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CARTAS DEL APÓSTOL SAN PEDRO
NOTA INTRODUCTORIA
Simón Bar Jona (hijo de Jonás), el que había de ser San Pedro (Hch. 15, 14; 2 Pe. 1, 1), fue llamado al apostolado en los primeros días de la vida pública del Señor, quien le dio el nombre de Cefas (en arameo Kefa), o sea, “piedra”, de donde el griego Petros, Pedro (Jn. 1, 42). Vemos en Mt. 16, 17-19, cómo Jesús lo distinguió entre los otros discípulos, haciéndolo “Príncipe de los Apóstoles” (Jn. 21, 15 ss.). S. Pablo nos hace saber que a él mismo, como Apóstol de los gentiles, Jesús le había encomendado directamente (Ga. 1, 11 s.) el evangelizar a éstos, mientras que a Pedro, como a Santiago y a Juan, la evangelización de los circuncisos o israelitas (Ga. 2, 7-9; cf. St. 1, 1 y nota). Desde Pentecostés predicó Pedro en Jerusalén y Palestina, pero hacia el año 42 se trasladó a “otro lugar” (Hch. 12, 17 y nota), no sin haber antes admitido al bautismo al pagano Cornelio (Hch. 10), como el diácono Felipe lo había hecho con el “prosélito” etíope (Hch. 8, 26 ss.). Pocos años más tarde lo encontramos nuevamente en Jerusalén, presidiendo el Concilio de los Apóstoles (Hch. 15) y luego en Antioquía. La Escritura no da más datos sobre él, pero la tradición nos asegura que murió martir en Roma el año 67, el mismo día que S. Pablo.
Su primera Carta se considera escrita poco antes de estallar la persecución de Nerón, es decir, cerca del año 63 (cf. 2 Pe. 1, 1 nota), desde Roma a la que llama Babilonia por la corrupción de su ambiente pagano (5, 13). Su fin es consolar principalmente a los hebreos cristianos dispersos (1, 1) que, viviendo también en un mundo pagano, corrían el riesgo de perder la fe. Sin embargo, varios pasajes atestiguan que su enseñanza se extiende también a los convertidos de la gentilidad (cf. 2, 10 y nota). A los mismos destinatarios (2 Pe. 3, 1), pero extendiéndola “a todos los que han alcanzado fe” (1, 1) va dirigida la segunda Carta, que el Apóstol escribió, según lo dice, poco antes de su martirio (2 Pe. 1, 14), de donde se calcula su fecha por los años de 64-67. “De ello se deduce como probable que el autor escribió de Roma”, quizá desde la cárcel. En las comunidades cristianas desamparadas se habían introducido ya falsos doctores que despreciaban las Escrituras, abusaban de la grey y, sosteniendo un concepto perverso de la libertad cristiana, decían también que Jesús nunca volvería. Contra ésos y contra los muchos imitadores que tendrán en todos los tiempos hasta el fin, levanta su voz el Jefe de los Doce, para prevenir a las Iglesias presentes y futuras, siendo de notar que mientras Pedro usa generalmente los verbos en futuro, Judas, su paralelo, se refiere ya a ese problema como actual y apremiante (Judas 3 s.; cf. 2 Pe. 3, 17 y nota).
En estas breves cartas las –dos únicas “Encíclicas” del Príncipe de los apóstoles– llenas de la más preciosa doctrina y profecía, vemos la obra admirable del Espíritu Santo, que transformó a Pedro después de Pentecostés. Aquel ignorante, inquieto y cobarde pescador y negador de Cristo es aquí el apóstol lleno de caridad, de suavidad y de humilde sabiduría, que (como Pablo en 2 Tm. 4, 6), nos anuncia la proximidad de su propia muerte que el mismo Cristo le había pronosticado (Jn. 21, 18). San Pedro nos pone por delante, desde el principio de la primera Epístola hasta el fin de la segunda, el misterio del futuro retorno de nuestro Señor Jesucristo como el tema de meditación por excelencia para transformar nuestras almas en la fe, el amor y la esperanza (cf. St. 5, 7 ss.; y Jud. 20 y notas). “La principal enseñanza dogmática de la 2 Pedro –dice Pirot– consiste incontestablemente en la certidumbre de la Parusía y, en consecuencia, de las retribuciones que la acompañarán (1, 11 y 19; 3, 4-5). En función de esta espera es como debe entenderse la alternativa entre la virtud cristiana y la licencia de los “burladores” (2, 1-2 y 19). Las garantías de esta fe son: los oráculos de los profetas, conservados en la vieja Biblia inspirada, y la enseñanza de los apóstoles testigos de Dios y mensajeros de Cristo (1, 4 y 16-21; 3, 2). El Evangelio es ya la realización de un primer ciclo de las profecías, y esta realización acrece tanto más nuestra confianza en el cumplimiento de las posteriores” (cf. 1, 19). Es lo que el mismo Jesús Resucitado, cumplidas ya las profecías de su Pasión, su Muerte y su Resurrección, reiteró sobre los anuncios futuros de “sus glorias” (1 Pe. 1, 11) diciendo: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito acerca de Mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos” (Lc. 24, 44).
Poco podría prometerse de la fe de aquellos cristianos que, llamándose hijos de la Iglesia, y proclamando que Cristo está donde está Pedro, se resignasen a pasar su vida entera sin preocuparse de saber qué dijeron, en sus breves cartas, ese Pedro y ese Pablo, para poder, como dice la Liturgia, “seguir en todo el precepto de aquellos por quienes comenzó la religión”. (Colecta de la Misa de San Pedro).
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2 PEDRO 1
1. Esta segunda carta de S. Pedro es (como lo fue la segunda de Pablo a Timoteo) el testamento del Príncipe de los Apóstoles, pues fue escrita poco antes de su martirio (v. 14) Probablemente desde la cárcel de Roma entre los años 64 y 67. Los destinatarios son todas las comunidades cristianas del Asia Menor o sea que su auditorio no es tan limitado a los judío-cristianos como el de Santiago (cf. St. 1, 1). Sobre el fin de la Carta véase la nota introductoria a las Epístolas de S. Pedro.
2 ss. De este conocimiento no simplemente intelectual sino intimo, espiritual y sobrenatural (no simple gnosis, sino epígnosis), que viene de la Palabra de Dios, arranca aquí S. Pedro el maravilloso proceso experimental que aquí nos presenta (cf. Ef. 3, 19; Tt. 1, 9 s.; 1 Pe. 2, 3 s. y notas). Para ello pide rectitud o sinceridad, es decir, que no pretendamos engañar a Dios y estemos dispuestos a creer lo que Él dice, aunque nos parezca muy sorprendente. Cf. Mt. 11, 6; 13, 1 ss.; Lc. 7, 23 y notas.
4. Partícipes de la naturaleza divina: este misterio, en que consiste el destino inefablemente dichoso del hombre, se realiza por medio del Espíritu Santo, por la cual merced a la Redención de Cristo somos hechos verdaderamente hijos de Dios como Él lo es aún en su Humanidad santísima (Ef. 3, 5; 1 Jn. 3, 1; cf. Sal. 2, 7 y notas). Por eso afirma S. Tomás que la gracia nos diviniza. Y S. Maximino: “Se nos da la divinidad cuando la gracia penetra nuestra naturaleza de su luz celestial y cuando, por la gloria, esa gracia nos eleva más allá de ella misma”. Sobre la corrupción, del mundo, cf. Jn. 14, 30; Ga. 1, 4 y notas. “Dios permite que la concupiscencia viva todavía en nosotros y nos aflija profundamente para humillarnos a fin de que, conociendo lo que la gracia nos proporciona, nos hallemos inclinados a pedírsela sin cesar” (S. Bernardo).
5 ss. En esta cadena, preciosa para el examen de conciencia espiritual porque va de la fe a la caridad o amor de Dios, es decir, del principio al término de la vida cristiana (S. Ignacio de Antioquía), cada eslabón es como la piedra de toque o condición de la autenticidad del precedente. El último, como dice Pirot, recordando a S. Pablo, es el broche de la perfección, porque encierra en una sólida atadura todas las virtudes (Col. 3, 14) que sin él nada valen (1 Co. 13, 1 ss.) y que de él reciben la vida (Rm. 5, 5).
10. Vuestra vocación y elección: la Vulgata añade las palabras: Por medio de buenas obras, que faltan en los principales códices griegos.
13. La tienda de campaña es el cuerpo mortal (2 Co. 5, 1). Cf. 1 Pe. 2, 11. Sobre la predicción de Jesús, véase Jn. 21, 18 s. No obstante ese buen estado espiritual de la grey (v. 12) S. Pedro siente la obligación pastoral de mantenerla despierta por la constante predicación del Evangelio: sabe bien cuán malos y cambiantes somos.
15. Como expresa Pirot, no se sabe si en este propósito se refiere el Apóstol a la misma Epístola presente, que quedaría como testimonio con sus graves advertencias sobre los falsos doctores (cap. 2), o al Evangelio de S. Marcos, aprobado por él, “o a la formación de sucesores competentes y celosos”. Algunos suponen otro escrito, que se hubiese perdido, pero si así fuera habrían fallado con ello las promesas del Apóstol, en tanto que esta Epístola subsiste aún, para aleccionar con su inmensa sabiduría a cuantos quieran leerla y profundizarla. Cf. 3, 1 y nota.
16. S. Pedro confirma el dogma de la segunda venida de Cristo, que algunos negaban preguntando: “¿Dónde está la promesa de su Parusía? (3, 4). Testigos oculares de su Majestad: en la Transfiguración (Mt. 17, 1-9), donde por primera vez vieron al Señor en la gloria en la cual ha de venir (Mc. 9, 1 y nota).
18. En el monte santo de la Transfiguración (v. 16). Cf. Jn. 1, 14.
19. Más segura aún: que el testimonio de nuestros sentidos (v. 16 ss.). “Bébaios significa lo que está sólidamente fijado (una raíz, un ancla) bien consolidado, afirmado, y por tanto seguro y sin disputa”. (Pirot). Añade el mismo autor que la palabra profética en rigor podría ser todo el Antiguo Testamento, “pero el contexto designa, directamente al menos, los oráculos sobre la gloria y la Parusía del Mesías”, los cuales “son una luz provisoria, pero ya preciosa mientras esperamos la aurora de la perfecta luz que será la Parusía del Señor”. Nuestra lámpara en la noche de este siglo malo (Ga. 4, 1) han de ser, pues, esas profecías de que está llena la Sagrada Escritura, colmadas de dichosas promesas para el alma y para el cuerpo, para la Iglesia y para Israel. En ellas, no menos que en la doctrina, está lo que S. Pablo llama la consolación de las Escrituras (Rm. 15, 4; cf. Ef. 1, 10; Tt. 2, 13 y notas). “Si el viajero que temblando cruza una “jungla” poblada de fieras e insectos pestíferos, pudiera ir leyendo una alegre novela que absorbiese su atención ¿no viviría contento en ese mundo de su espíritu olvidándose de la angustia que lo rodea? ¿Qué cosa mejor que ese libro podrían ofrecerle para su felicidad presente? Eso es la Sagrada Escritura para el que atraviesa este mundo en el que a cada paso podemos ser víctimas de la maldad humana, de un crimen, de una injusticia o calumnia, de un accidente, de un contagio, de la miseria y de la guerra. Pero hay dos diferencias fundamentales: la novela consolaría con la ficción; la Biblia consuela con la verdad. La novela haría olvidar el peligro, mas no lo conjugaría; la Palabra de Dios lo conjura, porque Dios es el único que puede prometer y promete, por añadidura, todo cuanto necesitamos para el tiempo presente, si ponemos nuestra atención en desear su Reino y su justicia”. Cf. Mt. 6, 33; 2 Tm. 2, 8; Hb. 11, 1 y nota.
20 s. Las profecías no vienen “de la voluntad de hombre” (v. 21) porque nadie puede conocer lo porvenir (Is. 41, 23). Antes bien tienen su origen en Dios (Dn. 12, 8) y por eso es que las que anuncian la glorificación de Cristo son absolutamente fieles y seguras (v. 19), confirmando y confirmándose recíprocamente con el testimonio de Pedro (v. 16 ss.). Así lo expone Cornelio a Lapide y también muchos autores modernos (Allioli, Crampon, Camerlynck, Simón-Prado, de la Torre, etc.), según los cuales “se trata aquí de la composición de la Escritura y no de su interpretación, como se explica en el v. siguiente” (de la Torre). “Titubea la fe, escribe S. Agustín a S. Jerónimo, si vacila la autoridad de las divinas Escrituras”. Sobre las palabras del Concilio de Trento: “A la Iglesia pertenece juzgar del verdadero sentido e interpretación de la Sagrada Escritura”, véase las de Pío XII en la nota a Jn. 21, 25. El mismo a Lapide añade a este respecto que “para eso puso Dios en la Iglesia doctores, para que interpreten las Escrituras, y la interpretación de las palabras es uno de los carisma del Espíritu Santo como enseña Pablo en 1 Co. 12, 10 y 14, 26”. Cf. Rm. 12, 5 ss.: Ef. 4, 11 ss. Veamos algunos preciosos testimonios que él mismo trae: “Para indagar y comprender los sentidos de la Escritura es necesaria una vida recta, un ánimo puro y la virtud que es tal según Cristo, a fin de que la mente humana, corriendo por el camino de Él, pueda conseguir lo que busca, en cuanto es concedido a la mente humana penetrar las cosas de Dios” (S. Atanasio). “Las Escrituras reclaman ser leídas con el espíritu con que han sido escritas: con ese espíritu se entienden” (S. Bernardo). Y el Abad Teodoro “expresa que la inteligencia de las Escrituras ha de buscarse no tanto revolviendo comentarios de intérpretes cuanto limpiando el corazón de los vicios de la carne, expulsados los cuales, dice, pronto el velo de las pasiones cae de los ojos y empiezan éstos a contemplar, como naturalmente, los misterios de las Escrituras”. Cf. Mt. 5, 8; Lc. 10, 21; 1 Co. 2, 10 y 14 y notas.
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2 PEDRO 2
1 ss. Todo el capítulo segundo, que muestra notables semejanzas con la Epístola de S. Judas, es una tremenda denuncia contra los falsos doctores que reemplazan a los falsos profetas del Antiguo Testamento, porque como ellos hablan con “razones inventadas” (v. 3; cf. Jr. 23, 16 y 21); como ellos “se apacientan a sí mismos” (Ez. 34, 2 ss.) “haciendo tráfico” de las ovejas (v. 3); como ellos sustituyen a Dios (Jr. 23, 27) renegando del único Salvador (v. 1) para presentarse ellos como tales (cf. 2 Ts. 2, 3 ss.). Y como serán “del mundo”, muchos los seguirán (v. 2; cf. Jn. 5, 43; 7, 7; 15, 19) y el camino de los verdaderos discípulos de Cristo será infamado (v. 2; cf. Jn. 16, 1 ss.). Véase 1 Tm. 4, 1 ss.; 2 Tm. 3 ss. Cuya ruina, etc.: El destino del falso profeta es el mismo del Anticristo y de Satanás (Ap. 20, 9).
4. Los ángeles que pecaron por su orgullo fueron arrojados del cielo (Judas 6). No hay que confundir este pasaje con la escena descrita en Ap. 12, 7 ss., la cual tiene sentido escatológico. Cf. Jb. 4, 18. Reservados para el juicio: cf. 1 Co. 6, 3 y nota; 1 Pe. 3, 19.
5. Véase Gn. 7, 1; 8, 18. El viejo mundo: el mundo antediluviano, en que el patriarca Noé predicaba con su ejemplo y sus exhortaciones (Gn. 6, 1 ss.; cf. 1 Pe. 3, 19 s.; Hb. 11, 7), Noé es llamado el “octavo” porque estaban con él siete personas (Gn. 7, 7). Cf. 1 Pe. 3, 20; Judas 14.
6. Véase Gn. 19, 25; Judas 7.
9. Véase Ga. 5, 21 y nota.
10. El título de Señorío corresponde a Dios y a Cristo (Ap. 11, 15). Las Glorias son los ángeles caídos (Judas 8) a los cuales, como aquí vemos no hemos de maldecir, pues Dios se reserva el juzgarlos (v. 4 y nota). Véase Judas 9 y nota. Según el v. 11 s. los ángeles buenos dan a estos presuntuosos doctores una lección de humildad y caridad (Judas 10).
13. “Es realmente asco lo que siente Pedro al pensar en esos servidores arrogantes” (Pirot). El salario de la iniquidad o soborno que el mundo ofrece por ella (v. 15) es la terrible sentencia que anuncia Jesús cuando dice que “ya tuvieron su paga” aquí abajo (Mt. 6, 5 y 16; Lc. 16, 25 y nota). Véase también el castigo que S. Pablo señala en 2 Ts. 2, 10 ss.: la ceguera soberbia que los arraigará en el error para llevarlos a la perdición final como a los fariseos enemigos de Cristo (Jn. 12, 40; Hch. 28, 26 y nota).
14. “Los fieles deben reaccionar contra la seducción de los falsos doctores, so pena de sufrir una cruel desilusión cuando después del período de agitación febril en que les despiertan todas las esperanzas, se encuentran fríamente ante el vacío doctrinal” (Charue). Cf. v. 17 ss.
15 s. El camino de Balaam semejante al de Simón Mago (Hch. 8, 9 ss.) fue querer valerse del don de Dios para ventaja propia. Amó el salario de la iniquidad, o sea los grandes honores y regalos que el rey Balac le ofrecía para que maldijera a Israel (Nm. 22, 17 y 38; 24, 11). Dios no le permite hacerlo y aun le prohíbe ir al rey (Nm. 22, 12), mas en cuanto le da permiso (ibíd. 20) él, sin desconfiar de sí mismo ni huir la ocasión del pecado muestra su deseo de ir a halagar al poderoso, al extremo de que castiga cruelmente a la burra que reprimió el extravío del profeta (v. 16) y cuya marcha detenía el ángel (ibíd. 22 ss.) para apartarlo de su propósito (ibid. 32 ss.). A pesar de sus declaraciones de fidelidad, Balaam conserva sus mundanos deseos en el fondo de su corazón, y, como no puede satisfacer directamente al rey maldiciendo a Israel, encuentra, en su elástica “doctrina” (cf. Ap. 2, 14) otro modo de complacerlo y así, no obstante la admirable profecía que Dios acababa de inspirarle sobre los destinos mesiánicos de Israel (Nm. 24, 3 ss.) y antes de pronunciar otra aún más admirable sobre el triunfo de Cristo (ibid. 15 ss.), promete y da a Balan el pérfido “consejo” (ibid. v. 14) con el cual hizo corromper a Israel (Nm. 25, 1; 31, 16) y provocó la santa reacción del sacerdote Fineés (ibid. 25, 6 ss.). Sobre el error de Balaam, véase Judas 11 y nota.
18. “A los que aun no son espirituales fácil es cautivarlos por una espiritualidad sentimental en que la carne se disfraza le espíritu”. Cf. 1 Co. 2, 14; 3, 1.
19. Les prometen libertad: la libertad del espíritu, la que nos libra tanto de los lazos del mundo cuanto de nuestro propio afecto al pecado; es la que Jesús enseña y ofrece en Jn. 8, 31. Cf. Jn. 8, 34; Rm. 6, 16 y 20.
20. Grave enseñanza espiritual que puede aplicarse a todos, pues concuerda con la de Mt. 12, 45. Cf. Hb. 6, 4.
21. El camino de la justicia: el de la salvación por Cristo. Los primeros cristianos llamaban a la vida de fe el “camino” como se ve en 2, 2; Hch. 9, 2, etc., y especialmente en la Didajé, el primer libro de la era de los padres apostólicos, donde la doctrina cristiana se explica bajo la imagen de dos caminos: el camino de la vida y el de la muerte.
22. Véase Pr. 26, 11. “Advierte qué horrible comparación es la que hace de éstos el Apóstol” (S. Agustín).
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2 PEDRO 3
1 s. En este capítulo, llamado “un verdadero Apocalipsis del Príncipe de los Apóstoles”, S. Pedro ofrece quizá el memorandum permanente que prometió en 1, 15, queriendo prevenirles contra la mala doctrina de los falsos doctores (cap. 2), la cual “se acompaña de la incredulidad en la Parusía de Cristo... suprema esperanza a la que hizo varias alusiones en 1 Pe. 1, 3-12; 4, 7; 5, 1-4, etc.” (Pirot). Cf. 1 Jn. 2, 18. Contra esos “impostores burlones” (v. 3) insiste en el v. 2 para que se tengan presentes en tal materia las mismas fuentes de que habló en 1, 16-21, es decir, los anuncios de los antiguos profetas y la predicación de los apóstoles.
3 ss. S. Agustín menciona estas palabras de S. Pedro como relativas a los tiempos del fin y al Anticristo, si bien, como observa Pirot, ellas abarcan “el futuro mesiánico sin distinguir los períodos” (cf. Judas 17 s.). El Apóstol expone aquí la verdadera doctrina sobre el retorno de Cristo que queda en lo oculto en cuanto al tiempo (v. 10), porque nadie conoce el día y la hora, ni siquiera los ángeles, ni el mismo Hijo del hombre (Mc. 13, 32; Mt. 24, 36; Hch. 1, 7), aun cuando sabemos que vendrá “pronto” (Ap. 22, 12; 1 Co. 7, 29; Jn. 16, 16; St. 5, 8; Hb. 10, 25; Flp. 4, 5; 1 Pe. 4, 7), por lo cual debemos estar siempre esperándolo (Mc. 13, 37; St. 5, 8 y nota), aunque Dios no mide el tiempo como nosotros (v. 8). Véase Mt. 24, 4 ss. y nota. Sobre los impostores y sus burlas, cf. también Mt. 24, 37; Lc. 17, 26 ss.; 1 Tm. 4, 1; 2 Tm. 3, 1, etc.
4. Véase 1, 16 y nota. Cf. Ez. 12, 22 y 27.
5. Porque así lo quieren: esto es, porque no se dan el trabajo de estudiar con rectitud la Palabra de Dios. Sobre esta incredulidad soberbia, cf. Jn. 9, 30 y nota.
7. Exterminio: véase las consoladoras palabras de S. Pablo en 1 Ts. 5, 4 sobre este punto.
8. Dios es eterno y, por eso, paciente. Su día no tiene noche. Por lo cual mil años son para Él como un día (cf. Sal. 89, 4). Esta expresa indicación, que S. Pedro no quiere que se nos escape (como a los del v. 5), puede servir de guía para el estudio e interpretación del tiempo en otros anuncios proféticos. Véase también Ez. 4, 5 y 6, donde Dios computa al profeta un año por cada día.
9. En Ap. 6, 10 s., hallamos una explicación semejante. Sólo la caridad de Dios con los pecadores detiene esa manifestación del Señor que tanto anhela la Iglesia (Ap. 22, 20 y nota) y sin duda también el Padre Celestial, ansioso de ver a su Hijo triunfante y glorificado entre las naciones (cf. Sal. 2, 7 s.; 44, 4 ss.; 71, 2; 109, 3 ss., etc.). Véase sobre esta demora 2 Ts. 2, 6; Rm. 11, 25. Ello no obstante, San Pedro nos enseña en el v. 12 cómo podemos apresurarla.
10. Se refiere siempre a la segunda venida del Señor que la Liturgia sintetiza en la frase del “Dies irae”: “Dum veneris judicare saeculum per ignem: Cuando vengas a juzgar al mundo por el fuego”. Véase Mt. 24, 29 y 35; 24, 43; 1 Co. 3, 13; 1 Ts. 5, 2 s.; 2 Ts. 1, 8; Ap. 3, 3; 16, 15; 20, 11; Is. 66, 16.
11 ss. En lo que sigue nos muestra San Pedro la espiritualidad dichosa y santa que resulta de vivir esa esperanza (cf. St. 5, 8; 1 Jn. 3, 3), pues sabiendo que todo lo ha de consumir el fuego (v. 12; 1 Co. 3, 15), cuidaremos de no poner el corazón ni en los objetos ni en nuestras obras, sino de conservarnos inmaculados (v. 14; Judas 24) y esforzarnos por anticipar ese día (v. 12), con la mirada puesta en Cristo autor y consumador de nuestra fe (Hb. 12, 2). “El que sigue la Ley de Dios, dice Teodoreto, y conforma su vida a esta Ley, es amigo de pensar en la venida del Señor”. Cf. 1, 19; 1 Pe. 1, 13; Tt. 2, 12 s.
13. Según estas palabras es de suponer que Dios no destruirá por completo la tierra, sino que el fuego de que habla el Apóstol en los vv. anteriores será un medio para purificarla. Toda la naturaleza estará libre de la maldición, y la justicia habitará en el mundo. “Esto mismo es lo que Jesucristo poco antes (Mt. 19, 28) había expresado con el expresivo nombre de palingenesia (Vulg. restauratio), el nuevo nacimiento, la regeneración, la renovación del mundo presente; idea que ya en tiempos pasados había expresado el profeta Isaías” (Fillion). Véase 1 Co. 3, 13; Rm. 8, 19 ss.; Ef. 1, 10; Ap. 21, 1; Is. 65, 17; 66, 22; Hch. 3, 21. “Mientras las promesas de los falsos profetas se resuelven en sangre y lágrimas, brilla con celeste belleza la gran profecía apocalíptica del Redentor del mundo: “He aquí que yo renuevo todas las cosas” (Pío XI en la Encíclica “Divini Redemptoris”).
14. Para que Él os encuentre en paz, o sea, sin miedo. En esto consiste, dice S. Juan, la perfección del amor de Dios (1 Jn. 4, 17).
15. Este pasaje contribuye a demostrar que S. Pablo es el autor de la Epístola a los Hebreos. Aun la exégesis protestante, que suele desconocerlo, admite que aquí S. Pedro alude también a esa Epístola, pues que, como vemos en 1 Pe. 1, 1, el Príncipe de los apóstoles escribe principalmente para hebreos. Es de admirar la estimación de Pedro respecto de Pablo, mostrando que la caridad entre ellos había crecido, lejos de sufrir detrimento por el incidente de Antioquia. Cf. Ga. cap. 2.
16. De esto mismo, es decir, de la Parusía, cuyo misterio, dice el cardenal Billot, es “el alfa y la omega, el principio y el fin, la primera y la última palabra de la predicación de Jesús”. Hace notar S. Pedro la atención que también S. Pablo prestó en todas sus Epístolas a este sagrado asunto que tanto suele olvidarse hoy. Contra esos ignorantes y superficiales se indigna S. Jerónimo diciendo: “Enseñan antes de haber aprendido” y “descaradamente se permiten explicar a otros una materia que ellos mismos no comprenden”. Nótese el contraste entre esos que deformaban las Epístolas paulinas y los de Berea que, a la inversa. estudiaban el mensaje del Apóstol a la luz de las Escrituras (Hch. 17, 11). Sobre el Magisterio de la Iglesia en la interpretación de los Libros santos, véase 1, 20 s. y nota.
17. Con esta advertencia definitiva contra los falsos doctores, puesta al final de su última Carta, S. Pedro parece confirmar la trascendencia de lo expresado en v. 1 s. y nota. Igual preocupación se advierte en la última carta de cada uno de los demás apóstoles (2 Tm. 3, 1 ss.; St. 3, 1 ss.; 3 Jn. 9 ss.; Judas, 4-18) en lo cual se confirma, como dice Boudou, que ya en vida de ellos operaba el misterio de la iniquidad (2 Ts. 2, 7) y que no sin gran lucha florecía la santidad en la primitiva Iglesia.