y el cielo, que se llena de la máxima exultación, lo cual se explica, dice Fillion, pues esa caída “va a facilitar y acelerar el establecimiento universal del reino de Dios”. Cf. 18, 20; Jr. 51, 48.

5 ss. Aleluya: locución hebrea (Hallelú Yah), no significa alegría, como suele creerse, sino ¡alabad a Yahvé! Usada frecuentemente en los Salmos, sólo aparece cuatro veces en el Nuevo Testamento y es en los vv. 1, 3, 4 y 6 de este capítulo. Es aquí la respuesta al petitorio del v. 4 y coincide naturalmente con el colmo del gozo (18, 20) ante el acontecimiento que significa la culminación del Libro y de todo el plan de Dios en la glorificación de su Hijo (cf. 11, 15 ss.). “Voces celestiales cantan la toma de posesión por el Señor de su reino universal y eterno al mismo tiempo que las Bodas del Cordero. Este hermoso pasaje sirve de transición entre la ruina de Babilonia y la derrota, ora del Anticristo ora de Satanás” (Fillion). Cf. sobre el primero v. 19 s.; sobre el segundo, 20, 1 s. y 7 ss.

7. Cf. Mt. 22, 2 ss.; 25, 1 ss.; Lc. 14, 16 ss. La desposada (cf. Ct. 4, 17, nota) se prepara para celebrar las nupcias con su divino Esposo (cf. Ef. 5, 25-27). Pirot opina que aquí S. Juan deja solamente entrever las bodas del Cordero y de la Iglesia que se celebrarán según él en el cap. 21, y recuerda que “la metáfora del matrimonio traducía en el A. T. la idea de alianza entre Yahvé e Israel (Os. 2, 16; Is. 50, 1-3; 54, 6; Ez. 16, 17 ss.; Cant.)”. Jünemann ve aquí “los desposorios perfectos, triunfales y eternos de Cristo con la humanidad restaurada por Él” (cf. 12, 1 y nota). Los primeros cristianos anhelaban ya la unión final con el Esposo, en la oración que desde el siglo primero nos ha conservado la “Didajé” o “Doctrina de los doce Apóstoles”: “Así como este pan fraccionado estuvo disperso entre las colinas y fue recogido para formar un todo, así también, de todos los confines de la tierra, sea tu Iglesia reunida para el Reino tuyo... líbrala de todo mal, consúmala por tu caridad, y de los cuatro vientos reúnela, santificada, en tu reino que para ella preparaste, porque tuyo es el poder y la gloria en los siglos. ¡Venga la gracia! ¡Perezca este mundo! ¡Hosanna al Hijo de David! Acérquese el que sea santo; arrepiéntase el que no lo sea. Maranatha (Ven, Señor). Amén”.

8. Contraste con la actitud de Babilonia (17, 4; 18, 16).

9. Dichosos los convidados al banquete nupcial: Véase la parábola de Jesús en Mt. 22, 2 ss. Cf. 3, 20; Is. 25, 6 y Lc. 14, 15 donde esta idea va unida a lo que Jesús llama “la resurrección de los justos” (Lc. 14, 14). He aquí la bienaventuranza suprema y eterna (cf. 20, 8; 21, 2 y 9 ss.). Pirot señala la frecuencia de esta idea del banquete en el N. T. y cita además Mt. 8, 11; Lc. 22, 18 y 4 Esd. 2, 38.

10. A Dios adora: “Es decir, reserva para Él solo todos tus homenajes” (Fillion). El ángel se declara siervo de Dios como los hombres (cf. 22, 8; Hb. 1, 14). S. Pedro nos da a este respecto un bello ejemplo en Hch. 10, 25 s. “El término adorar, dice Crampon, debe ser tornado aquí, como en varios lugares de la Escritura, en el sentido lato de venerar, dar una señal extraordinaria de respeto”. Cf. Sal. 148, 13 y nota. El espíritu de la profecía no ha sido dado sólo al ángel sino también al hombre (cf. Ef. 1, 9 s.; 1 Pe. 1, 10 ss.) y consiste en dar testimonio de Jesús y de sus palabras (1 Co. 14). Juan tiene también ese espíritu, y ello le es asimismo un testimonio de que Jesús está con él. Cf. 1, 9; 12, 17, donde parece mostrársenos que hay una persecución especial para los que tienen este testimonio de orden profético, quizá porque es lo que al orgullo humano más le cuesta aceptar, según sucedió con Israel. Cf. Jn. 12, 40-41; Lc. 19, 14.

11 ss. Fiel y Veraz: (cf. 1, 5; 3, 7 y 14): el mismo Jesucristo, cuyas palabras se llaman por eso “fieles y verdaderas” (21, 5; 22, 6). Él, juez del mundo, vendrá como Rey a derrotar a sus enemigos: juzga y pelea como en Is. 63, 1. Su triunfo, anunciado desde las primeras páginas del Libro sellado (7, 2), va ahora a manifestarse ante todo contra el Anticristo (2 Ts. 2, 8). “El Mesías en persona se reserva la primera ejecución” (Pirot).

12. Muchas diademas: más que el dragón (12, 3) y que la bestia (13, 1). El Canon de Muratori, fragmento de fines del siglo II, entre los grandes misterios de Cristo sobre los cuales es una sola nuestra fe, señala “su doble advenimiento, el primero en la humildad y despreciado, que ya fue; y el segundo, con potestad real... (aquí faltan algunas palabras) preclaro, que será” (Ench. Patristicum 268).

13. Un manto empapado de sangre (v. 13) alude asimismo a la visión de Is. 63, 1-6 (cf. nota). No es la sangre de Jesús, como algunos han creído, sino de la vendimia de sus enemigos (cf. 14, 20 y nota). Los hijos de Esaú, Idumeos (de Bosra), siempre aparecen los primeros castigados como los que más odiaron a su hermano Israel (cf. Is. 34, 6; Sal. 136, 7; Hab. 3, 3; Ab. 17 ss. y notas, etc.).

14. Los ejércitos del cielo son los ángeles (Mt. 25, 31; 26, 51; 2 Ts. 1, 7) y sin duda también, como observa Pirot, los santos (17, 4) resucitados al efecto (1 Ts. 4, 16 s.; Judas 14).

15. “Como en Is. 11, 4... como el Rey de Sal. 2, 9, será duro para los goyim” (Gelin). Véase además sobre la espada que sale de su boca, 2, 16; 2 Ts. 2, 8; sobre el cetro de hierro, 12, 5; Sal. 109, 6; 149, 6 ss.; sobre el lagar del vino de la furiosa ira, v. 13 y nota. Pirot, citando a Lagrange, hace notar que “Jesús durante su vida mortal no dio cumplimiento a estas profecías: fue especialmente el Mesías doctor y paciente; las perspectivas gloriosas, las promesas de dominación sobre el mundo, el aspecto triunfal del mesianismo, no se realizaron entonces: el mesianismo parecía como cortado en dos”. Cf. Jr. 30, 3; Mt. 5, 17-18; Lc. 24, 44 ; Hch. 3, 20 ss.; 1 Pe. 1, 11.

16. Pío XII, en su primera Encíclica, cita este pasaje y dice: “Queremos hacer del culto al Rey de reyes y Señor de señores, como la plegaria del introito de este nuestro Pontificado”. Cf. 17, 14; Dt. 10, 17. Resumiendo un estudio de Cerfaux a este respecto, dice Gelin: “El título de Señor (Kyrios) tiene una significación real y triunfal: corresponde al belu de la correspondencia de Toll-el-Amarna, al Adón de los hebreos, al marana de los papiros de Elefantina. Ese título debió ser utilizado en la Iglesia judeo-aramea para expresar la dignidad del Rey Mesías. Se puede leer con esta idea los siguientes pasajes donde está usado en su contexto real y triunfal: Mc. 11, 3; 12, 35-37; 1 Co. 16, 23 (Marana = Kyrios); 11, 26; Hch. 5, 31; 7, 60; Lc. 19, 11; Mt. 24, 42.

17 s. Véase Ez. 39, 17 ss., donde el Profeta invita a las aves del cielo a comer la carne de los enemigos de Israel; y Dn. 7, 11 y 26, donde se anuncia la destrucción de la bestia que es figura del Anticristo (cf. v. 20). También Isaías, después de anunciar la Pasión y Muerte de Jesús, revela su triunfo final sobre todos sus enemigos, diciendo: “Y repartirá los despojos de los fuertes” (Is. 53, 12).

19 ss. Véase 16, 16 y nota. “La batalla final es el advenimiento triunfante de Jesucristo para juzgar al mundo” (Crampon). Cf. 20, 11. Matados los dos testigos (11, 8) y tramada la coalición de todas las fuerzas anticristianas (16, 13), el gran enemigo de Dios es derrotado por Jesucristo en Persona. “Esta matanza es obra del mismo Cristo. Aunque hubiese un ejército numeroso, el Verbo de Dios parece ser el único que toma parte efectiva en el combate” (Fillion). Cf. Is. 11, 4; 2 Ts. 2, 8; Dn. 7, 21 y notas. Sobre la bestia y el falso profeta, véase cap. 13 (cf. Dn. 8, 25 s.; 11, 36). S. Agustín cree que, entre la muerte del Anticristo y el fin del mundo, mediará un tiempo, al cual se refiere también S. Tomás diciendo: “Consolará el Señor a Sión (Is. 51, 3)... y a causa de esto, después de la muerte del Anticristo, será también doble la consolación: esto es, la paz y la multiplicación de la fe; porque entonces todos los judíos se convertirán a la fe de Cristo, viendo que fueron engañados: en aquellos días suyos, Judá será salvo e Israel vivirá tranquilamente y el nombre con que será llamado helo aquí: Justo Señor nuestro (Jr. 23, 6)”.

21. “Los soldados de las Bestias (16, 14; 18, 3) son muertos en el combate y sus almas van probablemente al Hades, de donde no saldrán sino en 20, 14-15. Hay, pues, en la parte inferior del teatro apocalíptico varias mansiones que no coinciden: el Hades, el estanque de fuego (Gehenna); el abismo (cf. 9, 1) del que va a hablarse en seguida” (Pirot). Cf. 20, 3.

 

APOCALIPSIS 20

1. Para apoderarse del dragón (v. 2) el ángel desciende del cielo a la tierra, pues antes Satanás había sido precipitado a ella (12, 9-12). Este ángel parecería ser el Arcángel S. Miguel, que es el vencedor de Satanás (cf. 12, 7 y nota), y a quien la liturgia de su fiesta considera como el ángel mencionado en 1, 1 (cf. Epístola del 8 de mayo y 29 de septiembre). León XIII lo expresa así en su Exorcismo contra Satanás y los ángeles rebeldes al citar este pasaje cuando pide a San Miguel que sujete “al dragón, aquella antigua serpiente que es el diablo y Satanás” para precipitarlo encadenado a los abismos de modo que no pueda seducir más a las naciones. El mismo Pontífice prescribió la oración después de a misa en que se hace igual pedido a Miguel, “Príncipe de la milicia celestial” para que reduzca a “Satanás y los otros espíritus malignos que vagan por el mundo”. Véase 1 Pe. 5, 8, que se recita en el Oficio de Completas. Cf. 2 Co. 2, 11; Ef. 6, 12.

2. “Aquí, dice Gelin, el ángel malo por excelencia sufre un castigo previo a su punición definitiva (20, 10). Se trata de una neutralización de su poder, que refuerza la que le había sido impuesta en 12, 9”. Por mil años: los vv. 3, 4, 5, 6 y 7 repiten esta cifra. Según S. Pedro, ella correspondería a un día del Señor (2 Pe. 3, 8; Sal. 89, 4). S. Pablo (1 Co. 15, 25) dice: “hasta que Él ponga a sus enemigos por escabel de sus pies”, como lo vemos en los vv. 7-10.

3. Al Abismo: véase v. 9; 19, 21 y nota. Cf. 2 Pe. 2, 4; Judas 6. Para que no sedujese: cf. v. 1 y nota. Ha de ser soltado: cf. v. 7 ss.

4. Martini opina que “el orden de estas palabras parece que debe ser éste: Vi tronos, y las almas de los que fueron degollados, etc. y se sentaron y vivieron, y reinaron, etc.”. Cf. 3, 21 y nota. Otros piensan que esos tronos serán sólo doce (Mt. 19, 28), reservados a aquellos que se sentaron, pues de esos otros resucitados no se dice que se sentaron, aunque sí que reinaron por no haber adorado como todos al Anticristo (cap. 13), que fue destruido en el capítulo anterior (19, 20), y serán reyes y sacerdotes (v. 6; 1, 6; 5, 10). Véase 1 Co. 6, 2-3, donde S. Pablo enseña que los santos con Cristo juzgarán al mundo y a los ángeles. Cf. Sb. 3, 8; Dn. 7, 22; Mt. 19, 22; Lc. 22, 30; 1 Co. 15, 23; 1 Ts. 4, 13 ss.; Judas 14 y notas.

5. La primera resurrección: He aquí uno de los pasajes más diversamente comentados de la Sagrada Escritura. En general se toma esta expresión en sentido alegórico: la vida en estado de gracia, la resurrección espiritual del alma en el Bautismo, la gracia de la conversión, la entrada del alma en la gloria eterna, la renovación del espíritu cristiano por grandes santos y fundadores de Órdenes religiosas (S. Francisco de Asís, Santo Domingo, etc.), o algo semejante. Bail, autor de la voluminosa Summa Conciliorum, lleva a tal punto su libertad de alegorizar las Escrituras, que opta por llamar primera resurrección la de los réprobos porque éstos, dice, no tendrán más resurrección que la corporal, ya que no resucitarían para la gloria. Según esto, el v. 6 alabaría a los réprobos, pues llama bienaventurado y santo al que alcanza la primera resurrección. La Pontificia Comisión Bíblica ha condenado en su decreto del 20-VIII-1941 los abusos del alegorismo, recordando una vez más la llamada “regla de oro”, según la cual de la interpretación alegórica no se pueden sacar argumentos. Sin embargo, hay que reconocer aquí el estilo apocalíptico: En 1 Co. 15, 23, donde S. Pablo trata del orden en la resurrección, hemos visto que algunos Padres interpretan literalmente este texto como de una verdadera resurrección primera, fuera de aquella a que se refiere San Mateo en 27, 52 s. (resurrección de santos en la muerte de Jesús) y que también un exegeta tan cauteloso como Cornelio a Lapide la sostiene. Cf. 1 Ts. 4, 16; 1 Co. 6, 2-3; 2 Tm. 2, 16 ss. y Fil. 3, 11, donde San Pablo usa la palabra “exanástasis” y añade “ten ek nekróon” o sea literalmente, la ex-resurrección, la que es de entre los muertos. Parece, pues, probable que San Juan piense aquí en un privilegio otorgado a los Santos (sin perjuicio de la resurrección general), y no en una alegoría, ya que S. Ireneo, fundándose en los testimonios de los presbíteros discípulos de S. Juan, señala como primera resurrección la de los justos (cf. Lc. 14, 14 y 20, 35). La nueva versión de Nácar-Colunga ve en esta primera resurrección un privilegio de los santos mártires, “a quienes corresponde la palma de la victoria. Como quienes sobre todo sostuvieron el peso de la lucha con su Capitán, recibirán un premio que no corresponde a los demás muertos, y éste es juzgar, que en el sentido bíblico vale tanto como regir y gobernar al mundo, junto con su Capitán, a quien por haberse humillado basta la muerte le fue dado reinar sobre todo el universo (Fil. 2, 8 s.)”. Véase Fil. 3, 10-11; 1 Co. 15, 23 y 52 y notas; Lc. 14, 14; 20, 35; Hch. 4, 2.

6. Con el cual reinaron los mil años: Fillion dice a este respecto: “Después de haber leído páginas muy numerosas sobre estas líneas, no creemos que sea posible dar acerca de ellas una explicación enteramente satisfactoria”. Sobre este punto se ha debatido mucho en siglos pasados la llamada cuestión del milenarismo o interpretación que, tomando literalmente el milenio como reinado de Cristo, coloca esos mil años de los vv. 2-7 entre dos resurrecciones, distinguiendo como primera la de los vv. 4-6, atribuida sólo a los justos, y como segunda y general la mencionada en los vv. 12-13 para el juicio final del v. 11. La historia de esta interpretación ha sido sintetizada en breves líneas en una respuesta dada por la Revista Eclesiástica de Buenos Aires (mayo de 1941) diciendo que “la tradición, que en los primeros siglos se inclinó en favor del milenarismo, desde el siglo V se ha pronunciado por la negación de esta doctrina en forma casi unánime”. La Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio cortó la discusión declarando, por decreto del 21 de julio de 1944, que la doctrina “que enseña que antes del juicio final, con resurrección anterior de muchos muertos o sin ella, nuestro Señor Jesucristo vendrá visiblemente a esta tierra a reinar, no se puede enseñar con seguridad (tuto doceri non posse)”. Para información del lector, transcribimos el comentario que trae la gran edición de la Biblia aparecida recientemente en París bajo la dirección de Pirot-Clamer sobre este pasaje: “La interpretación literal: varios autores cristianos de los primeros siglos pensaron que Cristo reinaría mil años en Jerusalén (v. 9) antes del juicio final. El autor de la Epístola de Bernabé (15, 4-9) es un milenarista ferviente; para él, el milenio se inserta en una teoría completa de la duración del mundo, paralela a la duración de la semana genesíaca: 6.000 + 1.000 años. S. Papías es un milenarista ingenuo. S. Justino, más avisado empero, piensa que el milenarismo forma parte de la ortodoxia (Diálogo con Trifón 80-81). S. Ireneo lo mismo (Contra las herejías V, 28, 3), al cual sigue Tertuliano (Contra Marción III, 24). En Roma, S. Hipólito se hace su campeón contra el sacerdote Caius, quien precisamente negaba la autenticidad joanea del Apocalipsis para abatir más fácilmente el milenarismo”. Relata aquí Pirot la polémica contra unos milenaristas cismáticos en que el obispo Dionisio de Alejandría “forzó al jefe de la secta a confesarse vencido”, y sigue: “Se cuenta también entre los partidarios más o menos netos del milenarismo a Apolinario de Laodicea, Lactancio, S. Victorino de Pettau, Sulpicio Severo, S. Ambrosio. Por su parte, S. Jerónimo, ordinariamente tan vivaz, muestra con esos hombres cierta indulgencia (Sobre Isaías, libro 18). S. Agustín, que dará la interpretación destinada a hacerse clásica, había antes profesado durante cierto tiempo la opinión que luego combatirá. Desde entonces el milenarismo cayó en el olvido, no sin dejar curiosas supervivencias, como las oraciones para obtener la gracia de la primera resurrección, consignadas en antiguos libros litúrgicos de Occidente (Dom Leclereq)”. Más adelante cita Pirot el decreto de la SS. Congregación del S. Oficio, que transcribimos al principio, y continúa: “Algunos críticos católicos contemporáneos, por ejemplo, Calmes, admiten también la interpretación literal del pasaje que estudiamos. El milenio sería inaugurado por una resurrección de los mártires solamente, en detrimento de los otros muertos. La interpretación espiritual: Esta exégesis –sigue diciendo Pirot– comúnmente admitida por los autores católicos, es la que S. Agustín a dado ampliamente. Agustín hace comenzar este período en la Encarnación porque profesa la teoría de la recapitulación, mientras que, en la perspectiva de Juan, los mil años se insertan en un determinado lugar en la serie de los acontecimientos. Es la Iglesia militante, continúa Agustín, la que reina con Cristo hasta la consumación de los siglos; la primera resurrección debe entenderse espiritualmente del nacimiento a la vida de la gracia (Col. 3, 1-2; Fil. 3, 20; cf. Juan 5, 25); los tronos del v. 4 son los de la jerarquía católica y es esa jerarquía misma, que tiene el poder de atar y desatar. Estaríamos tentados –concluye Pirot– de poner menos precisión en esa identificación. Sin duda tenemos allí una imagen destinada a hacer comprender la grandeza del cristiano: se sienta porque reina (Mt. 19, 28; Lc. 22, 30; 1 Co. 6, 3; Ef. 1, 20; 2, 6; Ap. 1, 6; 5, 9)”. La segunda muerte: El Apóstol explica este término en el v. 14.

8. Gog y Magog: son aquí, como en Ez. 39, 2, representantes de los reinos y pueblos anticristianos. Gog se llama en Ezequiel rey de Rosch, Mosoc y Tubal, reinos situados al norte de Mesopotamia, e identificados por algunos intérpretes con Rusia, Moscú y Tobolsk (Siberia). ¿Debe esta rebelión identificarse con aquella invasión de Tierra Santa que anuncia Ezequiel? Véase allí los caps. 38-39 y sus notas. Lo que no puede dejar de señalarse es lo que esto significa como “etapa” final de la invariable apostasía del hombre frente a Dios (cf. 13, 18 y nota). “Empezó en el paraíso (Gn. 3), y se repitió diez y seis siglos más tarde en el diluvio (Gn. 4-7) y cuatro siglos después con la torre y ciudad de Babel (Gn. 8-11). Después de la elección de Abrahán, la era patriarcal termina paganizada en la esclavitud de Egipto (430 años), y luego de otros quince siglos el pueblo electo de Israel, seducido por sus jefes religioso-políticos, reclamó y consiguió una cruz para el Mesías tan esperado. ¿Acaso las naciones de la gentilidad habrán de ser más fieles? Las hemos visto en el capítulo anterior siguiendo al Anticristo y las vemos aquí, apenas suelto Satanás, precipitarse de nuevo a su ominoso servicio. ¡Triste comprobación para la raza de Adán! Digamos, pues, que si toda la humanidad no es salva, no será porque Dios no haya agotado su esfuerzo asta entregar su Hijo”. Cf. Jn., 3, 16.

9. Subieron a la superficie: cf. Ez. 39, 11-16 y notas. La ciudad amada: como anota Pirot, “el ataque se hace contra Jerusalén, capital del Reino mesiánico, como en Ez. 38, 12... Los santos no necesitan salir, pues Dios interviene desde el cielo”. En efecto, bajó fuego del cielo y los devoró: esto es, súbitamente y sin batalla como en 19, 11 ss. Las palabras entre corchetes son probablemente una glosa. Así morirán todos, para ser juzgados con los demás muertos (vv. 5 y 11 ss.). Véase v. 14 y nota. Como lo expresa la mayoría, éste parece ser el fuego que S. Pedro anuncia en 2 Pe. 3, 7-8 como perdición final de los hombres impíos (cf. v. 11 y nota) si bien no es fácil conciliar esto con el mencionado en 1 Co. 3, 15, pues en la Parusía del Señor lo vemos con nubes (14, 14) o sobre caballo blanco (19, 11) pero nunca con fuego.

10. Cf. Is. 24, 21 s. y nota.

11 ss. Descripción del juicio final, cuya explicación encierra todavía muchos misterios para la exégesis moderna. Se diría que, como en 19, 11 ss. y en Mt. 25, 31 ss., el juez es Cristo, el Hijo a quien Dios entregó el poder de juzgar al mundo (Jn. 5, 22; Hch. 10, 42; 17, 31; Rm. 2, 16; 1 Pe. 4, 5 s.) después de haber hecho entrega de ese mismo Hijo “para que el mundo se salve por Él” (Jn. 3, 16-17). Sin embargo, los autores modernos (Fillion, Pirot, etc.) dan por seguro que S. Juan presenta aquí a Dios Padre a quien llama desde el principio “el que está sentado en el trono” (4, 9 y 10; 5, 1, 7, y 13; 7, 15, etc.) y que es el único juez supremo” (Gelin) Cf. 22, 13 y nota. Huyó la tierra, etc.: no es ya parcialmente, como en 6, 14; 16, 20, sino que aquí no hay más tierra de modo que, dice Pirot, “es imposible ubicar el lugar del juicio” y por tanto no puede aplicarse, como en Mt. 25, 31 ss., lo anunciado sobre el juicio de las naciones al retorno de Cristo en el valle de Josafat (Jl. 3, 2), ni expresa allí Jesús las otras características que aquí vemos, como la resurrección, el tratarse sólo de muertos (vv. 12 y 13) sin quedar ningún vivo (v. 9; cf. 1 Ts. 4, 16-17); los libros abiertos; la exclusiva mención del castigo y no del premio (vv. 14 y 15); el contenido general del juicio sin referencia a las obras de caridad (Mt. 25, 35 ss.), ni al Rey (íd. 34 y 40), ni a su Parusía, ni a sus ángeles (íd. 31), ni a sus hermanos (íd. 40), ni a las naciones (íd. 32), ni a la separación entre ovejas y machos cabríos (v. 33). Por ahí vemos cuánto debe ser aún nuestro empeño en profundizar la doctrina e intensificar nuestra cultura bíblica. Sobre el Libro de la vida, cf. 3, 5 y nota.

14. Sólo aquí se ve que no habrá más muerte sobre la tierra. Por eso S. Pablo dice que “la muerte será el último enemigo destruido” para que todas las cosas queden sujetas bajo los pies de Jesús (1 Co. 15, 26; Ef. 1, 10) y Él pueda entregarlo todo al Padre (1 Co. 15, 24 y 28). La muerte y el Hades parecen personificar a los muertos que había en ellos (v. 13), no nombrándose el mar porque había desaparecido en el v. 11 como se deduce de 21, 1. De lo contrario nadie podría explicar por ahora el significado de ambos personajes.

 

APOCALIPSIS 21

1. Habían pasado en 20, 11, sin duda junto con el mar, como aquí vemos. No se dice que esto sucediese mediante el fuego de 20, 9, sino que “huyeron” ante la faz de Dios (20, 11). También se habla de fuego en 1 Co. 3, 13 y en 2 Pe. 3, 12 (cf. notas), pero rodeado de circunstancias que no es fácil combinar con las que aquí vemos. Por ello parece que hemos de ser muy parcos en imaginar soluciones, que pueden ser caprichosas, en estos misterios que ignoramos (cf. 20, 11 y nota). Aquí, como observa Gelin, aparece a la vista de los elegidos “un cuadro nuevo y definitivo”, por lo cual parecería tratarse ya de lo que S. Pablo nos hace vislumbrar en 1 Co. 15, 24 y 28. Cielo nuevo y tierra nueva se anuncian también en Is. 65, 17 ss. como en 66, 22 (cf. notas); pero allí aún se habla de algún muerto, y de edificar casas y de otros elementos que aquí no se conciben y que Fillion atribuye a “la edad de oro mesiánica” y Le Hir llama retorno a la inocencia primitiva (cf. Is. 11, 6 ss.; Ez. 34, 25; Za. 14, 9 ss.; Mt. 19, 28; Hch. 3, 21; Rm. 8, 19 ss.; etc.).

2. Pirot observa que la Jerusalén de Ez. 40-48 era todavía terrestre, y añade que la de Is. 54, 11 ss. está descrita con un lirismo deslumbrante, pero no establece ni explica que haya diferencia entre ambas (cf. v. 22 y nota). La Jerusalén que aquí vemos desciende toda del cielo, como dice S. Agustín y es la antítesis de Babilonia la ramera (caps. 17-18); la imagen es tomada de la Jerusalén terrenal, pero la idea es otra y no podemos confundirla con nada de lo que era la tierra, fuese o no transformada.

3. La morada de Dios entre los hombres: Algunos suponen a este respecto que la substancia de los elementos adquirirá nuevas cualidades convenientes y relativas a nuestros cuerpos inmortales. Otros observan que en esta consumación definitiva de los misterios de Dios seremos en realidad nosotros, y no las cosas eternas, los que nos transformaremos, como “nueva creación” (2 Co. 5, 17; Ga. 6, 15) y asumiremos como tales esa vida divina. Desde ahora la poseemos por la gracia, pero entonces la disfrutaremos plenamente con lo que se ha llamado el lumen gloriae. Porque esa vida eterna, sin fin, tampoco tuvo principio y nosotros fuimos, desde la eternidad, elegidos para poseerla gracias a Cristo (véase Ef. 1, 1 ss. y notas) y con Él y en Él como los sarmientos en la vid (Jn. 15, 1 ss.), como los miembros en la cabeza (Col. 1, 19). ¿No es ésta la Jerusalén “nuestra madre” de que habla el Apóstol en Ga. 4, 26? ¿No es éste el Tabernáculo “que hizo Dios y no el hombre” (Hb. 8, 2), “el mismo cielo” donde entró Jesús (Hb. 9, 24), “la ciudad de fundamentos cuyo artífice y autor es Dios” a la cual aspiraba Abrahán (Hb. 11, 10), “la ciudad del Dios vivo, Jerusalén celeste” a la cual convoca S. Pablo a todos los hebreos (Hb. 12, 22)? Ella viene aún como novia, no obstante haberse anunciado desde 19, 6 ss. las Bodas del Cordero. ¿Encierra esto tal vez un nuevo misterio de unidad total, en que habrán de fundirse las bodas de Cristo con la Iglesia y las bodas de Yahvé con Israel? (Véase 19, 9 y nota). He aquí ciertamente el punto más avanzado, donde se detiene toda investigación escatológica y que esconde la clave de los misterios quizá postapocalípticos del Cantar de los Cantares (véase nuestra introducción a ese Libro).

5. Yo hago todo nuevo: Ya habló de cielo nuevo y tierra nueva (v. 1) y de la Jerusalén celestial (v. 24). ¿Qué nueva novedad encierra todavía esta asombrosa declaración de Dios? Algunos la refieren a lo precedente, como si fuera una redundancia. Parece sin embargo que en estos capítulos finales el Padre acumula uno sobre otro los prodigios de su esplendidez hasta más allá de cuanto pudiera fantasear el hombre. Crampon lo considera simplemente como una nueva creación, algo que no está ya expuesto a un “fracaso” como el de Adán, y comenta: “Es una renovación de este mundo donde vivió la humanidad caída, el cual desembarazado al fin de toda manca, será restablecido por Dios en un estado igual y aún superior a aquel en que fuera creado; renovación que la Escritura llama en otros lugares palingenesía, o sea regeneración (Mt. 19, 28) y apocatástasis pántoon, esto es, la restitución de todas las cosas en su estado primitivo (Hch. 3, 21)”. Bien puede ser sin embargo que Dios vaya más lejos en ese empeño que el hombre no puede sino adorar sin comprenderlo ya, a causa de la estrechez de nuestra mente y la mezquindad de nuestro corazón. Traigamos a la memoria las palabras de Dios en Isaías: “Mira ejecutado todo lo que oíste... Hasta ahora te he revelado cosas nuevas, y tengo reservadas otras que tú no sabes” (Is. 48, 6; cf. Is. 42, 9; 43, 19). Aquí es tal vez el caso de “volvernos locos para con Dios” según la expresión de S. Pablo (2 Co. 5, 13) y admitir, como un kaleidoscopio sub specie aeternitatis, un fluir de creación eternamente renovado para nuestro éxtasis, un fluir inexhausto de “la sabiduría infinitamente variada de Dios” (Ef. 3, 10) y de su amor en Cristo “que sobrepuja a todo conocimiento”, para que seamos “total y permanentemente colmados de Dios, a quien sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones de la edad de las edades, amén” (Ef. 3, 19-21).

6. El agua de la vida. Sobre esta imagen, que significa la inmortalidad, véase 7, 17; 22, 1; Is. 4, 1; Ez. 47, 1-12; Jn. 4, 10 y nota.

7. El mismo trato de hijo que tiene Jesús a la diestra del Padre, tal es lo que se nos ofrece para siempre (cf. v. 23 y nota) y lo que desde ahora podemos vivir en espíritu (Ga. 4, 6; Ef. 1, 5 y notas). Cumplida totalmente la adopción (Rm. 8, 23) oiremos del Padre lo mismo que Jesús oyó en Sal. 2, 7. ¿Qué somos pues nosotros en la vida de Dios? Lo que un niñito pequeño e insignificante es para su padre: nada, en cuanto es incapaz de prestarle el menor servicio; todo, en cuanto es el objeto de todos los desvelos y de los más bellos planes de su padre, que han de cumplirse en él (Rm. 8, 17; Ga. 4, 7).

8. En contraste diametral con lo del v. 7, y ya sin ningún término medio, muestra este v. la segunda muerte, o sea, el lago de fuego y azufre, el mismo infernal destino que la Bestia y el Falso Profeta inauguraron según 19, 20 y adonde Satanás acaba de ser arrojado (20, 9 s.). Cf. 21, 6. Llama la atención ver allí a los tímidos. Ni es esto lo que Israel llamaba santo temor de Dios (la reverencia con que lo honramos), ni tampoco es lo que el mundo suele llamar cobardía, en los que no hacen alarde de arrojo y estoicismo, pues la suavidad de las virtudes evangélicas no lleva por ese rumbo sino por el de la pequeñez infantil (Mt. 5, 3; 18, 3; Sal. 68, 15 y 21 y notas). Los tímidos que no llegarán a este cielo maravilloso son los que fluctúan entre Cristo y el mundo (Mt. 6, 24 y nota); los que se escandalizan de las paradojas de Jesús (Mt. 11, 6; Lc. 7, 23 y notas); los de ánimo doble, que dan a Dios todo, menos el corazón, lo único que a Él le interesa, y no se deciden a pedirle la sabiduría que Él ofrece porque temen que el divino Padre les juegue una mala partida (St. 1, 5-8 y notas); los que se dejan llevar “a todo viento de doctrina” (Ef. 4, 14; 1 Co. 12, 2; Mt. 7, 15) y, por falta de amor a la verdad. concluyen siempre seducidos por la operación del error para perderse (2 Ts. 2, 10 y nota).

9. El mismo ángel que antes le presentó a la ramera (17, 3) le muestra ahora a la novia. Cf. 4 Esd. 10, 25 ss.

10. A un monte grande y alto: cf. Ez. 40, 2; Is. 2, 2.

11. Cf. Tob. 13, 21-22; Is. 54, 11-12 y notas. Su luminar es Cristo (v. 23 s.).

12. El muro (cf. v. 17 s.) no existía en la de Za. 2, 4. En ésta sólo es un atributo de su belleza pues ya no teme ataques como en 20, 9. Nótese e simbolismo invertido de las doce puertas y doce cimientos: aquéllas (lógicamente posteriores al cimiento) con los nombres de las doce tribus de Israel (cf. v. 21) y éstos (v. 14) con los de los doce apóstoles, ¿No significa esto la unión definitiva entre los dos Testamentos en el Reino del Padre? Cf. v. 2; 12, 1 y notas

16. Cuadrada: (cf. Ez. 43, 16; 48, 15 ss.). Doce mil estadios: o sea 2.220 kilómetros (cf. 14, 20) Como se ve, esta cifra parecería simbólica a causa de la magnitud e igualdad de las dimensiones, lo cual significa perfección. No se puede, empero, asegurarlo, pues para Dios nada es imposible. En Ez. 48 16 la ciudad es cuadrada de 4.500 “cañas” de lado. “Interpretar en sentido figurado lo que podemos interpretar en sentido propio, es digno de los incrédulos o de los que buscan rodeos a la fe” (Maldonado). “La ciudad formaba un cubo perfecto, dice Fillion, como el Santo de los santos en el tabernáculo de Moisés y en el Templo; lo cual quiere expresa que la nueva Jerusalén toda será el sitio de la manifestación directa y muy íntima del Señor”.

17. Es que el ángel se apareció en forma humana.

18. Los preciosos metales y gemas pueden ser figuras materiales de aquella belleza inefable (2 Co. 12, 4) que “ni ojo vio ni oído oyó, ni pasó a hombre alguno por pensamiento” (Is. 64, 4; 1 Co. 2, 9). Mas no lo sabemos, y por tanto no hemos de empeñarnos en negar de antemano todo sentido real y perceptible a estos esplendores, prometidos aquí por el mismo Dios que nos enseña la vanidad del mundo presente. Bien podría el Enemigo, so pretexto de espiritualidad, quitarnos así el ansia de tener “un tesoro en el cielo”, sabiendo él que “donde está nuestro tesoro está nuestro corazón” (Lc. 12, 33-34) ¿Acaso la belleza visible habría de quedar sólo para los pecadores de este mundo? ¿Por qué, dice un autor, no cabría una perfección en el orden de la materia restaurada, pues que hemos de resucitar con nuestro cuerpo? El Dios de los crepúsculos, de las flores, de los lagos es quien nos hace estas promesas. Si no le creemos a Él, dice S. Ambrosio, ¿a quién le creeremos? Si alegorizamos todo, nos quedaremos sin entender nada. Hoy podríamos agregar que si la vidrieras de una catedral gótica, por ejemplo, deslumbran nuestra sensibilidad aún carnal, con una belleza de color que nos parece casi sobrehumana ¿por qué no abríamos de creer simplemente a Dios cuando nos promete toda esta pedrería como un marco digno de la patria divina, sin perjuicio del amor puro pues ya no la miraremos con afectos carnales? Véase v. 23; 22, 4 y notas.

19. Zafiro: cf. Is. 54, 11.

20. Sardónice: “un sardio mezclado con ónice. El sardio es amarillento o rojizo; cuando es veteado con vetas regulares, se llama sardónice porque el ónice tiene vetas irregulares” (Jünemann).

21. Perlas: en Is. 54, 12 las puertas son carbunclos (Vulg: “piedras deseables”).

22. No habrá templo en ella. Cf. Ez. 44, 2 y nota sobre las diferencias con la que allí se describe. Sin duda la ciudad misma será toda un santuario, y los comentadores exponen que en la Jerusalén celestial no habrá altar ni sacrificios como en Ez. 43, 13 ss.; Sal. 50, 20 s. (cf. notas), suponiendo que al renovarse todo (v. 5) habrán pasado los tiempos de la intercesión en el Santuario celestial (cf. Hb. 7, 24 s.). Dios y el Cordero serán el divino templo de la continua alabanza, así como serán también la recompensa de la esperanza (22, 2 y nota; cf. Hb. 10, 19). Es muy hermoso ver aquí a Jesús con igual gloria y honor que “su Dios y Padre”, ante quien se postraba con profunda adoración y a quien ya habrá entregado el Reino para quedarle Él mismo sujeto por siempre “a fin de que el Padre sea todo en todo” (1 Co. 15, 24 y 28). Cf. Ez. 48, 35.

23. Cf. Is. 60, 19 s. Al admirar, con el alma colmada de gratitud, esos esplendores, no olvidemos que todo viene de que el Cordero será el luminar, y que sin Él nada podría ser apetecible (cf. Sal. 15, 2 texto hebreo). La novia (v. 1) no desdeña el palacio que le brindará el Príncipe, pero es a él a quien desea. Recordemos también que Jesús, esa lumbrera de los cielos, nos ilumina ya desde ahora si nos dejamos guiar por su Palabra (Lc. 11, 36. Jn. 9, 5; 2 Tm. 1, 10; Sal. 118, 105 y nota). El misterio del Hijo como antorcha de la claridad del Padre –luz de luz dice el Credo– es el que nos anticipa el Sal. 35, 10 al decir a Dios: “En tu luz veremos la luz”. A este respecto algunos autores desde la época patrística, han distinguido entre los justos varias esferas de bendición. Parece fundado pensar que, siendo el Cordero la lumbrera de la Jerusalén celestial, los que le están más íntimamente unidos y viven aquí de la vida de Él con fe amor y esperanza, estarán incorporados a Él compartiendo su suerte (cf. v. 7; Jn. 14, 3; 17, 22-24) en lo más alto de los cielos (Ef. 1, 20; 2, 6) es decir, formando parte de ese luminar... Hic taceat omnis lingua. Cf. 22, 4 y nota.

24. La expresión usada aquí por el Apóstol recuerda el vaticinio de Isaías (Is. 60, 3). Cf. Za. 2, 11; 8, 23. Gelin hace notar que aún se mantiene aquí esa diferencia entre israelitas y naciones de la gentilidad. Dato ciertamente digno de atención y estudio; pero no nos apresuremos a juzgar sobre él ni a criticar audazmente el divino Libro, y menos aún en materia como la escatología en que bien puede decirse que estamos en pañales. Nuestro empeño ha de ser, cuando no vemos soluciones ni las han visto otros, confesarlo para suscitar en el lector el anhelo ardiente de ahondar cuanto pueda la investigación hasta que Dios quiera entregarnos la llave de los misterios adorables que envuelven lo que tan de cerca interesa a nuestra eterna felicidad. Sobre los reyes, cf. también 20, 4.

25 ss. Cf. Is. 60, 11; 35, 8; 52, 1. Véase en Ez. 44, 2 y 48, 35 y notas otros paralelismos y diferencias entre esta Jerusalén celestial y la Jerusalén anunciada por los antiguos profetas.

 

APOCALIPSIS 22

1. El agua que fluye es el símbolo de la vida inmortal perpetuamente renovada (cf. 21, 5 y nota). S. Juan recuerda aquí a Ez. 47, 1-12 (cf. Sal. 45, 5; Is. 66, 12; Za. 14, 8). Así fluían también los cuatro ríos del Paraíso (Gn. 2, 10 ss.). Los SS. PP. entienden este río de muy distintas maneras. Algunos, del mismo Jesucristo; S. Ambrosio, del Espíritu Santo. Benedicto XV, citando a S. Jerónimo, dice: “No hay más que un río que mana de bajo el trono de Dios y es la gracia del Espíritu Santo, y esta gracia está encerrada en las Sagradas Escrituras, en ese río de las Escrituras. Y éste corre entre dos riberas, que son el Antiguo y el Nuevo Testamento, y en cada orilla se encuentra plantado un árbol, que es Cristo” (Enc. “Spiritus Paraclitus”). ¿Acaso no son éstas, en el desierto de este siglo (Ga. 1, 4), el “agua viva” que da Jesús (Jn. 3, 5; 4, 10; 7, 37 ss.), de la cual sale vida eterna (Jn. 4, 14; 17, 3)? En el v. 17 nos la ofrece gratis desde ahora, como lo había hecho Is. 55, 1-11.

2. En el nuevo Paraíso no habrá ya árbol prohibido y sí multitud de árboles de vida. El griego no usa el término dendron = árbol, sino xylon, literalmente leño, que puede traducirle también bosque. Véase 2, 7; Gn. 2, 9 ss. Su fruto cada mes: Estos frutos, de árboles plantados por el mismo Dios (cf. Is. 60, 21) ¿no serán los que el Esposo y la esposa van a recoger después de la unión definitiva en Ct. 7, 10-13? Hay que confesar que la mayoría de los enrolados como cristianos están harto lejos de preguntarse estas cosas que tanto les interesan, y menos con la idea que muchos se hacen del cielo con las almas solas, olvidando el gran hecho de la resurrección de los cuerpos (cf. 1 Co. 15; Rm. 8, 23; Fil. 3, 20 s.).

4. Y verán su rostro: en una visión fruitiva (véase Jn. 17, 24 y nota; 1 Jn. 3, 2). Imaginando las maravillas de esta Jerusalén de gloria que Dios prepara a los suyos, dice Bossuet: “Si en el cielo se terminan todos los designios de Dios ¿qué obra no será ésa a cuyo creación todo el universo no ha servido sino de preparación, que Dios tuvo en mira en todo cuanto hizo, que ha sido el blanco de todos los deseos divinos y concluida la cual Dios quiere descansar por toda la eternidad?” (Cf. 21, 18 y nota). Pero en vano querríamos suponer cosas deleitosas más allá de Dios mismo, más allá del goce y la posesión íntima de la divinidad (Jn. 17, 22 s.), incorporados al Padre en Cristo mediante la filiación divina operada en nosotros por el Espíritu Santo (cf. 21, 7 y nota). En la introducción al Libro de la Sabiduría mostramos esa síntesis de conocimiento y amor, semejante a la de la luz y el calor en un rayo de sol. Pero aquí estaremos ya como fundidos y transformados en el mismo Sol divino (cf. Ct. 2, 6 y nota). Así, pues, en el v. 12 nos dice Jesús que su galardón viene con Él mismo, y Dios lo anunciaba desde el Antiguo Testamento diciendo a Abrahán: “Soy Yo, tu inmensa recompensa” (Gn. 15, 1). Cf. 21, 23 y nota.

5. Lucirá sobre ellos: cf. 21, 24. Reinarán por los siglos de los siglos: Con este anuncio definitivo termina aquí la fase final de la profecía. Cf. 20, 4 y 6; Is. 60, 20. Lo que sigue es un epílogo para confirmar su extraordinaria importancia y volver el ánimo del lector a la expectación de la Parusía de Cristo, acto inicial de este último proceso revelado a S. Juan.

7. No se trata aquí de mandamientos que cumplir, sino de palabras que retener y para ello hay que conocerlas muy bien. Cf. 1, 3 y nota.

10. No selles: no cierres, no ocultes, porque el tiempo está cerca y la venida de Cristo será cuando menos se la espera (16, 15 y nota). Sobre el valor espiritual de esta actitud expectante, cf. St. 5, 7 ss.; 1 Jn. 3, 3 y notas. Nótese el contraste con lo que se le dice a Daniel cuando estos misterios estaban aún muy lejanos (Dn. 12, 4). Ello confirma que en la Revelación divina no hay nada esotérico ni reservado a una casta especial, nada incomprensible para los espíritus simples (Lc. 10, 21), sea en doctrina o en profecía. “Lo que os digo al oído, predicadlo sobre los techos”, dijo el Señor en las instrucciones a los apóstoles (Mt. 10, 27); y al Pontífice que lo interroga sobre su doctrina, le responde: “Yo he hablado al mundo abiertamente. Interroga tú a los que me han oído, ellos saben lo que Yo he dicho” (Jn. 18, 20). Recordemos que al iniciarse el cristianismo, en el instante de a muerte del Redentor, el velo del Templo, que representaba su carne (Hb. 10, 20), se rompió de alto a bajo (Mc. 15, 38), mostrando el libre acceso al Santuario celestial, que S. Pablo llama “el trono de la gracia” (Hb. 4, 14-16). Lo mismo se nos enseña aquí con respecto a la profecía. “Preguntadme acerca de las cosas venideras”, dice el Señor (Is. 45, 11). “Yo no he hablado en oculto... ni dije buscadme en vano... Yo hablo cosas rectas” (Is. 45, 19); “desde el principio jamás hablé a escondidas” (Is. 48, 16). Es de notar que las célebres palabras de la Vulgata: “Tú eres un Dios escondido” están en el citado capítulo (Is. 45, 15), puestas en boca de los extranjeros paganos y desmentidas por las que hemos transcripto. Por lo demás, otra versión según el hebreo dice: “Tú eres Dios y yo no lo sabía”. Es muy interesante observar en el mismo Isaías cómo Dios sólo esconde su rostro cuando está indignado (Is. 8, 17; 54, 8; 57, 17; 64, 7). Y lo explica el profeta diciendo: “Vuestros pecados son los que han escondido su rostro de vosotros” (Is. 59, 2); “porque la sabiduría no entrará en alma maligna” (Sb. 1, 4). Es la bienaventuranza de los limpios de corazón, que “verán a Dios” (Mt. 5, 8 y nota). Así lo entiende también S. Agustín en la doctrina de la “mens mundata”. Y se aplica una vez más la fórmula del Crisóstomo: “El que no entiende es porque no ama”. Véase 1, 3; 2, 24 y notas. Cf. 10, 4.

11. Pirot trae esta notable observación de Andrés de Creta: “Es como si Cristo dijera: que cada uno obre a su guisa: Yo no fuerzo las voluntades” (cf. Ct. 3, 5 y nota). Buzy traduce la primera parte en futuro: el impío seguirá adelante; siga también el justo. Es decir, que “la sorpresa de la Parusía o el Retorno será tal que cada uno será hallado en su habitual estado: el pecador en su pecado; el justo en su justicia” (Calmes).

12. Vengo presto: cf. v. 2 y nota sobre el premio que aquí se promete. Cuatro veces repite Cristo, en este capítulo final de toda la Biblia, el anuncio de su Venida (vv. 7, 10, 12 y 20), porque ella es la meta y cumplimiento del plan de Dios y por lo tanto de la historia del género humano, o sea, como dice el Cardenal Billot, “el acontecimiento supremo al cual se refiere todo lo demás y sin el cual todo lo demás se derrumba y desaparece”. Como observa un escritor moderno, vengo presto no se refiere necesariamente a un tiempo inmediato, sino que significa que Él viene con diligencia, que viene a su tiempo, como lo hizo la primera vez (Ga. 4, 4). Es decir, que para ese encuentro anhelado Él está pronto siempre (Ct. 7, 10) y así hemos de estar nosotros (v. 17). Ignoramos el día fijo (Hch. 1, 7) pero conocemos las señales próximas del día (Mt. 24, 33; Lc. 21, 28; cf. IV Esd. 5, 1 s.), y aún podemos apresurarlo (2 Pe. 3, 12). Y aquí se aumenta nuestro consuelo al saber que vendrá sin demora no bien suene el instante (2 Pe. 3, 9). En cuanto a nosotros, esta espera, como bien dice un predicador, comporta la esperanza de que Él llegue en nuestros días, pues su anuncio, repetido por S. Juan mucho después de la caída de Jerusalén, ya no podría confundirse con aquel acontecimiento. Si se nos dice que vivamos esperando a Jesús y que “el tiempo está cerca” (v. 10), ello significa la posibilidad de que Él llegue en cualquier momento, sin que nada pueda oponerse a la dichosa esperanza (Tt. 2, 13), pues vendrá “como un ladrón” (16, 15), esto es, aunque muchos piensen que aun no se han cumplido los signos precursores. Mi galardón: porque éste es Él mismo (cf. v. 4 y nota). No obstante que la Redención fue obtenida por la divina Víctima en el Calvario (Col. 2, 14; Hb. 9, 11), tanto el Señor como los apóstoles insisten en que ella será manifestada cuando Él venga (Lc. 21, 27; Hch. 3, 20 s.; Rm. 8, 23; Ef. 1, 10; Fil. 3, 20 s.; Col. 3, 3 s. Hb. 9, 28; 1 Pe. 5, 4; 2 Pe. 2, 19; 3, 13; 1 Jn. 3, 2 s., etc.).

13. Aplicados indistintamente al Padre y a Cristo, como observa Gelin (1, 8 y 17; 2, 8; 21, 6; Is. 41, 4; 44, 6; 42, 12), estos títulos muestran en Ambos, tanto la potestad creadora como la judicial. Cf. 20, 11 y nota.

14. Vestiduras, literalmente estola. El mismo Jesús es la Puerta (Jn. 10, 9), pues sin su Redención nadie entra en la Jerusalén celestial (21, 10). Cf. 21, 27; Hb. 9, 14; Jn. 14, 6. La Vulgata añade aquí, como en 1, 5 y 7, 14 en la Sangre del Cordero.

15. En esta lista, como en 21, 8, se pone el acento más aún que en los pecados, en la doblez e infidelidad, pues los celos del Amor ofendido son “duros como el infierno” (Ct. 8, 6). De ahí que los perros, más que a los sodomitas como en Dt. 23, 18, designan aquí a los de Fil. 3, 2, que en Ga. 2, 4 se llaman “falsos hermanos” (cf. 2 Tm. 3, 5). El Señor lo usa para los paganos en Mt. 15, 22, queriendo solamente probar la fe de la cananea. Más fuerte es el sentido que le da en Mt. 7, 6 aplicándolo a los que sería inútil evangelizar, pues rechazando la Palabra de amor de Dios (Jn. 12, 48) se excluyen de la sangre salvadora del Cordero (v. 14) y bien merecen el nombre de perros.

16. Las Iglesias: cf. 1, 1; 2, 28 y nota. La raíz etc., cf. 5, 5. La estrella... matutina: “Precursora del Día eterno” (Jünemann).

17. El Espíritu y la novia dicen: Ven: “Ven, Señor Jesús” es el suspiro con que termina toda la Biblia (v. 20) y con ella toda la Revelación divina; es el mismo con que empieza y acaba el Cantar de los Cantares (cf. Ct. 1, 1; 8, 14 y notas). El mismo suspiro de Israel para llamar al Mesías, es el que hoy, con mayor motivo después de haberlo conocido en su primera venida, emite la Iglesia ansiosa de las Bodas (19, 6 ss.). Aquí vemos que ese suspiro es igualmente el de cada alma creyente, que también es novia (2 Co. 11, 2). Diga también quien escucha: Ven. El vehemente pedido de que Él venga sin demora, nos parecería tal vez una insistencia egoísta y atrevida, como que pretendiera enseñarle a Él cuando ha de venir (cf. v. 12 y nota). Bien vemos aquí, sin embargo, que es Él quien nos enseña que así lo llamemos (cf. 2 Pe. 3, 12). Fácil es entender esto comparándolo con el caso de cualquier esposo a quien la esposa ausente llamase con ansias, porque él lo es todo en su vida. ¿Cómo no habría de complacerlo a él tal deseo de verlo, que es la mejor prueba del amor? Así la Esperanza es la mejor prueba de la Caridad. Pero la amada no lo fuerza, porque sabe que sólo algo muy importante puede detenerlo a que demore la unión (cf. 6, 10 s.; 2 Ts. 2, 3 ss.; Lc. 21, 24; Rm. 11, 25 ss.; 2 Pe. 3, 9): debe antes completarse el número de los elegidos, y la novia ha de estar vestida de blanco (9, 17, s.), sin mancha ni arruga alguna, como Él la quiere (Ef. 5, 25 ss.; cf. Cant. 4, 7 y nota; Os. 2, 19 s.; 3, 3-5). En esto se vive, pues, muy intensamente el precepto de la caridad fraterna, al compartir la longanimidad de Dios (Rm. 3, 26); y también el misterio de la comunión de los Santos, al solidarizar nuestra esperanza con la de toda la Iglesia (como lo hacía todo buen israelita, cuya esperanza mesiánica se confundía con la de todo Israel) y al aceptar de buen grado que esa plenitud de felicidad, que esperamos junto con la glorificación del Amado, esté sometida, por obra de su insondable caridad divina, a esa gran paciencia con que sólo Él sabe esperar a los pecadores durante el justo tiempo hasta completar el ramillete que ha de ofrecer un día “a su Dios y Padre” (1 Co. 15, 24, Jn. 17, 2 y nota). Sobre el agua de la vida véase v. 1; 21, 6 y notas. El tener sed es la condición para recibirla (cf. Sal. 32, 22; 80, 11; Is. 55, 1; Lc. 1, 53 y notas).

18 s. Véase sobre esto los graves textos de Dt. 4, 2; 12, 32; Pr. 30, 6; Is. 1, 7. Sobre el que añade cf. Dt. 18, 20; Jr. 14, 14. Sobre el que quita (v. 19) cf. 13, 18 y nota. Ser excluido del Libro de la vida significa el lago de fuego (20, 15), o sea el infierno eterno (20, 9 s.). Como confirmando la maldición que caerá sobre los que falsifican las palabras de este Libro, leemos en el v. 17, la bendición de que gozarán quienes guarden esta divina profecía. Véase en 1, 3 y nota la sanción bajo la cual el Concilio IV de Toledo decretó la predicación anual del Sagrado Libro del Apocalipsis.

20. ¡Ven, Señor Jesús! Véase v. 17 y nota. El Espíritu Santo nos enseña aquí a usar con nuestro Salvador esa hermosa y breve expresión: el Señor Jesús, que tanto usaba San Pablo y que está muy olvidada entre nosotros. Sobre este gran misterio de la Parusía como asunto de predicación y objeto de nuestro constante anhelo, dice el Catecismo Romano: “Esta segunda venida se llama en las Santas Escrituras día del Señor, del cual el Apóstol habla así: “El día del Señor vendrá como el ladrón por la noche” (1 Ts. 5, 2) –es decir que dicho texto no se refiere a la muerte, como muchos creen– y agrega: “Toda la Sagrada Escritura está llena de testimonios (y el comentario cita muchos, como 1 Sam. 2, 10; Sal. 95, 13; 97, 8; Is. 66, 15 s.; Jl. 2, 1; Mal. 4, 1; Lc. 17, 24; Hch. 1, 11; Rm. 2, 16; 2 Ts. 1, 6 ss., etc.), que a cada paso se ofrecerán a los Párrocos, no solamente para confirmar esta venida, sino aún también para ponerla bien patente a la consideración de los fieles; para que, así como aquel día del Señor en que tomó carne humana, fue muy deseado de todos los justos de la Ley antigua desde el principio del mundo, porque en aquel misterio tenían puesta toda la esperanza de su libertad, así también después de la muerte del Hijo de Dios y de su Ascensión al cielo, deseemos nosotros con vehementísimo anhelo el otro día del Señor esperando el premio eterno y la gloriosa venida del gran Dios”. El día y la hora nadie lo sabe (Mt. 24, 36), pero “el tiempo está cerca” (1, 3; Fil. 4, 5). Un día veremos realizarse el anuncio (1, 7), y el Señor Jesús reinará con los santos del Altísimo (Dn. 7, 22), y su reino no tendrá fin (Sal. 2, 8 s. y nota). Esta es la insuperable felicidad a que aspiramos y que esperamos y que muy especialmente deseamos a todos los lectores de la Sagrada Biblia, al despedimos aquí de ellos (hasta la próxima lectura, porque la primera es apenas para empezar) y decirles, como Bossuet, que Dios les haga la gracia de repetir de veras este último llamado en el silencio gozoso de su corazón.