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LAS CARTAS DE SAN PABLO
NOTA INTRODUCTORIA
Saulo, que después de convertido se llamó Pablo –esto es, “pequeño”–, nació en Tarso de Cilicia, tal vez en el mismo año que Jesús, aunque no lo conoció mientras vivía el Señor. Sus padres, judíos de la tribu de Benjamín (Rm. 11, 1; Fil. 3, 5), le educaron en la afición a la Ley, entregándolo a uno de los más célebres doctores, Gamaliel, en cuya escuela el fervoroso discípulo se compenetró de las doctrinas de los escribas y fariseos, cuyos ideales defendió con sincera pasión mientras ignoraba el misterio de Cristo. No contento con su formación en las disciplinas de la Ley, aprendió también el oficio de tejedor, para ganarse la vida con sus propias manos. El Libro de los “Hechos” relata cómo, durante sus viajes apostólicos, trabajaba en eso “de día y de noche”, según él mismo lo proclama varias veces como ejemplo y constancia de que no era una carga para las iglesias (véase Hch. 18, 3 y nota).
Las tradiciones humanas de su casa y su escuela, y el celo farisaico por la Ley, hicieron de Pablo un apasionado sectario, que se creía obligado a entregarse en persona a perseguir a los discípulos de Jesús. No sólo presenció activamente la lapidación de San Esteban, sino que, ardiendo de fanatismo, se encaminó a Damasco, para organizar allí la persecución contra el nombre cristiano. Mas en el camino de Damasco lo esperaba la gracia divina para convertirlo en el más fiel campeón y doctor de esa gracia que de tal modo había obrado en él. Fue Jesús mismo, el Perseguido, quien –mostrándole que era más fuerte que él– domó su celo desenfrenado y lo transformó en un instrumento sin igual para la predicación del Evangelio y la propagación del Reino de Dios como “Luz revelada a los gentiles”.
Desde Damasco fue Pablo al desierto de Arabia (Ga. 1, 17) a fin de prepararse, en la soledad, para esa misión apostólica. Volvió a Damasco, y después de haber tomado contacto en Jerusalén con el Príncipe de los Apóstoles, regresó a su patria hasta que su compañero Bernabé le condujo a Antioquía, donde tuvo oportunidad para mostrar su fervor en la causa de los gentiles y la doctrina de la Nueva Ley “del Espíritu de vida” que trajo Jesucristo para librarnos de la esclavitud de la antigua Ley. Hizo en adelante tres grandes viajes apostólicos, que su discípulo San Lucas refiere en los “Hechos” y que sirvieron de base para la conquista de todo un mundo.
Terminado el tercer viaje, fue preso y conducido a Roma, donde sin duda recobró la libertad hacia el año 63, aunque desde entonces los últimos cuatro años de su vida están en la penumbra. Según parece, viajó a España (Rm. 15, 24 y 28) e hizo otro viaje a Oriente. Murió en Roma, decapitado por los verdugos de Nerón, el año 67, en el mismo día del martirio de San Pedro. Sus restos descansan en la basílica de San Pablo en Roma.
Los escritos paulinos son exclusivamente cartas, pero de tanto valor doctrinal y tanta profundidad sobrenatural como un Evangelio. Las enseñanzas de las Epístolas a los Romanos, a los Corintios, a los Efesios, y otras, constituyen, como dice San Juan Crisóstomo, una mina inagotable de oro, a la cual hemos de acudir en todas las circunstancias de la vida, debiendo frecuentarlas mucho hasta familiarizarnos con su lenguaje, porque su lectura –como dice San Jerónimo– nos recuerda más bien el trueno que el sonido de palabras.
San Pablo nos da a través de sus cartas un inmenso conocimiento de Cristo. No un conocimiento sistemático, sino un conocimiento espiritual que es lo que importa. Él es ante todo el Doctor de la Gracia, el que trata los temas siempre actuales del pecado y la justificación, del Cuerpo Místico, de la Ley y de la libertad, de la fe y de las obras, de la carne y del espíritu, de la predestinación y de la reprobación, del Reino de Cristo y su segunda Venida. Los escritores racionalistas o judíos como Klausner, que de buena fe encuentran diferencia entre el Mensaje del Maestro y la interpretación del apóstol, no han visto bien la inmensa trascendencia del rechazo que la sinagoga hizo de Cristo, enviado ante todo “a las ovejas perdidas de Israel” (Mt. 15, 24), en el tiempo del Evangelio, y del nuevo rechazo que el pueblo judío de la dispersión hizo de la predicación apostólica que les renovaba en Cristo resucitado las promesas de los antiguos Profetas; rechazo que trajo la ruptura con Israel y acarreó el paso de la salud a la gentilidad, seguido muy pronto por la tremenda destrucción del Templo, tal como lo había anunciado el Señor (Mt. 24).
No hemos de olvidar, pues, que San Pablo fue elegido por Dios para Apóstol de los gentiles (Hch. 13, 2 y 47; 26, 17 s.; Rm. 1, 5), es decir, de nosotros, hijos de paganos, antes “separados de la sociedad de Israel, extraños a las alianzas, sin esperanza en la promesa y sin Dios en este mundo” (Ef. 2, 12), y que entramos en la salvación a causa de la incredulidad de Israel (véase Rm. 11, 11 ss.; cf. Hch. 28, 23 ss. y notas), siendo llamados al nuevo y gran misterio del Cuerpo Místico (Ef. 1, 22 s.; 3, 4-9; Col. 1, 26). De ahí que Pablo resulte también para nosotros, el grande e infalible intérprete de las Escrituras antiguas, principalmente de los Salmos y de los Profetas, citados por él a cada paso. Hay Salmos cuyo discutido significado se fija gracias a las citas que San Pablo hace de ellos; por ejemplo, el Salmo 44, del cual el apóstol nos enseña que es nada menos que el elogio lírico de Cristo triunfante, hecho por boca del divino Padre (véase Hb. 1, 8 s.). Lo mismo puede decirse de Sal. 2, 7; 109, 4, etc.
El canon contiene 14 Epístolas que llevan el nombre del gran apóstol de los gentiles, incluso la destinada a los Hebreos. Algunas otras parecen haberse perdido (1 Co. 5, 9; Col. 4, 16).
La sucesión de las Epístolas paulinas en el canon, no obedece al orden cronológico, sino más bien a la importancia y al prestigio de sus destinatarios. La de los Hebreos, como dice Chaine, si fue agregada al final de Pablo y no entre las “católicas”, fue a causa de su origen, pero ello no implica necesariamente que sea posterior a las otras.
En cuanto a las fechas y lugar de la composición de cada una, remitimos al lector a las indicaciones que damos en las notas iniciales.
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2 CORINTIOS 1
1. Esta segunda epístola fue escrita poco después de la primera, a fines del año 57, en Macedonia, durante el viaje del Apóstol de Éfeso a Corinto. Tito, colaborador de S. Pablo, le trajo buenas noticias de Corinto, donde la primera carta había producido excelentes resultados. La mayoría acataba las amonestaciones de su padre espiritual. No obstante, existían todavía intrigas que procedían de judíos y judío-cristianos. Para deshacerlas les escribió el Apóstol por segunda vez antes de llegarse personalmente a ellos. Santos: los cristianos. Cf. Hch. 9, 13; 1 Ts. 5, 27.
2 s. Notemos la preocupación del Apóstol por enseñarnos siempre a distinguir entre las divinas Personas del Padre y del Hijo (véase Jn. 17, 3; 1 Jn. 1, 3; 1 Co. 3, 6 y nota).
3. Padre de las misericordias y Dios de toda consolación: Recordemos este admirable título que él da a nuestro Padre celestial, tan distinto del de un severo gobernante o de un simple Creador. Cf. Ef. 1, 3; 1 Pe. 1, 3.
4. Lo que aquí dice del consuelo, lo dice de los bienes en 9, 8-11: Dios nos da una y otra cosa sobradamente, para que pueda alcanzar hasta nuestro prójimo, y recibamos así, además del don mismo, el beneficio aun mayor de hacerlo servir para nuestra santificación.
5. Véase un ejemplo de está en 7, 4 ss.
8 s. En Éfeso, donde el platero Demetrio, con apariencia de piedad, promovió un ruidoso alboroto contra el Apóstol, por defender su negocio de imágenes de la diosa Diana (Hch. 19. 23 ss.). La respuesta de muerte: Se cree que el Apóstol alude a una grave enfermedad o a la persecución de 1 Co. 15, 32. S. Pablo no vacila en mostrarnos su flaqueza para enseñarnos, como tantas veces lo hace David en los Salmos, que sólo de Dios viene el remedio, y cuán saludable resulta, para el aumento de nuestra fe, esa comprobación de nuestra debilidad.
14. El día de N. S. Jesús: el día del juicio. Cf. Mt. 7, 22; 1 Co. 3, 13; Fil. 1, 6 y 10; 2 Pe. 3, 12; Judas 6.
15 ss. Los intrigantes le habían acusado de inconstancia, por el simple hecho de haber cambiado el plan de viaje. El Apóstol se defiende diciendo que lo hizo por ser indulgente con ellos (v. 23). Las divinas promesas se han confirmado y cumplido en Cristo que es el Sí absoluto (v. 19). El Amén (v. 20) es nuestra respuesta, profesión de fe y sumisión al llamado de Dios.
21 s. Sto. Tomás, comentando estos versículos en la Suma contra los Gentiles, dice que el sello es la semejanza, la unción, el poder de obras perfectas, y las arras, la esperanza segura del Reino, que actualiza desde ahora en nosotros la beatitud de Dios. Cf. Ef. 1, 13. El P. Prat llama la atención sobre el concurso de las tres Divinas Personas en la obra del Apostolado: “Véase cómo contribuyen las Divinas Personas a dotar a los predicadores de la fe: el Padre, como primer autor de los Dones espirituales: el Hijos como fuente de la vida sobrenatural de esos predicadores, y el Espíritu Santo, como sello de la misión de ellos y como prenda del éxito que alcanzarán”.
23. Si no he ido todavía, etc.: Es de admirar el espíritu sobrenatural y la humildad verdadera de S. Pablo, que lejos de creerse indispensable, se abstiene de ir, convencido de que así convenía más a los fieles en tal caso. Veamos también el altísimo concepto que el Apóstol tiene de la misión del pastor de almas y de la delicadeza con que ha de tratárselas sabiendo que nadie es dueño de la salvación de otros. Véase a este respecto la lección de S. Pedro (1 Pe. 5, 2), y el notable ejemplo de impersonalidad que da Moisés en el episodio de Eldad y Medad (Nm. 11, 29), como también su celo sublime por la pura gloria de Yahvé y el bien de su pueblo, en contra de las ventajas personales que el mismo Dios le ofrece (Nm. 14, 10 ss.).
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2 CORINTIOS 2
5. Parece que la excomunión infligida al incestuoso en la primera carta (1 Co. 5, 1-5) ha producido buenos efectos, de modo que la comunidad le puede recibir de nuevo. Esta exclusión se llamó excomunión, no en cuanto quedaba privado de la fracción del pan, sino en cuanto se le excluía de la comunidad de los fieles o Iglesia (Mt. 18, 18 ss.) que era llamada comunión por su vida de fraterna unión en la caridad (Fillion). Cf. Hch. 2, 42 y nota.
12. Tróade, ciudad del Asia Menor, situada cerca de la antigua Troya. Una puerta: una ocasión para predicar el Evangelio.
15 s. La predicación del Evangelio produce distintos efectos, según la rectitud de los oyentes. No hay que olvidar ese gran misterio de que Cristo fue también presentado como piedra de tropiezo y signo de contradicción “para ruina y resurrección de muchos” (Lc. 2, 34; Rm. 9, 33; 1 Pe. 2, 6 s.; Sal. 117, 22 y nota). El que rechaza la Palabra está peor que si no se le hubiera dado (Jn. 12, 48), porque se pedirá más cuenta al que más se le dio (Lc. 12, 48). Recordemos, pues, la necesidad, enseñada por Jesús, de no dar el pan a los perros ni las perlas a los cerdos (Mt. 7, 6). S. Pablo nos enseña que Dios nos prepara de antemano las obras para que las hagamos (Ef. 2, 10). A esas obras hemos de atender, sin creernos con arrestos de quijote capaz de salvar al mundo (cf. Sal. 130 y notas). El efecto de tal suficiencia lo muestra el Señor en Mt. 23, 15. Cf. 8, 10 s.; 1 Co. 1, 30 y nota.
17. Véase sobre este punto 1 Co. 16, 26 y nota.
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2 CORINTIOS 3
3. Los frutos que mi predicación del Evangelio ha producido entre vosotros son la mejor recomendación.
5. “Nadie, dice S. Agustín, es fuerte por sus propias fuerzas, sino por la indulgencia y misericordia de Dios”. Es éste ciertamente uno de los puntos más fundamentales, y muchas veces olvidados, de la espiritualidad cristiana.
6. Como ministro del Nuevo Testamento, el Apóstol está por encima de Moisés, pues en el Antiguo fue dada la Ley, en tanto que Cristo nos trajo la gracia y la ley del espíritu de vida (Rm. 7, 6; 8, 2; Jn. 1, 17; 1 Jn. 1, 1 y 5).
7. Después de conversar con Dios, el rostro de Moisés se revestía de un resplandor tal que el pueblo lo advertía mientras le trasmitía las palabras de Dios. Al terminar cubría su rostro con un velo, que sólo se quitaba cuando volvía a hablar con Dios (Ex. 34, 33).
8 s. El ministerio del Espíritu: la nueva Ley, el Evangelio. A esto opone el Apóstol el ministerio de la condenación (v. 9), esto es, la Ley Antigua. Así lo llama por la falta de cumplimiento de la Ley por parte del pueblo escogido.
14. Todavía hoy, en las sinagogas, el Libro Sagrado está cubierto con un lienzo. S. Pablo refiere este hecho a la triste ceguedad de los judíos, que no habiendo aceptado la luz de Cristo que es la llave de toda la Escritura (Jn. 12, 32 y nota), han quedado sin poder entender sus propios libros santos. Cf. Rm. 11, 25; Hb. 5, 11.
16. Cuando vuelvan al Señor: “Esta última expresión, que en el Éxodo (34, 34) se dice de Moisés cuando se volvía al Señor para hablar con Él, aplica S. Pablo a los judíos cuando por la fe se vuelvan al Señor” (Bover). Véase Rm. 11, 25 ss.; Mt. 23, 39; Jn. 19, 37; Za. 12, 10.
17. “El desacuerdo de los exégetas (sobre este pasaje) no puede ser más completo” (Prat). Por eso pusimos la traducción literal de este texto difícil que, según los Padres griegos se refiere al Espíritu Santo, según otros a Cristo. Éste, al revelarnos el carácter espiritual de su mensaje (Jn. 4, 23 s.) y de nuestro destino, nos ha librado de toda esclavitud de la Ley (Jn. 8, 31 s.; Ga. 4, 31; St. 2, 12). La falsa libertad consiste en querer obrar a impulsos de nuestra voluntad propia, porque “haciendo lo que quería, dice S. Agustín, llegaba adonde no quería”. Cf. Rm. cap. 7.
18. Como aquí vemos, esa transformación nos convierte en imagen del mismo Espíritu que nos conforma. Véase en Rm. 8, 1, cómo nuestra resurrección corporal a semejanza de Cristo será también obra del Espíritu.
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2 CORINTIOS 4
1. La misericordia que se nos ha hecho: La vocación sobrenatural del Apóstol a predicar el Evangelio (Hch. 9, 15; 13, 2).
2. Viril retrato del verdadero apóstol.
3. Se refiere al velo de que habló en 3, 12 ss. Para los que se pierden: véase este tremendo misterio tratado nuevamente en 2 Ts. 2, 10.
4. El dios de este siglo: El espíritu mundano ciega sus corazones para que oigan y no entiendan. La imagen de Dios: Cristo es imagen de Dios por tener la misma naturaleza que el Padre, siendo su Hijo unigénito y consubstancial (Hb. 1, 3; Col. 1, 15; Jn. 6, 46; 14, 9; Sb. 7, 26 y nota).
5. Siervos vuestros por Jesús: S. Pablo no cesa de insistir (cf. 1, 23 s. y nota) en la humildísima misión de todo verdadero apóstol, que no ha sido puesto para dominar, ni ser admirado o servido, sino para servir según la expresa instrucción de Cristo, que se presentó Él mismo como sirviente (Lc. 23, 25-27 y nota).
6. Es decir que es el mismo Espíritu Santo quien nos hace descubrir al Padre, en el rostro de Cristo, que es su perfecta imagen (v. 4). Por esto dice S. Juan que el que niega al Hijo tampoco tiene al Padre (1 Jn. 2, 23), y que todo el que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, en Dios permanece y Dios en él (1 Jn. 4, 15). El cristiano, una vez adquirida esta luz, se hace a su vez luz en las tinieblas para manifestar a otros la gloria de Dios. Es lo que Jesús enseña en el Evangelio. Véase Lc. 11, 34 ss.; Ef. 5, 8 s.
7. La fe es un tesoro que llevamos en vasijas de barro, por lo cual a cada rato necesitamos cerciorarnos de que no la vamos perdiendo cada día, sin darnos cuenta, por haberse roto la vasija al contacto del mundo y de su atrayente espíritu, que es contrario al Evangelio y constantemente tiende a deformar la fe, dejándonos sólo la apariencia de ella. De ahí que la fe necesite ser probada como el oro en el crisol (1 Pe. 1, 7; cf. IV Esd. 16, 74), y Dios enseñe también bondadosamente por boca del mismo S. Pablo, la suma conveniencia de que seamos nosotros mismos quienes nos preocupemos por mantener viva esa fe que tan fácilmente se adormece (13, 5; 1 Co. 11, 31). De lo contrario Él se vería obligado a mandarnos pruebas de carácter doloroso, en tanto que nosotros podemos hacerlo con insuperable dulzura por el contacto continuo de nuestro pensamiento con la divina Palabra, la cual nos mantiene atentos a la verdadera realidad, que es la sobrenatural, oculta a nuestros sentidos y tan ajena a las habituales preocupaciones del hombre de hoy. Así es como la divina Palabra libra de las pruebas, según enseñó Jesús. Cf. Jn. 15, 2 s. y nota.
10. Cf. 1, 5. Expuestos todos los días a mil tormentos y a la misma muerte, representamos en nuestros cuerpos la imagen de Jesucristo, paciente y muerto (S. Tomás). Y esto será mientras la cizaña esté mezclada con el trigo, es decir, hasta el fin (Mt. 13, 30 y 39). En vano, pues, pretenderíamos para la Iglesia militante en este mundo un triunfo que sería todo lo contrario de lo que anunció su divino Fundador. Cf. Lc. 18, 8.
13. Véase Sal. 115, 1. Los predicadores y creyentes al Evangelio tienen la misma fe que los justos del Antiguo Testamento: éstos, como dice S. Agustín, creían en el Cristo que había de venir, y nosotros que Él ha venido ya, mas nuestra fe no se detiene en los misterios pasados, sino que abarcando “lo nuevo y lo viejo” (Mt. 13, 52), nos lleva a los misterios de la resurrección, contemplando a Jesús, como dice S. Pedro, en sus pasiones y posteriores glorias (1 Pe. 1, 11).
16. De ahí que el mismo Apóstol nos enseñe que en su debilidad está su fortaleza (10, 10; 1 Co. 1, 25-27; 12, 10).
18. ¡He aquí algo que puede ser definitivo para curarnos de todo amor efímero! Dios quiere lo que es y no parece: la Eucaristía. El hombre, a la inversa, quiere lo que parece y no es (cf. Mt. 15, 8). Por eso busca tanto las obras exteriores, sin comprender que Dios no las necesita y que ellas valen sólo en proporción del amor que las inspira. Como por desgracia no es normal que tengamos siempre ese amor en nosotros, debemos previamente preparar el espíritu por la meditación y la oración, que aumentan la fe y la caridad (4, 7 y nota). Entonces todo lo que hagamos inspirados por ese amor tendrá la certeza de ser agradable a Dios. De ahí la lección fundamental de los Proverbios (4, 23): “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón”. Porque del estado de éste depende el valor de todo lo que hagamos. Sobre la fugacidad de lo visible, cf. 1 Co. 7, 31 y nota.
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2 CORINTIOS 5
1. Esta tienda de nuestra mansión terrestre: el cuerpo. Nuestra verdadera habitación es el cielo (v. 2; Fil. 3, 20).
2 ss. “Querríamos llegar a la vida eterna sin pasar por la muerte. Este deseo sólo es realizable con la condición de hallarnos vivos en el momento de la Parusía (1 Ts. 4, 13-18; 1 Co. 15, 50-54)” (Buzy). Cf. la nota en 1 Co. 15, 51.
3. Es decir, anhelamos la glorificación de nuestro cuerpo, mas no a través de la muerte, que nos desnudaría del mismo (v. 2 y nota). Es muy de notar que el Apóstol no nos señala como prueba de amor y esperanza el deseo de la muerte, sino el de la segunda venida de Jesús, y bien se explica, puesto que sólo entonces la visión será plena (Fil. 3, 20 s.; Jn. 3, 2; Ap. 6, 9 ss.; Lc. 21, 28; Rm. 8, 23, etc.). Este misterio en que lo mortal será absorbido por la vida, lo explica el mismo Apóstol en 1 Co. 15, 51-55. Sobre la muerte de los mártires, véase Ap. 2, 10 y nota.
5. Cf. 1, 22. El Espíritu Santo que hemos recibido en el bautismo es el principio vital de la resurrección en Cristo. S. Crisóstomo acentúa la verdad contenida en este v., diciendo: “Dios es el que nos ha creado para este fin, esto es, para hacernos inmortales e incorruptibles, dándonos su Espíritu y su gracia como prenda y arras de esta inmortalidad y gloria venideras”.
8. Continúa el Apóstol insistiendo sobre el mismo admirable misterio de nuestra dichosa esperanza (Tt. 2, 13). Después de mostrarnos que, lejos de ser ella una ambición ilegítima, es un deseo que el mismo Espíritu Santo nos pone en el alma (v. 5), nos muestra ahora, como S. Juan en 1 Jn. 3, 3, la eficacia santificadora de este deseo, único capaz de hacernos despreciar todo afecto terreno (Lc. 17, 32 s. y nota) y preferir el abandono de la presente vida, cosa que se nos hace harto difícil cuando se trata de pasar por la muerte. Sólo la falta de conocimiento de estos misterios puede explicar quizá la sorprendente indiferencia en que solemos vivir con respecto al sumo acontecimiento, tan inefablemente feliz para el fiel cristiano. Cf. Ap. 22, 20 y nota.
9. Como observa Fillion, es este deseo y esta esperanza de gozar de N. S. Jesucristo por toda la eternidad, lo que nos excita poderosamente a hacer desde ahora lo que a Él le agrada.
10. Cristo ha sido, en efecto, constituido por el Padre como Juez de vivos y muertos. Cf. Hch. 10, 40; Rm. 14, 10; 1 Pe. 4, 5 s.; Ap. 19, 11 ss. La concreta referencia a nuestros cuerpos, que se hace en este versículo, contribuye grandemente a la preparación señalada en la nota anterior. Ya no se trata solamente de la hora de nuestra muerte y el misterioso destino del alma sola, sino del inmenso acontecimiento del retorno de Jesús como Juez, cuando vendrá “como ladrón de noche” (1 Ts. 5, 2 y nota) a salvar a los suyos y destruir las cabezas de sus enemigos (Sal. 109, 5 s. y nota), “como vasos de alfarero” (Sal. 2, 9; 1 Co. 15, 25). Esta reflexión, la más grave que un hombre puede hacerse en la presente vida, explica la insistencia con que el mismo Juez, hablándonos como Salvador, nos dice amorosamente: “no sea que volviendo de improviso os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad! (Mc. 13, 36 s.).
11. Ante Dios estamos patentes: Los apóstoles no necesitan protestar de su sinceridad ante Dios que conoce sus corazones, pero sí delante de los hombres (1 Co. 2, 14), cuyo Juicio carnal difícilmente entiende la lógica sobrenatural del Evangelio, en el cual tanto se escandalizaban de Jesús (Lc. 7, 23 y nota). De ahí que el Apóstol tenga que ser cuerdo para con ellos, como les dice en el v. 13 (cf. 1 Co. 14, 32 y nota), dejando para el trato con Dios aquella locura que no tiene límites ante el misterio del amor con que somos amados (v. 14 y nota).
14. El amor que Cristo nos mostró, muriendo por nosotros y haciendo que su muerte nos redimiese como si cada uno de nosotros hubiese muerto como Él, es algo tan inmenso que reclama irresistiblemente nuestra correspondencia. “Al que así nos amó, cómo no amarlo”, dice S. Agustín, y lo repite un himno de la Liturgia (Adeste fideles). Este es el pensamiento que según el Apóstol nos lleva a enloquecer de gozo (v. 13).
16. Según la carne, esto es, según miraba cuando no conocía a Cristo. Se refiere al tiempo antes de su conversión. Mas ahora, dice, ha comenzado nuestra resurrección en Cristo. “No dudamos con desconfianza, ni aguardamos con incertidumbre, sino que habiendo empezado a recibir el cumplimiento de nuestra promesa, empezamos a ver las cosas venideras con los ojos de la fe, y alegrándonos de la futura exaltación de nuestra naturaleza, de modo que lo que creemos ya es como si lo tuviéramos (S. León Magno).
17. Sobre esta nueva creatura, véase Jn. 3, 5 y nota; Ef. 4, 13 ss. “El intento de hacer vida «cristiana», tomando como base la vida natural propia, es impracticable; pues el plano de la vida de Cristo, frente a la forma humana de vida, es totalmente diferente y nuevo. El «nuevo hombre» se forma mediante la transposición del hombre natural a nueva forma de vida fundada en la vida de Cristo. Pero si esta nueva forma de vida ha de lograrse, debe realizarse una real transposición de sí mismo. Debe realizarse, por así decir, una incorporación mediante la cual se establezca la unión con esa otra nueva vida” (P. Pinsk). Cf. Rm. 6, 6; Ef. 4, 22; Col. 3, 9.
18 ss. Tan sólo Dios pudo renovarlos; no hay redención hecha por hombres; no hay redención sino en Cristo. S. Crisóstomo, contemplando el amor de Dios en la obra de la reconciliación, exclama: “¿Qué ha dejado de hacer Dios para que lo amemos? ¿Qué no ha hecho? ¿Qué ha omitido? ¿Qué mal nos ha hecho nunca? Gratuitamente le hemos ofendido y deshonrado, habiéndonos Él colmado de innumerables beneficios. De mil modos nos llamaba y atraía, y en vez de hacerle caso proseguimos en ultrajarle y ofenderle, y ni aun así quiso vengarse, sino que corrió tras nosotros y nos detuvo cuando huimos... Después de todo esto apedreamos y matamos a los profetas y perpetramos otros infinitos crímenes Y ¿qué hizo Él entonces? No envió más profetas, no ángeles, no patriarcas, sino a su mismo Hijo... y después de matado el Hijo, persevera exhortando, rogando, y nada omite para que nos convirtamos”.
19 s. Nótese la sublimidad de la misión confiada al verdadero predicador evangélico: al ofrecer a los hombres la reconciliación conquistada por Cristo, es como si el mismo Dios hablase por su boca (v. 20). Cf. 1 Pe. 4, 11.
21. Para que fuéramos justicia: “Para que este beneficio nuestro fuera simplemente posible, era menester que Cristo se compenetrare e identificase tan íntimamente con nosotros, que nuestro pecado pudiera llamarse suyo. Y esto significa por nosotros: en representación nuestra, Cristo se hizo como la personificación de toda la Humanidad; y como la Humanidad entera era como una masa de puro pecado, Cristo vino a ser como la personificación de nuestro pecado” (Bover). Cf. Ez. 4, 4 y nota.
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2 CORINTIOS 6
2. En el tiempo aceptable, etc.: Es una cita tomada de Is. 49, 8, según los Setenta, donde, como observa Crampon, se refiere a la liberación de Israel (cf. 1 Co. 10, 11 y nota). También observa el mismo autor que allí estas palabras se dirigen no al pueblo, sino al Siervo de Yahvé, es decir, al Mesías, en respuesta a su oración. De ahí que S. Pablo las aplique igualmente a sí mismo y a los que ejercen el ministerio, como se ve en todo lo que sigue.
3. Para que no sea vituperado el ministerio: Señala el Apóstol cómo la fe sufre detrimento porque las almas le imputan a ella las fallas de los pastores. De ahí la tremenda responsabilidad de los que haciendo profesión de difundir la buena doctrina, le sirven, al contrario, de tropiezo.
4 ss. He aquí el retrato auténtico de la vida apostólica, que se completa con el trazado por el mismo S. Pablo en 1 Co. 4, 1 ss., con una elocuencia que no necesita comentario, pero sí mucha meditación.
10. Lo poseemos todo: Véase 1 Co. 3, 22 y nota.
11 ss. El gran Apóstol después del claro desahogo que precede, trata de despertar un eco de caridad fraterna en el mezquino corazón de aquellos corintios, que es el mismo de todos nosotros.
14 ss. Para muchos cristianos el trato con los paganos era peligroso. No quedaba otro remedio que huir de la ocasión próxima de pecado. S. Jerónimo cree que S. Pablo prohíbe aquí los matrimonios con los infieles.
15. Belial o Beliar: palabra que significa la causa de los malos: nombre de Satanás, príncipe de los demonios.
16. Cita libre de Lv. 26, 12, hecha en forma análoga; pues, como observa Fillion, se ve aquí un eco de la promesa hecha a Israel en Ez. 37, 27 (cf. 2 Sam. 7, 14; Is. 43, 6; 52, 11; Jr. 31, 9; 32, 38; 51, 45; Ez. 20, 34 y 41; Os. 1, 10). Para el cristiano es aún más íntima y ya presente la habitación de Dios en su alma, que debe alejarlo con repugnancia de toda contaminación exterior (1 Co. 3, 16; 6, 19). “Si en vez de mirar a Dios como un objeto exterior a mí, lo considero en mí, hallo ya cumplida y colmada mi oración, pues nunca soñaría yo en llegar a pedirle que habitase en mí y me transformase a la imagen de su Hijo Jesús. Eso es lo que ya ha hecho Él conmigo, y continúa haciéndolo a cada instante por la gracia de su bondad ‘a causa del excesivo amor con que nos ama’ (Ef. 2, 4 ss.). Basta esa consideración inicial: ‘yo estoy ya divinizado por la gracia’, para que inmediatamente el alma entre en la paz, superando por un lado toda inquietud o escrúpulo, y por otro lado evitando con el mayor esfuerzo posible todos los peligros de pecado, y quedando así en el estado de ánimo propicio para crecer en la fe y en el amor. He aquí lo que hemos de recordar especialmente cuando nos sentimos incapaces de orar”.
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2 CORINTIOS 7
2. El Apóstol, que tanto ama a los corintios, les pide nuevamente amor y confianza.
4. Como vemos en el v. 6 s., S. Pablo se refiere al gran consuelo que tuvo con la llegada de Tito. Bello ejemplo de lo que el mismo Apóstol enseña en 1, 5.
6. Tito, llegado de Corinto, lo consuela relatándole los preciosos frutos de la 1ª Epístola.
10. De la contrición cristiana del corazón, nacen santos (cf. Mt. 5, 5; Hch. 11, 18; 1 Pe. 2, 19); de la tristeza del siglo, que es la consecuencia del abuso de los bienes, salen, en cambio, hombres débiles, malignos, suicidas. Cf. Si. 38, 18 ss.
12. Del que lo padeció: Se supone que alude al padre del incestuoso de 1 Co. 5, 1 ss. Algunos piensan que se refiere a otro caso, o quizás al mismo Pablo que había sido ofendido por uno o algunos de la comunidad.
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2 CORINTIOS 8
1. Empieza la segunda parte de la carta, que trata de la organización de una colecta para los cristianos de Jerusalén. El Apóstol misionero es aquí organizador de obras de beneficencia cristiana. Es de notar que huye como con repugnancia de nombrar el dinero. Aquí, por ejemplo, llama a la colecta “gracia de Dios”, en el v. 19, “beneficio”, en 9, 5, “bendición”, como para mostrar que “más dichoso es dar que recibir” (Hch. 20, 35). Véase Ga. 2, 10.
4. Los santos: los cristianos (1, 1 y nota). La colecta estaba destinada para alivio de los judío-cristianos de Jerusalén, cuna de la religión cristiana y primera residencia de los apóstoles.
5. Primeramente al Señor: Como hace notar Fillion, el Apóstol destaca la rectitud de intención sobrenatural de aquellos fieles, mostrando que antes de tomar la empresa de ningún hombre (1 Co. 1, 12 s.), se habían entregado a Dios, por lo cual sus obras eran de verdadera caridad. Cf. 1 Co. 13, 1 ss.
8. En 9, 7 vemos por qué S. Pablo no quiere obrar como quien manda.
9. Notemos que no habla de hacernos ricos por la riqueza del poderoso Redentor, sino ante todo por su pobreza. Nunca quiso Él ser rico, para que nadie pudiese atribuir su predicación al afán de lucro. “Si los discípulos hubieran tenido riquezas, dice S. Jerónimo, creeríamos que predicaron, no por la salvación de los hombres, sino por aumentar sus haberes”.
10. En este caso práctico nos muestra precisamente el Apóstol cómo lo que importa es tener siempre la buena disposición en el corazón (Pr. 4, 23 y nota), pues, habiendo ésta, la ejecución de las buenas obras vendrá en el momento oportuno, cuando Dios nos muestre su voluntad para que las hagamos, ya que es Él mismo quien las prepara (Ef. 2, 10).
13 ss. Esta igualdad es el equilibrio de que habla en el v. 14, según lo confirma en 9, 12 y en Rm. 15, 27, es decir, de manera que “en esta ocasión” los corintios participen de los bienes espirituales de los santos de Jerusalén a quienes ayudan con sus bienes materiales. Claro está que este elevado pensamiento de S. Pablo no impedía, antes bien favorecía una generosidad material tan amplia como libre, según nos muestran los Hechos de los Apóstoles (Hch. 4, 34 s. y notas). Cf. 1 Co. 9, 11; Ga. 6, 6.
15. Véase Ex. 16, 18. Se refiere al maná que caía del cielo en forma que a nadie faltaba y a nadie sobraba. Los que recogían mucho no tenían más que los que recogían poco, por donde se ve que la superabundancia era estéril como la del avaro que se llena de lo que él no puede aprovechar e impide que lo aprovechen los otros. Véase lo que sucedía a este respecto con el mismo maná (Ex. 16, 19 s.) Cf. Si. 27, 1 y nota.
18. Este hermano parece ser S. Lucas, aunque podría tratarse también de Bernabé o Silas, y aun de alguno de los que acompañaban a S. Pablo en Hch. 20, 4. Sobre el v. 19 cf. Hch. 15, 22 s. y notas.
20. En la administración de fondos y limosnas el ministro de Dios debe cuidarse aún de la apariencia de enriquecerse a sí mismo. Por lo cual S. Pablo delega en otros tales funciones.
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2 CORINTIOS 9
1. Delicada fórmula que muestra cuánto confía el Apóstol en la fidelidad de los hijos que había engendrado por el Evangelio, lo cual no le impide hablarles con toda franqueza (v. 3 ss.).
2. Acaya: nombre de la provincia cuya capital era Corinto.
7. En 1 Co. 13, 3 ha mostrado el Apóstol que sin el amor nada valen las obras. El que ama da con gusto, porque está deseando dar (Flm. 14; Hb. 13, 17; Si. 35, 11). “Si podéis dar, dad; si no podéis mostraos afables. Dios recompensa la bondad de corazón del que nada tiene que dar. Nadie diga, pues, que no tiene; la caridad no necesita bolsa” (S. Agustín) Cf. 12, 15; Rm. 12, 8 y nota.
8. El mismo Dios nos da, tanto los bienes para la limosna cuanto el deseo de darla. Véase 1, 4 y nota; 8, 16; Ef. 2, 10; Fil. 2, 13.
9. Véase Salmo 111, 9 y nota.
12. La gratitud más agradable a Dios consiste en glorificarle a Él que es el Padre de quien proceden todos los bienes (St. 1, 17). No es cristiana la costumbre de colocar placas recordatorias para honrar a los hombres que han hecho obras de beneficencia, puesto que el honor sólo ha de ser para Dios (Sal. 148, 13 y nota). Por lo demás, lejos de favorecerles se les hace el mayor daño, pues Jesús enseña que el que buscó y aceptó aplauso ya tuvo su recompensa y no tendrá otra (Mt. 6, 1-5).
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2 CORINTIOS 10
1. San Pablo se defiende categóricamente contra algunos agitadores, que sembraban desconfianza ridiculizándolo por su fragilidad corporal y lo que llamaban “su lenguaje despreciable” (v. 10), que contrastaba con la elocuencia de su pluma. Véase 11, 6.
4. Aprendamos que no hemos de combatir al mundo con sus propias armas, ni en su propio terreno, sino con las armas espirituales y en el terreno del espíritu. En aquél siempre seremos vencidos, porque en el mundo seguirá dominando Satanás (Jn. 14, 30); en éste venceremos con la omnipotencia de Dios. Véase Fil. 4, 13; Rm. 13, 12; 2 Co. 13, 10; Ef. 6, 13-17.
5. Cautivamos todo pensamiento, empezando por el propio. Cuando el tentador nos presenta la idea de un pecado revestido de toda la belleza que él sabe ponerle, sea de soberbia o de concupiscencia, sentimos que estamos espontáneamente inclinados a dar nuestra aprobación, y sólo la condenamos después de reflexionar que tiene que ser cosa mala, puesto que está prohibida por Dios. Esta experiencia que todos hemos hecho, debería alarmarnos hasta el extremo, pues nos demuestra la debilidad de nuestro entendimiento. Y desde entonces ¿qué fe podemos tenerle, como guía de nuestros actos, a un entendimiento que formula juicios favorables a lo que Dios condena? Por eso S. Pablo nos dice que nos renovemos en el espíritu de nuestra mente (Ef. 4, 23) y seamos transformarlos por la renovación de nuestra mente (Rm. 12, 2), o sea, como aquí dice, cautivando todo pensamiento a la obediencia de Cristo. Entonces podremos ser árbol bueno, y de suyo los frutos serán buenos todos (Mt. 12, 33). Cf. Lc. 6, 44 s.; 11, 13 y 28 y 34. Esto se entiende fácilmente, pues ¿cómo vamos a odiar un acto, mientras lo miramos como cosa deseable? ¿Cómo vamos, por ejemplo, a juzgar con el criterio de la Verdad cristiana una ofensa recibida del prójimo, mientras conservamos nuestra lógica humana, que nos dice que una ofensa necesita reparación porque eso es lo justo?. El mismo Cristo nos está diciendo que lo justo y lo lógico no es eso sino todo lo contrario, es decir, el perdonar una, y siete, y quinientas veces por día a cuantos nos ofendan; y que sólo así podremos pretender que Dios nos perdone nuestras deudas si “nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Para eso el Evangelio nos enseña que necesitamos nada menos que nacer de nuevo (Jn. 3, 3), y S. Pablo no hace sino desarrollar esa doctrina explicándonos que la renovación ha de ser por el conocimiento y según la imagen de Cristo, como Cristo lo es del Padre (Col. 3, 10) y que para poder imitar a Cristo en sus actos es necesario que primero nos pongamos de acuerdo con Él en sus pensamientos, y como Él es signo de Contradicción y opuesto a esa lógica nuestra; nada válido haremos en el orden de la conducta, mientras no hayamos “cautivado todo nuestro pensamiento a la obediencia de Cristo” (véase 1 Co. caps. 1-3).
12. No sin ironía fustiga el Apóstol a ciertos sujetos, cuya única fuerza consistía en ensalzarse a sí mismos.
15. Admirable ejemplo de la comunicación de bienes espirituales. Cf. 1 Co. 12, 2 y nota.
18. Por eso S. Pablo no se preocupa del juicio ajeno, ni tampoco del propio, como lo vimos en 1 Co. 4, 3 ss. y nota.
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2 CORINTIOS 11
1. Fatuidad: En sentido irónico les pide que lo dejen hablar de sí mismo como suelen hacer los otros. Bien puede él hacerlo sin ser sospechoso de vanagloria, puesto que tanto les ha probado amarlos con santo celo, con el celo de Dios (v. 2), y que su amor está en vivo contraste con la frialdad de los corintios y con la hipocresía de los falsos apóstoles.
2. A un solo Esposo: es decir, no os busco para mí, sino para Él. Bellísima expresión de fidelidad que hallamos también en boca del Bautista, cuando declara que no es el Esposo, sino simple amigo de Éste (Jn. 3, 28-30). Vemos también aquí, como en el Cantar de los Cantares, que no sólo la Iglesia en su conjunto (Ef. 5, 27 ss.; Ap. 19, 6 ss.), sino también cada alma es personalmente la esposa de Cristo. Cf. 17, 14; 1 Co. 11, 3 y notas.
4 s. Bien lo toleraríais. Es exactamente lo que dice Jesús en Jn. 5, 43 para mostrar que los falsos profetas son mejor recibidos que los verdaderos. Superapóstoles: Claro está que S. Pablo habla con ironía, y no se refiere en manera alguna a Pedro, Santiago y Juan como algunos han pensado, sino a sus jactanciosos adversarios, los falsos apóstoles (v. 13), según lo confirma todo el contexto. Vemos aquí, como en muchos otros pasajes, el gran peligro de apartarse de la primitiva y verdadera tradición apostólica, sobre todo si perdemos la primitiva sencillez propia de Cristo (v. 3), para caer en manos de los falsos apóstoles. Véase la fuerza con que habla de esto en Ga. 1, 6 ss.
9. Aquellos críticos cobraban remuneraciones por el ministerio que ejercían en Corinto, en tanto que Pablo jamás pidió dinero por la predicación del Evangelio, sino que se sustentaba con el trabajo de sus manos (Hch. 20, 34) Cf. 3 Jn. 7.
13 ss. Véase 2 Ts. 2, 7 ss.; 1 Jn. 2, 18; Mt. 7, 15; 1 Tm. 4, 1; 2 Tm. 3, 5; 4, 3 ss.; 11 Pe. 3, 3; Judas 18.
18. Los continuos ataques obligan al Apóstol a hablarles de sí mismo, pero no por vanidad, como sus adversarios, sino para sostener su autoridad apostólica. La continua ironía de su lenguaje, tan ajena a su habitual mansedumbre, muestra cuán a disgusto se ve obligado a descender a tal defensa.
23. Hablo como un loco: S. Pablo extrema el sarcasmo, diciendo que habría que estar loco para afirmar que tales hombres son ministros de Cristo. A continuación añade el Apóstol una impresionante lista de sus aventuras que podría formar un film maravilloso, titulado: el aventurero de Cristo. En los pasajes que citamos más adelante pueden verse muchos de ellos, tan apasionantes, que han tentado la pluma de muchos biógrafos buenos y malos, siendo solamente de lamentar que el interés biográfico y anecdótico, o el de la erudición histórica, hayan primado por lo general sobre el de la admirable doctrina sobrenatural revelada y predicada por el Apóstol y sobre el carácter netamente bíblico del personaje dentro de ese plan de Dios que lo suscita a él solo, sin que forme parte de los Doce (Ga. 2, 7 ss.; Rm. 1, 1 ss.; Ef. 3, 8 ss., etc.), para descubrir los más recónditos arcanos de su eterna misericordia. Cf. 6, 5; Hch. 16, 23; Rm. 3, 36; 1 Co. 15, 30-32.
24. La Ley permitía dar cuarenta azotes, y para no sobrepasar ese número, los judíos por precaución daban solamente 39. Tal era el premio que reciba de los hombres, por los cuales se desvivía haciéndoles el bien. Véase Dt. 25, 3.
25. Véase Hch. 14, 19; 16, 22; 27, 2 y 41.
26 s. Véase por su orden: Hch. 13, 4 ss.; Rm. 15, 9; Ga. 1, 17; Hch. 9, 23; 13, 50; 14, 5; 17, 5; 1 Ts. 2, 15; Hch. 14, 5; 19, 23; 27, 42; Ga. 2, 4; 1 Ts. 2, 9; 2 Ts. 3, 8; 1 Co. 4, 11; Fil. 4, 12.
28. Llama, exteriores las pruebas que le afectan personalmente, y sobrepone a ellas la lucha espiritual en que lo mantiene su celo por las Iglesias y por cada alma.
30. He aquí un pensamiento genuinamente paulino: no gloriarse de las virtudes sino de la flaqueza, porque esto es lo que provoca la misericordia de Dios a ayudarnos. Cf. 12, 9 s. y notas.
32. Etnarca: Gobernador de un distrito o pueblo.
33. S. Pablo nos enseña a no perder, en una estéril muerte, la vida que Dios nos ha dado para glorificarle. Cf. Ap. 2, 10 y nota.
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2 CORINTIOS 12
2. S. Pablo habla de sí mismo en tercera persona, para destacar que en tales visiones, todo fue obra de Dios. sin mérito alguno de su parte. El tercer cielo: Los rabinos distinguían tres cielos: el atmosférico, el astral, y el empíreo. S. Pablo se refiere al último, pero entendiéndolo como cielo espiritual, la morada de Dios. Cf. Sal. 113 b, 6 y nota.
7. Un aguijón: más exactamente una espina en la carne. como un dolor prolongado. Algunos entienden que el Apóstol alude a una enfermedad o dolencia física (cf. Ga. 4, 13); otros piensan en la rebeldía de la concupiscencia de la que habla en Rm. 7, 23.
8. Tres veces rogué: Es para que no nos desalentemos en nuestras peticiones. Es lo que Jesús enseña en las parábolas del amigo (Lc. 11, 5 ss.) y de la viuda (Lc. 18, 1-8).
9. En la flaqueza se perfecciona la fuerza: S. Pablo ha entendido bien a Cristo en el misterio de la pequeñez, según el cual Dios da a los débiles y pequeños lo que niega a los grandes y a los fuertes (mejor dicho, a los que se creen tales). Con sumo gusto se niega a sí mismo, para que así, hallándolo bien vacío, pueda llenarlo más totalmente la fuerza del Dios esencialmente poderoso y activo, que sólo desea vernos dispuestos a recibir, para podernos colmar (Sal. 80, 11 y nota). No es otra la doctrina de la vid y los sarmientos (Jn. 15, 1 ss.), según la cual éstos no pueden tener ni una gota de savia que no les venga del tronco, o sea de Cristo, “de cuya plenitud recibimos todos” (Jn. 1, 16).
10. Sobre esta paradoja, que no puede explicarse sino por el misterio de la gracia, véase 4, 16 y nota. De aquí sacó Santa Teresa de Lisieux su célebre y profunda sentencia: “Amad vuestra pequeñez”, idea que parecería tanto más paradójica cuanto que no se trata aquí de la pobreza o humildad en lo material sino de nuestra incapacidad para las grandes virtudes, de nuestra insignificancia y debilidad espiritual, que nos obliga a vivir en permanente reconocimiento de la propia nada y en continua actitud de mendigos delante de Dios. Pero ahí está lo profundo. Porque si Él nos dice, por boca de su Hijo Jesús, que nos quiere niños y no gigantes, no hemos de pretender complacerle en forma distinta de lo que Él quiere, creyendo neciamente que vamos a hacer o a descubrir algo más perfecto que su voluntad. Esta presunción que el mundo ciego suele elogiar llamándola “la tristeza de no ser santo” encierra; como vemos, una total incomprensión del Evangelio.
11. Me volví fatuo: Véase 11, 1 ss. y notas, sobre el sentido de esa insensatez frente a tales falsos apóstoles.
14. No busco los bienes vuestros, sino a vosotros: Cualquiera que ama entenderá esto. Podemos hacer la experiencia de preguntar a una madre, la más ignorante campesina, cuál de sus hijos le da mayor gusto: si el que le da muchos regalos, o el que le dice que ha estado todo el día pensando en ella. No dudará en declarar que se siente mil veces más feliz con este último, que le dedica sus pensamientos, es decir, algo de sí mismo. He aquí por qué María vale más que Marta. Si en cambio hacemos la pregunta a un simple negociante, dirá sin duda que prefiere los regalos a los pensamientos. Por eso el que no ama, no entiende nada de Dios, dice S. Juan, porque Dios es amor (1 Jn. 4, 8). El que no ama, no concibe otra norma que la lógica comercial del “do ut des”. Y eso es precisamente lo que Jesús quiso destruir con el ejemplo de su amor, pagando Él, inocente, para que no pagásemos nosotros, los culpables. Eso es lo que quiso inculcarnos en el sermón de la montaña, cuando impuso como obligatoria la Ley de la caridad, tan distinta de aquella norma de la justicia humana (Mt. 7, 2 y nota). Si bien miramos aquí está sintetizado todo el problema de la espiritualidad. Por lo demás, S. Pablo ha dejado antes bien establecido que, al buscar las almas, no las pretende para él sino para el Esposo. Cf. 11, 2 y nota.
15. Vemos cómo el Apóstol cumplía él mismo lo que nos enseña en 9, 7.
16 s. Contesta a la última y más insolente calumnia. Los falsos doctores decían que si bien el Apóstol no se enriquecía por sí mismo, lo hacía por medio de sus compañeros en el apostolado, Tito y otros, que organizaban la colecta para los pobres de Jerusalén.
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2 CORINTIOS 13
1. La Ley de Moisés exigía tres o por lo menos dos testigos, para condenar a un acusado, (Dt. 19, 15; Mt. 18, 16).
4. Nosotros, como miembros suyos, participamos de sus debilidades, de sus abatimientos y penas; mas participaremos también de su poder, y de esto os daremos pruebas muy claras, juzgando y castigando a los incorregibles (Santo Tomás). Cf. 1, 5.
5. Éste es el verdadero examen de conciencia sobre la fe viva, pues sin ella no podremos tener ninguna virtud sobrenatural. El Apóstol insiste en que sea cada uno quien haga tal examen de sí mismo (1 Co. 11, 28 y 31), pues el Espíritu Santo da testimonio a nuestra conciencia sobre nuestra sinceridad (Rm. 9, 1), y las almas no han de ser esclavos en su fe, sino libres (1, 23; 1 Co. 12, 2). ¿O no reconocéis, etc.?: Como enseña el mismo Apóstol, Cristo ha de habitar en nosotros si nuestra fe es verdadera (Ef. 3, 17). Nótese la gravedad con que S. Pablo exige a los cristianos este estado de espíritu, al extremo de agregar las palabras: a no ser que estéis reprobados. Cf. Jn. 14, 20; 17, 26; Rm. 8, 10 y 39; 1 Jn. 5, 20.
8. Véase las notas en 10, 4 y 11, 2; Hb. 11, 36 ss.
9. He aquí uno de esos alardes de la inmensa caridad del Apóstol, que llega a olvidarse totalmente de sí mismo, como en Rm. 9, 3.
10. Para edificar y no para destruir: es decir, que S. Pablo quería adoctrinarlos siempre positivamente, dándoles un mayor conocimiento de Cristo para aumento de su fe y de su caridad, sin verse obligado a interrumpir su enseñanza con reprimendas dolorosas para su corazón de pastor.
13. La comunicación del Espíritu Santo: “El Padre es amor; el Hijo, gracia; el Espíritu Santo, comunicación”; así reza la Antífona del 3er. nocturno en el Oficio de la Santísima Trinidad. Porque Él habitará en nosotros y estará siempre con nosotros (Jn. 14, 16 s.). Sin Él las maravillas del Padre y de Cristo existirían objetivamente, pero fuera de nosotros. No serían nuestras. Antes de la inmolación de Jesús “aun no había Espíritu” (Jn. 7, 39). Él es, pues, la comunicación, la entrega efectiva del bien que nos ganó Cristo. ¿Y cuál es ese bien? La divinidad misma, dice S. Pedro (2 Pe. 1, 4), o sea, todo lo que Él había recibido del Padre: “La gloria que Tú me diste, Yo se la he dado a ellos, para que sean uno como nosotros” (Jn. 17, 22). Y agrega: “Yo en ellos y Tú en Mí, para que sean consumados en la unidad” (ibíd. v. 23) y “el amor con que me has amado sea en ellos y Yo en ellos” (ibíd. v. 26). Esto, que Jesús nos conquistó y mereció, es lo que el Espíritu Santo realiza comunicándonos eso que el Padre dio a Jesús: la calidad de hijo (Ef. 1, 5; Jn. 1, 12 s.; Rm. 8, 29; Ga. 4, 4 ss.; 1 Jn. 3, 1 ss.), y su propia gloria que es la máxima promesa (2 Pe. 1, 3-4), con su misma vida eterna (Jn. 17, 2), que algún día poseeremos en cuerpo y alma (Fil. 3, 20 s.; Lc. 21, 28; Rm. 8, 23) y que se nos anticipa en la Comunión (Jn. 6, 57 y nota). ¡Parece mentira que podamos creer estas cosas sin morir de felicidad! Tal es lo que imploramos cada día en el Padrenuestro al pedir el pan supersustancial (Mt. 6, 11 y Lc. 11, 3, texto griego).