CARTAS DEL APÓSTOL SAN PEDRO

NOTA INTRODUCTORIA

Simón Bar Jona (hijo de Jonás), el que había de ser San Pedro (Hch. 15, 14; 2 Pe. 1, 1), fue llamado al apostolado en los primeros días de la vida pública del Señor, quien le dio el nombre de Cefas (en arameo Kefa), o sea, “piedra”, de donde el griego Petros, Pedro (Jn. 1, 42). Vemos en Mt. 16, 17-19, cómo Jesús lo distinguió entre los otros discípulos, haciéndolo “Príncipe de los Apóstoles” (Jn. 21, 15 ss.). S. Pablo nos hace saber que a él mismo, como Apóstol de los gentiles, Jesús le había encomendado directamente (Ga. 1, 11 s.) el evangelizar a éstos, mientras que a Pedro, como a Santiago y a Juan, la evangelización de los circuncisos o israelitas (Ga. 2, 7-9; cf. St. 1, 1 y nota). Desde Pentecostés predicó Pedro en Jerusalén y Palestina, pero hacia el año 42 se trasladó a “otro lugar” (Hch. 12, 17 y nota), no sin haber antes admitido al bautismo al pagano Cornelio (Hch. 10), como el diácono Felipe lo había hecho con el “prosélito” etíope (Hch. 8, 26 ss.). Pocos años más tarde lo encontramos nuevamente en Jerusalén, presidiendo el Concilio de los Apóstoles (Hch. 15) y luego en Antioquía. La Escritura no da más datos sobre él, pero la tradición nos asegura que murió martir en Roma el año 67, el mismo día que S. Pablo.

Su primera Carta se considera escrita poco antes de estallar la persecución de Nerón, es decir, cerca del año 63 (cf. 2 Pe. 1, 1 nota), desde Roma a la que llama Babilonia por la corrupción de su ambiente pagano (5, 13). Su fin es consolar principalmente a los hebreos cristianos dispersos (1, 1) que, viviendo también en un mundo pagano, corrían el riesgo de perder la fe. Sin embargo, varios pasajes atestiguan que su enseñanza se extiende también a los convertidos de la gentilidad (cf. 2, 10 y nota). A los mismos destinatarios (2 Pe. 3, 1), pero extendiéndola “a todos los que han alcanzado fe” (1, 1) va dirigida la segunda Carta, que el Apóstol escribió, según lo dice, poco antes de su martirio (2 Pe. 1, 14), de donde se calcula su fecha por los años de 64-67. “De ello se deduce como probable que el autor escribió de Roma”, quizá desde la cárcel. En las comunidades cristianas desamparadas se habían introducido ya falsos doctores que despreciaban las Escrituras, abusaban de la grey y, sosteniendo un concepto perverso de la libertad cristiana, decían también que Jesús nunca volvería. Contra ésos y contra los muchos imitadores que tendrán en todos los tiempos hasta el fin, levanta su voz el Jefe de los Doce, para prevenir a las Iglesias presentes y futuras, siendo de notar que mientras Pedro usa generalmente los verbos en futuro, Judas, su paralelo, se refiere ya a ese problema como actual y apremiante (Judas 3 s.; cf. 2 Pe. 3, 17 y nota).

En estas breves cartas las –dos únicas “Encíclicas” del Príncipe de los apóstoles– llenas de la más preciosa doctrina y profecía, vemos la obra admirable del Espíritu Santo, que transformó a Pedro después de Pentecostés. Aquel ignorante, inquieto y cobarde pescador y negador de Cristo es aquí el apóstol lleno de caridad, de suavidad y de humilde sabiduría, que (como Pablo en 2 Tm. 4, 6), nos anuncia la proximidad de su propia muerte que el mismo Cristo le había pronosticado (Jn. 21, 18). San Pedro nos pone por delante, desde el principio de la primera Epístola hasta el fin de la segunda, el misterio del futuro retorno de nuestro Señor Jesucristo como el tema de meditación por excelencia para transformar nuestras almas en la fe, el amor y la esperanza (cf. St. 5, 7 ss.; y Jud. 20 y notas). “La principal enseñanza dogmática de la 2 Pedro –dice Pirot– consiste incontestablemente en la certidumbre de la Parusía y, en consecuencia, de las retribuciones que la acompañarán (1, 11 y 19; 3, 4-5). En función de esta espera es como debe entenderse la alternativa entre la virtud cristiana y la licencia de los “burladores” (2, 1-2 y 19). Las garantías de esta fe son: los oráculos de los profetas, conservados en la vieja Biblia inspirada, y la enseñanza de los apóstoles testigos de Dios y mensajeros de Cristo (1, 4 y 16-21; 3, 2). El Evangelio es ya la realización de un primer ciclo de las profecías, y esta realización acrece tanto más nuestra confianza en el cumplimiento de las posteriores” (cf. 1, 19). Es lo que el mismo Jesús Resucitado, cumplidas ya las profecías de su Pasión, su Muerte y su Resurrección, reiteró sobre los anuncios futuros de “sus glorias” (1 Pe. 1, 11) diciendo: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito acerca de Mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos” (Lc. 24, 44).

Poco podría prometerse de la fe de aquellos cristianos que, llamándose hijos de la Iglesia, y proclamando que Cristo está donde está Pedro, se resignasen a pasar su vida entera sin preocuparse de saber qué dijeron, en sus breves cartas, ese Pedro y ese Pablo, para poder, como dice la Liturgia, “seguir en todo el precepto de aquellos por quienes comenzó la religión”. (Colecta de la Misa de San Pedro).

 

1 PEDRO 1

2. Obsérvese la exposición del misterio de la Santísima Trinidad: el Padre nos eligió, el Hijo nos roció con Su Sangre, y el Espíritu Santo es quien non santifica aplicándonos los méritos Jesús que son la prenda y el germen de nuestra herencia incorruptible (v. 4).

5. La salvación significa para el Apóstol la gloriosa resurrección de entre los muertos que, a semejanza de la Suya (v. 3) nos traerá Jesús el día de su Parusía (vv. 7, 9 y 10 ss.), que Él llama de nuestra redención (Lc. 21, 28), y que nos está reservada en los cielos (v. 4) porque de allí “esperamos al Señor que transformará nuestro vil cuerpo conforme al Suyo glorioso” (Flp. 3, 20 s.).

6. Cf. 5, 1 y 10.

7. Cf. Pr. 17, 3; Sb. 3, 6; Si. 2, 5; Mal. 3, 3; Rm. 2, 7 y 10; Sant. 1, 3; Ap. 1, 1.

8. S. Pedro se dispone a comentarnos el misterio de esa segunda venida de Jesús y nos anticipa el gozo inmenso contenido en esa expectativa que S. Pablo llama la bienaventurada esperanza (Tt. 2, 13). Es, en efecto, propio del hombre el alegrarse de antemano con el pensamiento de los bienes que espera. De ahí que esta esperanza supone el amor, pues nadie puede desear el advenimiento de aquello que no ama.

10. Ya los profetas del Antiguo Testamento habían anunciado la salud que nos vendría por Jesucristo mediante sus padecimientos y glorias posteriores (v. 11), porque el Espíritu de Cristo (el Espíritu Santo), los iluminaba.

11. Cf. Lc. 24, 44; Ef. 1, 10.

12. Cosas que los mismos ángeles desean penetrar: o sea, los misterios de la manifestación de Cristo glorioso (v. 13). La Vulgata dice: en quien los ángeles desean penetrar, como si se tratase de escudriñar los misterios del Espíritu Santo.

13. Imagen tomada de los obreros y combatientes que se ceñían el vestido para trabajar y luchar mejor (Ef. 6, 17). Jesús usa también esta imagen cuando nos dice que esperamos su retorno “ceñidos nuestros lomos” (Lc. 12, 35). Cf. v. 7.

14. Literalmente: hijos de obediencia, expresivo hebraísmo: el que ha conocido a Dios como Padre, no puede sino estar del todo entregado a complacerlo (Rm. 12, 2). Cf. v. 22. El tiempo de vuestra ignorancia parece referirse a los de origen pagano (Hch. 17, 30; Rm. 1, 15 ss.; Ef. 2, 3 y 4, 17 s.). Cf. v. 18; 2, 10.

15. Sobre esta vocación a la santidad, véase 1 Ts. 4, 3 y nota.

16. Véase Lv. 11, 44; 19, 2; 20, 7.

19. Sobre la Preciosa Sangre. cf. 1 Co. 6, 20; 7, 23; Hb. 9, 14; 1 Jn. 1, 7; Ap. 1, 5.

20. Véase Ef. 3, 9 y nota.

21. Que vuestra fe sea también esperanza: Preciosa observación. Lo que se cree bueno se ama, y por tanto se lo espera con ansia.

22. La obediencia a la verdad (v. 14) tiene, pues, la eficacia de purificar las almas (véase el punto opuesto en 2 Ts. 2, 10 y nota), y prepararlas para el verdadero amor al prójimo (cf. 2 Tm. 3, 16 y nota), pues tal es el mandamiento principal, que S. Pablo llama la plenitud de la Ley (Rm. 13, 10; Ga. 5, 14).

23. Viva y permanente: se refiere a la Palabra (v. 25) y no al mismo Dios como en la Vulgata. Véase Sal. 118, 89 y nota; St. 1, 18; Ap. 14, 6.

24. Véase Is. 40, 6 ss.; St. 1, 10 s.

 

1 PEDRO 2

2. La leche espiritual: la pura y verdadera Palabra de Dios (Hb. 5, 12 s.). En 1, 23 nos habló S. Pedro de renacer por la Palabra (cf. St. 1, 18 y nota). Ahora nos habla de crecer en la salud por medio de ella, y nos dice que debernos anhelarla como niños.

3 s. Nótese el proceso espiritual: primero desear sus dones (v. 2) y luego, si hemos gustado que Él es benigno, allegarnos a Él (cf. 2 Pe. 1, 2 ss. y nota). Es muy natural que el que cree en la bondad de Dios aproveche para pedirle mucho. Pero, al verlo tan bueno y admirable, descubre que Él es también, y sobre todo, atrayente por Sí mismo. Entonces es a Él a quien busca, y cuando va a pedirle, le pide ante todo su amistad, pues ha comprendido que hay mayor felicidad en Él mismo que en todas las cosas que puede dar. S. Pedro nos señala de esta manera el proceso de la sabiduría.

5. La gran casa o templo espiritual, así edificada sobre Él como Piedra viva (vv. 4 y 6; Ef. 2, 20) y cuyas piedras somos nosotros, es la Iglesia (Mt. 16, 18; Hb. 10, 21; Judas 20). Todos somos llamados a ese sacerdocio santo, es decir, los cristianos tenemos el derecho y el deber de ofrecer esos sacrificios espirituales que S. Pablo llama “sacrificios de alabanza, fruto de nuestros labios” (Sal. 115, 8; Hb. 13, 15 y nota). Cf. Ef. 2, 21 s.; Sal. 50, 17.

6. Piedra angular: Jesucristo. Cf. Is. 28, 16 y nota; Rm. 9, 33; 10, 11.

7 s. Cf. Sal. 117, 22; Is. 8, 14 s.; Mt. 21, 42; Hch. 4, 11; Rm. 9, 32 s.

9. Sacerdocio real: es decir, como Cristo, sacerdotes y reyes. Sacerdotes como Él, injertados por el Bautismo, en el Sumo Sacerdote celestial (Rm. 7, 6 ss.; Sal. 109, 4 y nota) y capaces de ofrecer los sacrificios del v. 5. Y reyes como Él, partícipes de su reino y llamados a juzgar con Él al mundo (1 Co. 6, 2; Ap. 2, 26; 5, 10). Pueblo conquistado: como propio Suyo, según debió serlo Israel (Ex. 19, 4-6). Cf. Mal. 3, 17; Tt. 2, 14.

10. S. Pablo (Rm. 9, 25) hace también libremente esta cita de Os. 2, 24 (2, 25 en hebreo) y la aplica a los cristianos venidos de la gentilidad como ejemplo de la soberana libertad de Dios para hacer misericordia. Las palabras del profeta, según observa Crampon, “en su sentido propio y literal, tratan de las diez tribus (del Norte), corrompidas e idólatras como verdaderos paganos separados de Yahvé y cuya conversión, que les devolverá las prerrogativas de pueblo de Dios, se presenta al espíritu de Pablo como figura de la entrada de los gentiles”. ¿Hace Pedro igual aplicación aquí? ¿O se refiere más bien, como Apóstol de la circuncisión (Ga. 2, 7-9), a la nueva Alianza según Oseas, tal como lo hace Pablo en Hb. 8, 8 ss. con respecto a Jeremías? Los comentadores suelen aplicarlo de un modo genérico a los cristianos, es decir, tanto a los israelitas o judíos a quienes se dirige especialmente la Epístola (1, 1 y nota), como a los de la gentilidad. Cf. 1, 14; Ef. 2, 11 ss.; Hb. 11, 40 y nota.

11. Comentando este pasaje, exhorta S. León Magno: “¿A quién sirven los deleites carnales sino al diablo que intenta encadenar con placeres a las almas que aspiran a lo alto?... Contra tales asechanzas debe vigilar sabiamente el cristiano para que pueda burlar a su enemigo con aquello mismo en que es tentado”. Cf. 5, 8 s.; Mt. 4, 10; Lc. 22, 34; Rm. 13, 14; Ga. 5, 16; Hb. cap. 11 y notas.

13. A pesar de que las autoridades civiles perseguían a los cristianos, predicaban éstos la sumisión a todas ellas, y no sólo por razones humanas (para tapar la boca a los paganos), sino como “siervos de Dios”, de quien viene toda potestad. Véase Rm. 13, 1-7. Es de notar que estas palabras fueron escritas durante el reinado de Nerón.

21. “Esta es la vocación y éste es el carácter propio de los discípulos de Jesucristo: abrazarse con la Cruz de su divino Maestro, copiar fielmente a este divino original, imitarle en la paciencia con que Él su frió todos los agravios y las persecuciones” (S. Cipriano).

23. Al justo Juez, es decir, al Padre celestial, en cuyas manos había puesto Jesús la justicia de su causa. La Vulgata habla, a la inversa, de entregarse al que le sentenciaba injustamente.

25. El Pastor y Obispo de vuestras almas es Jesucristo. Cf. Is. 53, 6; Ez. 34, 5; Mt. 18, 12 ss.; Jn. 10, 11 s. y 16; Hb. 8, 1 ss.; 13, 20; cf. Tt. 2, 5.

 

1 PEDRO 3

1. Como S. Pablo, así también S. Pedro ve la misión de la mujer cristiana más en una vida ejemplar que en palabras y discusiones, tan raras veces fructuosas y a las cuales no está llamada. Come aquí vemos, la misión de la esposa puede alcanzar un extraordinario valor apostólico. Cf. Ef. 5, 22 ss.; 1 Co. cap. 7.

6. Sara era obediente: así quiere Dios que sea el orden del hogar. Dice al respecto la Encíclica “Casti Connubii”: “En cuanto al grado y al modo de esta sujeción de la esposa al marido, puede ella variar según la diversidad de las personas, de los lugares y de los tiempos; más aún, si el hombre viene a menos en el cumplimiento de su deber, pertenece a la esposa suplirlo en la dirección de la familia. Pero en ningún tiempo ni lugar será licito subvertir o transformar la estructura esencial de la familia y de sus leyes firmemente establecidas por Dios”.

7. Sobre el trato que el marido debe dar a la mujer, véase Ef. 5, 28; 1 Ts. 4, 4; 1 Co. 7, 3.

9. La bendición: la vida eterna de Cristo. Véase 1, 4; cf. Pr. 17, 13; Mt. 5, 44; Rm. 12, 14. Ef. 1, 10 y nota; 1 Ts. 5, 17.

10 s. Cita del Sal. 33, 13-17 según los LXX. Cf. Is. 1, 16; St. 1, 26. Buscar la paz y perseguirla empeñosamente no es pues, ideal de ociosos o egoístas, sino de sabios (cf. Jn. 14. 27). La misma Sabiduría que nos da este consejo, nos enseña a realizarlo “guardando sobre toda cosa el corazón” (Pr. 4, 23). “¿Cuántos hay, por ejemplo, que han perdido buena parte de su paz huyendo de los periódicos que, como una especie de obligación inventada por nosotros mismos, nos llenan de turbación o de ira cada día, con los ecos perversos y dolorosos del mundo, los mejores instantes que podríamos dedicar a leer y escuchar los consuelos de Dios en su Palabra que es continua oración?” (Mons. Keppler).

14. Véase Mt. 5, 10.

15. Es decir, que debemos también estar preparados en la doctrina y en el conocimiento de la Revelación y de las profecías, para satisfacer a cualquiera que nos pida razón, no solamente de la fe, sino también de la esperanza (1, 21; cf. 2 Tm. 3, 16; 1 Ts. 5, 20 y nota). Esto confirma una vez más la grave sentencia de S. jerónimo “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. La esperanza en que vivís es el glorioso advenimiento de Cristo. Cf. 1, 5 ss.; Mt. 24, 30 ; Mc. 14, 62; Hch. 1, 11; 1 Co. 1, 8; 2 Tm. 4, 8; Tt. 2, 13.

16. Con mansedumbre y reserva: la primera, para no tener un celo amargo (St. 3, 14 ss.). La segunda, para conservar “la prudencia de la serpiente” (Mt. 10, 16) y “no dar las perlas a los cerdos” (Mt. 7, 6).

18. Véase 2, 23; Rm. 5, 6; Hb. 9, 28.

19. Es el misterio de que habla el Credo de los Apóstoles al decir “descendió a los infiernos”. Sobre esta predicación del Evangelio (cf. Mc. 1, 15) hecha a los muertos (4, 6; Col. 1, 20 y 23; Is. 42, 7), el Apóstol nombra expresamente a aquellos que en el diluvio fueron castigados con la muerte por su rebeldía ante los anuncios de Noé durante ciento veinte años (Gn. 6, 1 ss.; cf. 1 Co. 5, 5; 11, 30 y notas). A este respecto se han manifestado muy diversas opiniones, sobre lo cual anota Mons. Charue: “En el contexto esta observación debe probar el beneficio de los sufrimientos del Salvador, cosa que debe recordarle cuando se habla sobre el descendimiento a los infiernos, pues es desde luego imposible la interpretación, llamada espiritual, de S. Agustín, de S. Tomás y de todos los occidentales hasta el siglo XIV, según los cuales el Cristo, preexistente, habría intervenido por intermedio de su profeta Noé para predicar a los contemporáneos del diluvio –¿cómo se les puede llamar espíritus?– la verdad que los libraría de la prisión, es decir de las tinieblas de la ignorancia y del pecado”. Según el mismo autor, S. Cirilo de Alejandría expresó en un sermón “que todas las almas fueron salvadas y el diablo quedó solo en su infierno”; pero en otra parte “se contenta con el principio que enunciaron Orígenes y S. Gregorio Nazianceno, de que Cristo salvó a todos los que quisieron, a todos los que creyeron en Él” (cf. Rm. 3, 21-26). Añade que fue necesario esperar el fin del siglo IV para hallar una reacción vigorosa contra la tesis “aún mitigada de la evangelización de los muertos infieles, tesis que continúan profesando muchos críticos no católicos”. S. Agustín y otros padres supusieron la conversión de esas almas en el diluvio (cf. Gn.7, 1-7; Mt. 24, 37 ss.; Lc. 17, 26 ss.; Hb. 11, 7; 2 Pe. 2, 5) y S. Jerónimo y S. Crisóstomo lo aplicaron a las almas de los justos del Antiguo Testamento, a los que Cristo visitó para anunciarles que estaban abiertas las puertas del cielo. Cf. Mt. 27, 52 ss.

21. S. Pedro señala el bautismo como antitipo del diluvio porque en aquél también nos salvamos “a través del agua” (v. 20) que significa una muerte mística. Véase Rm. 6, 4; Ga. 3, 27; Col. 2, 12; Ef. 4, 23, etc.

22. Subió al cielo: la Vulgata añade: después de haber devorado la muerte (en su victoria). Cf. 1Co. 15, 54. Está a la diestra de Dios: cf. Sal. 109, 1.

 

1 PEDRO 4

1. De este v. se colige una vez más que la Carta, en parte por lo menos, va dirigida también a los cristianos que antes eran paganos. Véase 2, 10 y nota. Cf. Ef. 2, 3; Tt. 3, 3.

6. A los muertos: S. Pedro fija aquí el sentido del v. anterior en que usa la expresión vivos y muertos, conservada en el Credo y frecuente en el Nuevo Testamento (cf. 2 Tm. 4, 1; Rm. 14, 9; Hch. 10, 42). “Según diversos comentadores antiguos y modernos (S. Agustín, el Ven. Beda, etc.), el adjetivo muertos debería entenderse en sentido moral y designaría a los que están muertos espiritualmente, los pecadores, y particularmente a los paganos. Pero al fin del v. 5 este adjetivo ha sido tomado en su sentido propio, y no hay manera de creer que se use dos acepciones diferentes en la misma línea” (Fillion). Este pasaje es correlativo de 3, 19 s. Cf. nota.

7. “Con estas palabras da a entender que pasa como un soplo el tiempo de nuestra vida, y que aun el espacio que mediará entre la primera y la segunda venida del Señor es brevísimo si se compara con los días eternos que le han de suceder (1 Co. 7, 29; Flp. 4, 5; St. 5, 7 ss.). Y por esto nos exhorta a que no seamos necios dejando pasar inutilmente este brevísimo lapso que se nos concede para ganar la felicidad eterna, y a que estemos siempre alerta y en vela, para emplear bien todos los momentos de la vida presente” (S. Hilario). El fin... está cerca, pues, como dice S. Pablo, nos hallamos ya al fin de los siglos (1 Co. 10, 11). Lo mismo señala S. Ignacio Mártir en su carta a los Efesios: “Ya estamos en los últimos tiempos”. Cf. Hb. 10, 37; 2 Pe. 3, 12; 1 Jn. 2, 18.

8. La caridad cubre multitud de pecados: cita de Pr. 10, 12 (véase nota). Cf. Col. 3, 14; St. 5, 20. Citando este pasaje agrega Sto. Tomás: “Si alguien ofende a uno y después le ama íntimamente, por el amor perdona la ofensa; así Dios perdona los pecados a los que le aman... Justamente dice “cubre” porque no son considerados por Dios para castigarlos”.

9. Sobre la hospitalidad, cf. Rm. 12, 13; Flp. 2, 14; Hb. 13, 2.

10. Alude a los dones o carismas especiales de los cristianos (Rm. 12, 6 ss.; 1 Co. 12, 4 ss.; Ef. 4, 7 ss.), de los cuales cada uno debe ser un buen dispensador empleándolos para el bien común (cf. 1 Co. 4, 1 s.). No hay piedad egoísta. La verdadera piedad es siempre caritativa y social, aunque trabaje ignoradamente desde el fondo de un desierto.

11. Ya en el Antiguo Testamento reveló Dios a Moisés que “morirá el profeta que se enorgullezca hasta el punto de hablar en mi Nombre una palabra que no le haya mandado decir Yo” (Dt. 18, 20). Y León XIII dijo: “Hablan fuera de tono y neciamente quienes al tratar asuntos religiosos y proclamar los divinos preceptos no proponen casi otra cosa que razones de ciencia y prudencia humanas, fiándose más de sus propios argumentos que de los divinos” (Encíclica Providentissimus Deus). S. Pedro es tanto más severo en esto con los que enseñan, cuanto que también exige conocimiento a los simples creyentes. Véase 3, 15 y nota. Cf. St. 3 ss.

13. Alegraos, etc.: véase Rm. 8, 17; 2 Tm. 2, 12. Como miembros del Cuerpo místico nos gloriamos de tener por Cabeza una ceñida con corona de espinas que nos permite, por la fe, asociamos a Él (Flp. 3, 9 s.) y apropiarnos sus méritos redentores (Ga. 2, 19 ss.). “Lo cual, dice Pio XII, ciertamente es claro testimonio de que todo lo más glorioso y eximio no nace sino de los dolores, y que por tanto hemos de alegramos cuando participamos de la Pasión de Cristo, a fin de que nos gocemos también con júbilo cuando se descubra su gloria” (Encíclica sobre el Cuerpo Místico de Cristo). En la aparición de su gloria: cf. 1, 5-7; 5, 1 y 4; Rm. 2, 5; 8, 21; 1 Co. 1, 7; 2 Ts. 1, 7; Judas 24, etc.

15. Extrañas: a la vocación sobrenatural (v. 11; 2 Tm. 2, 4). Fillion observa que según algunos el término tenía significado político.

16. S. Pedro usa el título de cristianos aludiendo a que entonces era aplicado cómo un oprobio. Cf. Hch. 11, 26 y nota.

17. Comienza por la casa de Dios: “Después de la muerte del Salvador ha comenzado el período escatológico (final)... La casa de Dios, es decir, el conjunto de los justos (cf. 2, 5) es la primera en ser purificada” (Pirot). Así lo anunció el Señor a sus discípulos (Jn. 15, 18-27; 16, 1 ss.), y S. Basilio dice que Dios comienza a juzgar a los cristianos por medio de tribulaciones y persecuciones, por lo cual sería ilusorio que esperasen ahora el triunfo que sólo está anunciado para cuando aparezca la gloria de Jesús (v. 13 y nota).

18. Es una cita tomada de Pr. 11, 31, según los LXX. Cf. Lc. 23, 31; Rm. 11, 21; Jr. 25, 29.

19 Notemos el precioso nombre que se da al Padre: es un Creador fiel y un “Dios leal”, como lo llama André de Luján. Cf. 5, 7.

 

1 PEDRO 5

1. S. Pedro, aunque era cabeza de todos, por humildad se llama copresbítero o sea presbítero como los otros. Cf. Ga. 2, 9; 2 Pe. 3, 15.

2 ss. Hay aquí una de las más inspiradas enseñanzas pastorales en boca del primer vicario de Jesucristo. Sobre las cualidades que debe tener el pastor de almas, véase Lc. 22, 25 ss.; 1 Co. 4, 9 ss.; 9, 19; 2 Co. 1, 25; 6, 3 ss.; 10, 8; 1 Ts. 2, 11; 1 Tm. 3, 1 ss. y 8; 2 Tm. 2, 24 ss.; Tt. 1, 7 ss.; 3 Jn. 9 ss. Aquí los previene el Apóstol ante todo contra la avaricia, la cual es tan mala como la idolatría (Ef. 5, 5). Empleemos nuestras riquezas, dice S. Pedro Damián, en ganar almas y en adquirir virtudes.

3. Herencia: en griego: clero, esto es, porción; en sentido pastoral, la grey que cada presbítero o prelado tiene que apacentar. Cf. Tt. 2, 7.

7. Entre los privilegios con que Dios colma a los que confían en su divina providencia ¿no es éste uno de los más maravillosos? Él toma sobre sí nuestras preocupaciones y nos anticipa, por medio de la gracia, la fruición de las cosas divinas, frente a las cuales nada son los bienes ni los cuidados de esta vida. Cf. 4, 19 y nota; Sal. 54, 23; Mt. 6, 25-33; 18, 4; Lc. 12, 22; Rm. 8, 28; 1 Co. 3, 22.

8. Palabras del Oficio de Completas para recordar la propia debilidad. Véase Sal. 21, 14; Ef. 6, 12; 1 Ts. 5, 6. El que por primera vez se entera del descubrimiento de Pasteur sobre los gérmenes infecciosos que pululan por todas partes, siente como una reacción que lo hace ponerse a la defensiva, movido por el instinto de conservación. S. Pablo, que ya nos enseñó cómo las cosas de la naturaleza son imágenes de las sobrenaturales (Rm. 1, 20), nos revela en el orden del espíritu, lo mismo que Pasteur en el orden físico, para que podamos vivir a la defensiva de nuestra salud contra esos enemigos infernales, que a la manera de los microbios, no por invisibles son menos reales, y que como ellos nos rondan sin cesar buscando nuestra muerte. Nótese que estos demonios son llamados príncipes y potestades. Jesús los llama ángeles del diablo (Mt. 25, 41). Véase Jn. 12, 31; 14, 30; Col. 1, 13. ¿No es cierto que pensamos pocas veces en la realidad de este mundo de los malos espíritus, donde están nuestros más peligrosos enemigos? Véase 2 Co. 2, 11. La Sagrada Escritura nos enseña que Satanás será juzgado definitivamente al fin de los tiempos (Ap. 20, 9), como también “los ángeles que no conservaron su dignidad” (S. Judas, 6).

12. Silvano probablemente es el mismo Silas mencionado en Hch. 15, 22; 16, 19; Cf. 2 Co. 1, 19; 1 Ts. 1, 1; 2 Ts. 1, 1.

13. Por Babilonia se entiende Roma, que constituía el centro del paganismo. La Roma pagana significaba para los cristianos el mismo peligro que antes Babilonia para los judíos. También S. Juan usa el mismo término para designar a Roma y predice su destrucción (Ap. 14, 8; 17, 5; 18, 2 y 10). Mi hijo Marcos: el evangelista del mismo nombre, que era hijo espiritual de S. Pedro, y fue también uno de los dos únicos discípulos “de la circuncisión” que quedaron fieles a S. Pablo (Col. 4, 10 s.).

14. Sobre el ósculo de caridad, cf. Rm. 16, 16; 1 Co. 16, 20, etc. Mons. Charue se pregunta si este final en las Cartas de S. Pedro y de S. Pablo no insinúa que ellas eran leídas en alguna reunión cultual.